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Full text of "Historia de la Santa a.m. iglesia de Santiago de Compostela"

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Tipografía  y  Encuademación  del 
Seminario  C.  Central,  •  Santiago 


EX  LIBRIS 

WALTER  MUIR 

WHITEHILL  JÚNIOR 

DONATED  BY 

MRS.  W.  M.  WHITEHILL 

1979 


WHITEHILL 
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HISTORIA 


DE    LA 


mi  í  l  IGLESIA  M  Wl\m  PE  CiPflSIEU 


I 


HISTORIA 


DE    LA 


.  11.  mSlA  fil  SAllffl 


DE   GOMPOSTELA 


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jLiIC.  p.  yiNTONIO    pÓPEZ  J^ERREIRO: 

CANÓNIGO  DE  LA  MISMA 

y  correspondiente  de  la  Real  Academia  de  la  Historia. 


(CON  LICENCIA  DE  LA  AUTORIDAD  ECLESIÁSTICA) 


Imp.Jy  Enc.  del  Seminario  Conciliab  CentbIl 

1900 


Es  PKOPIEDAD. — €íucda 


LIBRO  SEGUNDO 

LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  IGLESIA 

COMPOSTELANA 


Ün 'T^V.  ,^25v  ^■ii">'? 


CAPITULO  I 


Continúa  el  pontificado  de  D.  Diego  Peláez. — Refor- 
mas que  introdujo  en  su  Iglesia.  — Donaciones  de 
las  Infantas  D."  Urraca  y  D.^  Elvira. 


(*) 


IFICULTADES     liarto 

graves ,  como  era 
natural,  debió  ha- 
llar en  la  práctica 
la  introducción  del 
Hito  Romano  en 
las  iglesias  de  Gali- 
cia y  en  las  deoiás 
comprendidas  en  los  Estados  que  formaban  el  Reino  de 
León  y  Castilla  (1).  Ante  todo,  era  necesario  surtir  á  las 


I 


(*)  Todas  las  iniciales  de  los  capítulos  en  este  tomo,  están  escrupulosa- 
mente calcadas  so'bre  las  del  Códice  de  Calixto  II. 

Las  iniciales  de  los  párrafos  están  tomadas  de  breviarios  y  misales  com- 
postelanos  de  los  siglos  XIII,  XIV  y  XV. 

(1)  En  algunas  iglesias  parece  que  aún  continuaron  usando  simultá- 
neamento  los  dos  Oficios.  Así  resulta  de  una  Escritura  del  año  1098  que  se 


8  LIBBO  SEGUNDO 


Basílicas  de  libros  que  contuviesen  las  fórmulas  litúrgi- 
cas usadas  en  Roma;  y  dada  la  disposición  de  ánimo  con 
que  en  estas  regiones  fué  recibido  el  nuevo  Rito,  no  es 
de  creer  que  en  esto  se  hubiese  puesto  grande  empeño, 
ni  mostrado  gran  entusiasmo.  Era  necesario,  además,  que 
el  Clero  olvidase  el  antiguo  Ceremonial,  á  que  se  hallaba 
tan  acostumbrado,  y  que  se  impusiese  en  el  nuevo,  el 
cual,  en  ciertas  cosas  accidentales,  discrepaba  no  poco 
del  Grótico  ó  Isidoriano.  También  aquí  es  de  suponer  que 
las  deficiencias  que  á  cada  paso  tenían  que  ocurrir,  fue- 
sen suplidas  instintivamente,  según  los  hábitos  de  atrás 
contraídos. 

No  deben,  pues,  extrañarnos  la  variedad  y  confusión 
que  por  largo  tiempo  reinaron  en  este  punto;  de  lo  cual, 
como  hemos  visto  en  el  tomo  I,  pág.  413,  se  lamentaba 
el  Papa  Calixto  II  quejándose  de  que  en  el  Coro  de  Com- 
postela  no  había  uniformidad,  ni  regla  fija  alguna  al 
cantar  el  Oficio  y  Misa  de  Santiago;  y  así,  p.  ej.,  en  el 
Introito  de  la  Misa  unos  cantaban  el  de  Vírgenes,  otros 
el  de  Mártires,  otros  el  de  Confesores,  etc.  (1). 


conserva  en  el  Archivo  Histórico  Nacional  de  Madrid;  por  la  cual  Escritura 
Bermudo  Alfonso  dona  al  Monasterio  de  Samos  la  iglesia  de  San  Juan 
de  Civissa,  en  tierra  de  Lemos  y  en  ella,  signos  tres  et  alias  fres  campanas, 
crucem  unam,  calicem  unum,  capsam  unam,  coronam  unam,  mantos  dúos  de 
sirgo,  templum  unum,  vestimenta  linea  de  sacerdote  et  alia  de  diácono,  duas 
stolas  ohtimas  et  una  lucerna  et  uno  candelabro  et  uno  turibulo,  libros  toleta- 
nos,  psalterium  obtimum  et  alio  minore,  et  romanos  parvos. 

(1)  cAlii  ad  Missam  Sci.Iacobi  introitum  QjLudeamus  omnes  in  Domino 
cantant,  quod  Ecclesia  solummodo  de  Sanctis  Virginibus  proprie  utitur  can- 
tare, Agathae,  scilicet,  Mariae  Virginis  et  Mariae  Magdalenae;  alii  introi- 
tum Z/aeíemwr  omnes  in  Domino;  alii  autem,  Michi  autem  nimis;  alii  iuxta 
animi  sui  arbitrium,  ut  ita  dicam  suas  strophas  cantant.  •» 

Má.8  arriba  había  hecho  mención   del  Arcediano  Juan  Rodríguez,  el- 


LOS  TEES  PBIMEKOS  SIGLOS  DE    LA  I.  OOMPOSTELANA  9 

Tal  era  el  vasto  campo  que  se  ofreció  á  D.  Diego  Pe- 
láez  desde  los  comienzos  de  su  pontificado  para  ejercitar 
su  discreción  y  prudencia;  y  esto  bajo  el  apremio  de  Don 
Alfonso  VI,  que  en  tales  materias  mostró  más  celo  y  se 
atribuyó  más  competencia  de  la  que  convenía  á  un 
seglar,  por  más  que  se  hallase  investido  de  la  dignidad 
Real.  Y  con  tanta  mayor  circunspección  debía  proceder 
D.  Diego,  cuanto  que  no  podía  ocultársele,  que  el  Mo- 
narca se  hallaba  prevenido  contra  él,  por  haber  sido 
nombrado  Obispo  por  su  hermano  D.  Sancho.  No  por 
otra  causa  el  Prelado  de  Braga  D.  Pedro,  nombrado 
también  por  D.  Sancho  de  Castilla,  cayó  en  desagrado 
del  Rey  D.  Alfonso  (1). 

Mas  D.  Diego  hubo  de  inaugurar  su  difícil  y  penoso 
pontificado  con  un  fuerte  castigo  impuesto  al  presbítero 
Visclamundo  (no  Viselamundo,  como  generalmente  lo 
llaman),  reo  de  una  grave  ofensa  á  su  persona  (2).  El 
delito  que  suelen  imputar  á  Visclamundo  los  historiado- 
res, fué  el  de  traición;  pero  de  la  Escritura  publicada 
por  Yepes,  en  el  Apéndice  IV  del  tomo  VI  de  la  Cró- 
nica general  heneclktina,  que  fué  la  fuente  de  donde  se 
tomó  esta,  noticia,   resulta  que  ha  sido  detracción  ó  ca- 


cual  haciendo  en  cierta  ocasión  su  semana,  aplicó  á  Santiago  un  responso- 
rio  de  San  Nicolás,  pero  alterándolo  y  diciendo  en  lugar  de:  novit  suis  famu- 
lis  praebere  praesentia  commoda¡''nohis  suis  famulis  praehere  praesentia  com- 
moda. 

(1)  Así  lo  refiere  Fr.  Jerónimo  Román  en  su  obra  manuscrita  intitula- 
da: La  Metrópoli  de  Braga,  citada  por  Flórez  (Esp.  Sag.,  tom.  XY,  pág.  185). 

(2)  ¿Sería  ésto,  Visclamundo  el  Arcipreste  del  mismo  nombre,  presi- 
dente ó  prepósito  del  Cabildo  compostelano?  Esto  parece  bastante  probable; 
y  en  tal  caso  Visclamundo  debió  ser  despojado  de  su  dignidad  por  el 
Prelado. 


10  LIBBO  SEGUNDO 


lumnia  (1);  si  bien  no  se  dice  en  que  sentido  fué  difa- 
mado el  Prelado.  El  castigo  que  sufrió  el  difamador  fué 
la  pérdida  de  gran  parte  de  sus  bienes,  y  entre  ellos,  la 
villa  de  Esteriz  con  todas  sus  pertenencias,  sita  cerca  de 
Santiago  (2). 

Entretanto  pasaban  estos  desagradables  sucesos,  Don 
Diego  anduvo  acompañando  á  las  Infantas  D.^  Urraca 
y  D.^  Elvira,  que  por  este  tiempo  visitaron  á  Gralicia, 
como  se  ve  por  el  Diploma  que  otorgó  la  primera  á  la 
Iglesia  de  Tay  en  13  de  Enero  de  1071,  y  los  que  la  se- 
gunda concedió  á  las  Iglesias  de  Lugo  y  de  Orense  en  29 
y  en  31  de  Julio  del  referido  año. 

Tales  atenciones  no  distraían  á  D.  Diego  de  otros 
cuidados,  si  se  quiere  más  urgentes  y  más  en  conformi- 
dad con  su  carácter.  Dio  cima  á  la  obra  de  la  Canónica 
Iriense,  que  ya  había  dejado  en  buen  estado  D.  Cresco- 
nio  (3),  y  construyó,  además,  un  gran  palacio  y  levantó 
nuevas  fortificaciones  en  la  cindadela  de  Oeste,  destina- 
das, no  ya  á  defender  la  tierra  contra  las  invasiones  de 
los  Normandos,  sino  á  rechazar  las  acometidas  de  los  pi- 
ratas sarracenos  (4).  Confió  la  custodia  de  la  fortaleza  y 
el  gobierno  de  las  comarcas  vecinas,  Iria,  Amala  y  Post- 


(1)  Pro  suo  s?oler3  et  dstractions  quara  fecit  (Visolamuadus)  super 
suo  Episcopo. 

(2)  Poco  tiempo  después,  á  6  de  Enero  de  1073,  D.  Diego  permutó  con 
la  Condesa  D.^  Ermesinda  esta  villa  de  E^^eriz  por  la  de  Centenia,  que  la 
Condesa  había  heredado  de  su  madre  D.^  Urraca.  (V'éase  la  Ei3ritura  cita- 
da de  Yepes). 

(3)  Apud  Iriam  quoque  ampia  et  magna  palatia  ab  antecessore  bonae 
memoriae  domino  Didaco  (Pelagii)  Episcopo  aediíicata  hab^bintur.  (Histo- 
ria Composfelana,  lib.  II,  cap.  LV). 

(4)  Successor  quoque  ejus  Didacus  Episcopus  ejusdem  Castolli  partem 
aedificaverat.  (Hist.  Compost.,  lib.  II,  cap.   XXIII). 


LOS   TBES  PEIMEEOS  SIGLOS  Dfi  LA  I.    COMPOSTELANA  11 


marcos,  á  un  caballero  de  su  confianza,  llamado  Gelmi- 
rio,  cuyo  nombre  hizo  después  célebre  uno  de  sus  hijos, 
el  Arzobispo  D.  Diego  (1). 

En  el  edificio  moral  de  su  Iglesia  no  demostró  menor 
celo,  ni  desplegó  menor  actividad.  Al  tiempo  en  que  fué 
promovido  á  la  Cátedra  compostelana,  el  número  de 
Canónigos,  efecto  de  las  guerras  y  trastornos  políticos, 
se  hallaba  reducido  á  siete.  Y  no  sólo  eran  pocos  en  nú- 
mero, sino  que  en  sus  costumbres  y  en  sus  maneras,  se- 
gún la  Compostelana  f2j,  dejaban  mucho  que  desear.  No 
se  cuidaban  de  afeitar  la  barba,  prescindían  de  la  ton- 
sura, y  se  presentaban  en  Coro  sin  sobrepelliz  y  sin  capa 
coral,  ó  con  capa  descosida  y  de  variados  colores;  pero 
en  cambio  no  olvidaban  las  espuelas  á  modo  de  caballe- 
ros (rostatis  pedibiis  et  hujusmodi  ad  modum  equitum).  Re- 
uníanse en  el  refectorio  para  comer;  pero  cada  cual  te- 
nía su  servicio  particular;  unos  comían  opíparamente; 
otros  tenían  que  contentarse  con  parcos  y  mezquinos 
manjares,  pues  sus  facultades  no  llegaban  á  más. 

D.  Diego  elevó  á  veinticuatro  el  número  de  Canóni- 
gos, si  bien  para  completarlo,  al  decir  de  la  Compostelana, 
no  pudo  hallar  personas  que  fuesen  igualmente  hábiles  y 
merecedoras  de  esta  dignidad.  No  obstante,  elogíalo  por 
esto  la  Compostelana,  y  dice  de  él  que  sobresalió  en  gran 
manera  en  tiempo  de  D.  Alfonso  VI  (3). 


(1)  Gelmirius  miles  ac  praepotens  fuit  teinporibus  Didaci  Pelagides, 
Compostellani  Episcopi;  a  quo  Episcopo  habuit  et  rexit  Castellum  nomine« 
Honestum  et  lionorem  ei  circuinquaque  adjacentem,  Iriain  et  ei  adjacentia, 
Amaeam,  Pistomarchos.  (Hist.  Compost.,  lib.  II,  cap.  II). 

(2)  Lib.  I,  cap.  III,  pág.  25G;  y  lib.  III,  cap.  XXXVI,  pág.  544. 

(3)  Dominus  Didacus  Pelaez  Episcopus,  qui  tempere  piae  memoriae 
Kegis  Adefonsi  multum  claruit.  (Lib.  III,  cap.  XXXVI,  pág.  544). 


12  LIBEO  SEGUNDO 


Esto  hace  suponer  que  uno  de  los  cuidados  á  que 
atendió  principalmente  D.  Diego,  fué  el  restablecimien- 
to de  la  disciplina  en  su  Iglesia  y  aún  en  toda  la  Dióce- 
sis. Restableció  la  dignidad  de  Arcediano,  y  de  su  tiem- 
po se  cuentan  por  lo  menos  tres,  Juan  Rodríguez,  Arias 
Cipriániz  y  Froila  Muñiz. 

Después  de  la  muerte  ó  privación  del  Arcipreste 
Visclamundo,  nombró  D.  Diego  para  sucederle,  como 
Presidente  del  Cabildo,  al  Canónigo  presbítero  Gunde- 
sindo,  con  título  de  Abad.  Así  subscribe  en  muchos  Pri- 
vilegios (1),  y  así  lo  llama  siempre  la  Compostelana;  sin 
embargo,  en  algún  Diploma,  como  en  el  otorgado  por  la 
Infanta  D.^  Elvira  á  la  Iglesia  compostelana  en  25  de 
Abril  de  1087,  firma  con  el  título  de  Arcipreste. 

Por  este  mismo  tiempo,  era  Tesorero  de  la  Iglesia 
compostelana  el  presbítero  Sigeredo,  como  se  ve  por  los 
dos  Privilegios  citados  de  D.^  Urraca  y  D.^  Elvira.  Esta 
es  la  primera  mención  que  se  halla  de  Tesorero  en  nues- 
tra Iglesia;  pero  la  dignidad  y  el  cargo  ya  debían  de  ser 
mucho  más  antiguos.  Desgraciadamente  no  se  conserva 
ningún  inventario  de  los  vasos  sagrados,  alhajas,  paños 
y  demás  objetos  que  por  estos  tiempos  debían  estar  con- 
fiados al  cuidado  del  Tesorero.  Únicamente  en  el  Diplo- 
ma otorgado  por  D.  Ordeño  II  en  20  de  Abril  de  911,  se 
enumeran  varios  objetos  sagrados  de  gran  valor,  que 
entonces  donó  dicho  Rey  á  nuestra  Iglesia  (2).  Sin  em- 
bargo, el  mismo  D.  Ordeño,  en  el  Privilegio  de  30  de 

(1)  En  el  concedido  por  la  Infanta  D.*  Urraca  á  la  Iglesia  de  Santiago 
en  30  de  Mayo  de  1087,  subscribe:  Gundesindus  abbas  super  ipsam  canovi- 
cam.  En  un  documento  de  Antealtares,  firma:  Gundesindus  ahba  archipreshy- 
ter  loco  sancto. 

(2)  Véase  tom.  II,  Apéndices,  núm.  XXX. 


LOS  TBES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  13 

Enero  de  915  (1),  dice  que  la  Iglesia  se  hallaba  ya  bien 
surtida  de  capas,  cruces,  cálices,  patenas,  coronas,  etc.. 

San  Isidoro,  en  su  Carta  al  Obispo  Leudefredo, 
cuenta,  entre  las  dignidades  de  las  Iglesias  Catedrales, 
al  Primicerio  ó  Primickro,  á  cuya  vigilancia  estaban  enco- 
mendados los  Clérigos  inferiores,  corno  acólitos,  exorcis- 
tas,  salmistas  y  lectores  (2).  Por  este  tiempo  era  Primi- 
clero  en  la  Catedral  compostelana  Pelayo  González, 
según  aparece  de  un  documento  de  San  Martin  Pinario, 
del  año  1085. 

Constan,  asimismo,  los  nombres  de  varios  jueces  ecle- 
siásticos, los  cuales  eran  también  Canónigos,  y  conocian 
en  grado  de  apelación  en  los  pleitos  que  se  ventilaban 
en  la  tierra  de  Santiago.  Por  entonces  fueron  jueces 
eclesiásticos  Sarracino  González,  Fruela  Recamúndiz, 
Pelayo  Gudésteiz  y  Pedro  Daniéliz.  Uno  de  ellos,  Pela- 
yo Gudésteiz,  figura  como  juez  regio  de  Santiago,  judex 
regiiis  Loci,  Sancti,  en  un  Privilegio  dado  por  el  Conde 
de  Galicia  D.  Ramón,  á  la  Santa  Iglesia  de  Mondoñedo 
en  el  año  1096  (3). 

La  firma  de  D.  Diego  aparece  en  varios  documentos 
de  estos  años.  Léese  en  el  Diploma  que  la  Condesa 
D.*  Ermesinda  Núñez  concedió  al  Monasterio  de  Chan- 
tada en  6  de  Enero  de  1073:  Didacus  iriensis  episcoims 
confirmo  (4).  En  un  Privilegio  que  se  conserva  en  el  Ar- 
chivo de  Antealtares,  fechado  en   22  de  Abril  de  1073, 


(1)  Véase  tom.  II,  Apéndices,  núm.  XXXVIII. 

(2)  Divi  Isidori  Hispalensis    episcopí   opera;    ed.   de    Madrid,   1778; 
tom.  II,  pág.  520. 

(3)  Esp.  Sag.  tom.  XVIII,  Apéndices,  núm.  XVIII. 

(4)  Yepes,  Coron.  gen.  de  S.  Benito,  tom.  VI,  Apéndices,  núm.  IV. 


14  LIBBO  SEGUNDO 


subscribe  D.  Diego  en  esta  forma:  Guhernante  iriense  si- 
muí  cmn  sede  heati  lacobi  apostoli  diclacus  aepiscoyus.  Arregló 
también  la  cuestión,  que  el  Abad  de  Samos,  Fromarico, 
tenía  con  los  vecinos  de  Santa  Eulalia  de  Dena,  con 
motivo  de  un  coto  que  su  Monasterio  poseía  en  dicha 
parroquia. 

Con  estos  y  otros  hechos  semejantes,  había  continua- 
do D.  Diego  granjeándose  el  afecto  y  consideración  de 
D.  Alfonso  VI  y  de  las  Infantas  D."^  Urraca  y  D.^  Elvi- 
ra. En  varios  Diplomas  de  aquella  época,  otorgados  por 
D.  Alfonso,   como   en  el  de    Sahagún  de  8  de   Ma3^o 
de  1080,  y  en  el  de  Astorga  de  18  de  Febrero  de   1085, 
nuestro  Prelado  firma  el  primero  después  de  las   Perso- 
nas Reales.  En  el  año    1087  las  dos  Infantas   otorgaron 
cada  una  su  Privilegio  á  la  Iglesia  compostelana  y  á  su 
Obispo  D.   Diego.   D.^  Elvira  ofrece    «al  muy   invicto, 
triunfador  y  glorioso  Apóstol   Santiago»  (invlctlssimo  ac 
triumphatorí  glorioso  Apostólo  lacoho),  al  Pontífice  D.  Diego 
y  á  los  Clérigos  que  allí  perseveran  consagrados  al  ser- 
vicio de  Dios  fpontifíci  domino  Didaco  et  Clerícis  in  Dei  ser- 
vitío  permanentihusj   la  mitad  del  Monasterio   de   Santa 
María  de  Fílonio  (Pilono),  y  la  mitad  de   los  demás  Mo- 
nasterios sitos  en  esta  tierra  de  Pilono  entre  los  ríos 
UUa  y  Deza,  á  saber:  del  de  Atiriólos  (Santa  María  de 
Oirós);  del   de  Ahcohre   (Alcobre,  lugar  de  la  parroquia 
de  Pilono);  del  de  San  Miguel  de  Branderici  (Brandariz), 
y  del  de  San  Vicente  de  Pausada  (Pousada,  lugar  de  Pi- 
lono). Dona,  además,  D.^  Elvira  la  iglesia  íntegra  de  San 
Martín  en  el  valle  de    Olegio  (Eijo),  que  debe   ser  la  de 
San  Martín  de  Arines,  cerca  de  Santiago.  Resérvase  la 
Infanta  el  usufructo  de  todas  estas  propiedades  durante 
su  vida;  y  declara  ser  voluntad  que  en  el  coto  del  Mo- 


LOS  THES  PBIMEROS  SIGLOS  BE  LA  I.  COMPOSTELANA 


15 


ñasterio  de  Pilono  no  pueda  entrar  el  merino  ó  alguacil 
del  Rey  ni  aún  en  caso  de  homicidio,  robo  ó  parricidio, 


Fotografía  de  J.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  i,  fol.  34  vuelto,  que  representa  á  la  Infanta  D.*  Elvira. 

sino  tan  sólo  el  ministro  del  Prelado  compostelano.  Da- 
tóse el  Diploma  en  25  de  Abril  de  1087  (1). 


(1)     Véanse  Apéndices,  núm.  III. 


16 


LIBBO    SEGUNDO 


En  el  Diploma  otorgado  por  D,^  Urraca  á  30  de  Ma- 


Fotografía  de  J.  Liinia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Iwiiho  A,  fol.  3B,  que  representa  ii  la  Infanta  I).""  Urraca. 


yo  del  referido  año,  se  dona  á  la  Iglesia  de  Santiago  y 


LOS  TEES  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  17 

al  Obispo  D.  Diego  y  á  la  Congregación  de  Clérigos,  que 
allí  sirven  á  Dios  (Eyiscopo  domino  Didaco  una  cmn  Collegio 
Clericoriün  Deo  miUtantmmJ,  cierto  lugar  llamado  Villa 
Albín  en  el  Campo  de  Toro,  para  que  en  él  se  funde  é  ins- 
tituya, bajo  el  régimen  de  los  Obispos  compostelanos, 
un  Monasterio  en  honor  de  San  Nicolás  y  Santiago 
Apóstol  (1). 

Solícito  D.  Diego  por  conservar  íntegro  el  patrimo- 
nio de  su  Cátedra  episcopal,  arrancó  de  poder  de  segla- 
res la  iglesia  de  San  Esteban  de  Piadela,  la  cual  había 
sido  dada  in  atónito  por  sus  antecesores  á  ciertos  caballe- 
ros que  pretendían  poseerla  como  verdaderos  dueños. 
Recobrada  la  iglesia,  encomendó  al  arcediano  Juan  Ro- 
dríguez el  cuidado  de  reedificarla  desde  los  cimientos. 
,  La  nueva  iglesia  fué  consagrada  por  D.  Diego  Gelmírez 
el  25  de  Noviembre  de  1101  (2). 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  IV.— Por  estos  dos  Diplomas  de  Do- 
ña Elvira  y  D.*  Urraca  conocemos  el  nombre  de  un  Obispo  de  Orense  hasta 
ahora  omitido  en  los  Episcopologios  de  dicha  Iglesia.  Es  el  Obispo  Juan, 
el  cual,  en  el  Privilegio  de  D.^  Elvira,  subscribe:  Johannes  adefonsiz  epi- 
scopium  auriense  obtinens  voluntarle  confirmo.  En  el  de  D.*  Urraca:  Jahan- 
nes  aurie)isis  episcopiis  confirmo.  Entre  las  subscripciones  del  concilio  de 
Husillos,  ya  aparece  la  de  su  sucesor  Pedro:  Ego  Petrus  in  ecclesia  Oriensi 
electiis  confirmo. 

(2)  Véanse  Apédices,  núm.  XVI. 

Tomo  III.  —2. 


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CAPITULO  II 


Emprende  D.  Diego  Peláez  la  construcción  de  la  ac- 
tual Basílica  compostelana.— Concordia  con  San 
Fagildo,  Abad  de  Antealtares.— Muerte  de  este 
Santo  Abad  en  el  año  1084. 


E  todas  cuantas 
obras  hicieron 
acreedor  á  D.  Die- 
go Peláez  á  que  la 
Compostelana  le  tri- 
butase los  elogios 
de  haber  florecido  du- 
rante mucho  tiempo 
por  su  nobleza  y  generosidad  (1),  y  de  haber  brilMo  sobrema- 
nera (2),  ninguna  es  comparable  á  la  empresa  de  levan- 


(1)  Multo  tempore   nobilitate  ac  generositate  in  liac  praesenti  vita  flo 
ruit— (Lib.  I,  cap.  II,  núin.  12). 

(2)  Multuin  claruit.— (Lib.  III,  cap.  XXXVI,  pág.  544). 


20  LIBRO  SEGUNDO 


tar  un  Templo  digno,  por  sus  dimensiones,  por  su  estruc- 
tura, por  sus  formas  arquitectónicas,  por  su  riqueza 
escultural,  del  gran  Apóstol,  Patrón  de  España.  Las  difi- 
cultades con  que  debió  tropezar  en  la  realización  de  tan, 
para  aquella  época,  colosal  proyecto,  ni  aún  fácilmente 
pueden  adivinarse.  Tres,  desde  luego  ocurren,  capaces 
de  liacer  retroceder  á  cualquiera  otro  que  no  fuera  Don 
Diego  Peláez;  y  son  la  expropiación  de  los  terrenos  ne- 
cesarios para  el  gran  ensanche  de  la  Basílica;  el  arbitrar 
recursos  para  la  obra;  y  el  contar  con  arquitectos  y 
maestros  hábiles  para  llevar  á  cabo  una  fábrica  tan  fae- 
ra  de  los  principios  de  construcción  hasta  entonces  ge- 
neralmente admitidos. 

Comencemos  por  la  expropiación.  En  torno  de  la  an- 
tigua Basílica  se  levantaba  un  sinnúmero  de  edificios, 
como  tiendas  de  objetos  de  devoción,  de  hierbas  medici- 
nales, de  especias  y  otras  cosas  parecidas,  puestos  de 
cambiadores,  oficinas  de  notarios  y  escidbientes,  alber- 
guerías,  viviendas  particulares,  etc.  No  estaba  aquí  la 
principal  dificultad,  pues  tales  edificios,  formados  de 
materiales  ligeros  y  de  poco  coste,  podían  fácilmente 
mudar  de  emplazamiento;  la  dificultad  estaba  en  la  igle- 
sia monasterial  de  Antealtares,  comprendida  toda  ente- 
ra, con  más  alguna  parte  del  claustro,  dentro  del  ensan- 
che. El  Prelado  no  podía  prescindir  de  este  solar,  porque 
siendo  el  altar  mayor  de  la  Catedral  con  el  Sepulcro  del 
Apóstol,  que  estaba  debajo,  el  punto  fijo  de  partida  para 
trazar  las  proporciones  de  la  nueva  Iglesia,  el  que  había 
de  dar  la  pauta  y  el  módulo  para  establecer  la  debida 
relación  entre  las  diversas  partes  del  edificio,  á  él  nece- 
sariamente había  que  atenerse. 


I 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COiCPOSTELANA  2  i 

Como  los  Monjes  directamente  no  recibían  beneficio 
alguno  de  las  obras,  antes  por  el  contrario,  sufrían  gra- 
vísimos perjuicios,  con  dificultad  se  resignaban  á  aban- 
donar su  antigua  iglesia,  que  era  como  una  prolonga- 
ción de  la  del  Apóstol.  En  especial,  el  Abad  San  Fagildo 
se  opuso  con  toda  energía  y  entereza  á  la  nueva  fábrica; 
y  cuando  vio  que  D.  Diego,  á  pesar  de  sus  protestas,  no 
desistía  de  la  prosecución  de  la  obra  y  de  llevarla  ade- 
lante, según  los  planos  que  estaban  trazados,  apersonóse 
en  la  Corte  y  ante  el  Rey  D.  Alfonso  VI  formuló  sus 
quejas  contra  el  proceder  del  Prelado. 

A  todo  esto,  á  lo  que  parece,  se  habían  abierto  ya 
las  profundas  y  anchurosas  zanjas  en  que  habían  de 
asentarse  los  cimientos  del  nuevo  Templo;  y  San  Fagil- 
do se  había  visto  precisado  á  construir,  para  cumplir  con 
el  Oficio  del  Coro,  en  el  mismo  sitio  en  que  antiguamen- 
te había  estado  el  oratorio  del  anacoreta  Pelayo,  una 
pequeña  iglesia  provisional  con  tres  altares  ó  ábsides, 
dedicados,  el  uno  á  San  Pedro,  el  otro  á  Santo  Tomás  y 
el  tercero  á  San  Nicolás,  además  de  otro  altar  consagra- 
do al  niño  mártir  San  Pelayo.  Probableinente  D.  Diego 
ofrecería  una  razonable  compensación  para  después  de 
terminada  la  obra;  pero  los  Monjes  creían  que  no  había 
compensación  posible  para  una  iglesia  en  que  ellos  te- 
nían tantos  recuerdos,  que  estaba  casi  en  contacto  con 
el  Sepulcro  del  Apóstol,  del  cual  por  tanto  tiempo  lia- 
bían  sido  considerados  como  ministros  y  servidores  jun- 
tamente con  el  Clero  de  la  Catedral. 

D.  Alfonso  prestó  atento  oído  á  las  reclarnaciones 
del  santo  Abad;  oyó  también  al  Prelado,  y  reconoció 
que,  en  efecto,  la  iglesia  existente  era  mezquina,  y  que 
la  que  se  hiciese,  si  había  de  corresponder  al  nombre  del 


22  LIBBO    SEGUNDO 


gran  Apóstol,  en  cuyo  honor  se  levantaba,  del  gran 
Apóstol  bajo  cuya  protección  se  hallaba,  como  dice  el  mismo 
D.  Alfonso  (1),  la  tierra  ¡j  el  régimen  de  toda  España,  no 
podía  menos  de  imponer  grandes  sacriñcios.  Trató,  sin 
embargo,  de  conciliar,  por  medio  de  una  avenencia,  los 
intereses  del  Monasterio  con  las  exigencias  del  culto  de 
Santiago.  San  Fagildo,  ya  que  no  pudiese  impedir  la 
obra,  quería  que  se  estipulase  la  manera  de  dejar  á  sal- 
vo los  derechos  del  Monasterio  sobre  los  Altares  del  Sal- 
vador, de  San  Pedro  y  de  San  Juan  Evangelista,  y  aún 
sobre  el  de  Santiago.  Esto  fué  lo  que  estableció  el  Mo- 
narca al  proponer  el  17  de  Agosto  de  1077,  de  acuerdo 
con  varios  Obispos  y  Magnates,  las  bases  para  la  ave- 
nencia, que  fueron  aceptadas  y  firmadas  por  ambas 
partes. 

Las  bases  eran  las  siguientes:  primera,  que  el  Monas- 
terio poseyese  desde  aquel  punto  para  siempre  el  Altar 
y  ábside  de  San  Pedro  que  se  estaba  edificando,  no  á  la 
derecha  de  el  del  Salvador  como  se  hallaba  antes,  sino  á 
la  izquierda  como  aún  está  actualmente,  y  juntamente 
la  puerta  para  servicio  de  este  Altar  (2);  segunda,  que 
así  que  se  terminase  la  obra,  se  restituyesen  también  al 
Monasterio  los  Altares  y  ábsides  de  San  Salvador  y  de 
San  Juan  Evangelista;  tercera,  que  el  Monasterio  pu- 
diese edificar  por  su  cuenta,  después  de  terminada  la 
obra,   arrimada  al  muro   exterior  de   la   Catedral,  una 


(1)  Véase  el  Privilegio,  nP  XXVÍ,  en  los  Apéndices  del  toin.  XXXVI 
de  la  Esp.  Sag. 

(2)  Este  Altar  6  ábside,  que  es  el  llamado  de  la  Azucena,  6  del  Sr.  Ma- 
gistral, vino  á  construirse  junto  al  sitio  donde  antea  estaba  la  Sala  Capitular 
del  Monasterio.  La  puerta  de  que  aquí  se  habla,  es  la  que  hoy  llamamos 
Puerta  Santa. 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE    LA  I.  COMPOSTELANA  23 

nueva  iglesia  en  la  cual  se  celebrasen  los  Oficios  Divi- 
nos; cuarta,  que  entretanto  se  hacía  la  obra,  el  Prelado 
retuviese  en  su  poder  la  antigua  iglesia  monasterial  con 
las  limosnas  ofrecidas  á  los  dos  Altares  de  San  Salvador 
y  San  Juan  Apóstol,  más  en  las  que  se  ofrecían  en  me- 
tálico al  Altar  de  Santiago  en  la  Catedral,  la  mitad,  que 
por  antiguos  acuerdos  pertenecía  al  Monasterio;  quinta, 
que  concluida  la  obra,  se  entregase  al  Monasterio  jun- 
tamente con  los  dos  ábsides  ó  capillas  de  San  Salvador 
y  San  Juan  Apóstol,  la  tercera  parte  de  las  limosnas  en 
dinero  que  viniesen  al  Altar  de  Santiago,  en  vez  de  la 
mitad  que  se  le  destinaba  antes;  sexta,  que  el  Monasterio 
había  de  conservar  intacta  la  propiedad  del  terreno  de- 
marcado en  los  antiguos  Diplomas  de  D.  Alfonso  II  y 
D.  Ramiro  I,  á  partir  desde  el  signo  A)  que  se  pondrá 
entre  el  Altar  de  Santiago  y  las  capillas  de  San  Salva- 
dor, San  Juan  y  San  Pedro,  y  siguiendo  los  límites  en 
dichos  Diplomas  señalados. 

Tal  fué,  en  substancia,  la  avenencia  ó  concordia  que 
subscribió  D.  Diego  con  consentimiento  del  Cabildo,  obli- 
gándose por  sí  y  por  sus  sucesores  á  en  ningún  tiempo 
faltar  á  ella  bajo  la  pena  de  diez  libras  de  oro,  y  de  res- 
tituir doblados  los  daños  causados  al  Monasterio.  Subs- 
criben el  documento,  además  de  D.  Diego,  el  Rey  D.  Al- 
fonso con  sus  hermanas  D.^  Urraca  y  D.^  Elvira,  los 
Obispos  Gonzalo  de  Mondoñedo  y  Auderico  de  Tuy,  los 
Condes  Pedro  Ansúrez,  Froilán  Díaz  y  otros  muchos 
Magnates  (1). 


(1)  Véanse  Apéndiceg,  núin.  I. — Como  era  consiguiente,  la  ejecución 
(le  la  concordia,  al  menos  en  todas  sus  partes,  se  fué  aplazando  indefinida- 
mente. Hacia  el  año  1 147,  se  celebró  otra  nueva  concordia  entre  el  Arzobig* 
po  D.  Pedro  Helias  y  el  Abad  D.  Rodrigo. 


24  LIBRO  SEGUNDO 


Lo  que  D.  Diego  Peláez  hizo  con  los  Altares  de 
San  Salvador,  San  Pedro  y  San  Juan,  debió  también 
hacerlo  con  la  capilla  de  Santa  María  de  la  Corticela, 
cuyo  solar  probablemente  quedó  asimismo  incluido  en  el 
ensanche  de  la  Catedral  proyectada.  De  esto  no  se  con- 
serva ni  acta,  ni  concordia  alguna;  pero  en  el  Privilegio 
otorgado  en  1115  por  D.  Diego  Gelmírez  al  Monasterio 
de  San  Martín  (1),  manifiesta  el  otorgante  que  entrega 
al  Monasterio  la  iglesia  de  Santa  María  de  la  Corticela 
con  sus  bienes,  casas  y  oficinas,  según  la  había  obtenido 
su  antecesor  el  Obispo  D.  Diego  fsecundum  dns.  Dídacus 
Episcoptis  oUinuitJ.  Para  que  D.  Diego  Peláez  se  incau- 
tase de  la  iglesia  de  la  Corticela,  que  siempre  había  sido 
de  San  Martín,  no  se  alcanza  más  razón,  que  la  necesi- 
dad de  expropiar  los  terrenos  absolutamente  precisos 
para  la  obra.  Demarcado  el  perímetro  de  ésta,  D.  Diego 
Peláez  hubo  de  construir  otra  iglesia  de  la  Corticela, 
verosímilmente  en  el  mismo  sitio  que  ocupa  la  actual  (2), 
con  las  dependencias  y  servicios  necesarios  para  uso  del 
convento;  y  esto  fué  sin  duda  lo  que  Gelmírez  consigna 
en  su  Escritura  como  devuelto  á  los  Monjes. 

Bien  á  las  claras  había  dado  á  conocer  D.  Diego  su 
propósito  de  no  retroceder  en  su  empresa  ante  ningún 
género  de  obstáculos;  y  por  lo  tanto,  al  mismo  tiempo 
que  iba  allanando  las  dificultades  que  ofrecía  la  expro- 
piación de  los  solares  necesarios,  ideaba  la  manera  de 
allegar  recursos,  acopiar  materiales  y  contar  con  los  me- 
dios suficientes  para  proseguir  la  obra.  Tenía,  en  primer 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XXXIII. 

(2)  Empero,  el  edificio  que  hoy  se  conserva,  por  más  que  es  bastante 
antiguo,  no  es  el  que  debió  edificarse  en  tiempo  de  D.  Diego  Peláez, 


LOS  TEES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAKA  25 

lugar,  el  fondo  de  las  cuantiosas  limosnas  que  venían  al 
Altar  de  Santiago,  con  el  cual  fondo  se  acumulaban,  en 
virtud  de  la  concordia  estipulada  con  San  Fagildo,  las 
que  se  ofrecían  ante  los  Altares  de  San  Salvador  y  San 
Juan  Apóstol.  Esto,  empero,  era  muy  poco  para  obra 
de  tal  magnitud,  tanto  más  que  de  las  limosnas  y  ofren- 
das, había  que  deducir  la  parte  correspondiente  para  sos- 
tenimiento del  culto  y  del  personal  de  la  Iglesia. 

Para  evitar  dudas  y  confusiones,  puso  en  la  iglesia 
una  arca  destinada  á  recoger  las  limosnas  que  venían 
expresamente  para  la  obra.  Así  lo  indicaba  un  letrero 
puesto  en  sitio  visible  que  decía:  Arca  operis  Bti.  lacobi. 
La  administración  de  lo  en  esta  arca  recaudado,  sino 
desde  entonces,  al  menos  con  el  tiempo,  coriió  por  cuenta 
del  maestro  y  de  los  oficiales  que  trabajaban  en  la  obra. 

En  segundo  lugar,  solicitó  del  Rey,  de  las  Infantas, 
de  los  Magnates,  como  también  lo  había  hecho  el  Obis- 
po de  León  D.  Pelayo  para  la  obra  de  su  iglesia,  auxi- 
lios y  donativos.  Ya  hemos  visto  en  el  capítulo  anterior 
las  cuantiosas  donaciones  hechas  por  las  Infantas  Doña 
Urraca  y  D.^  Elvira.  De  las  donaciones  de  los  Magnates 
apenas  se  conserva  noticia  alguna;  porque,  según  ya  he- 
mos advertido  en  otra  parte,  el  libro  del  Tumbo  destina- 
do á  coleccionarlas,  ó  no  se  lia  escrito,  ó  se  ha  per- 
dido (1). 


(1)  En  el  año  1079  el  Conde  D.  Sancho  Bermiídez,  sobrino  de  la  In- 
fanta D.*  Teresa,  con  su  esposa  D.*  Onega,  donó  á  Antealtares  el  coto  de 
Bóveda.  Lo  dá  en  obsequio  á  San  Pedro,  San  Pablo  y  San  Pelayo,  cuyas  reli- 
quias sunt  in  cimiterio  vocitato  Antealtares  secus  tumbam  bti.  lacobi  apostoli, 
y  al  abad  Fagildo,  qui  nunc  eiusdem  congregationis  sicut  bonus  pastor  pre- 
fulget. — Donaciones  parecidas  á  ésta,  debieron  hacerse  por  entonces  á  la 
Iglesia  de  Santiago. 


26  LIBBO  SEGUNDO 


Consiguió  también  de  D.  Alfonso  — aunque  esto  sólo 
se  puede  asentar  por  racional  conjetura —  privilegio 
para  acuñar  moneda.  La  primera  noticia  que  trae  la 
Compostelana  (1)  acerca  de  la  moneda  de  Santiago,  se  re- 
fiere al  año  1105;  pero  allí  ya  se  dá  por  supuesta  la  exis- 
tencia de  la  casa  de  la  fabricación,  y  sólo  se  trata 
de  darle  mayores  franquicias  ó  inmunidades.  Monetam 
Sci.  lacohí  modís  ómnibus  liberatam...  concessit.  En  un  Di- 
ploma que  otorgó  la  Infanta  D.^  Elvira  en  1^  de  No- 
viembre de  1100,  dona  á  la  Iglesia  de  Santiago  el  corti- 
jo y  casas,  que  en  Compostela  había  poseído  el  monede- 
ro Ademarlo  fquae  fuerunt  de  Ademctrio  ynonetarío)  y  que 
ella  había  comprado  (2).  De  esto  resulta  que  ya  antes 
del  año  1 100  había  monederos  y  casa  de  moneda  en 
Santiago,  y  que  por  lo  mismo  nada  tiene  de  inverosímil 
que  esta  fabricación,  cuyos  productos  se  habían  de  apli- 
car principalmente  á  la  construcción  de  la  Iglesia,  data- 
se desde  que  se  comenzó  la  obra,  ó  poco  después. 

Otro  recurso  ideó  D.  Diego,  que  aunque  no  consistía 
en  moneda  sonante,  no  por  eso  era  de  menor  aprecio;  y 
fué  el  obtener  del  Rey  D.  Alfonso  VI  en  favor  de  todos 
los  oficiales  que  trabajasen  en  la  obra  de  la  Iglesia,  la 
exención  de  todo  tributo,  así  real,  como  personal.  Que 
esta  exención  databa  de  este  tiempo,  lo  dá  á  entender 
D.  Alfonso  VII  en  el  Diploma  que  en  1181  otorgó  al 
maestro  y  oficiales  de  la  obra  de  Santiago;  pues  les  dice 
que  les  confirma  sus  faeros  y  privilegios  y  exenciones 
según  la  mejor  forma  en  que  los  gozaron,  desde  que  se 
comenzó  la  obra;  postquam  opiis  ecclesiae  incoephcm  fuit. 


(1)  Lib.  I,  cap.  XXVIII. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XV. 


LOS  TRES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    OOMPOSTELANA  27 

Por  Último,  debemos  hacer  aquí  especial  mención  de 
una  manera  que  discurrieron  los  peregrinos  para  contri- 
buir más  directamente  á  la  obra  de  Santiago.  Toda  la 
comarca  de  Compostela  es  pobrísima,  ó  carece  en  abso- 
luto de  rocas  calizas,  y  sin  embargo,  inmenso  tenía  que 
ser  el  consumo  de  este  material.  Las  canteras  de  cal 
más  próximas  distaban  unas  veinte  leguas,  y  por  lo  tan- 
to, su  acarreo  tenía  que  ser  costosísimo.  Mas  la  piedad 
sincera  y  el  celo  fervoroso  ofrecen  los  más  inesperados 
recursos.  Refiere  el  Abad  de  Santa  María  en  St,  Fierre 
Siir-lJive,  Aimón,  que  floreció  á  mediados  del  siglo  XII, 
que  en  la  construcción  de  la  iglesia  de  su  abadía,  gran 
parte  de  los  materiales  fueron  conducidos  en  carros  tira- 
dos por  personas  de  todas  condiciones,  por  Condes,  caba- 
lleros, plebeyos,  mujeres  nobles  y  humildes  (1),  los  cua- 
les en  servicio  de  Dios,  y  de  su  Santísima  Madre,  idearon 
este  nuevo  género  de  ipiedsiá^novum  quoddam  pietatis  gemís. 
Los  peregrinos  de  Santiago,  en  el  deseo  de  demostrarle 
su  gran  amor  y  devoción,  recurrieron  también  á  este 
expediente.  Al  pasar  por  Triacastela,  en  la  provincia 
de  Lugo,  donde  abundaban  las  canteras  de  cal,  cada 
uno  tomaba  una  piedra  del  tamaño  que  permitían  sus 
fuerzas  ó  el  brío  de  su  cabalgadura,  y  la  llevaba  has- 
ta el  lugar  de  Castaníolla  (2)^  en  donde  en  hornos  conve- 
nientemente preparados  se  hacía  la  cal,  que  desde  allí 
era  traída  en  carros  á  Compostela.  Puede,  pues,  decirse 
que  la  argamasa  empleada  en  la  fábrica  del  Templo 
Apostólico,  fué  en  buena  parte  amasada  con  el  sudor  de 
los  peregrinos  de  Santiago. 


(1)  Migne,  Fatrol  Sat.,  tom.  CLXXXI,  col.  1707. 

(2)  Santa  María  de  Caatañeda,  cerca  de  Arzúa. 


28  .  LIBKO  SEGUNDO 


Los  materiales  más  pesados  como  el  granito,  abun- 
daban en  las  cercanías  de  Compostela  (1).  Empleáronse 
en  la  obra  dos  clases  de  granito;  uno  de  grano  grueso  y 
áspero,  como  el  de  las  canteras  inmediatas  á  la  esta- 
ción del  ferrocarril,  y  otro  de  grano  fino  y  compacto, 
susceptible  hasta  de  cierto  pulimento.  Con  el  primero  se 
levantaron  las  paredes  y  machones;  el  segundo  se  destinó 
para  los  capiteles  y  otras  obras  de  talla  (2). 

Y  ¿quiénes  eran  los  artistas  encargados  de  dar  for- 
ma á  estos  materiales,  de  asentarlos  en  hiladas  hasta 
erigir  con  ellos  robustos  pilares  y  macizas  paredes,  y 
lanzar  al  aire  membrudas  bóvedas,  que  pudiesen  admi- 
rarnos por  su  elevación  y  por  la  firmeza  y  solidez  de  su 
asiento,  pero  no  inquietarnos  por  el  temor  de  imprevistos 
desplomes  ó  movimientos?  ¿Eran  nacionales  ó  extranje- 
ros? Para  averiguar  esto  tenemos  dos  medios;  primero, 
examinar  la  estructura  del  edificio,  y  compararla  con  la 
de  otras  construcciones  extranjeras  de  la  misma  época, 


(1)  Inde  Tria  Castella....ubi  peregrini  accipiunt  petraní  et  secum  defe- 
runt  usque  ad  Castaniollam  ad  faciendam  calcem  ad  opus  basilice  apostoli- 
ce. (Lib.  V  del  Códice  de  Calixto  11,  cap.  III}. — Los  cimimientos  de  la  igle- 
sia están  formados  por  un  núcleo  espeso  y  firmísimo  de  cal  y  canto,  revestido 
por  ambas  caras  de  hiladas  de  sillares.  La  cal,  que  debió  emplearse  en  la 
formación  de  este  núcleo  tan  sólido  y  compacto,  es  incalculable.  Este  dato 
también  demuestra  la  habilidad  de  los  canteros  que  tuvieron  parte  en  la 
obra,  los  cuales  en  su  gran  mayoría  eran,  sin  duda,  indígenas. 

(2)  También  se  recurrió  al  mármol,  que  probablemente  vendría  de  algu- 
na de  las  canteras  que  hay  en  la  provincia  de  Lugo,  y  á  una  piedra  esquis- 
tosa ó  pizarrosa,  de  fácil  trabajo,  que  se  empleó  para  relieve  de  poco  resalto. 
De  esta  piedra  hay  abundantes  canteras  en  las  cercanías  de  Santiago.  De 
mármol  se  hicieron  algunas  columnas,  y  varias  esculturas  de  mayor  ó  me- 
nor relieve,  que  según  la  antigua  práctica  se  embutieron  en  las  portadas. 


LOS  TBES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  29 

para  deducir  sus  analogías  y  discrepancias,  y  decidir  si 
es  obra  propiamente  indígena  ó  simple  imitación  de  al- 
guna de  afuera;  segundo,  investigar  la  patria  y  filiación 
de  los  primeros  artistas  á  quienes  se  encomendó  la  ejecu- 
ción de  la  obra. 

Reservaremos  para  el  siguiente  capítulo  el  ensayar 
y  discutir  la  eficacia  del  primer  medio,  como  cosa  más 
difícil  y  complicada.  Sólo  como  preliminar  observare- 
mos, que  nuestro  país,  por  las  muchas  edificaciones  que 
se  hicieron  por  entonces,  no  debía  de  hallarse  tan  esca- 
so de  artistas  hábiles  y  poseedores  de  los  secretos  de  la 
construcción.  Prescindamos  de  las  obras  considerables 
que  llevaron  á  cabo  D.  Fernando  I  en  el  templo  de  San 
Isidro  de  León,  y  el  Obispo  D.  Pelayo,  que  había  sido 
Canónigo  compostelano,  en  la  Catedral  de  la  regia  ciu- 
dad; pero  habremos  de  citar  las  que  hizo  D.  Cresconio 
en  la  propia  Compostela,  en  las  Catedrales  de  Iria  y  de 
Braga,  y  en  la  cindadela  de  Oeste.  Habremos  de  citar 
también  el  claustro  de  Antealtares,  que  ya  existía  al 
tiempo  en  que  comenzó  á  edificarse  la  nueva  Catedral 
Apostólica,  el  cual  claustro  era  tan  capaz,  que  según  la 
Compostelana  (1),  pudo  contener  cómodamente  hasta  cer- 
ca de  unos  mil  hombres  durante  la  sublevación  del 
año  1117  (2).  No  se  desconocía,  pues,  en  Compostela  el 
papel  que  podía  y  debía  desempeñar  el  arco  eji  las  cons- 
trucciones. 

Mas  como  este  punto  es  sobrado  interesante  para  co- 
nocer la  historia  de  la  Arquitectura  en  España,  y  al 


(1)  Lib.  I,  cap.  CXIV,  pág.  235. 

(2)  En  el  cap.  CXVI,  pág.  243,  se  hace  mención  de  otro  claustro  i)crte- 
ueciente  también  no  sabemos,  si  á  Antealtares,  ó  á  la  Catedral. 


30  LIBBO  SEGUNDO 


mismo  tiempo  los  antecedentes  arquitectónicos  que  de- 
bieron preparar  el  trazado  y  construcción  de  nuestra 
Basílica,  nos  detendremos  algún  tanto  en  dilucidarlo 
según  nuestra  posibilidad.  De  entre  todos  los  Bárbaros, 
los  que  más  fácilmente  se  adaptaron  á  las  costumbres  y 
á  la  civilización  romanas,  fueron  los  Godos.  En  una  de 
las  Lecciones  explicadas  sobre  la  Historia  del  Arte  por 
el  sabio  arqueólogo  Luís  de  Courajod,  desde  el  año  1887 
al  1896  (1),  se  ha  demostrado  de  una  manera  evidente 
la  aptitud  de  los  Godos  para  la  construcción  sistemática 
de  edificios  en  piedra.  De  su  tiempo  aún  se  conservan 
en  nuestra  Península  algunas  construcciones,  como  la 
iglesia  de  San  Juan  de  Baños,  cerca  de  Falencia,  y  las 
bóvedas  subterráneas  que  están  á  su  pie,  la  iglesia  de 
San  Millán  de  Suso  en  la  Rioja,  la  de  San  Torcuato  de 
Santa  Comía  (Columba)  en  Gralicia,  las  famosas  rui- 
nas de  Cabeza  del  Griego,  etc.,  etc.,  que  conservan 
cierto  sello  especial,  cierto  aire  de  familia,  que  á  todas 
las  hace  considerar  como  producciones  de  la  misma  es- 
cuela. De  los  Godos,  como  arquitectos,  puede  repetirse 
lo  que  de  ellos,  como  orífices,  decía  Julio  Labarte,  á  sa- 
ber: «que  se  inspiraban  á  la  vez  en  los  monumentos  que 
les  legaran  los  Romanos  y  en  las  ricas  y  elegantes  pro- 
ducciones del  Arte  bizantino;  pero  que  con  frecuencia 
su  talento  y  su  imaginación  les  hacían  apartarse  de  sus 
modelos  y  dar  á  sus  obras  cierta  originalidad»  (2). 

Después  de  la  pérdida  de  España,  las  artes  y  la  in- 
dustria, tal  cual  se  ejercían  bajo  el  imperio  de  los  Go- 


(1)  Es  la  primera  del  curso  dado  en  el  Louvre  de  1892  á  1893.  — Estas 
Lecciones  fueron  publicadas  en  París  el  año  de  1899  en  casa  de  A.  Picard. 

(2)  Histoire  des  Arts  industriéis;  2.*  ed.,  tom.  I,  pág.  282. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA    I.    COMPOSTELANA  31 

dos,  hubieron  de  refugiarse  principalmente  en  el  Noroes- 
te de  la  Península,  en  donde,  en  especial  desde  Don 
Alfonso  II,  hallaron  favorable  acogida  y  recursos  para 
vivir  y  perpetuarse  en  las  obras  emprendidas  por  dicho 
Monarca  y  sus  sucesores  D.  Ramiro  I,  D.  Alfonso  III,  y 
D.  Ordeño  II,  y  por  muchos  Obispos  y  Abades. 

El  arco  de  herradura  era  familiar  á  los  Godos,  como 
se  ve  por  las  construcciones  que  de  ellos  nos  quedaron  y 
por  la  misma  definición  de  arco  que  nos  dá  San  Isido- 
ro (1);  y  esta  forma,  no  sólo  persistió  en  España  después 
que  comenzó  la  Reconquista,  como  lo  demuestran  las 
iglesias  de  San  Miguel  de  Escalada,  la  de  Santiago  de 
Peñalba,  la  de  San  Miguel  en  Celanova,  la  de  Villanue- 
va  de  las  Infantas,  la  de  Santa  María  de  Lebeña,  la  de 
San  Juan  de  Socueva,  las  miniaturas  del  Códice  Emilia- 
nense,  etc.,  sino  que  cundió  á  Francia,  según  resulta  de 
la  iglesia  de  Germigny-les-Prés,  de  la  de  San  Jorge  de 
Boscherville,  de  la  de  Saint  Genou,  de  la  abadía  de 
Ronceray  en  Angers,  y  de  algunas  miniaturas  de  Códi- 
ces de  la  época  carolingia  (2). 

Desde  mediados  del  siglo  X,  esta  forma  de  arco  co- 
menzó á  caer  en  desuso  en  los  países  cristianos;  pero  esto 
mismo  es  argumento  de  cuanto  persistieron  en  el  arte 
de  construir,  las  normas  y  maneras  usadas  por  los  Go- 
dos; así  es  que  Friedegode  aún  en  el  año  950,  escribien- 


(1)  Arcus  dicti  quod  sint  SiTCisí  conclusione  curvati.  (Etimol. ,\ih.  XV, 
cap.  VIII). 

(2)  De  estas  miniaturas  de  los  Códices  carolingios,  dedujo  Mr.  de  Las- 
teyrie,  que  entonces  el  arco  de  herradura  debía  de  ser  muy  usado. 

Aún  se  extendió  al  Norte  de  Italia,  como  se  ve  en  un  bajo  relieve  del  si- 
glo IX  que  se  coní-'erva  en  el  Baptisterio  de  San  Marcos  de  Venecia.  (Cat- 
taueo,  L'  Architettura  in  Italia;  Venecia,  1889,  pág.  250). 


32  LIBRO  SEGUNDO 


do  de  la  iglesia  de  St.-Ouen  de  Roán,  decía  que  estaba 
edificada  con  magnificencia,  con  piedras  cuadradas  á  la 
manera  gótica  f7níro  opere,  quadrís  lapidibus  manu  gotliica). 
Hizo  notar  Emerico  David,  en  un  articulo  que  publicó 
en  el  Bidktin  monumental  del  año  1839,  que  en  el  lengua- 
je de  la  Edad  Media  se  hallaba  la  manera  gótica  contra- 
puesta á  la  manera  galicana:  todo  lo  que  se  edificaba  con 
madera,  era  llamado  galicano;  todo  lo  que  se  hacía  con 
piedra,  recibía  el  nombre  de  gótico.  \  A  tal  punto  llegó  la 
fama  que  como  constructores  se  adquirieron  los  Go- 
dos! (1). 

Mas  la  influencia  siria  en  la  Arquitectura  y  en  espe- 
cial en  la  ornamentación  — ^ya  que  el  mismo  Choisy 
confiesa  en  su  excelente  tratado  de  UArt  de  hatir  chez  les 
Byzantins,  pag.  162,  que  la  ornamentación  escultural  fué 
lo  único  de  que  el  Arte  bizantino  es  deudor  á  los  Sirios — 
data  de  mucho  más  antiguo  y  particularmente  del  tiem- 
po de  los  Godos.  Para  convencerse  de  ello,  basta  exami- 
nar los  capiteles  de  las  columnas  bajas  de  la  Catedral 
de  Córdoba.  Sabido  es  que  todos  estos  preciosos  materia- 
les fueron  recogidos  por  orden  de  Abderrahman  I  de  las 
basílicas  cristianas  de  Mérida,  Toledo  y  otras  ciudades 
levantadas  en  tiempo  de  los  Godos.  Ahora  bien,  compá- 
rense los  capiteles  de  la  Basílica  compostelana  con  los 
de  la  de  Córdoba,  y  no  podrá  menos  de  notarse  entre 
ellos  cierto  aire  de  familia,  ciertas  analogías  que  más  ó 
menos  directamente  los  reducen  á  un  mismo  tipo. 


(1)  El  mismo  Viollet-le-Duc  (Dictionnaire  raisonné  de  V  Architectu- 
re  franc/iise;  tom.  VIII,  pág.  124),  dice  que  en  la  Aquitania  — y  con  mayor 
razón  en  España —  dominada  por  los  Visigodos,  antes  del  siglo  XII,  se 
desarrollaron  de  un  modo  especial  las  Escuelas  de  Escultura. 


LOS  TBES  PMMEBOS  SIGLOS  DE   LA    I.  COMPOSTELANA  33 

Añádanse  á  esto  ciertos  rasgos  arquitectónicos  que 
quedan  como  huellas  del  paso  del  arte  oriental  en  nues- 
tra patria;  cuales  son  la  planta  de  algunas  iglesias  y  la 
forma  de  su  techumbre.  La  planta  de  San  Torcuato  de 
Santa  Comba  (siglo  VII)  en  la  provincia  de  Orense,  y  la 
de  San  Miguel  de  Lino  (siglo  IX)  cerca  de  Oviedo,  y  la 
de  San  Miguel  de  Celanova  (siglo  X),  es  próximamente 
una  cruz  griega.  El  ábside  de  esta  pequeña  ermita,  lo 
mismo  que  el  de  la  iglesia  inmediata  de  Villanueva  de 
las  Infantas,  que  es  de  la  misma  época,  y  el  de  la  capilla 
de  la  aldea  de  San  Martíñi,  cerca  de  Castroverde,  en  la 
parroquia  de  Santa  Eulalia  de  Bolaño  (1),  está  cubierto 
por  una  cúpula  bastante  achatada.  Podría  creerse  que 
tan  interesantes  monumentos  nacieron  aquí  espontá- 
neamente; pero  admitamos  que  son  producto  de  impor- 
taciones extranjeras. 

Para  el  desenvolvimiento  de  esta  su  natural  aptitud, 
contaban  los  Godos  con  dos  elementos,  pasivo  el  uno, 
activo  el  otro.  El  primero  lo  constituían  los  muchos 
monumentos  de  la  época  romana  que  tenían  á  la  vista, 
así  en  Italia,  como  en  España,  y  que  les  brindaban  para 
que  tratasen  de  imitar  y  estudiar  sus  formas  y  su  estruc- 
tura. El  activo  se  refundía  en  el  influjo,  que  no  podían 
menos  de  ejercer  entre  los  Godos,  los  Sirios,  que  como 
ha  demostrado  Mr.  de  Vogüé  en  su  tan  recomendable 
obra  V  Architedure  civile  d  religkiise  de  ¡a  Sj/rie  Céntrale, 
desde  los  siglos  IV  y  V  sobresalían  como  grandes  y  acti- 


(l)     En  este  lugar  debió  de  habjr  un  antiquísimo  Monasterio  dedicado 
á  San  Martín.  De  él  hace  mención  D.  Alfonso  III  en  el  Diploma  que  otorgó 
á  la   Santa  Iglesia  de  Lugo  en  897.  (Esp.  Sag.,  tom.  XL,  pág.  388);  Mona- 
sterium  Sci.  Martini  de  Volanio  et  ecclesiam  Scae.  Eulaliae, 
'  Tomo  III. -3. 


34  LIBEO    SEGUNDO 


VOS  constructores.  Por  otra  parte  los  Sirios,  desde  el  si- 
glo IV  y  antes,  según  advierte  San  Jerónimo  (1),  que 
les  llama  negotiatores  et  mortaUum  avklissimi,  se  hallaban 
extendidos  por  todas  partes  y  especialmente  en  las  re- 
giones meridionales  de  Europa.  En  el  tratado  De  guber- 
natione  Dei,  Salviano  nos  presenta  á  los  Sirios  como  á 
manipuladores  de  toda  clase  de  negocios  en  las  princi- 
pales ciudades. 

España,  tan  visitada  ya  desde  el  tiempo  de  los  Feni- 
cios, no  debió  de  ser  de  las  naciones  que  menos  sintiesen 
el  influjo  de  los  Sirios;  los  cuales,  si  tenían  aptitud  para 
el  negocio  y  para  el  comercio,  también  en  otras  indus- 
trias y  profesiones  demostraron  notoriamente  su  compe- 
tencia. En  el  siglo  VI  vino  de  Oriente  un  médico, 
llamado  Paulo,  que  andando  el  tiempo  ocupó  una  de  las 
Sedes  más  importantes  de  España,  la  de  Mérida.  Poco 
después,  acompañando  á  unos  comerciantes,  llegó  un 
joven  que  resultó  ser  sobrino  de  Paulo,  al  cual  sucedió 
en  la  Sede  Emeritense,  que  igualmente  se  vio  ennoble- 
cida por  las  virtudes  de  tío  y  sobrino  (2).  Los  Sirios 
fueron,  sin  duda,  los  que  trajeron  á  España  la  Regla 
que  San  Efrén  trazó  para  los  anacoretas;  de  la  cual  Re- 
gla el  presbítero  Félix,  en  el  año  1029,  donó  un  ejemplar 
al  Monasterio  de  San  Miguel,  que  él  había  fundado  cer- 
ca de  León  (3). 

Y  por  lo  que  toca  á  Santiago,  la  plaza  del  Paraíso 


(1)  Usque  hodie  autem  permanet  in  Syris  ingenitus  negotiationis  ar- 
dor, qui  per  totum  mundum  lucri  cupiditate  discurrunt.  (In  Ezechiel, 
cap.  XXVII,  ver.  16). 

(2)  Paulo  Diácono,  De  vita  Patrum  Emeritensium,  en  el  tom.  XIII  de 
la  Esp.  Sag.,  cap.  IV  y  V. 

(3)  Esjj.  t¿ag.,  tom.  XXXVI,  Apéndices,  XV,  pág.  XXXIV. 


tos   TEES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA  35 

ofrecía  á  los  Sirios  un  poderoso  motivo  de  atracción; 
pues  en  ella  podían  dar  fácil  salida  á  sus  géneros  favo- 
ritos de  comercio,  como  telas,  especias,  incienso,  marfil, 
esmaltes  (1),  pieles,  aceites,  etc..  El  Paraíso  venía  á  ser 
como  un  laboratorio  en  que  se  ponían  en  contacto,  se 
compenetraban,  se  fundían  y  se  combinaban  todas  las 
ideas  y  tendencias  de  la  época.  Y  lo  cierto  es  que  el 
nombre  de  Santiago  era  muy  conocido  entre  los  Sirios, 
lo  mismo  que  entre  sus  vecinos,  los  Armenios  y  los  Cal- 
deos: por  los  cuales,  hasta  el  siglo  XVII,  fué  frecuente- 
mente visitado  el  Sepulcro  de  nuestro  Apóstol. 

La  influencia,  pues,  que  de  hecho  ejercieron  los  Si- 
rios desde  el  tiempo  de  los  Godos  y  desde  antes,  debió 
también  sentirse,  en  mayor  ó  menor  dosis,  en  Compos- 
tela.  Y  como  esta  influencia  no  pudo  menos  de  ser  pre- 
ponderante, como  impuesta  por  un  pueblo  sagaz,  em- 
prendedor y  de  gran  cultura,  tuvo  que  extenderse  á 
todas  las  esferas  de  la  actividad  humana,  incluso  al  arte 
de  construir.  Prescindiendo  de  la  estructura  de  los  mu- 
ros de  la  Basílica  compostelana,  formada  como  la  de  los 
edificios  de  Siria,  de  grandes  hiladas  de  sillares,  la  ana- 
logía y  semejanza  que  en  las  líneas  arquitectónicas  ge- 
nerales presentaban  las  tres  fachadas  de  nuestra  Basíli- 
ca con  varias  iglesias  de  aquella  región,  como  las  de 
Tafkha,  Rueiha,  Turmanin,  revelan  cierta  comunidad 
de  procedimientos  y  cierta  conexión  de  nociones  y  prin- 
cipios técnicos.  Téngase,  además,  en  cuenta  que  muchos 
de  los  materiales  empleados  en  la  reedificación  de  la 


(!)     Probablemente  el  esmalte  que  se  halla  engarzado  eu  la  cruz  de  oro 
donada  por  Alfonso  III,  tendría  esta  procedencia. 


36  LIBEO  SEaUNDO 


Iglesia  compostelana,  procedían,  como  los  de  Córdoba, 
de  otros  edificios  mucho  más  antiguos,  probablemente 
del  tiempo  de  los  Godos,  en  los  que,  por  lo  tanto,  era 
dado  ver  el  arte  y  la  manera  de  los  Sirios. 

Durante  el  siglo  X  y  gran  parte  del  XI,  se  edifica- 
ron ó  reedificaron  en  Galicia  innumerables  iglesias, 
como  aparece  por  los  Turribos  de  Celanova,  de  Sobrado  y 
de  Samos,  y  por  los  Tomos  de  pergaminos  del  Archivo 
episcopal  de  Lugo.  Se  construyeron  también  puentes  de 
piedra,  y  en  sólo  la  comarca  de  Deza  y  Trasdeza,  á 
principios  del  siglo  X,  se  construyeron  tres  puentes,  al- 
gunos de  los  cuales  — el  de  Tabeada —  aún  subsiste. 

Claro  es  que  en  todas  estas  obras,  regularmente  di- 
rigidas ó  ejecutadas  por  Monjes,  se  siguieron  las  tradi- 
ciones artísticas,  que  arrancando  de  la  época  romana, 
habían  sufrido  las  influencias  bizantinas  y  habían  pene- 
trado el  medio  gótico,  recibiendo  de  él  á  su  paso  impor- 
tantes modificaciones,  sino  en  la  estructura,  al  menos 
en  la  forma.  Debían  abundar,  pues,  en  nuestro  país  los 
recursos  técnicos  para  la  ejecución  de  una  gran  obra; 
sólo  faltaba  una  cabeza  que  supiese  agrandarlos  y  dar- 
les las  proporciones  convenientes,  perfilarlos  y  atildarlos 
con  mayor  corrección  y  combinar  todos  estos  elementos 
de  un  modo  armónico  para  que  resultase  un  todo  gran- 
dioso, magnífico,  sorprendente,  y  que  en  su  conjunto  re- 
sumiese todo  cuanto  de  bello  y  artístico,  en  materia  de 
construcción,  hasta  entonces  se  había  concebido  y  eje- 
cutado. Esta  cabeza,  en  el  momento  oportuno,  no  faltó; 
era  la  del  insigne  Bernardo. 

El  Códice  de  Calixto  II  cita  los  nombres  de  algunas  de 
las  personas  que  desde  un  principio  intervinieron  en  la 
obra.  Según  esta  cita,  hubo  dos  comisiones:  una  adminis- 


LOS   TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA  37 

trativa,  y  otra  técnica  ó  facultativa  (1).  La  primera  la 
componían  el  presidente,  el  abad  Grandesindo,  el  Teso- 
rero Sigeredo,y  un  tercero  llamado  Wicarto  (si  es  que  no 
deba  leerse  Vicario,  en  cuyo  caso  este  título  habrá  de 
aplicarse  á  Sigeredo).  Los  dos  primeros  eran  indudable- 
mente gallegos;  del  tercero  (si  es  que,  efectivamente, 
hubo  un  tercero)  no  puede  decirse  otro  tanto;  por  su 
nombre  parece  más  bien  extranjero  (2). 

Entre  los  que  componían  la  comisión  técnica  sólo 
menciona  el  Códice  de  Calixto  al  maestro  Bernardo  (mi- 
rabilis  magister),  y  á  Rotberto.  Este,  á  juzgar  por  el  nom- 
bre, debía  de  ser  extranjero,  probablemente  francés.  El 
nombre  del  maestro  Bernardo  parece  indicar  también  la 
misma  patria;  pero  entonces  este  mismo  nombre  ya  era 
llevado  por  algunos  que  no  eran  franceses,  sino  gallegos. 
Entre  los  Canónigos  que  en  el  año  1102  prestaron  jura- 
mento de  fidelidad  y  obediencia  á  D.  Diego  Gelmírez, 
figura  un  Bernardo  Gutiérrez,  que  de  seguro  no  era  ex- 
tranjero, pues  el  nombre  de  su  padre,  (lutierre,  es  ge- 
nuinamente  gallego.  ¿Quién  sería,  pues,  el  maestro  Ber- 
nardo? ¿Sería  el  famoso  Tesorero  de  Santiago  del  mismo 
nombre,  que  después  fué  Canciller  de  D.  Alfonso -Vil? 
Que  el  Tesorero  D.  Bernardo  tuvo  á  su  cargo  la  dirección 


(1)  He  aquí  las  palabras  del  Códice,  al  fin  del  cap.  IX,  del  lib.  V.: 
«Didascali  lapicide  qui  prius  bti.  lacobi  basilicam  aedificaverunt,  notaban- 
tur  donnus  Bernardus  senex,  mirabilis  magister;  et  Rotbertus  cum  caeteris 
lapicidibus  circiter  quinquaginta,  qui  ibi  sedule  operabantur  ininistrantibus 
fidelissimis  dominis  Wicarto  (Vicario?)  et  domino  canonice  Segeredo  et  ab- 
bate  domino   Gundesindo.» 

(2)  El  abad  Gundesindo  falleció  hacia  el  año  lili,  pues  en  Mayo 
de  1112  ya  era  prior  de  la  Canónica,  Pedro,  sobrino  de  Gelmírez.  Sigeredo 
había  fallecido  antes.  En  1107  aparecen  como  Tesoreros  Munio  Alfonso  y 
Munio  Gelmírez. 


38  LIBBO  SEGUNDO 


de  las  obras  de  la  Iglesia,  consta  de  la  Compostelana,  la 
cual  en  el  cap.  VIII,  del  libro  III,  refiere  que  proponién- 
dose D.  Bernardo  ir  en  peregrinación  á  Jerusalén,  se  lo 
impidió  D.  Diego  Gelmírez  en  atención  á  lo  necesaria 
que  era  su  .presencia  y  dirección  en  las  obras  de  la  Igle- 
sia. Ipsius  Ecclesiae  optis  ejits  magisterio  multum  indigere  (1), 
Obra  de  D.  Bernardo  fué  también  el  acueducto  y  la 
magnífica  fuente  elevada  delante  del  pórtico  septentrio- 
nal de  la  Iglesia,  de  la  cual  fuente  decía  el  Códice  de  Ca- 
lixto II  que  no  tenía  igual  en  el.  mundo.  Fons  mirábilis 
lidbetur,  cid  similis  in  tolo  mundo  non  invenitur.  Terminóse  la 
obra  en  el  año  1122  como  consta  de  la  inscripción  que 
en  ella  hizo  grabar  D.  Bernardo;  pero  el  famoso  pilón 
que  recogía  las  aguas  que  brotaban  de  los  cuatro  caños 
en  forma  de  bocas  de  león,  como  dice  la  Compostelana  (2), 
ya  estaba  hecho  de  mucho  antes.  La  inscripción  de- 
cía así: 

Ego  Bernardtis  Beati  laccbi  T.  S.  (Thesaurarius)  hanc 
aqiiam  huc  adduxí,  et  presens  opus  composui  ad  mee  et  anima- 
rum  meormn  parentum  remedium,  E.  ICLX,  III  idus  aprilis. 

Vacante  el  cargo  de  Tesorero,  primero  por  promo- 


(1)  Esto  pasaba  hacia  el  año  1129  cuando  se  había  terminado  j^a  la 
obra  de  la  Iglesia;  pero  se  estaba  comenzando  la  del  claustro. 

En  substitución  de  la  romería  á  Jerusalén,  donó  D.  Bernardo  á  la  Iglesia 
compostelana,  por  consejo  de  Gelmírez,  un  precioso  cáliz  que  le  había  costa- 
do 800  onzas  de  plata.  Pero  por  magnífico  que  fuese  este  cáliz,  de  mucho 
mayor  valor  para  la  Iglesia  fué  la  obra  que  emprendió  el  mismo  año  1129,  á 
saber,  la  compilación  del  Tumbo  A,  cuyas  primeras  miniaturas  son  proba- 
blemente de  su  mano. 

¿Seria  éste  el  Bernardus  ejusdem  Ecclesiae  magister  que  subscribió  la 
Escritura  de  concordia  otorgada  en  1 109  entre  el  Arzobispo  de  Braga  y  el 
Obispo  de  Santiago?  (Hist.  Gomp.  tom.  I,  cap.  LXXXI,  pág.  146). 

(2)  Lib.  II,  cap.  LIV,  pág.  370,  al  fin. 


LOS  TEES    PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  39 

ción  de  D.  Munio  Alfonso  á  la  Sede  de  Mondoñedo,  y 
después,  por  muerte  ó  ausencia  de  D.  Munio  Gelmírez, 
fué  nombrado  D.  Bernardo  para  desempeñarlo;  y  en  el 
año  1122  ya  lo  ejercía  como  vemos  por  la  inscripción  de 
la  fuente  (1). 

Tenemos,  pues,  que  D.  Bernardo  fué  maestro  y  arqui- 
tecto insigne  de  la  Iglesia  compostelana.  Ahora,  ¿habrá 
algo  que  impida  identificarlo  con  el  domnus  Bernar- 
diis  senex,  mirdbllis  magister  del  Códice  de  Calixto  II?  Lo 
único  que,  á  nuestro  juicio  dificultará  tal  identificación, 
será  el  tóner  que  admitir  en  este  caso  que  D.  Bernardo 
gozó  de  gran  longevidad  llegando  hasta  cerca  de  los  90 
años.  La  obra  de  la  Catedral  se  comenzó,  como  luego 
veremos,  hacia  el  año  1074.  Desde  éste  al  1134  en  que 
falleció  D.  Bernardo,  van  60  años,  que  con  veintitantos 
que  es  necesario  suponer  en  nuestro  arquitecto  al  tiem- 
po en  que  se  encargó  de  la  dirección  de  la  obra,  suman 
cerca  de  90.  Es  cierto  que  esta  edad  no  es  muy  común, 
pero  nada  tiene  de  inverosímil.  Como  quiera  que  sea, 
consta  que  D.  Bernardo  tuvo  por  mucho  tiempo  la  di- 
rección de  las  obras  de  la  Iglesia,  y  que  dada  su  pericia 
y  competencia,  Gelmírez  lo  juzgó  irreemplazable. 

Y  ¿cuál  era  la  patria  de  D.  Bernardo?  Su  nombre  lo 
declara  francés;  pero  por  la  de  sus  parientes  mas  allega- 
dos, podemos  venir  en  conocimiento  de  cual  era  su  ver- 
dadera patria.  En  el  año  1127  el  Rey  D.  Alfonso  VII 
exigió  como  rehenes,  para   el  pago  de   cierta  cantidad 


(1)  Ya  era  Tesorero  en  el  año  1118,  como  se  ve  por  la  Compostelana, 
lib.  II,  cap.  VIII.  Probablemente  D.  Bernardo  no  estaba  ordenado,  ó  si  lo 
estaba,  sería  sólo  de  Menores.  Dejó  descendencia,  y  en  el  año  1188  fué  justi- 
cia ó  alcalde  de  Santiago  su  nieto  Bibiano  Bernárdez.  (Véase  Tumbo  C, 
folio  261). 


40  LIBEO   SEGUNDO 


exorbitante  que  exigía  del  Arzobispo  de  Santiago,  al  Te- 
sorero D.  Bernardo,  á  su  hermano  Pedro  Esté  vez  y  á  su 
sobrino  Gonzalo  Peláez  (1).  Todos  estos  nombres,  Esté- 
vez,  Gonzalo,  Peláez,  son  claramente  gallegos,  ó  por 
lo  menos  españoles  (2). 

Respecto  del  año  en  que  comenzó  la  obra  de  nuestra 
Catedral,  hay  gran  variedad  y  confusión  entre  los  auto- 
res. El  P.  Flórez  (3),  de  un  pasaje  de  la  Compostelana,  al 
principio  del  cap.  I,  del  libro  III,  dedujo  que  la  obra  se 
había  comenzado  en  el  año  1082;  sin  embargo,  la  deduc- 
ción no  está  bien  fundada,  porque  como  la  Compostelana 
en  su  narración  no  siempre  siguió  rigurosamente  el  or- 
den cronológico,  aunque  el  pasaje  citado  se  halla  entre 
los  que  se  refieren  al  año  1128,  no  por  eso  puede  afir- 
marse que  lo  allí  referido  sucediese  realmente  en  dicho 
año  (4).  Así,  en  el  cap.  II  del  mencionado  libro,  habla  la 
Compostelana  del  fallecimiento  y  funerales  de  la  Condesa 
D.^  Mayor,  y  en  el  capítulo  siguiente  trata  de  la  muer- 
te de  su  esposo  el  Conde  D.  Pedro  de  Traba;  y  sin  em- 
bargo éste  había  fallecido  antes  que  la  Condesa  (5). 


(1)  Dominum  Bernalclum  Bd.  Jacobi  Thesaurarium,  et  Petrum  Stepha- 
nidem  ejus  germanum  et  Gundisalvum  Pelagiadem  ejus  nepotem.  fCompo- 
atelana,  lib.  II,  cap.  LX.XXVI,  pág.  449). 

(2)  En  un  capitel  de  una  de  las  naves  superiores,  se  halla  grabado  el 
nombre  GVDESTEVS,  que  sin  duda  sería  el  de  alguno  de  los  sobrestantes 
de  la  obra. 

(3)  Esp.  Sag.  tom.  XIX,  pág.  204. 

(4)  El  pasaje  en  cuestión,  qs  covao  úgxxQ'.  Quadraginta  et  sex  anni  ah 
inchoatione  novae  Ecclesiae  Bti.  Jacobi  traiisaeti  erant  etc....  Ergo,  concluye 
el  P.  Flórez  en  la  nota,  anno  1083,  sub  Rege  Alfonso  VI  inclioata  a  Didaco  I 
Compostellano  Episcopo.  Así  era,  en  efecto,  en  el  supuesto  de  que  los  46  años 
debían  descontarse  desde  el  1128;  pero  tal  suposición  es  inadmisible. 

(;■))     lia   misma  Compostelana   advierte   (lib.  I,  cap.  XLVI),  que  en  su 


LOS  TBES   PEIMEBOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA  41 

Otra  fecha  más  segura  que  la  deducida  por  el  P.  Fló- 
rez,  nos  dá  la  inscripción  grabada  en  las  jambas  de  una 
de  las  puertas  de  la  fachada  de  las  Platerías;  la  cual  ins- 
cripción nos  dice  que  la  obra  se  hizo  en  la  Era  MCXVI, 
ó  sea  año  1078  (1);  pero  tampoco  este  dato,  apesar  de 
ser  tan  seguro,  resuelve  la  cuestión;  porque  sólo  debe 
referirse  á  la  fecha  en  que  quedó  terminada  aquella 
portada. 

En  la  Escritura  de  concordia  con  el  Abad  de  Ante- 
altares, San  Fagildo,  fechada  á  17  de  Agosto  de  1077, 
se  dá  á  entender  que  la  obra  ya  estaba  comenzada,  y 
por  lo  tanto  en  construcción,  si  no  se  había  terminado, 
la  capilla  absidal  de  San  Pedro.  El  libro  V,  del  Códice 
Calixtino,  pone  también  el  comienzo  de  la  obra  en  la 
Era  MCXVI,  año  1078;  pero,  además,  ofrece  otros  datos 
cronológicos  que  vienen  á  coincidir  con  la  fecha  indicada 
en  la  Escritura  de  San  Fagildo.  Dice,  que  desde  que  se 
había  comenzado  la  construcción  de  la  Iglesia,  habían 
transcurrido  hasta  la  muerte  de  D.  Alfonso  I  de  Aragón, 
59  años;  62  hasta  la  muerte  de  Enrique  I  de  Inglaterra, 
y  63  hasta  la  de  Luís  VI  de  Francia  (2).  Ahora  bien, 
Alfonso  I  de  Aragón,  falleció  en  Septiembre  de  1134; 
Enrique  I  de  Inglaterra,  á  principios  de  Diciembre  de 
1135;  Luís  VI  de  Francia,  á  1."^  de  Agosto  de  1137:  y  si 


narración  no  siempre   había  seguido   el  orden  cronológico:  ordine  minime 
obsérvalo. 

(1)  Esta  misma  fecha  trae  la  Compostelana  al  fin  del  cap.  LX  XVIII 
dellib.  II. 

(2)  Ab  anno  vero  quo  incepta  fait  us^uc  ad  letum  Adefonsi  fortissimi 
ot  famosi  regis  ara^onensis  habentur  anni  LIX;  et  ad  necem  Henrici 
regís  anglorum  LXII;  et  ad  mortem  Ludovici  pinguissimi  regis  franco- 
rum  LXIII. 


42  LiBBo  Segundo 


colocamos  el  comienzo  de  la  obra  en  1074  ó  1075,  que  es 
la  fecha  que  también  resulta  de  lo  expuesto  en  la  Escri- 
tura de  Concordia^  se  verifican  casi  con  rigurosa  puntua- 
lidad los  tres  diversos  cómputos  del  Códice  de  Calixto. 

Esto  está  también  en  conformidad  con  las  prácticas 
qae  seguían  los  arquitectos  en  la  construcción  de  las 
iglesias,  pues  solían  comenzar  la  obra  por  el  coro  ó  ábsi- 
de, el  cual  como  opina  Viollet-le-Duc  (1),  venía  á  dar  la 
pauta  para  trazar  las  medidas  respe3tivas  de  las  diver- 
sas naves  de  que  habría  de  constar  la  iglesia.  Y  en  efec- 
to, los  capiteles  de  las  tres  capillas  absidales,  que  forman 
la  cabecera  del  templo,  tienen  carácter  más  arcaico  que 
los  del  resto  de  la  iglesia,  incluso  los  de  la  portada  de 
las  Platerías. 

En  los  capiteles  de  las  dos  columnas  que  están  á  la 
entrada  de  la  capilla  del  Salvador,  se  lee  en  dos  carteles 
la  siguiente  inscripción: 

REGNANTE  PRINCIPE  ADEFONSO  CONSTRVCTVM  OPVS  (2) 
TEMPORE  PRESVLIS  DIDACI  INCEPTVM  OPVS  FVIT. 

Aquí  sólo  se  dice  que  la  obra  se  comenzó  reinando 
D.  Alfonso  VI,  y  siendo  Obispo  D.  Diego  Peláez;  pero 
como  acabamos  de  advertir,  el  corte  y  molduras  de  los 
capiteles  acusan  anterioridad  al  año  1078,  en  que  se  le- 
vantó el  pórtico  de  las  Platerías, 

Según  esto,  puede  creerse  que,  al  tiempo  en  que  Don 
Diego  fué   despojado  de  la  Mitra,  se  hallaban  ya  cons- 


(1)  Dictionnaire...,  tom.  II,  pág.  334. 

(2)  Algunos,  uniendo  la  M  de  constructum  con  opus,  leyeron  MORVS; 
y  dieron  este  nombre  al  arquitecto  de  esta  iglesia. 


LOS  TBES   PBIMEEOS   SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  43 

traídos  por  lo  menos,  además  del  ábside,  la  corona,  las 
capillas  absidales  y  la  portada  meridional,  todo  el  cru- 
cero y  gran  parte  de  la  nave  principal  con  las  bóvedas 
bajas  de  las  naves  menores  (1).  Podía,  pues,  proceder 
D.  Diego  á  la  consagración  de  la  nueva  iglesia;  porque 
si  bien  se  hallaba  muy  lejos  de  estar  terminada,  esto  no 


Estatua  yacente  del  sepulcro  de  San  Fagildo. 


impedía,  como  se  ve  por  otros  muchísimos  casos,  que  sin 
perjuicio  de  proseguir  las  obras,  se  consagrase  la  parte 
que  de  algún  modo  podía  habilitarse  para  el  culto.  En 
el  año  1088  se  dedicó  la  iglesia  nueva  de  San  Martín  (2), 
que  el  abad  Adulfo  había  comenzado  á  levantar  al  tiem- 
po en  que  empezaban  las  obras  de  la  Catedral;  y  mucho 


(1)  Decimos  por  lo  menos,  porque  los  años  que  se  siguieron  al  del 
encarcelamiento  de  D.  Diego,  fueroú  muy  calamitosos  pora  la  Iglesia  de 
Santiago;  durante  los  cuales,  las  obras  debieron  estar  poco  menos  que  para- 
das. Mas  como  en  los  primeros  años  del  pontificado  de  Gelmírez,  el  cuerpo 
de  la  iglesia  aparece  ya  casi  del  todo  construido,  es  dado  inferir  que  D.  Die- 
go Peláez  dejó  muy  adelantadas  las  obras,  y  próximas  á  su  terminación. 

(2)  Véase  una  Escritura  de  este  año  entre  los  índices  que  del  Archivo 
de  este  Monasterio  se  guarda  en  la  Biblioteca  del  Seminario  Central  Com- 
postelano.  Es  una  donación  del  Rey  D.  Alfonso  VI. 


44  LIBRO  SEGUNDO 


antes  debió  de  haber  hecho  lo  mismo  con  la  suya  el  Abad 
de  Antealtares,  San  Fagildo. 

A  esta  época  deben  referirse,  á  nuestro  juicio,  los  tres 
grupos  de  Apóstoles  en  mármol  blanco  (véase  el  graba- 
do del  tom.  I,  pag.  279),  sobre  los  cuales  estaba  sosteni- 
da la  mesa  del  altar  mayor.  Es  lo  único  que  se  conserva 
de  la  reedificación  de  San  Fagildo;  el  cual,  después  de  ha- 


*ABBAS:FA6ILDU8:SCSi  SGISiSOClATUR: 
hftC  i  VlTA;M.MLlS:NHC-:C6LIS{6L0RlFlCATaRi 
I8TlUSiISTe:LOCI)X)líX{GT:lUXiLUGn)A:f(l01V 
e^SCTSiíílORITISi GOTUSiRGXITiJfíOMGh^ w  : 

€(R}i:jiíMLLGnAiCGTaiDaii?^:EUíríi^uobGna:- 

FetS^O-CftLLISZl-XQLO.-LOEíeSTiDft^üS^I     (1) 


ber  gobernado  el  Monasterio  por  espacio  de  unos  treinta 
años,  con  gran  fama  de  santidad  y  prudencia,  falleció  en 
el  ósculo  del  Señor  el  14  de  Octubre  del  año  1084.  En  tal 
opinión  de  santidad  falleció,  que  su  cadáver  fué  sepulta- 
do dentro  de  la  iglesia;  cosa  que  entonces  sólo  se  concedía 
en  España  á  las  personas  de  reconocida  y  bien  probada 
virtud.  Cubrióse  su  sepulcro,  á  mediados  del  siglo  XIII, 


(1)  Albas  Fagildus  Sandus  Sancfi's  sociaíur 

Hac  vita  humil/s  nunc  celis  glorificatur 
Istius  iste  loci  dux  et  lux  lucida  morum 
Et  sanchs  moni'is  cetus  rexü  monachorum 
Festo  Callistí  celo  locus  est  datus  isti 
Era  mülena  centum  dena  cum  duodena. 

En  el  grabado,  por  distracción,  se  invirtió  el  orden  de  los  dos  últimos 
renglones. 


LOS  TRES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  45 

con  una  gran  losa  en  la  cual  se  esculpió  su  imagen  y 
más  arriba  se  grabó  la  inscripción  de  la  página  an- 
terior (1). 


(1)  He  aquí  lo  que  nos  dice  Yepes  (Cor.  gen.  de  S.  Benito,  tom.  IV, 
fol.  47),  del  sepulcro  de  San  Fagildo: 

«Está  sepultado  en  el  Templo  de  San  Payo  al  lado  del  Evangelio  en  vn 

sepulcro   á  lo  antiguo,   con  su  figura  de  bulto,  que  representa  el  abito,  que 

.entonces  se   vsaba  en  nuestra  Religión,  algo  diferente  del  de  aora  con  vn 

letrero,   encaxado  en  la  pared,  en  vna  piedra  escrita  de  letra  antigua,  que 

dize.... 

Arriba  está  pintada  su  alma,  que  la  llenan  los  Angeles,  es  tradición 
muy  celebrada  que  fue  Santo,  y  que  por  vn  agujero  que  estaua  debaxo  de 
su  sepulcro,  manó  mucho  tiempo  azeyte,  con  que  ardian  las  lámparas  y  se 
hazian  grandes  milagros.» 

Cuando  en  el  siglo  pasado  se  reedificó  la  iglesia  de  San  Payo,  el  sepul- 
cro de  San  Fagildo  se  embutió  en  el  muro  que  separa  el  coro  de  la  iglesia,  3^ 
en  el  mismo  muro  se  incrustó  por  la  parte  de  afuera  la  antigua  inscripción 
sepulcral. 


üJT?TiHjuijiiiimmujJiiuuuuTmiiiTmin|iui^[^^ 


— Jl. _^¿^ u-1li :,^'u .^*  iilLI 


¡^^'i^''^^ié!I^^^>^>ff<x?'^^''í^!^^ 


CAPITULO  III 


Descripción  de  la  Basílica  trazada  y  comenzada  á  edificar 
en  tiempo  de  D.  Diego  Peláez. 


lERTA  ocasió]!,  en 
que  se  celebraba 
una  gran  solemni- 
dad en  la  Cate- 
dral de  Amiens  , 
uno  de  los  concu- 
rrentes — y  no  era 
de  los  entusiastas  por  el  Arte  cristiano —  encarándose 
con  VioUet-le-Duc,  que  también  estaba  presente,  no  pu- 
diendo  contener  su  emoción  ante  aquel  espectáculo: 
«¡Que  maravillosa  idea,  prorrumpió,  la  de  haber  queri- 


48  LIBRO    SEGUNDO 


do  y  sabido  elevar  la  Catedral  como  testigo  perenne  de 
todos  los  grandes  acontecimientos  de  una  ciudad,  de  un 
país;  la  de  haber  hecho  que  este  testigo  viva  y  hable 
para  recordar  al  pueblo  tantos  ejemplos  tomados  de  la 
Historia  de  la  humanidad,  ó  más  bien  de  la  del  corazón 
humano!»  (1)  Sí,  ciertamente;  la  Catedral  es  un  ser  vivo; 
en  lo  moral  y  social  el  ser  más  vivo  y  elocuente  de  un 
pueblo;  y  nuestra  Basílica  compostelana  es  como  un 
pregón  que  narra  y  publica  con  voz  pausada,  sonora  y 
solemne  las  vicisitudes,  si,  de  nuestra  ciudad,  pero  á  la 
vez  las  ansias  de  muchjedumbres  de  otras  muchas  nacio- 
nes que  sólo  aquí  hallaron  reposo,  consuelo  y  aliento  pa- 
ra su  corazón  desolado  por  los  amargos  lances  y  comba- 
tes de  la  vida.  Permítanos,  pues,  el  lector  que  nos  deten- 
gamos algún  tanto  en  hacer  la  descripción  de  esta  cró- 
nica singular,  trazada  por  el  arquitecto  y  el  escultor  con 
caracteres  indelebles,  y  levantada  primariamente  como 
monumento  á  la  gloria  de  Dios  y  de  su  bienaventurado 
Apóstol  (2). 

El  abate  Pardiac  dedicó  el  último  capítulo  de  su  in- 
teresante libro,  Histoíre  de  Saint-Jacques  le  Majeur  et  du  pele- 
rinage  de  Compostelle  foj,   á  demostrar  la  influencia   del 


(1)  VioUet-le-Duc,   Didionnaire    raisonné  de  V  Archilec'ure   francaise^ 
tom.  II,  pág.  892,  nota. 

(2)  Con    tanta   más   razón    debemos   hacer  esto,  cuanto  que  nuestro 
monumento,  aunque  parezca  increíble,  es  poco  conocido. 

Mr.  Luís  Cloquet,  en  su  hermosa  obra  intitulada:  Les  grandes  Cathedra- 
les  dumonde  catholique;  Lila,  1897,  ni  aún  mención  hace  de  nuestra  Basí- 
lica. Ya  desde  el  año  1860,  el  Sr.  Villa-Amil  y  Castro,  que  quizás  fué  el 
primero  que  hizo  resaltar  el  mérito  singularísimo  de  nuestra  Basílica,  se 
lamentaba  (Descripción  de  la  Catedral  de  Santiago;  Prólogo),  de  lo  poco 
que  era  conocida  en  Europa. 

(3)  Bordeaux,  1863. 


LOS    TRES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA 


49 


culto  de  Santiago  en  el  Arte  cristiano  (1).  La  verdad 
de  esta  tesis  resalta  con  solemne  evidencia  al  con- 
templar en  todo  su  conjunto  la  magnífica  Basílica  com- 
postelana.  Esto,  empero,  no  ha  de  eximirnos  de  entrar 
en  el  estudio  minucioso  y  detallado  de  tan  admirable 
fábrica,  para  que  mejor  se  aprecien  la  belleza  y  origina- 
lidad de  ciertos  miembros,  que  necesaTÍamente  habrían 
de  quedar  inadvertidos  en  medio  de  tanta  combinación 
de  líneas  y  formas  arquitectónicas. 


L  alemán  Guillermo  Lubke   (2),  dice 
que  er  Templo  de  Santigo  es  la  obra 
maestra  del  estilo  románico  primario  en  España. 

Aún  pudiera  extenderse  algo  más  esta  calificación, 
y  afirmar  que  la  Basílica  compostelana  no  teme  la  com- 
paración con  ninguno  de  los  templos  levantados  en  Eu- 
ropa en  su  época.  Puede  decirse  que  la  Iglesia  de  Com- 
postela  tiene  algo  de  todos  los  estilos  comprendidos  bajo 
la  denominación  general  de  románico-bizantino,  que  es- 
taban en  boga  en  el  último  tercio  del  siglo  XI;  y,  sin 
embargo,  por  completo  á  ninguno  de  ellos  puede  afiliar- 
se. Para  la.  obra  de  la  Iglesia  de  Santiago,  que,   según 


(1)  Capit.  XIV.  Infiuencc  <Ju  cuite  de  Saiid  Jacques  sur  V  Art  dirtticn. 

(2)  EssaliV  lUatoire  de  V  Art.;  versión  francesa  de  KoOHa,  tom.  I,  pá- 
gina 381). 

Tomo  UI.  -4. 


60  LIBRO  SEGUNDO 


advierte  el  abate  Pardiac  (1),  es  en  cierta  manera,  como 
las  de  Jerusalón  y  Roma,  propiedad  de  las  naciones  ca- 
tólicas, todos  los  pueblos  contribuyeron  aportando  las 
i'egias  de  construcción  que  conocían  y  las  formas  ar- 
(juitectónicas  que  les  eran  más  familiares;  pero  estas 
Ibrmas  y  estas  reglas,  en  la  mente  del  Arquitecto  com- 
postelano,  se  fundieron  y  amoldaron  hasta  tal  punto, 
que  sin  repugnar  la  variedad,  resultase  un  todo  admira- 
blemente armónico. 

Los  estilos  que  á  la  sazón  predominaban  en  Europa, 
eran,  el  propiamente  Bizantino,  peculiar  de  las  regiones 
de  Oriente,  el  Lombardo,  que  tenía  su  centro  en  el  Norte 
de  Italia,  desde  donde  se  extendió  á  otros  países;  el  Ee- 
niano  que  se  extendió  á  lo  largo  del  Rhin  desde  Basilea 
hasta  Holanda;  el  Normando  que  se  usaba  en  el  Norte 
de  Francia  y  después  pasó  á  Inglaterra;  el  del  centro  de 
Italia  en  donde  se  continuó  el  tipo  basilical  de  la  época 
romana;  y  el  Francés  con  las  variedades  adoptadas  en 
las  diversas  comarcas,  como  la  de  Champaña,  la  de  Bor- 
goña,  la  de  Poitou,  la  de  Perigord,  la  de  Auvernia,  y  la 
del  Mediodía  de  Francia. 

El  estilo  propiamente  Bizantino,  se  caracteriza  por  el 
empleo  de  la  cúpula  como  elemento  indispensable  de 
construcción;  por  el  gran  papel  que  desempeña  el  arco 
en  todos  los  miembros  del  edificio;  por  las  extrañas  for- 
mas con  que  están  tallados  los  capiteles,  á  manera  de 
cubo,  de  tambor;  de  doble  pirámide  truncada,  invertida 
y  sobrepuesta,  etc.;  por  la  ornamentación  de  los  muros, 
consistente  principalmente  en  mosaicos  y  pinturas;  por 
la  ausencia  casi  absoluta  de  imágenes  de  talla  ó  de  bul- 


1)     Obra  citada,  pág.  182. 


tos  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COl^fPOSTELANA  51 

to,  al  menos  desde  el  siglo  VIII;  por  la  carencia  de  con- 
trafuertes aparentes  al  exterior. 

Distinguen  al  estilo  Lonibardo,  las  pequeñas  arquerías 
pensiles  que  e-ostienen  la  cornisa;  el  uso  de  la  cúpula, 
pero  elevada  de  distinto  modo  de  el  de  que  se  valieron 
los  bizantinos;  la  tendencia  á  exornar  con  esculturas 
todas  las  piezas  de  aparejo  destinadas  á  desempeñar  al- 
guna función  especial,  que  las  haga  resaltar  entre  los 
demás  miembros  del  edificio,  como  capiteles,  arcliivoltas, 
ménsulas,  etc.;  la  imitación  de  los  capiteles  bizantinos, 
tallados  con  muy  poco  relieve;  el  frecuente  uso  de  ban- 
das ó  tajas  entrelazadas,  formando  caprichosas  combi- 
naciones; el  empleo  de  la  bóveda  generalmente  cupuli- 
forme  para  cubrir  los  edificios,  y  la  construcción  de  gale- 
rías ó  tribunas  altas  sobre  las  naves  pequeñas;  las  fajas 
verticales  llamadas  handas  loinhardas,  etc..  Todos  estos 
caracteres  se  ven,  p.  ej.,  en  la  iglesia  de  San  Ambrosio 
de  Milán  (1). 

En  el  estilo  Reniuno  ó  Alemán ,  predominan  los  capite- 
les llamados  cvhicos,  que  como  advierte  Reusens  (2), 
constituyen  una  nota  muy  propia  de  este  estilo.  Otras 
hay  no  menos  especiales,  como  se  ve  en  las  Catedrales 
de  Maguncia,  Spira  y  Worms,  edificadas  desde  fines  del 
siglo  XI  y  durante  el  siglo  XII,  las  cuales  ofrecen  dos 
ábsides,  uno  al  Este  y  otro  al  Oeste,  rodeados  de  una  ga- 
lería que  mira  al  exterior,  y  están  flanqueadas  por  torres 
redondas. 

En  el  estilo  Normando  las  cabeceras  de  las  iglesias 
afectan  la  forma  cuadrangular,  como  se  observa  en  las 


(1)  V¿a-<e  Dartein,  Etude  sur  V  Archifedure  louibarde. 

(2)  Elénienla  (C  Archéolo<jie  chrétienne;  'J.**  ed.;  toui.  I,  pág.  384. 


52  LIBRO  SEGUNDO 


de  Cerisy-la-Foret,  la  del  Monte  de  San  Miguel,  las  de  la 
Trinidad  y  San  Esteban  de  Caen,  y  las  de  Peterborough 
y  Waltham  en  Inglaterra.  Prevalecen  en  este  estilo  las 
molduras  geométricas,  y  los  arcos  apoyados,  especial- 
mente en  las  iglesias  de  Inglaterra,  sobre  capiteles  cúbicos 
que  coronan  robustos  machones  ó  gruesas  columnas  mo- 
nocilíndricas. 

Por  regla  general  en  los  templos  elevados  por  las  di- 
versas escuelas  francesas  y  alemanas  con  anterioridad  al 
siglo  XII,  el  presbiterio  carecía  de  corona  ó  deambulato- 
rio y  la  nave  mayor  estaba  cubierta  con  artesonado.  Los 


Muestra  de  los  capiteles  llamados  cúbicos. 


arquitectos  no  se  encontraban  con  fuerzas  ó  con  recursos 
suficientes  para  lanzar  en  el  espacio  la  masa  considera- 
ble de  bloques  necesaria  para  cubrir  una  vasta  nave.  En 
Compostela,  sin  esperar  al  siglo  XII,  se  vio  resuelto  cum- 
plidamente este  problema.  Para  la  concepción  y  ejecu- 
ción de  su  obra  poco  pudieron,  pues,  aprender  los  arqui- 
tectos compostelanos  en  estas  escuelas.  Algunas,  sin  em- 
bargo, hay  entre  ellas,  cuya  influencia  al  parecer  debió 
dejarse  sentir  de  un  modo  marcadamente  ostensible  en 
Compostela;  tales  son,  la  borgoñona,  la  lombarda,  la  del 
Langucdüc  y  Provenza  y  aún  la  normanda.  Admitamos 


LOS  TRES   PBIMEROS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA  53 

que  con  el  Conde  de  Galicia,  D.  Ramón  de  Borgoña,  vi- 
niesen algunas  personas  de  este  país,  inteligentes  en  ma- 
teria de  obras;  pero  para  nuestro  caso,  ya  llegaron  tarde; 
cuando  el  Conde  de  Borgoña  se  encargó  del  Gobierno  de 
nuestra  región,  ya  la  fábrica  de  la  Catedral  compostela- 
na  se  hallaba  muy  adelantada,  y  por  consiguiente,  per- 
fectamente ultimados  los  planos  para  la  obra.  Y  en  efec- 
to, en  nuestra  Basílica  no  se  ven  ciertos  detalles  arqui- 
tectónicos muy  característicos  del  estilo  borgoñón,  como 
las  pilastras  estriadas,  la  ornamentación  exuberante,  las 
ovas,  canecillos  uniformes,  etc.. 

Los  artistas  lombardos,  por  entonces,  se  extendieron 
casi  por  toda  Europa,  y  en  especial  los  maestros  de 
obras,  los  tan  nombrados  magistri  comacini,  ya  que  no  fue- 
sen todos  de  esta  región,  de  ella  derivaron  su  apelativo. 
En  Compostela,  tenemos  desde  los  primeros  años  del  si- 
glo XII,  al  frente  de  la  Casa  de  la  Moneda,  al  lombardo 
Tandulfo,  y  como  oficiales  á  sus  compatriotas  Juan  y 
Gaufrido(l).  A  juzgar  por  este  dato,  pudiera  creerse  que, 
así  como  vinieron  estos  artistas,  así  vendrían  otros  pe- 
ritos en  el  arte  de  construir.  Pero  la  fábrica  compostela- 
na,  ora  en  el  plan,  ora  en  los  motivos  do  ornamentación, 
es  tan  distinta  de  las  que  solieron  levantar  los  maestros 
lombardos,  que  por  esta  razón  de  ningún  modo  puedo 
atribuírseles.  Las  iglesias  construidas  por  entonces  en  el 
Norte  de  Italia,  carecían  dé  corona  ó  deambulatorio,  de 
manera  que  el  presbiterio  quedaba  circunscripto  al  ex- 
tremo oriental  del  edificio.  Por  otra  parte,  en  la  Iglesia 
compostelana  se  nota  la  ausencia  absoluta  de  las  arque- 
rías pensiles,  tan  características  en  el  estilo  lombardo. 


(l)    Vóaííe  KisL  Comp.,  lib.  I,  cap.  XXVIII. 


54  LIBRO    SEGUNDO 


Ea  el  MeJioiía  de  Fraacia  — ^Langaeloc  y  Proven- 
za —  floreció  desde  ñnes  del  siglo  XI  una  gran  Escuela 
de  Arquite3tui^a,  que  elevó  magníficos  monumentos. 
Baste  citar  la  iglesia  de  San  Saturnino  de  Tolosa,  la  de 
San  Pedro  de  Moissac,  la  de  St.-Gilles,  la  de  San  Tró- 
fimo  de  Arles,  la  de  Santa  Marta  de  Tarascón,  etc..  (1). 
La  proximidad  á  España  de  estos  monumentos,  parece 
que  debió  ser  ocasión  para  que  más  fácilmente  fuesen 
visitados  y  propuestos  por  modelos  por  los  maestros  de 
obras.  Mas  respecto  de  Galicia,  y  en  especial  de  Com- 
postela,  esta  proximidad  era  puramente  material  y  esté- 
ril; porque  las  vías  por  qué  nuestra  ciudad  solía  comuni- 
carse óon  el  resto  de  Europa,  estaban  más  al  Oeste  y 
pasaban  á  bastante  distancia  de  dicha  comarca.  Ade- 
más, casi  todos  los  monumentos  citados  (de  el  de  San 
Saturnino  ó  Sernln  de  Tolosa,  habremos  de  ocuparnos 
más  adelante),  son  posteriores  á  la  Basílica  de  Compos- 
tela:  y  por  consiguiente,  mal  pudieron  influir  con  su 
arte  y  manera  en  la  formación  de  lo  que  ya  existía.  Por 
otra  parte,  nótanse  tantas  discrepancias,  así  en  el  plan 
como  en  la  composición  de  las  portadas  (2),  que  clara- 
mente indican  procedimientos  y  principios  muy  distin- 
tos en  el  arte  de  construir. 

Por  último,  las  relaciones,  á  veces  amistosas,  á  veces 


( 1)  Véase  Revoil,  Árchüecíure  romane  da  Midi  de  la  t^r aii ce.— Anúiy- 
me  St.  Paul,  Álbum  des  monumenfs  et  de  V  art  anden  du  Midi  de  la  Frauce, 

(2)  Compónense,  p.  ej.,  las  de  San  Trófimo,  St.-Gilles  y  Moissac,  de 
columnatas  salientes,  ya  paralelas,  ya  perpendiculares  al  muro  de  la  facha- 
da con  estatuas  y  relieves  en  los  intercolumnios.  Además,  en  la  ornamen- 
tación se  conservan  patentes  reminiscencias  del  Arte  clásico,  como  ovas, 
doandros,  estrías,  etc.,,. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA    I.  COMPOSTELANA  55 

de  muy  distinta  índole,  que  nuestro  país  sostenía  con  los 
Normandos,  y  hasta  el  mismo  nombre  de  Roberto,  que 
llevaba  uno  de  los  maestros  que  dirigieron  la  obra  de 
Sa.ntiago,  pudieran  hacer  concebir  la  sospecha  de  si  ha- 
bría alguien  que  aplicase  á  nuestra  Iglesia  las  normas  se- 
guidas por  los  maestros  de  esta  Escuela  en  el  arte  de 
construir.  Tal  sospecha  se  desvanecería  por  completo, 
tan  pronto  se  comparase  nuestra  Basílica  con  cualquiera 
de  los  monumentos  típicos  de  dicho  estilo.  Basta  para 
convencerse,  echar  una  ojeada  á  las  cornisas;  en  la  Cate- 
dral compostelana  son  muy  salientes;  en  las  iglesias  nor- 
mandas, como  advierte  Viollet-le-Duc  (1),  son  sumamen- 
te sencillas  y  de  muy  poco  vuelo. 

Una  serie  hay,  empero,  de  monumentos  con  los  cua- 
les la  Iglesia  compostelana  guarda"  gran  analogía,  y 
son  los  de  la  región  de  Auvernia  en  el  centro  de  Francia. 
El  abate  I^ouillet  (2)  resumió  con  toda  precisión  y  clari" 
dad  los  caracteres  que  distinguen  los  edificios  de  esta 
Escuela.  «La  planta  generalmente  adoptada  es  en  for- 
ma de  cruz  latina.  La  nave  mayor  cubierta  con  bóveda 
de  cañón  está  flanqueada  por  dos  naves  laterales  que  se 
prolongan  alrededor  del  ábside  formando  un  deambula- 
torio, sobre  el  cual  se  abren  varias  capillas  á  manera  de 
radios.  Estas  últimas,  lo  mismo  que  el  ábside,  están  cu- 
biertas con  bóvedas  de  cascarcm,  al  paso  que  las  naves 
menores  lo  están  con  bóvedas  de  arista  hechas  do  mani- 
postería y  sin  nervaduras.  Las  bóvedas  de  las  naves  me- 
nores están  separadas  por  robustos  cinclios  ó  ai'cos. 


(1)  Didiovnaire  raisoniié  de  V Architeclure   fmvcaise,   tom.   IV,  jíÚ- 
gina  330. 

(2)  Sainte-Foy  de  Conques,  Sf.  Serniu  de  Toulouse,  St.  Jac2ves  de  Com" 
podtclle;  París,  18^3, 


5f)  LIBBO   SEGUNDO 


» Sobre  estas  naves  corre  una  galería,  que  por  aber- 
turas ordinariamente  geminadas  derrama  sobre  la  nave 
central  la  luz  que  entra  por  las  ventanas  exteriores.  Una 
bóveda  de  cuarto  de  cañón  ó  de  cuarto  de  círculo  cubre 
esta  galería,  y  al  mismo  tiempo  refuerza  el  muro  de  la 
nave  alta.  Es  la  primera  solución,  y  la  más  sencilla  del 
problema  que  se  presentaba  para  contrarrestar  el  empu- 
je de  la  gran  bóveda. 

»Los  pilares,  ya  monocilíndricos,  ya  cruciformes, 
sostienen  capiteles  de  una  gran  riqueza  y  de  una  admi- 
rable variedad.  Su  ornamentación  se  inspira,  ó  en  la  libre 
imitación  de  los  capiteles  antiguos,  ó  en  la  reproducción 
de  los  entrelazos  propios  del  arte  oriental,  ó  en  la  repre- 
sentación de  escenas  históricas,  alegóricas  y  aún  fabulo- 
sas. La  base  de  las  columnas  es  la  ática,  más  ó  menos 
modificada  según  el  desarrollo  dado  á  alguno  de  sus  di- 
versos elementos.  Las  enjutas  de  los  zócalos  están  ador- 
nadas de  grapas. 

» Al  exterior  los  contrafuertes,  ora  de  planta  cuadra- 
da, ora  en  forma  de  columnas  empotradas,  correspon- 
den á  los  arcos  cinchos;  y  las  cornisas  y  entablamentos 
descansan  sobre  modillones  ó  canecillos,  en  cuya  orna- 
mentación el  escultor  dio  rienda  suelta  á  su  fantasía. 

>Un  campanario  octógono  de  dos  pisos  se  eleva  por 
fin  sobre  el  crucero.» 

Tal  es  la  disposición  que  en  lo  substancial  se  ve  com- 
pletamente guardada  en  la  estructura  del  Templo  com- 
postelano.  Apesar  de  esto,  nótanse  en  varios  detalles  ar- 
quitectónicos tales  discrepancias,  que  con  dificultad  se  ex- 
plican, á  no  admitir  independencia  de  criterio  y  propia 
inventiva  en  los  respectivos  maestros.  Por  de  pronto,  el 
aparejo  de  los  monumentos  de  Auvernia  — cuyas  igle- 


LOS  TRES  PHIMEBO.^  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


57 


sias  típicas  son  la  de  Nuestra  Señora  del  Puerto  en  Cler- 
mont,  la  de  San  Pablo  de  Issoire,  la  de  Santa  María  de 
Orcival,  San  Julián  de  Brioude,  la  Catedral  de  Puy-en- 
Velay,  etc... —  es  multicolor,  es  decir,  está  formado  de 
sillares  de  diversos  colores,  ordinariamente  blanco  y  ne- 
gro. Son  también  muy  peculiares  de  este  estilo  los  cane- 
cillos tallados  á  manera  de  los  ripios  que  levanta  la  gar- 
lopa al  labrar  la  madera.  En  la  Catedral  de  Santiago, 
entre  los  muchos  que  aún  se  conservan,  son  muy  conta- 


Mxiestra  de  los  canecillos  ó  copeaus  ó  de  ripios. 


dos  los  de  esta  clase;  y  éstos  sólo  se  ven  en  las  cornisas 
que  rodean  los  ábsides  (1).  En  Santiago  la  galería  alta 
rodea  el  coro,  lo  mismo  que  el  resto  de  la  iglesia;  en 
las  iglesias  auverniesas,  la  galería  alta  queda  cortada 
en  el  transe pto.  En  algunas  de  estas  iglesias,  en  la  de 
San  Pablo  de  Issoire,  p.   ej.,  cada  bóveda  de  la  nave 


(l)  Si  estog  canecillos  derivaron,  como  quieren  algunos,  del  arte  de  la 
carpintería,  entonces  debierou  labrarse  en  otras  regiones  más  que  en  Auvar- 
nia.  Así  es  en  efecto;  y  en  las  excavaciones  practicadas,  habrá  cuatro  ó  cinco 
años  en  el  coro  de  nuestra  Basílica,  se  halló  un  antiguo  canecillo  en  todo 
semejante  al  del  grabado  de  esta  página. 


58 


Lt^RO  SEGUNDO 


mayor  corresponde  á  dos  de  las  naves  pequeñas;  en 
Santiago  se  corresponden  exactamente  las  bóvedas  de 
las  naves  pequeñas  con  las  de  la  nave  grande.  Las  por- 
tadas de  las  iglesias  de  Auvernia  suelen  escasear  de  es- 
tatuas é  imaginería;  en  e^to  eran  riquísimas  las  portadas 
de  la  Iglesia  de  Santiago.  Obras  diferencias  no  menos 
notables  se  observan  en  la  disposición  de  los  contrafuer- 
tes y  de  otros  miembros  arquitectónicos  (1). 

Resulta,  pues,  que  ni  aún  con  las  de  Auvernia  ofrece 
nuestra  iglesia  tales  señales  de  afinidad  y  parentesco, 
que  pueda  reputársela  como  de  la  misma  escuela  y  fami- 
lia. Resta,  ahora,  que  investiguemos  y  estudiemos  las  no- 
tas que  particularizan  á  nuestro  monumento,  y  lo  consti- 
tuyen un  ejemplar  especialísimo  en  Arquitectura. 


II 

La  planta 


RiNCiPiAHEMOS  nuestra  descripción  por 
la  planta,  que  casi  se  conserva  intacta, 
y  tal   cual   la  trazó   el   primer   arquitecto  á 
quien  se   confió  la  dirección  de  la  obra  (2). 
Como  era  consiguiente,  se  atuvo  en  su  trazado  á  las  nor- 


(1)  La  ií^lesia  de  Nuestra  Señora  del  Puerto  sólo  tiene  cuatro  capillas 
absidales;  la  central  de  las  de  Issoire,  es  de  planta  cuadrangular. 

(2)  De  pocas  Catedrales  puede  decirse  otro  tanto;  pues  la  mayor  parte 


LOS  TBKS  PRIMEROS  SIGLOS  I>E  LA  í.  COMPOSTELANA  59 

mas  generales  que  entonces  se  hallaban  en  práctica  res- 
pecto de  la  forma  de  las  Basílicas  ,  y  que  se  veían 
escrupulosamente  guardadas  en  ejemplares  tan  clási- 
cos, como  los  del  Vaticano,  Letrán,  San  Pablo,  y  otros 
de  Roma.  Según  estos  datos,  el  templo  debía  cons- 
tar de  tres  partes  bien  marcadas;  una  nave  bastante 
prolóngala;  el  transepto  ó  crucero;  y  el  presbiterio.  Es- 
tas eran  las  líneas  generales  de  todo  templo  puramente 
basílica  1,  pero  además,  nuestro  Arquitecto  se  permitió 
trazar  otros  miembros  (que  iremos  detallando),  los  cua- 
les ya  se  salían  de  la  icnografía  ó  programa  basili- 
cal;  pero  se  hallaban  admitidos,  unos  en  unas  iglesias, 
otros  en  otras  de  diversas  escuelas.  Tales  eran  las  bóve- 
das, especialmente  la  de  la  nave  mayor;  la  torre  central 
y  la  de  los  ángulos  de  la  Basílica;  la  corona  ó  deambu- 
latorio; las  capillas  absidales,  que  la  Compostelana  (í)  lla- 
ma criptas,  etc.. 

Mas  al  delinear  sus  planos  el  Maestro  de  Composte- 
la,  además  de  los  modelos  arquitectónicos,  tuvo  á  la 
vista,  por  lo  que  dice  el  que  describió  nuestra  Iglesia  en 
el  Códice  de  Calixto  II  (2),  otro  modelo  viviente,  la  for- 


sufrieron   tales  reformas  y  adiciones,  que  en  muchos  casos  es  muy  difícil  fi- 
jar con  certeza  cual  haya  sido  su  plano  primitivo. 

Aquí,  en  nuestra  T^ílesia,  el  trazado  tenía  que  pairar  sobre  el  primitivo 
mausoleo  del  Apóstol,  que  todo  entero  quedó  incluido  dentro  del  ábside 
principal. 

(1)  Lib.  I,  cap.  XV,  núm.  5. 

(2)  Ecclesia  vero. ..  habet....  lauream  unam,  unum  corpus  et  dúo  meni- 
bra.  (Cap.  IX,  §.  2,  De  ecclesiae  moisnra). — La  laurea  es  el  presbiterio;  el 
cuer}X)  la  nave  más  larga;  y  los  dos  miembros,  los  dos  brazos  del  crucero.  En 
este  mismo  capítulo  se  miden  las  dimensiones  de  la  Ip^lesia  por  la  estatura 
del  hombre;  de  lar^^o,  53  hombres;  de  ancho,  39;  y  de  alto,  14.  El  Códice  de 
Calixto  parte  del  supuesto,  que  la  estatura  del  hombre  es  de  ocho  cuartuí?. 


m 


LIBRO  SEGUNDO 


METROS 


4 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANÁ  61 


ma  humana,  tipo  de  toda  belleza  corpórea.  Quiso  que  la 
gran  nave  representase  el  cuerpo;  los  lados  del  crucero 
los  brazos;  el  ábside  la  cabeza,  que  inclinó  algún  tanto 
hacia  la  derecha  para  recordar  aquel  pasaje  de  San 
Juan:  Et  inclínato  capite,  tradidit  spirltum,  y  para  que  asi 
apareciese  más  viva  la  imagen  de  la  cruz.  De  aquí,  que 
resultase  una  planta  esbelta,  gallarda  y  de  una  perfecta 
euritmia;  cuya  belleza  resalta  más  cuando  se  le  compa- 
ra con  otras,  p.  ej.,  con  cualquiera  de  las  treinta  plan- 
tas de  Catedrales  que  trae  VioUet-le-Duc  en  el  tomo  II 
de  su  Diccionario  de  Arquitectura  ó  con  las  que  publica 
Mr.  Cloquet  en  su  apreciable  obra  Les  grandes  Cathedra- 
les  du  monde  catholique  (1), 

Y  esto  es  tanto  más  de  notar,  cuanto  que  el  Arqui- 
tecto compostelano  tenía  que  contar  con  un  pie  forzado, 
cual  era  el  de  dejar  convenientemente  incluido   dentro 
de  la  planta  el  antiguo  mausoleo  del  Apóstol.  Y  en  efec- 
to, lo  que  Aymerico  llama  laurea,  ó  sea  el  presbiterio, 
rodea  por  todas  partes  el  mausoleo:  por  los  lados  tocan- 
do casi  con  sus  muros;  y  por  delante  y  por  detrás  dejan- 
do un  espacio,  próximamente  igual,  de  unos  cuatro  ó  cin- 
co metros.  El  pavimento  del  presbiterio  ó  capilla  mayor 
que  cubría  el  mausoleo,  se  elevó  unas  seis  gradas  sobre 
el  resto  de  la  capilla  mayor,  la  cual,  á  su  vez,  igualmen- 
te que  el  deambulatorio  que  la  rodeaba,  estaba  elevada 


(1)  La  planta  de  las  Catedrales  ojivales,  especialmente  francesas,  resul- 
ta deforme  á  causa  de  las  exaí^eradas  proporciones  dadas  al  coro.  Este 
se  parece  á  una  cabeza  enorme  puesta  en  hombros  de  un  pigmeo.  Para  con- 
vencerse de  esto  basta  comparar  la  primitiva  traza  de  la  Catíídral  de  Tur- 
nay,  que  es  muy  semejante  á  la  de  la  nuestra,  con  la  modificada  en  el  si- 
glo Xill.  (Véase  eu  Ub  gniudoí  Cathcdralca,  por  Cloquet,  págs.  98  y  U'J). 


G2  tIBRO  SEGUNDO 


unas  dos  gradas  sobre  el  pavimento  del  cuerpo  y  miem- 
bros de  la  iglesia  (1). 

Podría  suscitarse  la  duda  de  si  el  Arquitecto  al  tra- 
zar los  planos  de  la  Basílica,  tendría  presente  la  cons- 
trucción de  las  bóvedas.  Respecto  de  las  bóvedas  de  las 
naves  menores  no  hallará  lugar  á  duda  el  que  observe 
atentamente  la  planta  de  los  machones  y  la  disposición 
de  los  arcos  formeros  y  de  los  contrafuertes  exteriores. 
Por  lo  que  toca  á  las  bóvedas  de  las  naves  altas,  para 
convencerse  de  que  también  estas  bóvedas  entraban  en 
la  composición  ideada  por  el  Maestro,  bastará  fijarse  en 
la  estructura  y  disposición  de  las  bóvedas  que  cubren  la 
galería,  las  cuales,  claramente  están  dirigidas  á  contra- 
rrestar el  empuje  de  la  bóveda  grande.  Si  las  naves  ma- 
yores en  la  mente  del  Arquiteoto  hubiesen  de  estar  sólo 
cubiertas  con  artesonado,  sería  inútil  y  aún  peligroso  to- 
do aquel  aparato  de  arcos  y  bóvedas  que  cubren  las  na- 
ves menores,  pues  no  hallaba  suficiente  compensación 
en  la  nave  mayor. 

Las  dimensiones  de  la  Iglesia,  sin  contar  el  espesor  de 
las  paredes,  son  las  siguientes:  en  largo,  desde  el  fondo 
del  Pórtico  de  la  Gloria  hasta  el  muro  en  que  se  apoya 
el  altar  del  Salvador,  97  metros;  y  desde  la  puerta  del 
N.  hasta  la  del  S.,  65  metros.  El  ancho  de  las  tres  naves, 
tanto  en  el  trascoro,  como  en  el  crucero,  es  de  19°'64; 
pero  no  es  el  mismo  el  ancho  de  las  naves  laterales.  En 


(1 )  El  pavimento  del  deambulatorio  ó  corona  debió  rebajarse  y  ponerse 
al  nivel  de  el  de  la  Iglesia  en  el  siglo  XVI. 

El  nivel  del  pavimento  que  cubría  el  mausoleo  se  rebajó  también  unas 
dos  gradas  en  la  segunda  mitad  del  siglo  XVII,  al  tiempo  en  que  se  hizo  el 
actual  retablo  ó  baldaquino. 


LOS  TRES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTE LAÍÍÁ  63 

el  trascoro,  la  nave  del  Evangelio  tiene  4°"75;  la  de  la 
Epístola,  4'94.  En  el  crucero,  la  nave  del  Este  5'4;la  del 
Oeste  4'95.  En  el  trascoro  la  nave  mayor  tiene  9"'74;  en 
el  crucero  9'65.  El  ancho  de  cada  entrepaño  de  pared,  y 
por  consiguiente,  de  cada  intercolumnio  y  de  cada  bóve- 
da es,  por  término  medio,  de  4"'50  (1). 

La  elevación  hasta  la  parte  más  alta  de  la  bóveda, 
alcanza  hasta  unos  22  metros. 

Viollet-le-Duc  (2)  pondera  como  dignas  de  todo  enco- 
mio las  proporciones  de  la  iglesia  de  San  Saturnino  de 
Tolosa,  las  cuales  con  poca  diferencia  vienen  á  ser  las 
mismas  que  las  de  la  Basílica  compostelana.  De  los  pro- 
fundos estudios  que  el  célebre  Arqueólogo  hizo  sobre  di- 
cha iglesia,  dedujo  que  el  arquitecto  al  trazar  los  planos 
tomó  como  módulo  una  medida  de  unos  81  centímetros 
de  largo,  y  que  señaló  10  módulos  para  la  nave  mayor;  2 
para  los  pilares  que  la  separan  de  la  primera  nave  late- 
ral; 4  para  esta  misma  nave;  otros  2  para  los  pilares  que 
dividen  las  dos  naves  laterales;  otros  4  para  la  segunda 
nave  lateral;  2  para  el  muro  de  la  iglesia;  y  1  para  los 
contrafuertes  que  la  rodean. 

El  módulo  de  la  de  Santiago  es  de  91  centímetros,  y 
su  distribución  es  próximamente  la  siguiente:  10  para 
la  nave  central;  2  para  los  machones  medidos  por  el  zó- 
calo; o  para  la  nave  lateral;  2  para  el  muro  de  la  Igle- 
sia; y  otros  2  para  los  contrafuertes. 


(1)  Decimos,  por  iérmino  iuedio,  ponqué  los  entrepaños   comprendidos 
entre  cada  intercolumnio,  no  son  todos  exactamente  iguales. 

(2)  V'idion.  (V  Archa.,  tom.  VII,  pág.  531». 


ü-4 


LIBRO  SEGUNDO 


III 


El  crucero  ó  transepto 


NA   de   las   singularidades  de   nuestra 

/  Iglesia,  está  reconocido  que  es  el  des- 

^^^^¡^^  arrollo  del  crucero,  que  próximamente 
<  tiene  casi  la  misma  extensión  que  el 
cuerpo  de  la  Basílica  (1).  Entre  las  iglesias  notables  de 
Europa,  sólo  hay  cinco  que  ofrezcan  esta  particularidad; 
la  de  Santa  Fe  de  Conques,  la  de  San  Saturnino  de  Tolo- 
sa,  la  Catedral  de  Pisa,  la  de  Salisbury,  y  la  de  San  Pe- 


(1)  Creemos  que  aplicando  el  misino  juicio  al  Pórtico  de  la  Grloria  y  á 
la  Galería,  nadie  tendrá  diñcultad  en  subscribir  lo  que  acerca  del  transepto 
sentó  el  Sr.  Villa- Amil  (Descripción  de  la  Catedral  de  Santiago,  pág.  76),  á 
saber:  «Es  sin  disputa  la  parte  más  curiosa  y  notable  de  toda  la  Basílica 
compostelana  y  puede  asegurarse  que  no  tiene  rival  en  el  mundo  por  su  ex- 
traordinaria extensión,  uniformidad  y  majestuosa  desnudez.» 

En  nuestra  Basílica  hubo  necesidad  desde  un  principio  de  dar  tanta 
extensión  al  crucero,  para  ofrecer  espacio  y  comodidad  á  las  turbas  de  pere- 
grinos que  incesantemente  llegaban;  toda  vez  que  el  cuerpo  de  la  iglesia 
ya  cutouces  estaba  ocupado  por  el  coro, 


LOS  TRES  PBIMEHOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  65 

tronío  de  Bolonia  (1).  La  planta  de  la  Catedral  de  Pisa, 
comenzada  en  el  año  1003,  prescindiendo  del  detalle  del 
crucero,  es  muy  diversa  de  la  de  Santiago,  pues  carece 
de  deambulatorio  y  capillas  absidales.  Queda,  pues,  limi- 
tada la  comparación,  no  sólo  por  razón  de  la  época,  sino 
también  por  el  conjunto  de  todos  los  accidentes  arqui- 
tectónicos, á  las  iglesias  de  San  Saturnino  de  Tolosa  y 
Santa  Fe  de  Conques. 

Acerca  de  la  fecha  y  estilo  de  la  célebre  iglesia  de 
San  Saturnino,  hizo  un  minucioso  estudio  el  eminente 
arqueólogo  Mr.  Anthyme  Saint-Paul,  que  leyó  en  el 
Congreso  de  Sociedades  Científicas  de  Francia,  celebra- 
do en  Tolosa  el  año  de  1899.  Sus  conclusiones  fueron; 
que  los  caracteres  arquitectónicos  del  coro  no  ofrecían 
inconveniente  alguno  para  que  pudiera  considerársele 
el  mismo  que  consagró  Urbano  II  en  el  año  1096  (2);  que 
sólo  la  parte  alta  pudo  ser  reconstruida  en  la  primera 
mitad  del  siglo  XII;  que  es  probable  que  en  1096  tenía 
ya  á  su  cargo  Raymundo  Gayrard  la  dirección  de  las 
obras  que  conservó  hasta  su  muerte  en  1118,  dejando 
terminados  los  muros  exteriores  de  la  iglesia  hasta  la 
altura  de  las  primeras  cornisas;  que  si  los  brazos  del  cru- 
cero no  estaban  concluidos  del  todo  al  tiempo  de  la 
muerte  de  Raymundo,  lo.  fueron  inmediatamente  des- 
pués; que  seguidamente  entre  los  años  1135  y   1140  se 


(1)  Adviértase,  sin  embargo,  que  la  Catedral  de  Salisbury  es  de  media- 
dos del  siglo  XIII,  y  la  iglesia  de  San  Petronio  es  de  fines  del  siglo  XIV; 
pero  no  llegó  á  terminarse  según  los  planos  de  Antonio  Vincenzi! 

(2)  El  mismo  Mr.  Anthyme  Saint-Paul  en  el  tomo  I,  pág.  75,  de  su 
Álbum  des  monuments  du  Midi  de  la  France,  dice  que  lo  que  en  el  ano 
1096  pudo  ofrecerse  á  Urbano  II  para  la  consagración,  sería  la  cripta  y  el 
coro  á  medio  hacer. 

Tomo  III.-5. 


(^Q  LIBBO    SEGUNDO 


emprendía  la  construcción  de  la  parte  alta  de  la  nave 
mayor,  entrepaño  por  entrepaño,  y  al  mismo  tiempo  la 
parte  alta  del  coro  ó  ábside  (1);  que  la  obra  de  la  nave 
mayor  se  continuó  después  muy  lentamente  (traína  assez 
2?éniblement) ;  que  entretanto  se  proseguía  la  obra,  se  pro- 
longó la  iglesia  y  se  deshizo  la  fachada  que  estaba 
comenzada,  para  hacer  otra  nueva,  que  al  fin  quedó  sin 
concluir;  que  existe  en  el  Mediodía  una  familia  de  igle- 
sias románicas,  cuyo  grupo  íntimo  lo  constituyen  Santa 
Fe  de  Conques,  San  Saturnino  de  Tolosa  y  la  célebre 
Catedral  de  Santiago  de  Compostela;  que  la  primera  es 
el  origen  del  tipo  y  las  otras  dos  son  su  completo  des- 
arrollo; y  que,  por  último,  la  Catedral  española  se  inspi- 
ró directamente  en  la  Basílica  tolosana,  y  que  si  no  son 
ambas  obra  de  un  mismo  arquitecto,  lo  son  de  dos,  de 
los  cuales  el  primero,  el  de  Francia,  tuvo  al  segundo  por 
imitador  y  discípulo.  El  Presidente  Mr.  de  Lahonde  de- 
claró, que  á  su  juicio  Mr.  Anthyme  Saint-Paul,  había  es- 
tablecido definitivamente  las  fechas  de  la  construcción 
de  la  iglesia  de  San  Saturnino  (2). 

Dejando  á  un  lado  la  cuestión  de  la  antigüedad  de 
la  iglesia  de  Conques,  pues  al  íin  sólo  se  trata  del  origen 
del  tipo,  y  esta  prelación  pueden  disputarla  otras  igle- 
sias, p.  ej.,  las  de  Auvernia  (3),  nos  concretaremos  á  la 
de  Tolosa,  la  cual,  según  Mr.  Anthyme   Saint-Paul,  con 

(1)  Viollet-le-Duc,  que  conocía  perfectamente  esta  iglesia  (véase  la  nota 
de  la  pág.  541,  en  el  tomo  VII  del  Dict.  de  Árchif.),  también  la  coloca  en  el 
siglo  XII. — (Véase  pág.  67,  la  vista  del  crucero  compostelano  tomada  des- 
de el  ángulo  S.  O.) 

(2)  Revue  de  V  Art  chrétien,  cuaderno  de  Mayo  de  1899,  pág.  248. 

(3)  El  ilustre  Abate  Bouillet  cree  que  la  iglesia  de  Conques  estaba 
terminada  al  entrar  el  último  tercio  del  siglo  XI;  Viollet-le-Duc  (Vidion- 
mire,,,,  tom,  V,  pág.  171,  nota  6),  la  juzga  del  siglo  XII, 


LOS  TRES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  C0MP0STELA2TA  67 


Fotografía  de  J.  Ltiiiia  Folograbndo  de  Lo/n  rta. 

Vista  del  crucero  de  la  Basílica  compostelana,  tomada  desde  el  Ángulo  Sudoeste* 


68  LIBRO  SEGUNDO 


la  de  Santiago  fué  la  que  desenvolvió  hasta  su  último 
complemento  el  germen  contenido  en  la  iglesia  de  Santa 
Fe.  Por  de  pronto,  salta  á  la  vista,  que  si  en  el  curso  de 
la  construcción  de  la  iglesia  tolosana  se  dio  más  exten- 
sión á  las  naves,  ya  se  alteró  el  plano  primitivo;  y  por 
consiguiente,  por  el  estado  en  que  hoy  se  conserva,  no 
podemos  formarnos  idea  cabal  de  cómo  en  un  principio 
fué  proyectada. 

En  vista  de  esto,  habrá  que  decir  que  la  tarea  de  des- 
arrollar el  tipo  de  Conques,  quedó  á  cargo  del  arquitecto 
compostelano  que  se  adelantó  bastantes  años  al  de  Tolo- 
sa.  Veámoslo  sino.  Mr.  Anthyme  Saint-Paul,  dice  que  la 
nave  mayor  de  San  Saturnino  se  fué  construyendo  muy 
poco  á  poco  desde  el  año  1135,  y  que  posteriormente  aún 
se  ensanchó  la  iglesia.  En  Santiago  tenemos,  que  por  lo 
menos  en  el  año  1128  ya  la  Catedral  estaba  casi  por  codi- 
pleto  terminada  (1),  y  que  por  lo  tanto  podía  ponerse 
mano  ya  á  la  obra  del  claustro.  No  es  esto  sólo.  En  el 
año  1080,  según  Mr.  Anthyme  Saint-Paul,  comenzó  la  fá- 
brica de  la  iglesia  de  Tolosa;  la  obra  de  la  de  Santiago 
se  comenzó,  no  en  el  año  1082  como  por  dos  veces  repite 


(1)  «Quadraginta  et  sex  anni  ab  inchoatione  novae  Ecclesiae  Bti.  Ja- 
cob! transacti  erant,  et  major  ipsius  Ecclesiae  pars  per  Dei  gratiam  jam 
erat  completa.»  (Hist.  Compostelana,Yih.  III,  cap.  I). — Y  hemos  dicho  por  lo 
menos  en  el  año  1128,  porque,  aunque  la  Composfelana  coloca  esta  narración 
entre  los  sucesos  de  dicho  año  1128,  indudablemente  debe  referirse  á  tiem- 
po anterior,  al  año  1 124,  en  que  por  el  cómputo  mismo  de  la  Compostelana 
se  cumplían  4G  años  desde  que  se  había  comenzado  la  obra.  En  realidad,  en 
el  año  1 117  ya  debía  estar  la  Catedral  toda  cubierta  de  bóvedas,  porque  el 
horroroso  incendio  con  que  los  rebeldes  compostelanos  pretendieron  en  di- 
cho año  envolver  la  Iglesia  y  aún  la  torre  de  las  campanas,  no  se  sabe  que 
en  el  interior  haya  causado  grandes  deterioros;  lo  cual  no  sucedería  si  las 
naves  estuviesen  cubiertas  de  artesonado. 


LOS  TBES   PBIMEROS   SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELANA 


69 


FIórez  en  las  notas  á  las  pag.^  1^^  y  473  de  la  Composte- 
lana,  sino  en  el  año  1078  como  se  ve  grabado  en  una  de 
las  jambas  de  la  portada  del  Mediodía,  y  como  trae  la 
misma  Compostelana  al  fin  del  cap.  LXXVIII  del  li- 
bro I  (1).  Es  indudable,  por  tanto,  que,  ó  el  discípulo  se 
adelantó  al  maestro,  ó  que  se  trocaron  los  papeles  (2). 

Consecuencia  de  todo  esto  es,  que  no  en  vano  se  pon- 
dera como  una  especialidad  de  nuestra  Iglesia,  la  lon- 
gitud relativa  de  su  crucero. 


IV 

Las  bóvedas 


IGNA  es  igualmente  de  atención  y  enco- 
mio la  técnica  con  que  están  fabricadas 
las  bóvedas  de  nuestra  Basílica.  En  las 
iglesias  lombardas,  normandas,  alemanas  y   varias  de 


(1)  En  este  año  de  1078  se  construyó  la  portada  del  Mediodía;  las 
capillas  absidales  se  habían  comenzado  á  edificar  antes.  (Véase  el  cap.  II,  pá- 
gina 46  y  siguientes). 

(2)  Después  de  todo,  nada  tiene  de  extraño  que  así  sucediese,  porque 
la  gran  Basílica  elevada  sobre  el  sepulcro  de  San  Martín  de  Tours,  se  hizo  á 
semejanza  de  la  de  Santiago.  Ad  similitudinem  scilicet  ecclesiae  BU,  Jacobi 


70 


LIBEO  SEGUNDO 


Francia  construidas  en  su  tiempo,  á  cada  entrepaño  de 
la  bóveda  que  cubre  la  nave  mayor,  corresponden  dos 
entrepaños  de  las  bóvedas  de  las  naves  menores.  El  mis- 
mo VioUet-le-Duc  (1),  notó  los  inconvenientes  de  esta 
disposición;  y  advierte  que  desde  el  año  1220  los  arqui- 
tectos, en  lugar  de  la  planta  cuadrada,  adoptaron  la 
rectangular  para  las  bóvedas  de  la  nave  mayor.  Esta 


Ejemplar  de  bóveda  cupuliforme. 
(Véase  pág.  71). 


disposición  se  ve  ya  puesta  en  práctica  desde  fines  del 
siglo  XI  en  el  Templo  de  Santiago;  y  con  ella  también 
se  evitó  el  que  los  pilares  que  sostienen  los  arcos  y  las 
bóvedas  fuesen,  como  en  otras  muchas  iglesias,  desigua- 
les alternativamente  en  volumen,  lo  cual  siempre  perju- 
dicaba á  la  euritmia  y  á  la  armenia  que  debe  reinar  en- 
tre todas  las  partes  del  Templo. 

Del  mismo  modo  se  ve  feliz  y  sagazmente  resuelta 


miro  opere  fahricatur.  (Lib.  IV  (es  el  V)  del  Códice  de  Calixto  II,  publica- 
do en  París,  1882,  por  el  P.  Fita,  con  la  colaboración  de  Mr.  Vinson,  pá- 
gina 33). 

(1)    Dictionnaire.,.,  tom.  IV,  pág.  173). 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


71 


la  dificultad  que  ofrecía  la  construcción  de  las  bóvedas 
de  arista  sobre  planta  cuadrada,  como  lo  son  las  de  las 
naves  menores  de  nuestra  Iglesia.  En  estas  bóvedas,  los 
arcos  trazados  por  las  aristas  diagonales  C  y  D,  como  de 
mayor  diámetro,  tienen  que  elevarse  más  que  los  arcos  de 
los  lados  A,   B,   que  son  de  menor  radio,   y  por   con- 


Muestra  de  las  bóvedas  de  arista  en  la  Iglesia  compostelana. 


siguiente,  de  menor  altura.  Tales  bóvedas  ofrecían  la 
ventaja,  como  nota  Viollet-le-Duc,  de  exigir  menos  es- 
mero y  precaución,  pero  resultaban  más  bien  cúpulas  que 
bóvedas;  y  su  aspecto,  según  advierte  Carlos  Blanc  (1), 
era  poco  agradable,  como  que  cortaba  con  su  forma  de 
embudo  la  aparente  continuidad  de  las  masas  y  de  las 
líneas  (2).  Esta  dificultad  la  obvió  el  Arquitecto  compos- 

(1)  Grammaeire  des  Arts  du  Dessin;  2.^  ed.;  pág.  290. 

(2)  Tal  disposición  se  nota  aún  en  las  bóvedas  que  cubren  las  naves  de 
la  famosa  iglesia  de  San  Ambrosio  de  Milán;  las  cuales,  como  demostró  Cat- 
taneo  (L^  Archüettura  in  Italia  dal  seculo  VI  al  mille  circa;  Venecia,  188í); 
pág.  209)  impugnando  á  Dartein,  no  son  del  siglo  IX,  sino  del  XI  ó  de  priu- 


72  LIBKO    SEGUNDO 


telano  haciendo  peraltados  los  arcos  B,  C,  D  y  E,  de 
modo  que  su  clave  quedase  al  mismo  nivel  que  la  de  los 
arcos  ó  aristas  diagonales  (1). 

Julio  Qaiclierat  expuso  admirablemente  en  sus  tan 
recomendables  Melanges  cV  Archéologie  los  esfuerzos,  las 
tentativas,  los  ensayos,  que  durante  todo  el  siglo  XI 
hicieron  los  arquitectos  para  cubrir  con  bóvedas  exten- 
sas áreas,  como  las  de  las  naves  mayores  de  las  iglesias 
catedrales  y  monasteriales.  Aún  en  muchos  casos  pare- 
ce se  consideraron  impotentes  para  llevar  á  cabo  esta 
empresa;  asi  es  que  en  muchos  templos  levantados  entre 
el  siglo  XI  y  XII  y  todavía  después,  y  entre  ellos  algu- 
nos notabilísimos,  tales  como  las  Catedrales  de  Turnay, 
Peterborough,  y  las  que  cita  Lubke  en  su  Historia  del 
Arte  (2),  la  nave  mayor  se  cubrió  con  artesonado.  De 
aquí  que,  no  sin  sorpresa,  pueda  contemplarse  aquella 
inmensa  techumbre  semicilíndrica,  formada  de  cal  y  can- 
to, interrumpida  á  trechos  por  los  arcos  cinchos,  con  tan- 
ta firmeza  asentada  á  veinte  metros  de  altura  sobre  ro- 
bustos machones  escalonados  convenientemente,  y  que 
detiene  la  vista  con  la  severidad  y  majestad  de  sus 
líneas.  Y  obra  tan  grandiosa,  trazada  ya  indudablemen- 
te desde  que  se  hicieron  los  primeros  planos,  se  llevó  á 


cipios  del  siguiente.  Lo  propio  se  observa  en  la  bóveda  de  la  nave  de 
Vézelay  de  principios  del  siglo  XII  (Viollet-le-Duc,  Dict.  d'  Archit.,  to- 
mo IX,  pág.  486). 

En  otras  iglesias,  p.  ej.,  en  la  parte  antigua  de  la  Catedral  de  Lugo, 
y  en  algunas  del  Mediodía  de  Francia,  se  adoptó  otro  sistema;  el  de  cubrir 
con  bóvedas  demedio  cañón,  tanto  la  nave  ma5'or,  como  las  laterales. 

(1)  El  Maestro  Mateo,  en  el  Pórtico  de  la  Gloria,  en  lugar  de  arcos 
peraltados,  empleó  para  este  objeto  arcos  apuntados  ú  ojivales. 

(2)  Versión  francesa^  lib.  I,  págs.  341-344. 


LOS  TBES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


78 


cabo  antes  que  terminase  el  primer  cuarto  del  siglo  XII. 
Las  bóvedas  de  la  corona  ó  deambulatorio,  en  la 
parte  curva  carecen  de  arcos  cinchos;  sin  duda,  para 
evitar  que  el  demasiado  peso  de  los  sillares  aparejados 
en  dovelas  perjudicase  la  estabilidad  de  los  pilares  que 
por  allí  cierran  el  ábside;  los  cuales  son  monocilindricos 
y  mucho  menos  sólidos. 


V 


Pilares. — Columnas  anilladas. — ^Bases. 


os  pilares,  sobre  cuya  forma  tanto  ti- 
tubearon, según  VioUet-le-Duc  (1), 
los  arquitectos  en  el  siglo  XI  y  aún  en  el  XII,  aparecen 
en  nuestra  Iglesia  como  un  miembro  que  ha  adquirido 
su  completo  y  definitivo  desarrollo.  Todos  se  ven  flan- 
queados por  cuatro  columnas,  siendo  así  que  en  un  prin- 
cipio sólo  tenían  dos  ó  tres  (2),  como  aún  se  nota  en  al- 
gunos de  San  Saturnino  de  Tolosa.  Todos  son  entre  sí 


(1)  Diction.  raison.  de  Archit.,  tom.  VII,  págs.  152  y  156. 

(2)  Véase  Courajod,    Leqons  professées   a  V  école  clu  Louvre;  París, 
1899;  tom.  I,  pág.  467. 


LlBBO  SEGUNDÓ 


uniformes,  y  su  distribución  es  perfectamente  simétrica. 
Los  unos  son  de  planta  cuadrada,  y  en  cada  lado  tienen 
empotrada,  como  de  ordinario,  hasta  el  tercio  una  co- 
lumna; los  otros  en  forma  de  cuadrifolios,  y  en  cada  una 
de  las  caras,  en  la  misma  disposición  que  en  los  cuadra- 
dos, tienen  empotrada  una  columna.  De  las  columnas 
empotradas,  la  una  sostiene  el  arco  cincho  de  la  bóveda 
principal;  la  opuesta,  el  arco  cincho  correspondiente  de 
la  nave  menor;  y  las  otras  dos,  los  arcos  formeros  que  se- 
paran las  naves.  Los  zócalos  en  que  descansan  los  pri- 
meros, son  cuadrados  (1);  los  de  los  otros,  son  circulares, 
alternando  rigurosamente  los  unos  con  los  otros. 

No  se  nota  más  excepción,  que  la  que  ofrecen  los  cua- 
tro grandes  machones  que  sostienen  los  cuatro  arcos 
torales  sobre  que  descansa  la  cúpula.  La  planta  ó  sec- 
ción de  éstos,  es  una  cruz  griega,  en  cuyos  cuatro  ángu- 
los se  ven  empotrados  segmentos  de  columnas  que  suben 
hasta  la  imposta.  La  cruz  está  flanqueada  en  sus  cuatro 
extremos  por  robustas  columnas  empotradas  hasta  el 
tercio  ó  poco  más.  El  zócalo  describe  el  mismo  perfil  que 
los  pilares  que  sostiene  (2). 

Las  columnas  empotradas  en  la  parte  que  mira  á  la 
nave  principal,  son  todas  anilladas,  á  excepción  de  las 
de  los  machones  grandes.  Fácilmente  se  adivina  el  mo- 
tivo que  tuvo  el  Arquitecto  para  cortarlas  de  trecho  en 
trecho,  por  medio  de  los  anillos.  Estas  columnas  suben 
desde  el  suelo  hasta  la  bóveda  principal,  y  corriendo  de 
un  tirón  hasta  esta  altura,  aparecerían  demasiado  del- 
gadas y  sutiles.  Para  evitar  esto,  hizo  correr  las  impos- 


(1)  Tienen  de  lado  l"i82.  Este  es  también  el  diámetro  de  los  circulares. 

(2)  Véase  el  grabado  de  la  página  siguiente. 


LOS  TEES  PBIMEEOS  SiClLOS  DE   tA  t.  COMPOSTKLAIÍA 


75 


tas  (ó  bandeaux,  como  dicen  los  franceses)  rodeando  las 
columnas,  de  manera  que  éstas  apareciesen  divididas  en 
tres  secciones  (1).  Por  tal  vía  se  consiguió  también  que 
no  quedasen  interrumpidas  las  lineas  horizontales  que 
rodean  las  grandes  naves  y  les  dan  majestad  y  grandeza. 
Reusens  (2),  siguiendo  á  Viollet-le-Duc,  dice  que  las 


Planta  de  los  grandes  machones  que  sostienen  los  arcos  torales  (3|. 


columnas  anilladas  no  se  usaron  hasta  el  período  de 
transición  entre  el  estilo  románico-bizantino  y  el  ojival. 
En  Santiago  ya  las  vemos  usadas  con  gran  acierto  y 
discreción  desde  fines  del  siglo  XI  (4). 


(1)  En  épocas  recientes  se  picaron  algunos  de  estos  anillos;  pero 
quedaron  las  hiladas  en  que  estaban  tallados;  las  cuales  como  de  granito 
más  blanco  y  más  fino,  dan  testimonio  de  la  existencia  de  aquellas  anti" 
guas  molduras. 

(2)  Eléments  d'  Archéologie  chretienne;  2.*  ed.;  tom.  I,  pág.  380. 

(3)  Sus  dimensiones,  de  extremo  á  extremo,  son  unos  tres  metros. 

(4)  Se  ven,  sin  embargo,  en  la  nave  de  Vézelay  reedificada  hacia  el 
ftño  1120.  (Véase  Viollet-le-Duc,  Dict.  de  Archit.,  tom.  VII,  pág.  264). 


76 


LIBBO  SEGUNDO 


i 


Las  bases  de  las  columnas,  todas  son  áticas;  es  decir, 
que  constan  de  dos  toros,  uno  mayor  y  otro  menor,  una 
escocia  y  dos  filetes.  En  algunas,  el  toro  menor  está 
reemplazado  por  un  cable.  El  plinto  de  las  bases  en  los 


Bases  de  las  columnas  adosadas  á  los  pilares  cuadrados. 


pilares  cuadrados  y  cruciformes,  es  cuadrado;  en  los  pi- 
lares redondos,  redondo.  En  todas  las  enjutas  de  los  plin- 
tos cuadrados,  se  ven  esculpidas  grapas  en  forma  de  bo- 
las ó  pomas. 


LOS  TBES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA  77 


VI 


Capiteles 


UY  dignos  de  atención  y  estudio  son  tam- 
bién los  capiteles  que  coronan  las  colum- 
nas de  nuestra  Basílica;  tanto  más  cuanto 
que  rarísima  será  la  Iglesia  de  la  época  que  ofrezca  una 
colección  (muy  cerca  de  mil  contando  con  los  de  las  ven- 
tanas y  los  de  las  capillas  absidales),  tan  variada  y  com- 
pleta y  trabajada  con  tanto  primor  y  esmero.  De  ello 
es  prueba,  el  que  como  ya  hemos  advertido,  los  del  inte- 
rior de  la  Iglesia  están  casi  todos  tallados  en  granito 
escogido  y  de  una  apariencia  casi  marmórea.  En  la  talla 
de  algunos  se  empleó  el  trépano  para  calar  las  molduras 
y  darles  más  movimiento  y  ligereza.  Hay  algunos  en  que 
las  figuras  en  ellos  esculpidas  tienen  los  ojos  de  azabache. 
En  otros  el  follaje  está  tallado  con  tal  delicadeza,  que 
parece  como  un  encaje  aplicado  sobre  el  tambor.  De 
estos  nuestros  capiteles  del  siglo  XI  podemos  decir,  pues, 
lo  que  Viollet-le-Duc  (1)  ponderaba  de  los  de  Francia  en 
el  siglo  XII.  «Ninguna  época  de  nuestra  Arquitectura 
presenta  tan  gran  número  de  capiteles  variados  como  el 
siglo  XII;  ni  en  ninguna  fué  ejecutada  con  tanto  amor  la 


(l)    Didionnaire  raisonné  de  V   Architeciure  franr/iise,  torn.  II,  pá- 
gina 498. 


78  LIBBO  SEGUNDO 


escultura  de  este  miembro  tan  importante  de  la  colum- 
na. >  En  Francia  fué  en  el  siglo  XII  cuando,  según  el  cé- 
lebre arqueólogo  que  acabamos  de  citar  (1),  la  talla  de 
los  capiteles  alcanzó  singular  perfección.  tUna  vez  admi- 
tido, dice  VioUet-le-Duc,  que  los  capiteles  de  un  mismo 
templo  conservando  todos  un  corte  uniforme  habían  de 
ser  variados,  se  presentaba  á  los  escultores  una  excelente 
ocasión  para  trabajar  á  competencia,  y  demostrar  su  ta- 
lento en  la  composición,  su  habilidad  en  la  ejecución,  y 
su  paciencia  y  esmero.  Eran  los  capiteles  en  el  interior 
de  los  templos  como  numerosas  páginas  que  había  que 
cubrir  para  cautivar  la  atención  é  instruir  al  pueblo. » 
Mas  esto  que  según  Viollet-le-Duc  sólo  tuvo  lugar  en 
Francia  en  el  siglo  XII,  aquí  en  nuestra  Iglesia  ya  lo 
vemos  llevado  á  cabo  en  el  siglo  XI. 

Las  líneas  generales  de  los  capiteles  de  otros  monu- 
mentos de  esta  época,  p.  ej.,  los  de  la  iglesia  de  Vézelay 
de  fines  del  siglo  XI  y  los  del  claustro  de  Moissac  del  si- 
glo XII,  resultan  más  duras  y  rudimentarias.  En  los  de 
Moissac  el  perfil  general  dá,  según  Mr.  Rupín  (2),  una 
pirámide  truncada  é  invertida;  en  los  de  Vézelay  un 
cono  truncado  invertido,  penetrado  en  su  parte  superior 
por  un  cubo  (3).  El  perfil  de  nuestros  capiteles  es  de  un 
tambor  cilindrico  que  desde  la  base  se  va  ensanchando 
por  igual  con  el  follaje,  hasta  tocar  en  el  abaco  ó  en  la 
imposta,  bajo  cuyos  cuatro  ángulos  las  molduras  se  ex- 
tienden y  encorvan  para  delinear  la  antigua  voluta  clá- 
sica. Sin   embargo,   los  de  las  capillas  absidales,   que 


(1)  Dictioñ.  raison.  de  V  Archit.  frang.,  tom.  II,  págs.  488-190. 

(2)  Jy'  Abbaye  et  les  cloitres  de  Moissac. 

(8)    Véase  Viollet-le-Duc,  Diction.,  tom.  II,  págs.  488  y.491. 


LOS  TRES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA        .    79 


como  luego  advertiremos,  son  los  más  antiguos,  afectan 


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la  forma  de   los  de  Vézelay  ó  la    de  los   do  Moissac. 


80  LIBBO    SEGUNDO 


En  la  distribución  de  los  capiteles  de  nuestra  Basílica, 
se  ve  seguida  la  norma  que  Viollet-le-Duc  (1)  advirtió  en 
los  capiteles  de  San  Saturnino  de  Tolosa  y  de  otras  igle- 
sias del  Mediodía  de  Francia;  según  la  cual  norma  en 
las  portadas  se  ponían  capiteles  historiados,  simbólicos, 
íantásticos  ó  grotescos;  y  en  el  interior,  con  raras  excep- 
ciones, sólo  capiteles  de  follaje.  De  formas  fantásticas  ó 


Capitel  del  lado  izquierdo  á  la  entrada  de  la  capilla  del  Rej-  de  Francia. 


grotescas  hay  varios  en  la  portada  de  las  Platerías;  en  la 
misma  se  ven  también  algunos  historiados,  como  el  que 
representa  á  Adán  y  Eva.  En  el  interior,  prescindiendo 
de  los  de  las  capillas  absidales^  casi  todos  son  de  follaje 
y  afectan  la  antigua  forma  corintia.  Hay  algunos  que 
tienen  esculpidos  leones,  cuya  saliente  cabeza,  en  los 
ángulos,  hace  el  papel  de  la  voluta  en  el  capitel  clásico. 
Cuatro  tipos  deben  distinguirse  en  nuestros  capite- 


(1)     Diction.  raisson...j  tom.  II,  pág.  499. 


LOS  TRES  PRIMEEOS  SIGLOS  DE   LA   I.  COMPOSTELANA 


81 


les,  que  sin  duda  corresponden  á  los  diversos  períodos 
por  qué  pasó  la  construcción  de  la  obra.  Unos  afectan 
el  perfil  piramidal  ó  cónico;  casi  todos  son  historiados;  y 
su  imposta  (ó  taiUoir,  como  dicen  los  franceses,  ó  jpulviyio, 
según  los  italianos),  está  cubierta  de  molduras.  Son  los 
más  antiguos  (año  1074  ó  1075)  y  se  ven  á  la  entrada 
de  las  capillas  absidales  (1).  Otros  aparecen  como  rudas, 
sumarias  y  tímidas  tentativas  para  imitar  los  antiguos 
capiteles  clásicos.  Son  los  que  coronan  las  columnas  de 
la  galería  que  rodea  el  ábside  principal,  tanto  en  el  inte- 
rior como  en  el  exterior  (2).  Siguen  en  antigüedad  á  los 
que  acabamos  de  citar  (año  1076  y  1077).  Otros,  talla- 
dos con  mayor  delicadeza  y  perfección,  tratan  de  repro- 
ducir las  formas  elegantes  de  aquellos  capiteles  bizanti- 
nos que  presentan  la  apariencia  de  canastillos  de 
juncos  ó  mimbres  con  flores  y  hojas  (3).  Hállanse  éstos 
principalmente  en  la  portada  de  las  Platerías  (año  1078). 
En  otros,  por  fin,  — y  son  los  de  las  naves  y  sus  corres- 
pondientes galerías —  el  escultor  demuestra  mayor  do- 
minio del  arte;  sabe  que  puede  imitar  perfectamente  el 
antiguo  capitel  corintio;  pero  se  enoja  de  repetir  siem- 
pre un  mismo  tema,  y  aspira  á  ensayar  hasta  qué 
punto  se  puede  dar  primor,  variedad  y  armonía  á  aquel 
miembro  soberano  de  la  Arquitectura,  sin  salir  del  for- 
zado perfil  clásico  (4). 


(1)  Véase  el  grabado  de  la  página  anterior. 

(2)  Algunos  de  estos  capiteles  fueron  tomados,  sin  duda,  de  la  obra 
antigua.  Y  en  efecto,  algunos  carecen  do  astrágalo. 

(3)  Cattaneo,  L'  Archítetíura  in  Italia;  Venecia,  1889,  pág.  208. 

(4)  Algunos  hay,  sin  embargo,  en  (jne  el  follaje  está  sólo  bos^^uejado. 
Tal  vez  se  pensaría  en  rematarlos  después  de  colocados  en  su  sitioi 

Tomo  ni.  -6. 


82 


LIBBO  SEGUNDO 


Vil 


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Canecillos. — Billetes 


Ás  de  quinientos  canecillos  — y  casi  to- 
dos variados —  sostenían  la  cornisa  ó  el 
alero  del  tejado  de  la  iglesia.  Todo 
cuanto  de  fantástico  y  de  grotesco  puede  inventar  la 
imaginación  más  fecunda,  se  halla  esculpido  en  estos 
modillones.  No  arredraban  á  los  escultores  las  formas 
más  extrañas  y  bizarras,  ni  las  posturas  más  inverosí- 
miles; pues  su  cincel  sabía  imprimir  tal  naturalidad,  tal 
brío,  tal  espontaneidad  á  aquellas  estrambóticas  figuras, 
que  su  interminable  serie  se  diría  una  In.rga  comparsa 
de  duendes  ejercitándose  en  difíciles  juegos  de  gim- 
nasia (1). 

Acerca  de  los  canecillos,  debemos  hacer  la  misma 
advertencia  que  acerca  de  los  capiteles;  á  saber,  que  en- 
tre ellos  también  se  nota  diferencia  de  estilo  y  de  tiem- 
po. Como  era  de  suponer,  los  más  antiguos  son  los  que 
sostienen  el  alero  de  los  ábsides;  los  más  modernos,  sos- 
tienen el  alero  del  cuerpo  de  la  iglesia.  Estos  son  los 
más  complicados  y  en  los  que  el  escultor  extremó  sa  1  la- 
bilidad é  inventiva.  Los  primeros  son  más  sencillos,  y 
en  su  mayoría  consisten  en  una  larga  y  estrecha  hoja  de 
acanto,  apenas  bosquejada,  pero  muy  saliente  y  plegada 
sobre  sí  misma  en  su  extremo  para  figurar  una  voluta. 
Algunos  hay  entre  éstos  como  los  de  AuvGinia. 


1 )     Véase  el  fotograbado  de  la  página  siguiente. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  83 


Entre  todos  los  canecillos,  debemos  llamar  la  aten- 


Ful  ,»]><' fin  de  J.  Lii.in. 


Fut'ii/r  ii  d   lie  ¡,!¡i  vtn. 


Si'iio  lie  canecillos  t-n  d  ludo  Norte  de  la  liasilica. 

ción  sobre  los  que  sostenían  la  imposta  ó  cornisa,  que  á 


84 


LIBRO    SEGUNDO 


iBcanera  del  entablamento  clásico,  dividía  en  dos  cuer- 


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pos,  en  el  sentido  de  la  altura,  las  fachadas  de  la  iglesia. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA  85 

Aquí,  entre  canecillo  y  canecillo,  había  tallado  sobre  el 
muro  un  gran  florón,  que  recordaba  las  metopas  dóricas, 
viniendo  de  este  modo  los  canecillos  á  representar  los 
triglifos.  En  la  cara  inferior  de  la  cornisa,  y  en  corres- 
pondencia con  los  del  muro,  estaban  también  esculpidos 
otros  hermosos  florones  del  mejor  gusto  y  ejecución.  To- 
dos estos  florones  son  variados  y  de  relieve,  no  tallados 
en  hueco  como  los  de  Nuestra  Señora  del  Puerto,  en 
Clermont,  que  cita  VioUet-le-Duc  (1). 

Dase  el  nombre  de  billetes  á  ciertas  molduras  talladas 
en  las  impostas  y  en  las  archivoltas  de  las  puertas  y 
ventanas,  que  consisten  en  una  serie  de  pequeños  cilin- 
dros equidistantemente  espaciados.  Es  una  de  las  mol- 
duras más  í renuentemente  empleadas  durante  los  si- 
glos XI  y  XII.  Eq  Auvernia  y  aún  en  San  Saturnino  de 
Tolosa,  suelen  ser  tres  las  series  de  billetes,  combinadas 
de  modo  que  los  cilindros  de  una  correspondan  con  los 
espacios  de  otra.  Eq  la  Catedral  de  Santiago  también 
se  emplearon  los  billetes:  pero  casi  siempre  formando 
una  sola  serie  (2).  Los  billetes  tallados  en  la  imposta  ó 
faja  que  rodea  los  muros  de  la  iglesia  por  la  parte  de 
adentro,  son  de  una  forma  espeoial;  son  como  cilindros 
huecos  cortados  e:i  el  sentido  de  la  altura  hasta  el  tercio, 
que  alternan  rigurosamente,  presentando,  el  uno,  la 
parte  convexa,  y  el  otro,  la  parte  cóncava. 


(1)  Dictlon.  de  Archit.,  tom.  IV,  pág.  322. 

(2)  Exteriormente,  en  la  parte  alta,  S3  ven  algunas  archivoltas  con 
tres  series  de  billetes. 

En  las  impostas  de  los  capiteles,  apenas  se  encuentran.  Debe  citarse 
como  nota  especialísimamente  característica  de  la  Arquitectura  compostela- 
na,  la  poca  altura  de  las  impostas  con  relación  á  la  que  tenían  las  que  sq 
usaban  en  casi  todos  los  demás  países. 


RG 


LIBRO  SEGUNDO 


VIII 

Galería 


siMiSMO  cuéntase  como  una  de  las  co- 
a^  sas  especiales  que  enaltecen  á  nuestra 
Basílica,  la  espaciosa  galería  que  la 
recorre  en  toda  su  extensión,  desde  el  pórtico 
occidental  hasta  el  extremo  del  ábside  (1).  De 
esta  galería  decía  Aymerico  — ó  quien  quiera  que  sea 
el  autor  del  libro  V  del  Códice  de  Calixto  II —  que  todo 
el  que  á  ella  subiere,  aunque  estuviera  triste,  con  sólo 
contemplar  desde  allí  la  belleza  del  Templo  se  pondría 
alegre  (2). 

Por  este  tiempo,  es  decir,  á  fines  del  siglo  XI,  las  ga- 
lerías, aiin  en  las  iglesias  más  principales,  incluso  la  de 
San  Saturnino  de  Tolgsa,  quedaban  cortadas  en  el 
transepto;  en  nuestra  Basílica,  la  galería  conservando 
siempre  el  mismo  ancho,  sigue  después  del  transepto  y 
rodea  por  completo  el  presbiterio.  Está  cubierta  por  una 


(1)  Advierte  VioUet-le-Diic  (Didionnalre  raissom  é  d^  Architedure, 
tora.  lI,pAg.  288),  que  las  galerías  superiores  del  mismo  ancho  que  las  na- 
ves sobre  que  descansan,  son  raras  en  Francia  dnrants  el  primer  período 
del  estilo  ojival.  — Merece  consignarse  que  en  donde  por  primera  vez  apa- 
rece la  voz  galería,  es  en  ol  Concilio  Compostelano  del  año  lOGO,  según  el 
ejemplar  del  Escorial. 

(2)  Qui  enim  sursum  per  naves  palatii  uadit,  si  tristis  ascendit,  uisa 
obtima  pulcritudine  eiusdem  tcmpli,  letus  et  gauisus  efficitur.  (De  ecde^ 
§iae  mensura). 


LOS   TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA 


87 


bóveda  de  cuarto  de  círculo;  y  de  treclio  en  trecho  apa- 
rece sostenida  en  correspondencia  con  los  arcos  cinchos 
de  la  nave  mayor,  por  arcos  de  medio  punto  abiertos  en 
los  muros  que  sirven  de  contrafaertes.  Es  de  advertir, 
que  la  bóveda  arranca  de  sobre  las  ventanas,  ó  sea  á 
unos  cinco  metros  sobre  el  pavimento  de  la  galería. 

Hállase  (ó  más  bien  hallábase)  (1)  iluminada  la  ga- 
lería por  numerosas  ventanas  abiertas,  una  en  cada  en- 
trepaño de  la  pared.  Las  ventanas  son  altas  y  anchas 
(3°^20x  1^  de  luz). 

En  la  parte  de  galería  que  rodea  el  ábside  principal, 
la  bóveda  arranca  desde  el  nivel  del  suelo,  y  con  su  otro 
extremo  se  enlaza  con  la  bóveda  mayor  para  contrarres- 
tar su  empuje.  Aquí  la  bóveda  toda  es  seguida,  y  no  es- 
tá dividida  en  entrepaños  como  en  las  naves;  sólo  al 
empezar  á  rodear  de  uno  y  otro  lado  el  ábside,  se  vé  re- 
forzada por  dos  arcos  de  cuarto  de  círculo,  que  al  tocar 
en  la  bóveda  central  descansan,  los  dos  primeros  sobre 
columnas  y  los  otros  dos  sobre  pilastras  (2). 

Desde  la  galería  se  dá  vista  á  las  naves  por  medio 
de  arcos  ajimezados  sostenidos  por  columnas  empotra- 
das en  las  pilastras  y  en  el  punto  de  conjunción  de  los 
dos  arcos  por  columnas  pareadas.  Las  columnas  descan- 
san sobre  un  poyo  ó  basamento  de  unos  40  centímetros 
de  alto,  que  servía  como  de  valla  para  contener  á  los 
curiosos  que  quisiesen  acercarse  demasiado  á  la  orilla. 

En  las  pilastras  qué  sostienen  los  arcos  de  la  galería 
que  rodea  la  parte  semicircular  del  ábside,  las  columnas 
que  en  otras  pilastras  aparecen  empotradas,  están  como 


(1)  Casi  todas  han  sido  cegadas  por  las  obras  que  sucesivamente  se  fue- 
agregando. 

(2)  Véanse  los  fotograbados  de  las  páginas  88  y  89, 


88 


LIBEO  SEGUNDO 


Fotoym/ia  de  J.  Limta.  Fotograbado  de  Laporta. 

Lft  GaleriR,  en  la  parte  que  íodea  el  ábside  principal, 


LOS  TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  CÓMÍOSTELANA 


89 


Fotografía  de  J.  Liiuia.  Fotograbado  de  Laporta, 

La  Galería,  en  la  parte  que  rodea  el  ábside  principal. 


90 


LIBRO  SEGUNDO 


desprendidas  y  forman  grupos  de  cinco  ó  más  colmnnas. 
En  esta  parte  de  la  galería,  en  época  muy  posterior,  qui- 
zás en  el  siglo  XVII,  en  los  intercolumnios  se  picó  el  po- 
yo de  que  acabamos  de  hacer  mención,  y  en  su  lugar  se 
puso  una  balconada. 


IX 


Contrafuertes 


GR  demás  ingenioso  y  original  es  el  sis- 
tema de  contrafuertes  que  rodeaban  á 
nuestra  Basílica.  El  contrafuerte,  como  es  sa- 
bido, es  una  pilastra  que  se  enlaza  con  un 
muro  para  darle  más  firmeza  y  estabilidad,  y  al  mismo 
tiempo  acusa  la  presencia  de  otro  miembro  interior  con 
el  cual  la  pilastra  está  en  combinación.  Constan,  por  lo 
común,  de  varios  relejes,  tanto  en  el  sentido  de  la  altura, 
como  en  el  del  espesor,  para  que  su  asiento  sea  más  firme. 
Los  contrafuertes  de  la  Basílica  compostelana  (1),  care- 
cen de  relejes,  y  suben  con  el  mismo  resalto  y  el  mismo 
espesor,  desde  el  fondo  hasta  la  cornisa;  pero  no  por  eso 
dejan  de  ser  más  sólidos  y  macizos,   porque  todos   están 


(1)     Esto   que  vamos  á  decir  aquí  de  los  contrafuertes,    se  refiere  á  los 
del  cuerpo  de  la  Basílica;  los  de  los  ábsides  tienen  otra  disposición. 


LOS    TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE   LA  I.    COMPOSTE  LATÍA  91 

unidos  entre  sí  por  medio  de  arcos  que  sobre  ellos  des- 
cargan su  peso,  y  con  esto  los  hacen  más  rígidos  (1).  De 
este  modo,  todos  los  contrafuertes  de  cada  lienzo  de  pa- 
red se  resuelven  en  uno  sólo,  ó  más  bien  en  una  pétrea 
armadura  que  por  todas  partes  ciñe  y  sostiene  la  iglesia. 
Para  llenar  mejor  este  objeto,  en  los  ángulos,  así  salien- 
tes como  entrantes  del  edificio,  que  eran  los  puntos  dé- 
biles en  este  sistema  de  contrafuertes,  se  construyeron 
torres  de  planta  cuadrada,  que  además  de  dar  realce  y 
esbeltez  al  monumento,  servían  de  puntos  de  apoyo  en 
que  se  amarraba  y  afirmaba  la  gran  cadena  de  los  con- 
trafuertes. 

Cuenta  Viollet-le-Duc  (2),  entre  una  de  las  mas  im- 
portantes innovaciones  que  á  mediados  del  siglo  XII 
introdujeron  los  maestros  de  obras  de  la  Escuela  laica,  el 
nuevo  sistema  de  construcción,  por  el  cual  los  contra- 
fuertes vinieron  á  ser  los  miembros  principales  de  todo 
edificio  abovedado.  Según  esto,  los  entrepaños  de  pared 
que  quedaban  entre  los  contrafuertes,  podían  dejarse  al 
aire,  sin  que  padeciese  la  solidez   del  monumento  (3). 


(1)  En  muy  raras  iglesias  S3  ve  este  sistema  de  contrafuertes,  pues 
todos  están  separados  unos  de  otros,  formando  cada  uno  un  miembro  inde- 
pendiente. Los  contrafuertes  de  Nuestra  Señora  la  Grande  de  Portiers  y  los 
de  la  iglesia  parroquial  de  Calles  en  Bélgica  (Rsusens,  Eléments  d'  Archéol- 
chrét.,  tom.  I,  pág.  348),  tienen  una  disposición  análoga  á  la  de  los  de  San- 
tiago. Lo  mismo  se  observa  en  algunas  Catedrales  del  N.  de  Italia,  p.  ej.,  la 
de  Módena;  pero  aquí  esta  disposición  de  los  contrafuertes  es  principalmente 
ornamental,  no  orgánica  como  en  Santiago.  También  se  nota  la  misma  dis- 
posición en  algunos  monumentos  de  Rávena,  como  en  el  mausoleo  de  Gala 
Placidia  (siglo  V),  }-  en  la  iglesia  de  San  Apolinar  in  classe  (siglo  VI). 

(2)  Didion.  d'  Architecture,  tom.  IV,  pág.  288. 

(3)  Y  en  efecto,  vemos  que  muchos  de  estos  entrepaños  fueron  impune- 
mente abiertos  para  dar  paso  á  varias  capillas  como  la  del  Espíritu  Santo,  U 
de  Ifi  Comunión,  la  de  Carrillo,  etc. 


92 


LIBRO  SEGUNDO 


Mas  tal  principio  de  construcción  se  ve  sabiamente  prac- 


fotuyrnfia  de  J  Limin.  Fotjyrub.do  de  Laporta. 

Algunos  de  los  antiguos  contrafuertes  que  nos  (lueUan  en  el  lado  Norte  de  la  Basílica. 

ticado  en  nuestra  Basílica  mucho  antes  que  los  maestros 


LOS  TBES   PEIMEROS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA  93 

laicos  de  Francia  comenzasen  á  hacer  ensayos  para  es- 
tablecer definitivamente  esta  novedad  (1). 

El  ábside  principal  no  tiene  más  contrafuertes  que 
las  cinco  capillas  absidales,  cuya  bóveda  de  cascarón 
hace  hincapié  contra  la  de  la  corona  ó  deambulatorio. 

Las  capillas  absidales  aparecen  exteriormente  divi- 
didas por  cuatro  contrafuertes  en  tres  compartimientos. 
Los  dos  contrafuertes  de  los  ángulos,  son  pilastras  de 
planta  cuadrilonga;  los  otros  dos  son  columnas  empotra- 
das hasta  el  tercio.  Unos  y  otros  suben,  sin  interrupción 
alguna,  hasta  el  alero  del  tejado  (2).  La  disposición  de 
estos  contrafuertes  difiere,  como  se  ve,  tanto  de  la  de  los 
de  Auvernia,  como  de  la  de  los  de  San  Saturnino  de  To- 
losa  y  de  Conques.  En  estas  dos  iglesias  los  contrafuertes, 
incluso  los  de  los  ángulos,  en  el  sentido  de  la  altura,  es- 
tán divididos  en  tres  secciones;  la  inferior  es  en  forma 
de  pilastra;  la  del  medio  hasta  la  imposta  en  forma  de 
columna  empotrada;  y  la  superior  en  forma  de  columni- 
11a  aislada  que  sube  hasta  el  alero.  En  Auvernia  estos 
contrafuertes  constan  sólo  de  dos  partes;  la  columna 
empotrada,  dividida  en  dos  por  la  imposta. 


(1)  Dosgraciadaraente,  de  los  primitivos  contrafuertes  sólo  hay  visibles 
varios  de  los  del  hastial  del  N.,  que  mira  al  Palacio  Arzobispal.  (Véase  el 
fotograbado  de  la  pág.  92). 

Debemos  advertir,  sin  embargo,  que  los  arcos  que  unen  los  contrafuer- 
tes, debieron  ser  echados  terminada  la  obra,  ó  al  estar  á  punto  de  ser  ter- 
minada. Decimos  esto,  porque  dichos  arcos  no  están  trabados  con  el  muro, 
como  lo  está  el  resto  de  los  contrafuertes. 

(2)  Sin  embargo,  no  hay  completa  uniformidad  entre  estos  contrafuer- 
tes compostelanos.  Algunos  (quizás  con  el  tiempo  fueron  modificados.  Los 
del  ábside  central  son  semejantes  á  los  del  cuerpo  de  la  Basílica. 


9-4 


LIBRO  SEGUNDO 


X 


Torees 


FORTUNA  era  la  costumbre  de  rodear  y  es- 
coltar las  iglesias  con  torres  que  indicasen 
la  eminencia  ó  importancia  de  aquel  lugar. 
Estuvo  muy  en  boga  desde  ñnes  del  siglo  XI,  especial- 
mente en  las  regiones  centrales  de  Europa,  y  partícula  i*- 
mente  en  Normandía  (1).  La  Basílica  compostelana  en 
antigüedad  y  en  número  de  torres,  puede  competir  con 
las  más  renombradas  de  todo  el  Occidente.  Nueve  con- 
taba, según  la  descripción  del  Códice  de  Calixto  II;  dos  á 
los  extremos  de  cada  una  de  las  tres  portadas;  una,  la 
torre  linterna,  en  el  centro  del  crucero,  sustituida  hoy  por 
la  cúpula;  y  dos  en  los  ángulos  que  forman  los  muros  del 
crucero  con  los  del  cuerpo  de  la  iglesia  (2). 

Tan  costosas  construcciones,  que  pocas   veces  llega- 


(1)  En  Italia  de  ordinario  las  Catedrales  sólo  tienen  una  torre,  que  for- 
ma un  cuerpo  separado  é  independiente  de  la  iglesia. 

(2)  De  estas  dos  torres  aún  se  conservan  vestigios  en  los  lugares  mar- 
cados en  el  texto.  Eran  las  que  según  Aymerico,  se  levantaban  super  sin- 
(julas  vites,  que  probablemente  venían  á  ser  las  escaleras  de  caracol  por 
donde  se  descendía  á  la  Cripta  ó  Catedral  vieja. 


LOS  TEES  PBIMEHOS   SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA 


95 


ban  á  feliz  término,  se  consideraban  como  complemento 
necesario  de  las  grandes  basílicas.  En  esto  puede  decirse 
que  ninguna  precedió  á  la  nuestra;  porque  las  de  Char- 
tres  y  de  Reims,  en  cuyo  plan  entraban  las  nueve  torres, 
son  muy  posteriores  á  la  compostelana  (1). 

La  gran  torre,  que  estaba  sobre  el  centro  del  cruce- 
ro, debía  ser  octogonal  sostenida  por  los  cuatro  arcos  to- 
rales y  cuatro  trompas  insertas  entre  los  cuatro  arcos; 
mas  no  nos  atrevemos  á  afirmar  que  las  trompas  que  sos- 
tienen hoy  el  cimborio  sean  las  antiguas  que  sostenían 
la  torre. 


(l)  De  estas  nueve  torres  sólo  se  conserva  hoy  el  primer  cuerpo  y 
quizás  el  segundo  de  las  dos  de  la  fachada  occidantal.  Por  él  podemos  formar 
juicio  de  suplanta  (que  era  cuadrada),  de  su  estructura,  de  sus  admirables 
proporciones.  Da  alto  á  bajo  S3  hallaban  reforzadas  por  bandas  lombardas,  ó 
sean  miembros  salientes-  que  en  la  parte  sup3rior  se  enlazaban  por  medio  de 
arcos.  Se  adelantaban  sobre  la  fachada  como  gigantas 23s  centinelas  que 
custodiaban  el  templo . 

En  una  de  estas  torres,  probablemente  en  la  de  la  derecha,  se  hallaban 
las  campanas,  las  cuales  en  el  gran  incendio  dol  auo  1117  quaiaron  del 
todo  fundidas.  La  Compostelana  (lib.  I,  cap.  CXIV^,  pág.  23-3),  dice  que 
tenían  1500  libras  de  bronce;  pero  no  sabamos  si  esto  ha  de  entenderse  de 
todas,  ó  de  cada  una  de  ellas;  si  bien  lo  primero  parece  lo  más  probable. 
Observa  Mr.  Donnet  fLes  cloclies  d*  Anvers  \  que  en  el  siglo  XT,  una  cam- 
pana de  2^)00  libras,  pasaba  como  extraordinaria.  Probablemente  las  libras 
á  que  se  refiere  Mr.  Donnet, eran  menores  que  las  que  cita  la  Comiwstelana. 
Antes  del  siglo  XIII,  las  campanas  eran  de  muy  reducidas  dimensiones. 

La  otra  debe  ser  la  que  la  Compostelana  (loe.  cit.,  pág   230),  llama  torre 
del  palacio  episcopal:  turrim  ¡¡alatli  Eptscopi. 


96 


LIBEO   SEGUNDO 


XI 


La  portada  del  Mediodía  ó  de  las  Platerías. 


o  negaremos  que  á  principios  del  siglo  XII 
hubiese  en  Francia  magníficas  y  hermosas 
portadas,  cubiertas  de  geniales  y  simbólicas  escul- 
turas, que  embelesasen  á  los  fieles  que  se  dispo- 
nían á  penetrar  en  el  templo  (1);  mas  á  juzgar  por 
el  entusiasmo  y  aún  admiración  con  que  el  Autor 
francés  del  libro  V  del  Códice  de  Calixto  II  (el  cual  sobre 
ser  entendido  en  Arquitectura,  debía  conocer  las  princi- 
pales iglesias  de  su  patria),  habla  de  las  portadas  del 
Templo  compostelano,  claramente  se  infiere  la  sorpresa 
que  sin  duda  produjo  en  su  ánimo  la  magnificencia,  la 
composición  y  la  rara  belleza  de  aquellos  monumentos. 
Describámoslos,  pues,  para  participar  en  algún  modo  de 
la  admiración,   que  tan  desde  antiguo  causaban;  y  co- 


(1)  En  Italia  aún  por  entonces  se  continuaba  exornando  los  muros  de 
las  iglesias  con  mosaicos,  pinturas,  relieves  de  estuco  ó  incrustaciones  de 
mármoles.  En  Alemania,  aunque  ya  en  aquella  época  la  orfebrería  y  bron- 
cería habían  llegado  á  envidiable  altura,  de  escultura  propiamente  monu- 
mental, las  primeras  obras  notables  que  cita  Lubke  (Essai  cf  histoire  de  V 
Árt.,  tom.  I,  pág.  400),  son  las  de  Externstein,  cerca  de  Detmold  enWestfa- 
lia,  que  datan  de  principios  del  siglo  XII. 

En  el  Norte  de  Francia,  en  algunas  comarcas,  como  se  ve  por  el  Liher 
miraculorum  Sanctae  Fidis,  cap.  XIII,  á  principios  del  siglo  XI  la  estatua- 
ria ex'a  considerada  poco  menos  que  idolátrica. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA   I.  COMPOSTELANA 


97 


meneemos  por  la  portada  del  Mediodía,  que  es  la  única 
que  se  conserva;  y  con  esto  también  veremos  como  exac- 
tísimamente  coincide  con  el  original  la  descripción  atri- 
buida al  Canciller  de  Calixto  II,  Aymerico. 

Hay  una  cosa  que  desde  luego  salta  á  la  vista,  y  que 
encarece  sobre  toda  ponderación  la  habilidad  y  pericia 
de  los  obreros  compostelanos;  y  es  la  clase  de  material 
empleado  para  la  obra.  En  los  países  en  donde  abunda 
el  granito,  como  observa  Mr.  Brutails  (1),  la  ornamen- 
tación suele  ser  ruda  y  tosca,  aún  en  monumentos  relati- 
vamente modernos.  Compostela  se  halla  en  una  región 
en  donde  abunda  el  granito;  y  sin  embargo,  las  obras 
de  escultura  llevadas  á  cabo  en  la  Catedral  á  fines  del 
siglo  XI,  exceden  en  perfección  á  las  de  otros  muy  no- 
tables monumentos  elevados  después. 

Esta  portada  — como  hacían  las  otras  dos —  ofrece 
dos  puertas  separadas  por  un  machón,  que  corresponde 
al  que  por  la  parte  interior  sostiene  por  aquel  sitio  la 
galería.  Sus  respectivas  jambas  se  van  ensanchando 
majestuosamente  de  dentro  á  fuera;  y  en  los  tres  codi- 
llos, que  forman  de  cada  lado,  cobijan  esbeltas  columnas 
coronadas  por  primorosos  capiteles.  En  la  distribución 
de  las  columnas,  se  nota  cierto  estudio  y  aún  afectación; 
las  más  exteriores  y  visibles,  son  de  mármol  y  están  pro- 
fusamente talladas;  las  segundas,  son  de  granito,  pero 
adornadas  de  anchas  estrías  en  espiral  y  con  florones  y 
gruesas  perlas  en  las  fajas  cóncavas;  los  fustes  de  las 
terceras,  enteramente  lisos.  Todas  las  impostas  de  los 
capiteles,  ostentan  esculpidas  hermosísimas  palmetas. 


(1)     V  Archéologie  du  Moycn  Age]  París,  1900;  pág.  211. 
Tomo  III.— 7. 


98 


LIBBO  SEGUNDO 


Tres  grandes  bocelones  lisos,  separados  por  medias  ca- 


Ftl'iij rafia  de  ./.  Li.ída.  Fotoy rabudo  de  Lajior  ia. 

Esta  lo  actual  da  la  fachala  meridional  ó  de  las  Platerías. 

ñas  y  poquüuos  bocoles  también  lisos,  continúan  on  se- 


LOS  TBES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAIÍÁ 


03 


03 

a 

es 
08 


Pí 


100  LIBRO  SEGUNDO 


micirculo  las  líneas  que  trazan  las  columnas  para  deco- 
rar cada  una  de  las  dos  puertas  (1).  Estas  tres  archivol- 
tas  forman  el  marco  que  rodea  el  tímpano  ó  dintel  de 
cada  puerta;  y  un  caveto,  graciosamente  tallado,  marca 
el  punto  de  conjunción  del  tímpano  con  la  última  archi- 
volta.  En  vez  de  tornalluvias,  ó  archivo Ita  adicional, 
hay  un  chaflán  adornado  de  un  junquillo  entre  cuatro 
filetes,  que  naciendo  del  zócalo  sobre  que  descansan  las 
columnas,  recorre  y  constituye  como  el  perfil  exterior 
de  las  dos  portadas. 

Mas  antes  de  entrar  en  la  enumeración  de  los  relie- 
ves esculpidos  en  el  tímpano,  nos  detendremos  algún 
tanto  en  la  descripción  de  las  tres  columnas  de  mármol, 
de  las  cuales  decía  Street  (2),  que  estaban  talladas  con 
extremado  primor  y  con  la  delicadeza  propia  de  la  me- 
jor época  del  estilo  románico.  La  columna  del  centro, 
que  es  de  mayor  diámetro  que  las  otras  dos,  está  dividi- 
da en  sentido  horizontal,  en  cinco  zonas.  En  las  tres  zo- 
nas inferiores  están  representados,  á  nuestro  juicio,  los 
doce  Profetas  menores.  Todos  están  en  pie,  visten  túni- 
ca (paenulaj  ó  capa  cerrada  (3),  y  sostienen  en  la  diestra, 
envuelta  en  los  pliegues  de  la  capa,  un  libro.  A  cada 
uno,  lo  cobija  una  hornacina  formada  de  una  concha 


(1)  Estas  molduras  tóricas  en  las  puertas  y  ventanas,  en  otros  países 
apenas  se  usaron  hasta  el  siglo  XII.  Lo  mismo  decimos  de  las  grapas  en  las 
bases  de  las  columnas,  si  bien  éstas  ya  se  encuentran  en  las  columnas  del 
palacio  que  labró  Diocleciano  en  Spalatro  á  fines  del  siglo  III. 

(2)  Some  account  of  gothic  Archiíeciure  in  Spaiv;  2."  ed.,  Londres  1869; 
pág.  150. 

(3)  La  abertura  para  meter  la  cabeza  tiene  una  vuelta,  que  alternati- 
vamente, en  unos  os  lisa,  en  otros  cortada  en  ondas  formando  picos. 


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LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA         101 


Fotogrofia  de  J.  Limia.  Fotograb  ido  de  LaportQt 

Pilar  central  do  la  portada  de  las  Plaierias, 


102  LIBRO  SEGUNDO 


con  su  arco,  sostenida  por  dos  columnas  en  espiral.  La 
composición  de  estas  hornacinas  está,  sin  duda,  tomada 
de  los  dípticos  consulares  que  se  usaban  en  los  siglos  IV 
y  V  (1),  ó  de  los  nichos  de  algunos  antiguos  sarcófagos, 
como  el  célebre  de  Junio  Basso.  En  la  zona  cuarta, 
se  ven  sentados  cuatro  personajes  alados,  que  también 
sostienen  cada  uno  su  libro,  y  están  vestidos  como  los 
de  las  zonas  inferiores.  En  la  zona  superior,  está  escul- 
pido dos  veces  este  asunto:  dos  palomas  bebiendo  en  un 
cáliz.  Entre  estos  dos  grupos,  se  ve  un  personaje  de  ros- 
tro imberbe  y  nimbado,  que  en  cada  mano  sostiene  una 
pahua. 

Las  otras  dos  columnas  están  divididas  en  cuatro  zo- 
nas. En  las  tres  inferiores  están  seis  Apóstoles,  dos  en 
cada  zona,  y  en  hornacinas  semejantes  á  las  de  la  colum- 
na central.  Unos  están  vestidos  de  túnica  y  manto:  otros 
de  túnica  y  paenida;  otros  de  alba  y  rica  casulla;  y  todos 
llevan  libro,  á  excepción  de  San  Pedro,  que  ostenta  las 
llaves.  En  la  zona  superior  aparecen  esculpidos  dos  án- 
geles, que  señalan  con  el  índice  á  los  Apóstoles  (2). 


(1)  Pueden  verse  algunos  de  los  publicados  por  Gori  en  el  Thesaurus 
diptycorum,  ó  por  Labarte  en  la  Histoire  des  arts  industriéis.  Composiciones 
semejantes,  trazadas  en  mosaico,  también  se  ven  en  el  coro  de  San  Apolinar 
in  classe  de  Rávena. 

(2)  De  estas  columnas,  con  tanto  esmero  y  perfección  labradas  por  cier- 
tos indicios,  habría  que  decir  que,  sino  fueron  esculpidas  por  un  artista  grie- 
go, debieron  serlo  por  un  maestro  que  conocía  perfectamente  todos  los  recur- 
sos del  arte  oriental.  Ya  hemos  notado  la  semejanza  que  presentan  las  hor- 
nacinas con  los  dípticos  consulares  del  siglo  IV,  V  ó  VI.  Añádase  á  esto  que 
los  galones  de  las  casullas  de  los  Apóstoles,  están  adornados  de  flores  radia- 
das ó  margaritas,  como  las  que  se  usan  en  el  díptico  del  Cónsul  Anastasio, 
de  principios  del  siglo  VI;  y  que  en  las  archivoltas  de  las  hornacinas  de  los 
Apóstoles  están  esculpidas  como  franjas  de  perlas,  las  cuales,  como  afirma 


LOS   TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA   I.    COMPOSTE  LAXA 


103 


En  lo  alto  de  las  jambas  (liminaribus) ^  había  incrusta- 
das, según  Aymerico,  cuatro  imágenes  de  Apóstoles  en 
actitud  bendecir  y  con  un  libro  en  la  siniestra.  El  autor 
del  libro  V  del  Códice  de  Calixto  II  nombra  á  los  cuatro 
Apóstoles  que  había  en  las  puertas  del  Norte;  á  saber: 
San  Pedro,  San  Pablo,  San  Juan  y  Santiago.  De  las 
puertas  del  Mediodía  dice  que  también  había  en  ellas 
cuatro  Apóstoles;  pero  sin  nombrarlos.  En  la  puerta  de 
la  izquierda  (1)  vemos,  en  efecto,  en  la  jaixiba  izquierda 
á  San  Andrés  que  sostiene  un  libro  cerrado,  al  cual  se- 
ñala con  el  índice  de  la  mano  derecha.  A  sus  pies  se  ve, 
entre  dos  jabalinas  grabadas  en  hueco,  una  figura  puesta 
de  cuclillas  que  tiene  derecha  entre  las  piernas  una  es- 
pada. Frente  á  San  Andrés,  está  otro  personaje,  que  de- 
be ser  Moisés,  á  juzgar  por  las  dos  tablas  que  sostiene 
entre  las  manos.  La  figura  que  estaba  á  los  pies  ha  des- 
aparecido. En  la  jamba  izquierda  de  la  puerta  de  la  de- 
recha está  incrustado  un  Apóstol  vestido  de  casulla  y  al- 
ba con  un  libro  que  sostiene  entre  ambas  manos.  Sírvele 
de  pedestal  un  zorro  que  está  devorando  una  liebre  ó 
conejo.  En  frente  vese  representada  una  matrona  poco 
recatadamente  vestida.  Está  sentada,  y  en  su  regazo 
tiene  un  cachorro  de  león.  A  sus  pies  está  sentado  un  ex- 


Labarte  (Hist.  des  arts  industriéis,  2.*  ed.;  tom.  I,  pág.  2G8),  son  muy  carac- 
terísticas del  Arte  bizantino,  Pero  por  otra  parte  se  siente  como  palpitar  en 
toda  la  obra  el  genio  occidental.  Así  lo  atestiguan  las  formas  enteramente 
latinas  de  las  inscripciones;  la  omisión  de  ciertos  rasgos  característicos  del 
arte  oriental,  como  la  manera  de  la  bendición;  la  introducción  de  ciertos 
asuntos,  como  anécdotas,  extraños  por  completo  á  las  prácticas  de  los  ima- 
gineros bizantinos;  la  naturalidad  y  espontaneidad  de  ciertas  actitudes  que 
repugnan  al  formalismo  y  convencionalismo  de  los  griegos,  etc.... 
(1)    Nos  referiremos  siempre  á  la  del  espectador. 


104  LIBRO   SEGUNDO 


traño  personaje,  que  tiene  un  gallo  entre  las  piernas.  El 
gallo  está  admirablemente  esculpido. 

Todas  estas  imágenes  están  labradas  de  medio  relie- 
ve en  mármol  blanco,  y  liállanse  incrustadas  en  el  muro. 
Aunque  adolecen  de  algunos  de  los  defectos  de  la  época, 
como  rigidez  de  los  miembros,  inverosimilitud  de  ciertas 
actitudes,  amaneramiento  en  los  pliegues,  son  sin  disputa 
de  lo  mejor  que  se  esculpió  en  el  último  tercio  del  si- 
glo XI.  En  las  túnicas  de  algunas  estatuas  nótanse  cier- 
tos cordones  salientes  que  recuerdan  los  davi  ó  franjas 
longitudinales  que  adornaban  las  ropas  de  los  Romanos. 

Los  tímpanos  ó  dinteles  tienen  una  disposición  espe- 
cial, que  puede  decirse  propia  del  arte  galaico.  En  otras 
escuelas  el  tímpano  se  compone  de  dos  partes;  el  dintel 
que  es  el  largo  sillar  que  descansa  sobre  las  ménsulas  y 
jambas  de  la  puerta,  y  el  tímpano  propiamente  dicho 
que  cierra  el  espacio  comprendido  entre  el  dintel  y  las 
archivoltas.  Los  escultores  extranjeros  siempre  se  atuvie- 
ron, al  menos  en  los  monumentos  de  alguna  importancia, 
á  esta  división  del  tímpano,  y  distribuyeron  la  composi- 
ción, por  lo  menos,  en  dos  zonas,  una  para  el  dintel,  y 
otra  para  el  tímpano.  En  las  puertas  compostelanas, 
ni  del  lado  arquitectónico,  ni  del  escultural,  se  observa 
esta  distinción. 

Descansa  el  tímpano  de  cada  puerta  sobre  dos  cabe- 
zas de  monstruos  esculpidas  con  gran  brío  y  energía,  las 
cuales  con  el  arco  trilobulado  y  otras  molduras  que  las 
rodean,  desempeñan  el  papel  de  ménsulas.  En  el  tímpano 
de  la  izquierda  están  tallados  de  medio  relieve  en  varias 
piezas  de  mármol  aplicadas  sobre  el  gran  sillar  que  sirve 
á  la  vez  de  tímpano  y  dintel,  los  asuntos  siguientes.  Co- 
menzando por  la  izquierda  se  ve,   en  primer  lugar,   al 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  105 

Espíritu  Santo  guiando  al  Salvador  al  desierto  (1);  al 
Señor  tentado  por  dos  feos  demonios  para  que  convierta 
las  piedras  en  pan  y  uu  ángel  con  un  incensario;  luego 
otro  demonio  de  rodillas  mostrando  al  Señor  los  reinos 
del  mundo  (2);  más  arriba  un  tercer  demonio  poniendo 
al  Señor  sobre  el  pináculo  del  templo  (3);  varios  mons- 
truos como  retozando  bajo  un  arco  trilobulado;  por 
último,  una  anécdota  de  una  mujer  adúltera  que  está  sen- 
tada en  silla  de  tijera,  con  una  calavera  en  el  regazo  (4). 
Entre  estos  cuadros  y  la  linea  de  la  archivolta,  que- 
daron algunos  espacios  que  el  escultor  llenó  como  pudo, 
incrustando  varios  asuntos,  como  cabezas,  un  hombre 
montado  sobre  un  melenudo  cuadrúpedo,  etc.,  que  no  se 
alcanza  que  relación  puedan  tener  con  el  asunto  princi- 
pal. Quizás  algunos  de  ellos  pertenecieron  á  la  portada 
del  Norte,  y  fueron  allí  embutidos  al  tiempo  en  que  ésta 
se  deshizo  y  se  reedificó  de  nuevo,  como  consta  que  se 
hizo  con  otras  esculturas. 


(1)  Esta  representación  plástica  está  tomada  del  caf».  IV  del  Evange- 
lio de  San  Mateo,  que  comienza:  Tune  Jesús  ductus  est  in  desertuyn  a  Spiri- 
tu,  ut  ieiitaretur  a  diaholo.  Al  pie  de  la  imagen  del  Salvador,  aún  se  lee: 
DVCTVS....  DESERT.... 

(2)  Al  pie  las  palabras  de  San  Mateo  (IV,  8):  (In)  MONTEM  EX 
(celsum). 

(3)  Debajo  de  este  demonio  se  l^e  lo  de  San  Mateo  (IV,  5):  l(n)  S(an) 
QíajM  GlVlTA(teyn). 

(4)  Aymerico  explica  así  el  significado  de  este  cuadro.  Un  marido  sor- 
prendió á  su  mujer  en  adulterio;  cortó  la  cabeza  al  adúltero  y  se  la  entregó 
á  la  esposa  infiel  para  que  ésta  la  tuviesa  siempre  entre  sus  manos  y  la  be- 
sase dos  veces  al  día.  Esta  interpretación  ¿es  real  ó  puramente  fantástica? 
La  actitud  de  la  mujer  es  muy  parecida  á  la  de  la  que  tiene  el  cachorro  en 
su  regazo.  ¿Estará  figurada  también  aquí  alguna  otra  anécdota  sobre  el 
castigo  de  algún  otro  vicio  semejante? 


lOC)  LIBHO  SEGUNDO 


El  tímpano  de  la  derecha  está  mejor  conservado.  En 
él  se  ven  representados  los  asuntos  siguientes,  comenzan- 
do por  la  izquierda;  el  cojo  curado  por  Sin  Pe  1ro  ante 
la  puerta  Especiosa;  Pilatos  sentado  en  silla  de  respaldo, 
lavándose  las  manos:  el  Señor  azotado  y  atado  á  la  co- 
lumna; el  Señor  entre  tres  sayones,  de  los  cuales  uno  lo 
tiene  cogido  por  las  manos.  En  los  espacios  que  quedan 
hasta  la  archivolta,  se  ve  una  cabeza  humana;  otra  cabe- 
za de  ángel;  la  adoración  de  los  Reyes  magos;  más  arri- 
ba el  ángel  que  les  anunció  que  no  volviesen  junto  á 
Herodes;  la  Santísima  Virgen  sentada  con  el  Niño  Dios 
en  los  brazos;  otro  ángel  bajando  con  una  corona. 

Las  enjutas  ó  espacios  del  muro  que  quedan  entre  las 
archivoltas,  están  asimismo  exornados  de  esculturas.  So- 
bre las  impostas  y  en  el  arranque  de  las  archivoltas,  hay 
cuatro  feroces  leones  que  están  como  custodiando  las 
puertas.  Los  dos  del  medio  están  unidos  por  los  cuartos 
de  atrás.  Son  dignas  de  atención  estas  fieras  por  la  vida, 
la  fuerza,  la  energía  que  en  ellas  supo  imprimir  el  escul- 
tor. Más  arriba  y  casi  al  nivel  de  las  claves  de  las  archi- 
voltas, aparecen  cuatro  ángeles  convocando  al  son  de 
trompeta  á  la  nueva  ley  á  todas  las  naciones.  Todas 
estas  esculturas  son  de  granito  (1). 

En  la  enjuta  del  centro,  comenzando  por  abajo,  está 
representado  el  Chrismón  con  el  alfa  y  la  omega:  más  arri- 
ba, Agar,  la  esclava  de  Abraham,  oprimidos  sus  hombros 
con  el  peso  de  un  abultado  fardo.  Y  henos  aquí  ya  en  el 
asunto  más  interesante  de  esta  parte  del  monumento. 
Agar  era  la  esclava;  en  lugar  más  eminente  está  repre- 
sentado su  señor.  En  un  hermosísimo  relieve  de  mármol 


^1)     Véase  el  fotograbado  de  la  pág.  98. 


LOS   TRES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA        107 

blanco  se  destaca  la  figura  de  Abraham  saliendo  de  su 
sepulcro  y  contemplando  absorto  un  florido  tallo,  que  en 
el  lenguaje  simbólico  del  antiguo  Arte  cristiano  indica 
su  descendencia,  y  en  especial,  á  Aquel  de  sus  nietos,  en 
el  cual  habían  de  ser  bendecidas  todas  las  naciones.  Con 
esto  quiso  el  artista  aludir  al  conocido  pasaje  de  San 
Juan^  en  que  el  Salvador,  dirigiéndose  á  los  Judíos,  les 
dice:  «Abraham,  vuestro  padre,  deseó  con  ansia  ver  mi 
día;  lo  vio  y  se  regocijó»  (1).  A  ambos  lados  de  Abraham, 
para  que  no  quedase  lugar  á  duda,  se  grabó  en  sentido 
vertical  esta  inscripción:  svrgit  abraham  de  tvmvlo  (2). 
Al  pie,  horizontalmente,  se  lee:  tra  •  sfigv...o  ihesv  (3). 
Esta  inscripción  está  grabada  en  el  borde  del  mismo  se- 
pulcro. Más  abajo  aparecen  esculpidas  dos  aves  puestas 
de  frente,  cuyos  cuellos  y  cuyas  colas  se  retuercen  y  en- 
sortijan de  la  manera  más  caprichosa. 

Sobre  la  línea  que  forman  las  archivoltas  de  las  puer- 
tas sigue  una  serie  de  estatuas,  cuyo  centro  ocupa  la  del 
Salvador,  la  cual,  considerada  artísticamente,  también 
se  destaca  entre  todas  las  que  se  extienden  en  fila  á  sus 
dos  lados.  Está  en  pie  el  Señor,  y  su  actitud  y  su  semblan- 
te están  llenos  de  majestad.  Con  la  diestra  bendice  y  en 
la  izquierda  sostiene  un  libro,  símbolo  de  su  celestial 
doctrina.  Un  nimbo  crucifero  rodea  su  cabeza,  la  cual 
además  está  ceñida  de  una  corona,  que  quizás  en  otro 
tiempo  tuvo  chatones  como  lo  indican  los  alvéolos  que 
aún  hoy  se  conservan. 

A  la  diestra  del  Salvador,  entre   dos  cipreses  que 


(1)  Evang.  VIII,  56. 

(2)  cLevántase  Abraham  de  su  sepulcro 

(3)  €  Transfiguración  de  Jesús.» 


108  LIBRO  SEGUNDO 


simbolizan  el  monte  (1),  está  el  Apóstol  Santiago  con- 
templando la  gloria  de  su  Maestro.  Asi  lo  revela  su  ac- 
titud 3'  la  siguiente  inscripción  grabada  en  sentido  ver- 
tical á  los  lados:  Hic  IN  monte  ihesv  miratve.  glorifica- 
TV  (2).  En  el  nimbo  que  rodea  su  cabeza,  se  lee:  iacobvs 
ZEBEDEi;  y  en  el  libro  que  sostiene  en  sus  manos:  pax 
voBis.  Otra  inscripción  vertical  se  lee  entre  Santiago  y 
el  ciprés  de  la  derecha,  á  saber:  A'ÑFfonsusJ  rex.  Se  re- 
fiere al  Rey  Alfonso  VI,  en  cuyo  tiempo  se  levantó  esta 
portada. 

Después  de  Santiago,  siguen  su  hermano  San  Juan, 
algunos  otros  Apóstoles,  Moisés,  Aarón  y  otras  imáge- 
nes, que  por  su  mal  estado  de  conservación,  es  muy 
difícil  identificar.  Según  Aymerico,  á  la  izquierda  del 
Salvador  estaba  San  Pedro  y  luego  se  seguían  otras  esta- 
tuas de  Apóstoles  y  Santos  hasta  diez  ú  once,  que  eran 
las  que  había  de  cada  lado.  Entre  estatua  y  estatua  ha- 
bía antes  (las  del  lado  derecho  aún  se  conservan  casi 
todas)  tablas  de  mármol  blanco  con  tallos  de  vid  ó  esca- 
mas ó  imbricaciones.  Como  las  estatuas  y  las  tablas  de 
mármol  estaban  aplicadas  y  sujetas  al  muro  con  grapas 
de  hierro,  en  el  transcurso  del  tiempo,  muchas  se  fueron 
desprendiendo  de  sus  respectivos  lugares,  y  las  que  al 
caer  no  se  hicieron  pedazos,  pasaron  á  ocupar  otro  lugar 
muy  distinto  del  que  antes  tenían.  Asi  el  San  Pedro  que 
en  un  principio  era  el  primero  á  la  izquierda  del  Sal- 
vador, ahora  ocupa  el  noveno   lugar  á   la  dereoha    (8). 


(1)  Según  lo  del  Ecles.:  Sicut  cypressus  in  monte  Sion. 

(2)  «Aquí  en  el  monte  contempla  á  Jesús  glorificado.» 

(3)  Nos  queda,  no  obstante,  la  duda  de  si  este  San  Pedro  procedería 
de  otro  sitio;  pues  su  actitud  no  es  la  propia  para  estar  á  la  izquierda  del 
K^Jalvador.  (Véase  el  fotograbado  de  la  página  84). 


LOS  TBES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA    109 

Con  los  años  se  fueron  haciendo  otras  restauraciones  y 
restituciones,  las  cuales  casi  todas  pecaron  de  falta 
de  acierto. 

Aymerico  dice  que  esta  parte  de  la  fachada  se  halla- 
ba adornada  en  todas  direcciones,  además  de  las  esta- 
tuas, con  flores,  cuadrúpedos,  aves,  peces  y  otras  muchas 
obras  que  él  difícilmente  podía  enumerar.  Mas  no  todo 
lo  que  hoy  se  vé  incrustado  en  esta  fachada,  lo  estaba 
ya  en  tiempo  de  Aymerico.  Muchas  de  las  imágenes  allí 
embutidas  pertenecieron  indudablemente  á  la  antigua 
fachada  del  Norte;  tales  son  la  escena  en  que  se  vé  al 
Señor  lanzando  del  Paraíso  á  Adán  y  á  Eva,  el  signo  de 
Sagitario,  etc..  Lo  mismo  debe  decirse  de  varias  de  las 
esculturas  incrustadas  en  los  muros  laterales,  perpendi- 
culares á  la  fachada.  Baste  citar  la  creación  de  Adán  y 
la  formación  de  Eva,  que  debían  estar  en  la  parte  de  la 
fachada  del  Norte  que  representaba  el  Paraíso. 

Sobre  tan  espléndida  y  magnífica  alineación,  como 
sirviendo  de  dosel  se  extiende  la  imposta  con  canecillos 
y  florones  de  que  hemos  hablado  en  la  pág.  85.  De  aquí 
para  arriba  el  paramento  exterior  de  la  fachada  recibió 
en  diversas  épocas,  y  especialmente  en  el  siglo  XIV, 
considerables  modificaciones .  A  dicho  siglo  debemos 
atribuir  el  pesado  antepecho  que  está  sobre  la  im- 
posta y  el  colosal,  pero  inexplicable  capitel  que  lo  di- 
vide. De  la  misma  época  debe  de  ser  la  triple  ar- 
chivolta  cuajada  de  molduras  que  rodea  las  ventanas  (1); 


(l)      Probablemente  estas  arcbivoltas  se  labrarían  inmediatamente  des- 
pués  que  se  desistió  de  construir  el  grandioso  pórtico  que  por  este  tiempo 
se  proyectaba,  y  cuyo  arranque  aún  se  ve  apoyado  sobre  el  muro  de  la  torre, 
del  Reloj.  (Véase  el  fotograbado  de  la  página  98). 


lio  LIBRO  SEGUNDO 


las  cuales  en  su  origen,  probablemente,  no  tuvieron  más 
que  la  cuarta  archivolta  interior  formada  por  cinco  ló- 
bulos. También  de  esta  época  deben  ser  las  retorcidas  y 
estriadas  columnas  que  sostienen  las  tres  arcliivoltas  ex- 
teriores, pues  para  la  cuarta  se  reservaron  las  antiguas 
columnas  con  sus  capiteles.  Lo  que  no  es  de  esta  época, 
sino  de  la  primitiva,  es  la  preciosa  y  clásica  estatua  de 
la  Santísima  Virgen,  que  está  más  arriba,  entre  las  dos 
ventanas,  asentada  sobre  una  tosca  ménsula  y  abrigada 
por  un  bien  tallado  doselete.  A  cierta  distancia  se  con- 
servan otro  doselete  y  otra  ménsula,  entre  los  cuales  re- 
posaría la  estatua  de  San  Grabriel.  Verosímilmente  estas 
dos  estatuas  serían  las  que,  según  Aymerico,  estaban 
sobre  la  puerta  izquierda  de  la  fachada  del  Norte  (1). 
Termina  la  fachada  una  mezquina  cornisa  del  siglo 
XV  con  pomas  ó  bolas,  sobre  la  cual  en  el  siglo  pasado 
se  elevó  una  balaustrada  muy  poco  propia  de  aquel  sitio 
á  pesar  de  sus  pretensiones.  La  antigua  cornisa  con  sus 
correspondientes  canecillos,  debía  estar  un  poco  más  ba- 
ja para  dejar  ver  el  antiguo  frontón  que  aún  hoy  se  con- 
serva y  que  está  más  retirado,  porque  se  funda  sobre  el 
muro  que  por  aquella  parte  cierra  la  nave  mayor.  En 
su  centro  se  abría  una  ventana,  cuyo  dintel  constaba 
probablemente  de  cinco  lóbulos,  como  el  del  ático  ó 
frontón  de  la  facha.da  del  Norte.  A  los  lados  había 
dos  arcaturas  en  las  cuales  estaba  practicada  una  es- 
trecha y  larga  rendija  á  manera  de  saetera.  Las  ar- 
chivoltas  de  estas  arcaturas,  son  semicirculares;  pero  la 
más  saliente  y  exterior  estaba  formada  por  un  arco  de 


(1)     ....Super  portam  que  est  ad  sinistram....  bte.  Marie  Virginis  annuu- 
ciacio  isculpitur;  loquitur  etiam  ibi  ángelus  Gabriel  ad  eam. 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIOLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA       lll 

herradura,  lo  cual  es  un  indicio  de  su  antigüedad  (1). 
Desde  aquí  hasta  la  cornisa,  la  iglesia  debió  de  estar 
cubierta  con  láminas  de  plomo  ó  con  pizarras  en  forma 
de  escamas  á  la  manera  normanda.  Corona  el  vértice 
del  frontón  el  simbólico  Cordero  sosteniendo  sobre  sus 
lomos  una  gran  cruz  griega  de  piedra  hecha  de  una  sola 
pieza  (2). 

Después  de  describir  el  centro  de  la  fachada  desde  el 
fondo  hasta  su  coronamiento,  réstanos  decir  dos  pala- 
bras de  los  costados,  de  los  cuales  el  de  la  derecha  que- 
dó embebido  en  la  gran  torre  del  Reloj  que  se  le  cons- 
truyó delante,  y  el  de  la  izquierda  permanece  medio 
oculto  por  el  cuerpo  de  fábrica  sostenido  por  la  famosa 
Concha,  que  por  mucho  tiempo  fué  objeto  de  tanta  ad- 
miración. A  juzgar  por  el  resto  que  aún  logra  verse  por 
encima  de  dicho  cuerpo,  las  dos  alas  debían  estar  forma- 
das por  altas  y  salientes  arcadas  semejantes  á  las  de  los 
contrafuertes  que  rodeaban  la  iglesia.  En  el  fondo  esta- 
ban abiertas  dos  ventanas,  una  para  dar  luz  á  la  gale- 
lía,  y  otra  inferior  para  iluminar  las  naves  laterales.  La 
archivolta  de  la  primera  fué   modificada   al   tiempo  en 


(1)  Las  arcliivoltas  de  la  arcatura  de  la  izquierda,  debieron  ser  modifi- 
cadas en  los  primeros  años  del  siglo  XII.  En  el  transcurso  del  tiempo,  tam- 
bién se  cegó  la  ventana  central,  y  en  su  lugar  se  abrió  la  ventana  circular 
que  hoy  existe. 

(2)  Vulgarmente  se  atribuyen  á'  los  Templarios  estas  cruces  con  el 
Cordero.  Esta  de  Santiago  es  anterior  algunos  años  á  la  institución  de  dicha 
Orden.  Compárense  los  siguientes  textos.  Suh  cruce  sanguínea  niveo  stat 
Christus  in  aguo.  (San  Paulino  de  Ñola),  y:  Emitte  Agnum,  Domine,  domi- 
natorem  terrae.  (Isaías).  En  casi  todas  las  iglesias  de  Galicia  en  la  Edad 
Media,  sobre  el  vértice  que  exteriormente  coronaba  el  arco  triunfal,  se  ponía 
la  Cruz  con  el  Cordero.  Era  el  lugar  que  convenia  al  símbolo  del  Eterno 
Rey  de  los  siglos. 


112  LIBRO   SEGUNDO 


que  lo  fueron  las  de  las  dos  ventanas  centrales.  Los  dos 
ánofulos  extremos  de  la  fachada  estaban  reforzados,  ca- 
da  uno  por  su  torre,  que  haciendo  juego  con  el  frontón 
del  centro,  prestaban  esbeltez  y  gallardía  al  edificio. 

Tal  es  (ó  era)  la  fachada  meridional  de  nuestra  Ba- 
sílica. Decorada  con  más  de  cien  imágenes,  esculpidas 
gran  parte  de  ellas  en  mármol  blanco  pulimentado, 
aparte  de  las  piezas  puramente  ornamentales,  á  los  ra- 
yos del  sol  reflejaba  esplendorosamente  fpulcre  refulget^ 
decía  Aymerico)  la  gloria  de  aquel  Apóstol  que  allí 
aparecía  contemplando  la  inenarrable  de  su  excelso 
Maestro.  Y  los  peregrinos  al  admirar  tanta  grandio- 
sidad y  tanta  belleza ,  proclamaban  llenos  de  emo- 
ción y  entusiasmo,  como  hacía  el  Autor  del  libro  V 
del  Códice  CaUxtino,  que  verdaderamente  era  gloriosa  la 
Tumba  del  Evangelizador  de  España.  Y  si  tan  monu- 
mental era  la  fachada  del  Mediodía,  ¿cómo  no  serían 
las  otras  dos  elevadas  algunos  años  después,  cuando  ya 
los  tallistas  habían  adquirido  .mayor  destreza  en  labrar 
las  piedras,  y  cuando  los  maestros  tenían  ya  mayor  ex- 
periencia para  conocer  los  defectos  que  debían  evitar  y 
las  modificaciones  que  debían  introducir  al  trazar  los 
planos  ó  modelar  y  delinear  las  figuras? 

El  tiempo,  y  luego  la  mano  del  hombre,  deformaron 
no  poco  esta  fachada  meridional,  la  cual,  á  pesar  de  sus 
deterioros  y  mutilaciones,  siempre  será  considerado  como 
uno  de  los  monumentos  más  interesantes  del  Catolicis- 
mo. No  hallaremos  en  él  la  acabada  y  maravillosamente 
estética  expresión  de  las  ideas  artísticas  de  una  época, 
como  en  el  Pórtico  de  la  Gloria;  pero  sí  una  de  las  pá- 
ginas más  brillantes  é  instructivas  del  Arte  cristiano. 

¿Y  cuál  era  la  síntesis  de  esta  maravillosa  composi- 


LOS  TBESPEIMEBOS   SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA        113 


ciüii  escultural,  porque  según  dice  muy  bien  Revoil   (1), 


Fotogrnfiu  de  J.  l.iiuin.  Futngrabado  de  Lnporta. 

Coronamiento  del  machón  central  de  la  pórtala  de  las  Platerías 
(Véase  el  fotograbado  de  la  pág.  101). 

en  todos  estos  grandes   cuadros  plásticos,   como  en  un 


(1)     Arcliitecture  ronifine  du  Midi  de  la  France,  tiiii.  11,  pág.  38. 
Tomo  lll,^H. 


114 


LIBBO  SEGUNDO 


discurso  sagrado,  dominaba  un  pensamiento  principal? 
La  glorificación  del  Salvador  flesum  miratur glorifxaium) , 
por  medio  de  su  humillación  y  sus  sufrimientos.  En  los 
tímpanos  está  representada  la  humillación  del  Señor;  so- 
bre los  tímpanos  su  exaltación. 

Daremos  fin  á  este  párrafo  poniendo  como  la  partida 
de  nacimiento  de  esta  fachada,  pues  esto  viene  á  ser  la 
inscripción  grabada  en  las  jambas  de  la  puerta  de  la 
derecha;  la  cual  inscripción  os  como  sigue: 


ERA 


iC 

H 


t4é 


Jamba  izquierda  (1). 


Jamba  derecha  (2). 


(1 )  Era  MCVl,  Y  idus  luUi  M(agister?) 

(2)  Qui  fecitojms?... 


LOS  TEES   PBIMEEOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA        115 


XII 

La  portada  del  Noete  ó  de  la  Amhacheria 


RAN  las  líneas  generales  de  esta  fa- 
chada, como  puede  suponerse,  muy 
semejantes  á  las  de  la  fachada  meridional.  Los  detalles 
de  ornamentación  eran  también  muy  parecidos,  y  sólo 
existía  diferencia  en  los  asuntos  y  escenas  religiosas 
esculpidas. 

Era  regla  constante  entre  los  maestros  del  Arte  ro- 
mánico-bizantino y  ojival,  el  establecer  tal  enlace  y  co- 
nexión entre  el  exterior  y  el  interior  de  un  edificio,  que 
por  los  miembros  de  que  constaba  el  primero,  fuese  fácil 
formarse  idea  de  la  disposición  del  segundo.  La  cons- 
trucción de  nuestras  fachadas,  tanto  de  la  meridional, 
como  de  la  septentrional,  parece  se  hizo  contraviniendo 
esta  regla.  La  vista  de  dos  puertas  distintas,  sugiere  por 
de  pronto  la  idea  de  dos  habitaciones  también  distintas, 
que  con  aquellas  estén  respectivamente  en  inmediata 
comunicación.  Y  sin  embargo,  aquí  las  dos  puertas  dis- 
tintas dan  paso  á  un  mismo  local.  Mas  el  Arquitecto 
compostelano  de  tal  modo  supo  trazar  y  disponer  las 
puertas,  que  ambas  aparecen  como  gemelas,  como  par- 
tes de  un  mismo  vano,  dividido  en  dos  por  un  inmenso 
montante  ó  parteluz.  En  la  fachada  meridional,  la  co- 
lumna del  centro  es  común  para  las  dos  puertas;  de  su 
capitel  arrancan  las  dos  archivoltas  exteriores  que  ro- 


116  LIBRO  SEGUNDO 


clean  el  tímpano  de  cada  puerta.  En  la  fachada  septen- 
trional, este  enlace  no  era  tan  íntimo;  pues  cada  puerta 
tenía  en  ambas  jambas  tres  columnas  propias  é  indepen- 
dientes; pero  entre  las  dos  columnas  de  las  dos  puertas 
que  quedaban  próximas,  se  alzaba  una  tercer  columna 
que  las  ponía  en  contacto,  y  en  todo  el  miembro  impri- 
mía tal  unidad,  que  resultaba  un  verdadero  parteluz. 

De  las  columnas  de  las  jambas,  unas  eran  de  mármol 
y  otras  de  granito,  con  el  fuste  maravillosamente  escul- 
pido (1).  En  lo  alto  de  las  cuatro  mochetas  estaban  in- 
crustados cuatro  Apóstoles,  San  Pedro  y  San  Pablo  en 
la  puerta  de  la  izquierda;  Santiago  y  San  Juan  en  la  de 
la  derecha.  Los  cuatro  tenían  la  misma  actitud;  con  la 
diestra  bendecían  á  los  que  entraban  en  el  templo;  y  en 
la  siniestra  sostenían  un  libro.  Los  dos  dinteles  que  en 
la  portada  del  Mediodía  descansan  sobre  cuatro  cabezas 
de  leones,  aquí  descansaban  sobre  cuatro  cabezas  de 
toros  (2). 

Sobre  la  columna  central,  que  había  entre  las  dos 
puertas,  y  debía  ser  mucho  más  elevada  que  las  que  le 
estaban  contiguas,  aparecía  la  figura  del  Salvador,  sen- 
tado en  un  trono,  bendiciendo  con  la  diestra  y  con  un 
libro  en  la  siniestra,  y  acompañado  de  los  cuatro  Evan- 
gelistas (8).  A  su  derecha  estaba  representado  el  Paraí- 


(1)  Prol)ablemente  los  cuatro  fustes  de  mármol  que  se  conservan  en  la 
Catedral  Vieja,  y  algún  otro  trozo  de  fuste  marmóreo  que  se  guarda  en  la 
Iglesia,  pertenecieron  á  estas  columnas. 

(2)  Mr.  Marignan  (Le  Moyen  Age,  primer  cuaderno  de  1893,  pág.  26, 
nota),  cita  la  siguiente  inscripción  que  se  leía  en  la  portada  del  Monasterio 
do  Moreaux,  á  siete  leguas  de  Poitiers:  Vt  fuit  introitus  Ternpli  Sancti  Sa- 
lomonis,  sic  esf  istius  in  medio  bovis  atque  leonis. 

{f\)  Esta  imagen,  es  á  nuestro  parecer,  la  que  está  en  el  centro  de  la 
crestería  que  corona  el  lienzo  del  Tesoro. 


LOS  TBES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA        117 

so;  á  su  izquierda  los  doce  signos  del  Zodíaco,  como  em- 
blemas de  los  meses  del  año. 

De  las  escenas  representadas  en  el  Paraíso,  Aymeri- 
00  no  menciona  más  que  dos:  la  reprensión  dada  por 
Dios  á  Adán  y  á  Eva,  y  la  expulsión  de  éstos  de  aquel 
lugar  de  delicias  (1).  Otras  escenas  del  triste  drama  allí 
desarrollado  debía  haber  esculpidas;  pero  sólo  nos  quedan 
otras  dos,  conservadas,  según  ya  liemos  indicado,  á  los 
lados  de  la  portada  del  Mediodía;  la  una,  es  la  infusión 
que  hizo  el  Señor  en  el  rostro  de  Adán  del  soplo  de  la 
vida;  y  la  otra,  la  formación  de  Eva,  la  mater  ciindorum 
viventium,  que,  para  indicar  esta  circunstancia,  aparece 
rodeada  de  un  largo  tallo,  que  sube  hasta  los  hombros. 
Sobre  esta  puerta  de  la  izquierda,  estaba  esculpido  el 
misterio  de  la  Anunciación.  La  estatua  de  San  Gabriel 
ha  desaparecido;  pero  la  de  la  Santísima  Virgen  es,  á 
nuestro  juicio,  la  bellísima  que  se  destaca  en  lo  alto  en- 
tre las  dos  puertas  de  las  Platerías, 

Los  signos  ó  meses  que  estaban  representados  sobre 
la  puerta  de  la  derecha,  debían  ser  los  usados  en  esta 
clase  de  representaciones;  á  saber,  Acuario  (Enero),  Pis- 
cis (Febrero),  Aries  (Marzo),  Tauro  (Abril),  Gáminis  (^La- 
yo), Cáncer  (Junio),  Leo  (eJulio),  Virgo  (Agosto),  TÁhra 
(Septiembre),  Scorpio  (Octubre),  Sagitario  (Noviembre)  y 
Capricornio  (Diciembre).  De  todos  estos  signos,  sólo  se 
conserva  el  Sagitario  embutido,  como  ya  hemos  visto, 
en  la  portada  del  Mediodía. 

Además  de  estas  esculturas  había,   según  Aymerico, 


(t)  Ambas  escenas  se  conservan;  la  primera  empotrada  sobre  la  puer- 
ta de  una  huerta  en  el  barrio  de  Pítelos;  la  segunda  incrustada  en  la  por* 
tada  del  Mediodía. 


118 


LIBEO  SEGUNDO 


otras  muchas  imáo;enes  de  ángeles,  de   santos,  de  liom- 


Y 


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breS;  de  mujeres,  de  animales,  de  flores,  etc...  Probable- 


LOS  TRES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


119 


mente  á  esta  portada  pertenecieron  el  gran  relieve  que 
representa  á  David  y  el  del  sacrificio  de  Abraliam,  in- 
crustados hoy  á  los  lados  de  la  portada  meridional.  A 
los  dos  extremos  de  la  fachada,  colocados  probablemen- 
te sobre  la  imposta,  había  dos  corpulentos  leones  como 
guardando  las  puertas  (1).  Hoy  sólo  nos  queda,  además 
de  las  esculturas  citadas,  el  curioso  frontón  que  corona- 
ba la  fachada  y  que  formaba  juego  con  el  de  la  parte 
meridional.  Está  también  bastante  modificado;  y  sólo 
conserva  el  arco  de  cinco  lóbulos  que  coronaba  la  ven- 
tana central  y  las  dos  agudas  arcaturas  rectilíneas  de 
los  lados  (2). 

Delante  de  esta  portada  era  donde  se  hallaba  el 
Paraíso^  que  venía  á  ser  una  plaza  — mucho  más  exten- 
sa de  la  que  hay  actualmente —  en  que  tenían  sus  pues- 
tos los  cambiadores,  los  concheros  ó  los  vendedores  de 
las  insignias  de  los  peregrinos  del  Apóstol  Santiago,  los 
especieros  ó  expendedores  de  especias  y  hierbas  aromá- 
ticas y  medicinales,  y  los  tenderos  de  zapatos,  cinturo- 
nes,  bolsas,  alforjas,  botas  de  vino,  etc.. 

Pocos  años  pudieron  mediar  entre  esta  portada  y  la 
de  las  Platerías;  y  sin  embargo,  á  juzgar  por  las  estatuas 
que  de  ella  se  conservan,  considerable  debió  ser  el  pro- 
greso que  en  tan  poco  tiempo  realizaron  los  escultores 
compostelanos.  Algunas  de  las  estatuas  de  la  portada 
meridional,  como  la  del  Salvador  y  de  Santiago,  están 
llenas  de  majestad  y  de  expresión;  pero  no  aparecen  del 
todo  despojadas  de  la  dureza  y  rigidez  propias  de  las 
esculturas  de  aquella  época.  Los  miembros,  y  éspecial- 

(1)  Esta  hermosa  y  monumental  fachada  fué  sustituida  á  fines  del  si-« 
glo  pasado  por  la  actual. 

(2)  Véase  el  fotograbado  de  la  pág.  1 18. 


i-20 


LIBRO  SEaUNDO 


Foloorcfía  de  J.  Lúu  ia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Jibtatuas  incrustadas  hoy  on  la  portada  meridional  que  pertenecieron  á  la  antigxia 

facliada  do  la  Axabacheria, 


LOS  TUES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPÓS^ELAÍÍA         121 

mente  las  manos,  son  desproporcionados;  y  los  paños  es- 
tán cortados  por  surcos  angulosos  ó  semicirculares  que 
quieren  figurar  los  pliegues.  Con  tales  surcos  está  tam- 
bién marcado  imprescindiblemente  el  sitio  de  las  rodi- 
llas. En  las  actitudes  se  nota  como  torpeza  y  dificultad 
en  los  movimientos:  parece  que  los  miembros  no  son 
aptos  para  ejecutar  lo  que  la  voluntad  les  ordena.  No  así 
en  la  portada  septentrional;  las  figuras  son  más  airosas 
y  esbeltas;  los  perfiles  más  suaves  y  correctos;  los  miem- 
bros más  proporcionados;  y  el  ropaje,  no  flotante  y  en- 
cañonado, como  en  muchas  esculturas  francesas  de  la 
época,  sino  ceñido  y  plegado  según  exige  su  forma  y 
la  de  los  miembros  que  cubre  (1). 


XIII 
La  fachada  occidental 


UE  la  fachada  occidental  era,  como  ma- 
nifiesta Aymerico,  la  más  sorprendente 
y  espléndida  de  todas,  es  indudable.  No 
sólo  brillaba  por  la  riqueza,  magnificen- 
cia y  multitud  de  sus  esculturas,  sino  por  ciertos  ele- 
mentos arquitectónicos  de  que  carecían  las  otras.  Una 
espaciosa  escalinata,  vencía,  como  aliora,  el  gran  des- 
nivel existente  entre  la  plaza  y  el  umbral  de  las  gran- 
diosas puertas,  y  facilitaba  el  contemplar  de  cerca  el 
mundo  de  estatuas,   de  relieves,  de  imágenes,  de  orna- 


(1)     Véase  el  fotograbado  de  la  pág.  120. 


122  LIBEO  SEaUNDO 


mentos  de  toda  suerte  que  decoraban  el  monumento. 
En  el  centro  de  tan  magnífica  composición,  entre  las  de 
Moisés  y  Elias,  se  destacaba  majestuosa  é  imponente  la 
marmórea  estatua  del  Salvador  transfigurado  á  la  voz 
de  su  Padre  Omnipotente  que  le  hablaba  desde  radian- 
te nube;  y  más  abajo  San  Pedro,  Santiago  y  San  Juan 
contemplaban  arrobados  y  absortos  la  gloria  de  su 
Maestro. 

En  relación  con  este  cuadro,  estaban  las  demás  par- 
tes de  la  fachada.  A  los  lados  se  erguían  dos  torres  mo- 
numentales, de  planta  cuadrada,  con  cuatro  bandas  lom- 
lardas  en  cada  cara,  y  los  ángulos  cortados  por  un 
segmento  de  fuste  cilindrico  que  llegaba  hasta  la  corni- 
sa. Entre  las  dos  torres  debía  correr  una  galería  que  tal 
vez  fuese  el  coronamiento  de  la  fachada  (1).  Más  retira- 
do se  elevaba  el  frontón  fundado  sobre  el  muro  que  por 
esta  parte  cerraba  la  nave  mayor. 

De  esta  antigua  fachada,  sustituida  en  el  último  ter- 
cio del  siglo  Xri  por  la  del  Pórtico  de  la  Gloria  — la 
cual  á  su  vez,  á  mediados  de  la  pasada  centuria,  lo  fué 
por  la  actual —  sólo  quedan  hoy  el  primer  cuerpo  de  las 
dos  torres  y  las  dos  puertas  que  ponían  en  comunicación 
las  torres  con  la  galería  que  acabamos  de  citar. 

A  la  misma  época  debe  pertenecer,  á  nuestro  juicio, 
el  pequeño  ábside  de  planta  cuadrangular  que  se  en- 
cuentra en  el  fondo  de  la  llamada  Catedral  Vieja,  Sus 
caracteres  arquitectónicos  así  lo  indican.  Es  de  suponer 
que  debajo  do  la  gran  escalinata  que  daba  acceso  á  la 


(1)  Esta  galería  tuvo  que  desaparecer  cuando  se  elevó  el  segundo 
cuerpo  del  Pórtico  de  la  Olor  ¿a.  En  su  lugar  puso  Mateo  un  magnífico  ro- 
setón. 


LOS  TEES  PEIMEBOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA         123 

Basílica,  quedase  algún  espacio  abovedado,  del  cual  for- 
mase parte  dicho  ábside;  á  no  ser  que  quiera  suponerse 
— y  en  ello  no  hallamos  dificultad —  que  este  ábside 
perteneció  á  alguna  de  las  torres  que  fabricó  D.  Cresco- 
nio  en  esta  parte  para  defensa  de  la  Basílica.  En  tal 
caso  se  vería  en  cierta  manera  justificado  el  título  de 
Vieja  que  lleva  esta  capilla  subterránea  (1). 

Verosímilmente,  esta  espaciosa  cripta  ya  entonces 
comunicaba  con  la  iglesia  alta  por  medio  de  dos  corre- 
dores practicados  debajo  de  las  naves  pequeñas;  los  cua- 
les por  medio  de  una  escalera  de  caracol  (vis)  desembo- 
caban ambos  en  el  transepto  por  las  puertas  cuyo  mar- 
co aún  hoy  se  percibe  en  el  muro.  Estas  escaleras  eran 
las  vites  sobre  que  se  elevaban  las  dos  torres  de  que 
habla  Aymerico.  Duae  (turres)  super  singulas  vites  (2). 

De  la  portada  principal  de  la  célebre  iglesia  de  San- 
ta Magdalena  de  Vitiliaco  ó  Vézelay  en  Francia  (3), 
construida  en  los  primeros  años  del  siglo  XII,  decía 
Viollet-le-Duc  que  como   composición  era  una   de  las 


(1)  Street  (Some  account  of  gothic  architeciure  in  Spain;  2.*  ed.,  pági- 
nas 147-148),  examinó  atentamente  esta  interesante  cripta  y  notó  en  el  fon- 
do la  arcada  compuesta  de  tres  arcos,  medio  oculta  detrás  del  actual  retablo, 
que  se  amañó  con  diferentes  piezas  de  otros  sitios  á  mediados  del  siglo  pa- 
sado. De  esta  arcada,  dijo  el  célebre  arquitecto  inglés,  que  formaba  una 
especie  de  retablo.  Ni  retablo,  ni  altar,  en  aquella  forma,  son  propios  de 
aquella  época.  De  los  tres  arcos  que  componen  la  arcada,  los  de  los  extre- 
mos son  simulados;  y  el  del  medio  debió  estar  siempre  abierto,  aunque  de 
poco  tiempo  acá  está  tapiado.  A  nuestro  juicio,  este  arco  debió  ser  una  ven- 
tana como  las  abiertas  en  el  fondo  de  los  ábsides;  y  en  tal  caso,  recibe  nueva 
fuerza  la  conjetura  de  que  primitivamente  aquella  construcción  fué  debida 
al  Obispo  D.  Cresconio. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  II,  pág.  16. 

(3)  Diction.,  etc.,  tom.  VII,  pág.  387. 


124  LlBlftO  SEGUNDÓ 


obras  más  notables  y  extrañas  de  la  Edad  Media,  y  que 
debía  presentársela  en  primera  línea  porque  había  ser- 
vido de  modelo  á  otras  muchas  composiciones  del  si- 
glo XII.  La  portada  de  Vézelay  es  inferior,  como  com- 
posición y  como  ejecución,  á  cualquiera  de  las  tres  de 
nuestra  Basílica,  y  por  consiguiente,  cualquiera  de  ellas 
merecería  ser  considerada  como  monumento  de  primer 
orden  y  de  los  más  notables  de  la  Edad  Media. 


XIV 

Puertas  menores  y  ventanas 


DEMÁS  de  las  tres  puertas  principales,  cuenta 
Aymerico  otras  siete  menores  en  la  Basílica 
compostelana.  La  primera,  que  se  llamaba 
de  Santa  María  (sin  duda  porque  por  ella  se 
salía  á  la  iglesia  de  Santa  María  de  la  Corticela),  estaba 
abierta  en  el  entrepaño  por  donde  hoy  se  pasa  á  la  ca- 
pilla del  Espíritu  Santo.  La  segunda,  llamada  de  la  Vía 
Sacra,  estaba  en  el  deambulatorio,  á  la  izquierda  de  la 
capilla  del  Salvador,  y  fué  sustituida  por  la  que  hoy  dá 
paso  á  la  capilla  de  Nuestra  Señora  la  Blanca  ó  de  las 
Españas.  La  tercera,  puerta  de  San  Pelayo,  porque  por 
ella  se  servían  los  Monjes  de  Antealtares,  correspondía 


LOS  TBES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA   I.  COMPOSTELANA         125 

á  la  actual  Puerta  Santa.  La  cuarta,  puerta  de  la  Canó- 
nica, se  abría  en  el  último  entrepaño  que  por  la  parte 
del  transepto  cierra  la  capilla  del  Pilar.  La  quinta  y  la 
sexta  se  llamaban  de  la  loetraria  ó  del  taller  de  los  pica- 
pedreros, quizás  porque  entonces  se  estaba  edificando 
por  allí  el  claustro.  La  quinta  corresponde  hoy  á  la  del 
claustro  actual;  y  la  sexta  estaba  abierta  en  el  cuarto 
entrepaño  del  muro  lateral  de  la  derecha  en  la  nave  del 
trascoro.  La  séptima,  la  de  la  Escuela,  era  la  que  usa- 
ban los  Prelados,  y  estaba  abierta  frente  por  frente  á  la 
sexta. 

Además  de  estas  siete  puertas  menores  que  salían  al 
exterior,  había  otras  por  las  cuales  se  subía  á  las  torres 
y  á  la  galería.  De  ellas  aún  se  conservan  dos;  una,  que 
hoy  se  utiliza  como  alacena  para  guardar  los  frontales 
del  Altar  mayor,  y  otra,  hoy  tapiada,  del  otro  lado  del 
coro,  abierta  también  como  la  primera  en  el  muro  occi- 
dental del  crucero.  Eran  las  que  daban  servicio  á  las 
torres  edificadas  sobre  las  viteí^. 

Todas  estas  puertas  eran  sumamente  sencillas;  con 
dintel  adovelado  y  de  medio  punto  y  sin  moldura 
alguna. 

Sesenta  y  tres  ventanas  había,  según  Aymerico,  en 
la  iglesia  baja;  las  cuales  pueden  distribuirse  de  la  ma- 
nera siguiente:  36  en  el  cuerpo  de  la  iglesia,  y  tres  en 
cada  una  de  las  nueve  capillas  absidales.  En  la  galería, 
según  el  mismo  Aymerico,  había  48;  y  cinco  en  la  bóve- 
da que  cubría  el  ábside  principal.  Total  111,  sin  contar 
las  cuatro  oculi  que  se  abrían  sobre  las  cuatro  ventanas 
del  deambulatorio. 

Llama  desde  luego  la  atención  la  amplitud  de  las 
ventanas,  las  cuales,  como  es  sabido  y  como  nota  Catta- 


126  LIBRO  SEQXJNDO 


neo  de  las  de  Italia  (1),  desde  el  siglo  X  hasta  el  XII 
eran  más  bien  saeteras  que  ventanas. 

No  consta  que  estas  ventanas  estuviesen  adornadas 
de  vidrios  de  colores;  pero  las  inferiores^  tanto  interior, 
como  exteriormente,  estaban,  ó  están,  inscriptas  en  un 
cuerpo  arquitectónico,  que  consta  de  jambas  acodilla- 
das, columnas  en  los  codillos,  imposta  y  ai-cliivolta  lisa 
por  la  parte  de  adentro  (2);  y  de  archivolta  compuesta 
de  boceles,  medias  cañas  y  saliente  tornalluvias  con  bi- 
lletes por  la  parte  de  afuera.  La  imposta  de  los  capiteles 
no  se  extiende  como  en  otras  iglesias,  particularmente 
en  las  de  Auvernia  (3),  á  lo  largo  del  muro  en  forma  de 
platabanda;  sino  que  queda  reducida  al  mero  papel  de 
abaco.  Es  ésta  otra  de  las  especialidades  arquitectóni- 
cas de  nuestra  iglesia. 

Es  de  advertir  que  las  ventanas  del  deambulatorio, 
como  que  habían  sido  las  primeras  que  se  habían  edifi- 
cado, por  la  parte  de  fuera  tenían  también  archivolta 
lisa  como  por  adentro;  pero  posteriormente  (si  bien  antes 
que  se  terminase  la  obra  de  la  iglesia),  se  modificó  la 
archivolta,  y  se  puso  como  la  de  las  otras  ventanas  con 
molduras  y  tornalluvias  salientes;  el  cual  tornalluvias 
mordió  en  el  marco  también  saliente  que  rodeaba  los 
ociilos  que  estaban  mas  arriba,  y  de  aquí  resultó  el  que 
parezcan  mal  ajustados  los  ociilos  con  las  ventanas,  como 


(1)  L'  Architectura  in  Italia,  pág.  221. 

(2)  A  juzgar  por  el  paramento  de  la  pared,  las  ventanas  bajas  por  el 
interior,  primitivamente  sólo  tenían  un  doble  alféizar.  Posteriormente  se 
añadió  el  cuerpo  arquitectónico  en  que  están  inscriptas. 

(3)  Ya  se  ve  algo  de  esto  en  la  iglesia  de  Sar,  construida  hacia  el 
año  1130. 


LOS  TRE  S  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  127 

notó  Street  (1)  en  la  que  está  sobre  la  Puerta  Santa  (2), 
Las  ventanas  del  segundo  cuerpo,  ó  sea  de  la  galería, 
tienen  también  dintel  semicircular,  y  exteriormente  es- 
tán rodeadas,  como  las  inferiores,  de  miembros  arqui- 
tectónicos. Interiormente  el  alféizar  aparece  inscripto 
en  una  sencilla  arcada.  Las  ventanas  que  iluminan  la 
parte  de  galería  que  rodea  el  ábside  principal,  son  mu- 
cho más  pequeñas  que  las  otras.  Interiormente  no  tienen 
más  que  el  alféizar;  pero  exteriormente  sus  vanos  for- 
man parte  de  una  serie  de  arcaturas  que  decoran  el 
muro  (3).  La  arcliivolta  de  estas  arcaturas  es  lisa,  y  re- 
posa sobre  dos  columnas.  Entre  cada  dos  arcaturas  se 
abría  una  ventana  (4) ,  cuyo  vano  estaba  cubierto  por  dos 
archivoltas  lisas,  una  más  alta  y  exterior,  practicada  en 
el  mismo  paramento  del  muro;  y  otra  más  pequeña  é 
interior  que  propiamente  era  el  dintel  de  la  ventana. 
Posteriormente  se  reformaron  las  archivoltas  exteriores 
de  estas  ventanas,  haciéndolas  molduradas,  en  vez  de 
lisas. 

Este  muro  que  cierra  la  galería  es  semicircular;  pero 


(1)  Some  account  of  gothic  Architecture  in  /S'pmw;  2.^ed.,  pág.  150, 
nota. 

(2)  Véase  el  fotograbado  de  la  página  128. 

(3)  De  aquí  que  este  cerramiento  presente  cierta  analogía  con  las  gale- 
rías que  rodean  la  cabecera  de  varias  Catedrales  de  Alemania.  No  hay  más 
diferencia,  que  en  las  Catedrales  alemanas  las  galerías  están  abiertas  al  ex- 
terior; y  en  la  nuestra,  la  galería  está  cerrada,  iluminada  sólo  por  algunas 
ventanas  y  decorada  exteriormente  por  una  serie  de  arcaturas. 

(4)  No  hay  más  excepción  que  en  la  cabecera  de  la  galería;  en  la  cual 
hay  dos  ventanas  juntas.  La  razón  de  esto  está,  en  que  si  en  dicha  cabecera 
hubiera  una  sola  ventana,  entonces  daría  en  ella  el  vórtice  de  la  techumbre 
de  la  capilla  del  Salvador;  mientras  que  así  el  referido  vértice  arrima  en  el 
miembro  que  separa  las  dos  ventanas.  Actualmente  una  de  ellas  está 
tapiada. 


128 


LIBBO  SEGUNDO 


Ftitoijrafia  de  J.  Liwia.  Fotor/rabado  de  Laporta. 

Vista  exterior  del  muro  que  cierra  la  galería  del  ábside  principal. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA       129 


el  que'  cierra   la   parte  superior   del  ábside  principal, 


es  poligonal.  Esta  parte  de   la   iglesia  ofrece  sumo    in- 

Tomo  III.— 9. 


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130 


LIBRO  SEGUNDO 


teres   por  su  estructura  y  por  la  antigüedad  que  re- 


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presenta.  Las  juntas  de  los  sillares  están  muy  mal  ajus- 


LOS   TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMtOSTELANA        13 1 


tadas;  los  ángulos  del  polígono   están  cubiertos  por  co- 


lumnas estriadas  y  salomónicas  y  adornados  de  pomas; 


132  LIBEO    SEGUNDO 


casi  todos  los  capiteles  parecen  tomados  de  otra  obra 
mucho  más  antigua;  y  los  canecillos,  que  sostienen  el  ale- 
ro decorado  en  su  parte  más  saliente  con  un  cable  ó  fu- 
nículo y  con  una  especie  de  dentículos ,  son  de  lo  más  senci- 
llo y  rudimentario  (1).  Cinco  ventanas  iluminaban,  se- 
gún Aymerico,  la  gran  bóveda  del  ábside;  otras  tantas 
la  iluminan  hoy;  pero  dudamos  que  sean  las  mismas  que 
las  antiguas,  ó  por  lo  menos  debieron  sufrir  tales  modifi- 
caciones, que  alteraron  por  completo  su  forma  primiti- 
va. A  juzgar  por  las  arcaturas  que  quedaron  intactas 
(pues  en  cada  lado-  del  polígono  había  una  ventana  ó 
una  arcatura),  los  dinteles  que  cubrían  estas  ventanas 
estaban  formados  por  un  arco  trilobulado  (2). 

Por  lo  demás,  á  esta  parte  alta  del  cerramiento  del 
ábside,  á  causa  sin  duda  de  dar  más  fácil  salida  á  las 
aguas  pluviales,  exteriormente  se  le  hicieron  tales  agre- 
gados, que  no  poco  lo  desfiguraron.  Por  la  parte  de  arri- 
ba se  le  impuso  un  muro  ó  tapias  muy  impropias  de  aquel 
sitio.  Por  la  parte  de  abajo  se  elevó  el  tejado  hasta  tocar 
casi  en  el  dintel  de  las  primitivas  ventanas. 


(1)  Véanse  los  fotograbados  de  las  págs.  130  y  131. 

(2)  Street  (Some  account  ofgothic  Árchitecture  in  Spain)^  no  deja  pasar 
inadvertidos  estos  arcos  lobulados  de  nuestra  Iglesia,  y  más  bien  que  á  in- 
fluencia morisca,  los  atribuyó  á  importación  de  la  escuela  de  Auvernia,  en 
cuyas  iglesias  se  ven  con  frecuencia  dichos  arcos.  No  es  esta  ocasión  de 
investigar  \)or  parte  de  quién  está  la  prioridad  en  el  uso  de  estos  arcos.  Hoy 
por  boy  nos  inclinamos  á  Compostela;  y  creemos  que  nuestra  hipótesis  no 
])arecerá  atrevida  á  los  que  juzgan  que  tales  arcos  proceden  de  Oriente. 
Por  entonces  nuestra  ciudad  se  hallaba  en  más  directa  comunicación  que 
Auvernia,  con  las  regiones  de  Levante. 


LOS  TKES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         133 


XV 


La  CABECERA  DE  LA  IGLESIA  VISTA  EXTERIORMENTE 


RANDE  debía  ser  la  impresión  que  cau- 
sase la  vista  de  cualquiera  de  las  tres 
fachadas  de  nuestra  Iglesia;  pero  no  po- 
día ser  menos  digno  de  admiración  el  aspecto  que  tenía 
que  ofrecer  la  cabecera  contemplada  exteriormente.  En 
el  centro  de  una  superficie  plana  de  unos  80  metros  de 
desarrollo  por  20  de  altura,  se  destacaba  un  gran  cuer- 
po saliente  terminado  en  hemiciclo  y  formado  por  varios 
compartimientos  escalonados  á  guisa  de  anfiteatro.  Bor- 
daban el  perímetro  de  este  cuerpo  saliente  otros  cinco 
cuerpos  menores  también  salientes  (las  capillas  absi  da- 
les), de  planta  semicircular,  é  iluminados  cada  uno  por 
tres  ventanas.  El  paramento  exterior  de  estos  peque- 
ños ábsides  aparecía  dividido  en  tres  tercios  ó  comparti- 
mientos, incluidos  entre  las  dos  pilastras  que  se  erguían 
en  el  punto  de  inserción  con  el  muro  de  la  iglesia,  y  dos 
columnas  que  se  levantaban  á  conveniente  distancia.  Fai 
cada  uno  de  estos  tercios,  se  abría,  según  acabamos  do 
indicar,  una  ventana;  la  cual,  como  las  otras  del  templo, 
tanto  interior,  como  exteriormente,  estaba  adornada 
de  miembros  arquitectónicos,  como  archivolta,  colum- 
nas, etc..  De  estos  cinco  ábsides,  el  central  se  distinguía* 


134 


LIBBO    SEGUNDO 


de  los  demás  en  ser  más  ancho  y  más  prolongado;   pero 


3u  disposición  arquitectónica  era  la  misma.  Esta  serie 


LOS  TEES  PHIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA    135 

de  ábsides  se  extendía  á  ambos  lados  del  cuerpo  central, 
hasta  alcanzar  el  número  de  nueve,  contando  con  los 
dos  que  de  cada  lado  se  incrustaban  en  la  parte  plana 
de  la  cabecera  ó  sea  en  los  brazos  del  crucero.  La  te- 
chumbre de  estos  ábsides,  probablemente  formada  por 
pizarras  á  modo  de  escamas,  era  semicónica;  y  el  vérti- 
ce lo  ocupaba  un  monstruo  de  formas  las  más  bizarras 
y  caprichosas.  En  cada  uno  de  los  entrepaños  que  media- 
ban entre  los  nueve  ábsides  se  abría  una  ventana  de  las 
mismas  dimensiones  que  las  del  resto  de  la  iglesia. 

A  la  altura  que  señalaban  los  vértices  de  los  ábsides, 
corría  ó  corre  una  sencilla  imposta  desde  la  cual  co- 
mienza el  muro  que  cierra  la  galería  del  ábside  princi- 
pal (1).  Este  muro  no  podía  menos  de  estar  cubierto  con 
un  alero  sostenido  por  canecillos,  como  los  del  cuerpo  de 
la  iglesia;  pero  en  el  siglo  XVII  ó  XVIII,  alero  y  cane- 
cillos fueron  sustituidos  por  la  exótica  balaustrada  que 
hoy  subsiste.  Aquí  sobre  el  tejado  aparecen  dos  arbotan- 
tes rudimentarios,  uno  de  cada  lado,  que  van  á  apoyar 
el  último  arco  cincho  de  la  bóveda  del  ábside  principal. 

Sobre  este  muro  y  retirado  como  unos  cinco  metros, 
se  levantaba  un  segundo  muro,  que  era  el  del  cerra- 
miento del  ábside  principal,  adornado  de  columnas  y 
ventanas  y  arcaturas  trilobuladas.  Aquí  se  conservaron 
el  alero  y  los  canecillos;  pero  sobre  ellos  se  construyó 
un  macizo  paredón  como  zócalo  de  la  pretenciosa  ba- 
laustrada con  que  se  quiso  desfigurar  nuestro  monu- 
mento. 

Más  arriba  se  veía  un  frontón  triangular,  que  cobi- 
jaba un  arco  trilobulado,  y  gobre  el  cual  aparece  enar- 


(1)    Véanse  los  fotograbados  de  las  págs.  128  y  129, 


136 


LIBRO  SEGUNDO 


Fotografía  de  J.  Liiuia. 


Fotograbado  de  Laporta. 


LOS  TBES  PBIMEKOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSÍELAIÍÁ 


137 


bolada  sobre  el  lomo  del  simbólico  Cordero,  una  gran 
cruz  de  cobre,  que  parece  debió  ser  procesional  (1). 

Más  allá  de  la  cruz,  se  elevaba  la  gran  torre  central, 
que  al  parecer  debía  de  ser  octógona,  con  una  ventana 
en  cada  entrepaño. 

Mérito  especial  de  los  grandes  artistas,  es  piramidar 
sus  composiciones  y  equilibrar  las  masas  que  entran  en 
ellas.  A  la  vista  de  nuestro  monumento,  habrá  que  re- 
conocer que  no  se  ocultaban  al  Arquitecto  compostelano 
ninguno  de  los  secretos  en  cuya  posesión  se  cifra  la  glo- 
ria de  todo  consumado  artista. 


XVI 


Altares  y  coro  de  la  Basílica 


NOS  once  altares  contaba  la  Basílica  en 
la  parte  baja,  y  tres  en  la  galería.  To- 
dos ellos  debían  de  ser  de  muy  reduci- 
das dimensiones,  pues  así  lo  exigía  la 
práctica  de  entonces;  tanto  más  que  el  altar  mayor  que 


(1)  Es  la  que  vulgarmente  llaman  Cruz  dos  (arrapos  ó  de  los  harapos. 
En  esta  cruz  hacían  estación  antiguamente  los  peregrinos;  y  algunos  deja- 
ron en  ella  grabados  sus  nombres. 


138  LIBBO  SEGUNDO 


se  hallaba,   como  hoy,  en   el  centro  del  hemiciclo  del 
ábside  principal,  no  llegaba  á  un  metro  de  extensión. 

Detrás  del  altar  mayor  estaba  el  de  Santa  María 
Magdalena,  cuya  situación  no  podemos  precisar  con  fije- 
za. Sólo  por  conjetura  diremos  que  estaba  en  el  interco- 
lumnio que  cierra  el  ábside  por  la  parte  de  atrás,  dando 
frente  al  altar  de  San  Salvador. 

Los  otros  nueve  altares  estaban  dedicados  á  San  Ni- 
colás, á  la  Santa  Cruz,  á  Santa  Fe,  á  San  Juan  Evan- 
gelista, al  Salvador,  á  San  Pedro,  á  San  Andrés,  á  San 
Martin  y  á  San  Juan  Bautista.  Todos  estaban  en  el  cen- 
tro de  su  respectivo  ábside.  De  los  ábsides  primitivos, 
sólo  se  conservan  el  de  Santa  Fe  (hoy  San  Bartolomé), 
el  de  San  Juan  Evangelista,  el  del  Salvador  y  el  de  San 
Pedro  (hoy  la  Virgen  de  la  Azucena).  Los  otros  cinco 
ábsides  y  sus  respectivos  altares,  estaban,  comenzando 
su  enumeración  por  el  lado  del  Norte,  el  de  San  Nicolás 
en  el  entrepaño  en  que  está  abierta  la  puerta  para  la 
Corticela;  el  de  la  Santa  Cruz  en  la  capilla  de  la  Concep- 
ción; el  de  San  Andrés  estaba  del  otro  lado  del  deambu- 
latorio en  correspondencia  con  el  de  Santa  Fe;  el  de  San 
Martín  y  el  de  San  Juan  Bautista  tenían  colocación 
equivalente  á  los  de  la  Santa  Cruz  y  San  Nicolás  (1). 

La  ornamentación  arquitectónica  de  todos  estos  áb- 
sides era  muy  sobria;  sólo  consistía  en  las  dos  columnas 


(1)  El  solar  que  ocupaban  los  de  San  Andrés  y  San  Martín  quedaron 
incluidos  en  la  actual  capilla  del  Pilar.  El  de  San  Martín,  después  que  á 
principios  del  siglo  XII  se  colocó  en  él  el  cuerpo  de  San  Fructuoso,  tomó  la 
advocación  de  este  santo.  Cuando  á  principios  del  siglo  XVIII  se  construyó 
la  capilla  del  Pilar,  los  altares  de  San  Andrés  y  San  Fructuoso,  se  traslada- 
ron al  sitio  que  hoy  conservan.  A  la  sazón  se  deshizo  también  el  ábside  de 
San  Juan  Bautista  para  abrir  en  su  lugar  la  puerta  de  la  Quintana. 


LOS  TBEá  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  l39 

de  la  entrada;  en  las  jambas  délas  tres  ventanas  que 
los  iluminaban  con  sus  columnas,  capiteles  y  archivolta 
lisa;  y  en  la  imposta  de  billetes  que  corría  al  nivel  de  la 
base  de  las  ventanas.  Su  planta  era  semicircular  y  de 
unos  cuatro  á  cinco  metros  de  radio;  la  bóveda  de  cas- 
carón. 

El  coro  en  nuestra  Basílica  (contra  lo  que  general- 
mente se  usaba  en  otras  muchas  iglesias,  en  las  que  el 
coro  estaoa  ó  dentro  del  presbiterio  ó  alrededor  del  al- 
tar), siempre  debió  estar  en  el  mismo  sitio  que  hoy  ocupa; 
porque  la  continua  afluencia  de  peregrinos  que  llegaban 
con  el  exclusivo  afán  de  besar  las  losas  del  altar  y  vene- 
rar de  cerca  las  Reliquias  del  Apóstol,  no  permitía  en  el 
presbiterio  comodidad  para  cantar  las  Horas  Canónicas. 
Hasta  el  año  1111,  el  coro  estuvo,  á  lo  que  parece,  en  la 
parte  de  la  antigua  Basílica  que  permanecía  en  pie  den- 
tro de  la  obra  nueva  (1);  la  cual  parte  se  extendía  pró- 
ximamente desde  la  reja  de  los  pulpitos  hasta  donde  co- 
mienzan los  asientos  del  actual  coro.  En  el  año  1111 
ó  1112,  D.  Diego  Gelmírez  hizo  desaparecer  estos  restos 
de  la  antigua  Basílica,  y  en  su  lugar  construyó  el  coro, 
como  veremos  más  adelante  (2). 


(1)  Lo  mismo  aconteció  en  la  Catedral  de  París,  en  la  cual  la  iglesia  de 
San  Esteban  que  debía  quedar  incluida  dentro  de  la  obra  nueva,  se  dejó 
estar  en  pie  por  mucho  tiempo.  (Viollet-le-Duc,  Diction.  etc.,  tom.  II,  pági- 
na 286). 

(2)  Vetustissimam  ecclesiolam  obrui  praecepit,  quae  intra  immensam 
novae  Ecclesiae  capacitatem,  etc....  fHist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXVIII). 


140 


LIBRO   SEGUNDO 


XVII 


Pavimento  y  tejado  de  la  iglesia 


^Mm/K  ROBABLEMENTE  el  pavimento  de  nuestra 
^^-^^^^^  Iglesia  siempre  estuvo  formado,  ó  de 
hormigón,  ó  de  grandes  losas  de  granito.  No 
es  de  creer  que  en  ningún  tiempo  se  hubiesen 
empleado  para  el  pavimento  las  baldosas  de  ladrillo  es- 
maltado con  adornos  y  figuras  de  diversos  colores,  que 
tanto  se  usaron  en  otras  iglesias.  Los  acerados  regato- 
nes con  que  estaban  armados  los  báculos  de  los  innume- 
rables peregrinos  que  visitaban  nuestra  Basílica,  hacían 
imposible  tal  clase  de  pavimento,  aún  en  el  presbiterio, 
pues  allí  era  donde  más  se  apiñaban  las  turbas  de  los 
devotos  romeros. 

El  mismo  inconveniente  ofrecían  las  baldosas  de 
mármol,  grabadas  y  con  incrustaciones  de  plomo  ó  mas- 
tic  de  variados  colores;  las  cuales  tuvieron  gran  aplica- 
ción en  las  iglesias  de  Francia  é  Italia. 

Según  Aymerico  (1),  la  Iglesia  estaba  cubierta  con 
teolis  y  planchas  de  plomo.  A  nuestro  juicio,  con  la  voz 
teolis  no  se  quiso  significar  las  tejas  hechas  de  ladrillo, 
sino  baldosas  de   pizarra  asentadas  á  manera  de  las 


(IJ     Véanse  Apéndices,  núm.  II,  §.  XI. 


LOS  TBES   PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         141 

tejas.  El  sistema  de  tejas  no  se  empleó  en  nuestra  Igle- 
sia, al  menos  de  un  modo  completo,  hasta  mediados  del 
siglo  XVII.  Por  lo  que  refiere  la  Gompostelana  (1),  se  ve 
que  en  el  año  1117  no  toda  la  Iglesia  estaba  cubierta 
con  baldosas  de  piedra;  pues  una  buena  parte  aún  lo 
estaba  con  tablas  y  paja.  (Xon  módica  enim  pars  Ecclesiae 
erat  cooperta  miricís  et  tálndis). 

XVIII 

El  claustro 


I  hubiéramos  de  tomar  al  pie  de  la  letra  las 
palabras  que  trae  la  ComjposteJana  (2)  al  ha- 
blar del  claustro  que  se  comenzó  hacia  el  año  1124,  ten- 
dríamos que  decir  que  hasta  dicha  fecha  la  Basílica  de 
Santiago  liabía  carecido  de  claustro.  Illa  tamen  Eccksia, 
dice,  en  efecto,  la  Compostelana,  mdlum  adJnic  daitstrnm, 
nullam  competentem  ofp^cinam  habébat. 

En  la  misma  Compostelana  (S),  al  tratar  de  la  rebelión 
de  los  compostelanos  del  año  1117,  se  habla  de  dos 
claustros  existentes  entre  la  iglesia  de  Antealtares  y  la 
Catedral.  El  uno  de  ellos  era  el  del  Monasterio;  el  otro 
que  estaba  tocando  con  la  Catedral  y  próximo  á  la  Ca- 
nónica, tenía  que  ser  el  de  la  Basílica.  También  la  Com- 
postelana (4)  hace  mención  del  claustro  al  referir  la  tras- 


(1)  Lib.  I,cap.  CXIV,  núm.  2. 

(2)  Lib.  III,  cap.  I. 

(3)  Lib.  I,  cap.  CXVI,  pág.  243. 

(4)  Lib.  I,  cap.  XV,  pág.  4L 


142  LIBRO  SEGUNDO 


lación  de  las  Reliquias  de  San  Fructuoso,  de  Santa  Su- 
sana y  San  Silvestre.  Señalando  los  lugares  de  la  Cate- 
dral en  que  faé  colocado  cada  uno  de  estos  Cuerpos 
Santos,  dice  que  el  de  San  Fructuoso  fué  definitivamen- 
te depositado  hacia  el  año  1106  en  la  capilla  de  San 
Martín,  en  donde  se  le  edificó  y  consagró  un  altar.  Al 
precisar  el  sitio  en  que  estaba  dicha  capilla,  añade  que 
se  hallaba  entre  la  capilla  mayor  y  la  puerta  que  con- 
ducía al  claustro;  infer  pirtarn  qiiae  mittít  in  daiistrum  et  Al- 
tare Sci.  Jacohí  (1).  Este  claustro  no  podía  ser  otro  que  el 
de  la  Canónica,  el  propio  de  la  Catedral. 

En  vista  de  esto  habrá  que  admitir,  que  lo  que  la 
Compostelana  dijo  en  el  año  1124,  debe  entenderse  en  el 
sentido  de  que  el  claustro  entonces  existente  — que  sin 
duda  sería  muy  pequeño  y  quizás  estaría  arruinado^ — ■ 
era  indigno  de  la  gran  Basílica  compostelana,  y  que  ni 
aún  merecía  mentarse. 


(1)     Esta  puerta  es  la  que  Ajmerico  llama  de  la  Canónica.  (Véase  más 
atrás,  pág.  125). 


LOS   TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         143 


I 


XIX 


Signos  lapidarios 


INALMENTE,   para  completar   este   estudio 

debemos  decir  algunas  palabras  acerca  de 

las  marcas  ó  signos  lapidarios,  grabados  en  los 

sillares,  sobre  los  cuales  signos  podemos   hacer 

algunas   interesantes  deducciones  acerca  del 

curso  que    so   siguió    en   la  construcción    de   la 

Iglesia. 

En  lo  que  queda  de   los   muros   antiguos  que 
cerraban  el  deambulatorio,  apenas  se  nota  signo 
alguno  lapidario.  Esto  demuestra  que  esta  parte 
se  fué  haciendo  normalmente,  es  decir,   con  solos 
los  canteros  que  tenía  á  jornal  la  Fábrica.   En  el  bra- 

%    T  +  X  B    $  /  í  ai 

XRCe^F  Ais 

Algunos  de  los  signos  grabados  en  el  brazo  meridional  del  crucero. 

zo  meridional  del  crucero,  que  es  el  más  antiguo,  ya 
se  notan  con  frecuencia  algunos  signos  lapidarios;  de  lo 
que  debe  colegirse  que  además  de  los  canteros  que  tra- 
bajaban á  jornal,  se  recurrió  á  otros  que  trabajaban  á 
destajo,  los  cuales  grabaron  su  marca  en  cada  una  de  las 
piezas  que  iban  labrando. 


144  LIBBO  SEGUNDO 


En  la  construcción  del  brazo  septentrional  del  cru- 
cero debió  precederse  con  suma  rapidez,  como  lo  exigía 
la  circunstancia  de  que  por  aquel  lado  era  por  donde  so- 
lían venir  las  caravanas  de  peregrinos.   Hay  algunos 


w  ^  <2i/v  a  "K  /?  t 

Signos  grabados  en  los  machones  del  brazo  septentrional  además  de  los  impr3H0  3 
en  los  machones  del  brazo  meridional. 

machones,  cuyos  sillares  están  casi  todos  marcados  con 
algún  signo  lapidario.  Esto  demuestra  cuantos  opera- 
rios á  destajo  hubo  necesidad  de  llamar  para  terminar 
en  breve  plazo  la  obra. 

En  la  obra  de  la  nave  del  trascoro  ya  se  procedió 
con  más  calma,  pues  son  raros  los  signos  que  se  notan  en 
las  paredes  y  en  los  machones.  No  obstante,  los  muros 
que  cierran  el  área  de  la  Iglesia,  á  juzgar  por  las  mar- 
cas lapidarias  que  se  ven  al  exterior  — en  las  pocas  par- 
tes que  de  estos  muros  quedaron  descubiertas —  debieron 


iU 


^ZV'  A 


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vL  DC    1£ 


construirse  con  bastante  actividad;  la  cual  actividad  fué 
en  aumento,  á  medida  que  se  iban  elevando  los  muros. 
Así  es  que  á  la  altura  de  las  segundas  ventanas,  ó  sea 
las  de  las  galerías,  los  signos  lapidarios  se  multiplican 


LOS  TBES  PEIMEEOS  SIGLOS  BE  LA  I.  COMPOSTELANA  145 

considerablemente.  Otra  prueba  de  la  premura  con  que 
se  construyó  esta  parte  alta  de  la  iglesia,  nos  la  ofrece 
el  poco  esmero  que  se  advierte  en  el  asiento  de  los  silla- 
res, cuyas  juntas  están  bastante  separadas. 

Por  lo  común,  los  signos  están  profundamente  graba- 
dos, y  son  de  bastantes  dimensiones;  algunos  de  20  cen- 
tímetros y  más  de  alto.  En  su  mayoría  son  letras  mayús- 
culas, acaso  las  iniciales  de  los  nombres  de  los  opera- 
rios, como  P  (Petrus),  Gr  (Gundesindus),  S  (Suarius), 
A  (Arias),  etc.;  pero  también  abundan  los  signos  con- 
vencionales, como  el  llamado  sello  de  Salomón,  el  trián- 
gulo, el  hacha,  el  compás,  el  candelabro,  etc. 

Es  de  notar  que  algunos  de  estos  signos,  lo  mismo  se 
encuentran  en  las  partes  por  donde  se  comenzó  á  cons- 
truir la  iglesia,  que  en  las  últimas  y  más  elevadas;  lo 
cual  demuestra  que  la  obra  se  llevó  á  cabo  de  un  golpe 
y  sin  interrupción. 


XX 

Mobiliario 

iMvr  M  ^^  i^obiliario  de   aquella  época,   como 
"-^"^"'^     V±í^    era  consiguiente,  pocas  piezas  nos  que- 
dan.  Prescindiendo  do   algunas  mucho   más   antiguas, 
como  la  cruz  de  Alfonso  III,  la  de  Ordeño  II,  la  primiti- 
va pila  bautismal,  contemporáneas,  con  poca  diferencia, 

de  la  reedificación  de  la  i)rimitiva  Basílica,   sólo  podre- 
Tono  m.— 10. 


14G 


LIBBO  SEaUNDO 


nios  citar  la  columna  de  cobre  fundido  que  contiene  los 
restos  del  férreo  bordón  de  Santiago  y  la  cruz  dos  farra- 
¡JOS  ó  de  los  harapos;  llamada  así  poi*  las  ropas  que  al 
pie,  en  un  gran  depósito  de  piedra,  solían  dejar  los  pe- 


Columua  de  (;obre  íuiitlido  (jue  contiene  los  restos  del  bordón  de  Santiagfj. 

regrinos  (1).  Como  ya  hemos  dicho,  esta  cruz,  á  juzgar 
por  el  tubo  que  tiene  en  la  base  para  enchufar  en  el 
asta,  parece  haber  sido  procesional.  Es  también  do  co- 
bre, y  tiene  unos  dos  metros  de  alto  (2). 


(1)  Parece  que  estos  paños  se  recogían  y  subastaban,  repartiéndose  el 
producto  entre*  la  Fábrica  de  la  Iglesia  y  el  Alcalde  inaj^or  del  Arzobis- 
pado. En  el  año  1400,  (pie  fué  año  de  Jubileo,  produjeron  5^.000  mara- 
vedises. 

(2)  Véase  el  fotograbado  de  la  pág.  136. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  147 


XXI 

Conclusión 


ERDÓNNENOS  nuestros  lectores  si  la  belle- 
za íntima  y  profunda  de  nuestro  monu- 
mento, nos  obliga  á  detenernos  aún  en  algu- 
nos detalles  que  hieren  la  imaginación,  pero 
con  la  dulce  herida  que  cautiva  al  alma  y  produce  el 
entusiasmo.  Si  con  el  pensamiento  nos  remontamos  á  la 
época  en  que  fueron  construidas  aquellas  armoniosas  ar- 
cadas que  cierran  las  grandes  naves  (1),  aquellas  tan 
bien  concertadas  bóvedas  de  la  galería  (2),  todo  aquel 
conjunto  de  miembros  los  más  diversos  y  sin  embargo 
marcados  todos  con  el  sello  de  la  más  perfecta  unidad,  se 
sobrecoge  el  ánimo  al  considerar  la  pericia,  el  talento, 
la  energía  de  los  que  pusieron  mano  á  obra  tan  acaba- 


(1)  Véase  el  fotograbado  de  la  pág.  148. 

(2)  Véase  el  fotograbado  de  la  pág.   149. 


148 


LTBEO  SEGUNDO 


Fotografía  de  J.  limia^ 


Fotograbado  de  í^a^orta. 


LOS  TRÉá  PHIiíElaOS  SlGÍLOá   DEl  LA  I.  COMPOSÍELA.N'A         149 


fotogrq/ta  de  J.  Limia 


fotograbado  de  Laforta% 


150  LIBRO  SEGUNDO 


da  en  tiempo  en  que  en  otros  países  no  se  salía  aún  de 
tímidos  y  á  veces  frustrados  ensayos. 

¡Loor  eterno  á  nuestros  padres  que  supieron  erigir 
un  monumento,  que  pudiera  ser  siempre  el  orgullo  de 
sus  nietos! 


CAPÍTULO  IV 


Prisión  y  anticanónica  deposición  de  D.  Diego 
Peláez  en  el  Concilio  de  Husillos. — Intrusión 
de  D.  Pedro,  Abad  de  Cárdena. 


á  esta 
realce 


NA  (le  las  épo- 
cas más  me- 
morables de 
nuestra  Histo- 
ria, es  la  que 
señala  la  con- 
quista de  To- 
ledo. Merced 
gloriosa  empresa,  la  Autoridad  Real  cobró  nuevo 
y  esplendor,  y  atrajo  á  la  vez  el  amor  y  la  consi- 


152  LIBEO  SEGUNDO 


deración  de  todos,  no  sólo  dentro,  sino  fuera  de  la  Pe- 
nínsula. D.  Alfonso  VI,  después  que  el  25  de  Mayo 
de  1085  hizo  su  entrada  triunfal  en  la  antigua  capital 
del  Imperio  Visigótico,  se  dedicó  con  premura  á  poner 
en  asiento,  tanto  las  cosas  de  aquella  tan  ansiada  Me- 
trópoli, como  las  de  todo  el  reino,  que  bien  lo  necesita- 
ban después  de  tantas  y  tan  porfiadas  luchas. 

Con  el  ensanche  del  reino  y  el  establecimiento  de  la 
Corte  en  Toledo,  quedó  Galicia  más  alejada  de  los  cen- 
tros gubernamentales;  pero  por  esto  mismo  pudo  conser- 
var cierta  prudente  autonomía,  que  redundó  en  gran 
bien  suyo,  é  hizo  recordar  los  días  de  D.  Ordeño  II  y  de 
su  hijo  D.  Sancho.  La  fama  de  la  guerra  de  Toledo  y  de 
la  irrupción  de  los  Almorávides,  había  atraído  á  España 
á  muchos  adalides  extranjeros,  ávidos  de  honra  y  de 
gloria.  Entre  ellos  se  había  señalado  el  Conde  D.  Ra- 
món de  Borgoña;  y  el  Rey  D.  Alfonso  para  premiar  sus 
servicios,  y  utilizar  los  que  en  lo  sucesivo  pudiera  pres- 
tarle, quiso  retenerlo  en  la  Península  dándole  muy  ho- 
norífica y  ventajosa  colocación.  Era  D.  Ramón  hijo  de 
Guillermo,  Conde  de  Borgoña,  y  hallábase  emparentado 
con  la  familia  real  de  Francia,  y  de  consiguiente,  con 
la  Reina  de  España,  D.'^  Constanza.  Por  de  pronto  le 
dio  D.  Alfonso  el  gobierno  de  Galicia  con  título  de  Con- 
de, y  le  prometió  la  mano  de  su  hija  primogénita,  la  in- 
fanta D.^  Urraca  (1). 


(1)  El  primer  documento  en  que  D.  liamón  aparece  intitulándose  Con- 
de de  Galicia,  es  un  Privilegio  concedido  por  D.  Alfonso  VI  en  el  año 
1088,  al  Monasterio  de  San  Martín  de  Santiago.  Dona  el  Monarca  por  esta 
escritura,  al  Monasterio,  el  lugar  de  Barcena,  en  tierra  de  Saines,  parroquia 
do  San  Juan  de  Boione  (Bayón),  i  la  falda  del  Castro  Lupario.  Después  do 


LOS  TRES   PRIMEROS  SIGLOS   DE  LA  1.  COMPOSTELAIÍÁ        l63 


FutofjrdfiudeJ.  Limia. 


Fotogrchudu  de  Laporta, 


Miniatura  del  Tiunho  A,  fnl.  20  vuelto,  que  representa  á  D.  Alfonso  VI, 


154  LIBBO  SEGUNDO 


Pero  no  debemos  adelantar  ideas,  sin  hacer  ver  pre- 
viamente cuánto  necesitaba  D.  Alfonso  de  una  persona 
de  bastante  prestigio  y  de  lealtad  probada,  á  quien  pu-- 
diese  confiar  el  gobierno  de  Galicia.  En  primer  lugar  el 
Re}^  de  Galicia,  D.  García,  era  para  D.  Alfonso  una  con- 
tinua pesadilla  (hac  necessüudine  anxms,  dice  el  SüenseJ, 
No  bastaban  á  tranquilizarlo,  ni  los  muros  del  castillo 
en  que  se  encontraba  D.  García,  ni  los  grillos  y  cadenas 
que  lo  aprisionaban.  Escribe  el  Arzobispo  D.  Rodrigo  (1), 
que  D.  Alfonso  amaba  ciertamente  á  su  hermano,  y 
quería  que  á  su  muerte  le  sucediese  en  el  Trono,  y  que 
habiendo  sabido  que  D.  García  se  hallaba  enfermo,  ha- 
bía dado  orden  para  que  se  le  aflojasen  los  grillos,  aun- 
que no  del  todo;  porque  recelaba,  que,  como  era  tan  dís- 
colo, si  llegaba  á  recobrar  la  libertad,  le  revolviese  y 
perturbase  el  reino. 

En  segundo  lugar,  no  todos  los  gallegos  podían  re- 


acotar  el  lugar  con  piedras  levantadas  y  escritas,  hace  cesión  al  Convento  de 
varias  voces  ó  derechos  Reales  que  dentro  de  dichos  términos  correspon- 
dían á  la  Corona.  Entre  otros,  menciona  el  derecho  de  cliaritel,  (que  era  la 
facultad  de  poner  marcos  ó  sellos),  y  las  multas  por  homicidio,  rapto  y  hurto. 
No  es  original  este  documento  que  se  guarda  en  la  Biblioteca  de  la  Univer- 
sidad de  Santiago  entre  los  procedentes  de  San  Martín;  y  aún  pudiera  suce- 
der que  la  firma  de  D.  llamón  fuese  posterior  al  año  1088. 

Sandoval  (Historia  de  los  Reyes  de  Castilla  y  León.—D.  Alfonso  VI', 
Pamplona  1634;  fol.  82),  cita  una  escritura  del  Monasterio  de  Jubia,  por  la 
cual  Osorio  Velázquez  con  su  hijo  Pelayo  Osóriz,  vende  á  D.  Rodrigo  Frói- 
laz  la  iglesia  de  Santa  María  de  Vilar  en  el  Obispado  de  Mondoñedo.  La 
fecha,  según  Sandoval,  estaba  así:  Era  MCXXV.  III  Kal.  Aprilis,  regnan- 
te  Adefonso  Bex  in  Toleto  regni  sui,  tenente  Qaletie  prejussa  illius  Regis  ge- 
ner  ejus  Comité  Reymundus  ortus  ex  stirpe  francorum.  El  erudito  Obispo  de 
Pamplona  ya  estimaba  que  esta  fecha  estaba  viciada;  pero  si  se  lee  así: 
Era  MCXXVIII.  Kal.  Aprilis,  es  perfectamente  admisible. 

(1)     De  rehus  Hispaniae,  lib.  VI,  cap.  XXX. 


LOS  TBES.  PBIMEEOS  SIGLOS  DE   LA  I.  COMPOSTELANA         155 

signarse  á  ver  en  prisiones  á  su  antiguo  Monarca;  y  mu- 
chos de  ellos  soportaban  con  disgusto  el  yugo  de  D.  Al- 
fonso, y  buscaban  sin  rebozo  la  ocasión  de  sacudirlo. 
Descollaba  entonces  entre  los  Magnates  gallegos  el  Con- 
de D.  Rodrigo  Ovéquiz,  de  la  esclarecida  familia  de  los 
Osorios;  el  cual  era  señor  de  muchas  tierras  y  posesio- 
nes que  con  sus  hermanos  D.  Vela  y  D.  Bermudo,  ha- 
bía heredado  de  su  padre  D.  Oveco  Bermúdez  y  de  su 
abuelo  D.  Bermudo  Vigílaz  ó  Vélaz.  Los  primeros  años 
de  su  juventud  los  había  pasado  en  la  Corte  del  Rey 
D.  Alfonso;  quien  prendado  de  sus  excelentes  cualida- 
des, y  quizás  también  por  motivos  políticos,  lo  había 
siempre  distinguido  con  particular  afecto  (1). 

Cuando  D.  Rodrigo  Ovéquiz  volvió  á  Galicia,  ya 
eran  generales  la  desazón  y  descontento;  y  el  intrépido 
Magnate,  que  sin  duda  participaba  en  secreto  de  los 
mismos  sentimientos,  no  tardó  en  convertirse  en  centro 
y  cabeza  de  los  conjurados.  Su  madre,  D.^  Elvira  Suárez, 
señora  de  varoniles  alientos,  lejos  de  disuadirle  de  sus 
arriesgados  y  temerarios  propósitos,  lo  animaba  á  la  in- 
surrección. A  las  órdenes  de  D.  Rodrigo  acometen  los 
rebeldes  la  ciudad  de  Lugo,  se  apoderan  de  sus  fortifi- 
caciones, dan  muerte  á  Ordeño,  merino  del  Rey,  y  enar- 
bolan  descaradamente  el  estandarte  de  la  rebelión. 
Alentados  por  el  feliz  éxito  de  este  primer  golpe,  procu- 
ran con  frecuentes  correrías  tener  en  continua  alarma 


(1)  En  un  Diploma  otorgado  á  la  Iglesia  de  Lugo,  dice  T).  Alibnso  de 
D.  Hodrigo:  Quefn  ego  ut  filium  nutrieram,  et  honore  et  mumre  ditaveram. 
En  18  de  Febrero  de  1085  aun  firma  D.  Rodrigo  con  su  hermano  D.  Vela 
una  donación  hecha  por  D.  Alfonso  VI  á  la  Santa  Iglesia  de  Astorga, 


156  LIBRO   SEGUNDÓ 


el  pcaís,  allegar  recursos  y  aumentar  el  número  de  sus 
parciales;  asaltan  las  fortalezas  y  castillos  de  los  alrede- 
dores; y  llegan  á  hacerse  dueños  de  gran  parte  de 
Galicia. 

Hallábase  á  la  sazón  D.  Alfonso  ocupado  en  dar 
asiento  á  las  cosas  de  la  ciudad  de  Toledo  que  acababa 
de  conquistar;  pero,  laego  que  tuvo  conocimiento  exacto 
de  la  gravedad  de  la  insurrección,  acudió  en  persona  á 
sofocar  en  su  foco  aquel  incendio  que  con  sus  llamas  po- 
día acarrear  la  ruina  de  la  patria.  Lanza  primero  sus 
tropas  al  asalto  de  las  murallas  de  Lugo;  después  al  del 
castillo;  y  por  último  al  de  la  Catedral,  en  donde  se  ha- 
bían encerrado  y  fortificado  gran  número  de  rebeldes. 
Todo  cayó  en  poder  de  D.  Alfonso;  el  cual  hizo  ejemplar 
castigo  en  los  revoltosos.  A  unos  los  condenó  á  la  última 
pena;  á  otros  les  confiscó  los  bienes;  á  otros  los  desterró 
del  reino;  y  á  los  fugitivos  los  declaró  incursos  en  caso 
de  alta  traición.  D.  Rodrigo  Ovéquiz,  con  algunos  de  los 
principales  jefes  de  la  insurrección,  fué  desterrado  á 
Zaragoza. 

Parece  que  el  turbulento  Conde  gallego  fué  bien  re- 
cibido por  el  Rey  de  Zaragoza  Almutamin  (si  es  que  no 
le  había  sucedido  ya  su  hijo  Almostaín  11,  lo  que  tuvo 
lugar  en  el  año  1085);  el  cual  tenía  á  su  servicio  á  otros 
muchos  caballeros  cristianos,  y  entre  ellos  al  célebre 
Cid  Campeador. 

Al  poco  tiempo  invadieron  á  España  los  Almorávi- 
des á  las  órdenes  del  Emperador  de  Marruecos,  Jusef- 
ben-Tachufín;  y  D.  Alfonso  VI,  que  á  la  sazón  se  halla- 
ba sitiando  á  Zaragoza,  tuvo  que  abandonar  la  empresa 
para  salirles  al  encuentro  y  atajarles  el  paso.  Fuele  ad- 
versa la  fortuna  en  este  lance;  y  la  desgraciada  jornada 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  157 

de  Zacala  ó  Sacralias  (1),  quebrantó  sus  fuerzas,  pero  no 
su  ánimo. 

Aprovechando  la  ocasión  D.  Rodrigo  Ovéquiz,  y  tal 
vez  estimulado  por  el  Rey  moro  de  Zaragoza,  que  que- 
ría de  esta  manera  vengarse  de  D.  Alfonso,  vino  de 
nuevo  á  Galicia,  levantó  gente,  estableció  su  centro  de 
operaciones  en  el  castro  de  San  Esteban  de  Ortigueira, 
cerca  de  la  costa  del  Cantábrico,  desde  donde  corría  de 
continuo  la  tierra  para  alentar  á  sus  parciales,  sacar  de 
su  indecisión  á  los  flojos  y  remisos,  y  atraer  nuevos  cóm- 
plices y  fautores. 

Dicha  fué  para  D.  Alfonso  el  que  el  Miramamolín 
Jusef,  después  de  la  de  Azagala,  diese  vuelta  para  Áfri- 
ca. Con  esto  el  Monarca  cristiano  quedó  en  libertad 
para  caer  de  nuevo  con  poderoso  ejército  sobre  los  in- 
surrectos gallegos  y  castigar  y  domar  su  rebeldía.  A  Don 
Rodrigo  Ovéquiz  le  confiscó  todos  sus  bienes  en  favor  de 
la  Santa  Iglesia  de  Lugo,  á  la  cual  tantos  daños  había 
ocasionado  (2). 

En  esta  segunda  venida  á  Galicia,  que  debió  tener 
lugar  entre  el  año  1087  y  el  1088,  fué  cuando  D.  Alfon- 
so VI  mandó  poner  en  prisiones  al  Obispo  de  Santiago, 
D.  Diego  Peláez.  No  se  saben  á  punto  fijo  las  causas  que 
impulsaron  á  D.  Alfonso  para  tomar,  como  dice  Maria- 
na, esta  grande  y  notable  resolución  de  poner  las  manos  en 


(1)  Azagala,  dehesa,  en  el  partido  judicial  de  Al burquerque,  provincia 
de  Badajoz. 

Diose  esta  sangrienta  batalla  el  23  de  Octubre  de  1086;  y  es  de  notar 
que  á  pesar  de  haber  sido  tan  gloriosa  para  las  armas  musulmanas,  sólo  con 
el  auxilio  de  las  Crónicas  cristianas  pudo  precisarse  su  fecha.  (Véase  Dozy, 
Histoi^e  des  Musulmans  d'  Espagne;  Leyde,  1861;  tom.  III,  págs.  292  y  293). 

(2)  Esj).  Sag.,  tom.  XL,  pág.  182  y  siguientes. 


158  LIBRO   SEGUNDO 


hombre  consagrado;  pero  después  de  lo  que  dejamos  ex- 
puesto, parece  que  fácilmente  se  adivinan.  La  Historia 
Coynpostelana  (1)  dá  á  entender  que  D.  Diego  fué  declara- 
do reo  de  alta  traición.  Qiiem  Episcopum  (Didacimi)  prae- 
didus  Rex  Alfonsus  expulit  ah  Ecclesia  Bti.  Jacohi,  et  diu  te- 
miit  captum,  imposito  ei  nomine  proditoris.  Proí^i/or  llama  tam- 
bién el  Rey  á  D.  Rodrigo  Ovéquiz  en  el  diploma  que  otor- 
gó á  la  Iglesia  de  Lugo  el  18  de  Junio  de  1088;  y  es 
muy  verosímil  que  entre  el  Conde  y  el  Prelado  hallase 
D.  Alfonso,  fundada  ó  infundadamente,  ciertos  motivos 
de  complicidad  (2).  Graves  eran  las  razones  que  impul- 
saban á  D.  Alfonso  á  mostrarse  en  aquella  ocasión  sus- 
picaz y  receloso.  Las  continuas  sublevaciones  de  los  ga- 
llegos; el  carácter  de  su  hermano  D.  García;  la  actitud 
de  muchos  nobles  castellanos,  no  eran  sucesos  á  propósi- 
to para  llevar  la  tranquilidad  á  su  ánimo;  y  que  no  le 
obliga.sen  á  vivir  siempre  en  zozobra. 

Por  otra  parte,  á  D.  Diego  Peláez  no  le  faltaban 
enemigos  implacables  que  á  toda  costa  deseaban  su  per- 
dición. La  energía  con  que  supo  reprimir  la  insaciable 
ambición  de  los  sacrilegos  usurpadores  de  los  bienes  y 
haciendas  de  su  Iglesia,  en  las  manos  de  algunos  de  los 
cuales  aún  quedaban  rastros  de  la  sangre  de  su  santo 
predecesor  Gudesteo,  había  levantado  contra  él  el  odio 


(1)  Lib.  II,  cap.  II. 

(2)  Para  justificar  D.  Alfonso  su  manera  de  proceder  al  confiscar  los 
bienes  al  Conde  D.  Rodrigo,  se  escuda  con  la  autoridad  de  varios  textos, 
tomados  de  la  Sagrada  Escritura,  del  Derecho  Canónico  y  del  Fuero  Juzgo, 
de  los  cuales  quiso  deducir  que  al  Príncipe  para  con  el  traidor  todo  le  era 
lícito.  (Véase  Esp.  Sag.,  tom.  XL,  Apéndice,  núm.  XXIX,  pág.  424).  Pro- 
bablemente tam})ién  con  estos  textos  se  armó  D.  Alfonso  para  perseguir  al 
Prelado  compostelano. 


LOS   TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         lo9 

y  rencor  de  muchos  y  poderosos  caballeros,  que  no 
pudiendo  perderle  por  medio  de  la  fuerza,  trataron  de 
conseguir  su  objeto  recurriendo  á  la  astucia  y  á  la  intri- 
ga. Además,  ya  entonces  los  Prelados  de  Santiago  eran 
considerados,  no  sólo  como  Obispos  de  los  más  respeta- 
bles y  venerados,  sino  como  altos  dignatarios  del  Estado, 
con  amplias  atribuciones  en  lo  civil  y  administrativo  (1). 
Esto  tampoco  podía  menos  de  suscitar  contra  D.  Diego 
grandes  celos  y  rivalidades.  Y  en  efecto,  prosiguiendo  la 
Compostelana  el  relato  del  procesamiento  de  D.  Diego, 
dice  que  algunos  de  sus  enemigos  presentaron  contra  él, 
llenos  de  envidia,  la  falsa  acusación  de  que  andaba  en 
tratos  con  los  Ingleses  y  Normandos  para  entregarles  el 
reino  de  Galicia  (2). 


(1)  Non  tantum  Episcopi  (Praesules  Coinpostellani),  sed  quasi  Princi- 
pes fuerant....  Tanto,  igitur,  honoris  culmine  Pontifices  in  Ecclesia  Bti.  Ja- 
cobi  praediti  prae  caeteri  Episcopi  Hispaniae  regiam  potestatcm  a  Regibus 
liabebant.  (Hist.  Compost.,  lib  II,  cap.  I). 

(2)  «Quidam,  enim,  ejus  inimici  invidiae  zelo  dixerunt,  quod  Gallae- 
ciae  regnum  prodere  Regi  Anglorum  et  Normannorum,  et  auferre  Regi  Hi- 
spanorum  Satageret.»  (Lib.  II,  cap.  II). 

Para  esta  calumniosa  acusación  es  fácil  que  no  faltase  algún  pretexto. 
Según  advierte  Dozy  (Recherches,  etc.,  tom.  II,  pág.  316),  los  Normandos, 
que  desde  fines  del  siglo  XI  habían  dejado  de  infestar  las  demás  regiones 
de  Europa,  continuaron,  no  obstante,  saqueando  las  cestas  de  Galicia,  y  á 
veces  en  número  tan  considerable,  que  echaban  pie  á  tierra  en  nuestro  país 
(como  hizo  Sigurd  en  1112  y  Ronald  en  1152),  y  en  él  se  detenían  el  tiem- 
po que  les  venía  bien,  exigiendo  de  los  moradores  por  medio  de  contratos  y 
arreglos,  víveres  y  lo  demás  necesario  para  la  vida.  Pudo  suceder  también, 
que,  así  como  treinta  años  antes  habían  mediado  tratos  en  Santiago  para  ca- 
sar al  Rey  D.  García,  el  hermano  de  D.  Alfonso  VI,  con  una  hermana  del 
Emperador  de  Alemania,  Enrique  IV,  así  ahora  no  faltase  quien  procurara  el 
enlace  de  D.  García  con  alguna  Princesa  normanda,  hija  acaso  de  Guiller- 
mo el  Conquistador.  Claro  es  que  esto  de  ningún  modo  lo  toleraría  D.  Al- 
fonso VI,  quien  no  dejaría  de  ensañarse  contra  el  que  hallase  sospechoso  de 
connivencia  en  tales  trabajos. 


160  LIBEO  SEGUNDO 


Téngase  en  cuenta  asimismo,  que  D.  Diego  además 
de  la  de  Obispo,  gozaba  de  doble  representación  en  la 
sociedad,  la  de  Señor  de  Santiago  y  la  de  Señor  de  ex- 
tensas comarcas,  cuyo  dominio  iba  anexo  á  la  investidu- 
ra de  la  Mitra  compostelana.  Por  cada  uno  de  estos  dos 
conceptos,  así  como  le  incumbían  arduos  deberes,  así 
también  le  correspondían  altos  honores  y  preeminencias. 
Como  á  Señor  de  Santiago,  todos  los  ciudadanos  le  de- 
bían acatamiento,  sumisión  y  respeto;  todos  debían  lle- 
var ante  él  sus  públicas  querellas,  y  esperar  de  él  la  reso- 
lución de  sus  pleitos.  Como  el  Prelado  no  podía  entender 
por  sí  en  todos  los  negocios,  tenía  establecidos  tribuna- 
les especiales,  el  del  vülicus  y  el  de  dos  Jueces  eclesiásti- 
cos. El  primero  era  una  especie  de  corregidor  encargado 
de  velar  por  la  seguridad  pública  y  por  la  observancia 
de  las  ordenanzas  municipales,  y  de  recaudar  las  penas 
pecuniarias.  Los  segundos  eran  los  que  dentro  de  la  ciu- 
dad conocían  en  toda  clase  de  pleitos  entre  los  ciudada- 
nos, y  en  los  que,  ó  por  costumbre  ó  por  la  gravedad  del 
asunto,  venían  de  las  comarcas  sujetas  á  la  Iglesia  de 
Santiago. 

En  cuanto  Señor  de  la  tierra  de  Santiago,  el  Prela- 
do compostelano  tenía  la  obligación  de  levantar  tropas 
y  conducirlas  por  sí  mismo,  ó  por  jefes  de  su  confianza, 
hasta  incorporarlas  en  la  hueste  regia  (1).  Para  la  me- 
jor organización  de  este  servicio,  el  Prelado  encomen- 
daba á  distinguidos  caballeros  bajo  el  título  de  praesti- 
monia,  honores,  mandationes.  el  gobierno  y  administración 
de  alguno  de  los  distritos  de  que  se  componía  la  Tierra 


(1)     Do   ín[\\\  el    adagio  de  que  habla  la  Compostelana  (lib.  IT,  cap.  1); 
Obispo  de  Santiago  báculo  y  ballesta. 


LOS  TEES   PRIMEROS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA        l6l 

de  Santiago;  y  los  caballeros  estaban  obligados  á  recibir 
sus  órdenes  y  á  acudir  á  sus  llamamientos.  Por  tales  ra- 
zones se  ve  que  entre  todas  las  demás,  debía  de  descollar 
la  figura  del  Obispo  de  Santiago,  y  que  podían  ser  no 
siempre  benévolas  las  miradas  que  sobre  él  fijase  el  So- 
berano. 

Mas  D.  Alfonso  comprendió  que  se  hallaba  en  el 
caso  de  dar  alguna  apariencia  de  legalidad  al  acto  de 
violencia  cometido  con  el  Obispo  compostelano:  y  para 
esto,  aprovechándose  de  la  oportunidad  del  Concilio  de 
Husillos,  celebrado  á  principios  del  año  1088,  y  contando 
con  la  excesiva  complacencia  del  Cardenal  Legado,  Ri- 
cardo de  Marsella,  propuso  en  el  Sínodo  la  deposición 
de  D.  Diego.  Ni  el  Cardenal  Legado,  ni  los  Padres  mos- 
traron valor  para  contrariar  en  este  punto  la  voluntad 
del  Monarca;  y  la  deposición,  previo  un  vano  simulacro 
de  renuncia,  fué  decretada  sin  dificultad.  Oigamos  cómo 
la  Compostelana  describe  lo  que  pasó  en  Husillos:  «El  Rey 
D.  Alfonso  asistió  en  persona  al  Concilio,  é  hizo  compa- 
recer en  su  presencia  sin  grillos,  pero  entre  sayones,  al 
Obispo  D.  Diego,  al  cual  desde  mucho  tiempo  tenía 
aherrojado;  su  intento  era  deponerlo  de  la  Dignidad 
episcopal.  El  Obispo  por  temor  al  Rey  y  con  la  esperan- 
za de  obtener  más  fácilmente  la  libertad,  no  se  resistió 
á  la  vejación  del  Cardenal  de  Roma,  y  declarándose  in- 
digno del  Episcopado,  hizo  entrega  al  Nuncio  del  n-nillo 
y  báculo  pastoral»  (1). 


(1)  ídem  Rex  Adefonsus  affuit,  et  praedictum  Episcopum,  quem  diu- 
tius  vinculis  mancipari  fecerat,  quem  solutum,  sed  tamen  sub  custodia,  ad 
Concilium  venire  jussit;  videlicet  ut  eum  a  pontificali  dignitate  dejiceret. 
'J'uuc  piaedictus  Episcopus  metu  Regis  et  spe  liberatiouis  perjudicium  Ro 
mani  Cardinalis  passus  est;  et  coram  omni  Concilio  &e  indignum  Episcopa- 
ToMonL-il. 


162  LIBBO    SEGUNDO 


Y  como  si  los  Almorávides  estuviesen  ya  á  las  puer- 
tas de  la  aula  conciliar,  y  como  si  del  pronto  despacho 
de  este  asunto  pendiese  el  desbaratar  á  estos  bárbaros, 
D.  Alfonso  apremió  para  que  en  el  acto  se  procediese  á 
la  elección  del  sucesor  de  D.  Diego.  Fué,  en  efecto,  ele- 
gido Obispo  de  Compostela,  D.  Pedro,  Abad  de  Cárdena; 
para  con  el  cual  á  esto  se  limitó  la  generosidad  de  Don 
Alfonso;  pues,  por  lo  que  parece,  se  reservó  el  Señorío 
temporal  de  la  ciudad  compostelana.  A  D.  Diego  Peláez 
lo  restituyó  á  sus  grillos  y  cadenas  (1). 

De  esta  manera  terminó  de  hecho  su  pontificado  el 
sucesor  de  D.  Gudesteo.  A  la  verdad  sus  méritos,  aún  á 
juzgar  por  los  datos  que  nos  suministra  la  Compostelana, 
no  requerían  tal  desenlace.  D.  Diego  había  sabido  ha- 
cerse respetar  de  los  turbulentos  Señores,  que  querían 


tu  proclamans,  annulum  et  virgam  pastoralem  Cardinali  reddidit.  (Lib.  I, 
cap.  III,  pág.  17). 

A  esto,  sin  embargo,  según  la  Compostelana,  llamaba  D.  Alfonso  celo  é 
interés  por  el  bien  de  la  Iglesia  del  Apóstol.  «ínter  haec  siquidem  Domi- 
nas Rex  Adefonsus,  vir  Catholicus  intima  consideratione  comperiens  quod 
bmi.  Apostoli  Ecclesia  in  periculo  viduitatis  posita,  nisi  pastorali  munire- 
tur  providentia,  sine  damno,  nullo  modo  constare  posset,  alium  in  Pontifica- 
km  Ecclesiae  Bti.  Jacobi  sublimare  cathedram  satagebat.»  (Loe.  cit.) 

(1)  La  Compostelana  (lib.  I,  cap.  II,  núm.  12),  dice  que  D.  Diego  per- 
maneció encarcelado  por  espacio  de  quince  años.  Unde  a  domino  Rege  Ade- 
fonso,  suis  exigenlibus  meritis,  capfus  spatio  XV  amiorum  permansit  in  vin- 
culis.  Esto,  por  lo  que  resulta  de  otros  documentos,  y  por  lo  que  se  despren- 
de de  la  misma  Compostelana,  no  puede  ser  exacto.  En  el  año  1087  aún  Don 
Diego  gozaba  de  libertad;  pues  subscribe  los  dos  Diplomas  otorgados  por  las 
Infantas  D.^  Elvira  y  D.^  Urraca  (véase  cap.  I,  pág.  14-16).  Según  la  Com- 
postelana (lib.  I,  cap.  VH),  al  tiempo  del  fallecimiento  del  Obispo  D.  Dal- 
macio,  que  tuvo  lugar  á  fines  del  año  1095,  ya  D.  Diego  había  reco- 
brado su  libertad;  (a  captione  Begisjam  liheratiis).  Por  lo  tanto,  lo  más  que 
D.  Diego  pudo  estar  preso,  fueron  ocho  años. 


LOS  TRES  PRIMEBOS  SIGLOS  BP.  LA  I.  COMPOSTELANA         163 


engrandecerse  á  costa  del  patrimonio  de  su  Iglesia;  á 
pesar  de  ser  hechura  del  Rey  D.  Sancho,  había  sabido 
granjearse  la  consideración  y  afecto  del  mismo  D.  Al- 
fonso VI,  y  de  las  Infantas  D/  Urraca  y  D.^  Elvira; 
abrió  las  zanjas,  trazó  el  esqueleto  y  modeló  algunas  de 
las  principales  partes  de  la  Basílica  compostelana,  que 
será  siempre  un  monumento  perenne  de  la  grandeza  de^ 
su  ánimo;  no  menos  solícito  del  edificio  espiritual,  que 
del  material,  promovió  la  ilustración  de  su  Clero,  au- 
mentó el  personal  de  su  Iglesia  elevando  hasta  veinti- 
cuatro el  número  de  sus  Canónigos;  y  en  Iria  y  en  el 
castillo  Honesto  llevó  á  cabo  notables  construcciones; 
ninguno  de  estos  hechos  en  los  que  consumió  toda  su  ac- 
tividad durante  el  Pontificado,  entraña  motivos  para 
ser  tratado  con  tanta  dureza;  por  lo  que  habrá  que  con- 
cluir con  el  P.  Flórez,  que  fué  Varón  de  grande  espíritu, 
jpero  no  afortunado. 

Tan  pronto  se  supo  en  Roma  por  aviso  del  Arzobis- 
po de  Toledo,  D.  Bernardo,  la  arbitraria  deposi<?ión  del 
Obispo  de  Compostela,  el  Papa  Urbano  II  recién  eleva- 
do al  Trono  Pontificio  no  pudo  menos  de  levantar  su 
voz  para  reprobar  un  hecho  que  por  el  modo  y  forma 
con  que  se  había  llevado  á  cabo,  revestía  todo  el  carác- 
ter de  un  verdadero  atentado.  El  Papa  después  de  poner 
en  entredicho  á  toda  la  Diócesis  de  Santiago  (1),  dirigió 
sus  Letras  Apostólicas  á  D.  Alfonso  VI;  y  en  ellas  no  sa- 
bemos si  es  más  de  admirar  la  firmeza  y  dignidad,  ó  la  de- 


(1)  Así  resulta  de  una  Bula,  que  el  Cardenal  Aguirre  publicó  (Collectio 
máxime  Coucüiorum  Hispaniae;  Roma  1755;  toin.  V,  pág.  13),  entre  las  de 
Urbano  II,  y  en  la  cual  se  lee:  Tune  etiam  in  Gallaecia  omms  dioecesis 
Sancti  Jacohi  ah  omni  est  officio  excommunicata  divino,  quia  Sancti  Jacobi 
Epiacopus  in  Regís  carcere  depoaitus  fuerat. 


164:  LIBBO  SEGUNDO 


N 


licadeza  y  cortesía  con  que  Urbano  II  procura  hacer  ver 
al  Monarca  lo  grave  de  aquella  injustificable  medida,  que 
le  ha  sido,  dice,  tanto  más  sensible,  cuanto  menos  la  es- 
peraba. Prosigue  Urbano  II  exponiendo  cuan  ineludible 
le  es  el  deber  de  declarar  nulo  y  de  ningún  valor,  lo  que 
por  sí  no  puede  tener  efecto  alguno.  Disipa  la  aparien- 
cia de  legalidad,  en  que  se  apoj^aba  el  Monarca  al  invo- 
car la  autoridad  del  Cardenal  Legado;  pues,  prescindien- 
do de  que  lo  que  se  había  hecho  con  el  Prelado  compos- 
telano,  estaba  en  abierta  contradicción  con  los  Sagrados 
Cánones  fCanonihus  est  omnino  contrarium) ,  Ricardo  no 
tenía  entonces  representación  alguna,  pues  ya  había  si- 
do privado  de  la  Legacía  por  el  Papa  Víctor  III.  Conclu- 
}^e,  por  fin,  avocando  á  sí  la  causa,  y  rogando,  exhortan- 
do y  mandando  á  D.  Alfonso  que  ponga  en  libertad  al 
Obispo  de  Santiago,  que  lo  restablezca  en  su  Dignidad, 
y  que,  cuando  éste  vaya  á  Roma  para  ser  juzgado  cano- 
nicalmente, envíe  con  él  sus  apoderados  que  asistan  al 
juicio.  El  Papa  reprendió  muy  severamonte  al  Cardenal 
Ricardo  por  haberse  arrogado  facultades  que  no  tenía 
para  consumar  una  iniquidad.  Escribió  también  al  Ar- 
zobispo de  Toledo  para  que  trabajase  con  todo  empeño 
en  la  reposición  del  Prelado  de  Santiago,  y  le  diese 
cuenta  de  lo  que  en  este  asunto  se  fuese  actuando  (1). 
Mucho  debió  vacilar  D.  Alfonso  VI  al  recibir  las 
Letras  del  Pajm,  y  lo  que  parece  que  por  de  pronto  hizo 
fué  ir  buscando  pretextos  para  diferir  su  cumplimiento. 
p]nti'otanto   D.   Diego  permanecía   en   la  pi-isión,   y  el 


(1)  Id,  vero,  praccipue  te  laborare  volumus  et  rogamus,  ut  Sancti  Jaco- 
bi  Episcopus,  emancipatus  vinculis,  suo  restituatur  officio.  De  quo  quicquid, 
auxiliante  Domino,  egeria,  tuis  nobis  litteris  indicabi.s.  (Aí^juirre,  Collectio 
máxima j  tom.  V,  pág.  14). 


I- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  165 

Abad  do  Cárdena,  aunque  intruso,  continuó  rigiendo  la 
Diócesis  compostelana.  Es  probable  que  hubiese  sido 
consagrado  en  el  mismo  Concilio  de  Husillos,  ó  poco 
después;  pero  de  su  presidencia  en  Santiago  apenas  se 
conserva  memoria;  sólo  recordamos  haber  visto  una 
subscripción  suya  en  un  documento  de  San  Martín  Pi-  ' 
nario  del  año  1088,  redactada  en  esta  forma:  Petras 
Apostolice  Sedís  presid. 

Mas  Urbano  II  no  dejaba  de  la  mano  el  asunto,  y  á 
fines  del  año  1089  envió  á  España  por  su  Legado  al 
Cardenal  Raynerio,  persona  de  excelente  carácter,  de 
sólida  virtud  y  de  gran  tacto  en  el  manejo  de  los  nego- 
cios. El  cual,  al  poco  tiempo  de  su  llegada,  promovió  la 
celebración  de  un  Concilio  que  se  congregó  en  León  en 
la  primavera  del  año  1090.  En  él  se  tomaron  importan- 
tes resoluciones,  como  la  de  que  los  Oficios  Divinos  se 
ordenasen  según  la  Regla  de  San  Isidoro,  y  la  de  que  en 
lo  sucesivo,  dejada  la  letra  gótica,  se  adoptase  en  las 
escrituras  la  letra  francesa.  Y  por  lo  que  toca  á  nuestro 
asunto,  se  declaró  nula  la  elección  del  Abad  de  Carde- 
ña,  y  se  le  desposeyó  de  la  Mitra  de  Santiago;  por  cuan- 
to había  sido  nombrado  sin  consentimiento  de  la  Santa 
Iglesia  de  Roma.  (Quia  sine  consensu  ^Jatris  yiostrae,  San- 
dae  Romanae  Ecclesiae,  ad  tanti  honoris  arcem  jn^ovedus  fuit, 
dice  la  Compostelana  flj. 

Por  su  parte  D.  Alfonso  envió,  al  fin,  los  anteceden- 
tes relativos  á  la  causa  del  Obispo  de  Santiago;  y  en  su 


(1)  Lib.  I,  cap.  III.— Al  tiempo  en  c^ue  se  celebraba  este  Concilio,  fué 
cuando  ocurrió  el  fallecimiento  del  Rey  de  Galicia,  D.  García.  (Véase  to- 
mo II,  cap.  XXIX,  pág.  5.54). 


166  LIBRO  SEGUNDO 


vista  el  Papa,  después  de  detenido  examen  y  madura 
deliberación,  sentenció  que  debía  separarse  á  D.  Diego 
del  gobierno^de  la  Diócesis  compostelana,  pero  sin  decla- 
rarlo indigno  de  la  Dignidad  Pontifical,  pudiendo,  por  lo 
mismo,  confiársele  el  régimen  de  cualquiera  otra  Iglesia 
que  lo  eligiese  por  Pastor.  Quamvis  eí  (Didaco)  dominus  nos- 
ter  Urhamis  offícium  Epíscopctle  permiserit,  si  quando  a  vacanti 
evocar etur  Ecdesia  flj. 

Antes  de  esto,  y  todavía  antes  de  que  se  celebrara 
el  Concilio  de  León  del  año  1090,  vino  D.  Alfonso  á 
Santiago,  en  donde  lo  hallamos  á  28  de  Enero  del  refe- 
rido año  1090.  Las  cosas  de  Gralicia,  los  últimos  chispa- 
zos de  la  insarrección  del  Conde  D.  Rodrigo  Ovéquiz,  el 
estado  de  la  Iglesia  compostelana,  la  prosecución  de  la 
conquista  de  Portugal,  etc.,  atraían  faertemente  su'^ 
atención  hacia  nuestro  país.  Ea  Santiago  hospelóse  el 
Monarca  (pues  al  parecer  se  hallaba  ausente  el  Obispo 
D.  Pedro),  en  casa  de  un  caballero  llamado  Pedro  Vi- 
máraz,  al  cual  D.  Alfonso  remvmeró  largamente  el  hos- 
pedaje. De  esto  no  hubiéramos  tenido  noticia  alguna  á 
no  habérnosla  conservado  un  Privilegio  del  Monasterio 
de  San  Sebastián  de  Ficosarjro^  dado  con  motivo  de  las 
quejas  que  presentó  un  Velasco, monje  de  dicho  convento, 
contra  varios  señores  de  aquella  comarca  que  no  dejaban 
en  paz  á  los  monjes,  ni  á  sus  servidores,  y  cometían  toda 
clase  de  atropellos  en  sus  cotos  y  haciendas.  D.  Alfonso 
escuchó  benignamente  las  quejas  de  Velasco,  y  comisio- 
nó á  sus  alguaciles  Antonino  y  Fernando  para  que  rehi- 
ciesen los  antiguos  mojones  del  coto  monasterial,   pro- 


(1)     Carta  de  Pascual  II  al  Rey  D,  Alfonso  en  la  Hisf.  Compost,  li- 
]jXQ  Ij  cap,  VII, 


LOS   TBES  PEIMEBOS   SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         167 

mulgando  severísimas  penas  contra  los  quebrantadores 
de  la  inmunidad  del  convento  y  de  sus  bienes  (1). 

De  Compostela  pasó  D.  Alfonso  á  León  para  asistir 
al  Concilio  de  que  acabamos  de  hablar;  y  desde  aquí  se 
encaminó  á  Burgos,  en  donde  celebró  la  Pascua  (21  de 
iVbril),  acompañado  del  Abad  de  Cluny,  San  Hugo,  que 
acaso  había  venido  á  España  á  visitar  el  Sepulcro  de 
Santiago,  y  á  saludar  á  su  pariente  el  Conde  de  Galicia, 
D.  Ramón. 

A  todo  esto  la  Iglesia  compostelana  yacía  en  lamen- 
table orfandad  privada  legalmente  de  Pastor.  Esto  en 
lo  espiritual;  porque  para  lo  temporal  D.  Alfonso,  tuvo 
buen  cuidado  de  nombrarle  por  administrador  después 
de  la  deposición  de  D.  Pedro  de  Cárdena,  á  D.  Pedro 
Vimáraz,  que  la  administró  como  pudiera  hacerlo  un 
verdadero  dilapidador  (2).  Su  mano,  pesada  y  cruel,  no 
hizo  más  que  agravar  las  heridas  de  la  Iglesia  compos- 
telana. El  delegado  de  D.  Alfonso  VI  administraba  la 
Diócesis  á  estilo  de  campamento  ó  de  país  conquistado. 
Todas  sus  disposiciones  eran  ejecutivas,  y  la  fuerza  ar- 
mada, la  encargada  de  llevarlas  á  debido  efe3to.  Para 
mejor  asegurarse  el  buen  Vimáraz,  no  tuvo  reparo  en 
dividir  la  presa;  y  con  la  mayor  indiferencia  veía  como 
otros  usurpaban  á  la  Iglesia  la  tierra  de  Montes  con  el 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  V. 

(2)  Si  hubiésemos  de  atender  á  las  subscripciones  del  Diploma  otorga- 
do al  Monasterio  de  Picosagro,  debiéramos  decir  que  por  entonces  el  Admi- 
nistrador en  lo  temporal  de  la  Iglesia  compostelana,  era  D.  Diego  Gelmírez; 
el  cual  en  dicho  documento  firma:  Didacus  Oilmiriz  majorinus  et  dominator 
Compostelle  honoris;  pero  probablemente  esta  subscripción  la  puso  Gelmírez 
hacia  el  año  1093,  al  tiempo  en  que  consta  que  tuvo  los  cargos  que  se  enun- 
cian en  la  firma. 


108  LIBRO  SEGUNDO 


rastillo  de  San  Jorge,  y  parte  de  la  parroquia,  de  Cor- 
deiro,  cerca  de  Padrón  (1).  ¡A  tan  miserable  estado  se 
vio  reducida  la  Iglesia  compostelana  poco  después  de  la 
prisión  del  Obispo  D.  Diego! 

Por  lo  que  toca  al  Prelado,  no  recobró  su  libertad,  á 
lo  que  parece,  hasta  después  que  en  el  año  1094  fué  ins- 
tituido canónicamente  su  sucesor  el  venerable  Dalma- 
cio.  Aún  entonces  tuvo  que  refagiarse  con  algunos  de 
sus  parientes,  en  Aragón,  al  amparo  de  los  Reyes  Don 
Sancho  I,  D.  Pedro  I  y  D.  Alfonso  I,  y  expiar  en  el  des- 
tierro, como  el  Cid,  quizás  algún  rasgo  de  noble  altivez. 
Lo  cierto  es  que  la  fama  se  ensañó  con  el  nombre  de 
D.  Diego,  rodeándolo,  primero  de  espesas  sombras,  y 
luego  presentándolo  como  capaz  de  ejecutar  horrendos 
crímenes.  No  faltó  quien  insinuase  la  horrenda  sospecha 
de  que  D.  Diego  había  sido  el  verdugo  de  San  Fagildo. 
Abad  de  Antealtares,  el  cual,  por  esto,  mereció  el  dic- 
tado de  Mártir  (2);  mas,  como  ya  advirtió  Flórez  (3),  en 
su  inscripción  sepulcral  no  se  hace  la  menor  alusión  á 
martirio. 


(1)  Tantum  crudelitatis  pau peres  ac  divites  depr¿iedando  instan ter 
exercuit  (Petrus  Vimaraz),  quod  universa  hostili  more  dissipando  destru- 
xit;  et  quia  ipse  omnia  sine  intermissione  conffaturum  ac  rapturum  sese 
praesumpserat,  quorumdam  benevolentiam  iniquissime  captando,  terram 
illam  quae  Montanos  nostro  vocabulo  vocitatur,  et  quoddam  castellum 
Sci.  Jurgii,  si  ve  quamdam  partem  illius  parochiae,  quae  Corderium  dicitur, 
huic  Patrono  nostro  Bto.  Jacobo  funditus  auferri  consentiendo  permisit. 
(Hist.  Compost,  lib.  I,  cap.  III,  pág.  18).  / 

(2)  La  Sociedad  Laureada,  tom.  III,  pág.  392. 

(3)  Esp.  Sag.,  tom.  XIX,  pág.  205. 


''''"'"""""""""""""""" """ii"i»iiniiiiHiinhiliiiiiiiniiiiiiiiiiiiiiiiiiiijiihmiiiiiiiiiiiiiiiii "■■■■■■■■■'"^íiiTmZíítZíiiZíT^^ 

mmmummi i ..m imi.niHtiiiiim Miiiiinni.ilmiFümlMinñññnmTWñmimñ 


CAPÍTULO  V 


Nombra  D.  Alfonso  VI  Condes  y  Señores  de  Galicia  á 
la  Infanta  D-'^  Urraca  y  á  su  esposo  D.  Ramón  de 
Borgoña.— Concilio  de  Santiago  en  que  fué  electo 
Administrador  de  la  Diócesis  D.  Diego  Geimfrez. 


la  muerte  del 
Rey  D.  García, 
acaecida,   según 
hemos  visto,   en 
22  de  Marzo  de 
1090,  quedó  Don 
Alfonso  en  plena 
libertad  para  po- 
ner en  ejecución  los  planes  que  abrigaba   sobre 
Galicia.  Viendo  ya  en  edad  nubil  á  su  hija  Doña 
Urraca,  la  unió  en  matrimonio  á  D.  Ramón  de 
Borgoña,  é  instituyó  á  ambos  consortes  Condes 
de  Portugal  y  de  Galicia.  De  este  modo,  restituyó 
hasta  cierto  punto  á  este  país,   su  perdida   au- 
tonomía. 

D.*'^  Urraca  y  su  esposo  inauguraron  su  go- 


170 


LiBKo  Segundo 


pictografía  deJ.  Liuiia.  Fotograbado  de  Laporta, 

Miniatura  del  TumOo  Á,  fol.  133,  «xue  reproseiita  ¿v  D.^  Urrae{^ 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAlíA  l7l 


bierno  en  Galicia  con  un  gran  acto   de  reparación.   Los 


Fotografía  de  J.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta, 

Miniatura  del  Tumbo  A,  fol.  2^  vuelto,  que  representa  al  Conde  de  Galicia  D.  Ramón. 

males  qne  sufría  la  Iglesia  compostelana  llegaron  á  su 


172  LIBBO  SEaUNDO 


colmo;  la  tiranía  que  allí  ejercía  el  cruel  Pedro  Vimá- 
raz,  se  liizo  intolerable;  sus  excesos  eran  demasiado 
públicos,  y  ya  nadie  podía  desconocer  el  espíritu  de 
destrucción  de  que  se  hallaba  animado  el  infame  admi- 
nistrador. Los  Condes  de  Galicia  no  quisieron  hacerse 
cómplices  con  su  silencio  é  inacción  de  los  atropellos  de 
Vimáraz;  por  lo  cual,  llegados  á  Santiago,  lo  privaron 
ignominiosamente  de  la  administración  de  la  Diócesis  y 
en  su  lugar  nombraron  á  un  caballero  llamado  Arias 
Díaz  (1).  Tuvo  esto  efecto  á  fines  del  año  1092. 

Había  entonces  en  la  Iglesia  compostelana  un  joven 
Clérigo,  que  se  distinguía  por  la  afabilidad  de  su  trato, 
por  la  suavidad  de  sus  maneras,  por  su  ilustración  y  na- 
tural despejo,  y  por  el  interés  y  asiduidad  con  que  se 
dedicaba  al  desempeño  de  cualquier  encargo  que  se  le 
confiase.  No  en  otra  parte  que  en  la  Iglesia  de  Santiago 
había  adquirido  la  instrucción  que  poseía;  y  en  el  Pala- 
cio del  Obispo  D.  Diego  Peláez,  cuyo  familiar  había  si- 
do, aprendió  aquel  trato  de  gentes  que  le  hacía  tan 
recomendable  (2).  Tanto  caj^ó  en  gracia  al  Conde  Don 
Ramón,  D.  Diego  Gelmírez  (pues  éste  era  el  nombre  de 
nuestro  joven  Clérigo),  que,    previo  consentimiento  del 


(1)  Eo  (Petrus  Vimaraz)  quoque  deposito,  et  venerabilissimo  comi- 
té Domino  Raimundo  augustissimam  filiam  catliolici  Regis  Adefonsi  in 
conjugium  suscipiente,  Arias  Didaci  majorinus  hujus  terrae  effectus  est. 
(Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  111). 

(2)  Didacus  ille,  de  quo  agimus,  bonus  adolescens  fuit,  eruditas  litteris 
in  Ecclesia  Bti.  Jacobi,  et  adultus  in  curia  hujus  Episcopi  (Didaci  Pelagi- 
des).  (Hist.  Compost ,  lib.  II,  cap.  II,  pág.  254). — En  la  página  siguiente,  lo 
llama  adolescentem  perspicacem^  bonis  moribus  adornatum,  veloci  ingenio 
praeditum. — D.  Diego  Gelmírez  tendría  á  la  sazón  veintidós  ó  veinticuatro 
aRos  de  edad. 


LOS   TBES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA        173 

Cabildo,  lo  nombró  su  Secretario  y  Notario  mayor  de  su 
casa  y  Corte  (1).  D.  Diego  era  hijo  de  un  noble  caballe- 
ro llamado  Gelmiro  ó  Gelmirio  que  había  gozado  de 
toda  la  confianza  y  estimación  de  D.  Diego  Peláez,  has- 
ta tal  punto,  que  este  Prelado  le  había  encomendado  la 
custodia  del  castillo  Honesto  (Torres  de  Oeste),  y  el  go- 
bierno y  administración  de  Iria  y  de  todo  el  territorio 
dependiente  de  esta  ciudad,  que  comprendía  las  comar- 
cas de  Amaía  y  Postmarcos  entre  el  Ulla  y  el  Tambre. 
En  el  desempeño  de  estos  cargos,  que  Gelmirio  tuvo  por 
mucho  tiempo,  por  su  prudencia  y  moderación  se  gran- 
jeó el  aprecio  de  todos  y  la  pública  y  general  estima- 
ción (2). 

Gelmiro  era  además  un  rico  propietario,  que  poseía 
cuantiosos  bienes  en  Santiago,  Padrón,  Saines  y  otras 
partes;  pero  D.  Diego,  no  fué  su  único  heredero;  pues 
también  eran  hijos  suyos  Juan,  Munio,  Pedro  y  Gunde- 
sindo. 

Colocado  D.  Diego  al  frente  de  la  Cancillería  de  los 


(1)  .  Donnum  Didacuin,  Ecclesiae  Sci.  Jacobi  canouicuiu,  qiiem  per 
manum  et  licentiam  omnium  Canonicorum  pro  Cancellario  et  Secretario  suo 
secuiii  in  Curia  honorifice  tenebat  (comes  Raimundus).  (Kist.  Compost.,  ca- 
pítulo IV,  pág.  20). 

(2)  Cujus  Patrem  Iriam  et  ei  vicinam  provinciam  videlicet  inter  dúos 
fluvios  IJliam  et  Tamarein  mira  arte  discretioiiis  et  summo  rigore  modera- 
minis  et  mullis  annis  gubernasse  recolebant....  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  ca- 
pítulo IV). 

Pater  ejus  nomine  Gelmirius  miles  ac  praepotens  fuit  temporibus  Dida- 
ci  Pelagides,  Compostellani  Episcopi;  a  quo  Episcopo  habuit  et  rexit  castel- 
lum  nomine  Honestum,  et  honoremei  circumquaque  adjacentem,  Iriam  et  ei 
adjacentia  Amaeam,  Pistomarchos.  (Lib.  II,  cap.  II,  pág.  254. — De  la  Com- 
'postelana  (lib.  I,  cap.  C,  pág.  188),  resulta  que  Gelmiro  era  dueño  de  las 
iglesias  de  San  Pedro  deErbogo,8an  Miguel  de  Castanella,  Santiago  de  R¡- 
basar,  y  Suu  Antolín  de  Castro  Lupario,  ó  sea  el  lamoso  Castro  d^  JT raucos. 


174 


LIBRO  SEGUNDO 


Condes  de  Galicia,  tuvo  ocasión  de  enterarse,  como  va- 
mos á  ver,  de  graves  y  trascendentales  secretos  de  Esta- 
do. A  principios  del  año  1093,  un  tristísimo  aconteci- 
miento vino  á  turbar  la  calma  y  felicidad  de  que  goza- 
ba D.  Alfonso  VI  en  el  Trono.  Nos  referimos  al  falleci- 
miento de  la  piadosa  Reina  D.  Constanza,  cuya  pérdida 
causó  tanto  más  profunda  herida  en  el  corazón  de  D.  Al- 
fonso, cuanto  que  la  ilustre  Princesa  bajó  al  sepulcro  en 
lo  mejor  de  sus  años  y  sin  haber  dejado  sucesión  mascu- 
lina. En  este  trance  fué  cuando  sin  duda  D.  Alfonso, 
quebrantado  su  ánimo  por  tan  irreparable  desgracia, 
juró  á  su  yerno  el  Conde  D.  Ramón,  deudo  por  otra  par- 
te muy  cercano  de  la  difunta  Reina,  que  á  su  muerte  lo 
declararía  su  sucesor  y  heredero  en  todos  sus  estados  (1). 
Ahora  podremos  comprender  el  alcance  y  significación 
del  convenio  estipulado  este  año  de  1093  entre  los  Con- 
des D.  Ramón  y  D.  Enrique  de  Borgoña.  Declarado 
D.  Ramón  heredero  de  la  Corona  de  León  y  de  Castilla, 
su  primo  el  Conde  D.  Enrique,  deudo  igualmente  de  la 
Reina  D.^  Constanza  (2),  y  casado  con  D.^  Teresa,  hija 
ilegítima  de  D.  Alfonso  VI,  habida  en  D.^  Jimena  Nú- 
ñez,  se  creyó  desairado;  y  como  ambicioso  que  era,  no 
ocultó  su  disgusto  y  resentimiento.  El  Abad  de  Cluny, 
San  Hugo,  llegó  á  tener  noticia  de  las  desavenencias  de 
los  dos  Condes;  y  puesto  que  ambos  estaban  emparenta- 


(1)  Reimundo  Burgundiae  Comité  Palatino,  quem  Rex  Adefonsus  a 
Burgundia  in  Hispaniam  venire  fecerat,  et  cui  totum  suum  regaum  jure- 
rsináo  poWidtus  íxiersLÍ.  (Chronicon  Compostelano  en  ei  tom.  XXTII  de  la 
España  Sagrada^  pág.  329,  ó  el  tom.  XX,  pág.  611). 

(2)  D.  Enrique  de  Borgoña  era  hijo  de  otro  D.  Enrique,  el  cual  era 
hermano  de  D.  Cluillermo  de  Borgoña,  padre  del  Conde  D.  E/amón.  Ambos 
descendían  de  Roberto,  hermano  de  Enrique  II  de  Francia. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         175 

dos  con  él  y  además  eran  sus  hijos  espirituales,  para 
atajar  en  su  origen  esta  discordia,  que  tan  funesta  po- 
día ser  para  la  cristiandad,  envió  á  España  un  legado 
con  la  misión  de  poner  en  paz  á  los  dos  primos.  Tan 
afortunado  fué  en  sus  gestiones  el  comisionado  de  San 
Hugo,  que  pudo  traer  á  los  dos  Condes  á  un  acuerdo, 
cuyas  principales  bases  eran  las  siguientes:  que  ambos 
se  ayudarían  y  protegerían  mutuamente;  que  D.  Enri- 
que reconocería  á  D.  Ramón  como  á  su  Rey  y  Señor  na- 
tural; que  posesionado  éste  del  Trono  á  la  muerte  de 
D.  Alfonso,  daría  en  feudo  á  D.  Enrique  la  tierra  de  To- 
ledo, ó  no  pudiendo  ser  ésta,  la  de  Galicia.  Después  de 
haber  jurado  en  manos  de  Dalmacio  Greret,  que  era  el 
comisionado  de  San  Hugo,  el  guardar  y  cumplir  leal- 
mente  estos  capítulos,  remitieron  una  copia  del  Acta  de 
convenio  al  Santo  Abad  de  Cluny,  para  que  éste  en  ca- 
so  necesario,  pudiese  reclamar  su  cumplimiento  (1).  A  la 
luz  de  este  documento  se  ve  clara  la  razón  por  qué  la 
Infanta  D.^  Teresa,  viuda  del  Conde  D.  Enrique,  man- 
tuvo sus  pretensiones  sobre  Galicia.  Esto  explica  tam- 
bién la  facilidad  con  que  D.  Alfonso  VII  reconoció  la  in- 
dependencia de  su  primo,  D.  Alfonso  I  de  Portugal; 
pues  al  fin  éste  de  hecho  renunció  á  los  derechos  que  pu- 
diese tener  sobre  Galicia  en  virtud  del  convenio  cele- 
brado por  su  padre  con  el  Conde  D.  Ramón. 

El  duelo  por  la  muerte  de  la  Reina  D.^  Constanza 
no  distrajo  del  cuidado  de  las  atenciones  públicas  á  Don 
Alfonso,  el  cual,  en  la  primavera  de  dicho  año  1093  pre- 
paró una  expedición  contra  los  moros  de  Portugal.  Como 


(1)     Publicó  esta  Acta  el  Cardenal  A^uirre  eu  la  Collectio  máxima  con- 
ciUorum  omnium  Hispaniae;  Roma  1755;  tom.  V,  pág.  17. 


176  LIBRO    SEGUNDO 


si  el  Cielo  hubiera  querido  consolar  con  prósperos  suce- 
sos el  ánimo  del  atribulado  Monarca,  las  armas  de  D.  Al- 
fonso no  hallaron  en  su  camino  obstáculo  serio.  El  30  de 
Abril  rindió  por  hambre  á  Santarém,  en  donde  dos  días 
después  hizo  su  entrada  triunfal;  el  6  de  Mayo  se  apoderó 
de  Lisboa;  y  el  8  del  mismo  mes  se  hizo  dueño  de  Cin- 
tra (1).  D.  Alfonso,  encomendado  el  gobierno  de   estas 
ciudades  á  su  yerno  D.  Ramón,  dio  vuelta  á  Toledo.  Don 
Ramón,  á  su  vez,  nombró  su  delegado  en  aquellas  tierras 
á  Suero  Menéndez,  y  se  vino  á  Santiago  (2).  Es  casi  segu- 
ro que  en  esta  expedición  acompañó  á  D.   Ramón  su 
canciller  el  Canónigo  compostelano,  D.  Diego  Grelmirez. 
Con  una  novedad  se  encontró  D.  Ramón  en  Santiago 
de   vuelta  de  su  expedición  á  Portugal;  y  fué  la  muerte 
del  Administrador  de  la  Diócesis  compostelana.  Arias 
Díaz.  Su    pérdida  fué  bien  poco  de  lamentar;  porque  el 
buen  Arias  no  hizo  más  que   seguir  en  todo  las  huellas 
de  su  predecesor  Vimáraz.   Merced  á  tales  Administra- 
dores, la  Iglesia   de  Santiago  yacía  en  tal  miseria,  que 
los  Canónigos  no  hallaban  que  comer  en  el  refectorio  de 
la  Canónica,  y  hasta  carecían  de  recursos  para  presen- 
tarse en  el  coro  con  traje  eclesiástico  (3). 


(1)  Cron.  Lusitano,  en  el  tom.  XIV  de  la  Es^).  Sag.,  pkg.  419.— Crow.  Co- 
nimhriceiise  en  el  tom.  XXIII  de  la  Esp.  Sag.,  pág.  331. 

(2)  Praeposuitque  eis  generum  suum  comitem  domnum  Raymundum, 
maritum  íiliae  tuae  domnae  Urracae,  et  sub  manu  ejus  Suarium  Menendi; 
ipao   antem  Rox  reversus  est  Toletum.  (Crov.  Tjusifano,  en  el  lugar  citado). 

(3)  Iste  (Arias  Didaci)  quippe  crudelis  ardentissima  cupiditate  exi- 
stens  quaecumque  extorquere  et  rapere  potuit,  sitibunda  mente  vehementius 
rapuit,  et  destruxit;  unde  tam  potens,  quaní  impotens,  tantae  aflictionis  into- 
lerabiliori  pondere  oppressi,  usque  ad  illius  obitum  in  afflictione  acérri- 
ma [Kírmanseruut. 

Cauonici  itaque  huju.s  Ecclesiae,  qui  dispeusatores  Ecclesiasticae  digni- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA    I.  COMPOSTELANA         177 

El  Conde  D.  Ramón  quiso  con  todas  veras  poner 
cuanto  antes  término  á  tan  aflictiva  situación;  y  para 
ello  convocó  en  Santiago  á  los  Obispos  de  Galicia  y  á  las 
personas  más  significadas  por  su  reputación  y  poder. 
Acudieron  al  llamamiento  los  Obispos,  D.  Pedro  de  Lu- 
go (1),  D.  Gronzalo  de  Mondoñedo,  D.  Auderico  de  Tuy, 
y  D.  Pedro  de  Orense,  y  varios  de  los  Magnates  más 
caracterizados  de  Gralicia.  Después  que  D.  Ramón  expuso 
los  motivos  que  le  habían  movido  para  reunir  aquella 
Junta,  y  después  de  haber  deliberado  con  los  concurrentes 
acerca  de  las  medidas  que  se  debían  tomar  en  aquel  caso, 
convocó  al  Clero  y  pueblo  compostelano,  para  que  ellos 
tuviesen  también  parte  en  la  resolución  del  asunto.  Lo 


tatis  esse  deberent,  ad  tantum  inopiae  tune  temporis  deven erunt,  quod  pau- 
pertatis  vinculis  obligati,  cibis  corporeae  sustentationis  in  ipsa  etiam  Canó- 
nica modis  ómnibus  indiguerunt.  Quod  autem  valde  indigunm  est,  ac  flebi- 
ter  condolenduin,  vilissimis  etiam  et  variis  vestimentis  induti,  quasi  totius 
doctrinae  ecclesiasticae  consuetudinis  expertes  in  choro  laudes  Dei  inordi- 
nate  cantabant.  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  III,  pág.  18). 

(1)  El  Obispo  de  Lugo  entonces  era  D.  Amor.  Este  Obispo  D.  Pedro, 
que  el  P.  Hisco  no  quiere  admitir  en  la  serie  de  los  Obispos  lucenses, 
debía  ser  dimisionario;  subscribe  como  tal  Obispo  de  Lugo  (Petrus  lucen- 
sis  Seáis  episcopus),  una  Escritura  de  la  Santa  Iglesia  de  Astorga,  fechada 
el  25  de  Abril  de  1087.  Poco  tiempo  después,  debió  hacer  renuncia  de  la 
Sede  y  retirarse  al  Monasterio  de  Caaveiro,  en  donde  por  este  mismo  tiempo 
residía  un  Obispo  llamado  D.  Pedro  Amíguiz,  el  cual  era  confesor,  magister, 
del  Conde  de  Traba  D.  Pedro  Fróilaz.  En  su  lugar,  en  1088,  se  nombró  á 
D.  Amor. 

No  nos  empeñaremos,  no  obstante,  en  sostener  la  identidad  del  Obispo 
D.  Pedro,  retirado  en  Caaveiro  con  el  Obispo  D.  Pedro  de  Lugo.  Si  alguno 
prefiere  que  el  D.  Pedro  de  Caaveiro  sea  el  mismo  que  el  D.  Pedro  Obispo 
de  Braga,  el  cual  según  el  P.  llomán  (citado  por  Florez,  Esp.  Sag.,  to- 
mo XV,  pág.  18G),  fué  privado  en  el  año  1096  del  ejercicio  de  la  Dignidad 
episcopal  y  encerrado  en  un  Monasterio,  no  por  deméritos,  sino  por  recelos 
de  D.  Alfonso  VI,  no  nos  parecerá  mal  tan  racional  conjetura. 
Tomo  III.— 12. 


17S  LIBBO    SEGUNDO 


que  por  de  pronto  urgía  era  nombrar  una  persona  ecle- 
siástica, cual  las  circunstancias  la  requerían,  á  quien  se 
confiase  el  gobierno  y  tutela  de  la  Diócesis.  Por  esto  Don 
Ramón  al  dirigirse  á  la  popular  asamblea:  «Id,  les  dijo, 
y  conferenciad  entre  vosotros;  que  al  que,  mediante  la 
ayuda  de  Dios,  quisierais  tomar  por  protector  y  defensor, 
yo  de  buen  grado  desde  ahora  os  lo  concedo.» 

Reuniéronse,  en  efecto,  Clero  y  pueblo;  y  todos  sin 
necesidad  de  grandes  discusiones,  convinieron  en  que 
D.  Diego  Gelmírez,  el  Canciller  del  Conde  de  G-alicia,  era 
la  persona  que  se  necesitaba.  Así  se  lo  hicieron  presente 
á  D.  Ramón:  el  cual,  no  ocultando  cuan  grato  le  era  aquel 
nom^bramiento,  instituyó  á  D.  Diego  Administrador  de 
la  Diócesis  compostelana,  entre  tanto  no  se  declarase 
definitivamente  vacante  la  Sede,  y  no  se  procediese  á  la 
elección  canónica  de  nuevo  Prelado  (1). 

En  esta  misma  Junta  ó  Concilio,  compareció  la  noble 
señora  D.'^  Argilona,  viuda  de  Arias  Pépiz,  ó  hija  de  los 
Condes  Pelayo  y  Aldonza.  Después  de  exponer  como 
había  fundado  un  Monasterio  en  tierra  de  Bergantiños, 
cerca  del  mar,  en  un  sitio  llamado  Vülanueva  (hoy  San 
Juan  de  Borneiro),  manifestó  su  intención  de  poner 
dicho  Monasterio  bajo  el  régimen  y  gobierno  del  venera- 
ble Hodorio,  y  de  sus  sucesores  los  Abades  de  San  Julián 
de  Moraime,  para  que  estos  procurasen  siempre  que  en 
Villaniieva  se  observase,  según  la  posibilidad  del  lugar,  la 
Regla  de  San  Benito.  Por  lo  cual  pidió  á  los  Obispos  pre- 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  IV. — Por  entonces,  quizás  fuese  cuando 
Golinírcz  ptisicse  su  subscripción;  Didacus  Gilmiriz  Diajorinus,  et  dominator 
Compostelle  lionoris,  confirmo,  al  Privilegio  del  Convento  de  Picosagro  que 
tenemos  citado, 


LOS   TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         179 

sentes  que  confirmasen  y  decretasen  la  anexión  de  Villa- 
nueva  á  Moraime,  como  en  efecto  así  se  hizo  (1). 

El  año  anterior,  á  6  de  Septiembre,  el  Obispo  de  Lu- 
go D.  Amor  había  consagrado  la  iglesia  de  San  Isidro  de 
Callobre,  sita  en  tierra  de  Pruzos  y  fundada  por  el  pia- 
doso Presbítero  Sentarlo.  Como  la  Sede  compostelana 
se  hallaba  á  la  sazón  vacante,  sin  duda  por  esto  Senta- 
rlo con  autorización  del  Arcediano  Juan  Rodríguez, 
invitó  al  Obispo  de  Lugo  para  hacer  la  consagración  (2). 


(1)  Documentos  pj'ocedentes  de  San  Martín  Pinario,  en  la  Biblioteca 
de  la  Universidad  compostelana. — El  Monasterio  de  San  Julián  de  Morai- 
me (cuya  hermosa  iglesia,  de  estilo  románico-bizantino  del  tercer  período, 
es  muy  digna  de  ser  visitada),  debía  de  ser  muy  antiguo;  pero  sólo  desde 
esta  época  comienzan  á  aparecer  sus  memorias.  Hacia  este  tiempo  Froilán 
Pérez  (al  cual  creemos  yerno  de  la  Condesa  D.*  Argilona),  con  su  esposa 
Marina  Ariániz,  donó  al  Monasterio  Mor  láñense  ó  de  Moraime,  qui  ab  anti- 
quis  Sabuceto  ad  portum  Árenam  majorem,  y  al  abad  Hodorio,  la  villa  de 
Sartevagos  (Sarteguas),  con  la  cláusula  de  que  los  colonos  de  dicha  villa  ó 
granja  sirviesen  al  Monasterio,  no  como  siervos,  sino  como  ingenuos. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  VI. — El  P.  Risco  (Esp.  Sag.,  tom.  XL, 
pág.  185),  coloca  la  consagración  en  el  año  1088;  masen  este  año  el  6  de 
Diciembre  no  cayó  en  domingo;  y  el  primer  año  de  los  siguientes  en  que 
esto  tuvo  lugar,  fué  el  de  1092. 


1 


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CAPITULO  VI 


Elección  canónica  de  D.  Dalmacio  para  Obispo  de 
Composteia. — La  Iglesia  de  Santiago  es  declarada 
inmediatamente  sujeta  á  la  Santa  Sede. 


CCEDió  por  fin  el 
Papa  Urbano  II 
á  que  se  nombra- 
se   Obispo    para 
Composteia;  y  en 
el    año     1094, 
cuando  5^a  Gel- 
mírez  llevaba  un 
año  de  Administrador  de  la  Diócesis,  se  procedió 
á  la  elección,  que  recayó  en  un  ilustre  Monje  de 
Cluny,  llamado  Dalmacio.  A  no  dudarlo,  éste  de- 
be ser  el  Dalmacio  Geret  que  en  el  año  1093,  en 
nombre  del  santo  Abad  de  Cluny,  Hugo,  arregló 
las  diferencias  de  los  dos  Condes  D.  Ramón  y 
D.   Enrique.  Por  lo  menos  se  sabe   que  por  este 
tiempo  Dalmacio  se   hallaba  en  España  comisio- 


182  LIBRO  SEGUNDO 


nado  por  San  Hugo  para  visitar  los  Monasterios  que  en 
nuestro  país  estaban  sujetos  al  de  San  Pedro  de  Clu- 
ny  (1).  Con  general  aplauso  y  previa  licencia  de  su 
Abad,  sentóse  al  fin  en  la  Cátedra  de  Compostela  é  Iria 
el  venerable  Dalmacio,  cuya  ciencia  y  virtud  le  hacían 
sobresalir  entre  todos  los  Monjes  cluniacenses  de  aquel 
tiempo.  La  Iglesia  compostelana  salió  entonces  de  su 
estado  de  viudez  y  desamparo,  y  pudo  abrir  su  coi'azón 
á  las  más  gratas  y  halagüeñas  esperanzas  (2). 

Dedicóse  desde  luego  D.  Dalmacio,  con  todo  ahinco, 
al  cultivo  de  aquella  viña,  cuyo  cuidado  se  le  había  en- 
comendado, y  á  la  cual  hallara,  por  abandono  de  pési- 
mos agricultores,  cubierta  de  maleza  y  sofocada  por  las 
zarzas  y  abrojos  (3).  Era,  ante  todo,  necesario  proveer 
al  Clero  Catedral  de  medios  de  subsistencia,  regularizar 
el  servicio  del  coro  y  del  Altar,  y  cortar  los  grandes 
abusos  que  por  efecto  de  tanta  penuria  y  de  tanto 
abandono,  no  pudieron  menos  de  introducirse. 

Pero  pronto  se  vio  interrumpido  en  esta  noble  y 
santa  tarea.  En  el  año  1090  vino  por  segunda  vez  á  Es- 
paña, al  frente  de  numeroso  y  aguerrido  ejército,  el 
Rey  de  los  Almorávides  Jusef  (4).  Después  de  haberse 
hecho  dueño  de  Sevilla,  Córdoba,  Almería  y  de  otras 
plazas  fuertes  de  la  España  árabe,  en  el  año  1094  diri- 
gió sus  fuerzas  contra  el  Rey  moro  de  Badajoz.  Los  Al- 


(1)  Yepes,  Coránica  gen.  de  San  Benito,  al  año  1094,  fol.  435. 

(2)  Hist.  Compost.^  lib.  I,  cap.  V. 

(3)  Hic  Sedem,  quasi  incultam  reperiens  vineam,  sicut  formam  san- 
ctae  doctrinae  noverat,  utilitati  Sanctae  Ecclesiae  ardentissimo  amore  in- 
studuit.  (Hist.  Compost.,  loe.  cit.) 

(4)  Dozy,  Histoire  des  Musulmans  d^  Espagne,  lib.  IV,  pág.  237  y  si- 
guientes, 


LOS  TBES   PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         183 

moravides  vencieron  aquí  como  en  todas  partes;  y  pro- 
siguiendo su  marcha  victoriosa,  se  apoderaron  de  Lisboa. 

El  Conde  D.  Ramón,  reunidas  las  fuerzas  de  que  pu- 
do disponer  en  Gralicia,  corrió  no  sólo  á  poner  dique  á 
aquella  inundación  que  amenazaba  asolar  la  mayor  par- 
te de  la  Península,  sino  también  á  recobrar  la  antigua 
ciudad  de  Ulises,  cuya  custodia  y  gobierno  un  año  antes 
se  le  había  confiado.  Acompañaban  al  Conde  el  Obispo 
de  Santiago  D.  Dalmacio,  el  de  Lugo  D.  Amor,  D.  Die- 
go Gelmírez  y  la  flor  de  la  nobleza  de  Galicia.  El  13  de 
Noviembre  de  1094  ya  se  hallaba  D.  Ramón  en  Coim- 
bra;  pues  con  esta  fecha  hizo  donación  á  la  Iglesia  co- 
nimbricense  del  Monasterio  de  Vacariza  (1). 

Mientras  tanto  el  Conde  de  Galicia  observaba  los 
movimientos  del  enemigo,  y  se  aprestaba  para  la  próxi- 
ma campaña,  no  descuidaba  el  poner  en  orden  y  asien- 
to las  cosas  de  aquel  país.  El  25  de  Febrero  de  1095 
otorgó  una  Carta  de  fuero  á  los  pobladores  y  vecinos  de 
Montemayor  (Montemor,  á  una  legua  de  Coimbra),  volns 
qi(í  prhis  ad  presar iam  venistis  (2),  D.  Diego  Gelmírez  fué 
el  encargado  de  extender  y  redactar  este  documento.  La 
fecha  dice  así:  Facía  cartlia  V.  Kls.  Martii,  Era  MOXXXIII 
regnante  et  imperante  Toleto  domino  Adefonsiy  TJeo  auxiliante. 

Ego  comes  Raijmundus  totius  Galletie  princzps  et  dominus 
hoc  meum  datum  roboro  et  sigmim  meum  appono. 


(1)  Brandao,  Monarchia  lusitana,  lib.  VIII,  cap.  VII. — Subscriben  el 
Privilegio  D.  Dalmacio,  J).  Amor,  y  varios  Proceres  y  Magnates.  La  firma 
de  Gjlmírez  está  concebida  así:  Didacus  Qelmtrii,  Ecclesiae  Sci.  Jacobi  cano- 
nicus  et  supradi'cti  Raymundi  Comitis  scriptor  lianc  donatioms  pagiuain  ma- 
nu  propria  scripsi  et  una  cum  ceteris  afjlrmavi,  et  ad  re¿  vigorem  signuní 
meum  injeci. 

(2)  Herculano,  Historia  de  Portugal,  tom.  I,  pág.  195,  y  nota  V,  al  fin, 


184  LIBRO  SEGUNDO 


Similíter  ego  Urraca  sub  Dei  gratia  Adeplionsi  Imperatoris 
filia  nostrurn  datum  et  grato  et  perfecto  animo... 

Didacus  Gelmirez  clericus  et  scrijptor  Comitis  domini  Ray- 
mundi  lianc  cartam  a  me  editam...  (1). 

Luego  que  todo  estuvo  dispuesto  para  la  guerra,  em- 
prendió D.  Ramón  la  marcha  hacia  Lisboa.  Caminaban 
animosos  los  nuestros,  confiados  acaso  en  que  el  recobro 
de  esta  ciudad  no  les  había  de  ser  más  difícil  de  lo  que 
había  sido  su  conquista  dos  años  antes;  esperaban  en- 
valentonados los  Moros  con  las  pasadas  victorias,  no 
menos  que  en  el  número  formidable  de  sus  escuadrones. 
Ya  los  cristianos  tenían  asentados  sus  reales  al  pie  de  los 
muros  de  Lisboa;  ya  probablemente  habían  dado  algún 
combate  á  la  ciudad,  cuando  de  repente  los  sitiados,  en 
combinación  sin  duda  con  Cir,  generalísimo  de  los  Almo- 
rávides, hicieron  una  impetuosa  salida  y  envolvieron  por 
todas  partes  el  campamento  cristiano.  Una  espesa  nube 
de  dardos  cayó  sobre  las  huestes  cristianas,  sembrando 
por  do  quiera  la  confusión  y  espanto.  Muchos  cayeron 
mortalmente  heridos,  otros  prisioneros;  y  en  poco  pendió 
el  que  aquella  expedición  no  terminase  en  tremendo  é 
irreparable  desastre.  Los  mismos  que  se  habían  salvado 
de  la  catástrofe,  no  sabían  darse  cuenta  de  cómo  habían 
escapado  de  las  garras  de  la  muerte,  y  lo  atribuían  á 
milagro.  Uno  de  ellos  fué  D.  Diego  Gelmirez,  que  como 
vemos  por  la  Compostelana^  conservó  siempre  de  esta  jor- 
nada dolorosos  recuerdos  (2). 


(1)  Sandoval,  Historia  de  los  Reyes  de  Castilla  y  de  León,  fol.  85. 

(2)  Cum  Ídem  Archiepiscopus  (Dns.  Didacus  Gelmirez)  ante  episcopa- 
tum  in  procinctu  cum  comité  Raimundo  et  cum  Optimatibus  Gallaeciae  ad 
extirpandam  tenderet  perfidiam  Gentilium,  Sarraceni  collectis  undique 
viribus,   Chriaticülarum   castra   prope   Ulisbonam   circumdantes  immensa 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  CE  LA  1.  COMPOSTELANA  185 

D.  Ramón  ya  no  hizo  poco,  si  pudo  recoger  los  fugi- 
tivos, rehacerse  al  amparo  de  los  muros  de  Coimbra,  é 
imponer  respeto  al  enemigo,  que  por  cierto  no  osó  lle- 
var más  allá  sus  victoriosas  armas.  Hecho  esto,  el  Conde 
de  Galicia  volvió  á  Santiago,  en  donde  ya  se  hallaba  en 
la  segunda  mitad  de  Septiembre.  Después  de  cumplidos 
los  deberes  religiosos  que  su  gratitud  y  reconocimiento 
le  imponían  por  verse  libre  de  una  ruina  que  parecía 
inevitable,  tuvo  que  conocer  de  un  asunto,  que  demues- 
tra la  gran  importancia  que  ya  entonces  tenía  adquiri- 
da la  ciudad  del  Apóstol.  Presentáronsele  varios  comer- 
ciantes compostelanos  para  quejarse  de  las  vejaciones 
que  sufrían  al  conducir  sus  mercancías.  Sucedía  con  fre- 
cuencia que  algunos  hombres  maliciosos  les  salían  al  pa- 
so, y  justa  ó  injustamente,  ante  el  Señor  de  la  tierra 
por  donde,  por  ventura,  transitaban,  les  ponían  deman- 
da, é  instaban  hasta  conseguir  que  se  les  embargase  to- 
do su  equipaje.  De  aquí  resultaba  que  ellos  perdían  su 
trabajo  y  su  dinero,  y  se  veían  imposibilitados  de  ejer- 
cer su  profesión. 

D.  Ramón  no  desoyó  sus  quejas,  con  tanta  más  ra- 
zón, cuanto  que  no  eran  ellos  solos  los  perjudicados,  si- 
no también  el  público;  llamó  á  consejo  á  los  principales 
Magnates  de  Galicia,  les  propuso  el  caso,  y  les  pidió  su 
dictamen.   Asistieron  á  la  Junta  los  Obispos  de  Mondo- 


obsederunt  bellatorum  multitudine.  Tanta  confluxerat  incredulae  gentis 
multitudo,  tanta  convenerant  Barbarorum  agmina  ad  Christianorum  perni- 
ciem  impetum  facturi.  Denique  cum  Christianorum  alios  caederent,  alios  in 
vinculis  menciparent,  ipse  licet  inermis,  protegente  eum  Omnipotentia  dex- 
tera,  a  telorum  grandine,  a  tanta  sanguinis  effusione  immo  ab  ipsis  Sarra- 
cenorum  manibus  liber  et  incolumis  evasit.  (Lib.  III,  cap.  LUÍ,  pág.  3G0J, 


188  LIBRO    SEGUNDO 


ñedo,  Lugo,  Orense,  Coimbra  y  Compostela,  los  Condes 
D.  Froilán  Díaz,  D.  Sancho  y  D.  Nano  Velázquez,  y 
los  grandes  de  Palacio  D.  Pedro  y  D.  Rodrigo  Fróilaz, 
D.  Lúcido  Arias,  D.  Juan  Ramírez,  D.  Froilán  Menén- 
dez,  D.  Cid  Ansemóndez,  D.  Ordoño  Egícaz  y  D.  Gutie- 
rre Menéndez.  Después  de  madura  deliberación,  se  esta- 
bleció que  á  ningún  mercader  de  Santiago,  ni  de  sus 
cercanías  comprendidas  entre  los  humilladeros  (1)  que 
rodeaban  la  ciudad,  se  le  pudiesen  embargar  en  toda 
Galicia  los  géneros  de  comercio  que  condujera  para  la 
venta;  y  que  el  que  tuviese  que  entablar  alguna  deman- 
da contra  algún  comerciante  de  Santiago,  sólo  en  esta 
ciudad  pudiese  ser  oído,  con  tal  que  ante  el  Obispo,  ó  el 
Cabildo  y  Concejo,  probase  legítimamente  su  acción. 
Establecióse,  además,  contra  el  transgresor,  la  multa  de 
60  sueldos,  la  mitad  para  el  Fisco,  y  la  mitad  para  el 
Señor  de  la  tierra  en  donde  se  hubiese  verificado  el  em- 
bargo, sin  perjuicio  de  abonar  al  Obispo  de  Santiago,  á 
su  Clero  y  al  comerciante,  lo  doble  de  lo  seouestrado. 
Expidióse  el  Decreto,  que  va  dirigido  al  venerable  Padre 
y  Obispo  D.  Dalmacio,  el  24  de  Septiembre  de  1095. 
D.  Diego  Gelmírez  que  lo  redactó,  subscribe  en  esta  for- 
ma: Ego  Didaciis  Gelmirici,  derícus,  apucl  sedern  ScL  lacobi 
nutritus,  et  Comitis  domni  Raimundi  publicus  notarius;  lianc 
institutionem  edídi  et  confirmo  (2), 


(1)  Estos  humilladeros  estaban  en  el  monte  de  San  Marcos  ó  del  Gozo, 
en  la  carretera  de  Lugo;  en  el  Crucero  de  la  Coruña,  en  la  carretera  de  esta 
ciudad;  en  el  lugar  de  Miñadoiro,  en  la  de  Padrón. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  VIL — Confróntese  con  el  cap.  XXIII, 
lib.  I  de  la-  Compostelana,  que  debió  confundir  este  Privilegio  con  el  de 
16  c|o  Diciembre  de  1105. 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIOLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA       187 

En  el  mismo  año  ratificó  D.  Alfonso  VI  este  Decreto, 
y  confirmó  al  mismo  tiempo  la  franquicia  de  que  desde 
antiguo  gozaban  los  vecinos  de  Santiago,  según  la  cual 
no  podían  ser  citados  ante  otro  Tribunal  que  el  de  su 
propia  ciudad,  ni  emplazados  por  otro  sayón  ó  alguacil 
que  el  compostelano  (1).  Grandes  eran,  según  esto,  las 
consideraciones  que  en  lo  civil  se  guardaban  á  los  ciuda- 
danos de  Santiago;  y  de  todo  ello  eran  deudores  al  Após- 
tol y  quizás  á  algún  Prelado  que  para  ellos  las  habría  so- 
licitado. 

El  comercio  de  Santiago  ya  por  entonces  no  se  ali- 
mentaba por  solas  las  vías  de  tierra,  sino  también  por 
las  marítimas,  como  veremos  más  adelante.  La  numero- 
sa cl-ase  de  los  cambiadores  cuya  institución  en  Compos- 
tela  databa  de  muy  antiguo,  y  cuyos  procedimientos,  no 
siempre  inspirados  en  las  normas  de  la  rectitud  y  justi- 
cia, con  tanta  viveza  se  hallan  descriptos  en  el  Códice  de 
Calixto  II,  no  podía  menos  de  ser  ya  entonces  un  impor- 
tante factor  para  las  transacciones  comerciales. 

Poco  tiempo  pudo  permanecer  D.  Dalmacio  en  Com- 
postela  después  de  la  fecha  del  Decreto  que  acabamos 
de  citar.  El  Papa  Urbano  II,  deseoso  de  librar  del  yugo 
musulmán  los  lugares  en  que  se  habían  efectuado  los 
inefables  Misterios  de  nuestra  Redención,  convocó  á 
Concilio  para  el  18  de  Noviembre  del  referido  año  1095, 
á  todos  los  Obispos  de  Occidente.  A  este  llamamiento 
no  faltaron  los  Prelados  de  Galicia,  si  bien  parece  que 
D.  Dalmacio  se  adelantó  á  todos.  Encaminóse,  pues,  á 
Clermont,  que  era  el  punto  designado  en  la  convocato- 
ria; y  ya  en  Francia,  no  se  creyó  dispensado  de  hacer 


(1)    Véanse  Apéndices,  número  VIII, 


188  LIBBO  SEGUNDO 


una  visita  á  su  amada  casa  de  Cluny,  con  tanta  más 
razón  cuanto  que  el  Papa  Urbano  también  había  hecho 
lo  mismo,  y  aún  para  dejar  allí  memoria  suya,  el  25  de 
Octubre  consagró  el  Altar  mayor  de  la  nueva  iglesia, 
que  seis  años  había  comenzado  á  edificar  el  abad  San 
Hugo  (1). 

El  Papa  consagró  en  Cluny  el  Altar  mayor;  el  Obis- 
po compostelano  consagró  en  la  misma  Basílica  un  Al- 
tar dedicado  á  Santiago,  como  de  ello  nos  dá  testimonio 
la  siguiente  inscripción  que  allí  se  grabó:  Hoc  altare 

CONSTRUCTUM  EST  A  DOMINO  DALMACHIO  SCI.  JACOBI  APO- 
STOLI  EPISCOPO  ET  ISTIUS  LOCI  MONACHO  IN  HONOREM  EIUS- 
DEM  BTI.  JACOBI  AC  OMNIUM  SANCTORTJM;  IN  QÜO  CONTINEN- 
TUR  PLURES  RELIQUIE  SANCTORUM,  QUORUM  NOMINA  NON 
SUNT,  NISI  DE  DUOBUS,  VIDELICET  EMETERII  ET  ZELEDONII 
MARTYRUM. 

Hemos  dicho  que  Dalmacio  se  había  adelantado  á 
los  demás  Obispos  gallegos  que  concurrieron  al  Concilio 
de  Clermont.  En  efecto,  consta  por  la  Compostelana  que 
algunos  otros  Prelados  de  esta  provincia,  además  de 
Dalmacio,  acudieron  al  llamamiento  del  Papa  (2).  A  la 
primera  sesión,  sólo  asistieron  doscientas  ocho  Mitras, 
entre  Obispos  y  Abades,  entre  los  cuales,  de  España  sólo 


(1)  En  el  año  1090  vino  San  Hugo  á  España  y  celebró  la  Pascua  (21  de 
Abril),  en  Burgos,  acompañando  á  D.  Alfonso  VI.  (V.  Aguirre,  Collectio 
máxima  conciliorum;  Roma,  1755,  tom.  V,  pág.  4). — Probablemente  en  esta 
ocasión  no  dejaría  San  Hugo  de  hacer  una  visita  á  Santiago. 

Cinco  años  después,  vino  también  á  visitar  al  Apóstol  el  Arzobispo  de 
Lyón,  Hugo. 

(2)  Religiosus  idem  Dalmatius  cum  quibusdam  comprovincialium 
Episcoporum,  qua  germana  juncti  charitate  ejus  sanctitati  inhaeserant,  in 
eodem  Concilio  Domino  Papae  se  praesentavit.  (Lib.  I,  cap.  V,  pág.  20). 


LOS  TBES   PBIMEEOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA        189 

figuran  Dalmacio  y  Pedro  de  Pamplona.  En  las  sesiones 
siguientes,  fué  aumentando  el  número  hasta  llegar  al 
de  225  Obispos  y  90  Abades.  Entre  los  Obispos  debemos 
incluir  á  los  comprovinciales  de  D.  Dalmacio,  que  por 
testimonio  de  la  Compostélmia,  se  presentaron  con  él  á 
Urbano  II.  Lo  que  solicitó  el  Prelado  compostelano  en 
esta  audiencia,  fué  la  exención  de  su  Iglesia,  la  cual,  si 
llegaba  á  restablecerse  definitivamente  la  Metrópoli  de 
Braga,  como  de  ello  se  trató  en  el  Concilio  (1),  quedaba 
reducida  á  la  condición  de  mera  sufragánea,  y  sufragá- 
nea de  una  Iglesia  que  hasta  entonces  había  estado  en 
cierto  modo  supeditada  á  la  de  Santiago.  Y  la  con- 
siguió, y  tan  completa,  como  pudiera  desear.  En  Bula 
expedida  el  5  de  Diciembre  del  mismo  año  de  1095, 
declara  el  Papa  extinguido  el  título  de  la  Sede  Iriense  y 
lo  traslada  definitivamente  á  la  Iglesia  de  Compostela. 
Declara  asimismo  exenta  á  esta  Iglesia,  y  dispone  que 
sus  Prelados  sólo  estén  sujetos  al  Romano  Pontífice,  por 
el  cual  en  lo  futuro  habrán  de  ser  consagrados  como  es- 
peciales sufragáneos  suyos.  Confirma,  además,  á  los  Pre- 
lados de  Compostela  en  la  posesión  de  todos  los  territo- 
rios y  parroquias  que  le  perteneciesen,  tanto  por  razón 
de  este  título,  como  por  el  extinguido  de  Iria  (2). 

Una  cosa  hubo,  que  D.  Dalmacio  no  pudo  recabar  de 
Urbano  II,  y  fué  la  concesión  del  Palio.  Hablando  en  el 
año  1104  el  Abad  de  Cluny,  San  Hugo,  con  D.Diego 
Gelmírez,  le  recuerda  que  su  predecesor  había  pedido 


(1)  Véase  Esp.  Sag.,  tom.  XL,  pág.  190. 

(2)  Véase  la  Bula  de  exención  en  la  Compostelana,  lib.  I,  cap.  V. 


190  LIBBO   SEGUNDO 


esto   con  mucha  instancia,   pero    que  no   lo   pudo   ob- 
tener (1). 


(1)  Cum  multis  religiosis  Episcopis  Domnum  Papam  pro  dignitate 
Pallii....  summis  precibus  exoraret  (Dalmachius)....  nihil  tamen  apud  ejus 
gratiam  impetrans,  repulsara  passus  fuit.  (Compost.,  lib.  I,  cap.  XVI,  pá- 
gina 45). 


I 


(iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiHiiiiiiiii iiiiirijiiiiiiriiiiii>iiiiiiiiriiMiiiiiiiiiiiiiiiniiiiiiTiiiririiiijiiriiiiiiMíiiiiniMMiMiiiiiiMiiiiniiinniiiiiitiiiiiiiiiiiiin 

2t: 


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CAPITULO  Vil 


Segunda  prepositura  de  D.  Diego  Geimfrez.— Donaciones  de 
D.  Enrique  de  Portugal,  D.  Pedro  I  de  Aragón  y  D.  Alfon- 
so VI.— Bulas  de  Pascual  II  acerca  de  la  provisión  de  la 
Mitra  compostelanai 


TEN  funesto  para  la  Igle- 
sia asomó  el  año  1096; 
como  antes  de  que  se 
terminase,  faltaron  la 
mayor  parte  de  los  Obis- 
pos gallegos.  D.  Dalma- 
cio  no  vivió  más  que  ocho  días  después  que  se  expidió 
en  Privat  la  Bula  de  la  exención  de  su  Iglesia';  viniendo, 
por  tanto,  á  fallecer  el  IB  de  Diciembre  de  1095.  La 


192  LIBRO  SEGUNDO 


Compostelana  llora  su  muerte  en  esta  breve,  pero  sentida 
elegía: 

«Sed  quia  non  durat,  quem  mors  prosternere  curat, 
Octo  dies  durat,  quod  nos  dolor  ejus  adurat.» 

A  la  muerte  de  D.  Dalmacio,  se  siguió  la  del  Obispo 
de  Lugo,  D.  Amor.  En  el  año  1096  cesan  también  las 
memorias  del  Obispo  de  Tuy,  D.  Auderico.  Del  año  1097 
tampoco  pasan  las  del  Obispo  de  Orense,  D.  Pedro.  Las 
tres  últimas  vacantes  se  cubrieron  al  poco  tiempo;  pero 
la  de  Santiago  ofreció  más  dificultades.  Por  una  parte, 
parecía  irreparable  el  vacío  que  dejaba  en  Compostela 
el  antiguo  Monje  de  Cluny.  No  sólo  se  había  perdido  en 
él  un  modelo  de  virtud,  de  entereza  y  de  consumada 
prudencia,  sino  que  se  echaban  de  menos  aquellas  sua- 
ves maneras,  aquella  mansedumbre,  aquella  actitud  re- 
posada y  apacible,  que  tanto  contrastaban  con  los  mo- 
dales bruscos  y  ásperos  de  los  caracteres  de  aquellos 
tiempos.  No  es,  pues,  de  extrañar  que  Munio  y  Hugo,  al 
hablar  de  la  muerte  de  D.  Dalmacio,  digan  que  este  in- 
fausto acontecimiento  fué  para  la  Iglesia  compostelana, 
lo  que  para  una  nave  desprevenida  la  deshecha  tormen- 
ta, que  se  levanta  de  improviso.  Mas  aún  no  estaba  aquí 
toda  la  gravedad  del  mal,  sino  en  el  propósito  de  Don 
Alfonso  VI  de  alargar  la  vacante,  y  en  las  gestiones 
que  hizo  en  Roma  el  Obispo  depuesto  D.  Diego  Peláez, 
tan  pronto  tuvo  noticia  del  fallecimiento  de  D.  Dalma- 
cio, para  conseguir  su  rehabilitación  y  volver  á  Santiago. 

Bueno  fué  que  en  tan  críticas  circunstancias  se  ha- 
llase presente  el  joven  piloto  que  en  otras  ocasiones  ya 
había  sacado  á  salvo  la  zozobrante  barquilla;  así  es  que 
todos  de  consuno.  Clero  y  pueblo,  pidieron  con  grandes 


LOS  TEES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  193 

instancias  al  Rey  D.  Alfonso  y  á  su  yerno  D.  Ramón, 
que  ya  que  no  proveyesen  la  vacante,  no  les  mandasen 
administradores  como  Pedro  Vimáraz  y  Arias  Díaz,  sino 
á  D.  Diego  (xelmírez;  pues  que,  con  este  nombramiento, 
á  juzgar  por  lo  pasado,  los  Príncipes  quedarían  servidos 
y  ellos  contentos  y  satisfechos.  Condescendieron  D.  Al- 
fonso y  D.  Ramón;  y  por  segunda  vez  se  confió  á  Gel- 
mírez  la  administración  de  la  Diócesis  compostelana  (1). 
De  este  período  de  la  vida  de  Gelmírez,  la  Composte- 
lana sólo  dice  que  rigió  la  Iglesia  y  los  Señoríos  de  ella 
dependientes  ftotiim  lionorem),  con  común  consejo  y  asen- 
timiento de  los  buenos  (2);  pero  no  individualiza,  ni  dá 
pormenores  acerca  de  los  actos  de  su  gobierno.  Uno  de 
sus  principales  hechos  fué,  sin  embargo,  la  fundación 
(ó  quizás  restauración)  y  dotación  del  antiguo  hospital 
de  Santiago,  que  estaba  frente  á  la  puerta  septentrional 
de  la  Basílica,  y  cuyo  destino  era  dar  asilo  á  todos  los 
peregrinos  pobres  que  venían  á  visitar  el  Sepulcro  del 
Apóstol  (3).  Otra  de  sus  más  preferentes  atenciones 
sería  el  proseguir,  en  cuanto  lo  permitiesen  las  circuns- 
tancias, que  no  eran  muy  favorables,  y  dar  feliz  cima  á 


(1)  En  un  Diploma  de  la  Santa  Iglesia  de  Mondoñedo  de  '21  de  Agosto 
de  109G,  subscribe  ya  D.  Diego  en  esta  forma:  Didacus  Gelmirez  clericus^  et 
vicarius  in  Ecclesia  Sel.  Jacobi  Apostoli,  et  notarius  Comiiis. 

(2)  Per  illos  autem  quatuor  annos  continuos,  dominus  Didacus  Gelmi- 
rez, Vicarius,  totum  liujus  Ecclesiae  honorem  communi  bonorum  consilio 
et  assensu  gubernavit.  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  VIIj. 

(3)  Medias  omnium  eleemosynarum  largitiones  a  fidelibus  superpositas 
(in  altaribus  Scae.  Mariae  Magdalenae  et  Scae.  Crucis)  peregrinorum  et 
debilium  hospitalium  domui  concessit  (Gelmírez);  quam  sane  ante  Episcopa- 
lis  consecrationis  adeptionem,  suo  pretio  acquisivit  et  propriis  íacultatibus 
propensius  dilatavit.  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XIX,  pág.  53). 

Tomo  III.— 13. 


194:  LIBBO  SEGUNDO 


las  obras  de  la  Catedral;  en  cuya  difícil  y  ardua  tarea 
entonces  debió  ser  ciertamente  ayudado  por  el  maestro 
Bernardo,  después  Tesorero  de  la  Iglesia  y  Canciller  de 
Alfonso  VII. 

Como  se  desprende  de  un  documento  que  estracta 
Risco  en  el  tomo  XL  de  la  España  Sagrada,  pág.  191,  en 
el  año  1096  vino  D.  Alfonso  VI  á  Compostela.  Más  de 
un  motivo  pudo  tener  D.  Alfonso  para  hacer  este  viaje 
á  la  ciudad  del  Apóstol;  primero  la  provisión  de  la  va- 
cante en  la  cual,  á  su  juicio,  se  hallaba  su  honor  intere- 
sado; y  luego  el  componer  á  sus  dos  yernos  D.  Ramón  y 
D.  Enrique,  que  no  acababan  de  entenderse.  En  el 
año  1093  hicieron  los  dos  primos  el  convenio  que  hemos 
visto  (1),  para  repartirse,  después  de  la  muerte  de  Don 
Alfonso,  los  dominios  de  León  y  Castilla.  A  principios 
del  año  1095  aparece  D.  Enrique  gobernando  el  distrito 
de  Braga,  pero  con  dependencia  de  su  primo  D.  Ramón  (2). 
En  1097  ya  D.  Enrique  mandaba  en  Portugal  sin  reco- 
nocer más  superioridad  que  la  del  Rey  D.  Alfonso.  In 
nostro  dominio  et  ditione,  dice  en  una  Escritura  de  Santia- 
go que  luego  veremos,  consístit  omnis  portugalensls  provin- 
cia. Estas  diversas  fases  con  que  se  presenta  D.  Enrique 
en  nuestra  historia,  indican  que  su  posición  no  era  fran- 
ca y  que  sobre  cuestión  de  autoridad,  debió  sostener  con 
su  primo  D.  Ramón  vivos  altercados,  á  los  que  contri- 
buiría la  volubilidad  del  mismo  D.  Alfonso.  Lo  cierto  es 
que  desde  el  año  1097  se  intitula  sin  reserva  Comes 
portuf/alensis.     ' 

D.  Enrique  sería  ambicioso  é  intrigante,  como  es  de 


(1)  Púg.  175. 

(2)  Herculano,  Historia  de  Portugal,  tom.  I,  pág.  194,  y  nota  IV. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         195 


suponer,  pero  no  descreído;  así  es  que  juzgó  que  con  nin- 
gún acto  podía  inaugurar  mejor  su  gobierno,  que  ponien- 
do sus  estados  bajo  la  protección  del  Patrón* de  las  Espa- 
ñas.  Con  este  objeto,  á  fines  de  dicho  año  1097,  vino  en 
romería,  causa  orationis,  á  Santiago;  y  después  de  hechas 
sus  devociones,  escuchó  benignamente  las  quejas  que  de 
los  ministros  del  Fisco  le  presentó  el  Cabildo  compostela- 
no.  Lamentábanse  los  Canónigos  de  que  dichos  funciona- 
rios no  permitían  á  los  habitantes  del  coto  de  Cornelíana 
(Cornelhá),  vasallos  de  la  Iglesia  de  Santiago,  cortar 
leña  (licjna)y  ni  madera  (materia),  en  los  bosques  públicos, 
ni  apacentar  sus  ganados  en  los  montes  del  contorno. 
D.  Enrique  por  devoción  al  Apóstol,  amore  hujus  ApostoU, 
y  en  atención  á  las  quejas  de  los  Canónigos,  dio  amplia 
licencia  á  los  vecinos  de  Cornelhá  para  que  pudiesen 
llevar  sus  ganados  aún  á  los  bosques  del  Real  fisco  y 
cortar  en  ellos  leña  y  madera,  sin  que  ningún  adminis- 
trador, ni  alguacil  pudiese  impedírselo.  Todo  esto  lo  con- 
signó D.  Enrique  en  un  Privilegio  despachado  el  9  de 
Diciembre  de  1097;  en  el  cual  subscribe:  Henrrictis  comes 
¡yortugalensis  et  coniíix  mea  Tarasia  hoc  factum  et  dayynis  et 
covfirmamns.  Subscriben  varios  Magnates,  y  al  fin  los  dos 
Jueces  Canónigos  de  Santiago,  Pelayo  Grudésteiz  y  Pe- 
dro Daniéliz  (1). 

Antes  qu(3  D.  Enrique,  había  venido  á  Compostela  la 
Infanta  D.^  Elvira,  entre  otras  cosas,  para  disponer  co- 
mo lieredera  y  albacea  de  la  hacienda  de  sus  ma3'ordo- 
mos  Cipriano  Sisnández  y  su  esposa  Aragonta;  los  cuales 
poseían  un  campo  y  cortijo  en  nuestra  ciudad.  De  estos 
bienes  hizo  donación  D.^  Elvira  al  Monasterio  de  Cela- 


(1)    Véanse  Apéndices,  niím.  X. 


196 


LIBBO  SEGrNDO 


nova  en   siifiagio  por  las  almas  de  sus  mayordomos. 


Miniatura  del  Titinho  .4,  fol.  39,  quo  representa  á  D.  Enrique,  Conde  de  Portugal. 

yubscribe  la  donación,  que  se  fechó  el  19  de  Mayo  de 


I 


LOS  THES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         197 

1097,  D.  Diego  Grelmírez  en  esta  forma:   Dldacus    Gehui- 
rus  deríciis  et  vícarius  iii  casa  domni  Jacohi  Apostolí  (1). 

Hemos  visto  cuan  pronto  la  nación  portuguesa  apren- 
dió á  venerar  al  Apóstol  Santiago,  y  á  visitar  su  Santa 
Casa;  veamos  como  desde  antiguo  los  Monarcas  de  Ara- 
gón dieron  también  testimonio  público  de  su  devoción 
al  Santo  Tutelar  de  España.  Después  que  el  Rey  D.  Pe- 
dro I  de  Aragón  á  fines  de  1096  hubo  arrancado  con  va- 
lor y  constancia  incomparables  del  poder  de  los  Moros 
la  ciudad  de  Huesca,  no  se  olvidó  de  presentar,  como 
ofrenda  á  Santiago,  alguna  parte  de  los  despojos  de  la 
victoria.  En  efecto,  por  su  Carta  de  donación,  otorgada 
en  3  de  Marzo  de  1098,  concedió  á  la  Iglesia  del  Após- 
tol unas  casas  en  Huesca,  que  habían  sido  de  Aben- 
Abtalib,  y  todo  cuanto  á  ellas  estaba  anejo  en  Benastas 
(Benasque),  en  Ekada,  en  Gimellas,  en  Vebo  y  en  Baíavem, 
Subscriben  los  Obispos  Pedro  de  Jaca  y  Huesca,  Pedro 
de  Irún  y  Poncio  de  Roda  (2). 

D.  Pedro  I  meditaba,  adamas,  la  reconquista  de 
Barbastro,  y  para  tener  de  su  parte  el  poderoso  favor 
de  Santiago,  el  3  de  Julio  del  año  siguiente  otorgó  á  la 
Iglesia  compostelana  un  Privilegio  por  el  cual  le  hizo 
donación  de  una  almunia  que  en  el  suburbio  de  dicha 
ciudad  había  poseído  Aben-Barbicula.  Donó  asimismo 
en  dicho  suburbio  un  campo  y  una  viña  frente  á  la 
puerta  de  Bébulfege;  y  no  satisfecho  con  esto,  prometió, 
para  cuando  el  Señor  le  concediese  el  apoderarse  de 
Barbastro,  las  casas  que  en  esta  ciudad  tenía  el  referido 
Aben-Barbicula.  Todo  lo  ofreció. al  Señor  Dios  y  á  San- 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  IX. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núui.  XI. 


198 


LIBEO    SEGUNDO 


Fotografía  de  J.  Limia, 


Fotograbado  de  Laporta. 


Miniatura  del  Twjiho  A,  fol.  38  vuelto,  que  representa  á  D.  Pedro  1  de  Aragón, 


LOS   TBES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         199 

tiago  de  Galicia  (Domino  Deo  et  Sánelo  lacoho  de  Gallicia}, 
en  remisión  de  sus  pecados  y  en  sufragio  por  las  almas 
de  sus  padres,  de  su  esposa  y  demás  parientes  (1).  En  el 
año  1100  vio  D.  Pedro  coronados  sus  esfuerzos  con  la 
toma  de  Barbastro,  y  pudo  de  este  modo  dar  cumpli- 
miento á  la  oferta  que  había  hecho  á  nuestro  Apóstol. 

Es  de  notar,  que  de  los  bienes  concedidos  por  el  pri- 
mer Privilegio,  se  dona  el  usufructo  por  toda  su  vida  al 
Obispo  D.  Diego  Peláez;  y  que  en  el  segundo  se  expresa 
que  la  donación  se  hizo  en  presencia  del  Obispo  D.  Die- 
go, in  presencia  de  illo  Epíscopo  don  Didaco.  Ya  hemos  dicho 
que  D.  Diego  Peláez,  para  evitar  la  persecución  de  que 
era  objeto  por  parte  de  D.  Alfonso  VI,  después  que  ob- 
tuvo la  libertad,  se  había  refugiado  en  Aragón,  en  don- 
de el  Rey  D.  Sancho  y  luego  su  hijo  D.  Pedro  I  le  pres- 
taron favorable  acogida.  Contando,  pues,  con  el  apoyo 
del  Monarca  aragonés,  tan  pronto  tuvo  noticia  del  falle- 
cimiento de  D.  Dalmacio  y  de  que  aún  se  difería  la  pro- 
visión de  la  va.cante,  se  encaminó  sin  tardanza  á  Roma 
con  ánimo  de  solicitar  del  Papa  Urbano  II  autorización 
para  volver  á  su  amada  Diócesis  de  Compostela.  No 
presentaba  mal  aspecto  el  asunto  para  D.  Diego;  y  sa- 
bedor de  ello  D.  Alfonso  VI,  despachó  con  premura  sus 
legados  á  Roma  para  impedir  que  el  desposeído  Prelado 
con  sus  alegatos  y  con  sus  informaciones,  consiguiese  su 
objeto.  Juntamente  con  sus  legados  envió  D.  Alfonso  á 
los  dos  Arcedianos  de  Santiago,  el  Abad  Oduario  y  Juan 
Rodríguez  (2).  Parece  que  D.   Diego  Peláez  esperaba 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XII. 

(2)  La  Conqjostelana  (lib.  I,  cap.  VII,  pág.  24),  sólo  dic3  que  D.  Alfon- 
so VI  envió  sus  legados  con  algunos  Clérigos  de  la  Iglesia  de  Santiago;  mi' 


200  LIBRO  SEGUNDO 


tranquilo,  y  ya  de  vuelta  en  España,  el  resultado  de  la 
cuestión;  pero  en  esto  ocurrió  el  fallecimiento  del  vene- 
rable Urbano  II  (15  de  Julio  de  1099),  y  la  elección  de 
su  sucesor  Pascual  II  (13  de  Agosto  de  1099). 

A  pesar  de  que  el  nuevo  Papa  se  hallaba  ya  en  au- 
tos, pues  había  intervenido  en  la  causa  estando  de  Le- 
gado en  España,  no  quiso  decidir  de  plano  la  cuestión, 
y  sólo  después  de  cuatro  meses,  á  contar  desde  su  elec- 
ción, expidió  el  29  de  Diciembre  las  dos  Bulas  Petítionem 
tuam,  y  Qiiantis  jam  diu.  La  primera  iba  dirigida  al  Rey; 
y  en  ella  manifiesta  el  Papa  cuan  urgente  era  poner  fin 
á  un  estado  de  cosas  tan  incierto  y  precario,  certum  tan- 
lis  varietatibus  fínem  imponere;  y  que  por  lo  mismo  estaba 
dispuesto  á  condescender  con  el  deseo  del  Monarca,  de 
nombrar  Pastor  para  la  Iglesia  de  Santiago.  En  su  vir- 
tud, Pascual  II,  dando  por  sentado  que  el  Obispo  Don 
Diego  Peláez  había  sido  justa  y  canónicamente  depues- 
to, manda  que  sin  excusa,  ni  tergiversación  de  ningún 
género,  se  proceda  en  la  Iglesia  compostelana  á  la  elec- 
ción de  una  persona  digna  de  ocupar  aquella  Cátedra; 
y  que  el  elegido  venga  á  Roma  para  recibir  la  consa- 
gración de  sus  propias  manos.  Concluye  suplicando  á 
D.  Alfonso  que,  al  menos,  suministre  al  Obispo  depuesto 
la  renta  necesaria  para  su  decorosa  subsistencia.  En  la 
Bula  Quantis  jam  diu,  dirigida  al  Clero  y  pueblo  de  Com- 


sit  Bomam  nuntios  suos  cum  clericis  hujus  Ecclesiae;  pero  no  expresa  quie- 
nes hayan  sido  éstos.  Por  la  sentencia  dada  por  el  Arzobispo  de  Toledo,  Don 
Bernardo,  entre  los  Obispos  de  Oviedo  y  de  Burgos,  sobre  el  territorio  de 
JSca.  Juliana  (Santillana),  que  publicó  Risco  en  el  Apéndice  XXIX  del  to- 
mo XXXVIII  de  la  España  Sagrada,  se  ve  que  los  Legados  regios  fueron  el 
famoso  gramático  Alón  y  el  notario  Pelayo  Bodán,  y  que  los  Clérigos  de 
Santiago  fueron  el  Abad  Uderio  y  el  Arcediano  Juan  Rodríguez.  El  Abad 
Uderio  debe  ser  el  Oduario  que  figura  como  Arcediano  en  el  año  1105, 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  201 

postela  y  á  los  Obispos  de  la  provincia,  pondera  el  Papa 
el  calamitoso  estado  de  la  Iglesia  compostelana,  que  era 
notorio  en  todos  los  ángulos  de  la  Península.  (Hispania- 
riiyn  anguhis  jam  nullus  ignorat).  Añade,  que  la  Iglesia  de 
Roma  no  puede  consentir  que  esto  continúe  por  más 
tiempo,  y  que  por  consiguiente,  ordena  que  cuanto  an- 
tes se  proceda  á  la  elección  en  los  términos  expresados 
en  la  Bula  Petítmiem  tiiam  (1).  Asi  terminó  en  la  vía 
legal  y  canónica  la  causa  de  D.  Diego  Peláez;  en  el  te- 
rreno de  los  hechos  aún  duró  por  algún  tiempo. 

Como  para  dar  á  entender  que  al  perseguir  al  Obis- 
po D.  Diego  Peláez,  no  era  su  ánimo  vejar  á  la  Iglesia 
de  Santiago,  quiso  D.  Alfonso  VI  remediar  generosa- 
mente la  escasez  y  falta  que  padecían  los  ministros  ads- 
criptos  al  culto  del  Apóstol.  A  este  fin,  les  hizo  donación 
de  la  mitad  del  rico  Monasterio  de  Santa  María  de  Pi- 
lono, á  la  falda  del  Castro  Alcobre  — cuya  otra  mitad 
había  dado  ya  la  Infanta  D.^  Elvira —  y  de  la  mitad 
de  otro  Monasterio,  el  de  San  Miguel  de  Brandariz, 
no  tan  rico  como  el  de  Pilono,  non  tam  magnae  yotentiae, 
del  cual  ya  la  misma  D.^  Elvira  donara  la  otra  mitad. 
Fué  voluntad  de  D.  Alfonso  que  los  frutos  de  ambos 
Monasterios  se  destinasen  exclusivamente  para  el  Cabil- 
do, sin  que  en  ellos  tuviesen  derecho,  ni  participación 
los  Prelados.  (Voló  ut  utrumque  monasterium  proprie  serviat 
Canonicís  Apostolicae  Ecdesíae  absque  omni  Episcopali  subje- 
ctione).  Y  la  razón  que  dá  para  esto,  es  su  deseo  de  me- 
jorar la  poco  ventajosa  situación  de  los  Canónigos,  y  de 
estimularlos  para  que  lo  tengan  presente  en  sus   oracio- 


(1)     Véanse  ambas  Bulas  en  la  Compostelana^  lib.  I,  cap.  VII,  págs.  25 
y  26. 


202  LIBRO    SEGUNDO 


nes  ante  el  Altar  del  venerando  Apóstol.  fAd  augmentum 
cibí  potiisque  ipsortim  Canonicorum) .  Concluye  D.  Alfonso 
rogando  á  los  Canónigos  que  designen  á  un  Presbítero 
que  celebre  Misa  todos  los  días  á  fin  de  que  en  vida  le 
conceda  el  Señor  victoria  contra  sus  enemigos,  y  des- 
pués de  muerto  la  eterna  bienaventuranza  (1). 

Esta  concesión  la  hizo  D,  Alfonso  el  16  de  Enero  de 
1100,  al  tiempo  en  que  tenía  convocado  á  su  ejército 
para  contener  y  reprimir  la  audacia  de  los  Almorávides. 
En  el  mismo  año,  á  13  de  Noviembre,  la  Infanta  D.^  El- 
vira estando  para  morir,  ratificó  la  donación  que  de  la 
mitad  de  dichos  monasterios  había  hecho  en  25  de 
Abril  de  1087  (2);  y  además,  añadió  la  iglesia  de  San 
Martín  de  Arilís  (Arís  ó  Arines),  y  las  casas  y  cortijo  en 
Compostela  que  habían  sido  del  monedero  Ademar  ó 
Ademarlo.  Encarga  también  que  se  nombre  un  Presbíte- 
ro que  diga  Misa  por  su  alma,  por  la  de  su  hermano 
D.  Alfonso  y  por  las  de  sus  padres  (3). 

En  el  año  1101  falleció  la  Infanta  D.^  Urraca;  y  á  la 
hora  de  su  muerte,  encomendándose  al  Apóstol,  legó  á  su 
Iglesia  un  solar  que  tenía  en  Santiago,  junto  al  foro  ó 
sea  el  Preguntoiro  (4). 

(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XIV. — El  coto  del  Monasterio  de  Pilono, 
era  de  tal  extensión,  que  abrazaba  desde  la  sierra  del  Garrió  hasta  el  río 
Ulla.  Debía  poseer  ua  importante  archivo;  porque  la  Infanta  D.^  Elvira  en 
su  donación  hace  referencia  á  antiguos  títulos  de  pertenencia;  scripiuras 
vetustas. 

(2)  Véase  pág.  14. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  XV.  —  La  Gompostelana  (lib.  I,  ca- 
pitulo XXV),  hace  mención  de  este  Privilegio,  y  cita  el  cortijo  de  Adema- 
rio,  á  quien  llama  Anaemari;  totam  curfem  Anaemar'is  numularii. 

(4)  Hist.  Compost.,  loe.  cit. 


— <^ 


I 


iiiiiiiriiniiiiíiiimiiiiMiiiiiiiiiiiiiiiiriiniiiiHiiiiiiiiiiriiiiirriiíiiiiriiiiiiiiiiirMjiiiiiiin 
liiiriíiiMHiiiiiiiiiitiiiiniiniiiiiiiiiiiiHiiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiiMiMiiiiMihiiiiiiiiiiiiiiiiMiiiiiiniiiiiMiiiiMiiHiíiiiiiníf^ 


^^^Mmmm^&i^WM 


CAPÍTULO  VIII 


Elección  y  consagración  de  D.  Diego  Gelmírez. —  Concilio  na< 
cional  de  Falencia  del  año  1100. 


UANDO  llegaron  á 
Roma  los  legados 
que  había  enviado 
D.  Alfonso  VI,  ya 
falleciera  Urba- 
no  II,  y  en  su  lugar 
había  sido  procla- 
mado Pascual  II.  Los  legados  se  detuvieron  en  Roma 
mientras  el  nuevo  Papa  no  decidió  el  asunto  y  no  expi- 
dió las  dos  Bulas  Pttüionem  tuam,  y  Quantis  jam  din  de 
que  acabamos  de  hablar  en  el  capítulo  anterior. 

Inquieto  tal  vez  Gelmírez  con  esta  dilación  de  los 


204  LIBRO    SEGUNDO 


legados,  y  deseando  por  otra  parte  visitar,  como  hacían 
muchos  gallegos  en  aquella  época  (1),  el  Sepulcro  de 
San  Pedro,  se  decidió  á  ir  personalmente  á  Roma,  y  en- 
terarse de  lo  que  había  ocurrido.  Mas  sucedió  que  al 
poco  tiempo  de  haber  salido  él  de  Compostela,  llegaron 
los  comisionados  con  las  Bulas;  por  lo  que  se  consideró 
oportuno  suspender  la  elección  mientras  él  no  volviese  de 
su  romería. 

D.  Diego  debió  llegar  á  Roma  á  principios  de  Marzo 
de  1100.  Fué  recibido  benignamente  por  el  Papa  Pas- 
cual II,  que  lo  ordenó  de  Subdiácono,  y  que  al  despedir- 
lo, le  entregó  en  forma  de  Carta  dirigida  al  Clero  com- 
postelano,  el  título  de  su  ordenación;  en  el  cual  se  adver- 
tía, además,  que  el  hecho  de  haber  sido  D.  Diego  ordena- 
do en  Roma,  no  le  fuese  obstáculo  para  que  en  España 
pudiese  ser  promovido  en  tiempo  oportuno  á  los  de- 
más Sagrados  Ordenes.  Fué  fechada  la  Carta  en  18  de 
Marzo  de  1100  (2). 

Restituido  á  su  Iglesia  D.  Diego  Gelmírez,  ya  no 
cabía  diferir  por  más  tiempo  la  elección  de  Prelado.  El 
Rey  D.  Alfonso  quiso  dar  al  acto  toda  la  importancia 
posible;  y  con  tal  intento  vino  á  Santiago  acompañado 
de  su  hermana  D.^  Urraca,  de  los  Obispos  D.  Pedro  de 
León,  D.  Osmundo  de  Astorga  y  D.  Martín  de  Oviedo,  y 
de  los  Grandes  de  su  Corte.  Fueron  convocados  para  el 
1.°  de  Julio  los  demás  Obispos  de  la  provincia  gallega;  á 
saber,  D.  Gonzalo  de  Mondoñedo,  D.  Pedro  de  Lugo, 


(1)  En  este  mismo  tiempo,  el  caballero  de  Lugo  D.  Gonzalo  Peláez, 
hizo  testamento  disponiéndose  á  emprender  el  viaje  de  Roma  (Archivo 
episcopal  de  Lugo,  lib.  IX  de  pergaminos,  niim.  76). 

(2)  Véase  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  VIII. 


LOS  TEES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  205 

D.  Diego  de  Orense  y  D.  Alfonso  de  Tuy,  los  Magnates 
gallegos  y  el  Clero  y  el  pueblo  compostelano.  Verosímil- 
mente los  Condes  de  Galicia,  D.  Ramón  y  D.^  Urraca, 
ya  se  hallarían  en  Santiago  á  la  llegada  de  D.  Alfonso. 
Numerosa  y  escogida  era  la  concurrencia;  grande  la 
espectación  por  el  desenlace  de  un  acto  que  se  había 
preparado  con  tanta  solemnidad;  pero  en  el  ánimo  de 
todos,  y  especialmente  del  Clero  y  pueblo  compostela- 
nos,  estaba  quién  debía  de  ser  el  elegido;  así  es  que 
apenas  fueron  leídas  en  la  asamblea  las  Bulas  pontifi- 
cias, todas  las  voces  aclamaron  unánimemente  á  quien 
todos  conocían  por  las  evidentes  pruebas  que  liabía  dado 
de  su  habilidad  y  de  su  aptitud  para  el  cargo,  que  esta- 
ba para  proveerse  (1).  Sólo  Gelmírez,  contemplando  con 
su  penetrante  mirada  lo  espinoso  de  las  cargas  que  se 
ocultan  tras  de  los  resplandores  del  honor  episcopal,  y 
sintiendo  débiles  sus  hombros  para  tal  peso,  no  quería 
dejarse  persuadir  de  lo  acertado  de  la  elección,  y  se  ne- 
gaba á  aceptar  el  nombramiento.  Mas  la  asamblea  per- 
maneció firme  en  su  resolución;  y  si  no  procedió  inme- 
diatamente á  la  consagración,  fué  porque  se  lo  vedaba 
la  Bula,  Vetcriim  SyiíodaUum  de  Urbano  II,  por  la  cual 


(1)  Et  quia  vitam  et  mores  ipsius — dice  D.  Miinio  Alfonso  en  nom- 
bre del  Clero  y  pueblo  compostelano—  cognoveramus,  visis  Domini  Papae 
istis  subsequentibus  literis,  eum  nolentem  atqiie  renitentem  cum  nobiliori- 
bus  totius  Gallaeciae  et  assensu  Regis  Adefonsi  et  Comitis  Raimundi,  qui 
nobiscum  laudantes  aderant,  in  Episcopum  elegimus.  (Coutpost.,  lib.  I,  ca- 
pítulo VIII). 

Sandoval  (Híst.  de  Sahacjún,  g.  42,  é  Hist.  de  Alonso  Vil,  cap.  GO),  por 
el  prurito  de  hacer  Monjes  á  todos  los  Prelados,  hace  también  á  Gelmírez 
Monje  y  Abad  de  Sahagún.  Ya  lo  refutaron  el  P.  Flórez  y  aún  el  mismo 
Argáiz. 


206  LIBBO  SEGUNDO 


quedó  reservada  á  los  Romanos  Pontífices  la  consagra- 
ción de  los  Prelados  compostelanos. 

Despachado  el  asunto  de  la  elección,  D.  Alfonso  VI 
aprovechó  la  ocasión  de  aquel  concurso  de  Grandes  y 
de  Prelados  para  tratar  algunos  negocios  que  se  refe- 
rían al  orden  público  y  al  estado  civil.  Unde  accepto  no- 
stroriim  Comihim  consüio  — se  lee  en  el  Diploma  que  luego 
citaremos —  ac  nohilium  viroriim  Magnatumqiie  totius  palatíi 
mala  orcUnata  corrigere,  et  correcta  legaliter  persistere,  unani- 
muer  statuímus.  Entre  estas  cosas  establecidas,  contóse 
un  Decreto  dado  en  favor  del  Monasterio  de  Antealta- 
res contra  los  abusos  y  usurpaciones  que  cometían  algu- 
nos señores  en  tierra  de  Aveancos.  Extendióse  el  Decre- 
to en  un  pergamino  del  que  apenas  se  conservan  más 
que  las  firmas.  La  de  Gelmírez,  está  concebida  en  estos 
términos:  Divina  gratia  Didacus  Gelmiriz  electus  honorem 
Sci.  lacohi  dijudicans  mami  pro^ma  confirmo  (1). 

Otro  asunto  de  suma  importancia  para  la  Iglesia  se 
ventilaba  por  entonces;  y  era  la  restauración  de  la  anti- 
gua Metrópoli  Bracarense.  Hemos  dicho  que  el  Prelado 
de  Braga,  D.  Pedro,  había  sido  también  blanco  de  las  per- 
secuciones de  D.  Alfonso  VI,  y  que  había  terminado  sus 
días  encerrado  en  un  Monasterio.  De  este  D.  Pedro  dice 
el  Biógrafo  de  San  Giraldo  (2) ,  que  fué  depuesto  por  el 
Arzobispo  de  Toledo  por  cuanto  hacia  el  año  1090  había 
obtenido  el  Palio  y  el  título  de  Metropolitano  de  Braga 
del  antipapa  Clemente  (3).  En  lugar  de  D.  Pedro,  el  Ar- 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XIII. 

(2)  Biografía  de  San  Giraldo,  escrita  por  su  Arcediano  Bernardo  3-  i)u- 
blicada  por  Baluze  en  el  tom.  I,  pág.  132  (ed.  de  Luca,  1761),  de  Miscellanea. 

(3)  Según  esto  no  todo  era  mala  voluntad    por  parte  de  D.  Al  (buso  VI. 
Este  D.   Pedro  había  sido  propuesto  para  la  Sede  de  Braga,  sino  por  Don 


LOS  TBES   PEIMEBOS   SIGLOS  DE  LÁ  I.  COMPOSTELANA         207 

zobispo  de  Toledo,  D.  Bernardo  instituyó  Metropolitano 
de  Braga  á  un  Monje  virtuosísimo,  por  nombre  Giraldo, 
que  había  traído  de  Moissac,  y  al  cual  había  nombrado 
Chantre  de  su  Iglesia.  Mas  á  fin  de  que  el  acto  revistiese 
todas  las  solemnidades  del  Derecho,  el  venerable  Giral- 
do se  encaminó  á  Roma,  en  donde  el  Papa  Pascual  II 
lo  acogió  con  suma  benevolencia,  y  ratificando  lo  hecho 
por  D.  Benardo,  mandó  expedir  la  Bula  de  la  restaura- 
ción de  la  Metrópoli  Bracarense.  El  Papa  escribió,  ade- 
más, desde  Letrán  con  fecha  de  28  de  Diciembre  á  todos 
los  Obispos  de  España,  y  en  especial  á  todos  los  que  per- 
tenecían á  la  antigua  provincia  gallega,  para  que  reco- 
nociesen á  San  Giraldo  como  á  su  propio  Metropoli- 
tano (1). 

Obtuvieron  estas  Bulas  solemnísima  promulgación  y 
cumplida  ejecución  en  el  Concilio  nacional  de  Palencia, 
celebrado  á  fines  del  año  1 100,  y  convocado  y  presidido 
por  el  Cardenal  Ricardo.  Asistió  también  D.  Diego  Gel- 
mírez,  el  cual  como  electo  de  Santiago,  firmó  un  Diplo- 
ma que  en  el  Concilio  otorgó  el  Obispo  de  Palencia 
D.  Raimundo  á  su  Cabildo  (2).  En  el  mismo  Concilio  hi- 
cieron promesa  de  sumisión  y  obediencia  al  metropolita- 
no San  Giraldo,  todos  los  Obispos  sufragáneos  que  se  ha- 
llaban presentes;  en  el  cual  acto  no  pudo  tomar  parte 


García,  Rey  de  Galicia,  cuando  este  Monarca  quiso  restaurar  la  antigua 
Metrópoli  gallega  (véase  Esp.  Sag.,  tom.  XV,  pág.  183),  por  su  hermano 
D.  Sancho  II. 

(1)  Véase  el  artículo  intitulado  El  Concilio  Nacional  de  Palencm  en  el 
año  1100...,  que  publicó  el  P.  Fita  en  el  tom.  XXIV,  págs.  215-235,  del  Bo- 
letín de  la  Real  Academia  de  la  Historia. 

(2)  Véase  Fernández  del  Pulgar,  Historia  secular  y  eclesiástica  de  la 
ciudad  de  Palencia j  tom.  II,  págs.  130-132. 


208  LIBEO  SEGUNDO 


D.  Diego  Gelmírez  por  la  exención  de  que  gozaba  su 
Iglesia. 

Otros  dos  puntos  de  gran  importancia,  relativos  á  la 
parte  canónica  y  administrativa  de  la  Iglesia,  se  venti- 
laron en  este  Concilio.  El  uno  de  ellos  versaba  sobre  las 
tercias  que  algunos  Prelados  exigían  á  varios  Monaste- 
rios, que  por  privilegio  ó  por  costumbre  se  hallaban 
exentos.  El  Concilio  decretó  que  dichos  Obispos  de- 
bían cesar  en  su  pretensión. 

El  otro  punto,  se  refería  á  la  organización  y  consti- 
tución de  la  Mesa  capitular.  Es  verdad  que  allí  sólo  se 
habla  de  la  Canónica  ó  Mesa  capitular  palentina;  pero 
como  las  razones  que  allí  se  apuntan  son  aplicables  á 
todas  las  demás  Iglesias  catedrales,  es  de  suponer  que  lo 
allí  estatuido  respecto  de  la  Canónica  palentina,  fuese 
consecuencia  de  alguna  medida  general  sobre  la  ma- 
teria. 

Antiguamente,  de  todos  los  bienes  de  la  Iglesia  Ca- 
tedral, se  hacía  una  sola  masa,  y  de  ella,  á  arbitrio  y 
discreción  del  Obispo,  se  tomaba  lo  necesario  para  el 
decoroso  sustento  y  vestido  de  los  Canónigos  y  demás  . 
individuos  del  Clero  Catedral.  Es  cierto  que  en  San 
Gregorio  de  Tours  (1)  y  en  varios  Concilios  de  los  si- 
glos VI  y  VII,  ya  se  hace  mención  de  la  mensa  canónico- 
rum;  pero  entonces  no  tenía  esta  palabra  la  significación 
que  tuvo  después;  á  saber,  la  porción  que  de  un  modo 
fijo  y  estable  y  con  administración  independiente,  se 
separaba  de  la  masa  general  de  los  bienes  de  la  Iglesia 
para  sostenimiento  de  los  Canónigos.  De  este  Concilio 
puede  decirse  que  data  en  España  la  constitución   defi- 

(1)    HifíL,  lib.  X. 


LOS  TEES  PKIMEHOS  SIGLOS  DE   LA    I.  COMPOSTELANA         2Ü9 

nitiva  de  la  Mesa  capitular;  y  en  su  consecuencia  el 
Obispo  palentino  D.  Raimundo,  después  de  señalar  los 
bienes  que  cedía  y  consignaba  al  Cabildo  fCanonicaeJ ,  de- 
clara que  también  pone  en  su  mano  y  poder  la  adminis- 
tración (praeposltíiramj  de  los  mismos  (1). 

En  Santia-go  pronto  se  sintieron  los  efectos  de  estas 
disposiciones  conciliares.  En  nuestra  Iglesia  puede  de- 
cirse que  la  Mesa  capitular,  databa  por  lo  menos,  desde 
el  tiempo  del  Obispo  Sisnando  I;  el  cual,  como  hemos  vis- 
to (2),  señaló  rentas  á  cada  una  de  las  clases  de  que  se 
componía  el  Clero  Catedral.  Entonces  los  recursos  con 
que  contaba  la  Iglesia  para  sostenimiento  del  Culto  y 
del  Clero,  eran  bastante  cuantiosos;  y  consistían,  princi- 
palmente, en  las  tercias  con  que  contribuía  cada  iglesia 
parroquial,  en  los  Votos,  en  los  productos  de  los  bienes 
inmuebles,  y  en  las  limosnas  y  ofrendas  que  se  deposita- 
ban en  los  altares  de  la  Basílica;  así  es  que  eran  sufi- 
cientes para  sostener  un  Cabildo  compuesto  de  setenta 
miembros,  como  era  el  que  había  en  tiempo  de  dicho 
Prelado.  Después  fueron  mudando  las  circunstancias, 
especialmente  durante  la  segunda  Yuitad  del  siglo  X  y 
gran  parte  del  XI.  Con  motivo  de  las  guerras  civiles,  de 
la  continua  agitación  del  país  y  de  las  invasiones  ex- 
tranjeras, en  la  administración  de  los  bienes  de  la  Igle- 
sia se  introdujo  tal  desconcierto,  que  hubo  tiempos  en 
que  las  rentas  de  la  Mesa  capitular  eran  insuficientes 
para  sostener  á  más  de  siete  Canónigos.  Desde  el  Obispo 


(1)     Véase  Boletín  de  la  Real  Academia  de  la  Historia,  toui.  XXTV.  pá- 
í^inas  221-222. 

(•i)     Toin.  II,  cap.  X,  pág.  214. 
Tomo  III.-14. 


5iO  LIBEO  SEGUNDO 


D.  Cresconio  fué  mejorando  considerablemente  el  estado 
económico  de  la  Iglesia;  pero  aún  duraba  la  incertidum- 
bre  y  confusión  acerca  de  la  recta  aplicación  y  distribu- 
ción de  las  rentas  eclesiásticas.  Este  problema,  cuya  so- 
lución fue  origen  de  no  pequeños  disturbios,  como  luego 
veremos,  se  presentó  á  Gelmírez  al  poco  tiempo  de  ha- 
ber tomado  posesión  de  la  Cátedra  episcopal. 

Del  viaje  de  D.  Diego  Gelmírez  á  Falencia,  nada 
dice  la  Compostélana;  pero  en  el   capítulo  IX  del  libro   I, 
habla  de  la  expedición  que,   aún  siendo  Electo,  hizo  á 
Toledo  para  avistarse  con  el  Arzobispo   D.   Bernardo. 
Tampoco  aquí  se  expresa  cual  era  el  objeto  preciso  de 
este  viaje;  mas  en  el  capítulo  II,  del  libro  II,  se  dice  que 
D.  Diego  puso  en  manos  del  Arzobispo  de  Toledo,   Le- 
gado de  la  Santa  Sede,  los  signos  ó  atributos  del  poder 
que  hasta  entonces  había  ejercido  por  nominación  laical 
en  la  Iglesia  compostélana,  y  en  las  tierras  3^  jurisdiccio- 
nes á   ella  sujetas.  Este    es  el  sentido  que,   á  nuestro 
juicio,  debe  darse   á  las  siguientes  palabras   de  la    Com- 
l)osielana,  en  el  segundo  lugar  citado:  Frius  lamen,  quam  a 
laicali  manu  acceperat  (Gelmírez)  Ecdesiam  et  honoreyyi  Ec- 
chsiae  Bti.  JacoM,  reddidit  Bernardo  Toletano  Archiepiscopo  et 
Eomanae  Ecdesíae  Legato.  Agitábase  por   entonces,   con 
gran  calor,  la  cuestión  de  las  Investiduras;  y  aún  los 
Legados  que  por  este  tiempo  hubo  de  enviar  D.   Diego 
Gelmírez  á  Roma,  pudieron  avistarse  con  los  de  San 
Anselmo,  que  allí  habían  ido  para  oponerse  á  las   exor- 
bitantes atribuciones  que  se  arrogaba  Enrique  I  de  In- 
glaterra en  la  provisión  del  Arzobispado  de  Cantorbery. 
Sin  duda  Gelmírez,  para  obviar  las  dificultades  que  pu- 
diesen surgir,  en  virtud  de  instrucciones  recibidas  de  la 
Santa  Sede,  se  resolvió  á  dar  este  paso  ante  D.  Bernar- 


LOS  TRES   PEIMEROS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA        211 

do,  que  además  de  Arzobispo  de  Toledo,  era  también 
Legado  Pontificio. 

Cualquiera  que  fuese  el  asunto  que  llamaba  á  Tole- 
do á  D.  Diego  Gelmírez,  lo  cierto  es  que,  como  refiere 
la  Comyostelana  (1),  fué  muy  honoríficamente  recibido 
por  el  Arzobispo  D.  Bernardo.  Al  acercarse  á  la  impe- 
rial ciudad,  los  muchos  Canónigos  y  Dignidades  compos- 
telanos  que  acompañaban  al  Prelado  electo,  se  incorpo- 
raron con  el  Clero  de  Toledo  que,  para  recibirle,  había 
salido  en  procesión.  (A  Toletano  Archíepiscopo  ciim  summa 
processione  üfídem  siisceptus  est).  Iguales  agasajos  recibió 
D.  Diego  por  parte  del  Rey  D.  Alfonso,  que  á  la  sazón 
se  hallaba  en  Toledo.  (Regali  grafía  rolde  Jionoratus).  Y  lo 
que  es  más,  no  sólo  obtuvo  que  el  Monarca  le  entregase 
los  honores,  ó  sea  la  administración  civil  y  política  de  los 
países  dependientes  de  la  Iglesia  compostelana,  sino  que 
á  su  vuelta  le  acompañase  un  Comisionado  regio  que  lo 
pusiese  en  posesión  de  las  tierras,  que  de  tiempos  atrás 
estaban  injustamente  enajenadas. 

Otro  viaje  le  incumbía  hacer  á  D.  Diego  Gelmírez, 
el  viaje  de  Roma  para  recibir  la  consagración  de  manos 
del  Papa,  á  tenor  del  privilegio  del  Papa  Urbano  II.  Y 
ya  se  disponía  á  liacerlo;  pero  en  esto  llegaron  nuevas 
de  que  D.  Diego  Peláez,  protegido  por  o  I  Rey  do  Ara- 
gón D.  Pedro  I,  y  secundado  por  sus  parientes,  que  tam- 
bién se  habian  refugiado  en  aquellas  comarcas,  vigila- 
ba todos  los  puertos  y  caminos  que  daban  paso  á  Fran- 
cia para  apoderarse  de  la  persona  de  Gelmírez,  ora  á  la 
ida,  ora  á  la  vuelta  de  su  expedici(m  á  Roma. 

El  Clero  de  Santiago  se   opuso  unánimí^   á   (|uo  su 


(l)     Lib.  I,  caí».  IX;  i.ág.  27. 


212  LIBRO  SEGUNDO 


Pastor  designado  se  expusiese  á  tan  inminente  peligro; 
y  el  Cabildo,  de  acuerdo  con  los  Obispos  de  Lugo,  Tuy 
y  j\Iondoñedo,  pidió  al  Rey  D.  Alfonso  cartas  para  el 
Papa  á  fin  de  obtener,  que  por  esta  vez,  atendido  lo 
grave  de  las  circunstancias,  se  permitiese  que  el  Electo 
fuese  consagrado  en  su  propia  Iglesia.  Accedió  D.  Al- 
fonso, y  escribió  al  Pontífice  exponiéndole  los  motivos 
que  había  para  otorgar  la  dispensa  que  se  solicitaba. 
Con  la  Carta  del  Rey  iba  la  del  Cabildo  compostelano, 
la  cual  autorizaron  también  con  sus  firmas  los  tres  Obis- 
pos antes  mencionados.  En  ambas  epístolas,  sin  duda 
para  mover  más  fácilmente  el  ánimo  de  Pascual  II,  se 
hacía  mención  de  los  muchos  Cristianos  que  acababan 
de  llevar  cautivos  los  Almorávides  (1).  Los  designados 
para  llevar  las  Cartas  á  Roma,  fueron  los  Canónigos 
compostelanos  Hugo  (que  por  el  nombre  parece  francés, 
traído  acaso  por  D.  Dalmacio),  y  Vicente. 

Largo  tiempo  estuvo  esperando  el  Cabildo  compos- 
telano la  contestación  de  Roma;  pero  ni  llegaban  los 
portadores  de  las  Cartas,  ni  se  sabía  noticia  de  ellos.  Y 
no  era  porque  no  hubiesen  obtenido  pronto  y  feliz  re- 
sultado en  sus  gestiones;  antes  bien,  el  Papa  acogió  be- 
nigno la  pretensión  y  se  la  despachó  favorablemente;  y 
en  este  sentido  escribió  al  Rey  D.  Alfonso,  á  los  tres 
Obispos  de  Lugo,  Tuy  y  Mondoñedo,  al  Cabildo  de  Com- 


(1)  En  este  ano  de  1100,  refiere  Sandoval  (Tlist.  de  los  Reyes  de 
Castilla  y  León. — D.  Alfonso  VI,  Pamplona,  1634;  fol.  91),  que  los  Moros 
destruyeron  el  Monasterio  de  San  Servando,  á  las  puertas  de  Toledo,  y  que 
al  retirarse,  se  apoderaron  de  Consuegra.  En  los  Anales  Toledanos  II, 
(Esp.  Sag.,  tom.  XXIII,  ])ág.  404),  taml)i('n  se  lee:  «Arrancada  sobre  el 
Conde  D.  Enricen  Malagón  (cerca  de  Ciudad  líeal)  en  XVI  días  de  Sep- 
tiembre, Era  MCXXXVlIl.v 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  213 

postela  y  al  Obispo  de  Magalona  en  Francia,  que  era  á 
quien  en  primer  término  comisionaba  Pascual  II  para 
consagrar  en  su  nombre  al  Electo  compostelano.  Estas 
Cartas,  á  excepción  de  la  dirigida  al  Obispo  de  Magalo- 
na (1),  pueden  verse  en  la  Compostelana,  libro  I,  cap.  IX; 
aquí  sólo  insertaremos  la  destinada  á  los  tres  Obispos 
gallegos  y  al  Clero  de  Compostela,  que  dice  así:  «Pas- 
cual Obispo,  Siervo  de  los  Siervos  de  Dios,  á  Pedro  de 
Lugo,  á  Alfonso  y  á  Gonzalo,  Obispos,  y  á  todo  el  Clero 
de  Santiago,  salud  y  bendición  apostólica.  Ya  liace 
tiempo  que  nos  liemos  condolido  del  desamparo  (2)  de 
la  Iglesia  compostelana.  Y  ahora,  que  por  vuestras  Car- 
tas hemos  sabido  cuan  gran  número  de  Cristianos  ca- 
yeron cautivos,  se  aumentó  sobremanera  nuestra  aflic- 
ción. Así  es  que  sin  dificultad  accedemos  á  vuestra  peti- 
ción, y  por  esta  vez  dispensamos  al  Electo  de  esa  Iglesia 
de  que  venga  ante  Nos.  Por  lo  tanto,  ordenamos  por 
nuestras  Letras  á  nuestro  hermano  el  Obispo  de  Maga- 
lona, que  pase  allá  á  hacer  la  consagración;  y  en  caso 
de  que  él  no  pudiere,  que  lo  haga  el  de  Burgos,  que  es 
nuestro  inmediato  sufragáneo.  Asimismo,  por  las  pre- 
sentes, mandamos  al  Electo,  que,  confiando  en  la  mise- 
ricordia de  Dios,  acepte  el  cargo  para  que,  con  común 
consentimiento,  ha  sido  nombrado. 


( J )  Sobre  este  asunto  dos  Cartas  escribió  Pascual  II  al  Obispo  de 
Magalona,  Godofredo:  una  en  esta  ocasión,  y  otra  en  el  año  siguiente,  en  la 
cual  le  reiteraba  la  comisión  que  le  daba  en  la  anterior.  El  compilador 
de  la  Compostelana  omitió  la  primera:  y  en  su  lugar,  insertó  la  segunda. 

(2)  En  el  texto  que  publicó  Flórez  (Esp.  Sag.,  tom.  XX,  lib.  I,  cap.  IX, 
pá,g.  28),  se  lee  deslructioui;  en  el  ejemplar  manuscrito  de  la  Compostelana 
que  se  guarda  en  el  Archivo  del  Cabildo  destitutioni.  Esta  lección  parece  U 
legítima  v  verdadera. 


214  LinuO  SEGUNDO 


» Tanto  á  los  caballeros,  como  á  los  Clérigos  que  vie- 
nen do  esas  regiones,  les  prevenimos  que  con  motivo  de 
la  peregrinación  á  Jerusalén,  no  abandonen  su  Iglesia  y 
su  provincia,  tan  fieramente  combatida  por  los  Moabi- 
tas.  Dada  en  Amalfi  á  14  de  Octubre»  (de  1100)  (1). 

Un  acontecimiento  inesperado  retuvo  en  Roma  á  los 
Canónigos  compostelanos  mucho  más  tiempo  del  que 
hubieran  deseado.  Acometidos  ambos  de  una  grave  en- 
fermedad, de  resultas  de  la  cual  falleció  Vicente,  no  pu- 
dieron traer  á  su  destino  las  Cartas  del  Papa.  El  Cabil- 
do de  Santiago  no  sabía  cómo  explicar  esta  tardanza;  y 
para  salir  de  dudas,  envió  á  Italia  á  otros  dos  Canóni- 
gos, á  Munio  Alfonso,  uno  de  los  redactores  de  la  Coni- 
Ijostelana,  y  á  Munio  Gelmirez,  hermano  del  Prelado 
electo;  los  cuales,  habiendo  obtenido  nuevas  Cartas  de 
recomendación  del  Rey  D.  Alfonso,  partieron  con  toda 
diligencia  hacia  la  Ciudad  Eterna,  á  donde  llegaron  al 
entrar  la  primavera  del  año  1101. 

Tampoco  de  esta  vez  detuvo  el  Papa  por  su  parte  á 
los  Canónigos  compostelanos;  y  el  25  de  Marzo,  desde 
Letrán,  los  despachó  con  nuevas  Cartas  para  el  Clero 
de  Santiago,  para  D.  Alfonso  VI  y  para  el  Obispo  de 
Magalona.  El  tenor  de  estas  Cartas,  que  también  están 
insertas  en  la  Coynpostdana  (2),  apenas  se  diferencia  de 
las  que  llevan  la  fecha  del  14  de  Octubre  de  1100.  El 
de  la  dirigida  al  Clero  de  Compostela,  es  como  sigue: 
«Pascual  Obispo,  Siervo  de  los  Siervos  de  Dios,  á  los 
amados  hijos  Clérigos  de  Santiago,  salud  y  bendición 
apostólica.  Del  desamparo  de  vuestra  Iglesia  composte- 


(1)  HisL  ComposL,  lib.  I,  cap.  IX,  págs.  28-29. 

(2)  Lib.  I,  cap.  IKy  X. 


LOS  TBES   PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         215 

lana,  ya  hace  tiempo  que  Nos  hemos  condolido:  y  por 
ello  en  el  pasado  Otoño  hemos  accedido  por  nuestras 
Cartas  á  vuestras  súplicas  de  que  por  esta  vez  dispensá- 
semos al  Electo  de  vuestra  Iglesia  de  venir  ante  Nos. 
Las  cuales  Cartas  Nos  maravillamos  de  que  no  hayáis 
recibido,  según  lo  que  Nos  manifestaron  vuestros  envia- 
dos. Por  lo  tanto,  escribimos  á  nuestro  hermano  el  Obis- 
po de  Magalona,  que  pase  allá  á  hacer  la  consagración. 
En  caso  de  que  él  no  pueda,  sea  llamado  el  Obispo  de 
Burgos  ó  cualquiera  otro  Obispo  católico.  Asimismo  por 
las  presentes,  etc..»  (Termina  como  la  otra  Carta  de  14 
de  Octubre  de  1100). 

«Dada  en  Letrán  á  25  de  Marzo»  (de  1101)  (1). 

A  mediados  de  Abril  ya  se  hallaban  los  dos  Muñios 
en  Santiago  de  vuelta  de  su  viaje  á  Roma.  La  consa- 
gración de  D.  Diego  ya  no  podía,  pues,  diferirse  por  más 
tiempo;  y  aunque  la  Compostelana  no  nos  dice  quien  haya 
sido  el  Obispo  consagrante,  sabemos  que  el  21  de  Abril 
de  1101  se  celebró  con  la  pompa  y  regocijo  que  es  de 
suponer.  En  aquel  memorable  día,  la  Iglesia  composte- 
lana depuso  sus  enlutadas  y  desgarradas  ropas;  en  aquel 
día,  las  campanas  de  la  Basílica  le  anunciaron  nueva 
era  de  gloria  y  prosperidad.  Desde  este  día  comenzó 
D.  Diego  Gelmírez  á  contar  los  años  de  su  Pontificado. 


(l)     Lib.  I,  cap.  X,  págs.  30-31. 


I 

f 


CAPITULO  IX 


Cómo  D.  Diego  Gelmírez  inauguró  su  PontificadOi 


OBREMANEUA  ardua  y 
escabrosa  era  la  em- 
presa que  se  enco- 
mendaba al  nuevo 
Prelado;  la  de  reor- 
ganizar, moral  y  ma- 
terialmente, una 
grande  y  gloriosa 
Iglesia,  durante  cer- 
ca de  quince  años, 
más  que  huérfana  y  desamparada,  entregada  á  la  rapa- 
cidad y  al  pillaje  de  hombres  poderosos  sin  conciencia,  ni 


218  LIBRO  SEGUNDO 


temor  de  Dios,  que  no  reconocían  más  ley,  que  la  que 
les  dictaba  su  ambición  y  avaricia.  ¿Reuniría  el  Obispo 
recién  consagrado  las  condiciones  necesarias  para  des- 
empeñar con  éxito  la  gran  misión  que  se  le  confiaba? 
Pronto  habría  de  demostrarlo. 

Su  predecesor  D.  Dalmaoio  había  obtenido,  es  cierto, 
el  privilegio  de  exención  para  su  Iglesia;  pero  al  mismo 
tiempo  era  de  recelar  que  con  motivo  de  la  restaura- 
ción de  la  Metrópoli  Bracarense,  y  de  las  grandes  atri- 
buciones que  se  arrogaba  el  Primado  de  Toledo,  sufriera 
dicho  privilegio  contradicción  y  menoscabo.  A  fin  de  evi- 
tar esto,  juzgó  que  para  asegurar  las  prerrogativas  de  su 
Iglesia  nada  era  más  á  propósito  que  obtener  de  Roma 
una  nueva  y  terminante  declaración  pontificia.  Con 
este  objeto,  al  finalizar  el  Otoño  del  año  1101,  envió  á 
Roma  al  Arcediano  Gaufrido  y  al  Canónigo  Munio  Al- 
fonso. Además  de  esto,  les  dio  el  encargo  de  consultar  al 
Papa  sobre  varios  puntos  de  Derecho  y  Disciplina,  cua- 
les eran  la  validez  de  los  matrimonios  celebrados  según 
el  rito  gótico;  las  providencias  que  debían  tomarse  res- 
pecto de  los  Monasterios  dúplicesy  ó  compuestos  de  dos 
comunidades,  una  de  varones  y  otra  de  mujeres;  y  el 
reglamento  que,  para  servicio  del  Altar,  debía  estable- 
cer en  su  Iglesia. 

En  dos  Bulas  — una  de  ellas  solemne  (1) —  satisfizo 
Pascual  II  los  deseos  y  aspiraciones  de  D.  Diego  Oelmí- 


(1)  Véase  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XII.— Aunque  en  la  fecha  se  lee, 
Anno  Incarnationis  Dominicae  MGll,  la  verdadera  data  de  esta  Bula, 
como  advirtió  el  P.  Fita  (Boletín  de  la  Real  Academia  de  la  Historia, 
tom.  XXIV,  pág.  303),  es  del  año  1101;  pues  el  Papa  Pascual  II  solía 
seguir,  al  datar  las  Bulas,  el  cálculo  pisano,  y  por  consiguiente,  adelantar  un 
ftño  las  fechas.  (Véase  V  Art.  de  Verifier  les  dates;  Paris,  1770;  pág.  287), 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELA!íA         219 

rez.  En  la  solemne,  Justítíae  ac  rationis  ordo,  el  Papa,  por 
reverencia  al  Apóstol  Santiago  (pro  BU.  Jacohí  reverentia), 
declara  de  nuevo  exenta  á  la  Iglesia  compostelana,  y 
confirma  el  privilegio  de  que  gozaban  sus  Obispos  de  no 
ser  consagrados  más  que  por  el  Romano  Pontífice,  que 
era  como  su  propio  é  inmediato  Metropolitano.  Ratifica 
todas  las  donaciones  hechas  por  cualesquiera  personas  á 
la  Iglesia  de  Compostela,  y  prohibe  que  nadie,  por  nin- 
gún pretexto,  se  permita  el  sustraer  el  censo  que  de 
cada  yunta  de  bueyes  habían  ofrecido  pagar  á  dicha 
Iglesia  los  Reyes  de  España,  desde  el  río  Pisuerga  has- 
ta el  Océano.  Datóse  la  Bula  en  Letrán  á  31  de  Diciem- 
bre de  1101. 

En  la  otra  Bala  contestó  el  Papa  á  las  consultas  de 
D.  Diego.  Respecto  del  reglamento  de  su  Iglesia,  le  dice 
el  Papa  que  instituya,  como  en  Roma,  un  personal  fijo, 
dividido  en  dos  categorías,  la  de  los  Presbíteros  y  la  de 
los  Diáconos;  que  unos  y  otros  sean  aptos  para  desem- 
peñar los  cargos  que  se  les  encomienden;  j  que  para 
evitar  confusiones  y  competencias,  se  señalen  á  cada 
clase  las  funciones  que  les  habrán  de  ser  privativas  (1). 

Por  lo  que  toca  á  los  matrimonios,  declara  el  Papa 
válidos  y  legítimos  á  los  celebrados  según  el  rito  gótico 
con  anterioridad  á  la  introducción  del  rito  romano;  y 
que  por  consiguiente,  los  hijos  nacidos  de  tales  matrimo- 
nios no  tienen  por  esto  impedimento  alguno  para  optar 


(1)  De  ac^uí  data  el  fundamento  le^^al  para  la  distinción  que  antl  fina- 
mente en  nuestra  Iglesia  había  — y  que  duró  hasta  el  Concordato  de  1851 — - 
entre  Prebendas  presbiterales  y  Prebendas  diaconales.  Las  primeras  las 
poseían  los  Cardenales;  las  segundas  los  demás  Canónigos, 


220  LIBBO  SEGUNDO 


á   cualesquiera   dignidades,  sean   civiles,   sean   eclesiás- 
ticas (1). 

Por  último,  le  exhorta  el  Papa  á  que  emplee  toda  su 
prudencia  y  discreción  para  impedir  que  en  lo  sucesivo 
se  edifiquen  Monasterios  dúplices;  y  que  respecto  de  los 
existentes,  haga  de  modo  qae  las  Monjas  habiten  con  el 
debido  aislamiento  y  separación  de  los  Monjes  (2). 

La  Iglesia  de  Santiago  poseía  desde  muy  antiguo, 
en  otras  Diócesis,  varias  feligresías,  que  tanto  en  lo 
civil,  como  en  lo  eclesiástico,  estaban  sujetas  á  la  juris- 
dicción del  Prelado  compostelano.  En  algunas  partes  no 
era  tan  respetada,  como  se  debiera,  la  autoridad  del 
Obispo  de  Santiago;  y  esto  era  más  fácil  que  sucediese 
en  Portugal,  después  que  este  país  faé  desmembrado  de 
Galicia.  Para  cortar  abusos  y  prevenir  las  dificultades 
que  pudieran  ocurrir,  en  la  Primavera  del  año  1102  en- 
vió Gelmírez  á  Roma  á  los  Canónigos  Hugo  y  Diego;  los 
cuales  obtuvieron  del  Papa  Pascual  II  la  Bala  solemne 
Sicut  injusta  petentíhus^  por  la  que  se  recibían  bajo  la  pro- 
tección pontificia  todas  las  iglesias  que  el  Obispo  de 
Compostela  tenía  en  ajenas  Diócesis;  se  prohibía  á  toda 
clase  de  personas  el  invadir  dichas  iglesias  y  apoderarse 
de  sus  bienes;  y  se  mandaba  á  los  Prelados,  en  cuyas 
Diócesis  radicasen,  que  no  introdujesen  en  ellas  nuevas 
costumbres,  ni  procediesen  contra  sus  Clérigos  sin  pre- 
vio conocimiento  y  juicio  del  Obispo  compostelano.   Ex- 

(1)  Errónoaraente  juzgó  el  P.  Flórez  (Esp.  Sagr.,  tom.  XIX,  pág.  220), 
que  aquí  se  trataba  de  liijos  de  Clérigos  casados  antes  de  que  se  recibiese 
la  Ley  romana.  En  el  texto  sólo  se  dice:  uSi  qui  ante  Romanae  legis 
susceptionem,  secundum  cominunem  patriae  consuetudinem,  conjugia  con- 
traxerunt,  natos  ex  eis  filios,  nec  a  saeculari,  nec  ab  ecclesiastica  dignitato 
rcpellimus.>/ 

(2)  Ulst.  Compost.,  lil).  I,  cap.  XIII. 


LOS  TBES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  221 

pidióse  esta  Bula  en  Letrán  el  I.""  de  Mayo  de  1102  (1). 

Amparado  con  esta  Bula,  en  el  Otoño  del  mismo 
año  1102  emprendió  D.  Diego  la  visita  de  las  iglesias 
que  en  Portugal  tenía  la  Sede  compostelana  por  conce- 
sión de  Alfonso  III  y  de  Ordoño  II  (2).  Llevó  en  su  com- 
pañía á  Hugo,  á  quien  nombró  Arcediano,  y  que  ade- 
más era  su  Capellán,  á  algún  otro  Canónigo  y  á  varios 
Clérigos,  sus  familiares.  Al  aproximarse  á  Braga,  anun- 
ció su  presencia  al  Arzobispo  San  Griraldo;  el  cual,  pre- 
cedido de  su  Clero  y  pueblo,  salió  al  encuentro  del 
Prelado  compostelano,  lo  recibió  con  las  más  sinceras 
demostraciones  de  consideración  y  afecto,  lo  condujo 
procesionalmente,  llevándolo  á  su  derecha  hasta  la  Igle- 
sia, y  le  rogó  que  en  ella  celebrase  Misa.  Después  lo 
convidó  á  su  mesa,  y  le  cedió  para  descanso  su  propia 
cámara. 

Al  segundo  día,  D.  Diego  se  despidió  del  Clero  de 
Braga,  y  acompañado  de  San  Oiraldo,  partió  para  la 
vecina  parroquia  de  San  Víctor,  á  la  cual  pertenecía 
gran  parto  de  la  misma  ciudad  de  Braga,  y  so  hospedó 
con  sus  familiares  en  el  palacio  que  allí  tenían  los  Obis- 


(1)  Hist.  Gompost.,  lib.  I,  cap.  XIV. — Eu  el  texto  de  la  Bula  se  lee: 
auno  MGIII. 

(2)  En  el  tomo  IV  de  la  Historia. eclesiástica  de  España  (se (j;miáíx  ed., 
pág.  25),  tacha  el  Sr.  La  Fuente  de  poco  discretas  estas  concesiones  por  lo 
ocasionadas  que  eran  á  engendrar  perturbación  y  competencias  entre  los 
Jerarcas  de  la  Iglesia.  Es  fácil  en  tiempos  normales  apreciar  de  esta  manera 
los  sucesos  de  otras  épocas  de  confusión  }'■  trastorno;  pero  téngase  pi'esente 
que  á  esta  indiscreción  de  D.  Alfonso  III,  se  debió  el  que  fuese  pronto 
repoblada  gran  parto  de  aquella  comarca,  y  que  más  tarde  el  Obispo  Don 
Cresconio  pudiese  desplegar  su  actividad  y  su  celo  en  la  restauración  de  la 
íSede  Bracareuse. 


222  LIBRO   SEGUNDO 


pos  compostelanos.  Después  que  hubo  visitado  las  parro- 
quias de  aquel  contorno,  que  estaban  sujetas  á  su  Seño- 
río y  jurisdicción,  convocó  á  los  familiares  de  su  mayor 
confianza  y  les  dirigió  el  siguiente  razonamiento:  «Bien 
sabéis,  hermanos  carísimos,  como  hemos  venido  á  estas 
partes  para  restaurar  y  ordenar  lo  que  en  estas  iglesias 
y  haciendas  estuviese  arruinado  y  descompuesto,  y  re- 
ducir á  mejor  estado  lo  falto  de  arreglo  y  de  cuidado. 
Por  vosotros  mismos  pudisteis  observar  como  á  varios 
Cuerpos  Santos  que  hay  en  estas  iglesias,  se  los  tiene  en 
lugares  poco  decentes,  y  apenas  se  les  dá  culto  alguno. 
¿No  deberíamos  trasladar  estas  preciosas  Reliquias  á  la 
Sede  compostelana  para  que  allí  gozasen  de  la  venera- 
ción que  les  es  debida?  Si  os  place  esta  idea  y  merece 
vuestra  aprobación,  la  pondremos  en  práctica,  pero  con 
todo  sigilo;  porque,  como  no  ignoráis,  la  gente  de  esta 
tierra  es  muy  díscola,  y  si  llega  á  advertir  que  se  trata 
de  privarla  de  tan  gran  Tesoro,  se  levantará  contra  nos- 
otros, y  tendremos  que  dolemos  de  haber  intentado  en 
vano  lo  que  nos  proponemos.» 

A  todos  plugo  la  proposición  del  Prelado,  y  enco- 
mendando á  Dios  el  buen  éxito  del  asunto,  resolvieron 
sin  tardanza  llevarla  á  ejecución.  Al  día  siguiente  por 
la  mañana,  después  de  celebrada  la  Misa  en  la  iglesia 
de  San  Víctor,  mandó  D.  Diego  hacer  una  excavación 
al  lado  derecho  del  altar  mayor.  No  tardó  en  descubrir- 
se un  sarcófago  de  mármol  primorosamente  labrado. 
Abrióse,  y  dentro  se  hallaron  dos  cajas  de  plata.  Tomó- 
las, no  sin  profundo  respeto,  D.  Diego;  y  en  la  una  ha- 
lló Reliquias  de  nuestro  Señor  Jesucristo,  y  en  la  otra 
Reliquias  de  muchos  Santos.  Las  cerró  de  nuevo,  y  se- 
lladas las  entregó  á  sus  Clérigos  para  (juc  las  custodia- 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA  223 

sen  (1).  A  la  mañana  siguiente  se  dirigió  á  la  próxima 
iglesia  de  Santa  Susana,  virgen  y  mártir;  celebró  Misa 
con  gran  fervor  y  devoción;  y  revestido  como  estaba 
con  los  sagrados  ornamentos,  se  acercó  á  los  toscos  se- 
pulcros de  los  santos  mártires  Silvestre  y  Cucuíate,  tomó 
sus  restos  venerandos,  los  envolvió  en  un  blanco  lienzo, 
y  los  puso  en  manos  de  los  Clérigos  sus  confidentes  para 
que  sigilosamente  los  guardasen  en  la  cámara  episcopal 
del  palacio  de  San  Víctor.  Lo  propio  hizo  con  el  cuerpo 
de  Santa  Susana,  que  estaba  depositado  en  un  sarcófa- 
go dentro  de  la  misma  iglesia.  Terminada  la  operación, 
el  respeto  y  la  emoción  de  tal  modo  embargaron  el  áni- 
mo de  Gelmírez,  que  no  pudo  menos  de  prorrumpir  en 
lágrimas  y  sollozos. 

Dos  días  después  encaminóse  á  la  iglesia  de  San 
Fructuoso  (que  había  sido  fundada  por  el  mismo  Santo 
Tutelar),  con  ánimo  de  sustraer  las  Reliquias  del  glorio- 
so Metropolitano  de  Braga  (2).  Celebró  Misa,  según  su 
costumbre;  y  con  toda  reverencia  y  con  todo  sigilo,  ex- 
trajo las  Reliquias  del  Santo,  y  las  hizo  llevar  al  mismo 
sitio  en  que  estaban  las  demás  (8).  Aquella  noche  Don 
Diego,  ya  con  el  gozo  de  poseer  tan  rico  hallazgo,  ya 
con  el  temor  de  perderlo,  no  pudo  conciliar  el  sueño; 
así  es  que  esperó  impaciente  el  día  para  trasladar  en  se- 


(1)  Tal  vez  estas  Reliquias  serían  enviadas  de  Jerusalén  por  ürosio  ó 
alguno  de  los  Avitos. 

(2)  También  esta  iglesia  epa  de  la  Sede  compostelana  por  concesión  de 
D.  Alfonso  III.  Monasterium  Sci.  Fructuosi  episcoyi.  (Véase  tom.  II,  Apén- 
dices, pág.  47). 

(3)  En  el  sepulcro  de  San  Fructuoso,  por  descuido  ó  con  intención,  se 
dejó  un  hueso,  que  fué  reconocido  á  mediados  del  siglo  XVI.  (Véase  Espa- 
ña Sagrada,  tom.  XV,  ]iág.  155). 


22-i  LIBEO  SEGUNDO 


guida  su  tesoro  á  la  villa  de  Corneliana  (Cornelliá),  que 
también  era  propia  de  la  Iglesia  de  Santiago  y  estaba 
más  al  Norte,  á  orillas  del  Limia.  Grandes  fueron  las 
precauciones  con  que  habían  procedido  Gelmírez  y  sus 
confidentes;  y  sin  embargo  en  Cornelliá  comenzó  á  tras- 
lucirse algo  de  lo  que  había  pasado.  Receloso  D.  Diego 
de  que  los  rumores  y  sospechas  conmoviesen  el  país  y  lo 
impulsasen  á  la  violencia,  despachó  con  toda  premura 
al  Arcediano  Hugo  para  que,  con  otro  Canónigo,  por 
senderos  ocultos  y  extraviados,  condujese  las  sagradas 
Reliquias  hasta  Tay;  él,  con  el  resto  de  su  comitiva,  se 
quedó  en  Cornelhá. 

Entraba  el  mes  de  Diciembre,  cuando  Hugo  arribó  á 
las  márgenes  del  Miño.  Tres  días  hacía  que  unas  fuertes 
avenidas  de  tal  modo  aumentaran  el  caudal  del  río,  que 
no  había  barca,  que  se  atreviese  á  atravesar  su  impetuo- 
sa corriente;  mas  al  acercarse  á  la  orilla  el  sagrado  De- 
pósito, casi  de  repente  se  restableció  la  calma,  y  una 
tenue  brisa  empujó  suavemente  la  barca  conductora  á 
la  orilla  opuesta.  Hugo  condujo  las  Reliquias  al  Monas- 
terio de  San  Bartolomé,  en  los  arrabales  de  Tuy;  dejó 
allí  al  otro  Canónigo,  su  compañero,  para  que  las  custo- 
diase; y  él  se  volvió  á  Cornelhá  para  dar  de  lo  hecho 
cuenta  al  Obispo.  El  cual  mandó  aviso  al  Canónigo  que 
se  había  quedado  en  San  Bartolomé,  para  que  traslada- 
se las  Reliquias  á  una  iglesia  que  había  fundado  San 
Fructuoso,  la  de  San  Pedro  de  Cela  (cerca  del  Porrino), 
que  también  era  propia  de  la  Sede  compostelana.  El  Ca- 
nónigo, según  el  aviso  recibido,  debía  esperar  allí  hasta 
íjue  el  Prelado  volviese  de  Portugal. 

Al  cabo  de  diez  días,  D.  Diego  alcanzó  en  Cela  su 
ansiado  Tesoro.  Desde  aquí,  prescindiendo  ya  de  toda 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  225 

precaución  y  reserva,  se  puso  en  marcha  con  dirección 
á  Santiago.  Al  llegar  á  la  villa  de  Goegildo,  hoy  Redon- 
dela,  envió  correos  á  Santiago  para  que  anunciasen  su 
próxima  llegada,  y  comunicasen  las  oportunas  instruc- 
ciones para  el  solemne  recibimiento  de  las  Santas  Reli- 
quias. Cuando  el  Prelado  con  toda  su  comitiva  llegó  al 
lugar  del  Humilladero  (Mmadoiro) ,  en  la  carretera  de 
Padrón,  á  una  legua  de  Santiago,  ya  encontró  esperán- 
dole á  todo  el  Clero  y  pueblo  compostelano.  Allí  comen- 
zó á  ordenarse  la  procesión  para  hacer  la  entrada  so- 
lemne en  la  ciudad.  D.  Diego  se  descalzó  en  señal  de 
reverencia  y  devoción;  todos  los  demás  siguieron  su 
ejemplo.  Los  Clérigos  que  debían  llevar  las  Reliquias  se 
revistieron  con  los  sagrados  ornamentos;  el  resto  del 
Clero  se  formó  en  dos  largas  alas;  el  Obispo  cerraba  y 
presidía  la  procesión :  detrás  seguía  la  muchedumbre;  y 
entonando  himnos  y  cantos  de  júbilo  y  alegría,  hasta 
llegar  en  este  mismo  orden  á  la  ciudad,  y  entrar  en  la 
Catedral  (1). 


(1)  Tan  duramente  censura  el  Sr.  La  Fuente  (Ilist.  Ecles.  de  Esp., 
2.*  ed.;  tom.  IV,  pág.2G),  este  hecho  de  D.  Die<:^o  Gelmírez,que  lo  califica  de 
criminal  despojo.  Era  esto  tan  frecuente  en  acjuella  época,  que  al  Prelado 
compostelano  seguramente  no  pudo  ocurrírsele  que  habría  de  ser  vitupera- 
do por  tal  motivo.  Además,  él  no  obraba  como  particular,  sino  como  persona 
pública,  á  quien  por  razón  de  su  cargo. pastoral  incumbía  disponer,  corregir 
y  ordenar  lo  que  estimase  mal  dispuesto  y  arreglado;  y  esto  aún  en  aquellas 
parroquias  do  Portugal,  (jue  como  las  de  otras  Diócesis,  habían  sido  poco 
antes  declaradas  por  Pascual  II  en  la  Bula  que  hemos  citado,  sujetas  al 
dominio  del  Obispo  de  Compostela.  Intuo  et  Ecdesiae  Compostellánae  domi- 
nio integre  et  quiete  permaiieant.  Añádase,  que  á  la  sazón  los  Almorávides  s? 
hallaban  muy  pujantes  en  la  Península.  Dos  años  antes  habían  arrasado  el 
Monasterio  de  San  Servando  á  las  puertas  de  Toledo;  y  en  Portugal  cada 
vez  se  mostraban  más  osados.  Loque  hizo,  pues,  Gelniírez  no  fué  más  que 
Tomo  UI.-lO. 


226  LIBRO  SEGUNDO 


Día  memorable  (IG  de  Diciembre  de  1102),  fué  éste 
para  la  ciudad  compostelana,  en  que  vio  dentro  de  su 
recinto  tantos  Santos  Titulares  á  quien  encomendarse 
en  sus  apuros  y  en  sus  aflicciones.  Santa  Susana  fué 
aclamada  con  el  tiempo  segunda  Patrona  de  Santiago; 
San  Fructuoso  fué  y  es  el  Titular  de  una  de  sus  parro- 
quias; y  el  día  16  de  Diciembre  fué  consagrado  en  el  ca- 
lendario compostelano  á  perpetuar  la  memoria  de  la 
traslación  y  entrada  de  estos  Santos  en  la  ciudad.  En  el 
antiguo  Breviario  compostelano,  ya  desde  el  siglo  XII, 
se  celebraba  este  día  con  Oficio  propio,  cuyas  lecciones 
estaban  tomadas,  casi  al  pie  de  la  letra,  del  capítulo  XV, 
libro  I,  de  la  Compostelana;  del  cual  capítulo  fué  redactor 
el  mismo  Arcediano  Hugo,  que  tanta  parte  tuvo  en  la 
traslación. 

Después  de  recibidas  las  Sagradas  Reliquias  en  la 
Catedral,  á  cada  una  se  le  señaló  su  lugar  propio;  el 
cuerpo  de  San  Fructuoso  fué  depositado  en  la  capilla 
del  Salvador  (1);  el  de  San  Silvestre  en  la  capilla  de 
San  Pedro:  el  de  San  Cucufate  en  la  capilla  de   San 


una  providencia  de  buen  gobierno;  y  si  el  Arcediano  Hugo  (Compost.,  lib.  I, 
cap.  XV,  pág.  39}  llama  pío  latrocinio  á  la  substracción  de  las  Reliquias,  no 
es  por  el  hecho  en  sí,  sino  por  el  modo  y  forma  con  que  hubo  que  llevarlo  á 
cabo. 

Por  lo  demás,  no  sólo  estas  parroquias,  sino,  según  una  Escritura  del 
Liher  fidei  de  Braga,  que  publicó  Brandao  y  extractó  Flórez  (Esp.  Sag., 
tom.  XIX,  pág.  224),  parte  de  la  misma  ciudad  pertenecía  á  la  Iglesia  de 
Santiago.  (Véase  tom.  II,  págs.  541-542). 

(1)  Cuatro  años  más  tarde  el  cuerpo  de  San  Fructuoso  fué  trasladado  á 
la  capilla  de  San  Martín.  En  siglo  XVI  los  cuerpos  de  San  Fructuoso,  San 
Silvestre  y  San  Cucufate  fueron  reunidos  con  otras  muchas  Reliquias  en  el 
Kelicario  de  la  Catedral.  (Véanse  Apéndices,  núm.  XX). 


LOS  THES  PRIMEHOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  227 

Juan  Apóstol;  y  el  de  Santa  Susana  fué  llevado  á  una 
iglesia  denominada  del  Santo  Sepulcro,  erigida  sobre  el 
cerro  que  hoy  lleva  el  nombre  de  Santa  Susana,  y  en- 
tonces se  llamaba  Oíero  de  Potros  fAuterúmi  pullorumj.  La 
Compostelaiia  nada  habla  de  las  dos  cajas  de  plata  con 
Reliquias  de  Nuestro  Señor  Jesucristo  y  de  varios  San- 
tos, que  fueron  halladas  en  el  Sepulcro  de  San  Víctor: 
probablemente  serían  depositadas  en  el  Tesoro;  y  acaso 
de  este  San  Víctor  sea  la  cabeza  que  con  este  título  se 
guarda  en  el  Relicario. 

No  llevaron  á  bien,  á  lo  que  parece,  los  Portugueses 
esta  visita  que  con  otros  actos  de  jurisdicción  llevó  á 
cabo  D.  Diego  Gelmírez  en  las  parroquias  de  Braga,  y 
consideraron  como  verdaderas  intrusiones  las  determi- 
naciones del  Prelado  compostelano.  A  nuestro  juicio, 
aquí  encaja  la  Bula  de  Pascual  II  dirigida  á  Gelmírez, 
que  en  el  Boletín  de  la  Real  Academia  de  la  Rístori-a  (1)  pu- 
blicó el  P.  Fita,  tomándola  de  dos  Códices  del  Archivo 
Catedral  de  Toledo.  En  ella  el  Papa  reconviene  á  Don 
Diego  porque  pretendía  ejercer  actos  de  jurisdicción 
eclesiástica  sobre  la  mitad  de  la  ciudad  de  Braga,  que, 
según  hemos  visto,  de  antiguo  pertenecía  á  la  parroquia 
rural  de  San  Víctor,  y  sobre  otros  pueblos  donados  en 
Portugal  á  la  Iglesia  de  Santiago.  En  lo  temporal,  justo 
es,  decía  Pascual  II,  que  el  Obispo  compostelano  conser- 
ve los  derechos  que  le  cedieron  los  donantes  seglares, 
los  cuales  no  pudieron  extenderse  más  que  á  lo  tempo- 
i'al;  pero  en  lo  eclesiástico,  debo  dejarse  al  Prelado  dio- 


(1)     Toin.  XXIV,  pág.  220. 


228  LIBRO  SEGUNDO 


cesano  integro  y  expedito  el  ejercicio  de  su  jurisdic- 
ción (1). 

En  el  capítulo  XIX  del  libro  I,  dice  la  Compostelana 
qué  D.  Diego  Gelmírez  consagró  el  Altar  del  Salvador 
y  todos  los  demás  de  los  ábsides  menores;  la  cual  consa- 
gración debió  haberse  ya  efectuado  antes  de  la  ida  á 
Portugal,  ó  sea  antes  del  Otoño  del  año  1102.  Dichos 
Altares  debían  estar  de  mucho  antes  consagrados,  desde 
el  tiempo  de  D.  Diego  Peláez.  Lo  que  sin  duda  hizo 
Gelmírez,  á  fin  de  ir  preparando  el  terreno  para  la  obra 
que  meditaba  en  el  Altar  mayor,  fué  renovarlos  y  en- 
sancharlos, y  consagrar  las  nuevas  aras  (2). 

El  ver  como  Gelmírez,  desde  que  se  posesionó  de  la 
Sede  episcopal,  emprendió  con  toda  actividad  ciertas 
obras  exteriores,  como  la  del  Palacio,  la  de  la  Canónica, 
etcétera,  dá  á  entender  que  la  fábrica  de  la  Basílica  ya 
estaba  en  lo  principal  terminada,  y  que  sólo  faltaban 
algunos  detalles,  algunos  toques  de  menor  importancia^ 


(1)  Véanse  Apéndices,  nnm.  XXI.— Los  Portugueses  habían  alegado 
ante  el  Papa,  que  cuando  el  Rey  de  Galicia,  D.  García,  intentara  restablecer 
la  Metrópoli  Bracarense  (véase  tom.  II,  pág.  549,  nota  3),  había  donado  á 
la  Iglesia  de  Santiago,  en  compensación  por  la  gran  parte  que  tenía  en  la 
propia  ciudad  de  Braga,  el  Monasterio  de  Cordeiro.  Esto  se  refiere  en  el 
preámbulo  de  la  Bula,  y  está  conforme  con  lo  que  se  lee  en  una  Escritura 
del  TAber  Fidei  de  Braga,  publicada  por  Brandao  (Monarch.  Ins.,  lib.  VIII, 
capítulo  V ) ,  la  cual  comenzaba  así :  Rex  quídam  Ordonius  nomine  , 
Bracharam,  quae  Metrópolis  ct  mater  esse  totius  Hispaniae  dehet,  loco  Sci.  Ja- 

cobi  tradidit  servituram....  Mas  del  Monasterio  de  Cordeiro  con  la  villa  de 
Auria,  ya  estaba  en  posesión  la  Iglesia  compostelana  desde  el  año  1028,  por 
donación  de  D.  Bermudo  III;  de  modo  que  el  Key  D.  García,  á  lo  sumo,  no 
pudo  hacer  más  que  ampliar  esta  donación.  (Véase  Flórez,  Esp.  Sag., 
tom.  XIX,  págs.  224-225). 

(2)  Entonces  las  aras  eran  la  losa  de  piedra  que  cul)ría  en  toda  su 
oxtyusióji  ül  maciíio  del  altyr. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  229 

que  no  requerían  tanta  urgencia.  Entre  ellos,  podemos 
citar  el  nuevo  aparejo  que  por  dentro  se  dio  al  marco 
de  las  ventanas  de  la  planta  baja,  rodeándolas  de  co- 
lumnas y  archivoltas;  la  misma  operación,  tanto  inte- 
rior como  exteriormente,  en  las  ventanas  del  deam- 
bulatorio; el  cubrir  exteriormente  las  bóvedas;  los  arcos 
que  unían  y  trababan  los  contrafuertes;  las  pinturas 
con  que  exornó  ciertas  partes  del  templo  (1);  y  otros 
perfiles  y  retoques  que  siempre  ocurren  cuando  se  trata 
de  terminar  una  obra  con  toda  perfección. 

Volviendo  á  los  Altares  menores,  al  tiempo  en  que 
se  hizo  su  consagración,  se  hallaba  en  Santiago  el  Obis- 
po de  Pamplona,  D.  Pedro,  que,  gran  devoto  como  era 
de  la  virgen  y  mártir  Santa  Fe  (2),  solicitó  del  Prelado 
compostelano  autorización  para  consagrar  el  Altar  que 
on  nuestra  Basílica  se  había  dedicado  á  dicha  Santa,  y 
que  actualmente  lleva  el  título  de  San  Bartolomé  (3). 

Al  mismo  tiempo  emprendió  otras  obras  de  no  esca- 
sa importancia,  como  puede  juzgarse  por  lo  que  vamos 
á  referir.  Viendo  que  en  Compostela  no  tenían  los  Obis- 
pos una  morada  decorosa  y  digna,  á  la  parte  septentrio- 
nal de  la  Basílica  hizo  abrir  las  zanjas  para  un  palacio 
episcopal,  que  en  breve  espacio  llevó  á  feliz  término. 


(1)  De  estas  pinturas,  de  las  cuales  aún  se  conservan  algunos  restos, 
habla  Aymerico  en  la  descripción  de  la  Iglesia.  (Véanse  Apéndices,  n.°  II, 
§.  XI,  pág.  IG). 

(2)  Según  el  abate  Bouillet,  el  Rey  de  Aragón  D.  Sancho  Ramírez,  por 
insinuación  del  Obispo  de  Pamplona,  prometió,  si  el  Señor  le  concedía  el 
apoderarse  de  Barbastro,  ceder  la  principal  mezquita  á  los  Monjes  de  Santa 
Fe  de  Conques. 

(3)  En  el  texto  de  la  Compostelana,  publicada  por  Flórez  (Esj).  Sag.j 
tom.  XX,  pág.  53),  en  lugar  de  Sanctae  Fedis,  se  imprimió  Sanctae  Sedis, 


230  LIBKO    SEGUNDO 


Componíase  La  nueva  morada,  de  tres  cámaras  aboveda- 
das sobre  la  planta  baja,  con  una  torre  alta  y  espaciosa, 
que  acaso  sería  la  que  hoy  llamamos  de  Ja  Carraca  (1). 
Dispuso  asimismo  la  reedificación  de  la  Canónica  con 
las  oficinas  indispensables,  como  granero,  despensa,  bo- 
dega, horno,  etc..  Dos  piezas  sobresalían  entre  todos  los 
edificios  de  la  Canónica:  la  capilla  y  el  refectorio.  De  la 
capilla  dice  la  Gompostelana  que  estaba  maravillosamen- 
te construida  y  no  menos  maravillosamente  pintada,  y 
que  con  toda  solemnidad  había  sido  consagrada  por  el 
mismo  D.  Diego  (2).  Del  refectorio,  añade,  que  era  mag- 
nífico, y  proporcionado  al  gran  número  de  Canónigos 
que  en  él  debían  acomodarse  (3).  Estaban  todos  estos 
edificios  en  la  plaza  de  la  Quintana,  hacia  el  lado  de  la 
calle  de  la  Conga,  ó  sea  de  la  Canónica. 

Los  propósitos  de  Grelmírez,  ya  entonces  no  se  limi- 
taban á  estas  solas  fábricas;  pues  proyectaba  construir, 
ó  más  bien  reedificar,  hacia  aquella  misma  parte,  un 
claustro  con  una  fuente  en  el  centro,  y  en  corresponden- 
cia con  las  demás  construcciones.  Mas  esta  obra  tuvo 
que  aplazarla  hasta  más  adelante,  y  entonces  sólo  se 
labró  el  gran  pilón  circular  en  figura  de  concha,  en  el 
cual  podían  bañarse  á  un  tiempo,  hasta  quince  hom- 


(1)  ínter  muros  ejusdem  civitatis  Bti.  Jacobi  opus  noviter  inceptum 
mirabili  suo  ingenio  tricameratum  solium  cum  turri  convenienter  incepit, 
et  convenientius  ad  perfectionem,  non  remota  festinatione,  perduxit. 
(Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XX,  pág.  54). 

(2)  Ecclesiam  mirabiliter  fabricatam,  et  mirabilius  depictam  pontifica- 
li  Ínfula  decoratus  cum  summa  veneratione  consecrando  consecravit. 
(Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XX,  págs.  54-55). 

(3)  Küícctorium  Canonicis  mirabile  fecit  et  congruum.  (Hist.  Compost., 
yix^.  55). 


LOS  TEES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  231 

bres,  y  que  después  se  utilizó  para  la  gran  fuente  del 
Far Cliso  flj. 

Mas  la  obra  capital  en  que  D.  Diego  Grelmírez  hubo 
de  poner  en  juego  por  entonces  toda  su  habilidad,  todo 
su  ingenio,  toda  la  energía  de  su  carácter,  faé  la  de  la 
reedificación  del  Altar  mayor  de  la  Basílica.  Casi  en  el 
centro  de  la  capilla  mayor,  verticalmente  sobre  el  Se- 
pulcro del  Apóstol,  levantábase  el  antiguo  Altar  de 
Santiago,  aquel  Altar  que  respetaron  D.  Alfonso  III  y 
el  venerable  Sisnando;  aquel  Altar,  en  fin,  que  los  Dis- 
cípulos del  Apóstol  habían  construido  en  honor  de  su 
Maestro.  Aquel  Altar  evocaba,  pues,  los  más  dulces  y 
gratos  recuerdos;  no  sólo  recordada  el  maravilloso  suce- 
so del  descubrimiento  del  Caerpo  apostólico,  sino  que 
transportaba  el  alma  á  aquellos  primitivos  tiempos  en 
que  los  divulgadores  de  la  Verdad  evangélica  fijaron 
allí  aquel  jalón  luminoso  para  que  sirviese  de  testigo  y 
recuerdo  perenne  de  su  predicación.  Gelmírez  sentía  y  re- 
conocía esto  mismo;  mas  su  alma,  dotada  de  un  gusto  ex- 
quisito y  de  un  sentimiento  eminentemente  artístico,  no 
podía  tolerar  la  desproporción  que  había  entre   aquel 


(1)  In  platea  Palatii  claustrum  huju3inodi  domlbus  cum  appenditns 
exornatum,  si  eum  corporalis  molestia  non  subrepserit,  se  perfecturum  spo- 
pondit.  fHist.  Composf.,  loe.  cit.) — Cavatum  lapidem  mirae  magnitudinis, 
quein  Ídem  Archicpiscopns  olim  ad  liunc  usumjusserat  fieri,  ad  hunc 
quidem  usum  sed  in  alio  loco,  videlicet  in  claustro  canonicorum...  Claustrum 
apostolicis  Canonicis  praeclarum  et  elegans,  scilicet,  opus  aedificare  toto  ani- 
mi  nisu  desiderabat ,  et  per  subterráneos  meatus  aquam  adducere  in 
claustrum  ad  opus  Canonicorum....;  sed  guerrarum  tumultibus  praepeditus, 
quoniam  id  operis  differcbatur,...  aquarum  receptui  exposuit  lapidem  illum 
utilem  et  necessarium,  pluribusque  profuturum.  (His\  Compost.,  lib.  II, 
págH.  370-371). 


232  LIBRO  SEGUNDO 


Altar  pobre,  mezquino,  casi  imperceptible  (1),  y  la  mag- 
nificencia del  gran  ábside  que  lo  cobijaba.  La  gran  ma- 
yoría del  Cabildo  estaba  por  el  Altar  antiguo,  por  el 
Altar  de  los  recuerdos,  y  se  oponía  resueltamente  á  toda 
innovación  en  aquel  sitio.  Contestaba  Gelmírez  que  no 
era  indicio  de  mucha  reverencia,  el  empeñarse  en  con- 
servar aquel  sitio  en  tanta  mezquindad  y  pobreza,  j  que 
no  demostraba  mucha  devoción,  ni  celo  por  la  gloria 
del  Apóstol,  quien  se  obstinase  en  negar  á  su  Altar  el 
esplendor  y  riqueza  que  ostentaban  los  Altares  de  otros 
Santos  menos  famosos. 

Conmovido  y  alentado  por  estas  razones,  y  auxilia- 
do por  algunos  Canónigos  que  participaban  de  su  modo 
de  ver,  puso  manos  á  la  obra,  y  en  breve  tiempo  — ¡quién 
sabe  con  cuánto  recelo! — ■  deshizo  el  venerando  Altar,  y 
emprendió  la  construcción  de  otro  nuevo  en  armonía 
con  el  estilo  arquitectónico  de  la  Basílica  (2). 

El  Altar  antiguo,  como  hemos  visto  en  el  tomo  I, 
página  288,  se  componía  de  dos  piezas;  el  ara  y  un  trozo 
de  columna.  De  ambas  piezas  confió  Gelmírez  la  religio- 
sa custodia  al  Monasterio  de  Antealtares,  en  donde  se 
conservan  hoy  día  (3). 


(1)  Sólo   tenia   unos  85  centímetros  de  largo  por  67  de  ancho.  (Véase 
tom.  I,  pág.  277  y  siguientes). 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XVIII. 

(3)  Probablemente  entonces  fué  cuando  se  grabaron  los  dos  dísticos: 

Cum  Sando  lacoho  fuit  hec  adlata  columna, 

Araque  scripfa  simul  que  super  est  posita, 

Cuius  DiscipuU  sacrarunt  credimus  ambas, 
Ac  ex  his  aram  constiluere  suam. 

Véase  tom.  I,  cap.  V,  pág.  285. 


LOS  TRíJS  PRT^ÍEROS  SIGILOS  Díl  LA.  I.  ClO\lPÓ?TÉLA.NA  233 

Constaba  ol  nuevo  Altar  de  una  gran  losa  de  fino 
granito,  de  doce  cuartas  de  largo  por  siete  de  fondo,  y 
una  de  espesor,  sostenida  por  columnas  de  la  misma 
materia,  de  unas  cuatro  cuartas  de  alto.  En  el  hueco  que 
quedaba  debajo  de  la  gran  losa,  colocó  Gelmírez  el  pe- 
queño Altar  primitivo,  el  amia  de  que  nos  habla  la  Com- 
IJostelana,  y  que  hemos  descripto  en  el  tomo  I,  pági- 
na 308-809.  De  este  modo  era  fácil  contemplar,  como 
advierte  Aymerico  (1),  tan  venerando  vestigio  con  sólo 
separar  el  frontal  del  nuevo  Altar.  Renovó  asimismo, 
con  gran  magnificencia,  el  pavimento  y  las  gradas  por 
las  que  se  subía  al  Altar. 

Después  de  hecha  la  mesa,  faé  sucesivamente  cons- 
truyendo los  accesorios  del  Altar,  como  el  frontal,  el 
templete  ó  baldaquino,  el  retablo,  la  confesión,  etc. 

Lo  primero  que  hizo,  fué  el  frontal,  que  venía  á  ser 
una  tabla  de  plata  en  que  empleó  75  marcos,  ó  sea  arro- 
ba y  media  de  dicho  metal,  y  que  ya  tenía  terminado 
en  el  año  1105.  Morales,  que  llegó  á  verla,  la  describe 
así:  «La  delantera  es  un  frontal  de  plata,  como  el  de 
Sahagún,  sino  que  es  más  gruesa  la  plancha,  y  no  está 
cerrado  como  el  otro.  Las  figuras  son  de  medio  relieve. 
Dios  Padre  con  los  quatro  Evangelistas  al  derredor,  y 
los  doce  Apóstoles,  y  los  veinte  y  quatro  Séniores  del 
Apocalipsi  con  otras  cosas,  todo  con  mucha  magestad  y 
con  estos  versos  por  defuera,  que  lo  rodean  todo: 


(1)     Véanse  Apéndiceg,  miin.  II,  pág.  18, 


23-i  LIBRO    SEGUNDO 


Hanc  tabulam  Didacus  Praesul  Jacobita  secundus 

Tempore  quinquenni  fecit  Episcopii. 
Marcas  argenti  de  Thesauro  Jacobensi 

hic  octoginta  quinqué  minus  numera 
E,Ex  ERAT  Anfonsus,  gener  ejus  dux  Raymundus 

Praesul  praefatus  quando  peregit  opus»  (1). 

Por  la  descripción  de  Aymerico,  que  es  más  detalla- 
da, podemos  formarnos  más  cabal  idea  de  lo  que  venía 
á  ser  esta  magnífica  pieza.  En  el  centro  aparecía  la 
imagen  del  Salvador,  sentado  en  su  trono,  bendiciendo 
con  la  diestra  y  con  un  libro  en  la  siniestra.  Allí  esta- 
ban, como  de  ordinario,  los  cuatro  Evangelistas.  El  tro- 
no del  Señor  se  hallaba  inscripto  en  una  gloria  ó  aureo- 
la circular  ó  elíptica,  formada  por  los  veinticuatro  An- 
cianos del  Apocalipsi.  El  resto  de  la  tabla,  en  sentido 
horizontal,  se  hallaba  dividida  en  dos  órdenes,  que  ocu- 
paban los  doce  Apóstoles,  seis  en  cada  serie,  y  cada  uno 
en  una  especie  de  pórtico  formado  de  arcos  y  columnas. 
Flores  y  otros  adornos  decoraban  las  enjutas  de  los  arcos 
y  la  orla  que  rodeaba  el  frontal  (2).  La  obra  que  Ayme- 
rico califica  de  óptima  y  pulcherrima,  debió  de  haberse  he- 
cho al  levantado  ó  repujado. 

Mas  Gelmírez  no  se  daba  tregua,  ni  descanso.  Como 
si  quisiera  convencer,  ó  más  bien  ofuscar  á  sus  oposito- 
res con  el  esplendor  y  magnificencia  de  las  obras  que 
debían  hacer  resaltar  la  grandeza  del  Altar  de  Santia- 
go, al  frontal  hizo  inmediatamente  seguir  la  construc- 
ción de  un  maravilloso  baldaquino,  que  debió  de  estar 


(1)  Viaje  Santo,  en  el  tom.  X  de  la.  Gorónica  general;  eá.  dQ  Csmo^ 
Madrid,  1792,  pág.  153.— Este  frontal  debió  ser  fundido  á  fines  del 
siírlo  XVII,  cuando  se  hizo  el  que  hay  ahora. 

{">)     Véanse  Apéndices,  núm.  II,  §.  XIV. 


LOS  TEES  PRIMEEOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA         ^235 


terminado  antes  del  año  1112,  porque  Munio  y  Alfonso, 
que  lo  mencionan,  cesaron  en  dicho  año  en  la  redacción 
de  la  Gompostdlana  (1).  Del  baldaquino,  sólo  dicen  los 
citados  autores  que  era  una  obra  de  gran  artificio,  he- 
cha de  oro  y  de  plata.  Congruenü  artificli  varietate  auro 
argentove.  Aymerico  nos  lo  describe  minuciosamente;  y 
por  los  datos  que  nos  suministra,  procuraremos  hacer 
una  restauración  conjetural.  La  planta  era  cuadrada,  y 
extensa  lo  suficiente  para  que  el  baldaquino  pudiese  cu- 
brir el  Altar,  que  como  hemos  dicho,  tenía  doce  cuartas 
de  largo.  En  los  ángulos  se  erguían  cuatro  columnas  que 
sostenían  cuatro  elevados  arcos,  sobre  los  cuales  descan- 
saba la  cúpula  piramidal  que  cubría  el  imitar.  Para  ma- 
yor claridad,  distinguiremos  en  el  baldaquino  cuatro 
cuerpos;  el  de  las  columnas  y  arcos  hasta  la  cornisa;  un 
segundo  cuerpo  que  afectaba  la  forma  cúbica;  la  pirá- 
mide truncada  que  reposaba  sobre  este  segundo  cuerpo; 
y  por  último,  el  remate  que  coronaba  la  obra. 

En  el  primer  cuerpo,  sobre  los  capiteles  de  las  co- 
lumnas, había  interiormente  ocho  matronas  represen- 
tando otras  tantas  virtudes;  y  más  arriba  ocho  ángeles, 
que  elevaban  sus  manos  para  sostener  un  trono  en  el 
que  reposaba  el  místico  Cordero,  que  en  uno  de  sus  pies 
tenía  enarbolada  una  cruz.  Este  era  el  cielo  ó  techo  que 
cubría  inmediatamente  el  Altar.  Exteriormente,  sobre 
los  capiteles,  estaban  cuatro  ángeles  convocando,  á  son 
de  trompeta,  á  todos  los  hombres.  Dos  se  hallaban  á  la 
parte  de  delante;  y  dos  á  la  parte  de  atrás.  A  los  lados, 
también  sobre  los  capiteles,  se  destacaban  las  efigies  de 


(1)     La   Compostelana  (lib.   I,   pá<í.  .Vi),  llama  al  baldaquino  C/Z'o/íww/ 
Aymerico,  cimhorius.  (Véanse  Apéndices,  núm.  II). 


23G 


LIBEO  SEGUNDO 


Restauración  conjetural  del  baldaquino  y  del  altar  de  Santiago,  construidos  por  Gelmirez. 


LOS  TBES   PBIMEEOS   SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELANA         237 

Moisés,  Abraliam,  Isaac  y  Jacob,  cada  uno  con  su  car- 
tela; los  dos  primeros  á  la  izquierda,  los  segundos  á  la 
derecha. 

En  el  segundo  cuerpo,  aparecían  sentados  los  doce 
Apóstoles,  tres  de  cada  lado.  En  el  de  enfrente,  en  el 
centro,  se  hallaba  Santiago  en  actitud  de  bendecir  y  con 
un  libro  en  la  siniestra. 

En  el  punto  en  que  se  alzaba  la  pirámide,  en  los 
cuatro  ángulos,  estaban  los  cuatro  Evangelistas,  cada 
uno  con  su  símbolo  respectivo.  En  el  extremo  superior 
de  la  pirámide,  en  correspondencia  con  los  Evangelis- 
tas, había  cuatro  ángeles  como  custodiando  el  Altar. 

Hemos  dicho  que  la  pirámide  estaba  truncada.  En 
lugar  del  vértice,  estaba  un  templete  con  tres  arcadas, 
de  las  cuales  una  miraba  al  Occidente,  otra  al  Mediodía 
y  otra  al  Norte.  En  la  primera,  veíase  esculpida  la  per- 
sona augusta  del  Padre,  en  la  segunda,  la  del  Hijo,  y 
en  la  tercera,  la  del  Espíritu  Santo.  Coronaba  el  tem- 
plete una  refulgente  esfera  de  plata,  sobre  la  cual  se 
destacaba  una  riquísima  cruz  (1). 

Aymerico  no  nos  dice  de  qué  materia  era  el  balda- 
quino; según  la  Compostelana,  estaba  formado  de  oro  y 
de  plata;  en  cambio  el  autor  del  libro  V  del  Códice  Calix- 
tino,  nos  informa  de  que  estaba  adornado,  por  dentro  y 
fuera,  de  maravillosas  pinturas  y  dibujos  de  diversas 
suertes  (Miraliliter  piduris  et  dehuxaturis,  speckhusqiie  dker- 
sis).  Estas  pinturas  y  dibujos  sobre  metal,  no  podían  ser 
más  que  esmaltes  y  nielados.  So  dirá  que  á  la  sazón  es- 
tas industrias  debían  de  ser  poco  conocidas  y  practica- 


(1)     Véause  Apeudices,  iiiuu.  II,  ¿5.  XIV. 


238  LIBBO  SEGUNDO 


das  en  España;  porque  aún  en  París,  cuando  unos  trein- 
ta años  más  tarde  el  célebre  Abad  de  San  Dionisio, 
Suger,  quiso  decorar  con  esmaltes  una  preciosa  cruz,  no 
se  hallaron  esmaltadores  hábiles,  y  tuvieron  que  venir 
de  Alemania.  Sea  de  esto  lo  que  se  quiera,  lo  cierto  es 
que  el  esmalte  era  conocido  en  Santiago  desde  el  si- 
glo IX,  como  lo  demuestra  la  cruz  de  D.  Alfonso  III;  j 
no  se  ve  razón  por  qué  no  se  pudiese  continuar  esta  in- 
dustria, ya  que  no  por  indígenas,  por  artistas  ex- 
tranjeros (1). 

Tal  era,  en  suma,  el  monumento  que  elevó  Grelmírez 
para  realzar  la  grandeza  del  Altar  de  Santiago;  de  tal 
manera  quiso  hacer  ver  los  propósitos  que  abrigaba, 
cuaudo  se  empeñó  en  substituir  por  otro  el  antiguo  Al- 
tar del  Apóstol. 

Algo,  empero,  le  faltaba  á  Gelmírez  para  poner  á 
nuestra  Basílica  al  nivel  de  las  más  célebres  de  la  Cris- 
tiandad; y  este  algo  era  una  confesión  al  pie  del  altar 
apostólico.  Y  su  construcción  fué  llevada  á  cabo  tan 
rápidamente,  que  antes  del  año  1112  ya  los  Canónigos 
compostelanos  Munio  ó  Hugo  pudieron  decir  cuan  dulce 
y  edificante  era  penetrar  en  aquel  reservado  lugar.  En 
la  descripción  de  la  confesión,  la  Compostelana  se  muestra 
tan  parca,  como  en  la  del  frontal  y  del  baldaquino.  Sólo 
dá  á  entender  que  la  bajada  estaba  entre  dos  de  las  co- 
lumnas que  sostenían  el  baldaquino;  las  cuales,  proba- 
blemente, serían  las  do  atrás.  En  las  excavaciones  prac- 
ticadas el  año  1878  en  la  capilla  mayor,  se  descubrió  el 
pavimento  de  la  confesmi.  Estaba  formado  de  hormigón, 
y  se  hallaba  á  un  metro  de  profundidad    bajo    el  pavi- 


(1 )     Véase  Rupíu,  Tj  (Euvre  de  Limogcs;  París,  18í)0;  págs.  47,  48  y  180. 


LOS   TRES  PBIMEROS   SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         239 

mentó  actual  de  la  capilla  mayor.  La  confesión  debía  ocu- 
par toda  la  cabecera  ó  hemiciclo  del  ábside. 

Obras  tan  costosas  y  tan  considerables,  realizadas  en 
menos  de  doce  años,  podían  dejar  satisfecho  al  espíritu 
más  ávido  de  reformas  y  renovación;  pero  Gelmírez  pa- 
decía fiebre  de  construir.  Había  en  los  alrededores  de 
Santiago  tres  iglesias,  cuyo  origen  se  ignora,  fundadas, 
la  una,  la  de  Santa  Cruz,  al  Este,  en  el  monte  del  Gozo, 
la  del  Santo  Sepulcro,  al  Oeste,  sobre  el  cerro  de  Santa 
Susana,  y  la  tercera,  al  Sur,  á  orillas  del  Sar.  Las  tres 
iglesias  debían  de  ser  de  muy  reducidas  dimensiones, 
y  acaso  amenazaban  ruina;  Gelmírez  mandó  echarlas  á 
tierra,  é  hizo  construir  otras  nuevas  (1). 

La  historia  de  estos  tres  pequeños  monumentos,  está 
muy  relacionada  con  la  de  las  peregrinaciones  de  San- 
tiago. La  capilla  de  Santa  Cruz  es  la  que  después  se  lla- 
mó de  Manxoí  (Mon  jóle,  Mons  gaudií),  y  del  Cuerpo  Santo. 
El  Cuerpo  Santo  que  dio  nombre  á  esta  capilla,  era  el  de 
un  piadoso  peregrino  lorenés,  que  en  compañía  de  otros 
veintinueve  caballeros  del  mismo  país  había  empren- 
dido la  peregrinación  de  Santiago  hacia  el  año  1080. 
Al  salir  de  su  patria,  todos,  á  excepción  de  uno,  hicieron 
juramento  de  auxiliarse  mutuamente  en  cualquiera  con- 
tingencia que  pudiera  ocurrírseles  en  el  camino.  Llega- 


(1)  Hist.  Composf.,  lib.  I,  cap.  XIX,  pág.  53;  cap.  XX,  páí?.  54; 
cap.  XXI.  — El  texto  publicado  por  Flórez  al  principio  del  cap.  XX,  está 
faltoso.  Debe  leerse  así,  según  el  ejemplar  manuscrito  de  la  Composfelana, 
que  se  conserva  en  nuestra  Iglesia:  Denique  praedidi  Praesalís  sumnia 
solertia,cujus  propositum  ah  ipsis  fere  cunabuUs  semper  exliterat  et  destrucfa 
construere,  et  constructa  ve  iterum  lahefierint  suh  ipso  constitutionis  suae 
constructionis  siatii  conservare....  Lo  de  letra  redonda  falta  en  el  texto 
publicado.  ^. 


240  LIBRO    SEGUNDO 


ron  sin  novedad  á  Porta    Clusa,   en    Gascuña;   pero    aquí 
uno  de  ellos  se  puso  tan  gravemente   enfermo,   que   tu- 
vieron  que   conducirlo,   cuando    á   caballo,   cuando   en 
brazos,  basta  la  falda  de  los  Pirineos,  empleando  en  esta 
jornada  quince  días,  en  voz  de  los  cinco  que  marcaba  el 
itinerario.   Aquí,   haciéndoseles    muy   pesada  la  tarea, 
resolvieron  todos  dejarlo  y  proseguir  el  viaje.  No  se  con- 
formó con  esto  el  compañero  injuramentado;  dejó  mar- 
char á  los  otros;  pero  él  no  se  separó  del  lado  del  enfer- 
mo. Pasaron  la  noche  en  la  aldea  de  San  Miguel,  al  pie 
de  la  escabrosa  y  empinada  sierra;  y  en  la   madrugada 
del  día  siguiente,  por  las  vivas   instancias  del  enfermo, 
se  pusieron  en  marcha.  Vencieron,   al  fin,   la  agria  y  di- 
fícil subida;  pero  ¡á  cuánta  costa!  Cuando  llegaron  á  la 
cumbre  ya  era  noche  cerrada,  y  el  enfermo  falleció,  qui- 
zás efecto  del  cansancio.   En  aquel   amargo    trance    el 
compasivo  peregrino  se  encomendó  de  corazón  al  Após- 
tol; y  mientras  desolado,  lleno   de   fatiga   y   de  terror 
meditaba  que  partido  podría  tomar,    se    le  apareció  de 
repente  un  caballero  que  le  interpeló  de   esta   manera: 
¿Qué  haces  aqui,  hermano? — Quisiera  dar  sepultura  al  cadáver 
de  este  mi  compañero,  contestó^  pero,    á  esta  hora  y   en  este 
desierto,  ¿cómo  podré   hacerlo? — Pomne,  continuó  el  desco- 
nocido,  sohre  el  arzón  el  difunto^   y   monta  tú    á  la   grupa 
hasta  que  lleguemos  á  lugar  donde  pueda  ser  sepidtado.  La  luz 
d(íl  alba  los  sorprendió  sobre  un  cerro,  desde  el  cual  so 
divisaba  la  ciudad  de  Santiago.  Era  el  monte  del  Gozo. 
El  caballero  mandó  apearse  al  peregrino,  3^  lo  dijo  que 
fuese  á  avisar  á  los  Canónigos  de  Santiago   para   que 
diesen  sepultura  al  cadáver  de   aquel  devoto  de   su  de- 
voto. —  Cuando,   hechos    los    funerales^    añadió,   des   vuelta 
para  tu  tierra,  en  la  ciudad  de  León  encontrarás  á  tus  compa- 


LOS  TBES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  241 

fieros^  y  les  dirás  que  por  cuanto  fueron  tan  poco  leales  con  su 
socio,  él  Apóstol  Santiago  no  admitirá  sus  preces,  ni  sus  pere- 
grinaciones, mientras  no  hagan  condigna  penitewÁa.  Entonces 
el  peregrino  reconoció  quien  había  sido  su  protector  y 
quiso  echarse  á  sus  pies;  pero  en  el  mismo  momento  el 
caballero  desapareció  de  su  vista  (1).  Acaso  se  fabricó 
entonces  sobre  el  sitio  en  que  fué  sepultado  el  pere- 
grino, la  ermita  de  Santa  Cruz,  que  tomaría  este  nom- 
bre, ó  de  la  cruz  que  se  puso  sobre  la  sepultura,  ó  de  al- 
guna otra  que  ya  hubiese  en  aquel  lugar,  puesta,  como 
era  costumbre,  por  los  romeros. 

Reedificada  la  capilla,  ordenó  D.  Diego  que  el  día 
de  San  Marcos  fuese  allí  todos  los  años  el  Cabildo  á  can- 
tar las  Letanías  mayores,  y  á  celebrar  Misa  solemne  (2). 

La  capilla  del  Santo  Sepulcro,  sita,  como  hemos  di- 
cho, sobre  el  cerro  de  Santa  Susana,  fué  á  la  vez  substi- 
tuida por  otra  más  capaz  y  de  mayor  gusto  artístico.  En 
ella  colocó  Gelmírez,  después  de  haberlo  depositado 
interinamente  en  la  Basílica,  el  cuerpo  de  Santa  Susa- 
na (3),  que  había  traído  de  Portugal. 


(1)  Esta  tan  interesante  y  conmovedora  escena  que  se  refiere  en  el 
cap.  IV  de  los  Milagros  del  Apóstol  Santiago,  se  hallaba  maravillosamente 
pintada  en  la  capilla  de  Santiago  en  la  iglesia  de  Araceli  en  Koma.  Pintóse 
en  el  año  1441  por  Juvenal  de  Orvietto.  (Véase  Erce  Ximénez,  Prueva,  etc., 
íbl.  233). 

(2)  La  capilla  de  Santa  Cruz  ó  del  Cuerpo  Santo,  era  distinta  de  la 
actual  de  San  Marcos.  La  primera  estaba  unos  dos  kilómetros  más  próxima 
á  la  ciudad,  sobre  un  altozano,  cubierto  hoy  de  pinos,  á  la  derecha  de  la  ca- 
rretera de  Lugo.  Fué  lugar  muy  venerado,  y  en  el  que  durante  los  siglos  XII 
y  XIII  se  recogían  abundantes  limosnas.  En  el  siglo  XVII  quedó  abando- 
nada la  capilla,  y  hoy  apenas  se  descubren  sus  cimientos. 

(3)  De  aquí  la  denominación  (¿ue  recibió  el  monte,  que  por  lo  visto 
autiguameute  no  fué  más  que  un  criadero  de  yeguas  ó  potros. 

Tomo  UI.-Í6. 


242  LIBRO    SEGUNDO 


Para  honrar  ixiás  la  Santa  y  aumentar  el  culto  de  la 
capilla,  estableció  el  Prelado  que  el  lunes  de  Pascua 
celebrase  en  ella  el  Cabildo  todos  los  años  Misa  can- 
tada. 

Por  el  mismo  tiempo  reedificó  Gelmírez  otra  iglesia 
á  orillas  del  Sar,  en  la  cual  se  propuso  establecer  un  Con- 
vento de  Monjas,  según  las  instrucciones  que  le  había 
dado  Pascual  11  en  la  Bula  Ecdesíarn   quam  regendam  (1). 


( l)     Acerca  del  origen  de  esta   iglesia  y  de  este  Convento,  hay  una 
tradición,  que  no   creemos   deba   del  todo   despreciarse.  (Véase  Neyra  de 
Mosquera,   Monografías   de  Santiago,  pág.  256.— Barreiro,   Leyendas    de 
Mario,  págs.  41  y  siguientes. — Murguia,  en  el  tomo  de  Galicia   en  España^ 
sus  niOTiUmentos,  etc....,  pág.  569,  nota  2.^)  Según  la  leyenda,  una  noble  dama 
francesa,  de  nombre  E,usuida,  vivamente  impresionada  con  la  muerte  de  su 
amante  Alberico  de  Canogio,  que  había  perecido  en  el  camino  de  Santiago,  á 
manos   de  un  rival  desdeñado,  recogió  el  cadáver  de  su  prometido  y  con  él 
prosiguió  su  camino  hasta  Compostela,  en  donde  se  propuso  darle  sepultura 
en  tal  lugar  en  que  ella  pudiese  velar  toda  su  vida  al  lado  de  aquellos  restos 
inanimados.   Para  eso   á  orillas  del  Sar,  junto  á  la  sepultura  de  Alberico, 
levantó    una  capilla,   construyó  viviendas  y   con  otras  mujeres,  acaso  las 
damas  de  su  séquito,  hizo  promesa  de  hacer  allí  vida  religiosa.  Contra  esto, 
que  nada  tiene  de  particular  en  aquella  época,  puede  argüirse  el  silencio   de 
la  Compostelana.  Mas  el  criterio,  que  por  regla  general,  siguieron  los  Auto- 
res  de  esta  Crónica,  fué  tomar  las  cosas  en  el  estado  en  que  se  hallaban  al 
tiempo  en  que  comenzaron  á  historiar  los  hechos  de  Gelmírez,  sin  preocupar- 
se  de  lo   que  pudiese  haber  pasado  antes.  Debemos,  no  obstante,  advertir, 
que  en  el  texto  manuscrito  que   guarda  la  Santa  M.  Iglesia,  el  epígrafe  del 
cap.   XXI,    del    lib.  I,   difiere   del  publicado  en  la  edición  de  Flórez,  pues 
dice:   De  edificatione   ecclesie   in  cenobio  de  Canogio.  Esto  parece  que  dá  á 
entender  que  ya   entonces  había  allí  un  cenobio,  una  casa  de  vida  común. 
Tampoco  es   del  todo   exacto  aquel  inciso  que  se  lee  en  dicho  capítulo:  Nul- 
lum,  etenim,  Sanctimonialium  Monasteriuní  intra  tanti   Regni   (Gallaetiae) 
latiludinem   /ia?>e6aiwr.  Esto  sólo  puede  entenderse  de  Monasterio  fundado 
según  las  reglas  canónicas  entonces  vigentes.  Y  en  este  sentido,  el  de  Conjo 
no  tuvo  j)riiicipio  luista  el  año  1129,  en  que  Gelmírez  instaló  allí  las  Monjas 
canónicamente.  (Véase  liist,  Compost.,  lib.  III,  cap.  XI). 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         243 

Señaló  diextros  para  el  Convento;  liizo  plantar  en  ellos 
manzanos,  cerezos  y  toda  clase  de  árboles  frutales;  y 
en  el  río  Sar  que  bañaba  aquel  terreno,  estableció  vive- 
ros de  peces. 

Contribuyó  también  poderosamente  á  la  termina- 
ción de  la  Iglesia  monasterial  de  San  Martín  Pinaiio, 
cuya  obra  había  comenzado,  según  hemos  dicho,  el 
Abad  Adulfo,  y  proseguido  su  primo  y  sucesor  Leovi- 
gildo  (1). 

No  está  aquí  reseñado  todo  cuanto  por  estos  tiem- 
pos, es  decir,  antes  de  la  muerte  de  D.  Alfonso  VI 
(año  de  1109),  hizo  y  gestionó  Gelmírez.  Otras  muchas 
cosas  llevó  á  cabo,  que  omitió  la  Compostelana,  contentán- 
dose con  remitir  al  lector  á  la  serie  de  Escrituras  guar- 
dadas en  el  Tesoro  de  la  Iglesia.  (Multas  etlam  alias  Jtís 
adjecit,  a  nóbis  praetermissas,  utpotc  ignoratas,  quas  quí  scire  vo- 
tuerit,  eum  ad  scrijjturarnm  cognitionem  in  tJiesauro  B.  Jac<M 
Ecdeskie  reposítam  et  servatam,  iré  praecipimtis.  Hace  antem 
siqjradleta  omnia  ante  mortern  regís  nostrí  catJioUci  bonae  me- 
moriae  Adefonsi  a  Praesíile  sunt  juste  acquisita  (2), 

Todas  estas  obras  demuestran  claramente  que  la  de 
la  Catedral  debía  estar  terminada,  y  acaso  Gelmírez 
las  emprendió  para  dar  ocupación  á  los  obreros  me- 
nos hábiles  de  la  Fábrica.  En  cambio  la  obra  del  claus- 
tro,  que   requería  más  suntuosidad   y  primor,    se    fué 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XIX,  pág.  53.—  Como  en  una  Escritura 
del  año  1088  (véase  pág.  43),  se  indica  que  el  Abad  Adulfo  consagró  la 
iglesia  de  San  Martín.  Esto  hace  suponer  que  Adulfo  pudo  terminar  el  ábsi- 
de, que  fué  lo  que  se  consagraría  en  el  año  10S8.  Después  Leovigildo  prosi- 
guió la  obra,  hasta  verla  completamente  terminada  hacia  el  año  1112,  en 
(jue  lué  de  nuevo  consagrada. 

(2)  Hiat.  Cumpost.,  lib.  I,  cap.  XLVI,  pág.  94. 


244  LIBEO  SEGUNDO 


difiriendo  hasta  reunir  los  recursos  suficientes;  lo  cual 
no  pudo  conseguirse  tan  pronto,  por  las  guerras  en  que 
se  vio  envuelta  Galicia  desde  el  año  1109. 

La  ciudad  de  Santiago  era  estrecho  campo  para  la 
actividad  de  Gelmírez.  Ya  antes  del  año  1112  toda  la 
Diócesis,  y  en  especial  las  comarcas  de  Saines,  Postmar- 
cos  y  Nendos,  experimentaron  hasta  dónde  se  extendía 
su  solicitud  y  su  carácter  emprendedor.  En  Padrón 
echó  al  suelo  la  vetusta  ermita  que  se  había  levantado 
para  perpetuar  la  memoria  del  sitio  en  que  había  des- 
embarcado el  Cuerpo  del  Apóstol  (1),  y  con  la  ayuda  de 
un  piadoso  Presbítero,  llamado  Pelayo,  la  reedificó 
desde  los  cimientos  (2).  En  la  antigua  Catedral  de  Iría, 
hizo  de  nuevo  el  altar  de  Santa  Eulalia.  De  nueva 
planta  levantó  las  iglesias  de  Santa  Cruz  (de  Lesón?), 
Santa  Eulalia  (de  Boiro?),  Santa  Leocricia ,  y  Santa 
María  Nevarensc  (de  Nebra?),  que  antes  más  bien  que 
iglesias,  parecían  chozas  ó  tugurios.  Alrededor  de  las 
mismas,  construyó  casas  para  habitación  de  los  Clérigos; 
y  acompañado  de  su  Cabildo,  consagró  con  gran  solem- 
nidad todos  y  cada  uno  de  estos  templos  (3). 

En  Saines,  en  la  aldea  de  Paradela,  poseían  los  Pre- 
lados de  Santiago  una  granja  que  casi  se  hallaba  yerma 
y  abandonada.  Construyó  en  ella  D.  Diego  edificios,  en 
que  decorosamente  pudiesen  hospedarse  cuando  la  oca- 
sión se  presentase;  é  hizo,  además,  las  dependencias  pro- 
pias de  una  casa  de  labranza.  Rescató  asimismo  de 
poder  de  seglares,  la  vecina  iglesia  de  San  Miguel  de 


(1)  Véase  tom.  I,  ¡mg.  231. 

(2)  Hist.  Coínpost.,  lil).  I,  pág.  59. 
(8)     llíd.  Compost.j  loe.  cit. 


2i 


LOS   TEES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         245 

Bojone  (Bayón).  No  menos  importantes  fueron  las  obras 
que  realizó  en  la  villa  ó  granja  de  GMleglldo,  lioy  Redo:i- 
dela,  propia  también  de  la  Iglesia  compostelana.  Des- 
pués de  haberla  reivindicado  de  manos  de  los  que  la 
tenían  usurpada,  la  roturó  y  limpió  de  la  maleza,  la  po- 
bló y  redujo  á  cultivo,  y  la  puso  en  estado  de  que  con  el 
tiempo  pudiese  ser  una  de  las  villas  más  risueñas  y  pin- 
torescas de  Galicia.  Obtuvo  también  en  juicio  por  ante 
el  Conde  de  Galicia,  D.  Ramón,  la  restitución  de  la  igle- 
sia de  Santa  María  de  Elva  (Alba,  cerca  de  Ponte- 
vedra) (1). 

El  castillo  de  Honesto  (Torrre  de  Oeste),  era  conside- 
rado como  el  baluarte  de  aquella  parte  de  Galicia  con- 
tra las  continuas  incursiones  de  los  Moros  y  de  los  Nor- 
mandos; mas  su  conservación  se  hacía  muy  gravosa  al 
país,  porque  la  gran  mayoría  de  sus  moradores,  desde  el 
río  Isso  hasta  el  Océano,  tenían  que  acudir  dos  veces  al 
año  para  reparar  los  desperfectos  causados  por  los  tem- 
porales, ó  las  averías  hechas  por  los  piratas.  Vistos  estos 
inconvenientes,  D.  Alfonso  VI  había  resuelto  demoler 
la  fortaleza  y  arrasarla  hasta  el  suelo;  pues  recelaba 
que  pudiese  darse  el  caso  de  que,  haciéndose  muy  difícil 
la  conservación  del  castillo,  se  convirtiese  en  guarida 
de  aquellos  mismos  contra  quienes  se  había  levantado. 
Considerando  D.  Diego  que  de  destruir  siempre  había 
tiempo,  propuso  un  medio  al  Monarca  para  reparar  la 
fortaleza  sin  ocasionar  tanta  vejación  á  los  pueblos:  y 
fué,  que  cada  vecino  de  la  Diócesis  compostelana  contri- 
buyese por  una  vez  para  la  obra  con  un  sueldo  de  la 


(1)     llist.  Compost.,  loe.  cit. — En  la  edición  de  Flórez  se  lee:  S.  Mariae 
de  Lua.  En  el  texto  manuscrito  de  la  Iglesia:  Sce.  Marie  de  eJua. 


246  LIBRO    SEGUNDO 


moneda  del  liej.  Aceptada  la  idea  por  D.  Alfonso,  fué 
sin  tardanza  puesta  en  práctica  por  Gelmírez;  el  cual 
dobló  las  murallas  de  la  fortaleza,  construyó  nuevas  to- 
rres y  reductos,  y  agotados  los  fondos  públicos,  suplió 
con  los  propios  lo  que  faltaba  hasta  llevar  á  debida  per- 
fección el  edificio.  Con  esto  quedó  el  castillo,  ó  cindade- 
la, como  le  llamaba  D.  Alfonso  V,  en  tal  pie,  que  no 
tenia  que  temer  las  embestidas  de  quien  quiera  que  fue- 
se; y  desde  sus  altas  almenas  se  podía  á  mansalva,  por 
donde  quiera  que  se  aproximasen  los  piratas,  abrumar- 
los con  piedras  y  agudos  dardos  (1). 

En  Nendos,  con  la  ayuda  del  celoso  Arcediano  de 
aquella  comarca,  Juan  Rodríguez,  reedificó  y  consagró 
las  iglesias  de  Bárdanos  (Santa  María  de  Barbeiros), 
Flavella  (San  Esteban  de  Piadela)  (2),  Avegundo  (Santa 
Eulalia  de  Abegondo),  Toiobre  (San  Martín  de  Tiobre), 
Amnentarias  (Santa  María  de  Mantaras)  y  Moralias  (San 
Esteban  de  Moras)  (3).  Todas  estas  iglesias  eran  propias 
de  la  Sede  compostelana. 

Para  Gelmírez,  todo  lo  que  pertenecía  á  la  Iglesia 
de  Santiago,  era  igualmente  digno  de  atención  y  solici- 
tud. Desde  sus  primeros  viajes  á  Castilla,  había  notado 
que  varias  de  las  casas  que  poseían  los  Prelados  com- 
postelanos  en  diversos  puntos  del  camino  de  Santiago, 
como  Cacabelos,  Astorga,  León,  etc.,  se  hallaban  arrui- 
nadas y  casi  inhabitables.  Por  la  larga  distancia,  no  po- 
día encargarse  ól  directamente  del  trabajo  de  rehacer- 
las y  repararlas,  y  aderezarlas  de  lo  conveniente.   Este 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XXXIII. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XVI. 

(3)  Hist.  Comimst.f  lib.  I,  cap.  XXXII. 


LOS  TRES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         247 

cuidado  lo  encomendó  á  uno  de  sus  mayordomos,  el  cual 
á  maravilla  desempeñó  su  cometido.  Mas  en  Cacabelos, 
no  sólo  se  reconstruyó  la  casa  episcopal,  sino  otras  mu- 
chas para  repoblar  aquel  burgo  que  casi  estaba  desier- 
to. Reparó  también  Gelmirez  la  iglesia  parroquial,  y  la 
consagró  con  toda  solemnidad  (1).  A  lo  largo  del  cami- 
no de  Santiago  hizo  también  restaurar  muchas  de  las 
hospederías  que  estaban  arruinadas. 

Visto  el  buen  empleo  que  Grelmírez  daba  á  las  rentas 
y  haber  de  su  dignidad,  los  fieles  de  todas  clases  y  con- 
diciones se  sentían  estimulados  á  hacer  cuantiosos  do- 
nativos y   ofrendas  á  Iglesia  tan  bien  regida  y  admi- 
nistrada. El  Conde  de  Aveancos,  D.  Sancho,  legó  en  su 
testamento  el  lugar  é  iglesia  de  Maurin.   Quien  más  se 
señaló  en  estos  actos  de  piedad,  fué  D.  Pedro  Fróilaz  de 
Traba  y  su  familia.  El  buen  Conde   de   Traba,  además 
de  dar  de  presente  en  Santiago  un  solar  en  la  calle  de  la 
Moneda  (Azabachería),  legó  para   después  de  su  muerte 
la  iglesia  de  San  Tirso  de  Avecundum  (Mabegondo),   y  la 
granja  de  Pousada  con  sus  habitantes  y  colonos.  Su  hijo  • 
D.  Froila  donó  la  granja  de  Ervedinum  en  tierra  de  Nen- 
dos,  y  su  hermana  D.^  Munina,  las  de  Romariz  y  Oa- 
teiro,  en  Saines.  La  Condesa  D.^  Elvira,   cedió  la  parte 
que  le  pertenecía  en  el  Monasterio  de  San   Verísimo, 
en  tierra  de  Lemos  (2). 

El  noble  caballero  Lúcido  ó  Luzo  Arias,  varón  de 
antigua  é  ilustre  prosapia,  lo  mismo  que  su  esposa 
D.^  Mayor,  no  se  mostró  menos  liberal  con  la  Iglesia  de 


(1)  Hist.  ComposL,  lib.  I,  cap.  XXX. 

(2)  HisL  Compost,  lib.  I,  cap.  XXXI. 


248  LIBEO  SEGUNDO 


Santiago.  Estnndo  á  punto  de  muerte,  legó  D.^  Ma5^or  la 
mitad  de  una  granja  cerca  del  Puente  Ulla,  la  mitad 
de  la  de  Quíntalna,  en  Saines,  y  la  aldea  de  Ruvímim  (Ru- 
bín), en  Tabeirós.  Su  esposo  no  sólo  ratificó  estas  dona- 
ciones, sino  que  de  lo  suyo  dio  en  Deza  las  aldeas 
de  Soutolongo  y  Vilanova,  cerca  de  Carballino  la  de 
Dadín,  y  una  granja,  junto  al  Puente  Ulla. 

De  Arias  Alvitez   ó  Aloítez   adquirió  Gelmírez  la 
iglesia  de  San  Juan  da  Coba,  á  orillas  del  Ulla;  de  Oveco 
Sánchez  el  burgo  de  Faturnelo  (Padornelo),  en  el  Zebre- 
ro;  de  Diego  Viliúlfez  la  tercera  parte  del  Monasterio 
de  2\ovallíSy  éb  orillas  del  Tambre.  Otras   donaciones,   por 
el  estilo,  hicieron  Oduario  Díaz,  Oveco  Crescóniz,  Ñuño 
Peláez,  Cresconio  Pérez,  Sandino  Alfonso,   Martín  Pe- 
láez,  Arias  Gundesíndiz,  Gunza  ó  Guncina  Eriz,  Aldonza 
Fróilaz,  Elvira  Martínez,  Alfonso  Muñiz,  Araguncia  Sis- 
nándiz ,   Arias   Savaríguiz  ,    Guiña  Oduáriz  y  Pelayo 
Gundesíndez.   Debemos,    sin   embargo,    hacer    especial 
mención  de  las  que  hicieron  Gunza  Eriz  y  Arias  Gunde- 
síndiz,  que  donaron  la  parte  que  les  correspondía  en  el 
Monasterio  de  San  Pelayo  de  Circitello   (Sabugueira),  y 
una  octava  parte  de  la  iglesia  de  Santa  Eulalia  de  Ban- 
do; y  de  la  de  Aldonza  Fróilaz,  la  cual  dio  el  Monaste- 
rio de  Argentarlo  (Arenteiro,  lugar  de  Santa  María  de 
Lojo)  (1). 


(1)     Hist.  ComposL,  lib.  I,  cap.  XXXI  y  XXXII. 


iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiniiHiiiiiiiiiiiiiiiiiiiHiiiiiiiiniri(MiiiiiiniiiiiiiiniiiniiiniiiiiiiiiHiiiiiniiiiiiiiniiii^ 

II 1  ilíMiMiifiíiiiiiiiMliiiMiiiiiiiiiiiiiiiiiiTTMTnTiiiiiiiiililTTTi  iTiTTTTiTTnTnilTrTTTiTTTnMlTTnnTTnTTTTÍlTTTiTTT^ 
iHiiiiMiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiriiiiiiiiiiiiriniíiniiiiiiiiiiiiiíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiini  II  lili  I  lililí^ 


mum  mjumj|um  mil  iJlüijlil, 


CAPITULO  X 


El  Cabildo  compostelano  en  tiempo  de  Gelmírez. — 
Pleito  con  el  Obispo  de  Mondoñedo  sobre  los  arci- 
prestazgos  de  Seaya,  Besoucos,  Trasancos,  La- 
bacengos  y  Arros.  —  Segundo  viaje  de  Gelmírez  á 
Roma.  — Obtiene  de  Pascual  II  la  dignidad  del  Palio. 


ADO  el  celo  que  de- 
mostró Gelmírez 
en  activar  y  llevar 
á  debida  perfección 
las  obras  que  he- 
mos enumerado  en 
el  capítulo  ante- 
rior, podrá  formar- 
se juicio  del  que  desplegaría  en  restaurar  el  edificio  mo- 
ral de  su  Iglesia,  y  restablecer  la  disciplina  sobre  sólidas 
bases.  Su  constante  anhelo,  fué  rodearse  de  un  Cabildo 
numeroso,  docto  é  ilustrado,  cuyos  miembros  fuesen 
otros  tantos  astros  que  brillasen  en  el  firmamento  de  su 


250  LIBRO  SEGUNDO 


Iglesia,  5^  que  con  sus  luces  y  con  sus  consejos,  le  auxi- 
liasen en  la  ardua  tarea  de  regir  acertadamente  Dió- 
cesis tan  vasta,  y  que  en  aquel  tiempo  era  una  de  las 
primeras  de  la  Cristiandad.  En  efecto,  á  principios  del 
año  1102,  entre  los  antiguos  Canónigos  (algunos  de  los 
cuales  se  habían  visto  precisados  á  abandonar  el  servi- 
cio de  la  Iglesia  por  falta  de  medios  de  subsistencia)  y 
los  que  buscó  de  otras  partes,  tenía  reunidos  nada  me- 
nos que  setenta  y  dos  Canónigos;  que  fué  el  número  que 
fijó  en  recuerdo  de  los  setenta  y  dos  Discípulos  del  Se- 
ñor (1).  En  el  capítulo  XX,  del  libro  I,  nos  dá  la  Campos- 
telana  los  nombres  de  todos;  y  como  en  su  mayoría 
alcanzaron  bastante  celebridad,  los  pondremos  aquí  á 
continuación  por  orden  alfabético: 

Gundesindo,  abad  y  prior  Román  Romániz,  idem. 

de  la  Canónica,  después  Pedro,  juez. 

Cardenal  mayor.  Adriano  Rodríguez. 

Arias    Cipriániz  ,    arce-  Adulfo. 

diano.  Alfonso  Atínez. 

Gaufrido,  arcediano.  Alfonso  Díaz. 

Oduario,  idem.  Alfonso  Peláez. 

Juan  Rodríguez,  idem.  Alvito  Benítez. 

Pedro   Anáyaz,   tesorero,  Alvito  Yáñez. 

después  Obispo  de  León.  Arias  Díaz. 

Pelayo  Díaz,  primiclero.  Arias  González. 


(1)  Juxta  numeralem  Discipulorum  Domini  collectionem  septuaginta 
dúos  Canónicos  elegit.  (Hist.  Conijwst.,  lib.  I,  cap.  XX,  pág.  55). — En  esta 
época  fué  general  el  determinar  el  número  de  individuos  de  que  debía  cons- 
tar la  Corporación  capitular.  Asi  en  León  en  el  año  1120,  se  fijó  en  cuarenta 
el  número  de  Canónigos,  además  de  los  Arcedianos;  en  Lugo  en  1173,  en 
treinta,  etc.... 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELANA 


251 


Arias  Guntádiz. 

Arias  Muñiz  (1). 

Bernardo  Gutiérrez  sp. 

Cipriano  Peláez. 

Diego  Bodán. 

Diego  Julián. 

Diego  Peláez. 

Diego  Rodríguez.  "^ 

Ero. 

Fagildo  Pérez. 

Gundesindo,  presbítero. 

Hugo,  capellán  del  Obis- 
po, después  Obispo  de 
Oporto. 

Juan  Gruimíriz. 

Juan  Rodríguez. 

Juan  Rodríguez. 

Martín  Beraldo. 

Martín  Cid. 

Martín  Peláez. 

Martín  Peláez. 

Miguel  González. 

Miguel  Yanárdiz. 

Munio  Alfonso ,  después 
Obispo  de  Mondoñedo. 

Munio  Gelmírez. 

Munio  Martínez. 

Munio  Sisnándiz. 

Oduario,  presbítero. 

Pedro,  abad  de  Cuntís. 


Pedro  Alfonso. 

Pedro  Astruáriz. 

Pedro  Crescóniz. 

Pedro  Crescóniz. 

Pedro  Díaz,  cardenal. 

Pedro  Díaz. 

Pedro  Díaz. 

Pedro  Helias,  después  Ar- 
zobispo. 

Pedro  Fulco. 

Pedro  Gundesíndiz. 

Pedro  Martínez. 

Pedro  Peláez. 

Pelayo  Anáyaz. 

Pelayo  Gelmírez. 

Pelayo  González. 

Pelayo  Manso. 

Pelayo  Muñiz. 

Pelayo  Muñiz. 

Pelayo  Tanóiz. 

Pelayo  Yáñez. 

Riquila  Cl. 

Rodrigo,  presbítero. 

Vimara,  abad  del  Giro. 

Vimara  Astráriz. 

S.  Giraldo,  Arzobispo  de 
Braga. 

D.  Diego,  Obispo  de 
Orense. 

D.  Alfonso  de  Tuy  (2). 


(1)  Uno  de  estos  Arias,  fué  después  Obispo  de  León. 

(2)  Estos  tres  Prolados   no   eran   Canónigos  meramente    honorarios^* 


252  LlBEO  SÉGÜIÍDO 


Talos  fueron  los  miembros  que  Gelmírez  reunió  para 
formar  la  Corporación  capitular;  veamos  ahora  cómo 
los  organizó  y  reglamentó.  Su  primer  cuidado,  fué  ase- 
gurarles los  medios  de  una  decorosa  sustentación.  En 
los  últimos  años  del  siglo  XI,  los  Canónigos  se  vieron 
reducidos  á  tal  penuria,  que  en  el  refectorio  de  la  Co- 
munidad no  hallaban  mantenimiento  más  que  para  seis 
meses.  Recobradas  muchas  de  las  rentas  de  la  Iglesia, 
que  estaban  usurpadas,  y  sometidas  á  una  recta  y  acer- 
tada administración,  se  consiguió  que  para  todos  los  se- 
tenta y  dos  Canónigos  se  suministrase  en  el  refectorio, 
durante  todo  el  año,  el  suficiente  alimento  (1).  Esto, 
prescindiendo  de  la  asistencia  al  Coro,  era  casi  el  único 
vestigio  que  quedaba  de  la  antigua  forma  de  vida  co- 
mún. Había,  si,  el  dormitorio  común,  el  cual,  á  juzgar 
por  lo  que  de  él  nos  indica  la  Compostelana  (2),  debía  ocu- 
par gran  parte  del  solar  que  hoy  tienen  las  capillas  del 
Pilar  y  de  Santa  Cruz  (3).  Ni  aún  era  requisito  que  to- 
dos los  Canónigos  concurriesen  personalmente  al  refec- 
torio  para  recibir  su  correspondiente  ración;  pues  en  el 


pues  tenían  también  su  hebdómada  y  parte  en  las  obvenciones  del  Altar. 
Pocos  años  después  fué  Canónigo  de  Santiago  el  Cardenal  de  Roma,  Deus- 
dedit,  el  cual  en  carta  que  dirigió  á  Gelmírez  en  el  año  1121  (Historia 
Compostelana,  lib.  II,  cap.  XLIV),  le  encargó  que  le  enviase  el  importe  de 
su  hebdómada  por  los  primeros  peregrinos  que  saliesen  para  Roma. 

Nótese,  que  á  juzgar  por  los  nombres  y  apellidos,  todos  los  Canónigos,  a 
excepción  de  Hugo  y  Gaufrido,  debían  de  ser  españoles. 

(1)  Quibus  (Canonicis)  per  totius   anni  revolutionem   sufficientia    vi- 
ctualia  minime  deessent.  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XX,  pág.  55). 

(2)  Lib.  I,  cap.  CXVI,  págs.  243-244. 

(3)  Es  de  suponer  que  sólo  usasen  el  dormitorio  los  Canónigos  que   no 
tuviesen  domicilio  propio. 


LOS  TEES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         253 

lugar  que  acabamos  de  citar  de  la  Compostelana,  se  nos 
dice  que  en  cierta  ocasión  el  Cardenal  Pedro  Gundesín- 
dez  había  convidado  á  varios  Canónigos  á  cenar  en  su 
casa.  Sin  embargo,  en  la  Canónica  á  todos  los  Canóni- 
gos indistintamente  se  dispensaba,  y  se  continuó  dis- 
pensando por  mucho  tiempo  todos  los  días,  cierta  ración 
de  pan  y  de  vino.  Desde  entonces  quedó,  pues,  definiti- 
vamente constituida  la  Mesa  capitulai-  compostelana , 
con  arreglo  á  lo  establecido  en  el  Concilio  nacional  de 
Falencia  del  año  1100  (1).  Según  esto,  había  un  fondo 
común  fijo,  un  acervo  de  rentas  destinado  exclusiva- 
mente al  mantenimiento  de  los  Canónigos,  que  eran 
también  los  encargados  de  administrarlo  y  distribuirlo. 

Dice  Aymerico  que  la  Regla  que  seguían  los  Canó- 
nigos de  Santiago,  era  la  de  San  Isidoro  fUi.  Isidori 
hisjMniensis  doctoris  regidam  tenentes);  pero  como  ya  adver- 
timos en  el  tomo  II,  página  45,  estas  palabras  quizás 
sólo  deban  referirse  al  texto  del  Oficio  Divino,  ó  á  la 
distribución  de  las  Horas  canónicas  (2),  ó  ala  forma  del 
traje  coral,  ó  la  constitución  jerárquica  del  Cabildo. 

Para  mayor  seguridad,  como  hemos  visto  en  el  capí- 
tulo antecedente,  página  219,  había  consultado  D.  Die- 
go sobre  este  punto  al  Papa  Pascual  II.  Según  las  ins- 
trucciones recibidas,  había  distribuido  á  los  Canónigos 
en  dos  categorías:  la  de  los  Presbíteros  g  Cardenales,  y 
la  de  los  Diáconos.  Los  primeros  eran  siete,  y  á  ellos  in- 
cumbía celebrar  la  Misa   conventual   y   oficiar   en  to- 


(1)  Véase  cap.  VIII,  pág.  208. 

(2)  En  el  Concilio  de  León  de  1090,  establecióse,  según  el  Tudense,  que 
el  Oficio  Divino  se  ordenase  según  la  Regla  de  San  Isidoro.  Consúltese  en  la 
España  Sagrada  (tom.  III,  pág.  23G,  y  toni.  XXXV,  pág.  349)  el  sentido 
en  que  debe  entenderse  este  decreto  del  Concilio. 


254:  LIBBO  SEGUNDO 


das  las  funciones  religiosas  del  Cabildo.  Entre  los  Car- 
denales figuró,  en  primer  lugar,  el  Abad  y  Arcipres- 
te Gundesindo,  presidente  que  era  antes  del  Cabildo;  y 
de  aquí  acaso  proviniese  el  título  de  Cardenal  mayor, 
que  llevaron  él  y  sus  sucesores  en  la  Prebenda.  Los  diá- 
conos eran  los  demás  Canónigos  hasta  completar  el  nú- 
mero de  setenta  y  dos;  eran,  por  turno,  los  ministros 
obligados  en  el  servicio  canonical  del  Altar. 

Uno  de  los  principales  emolumentos  que  entraban 
en  la  dotación  de  los  Canónigos,  consistía  en  las  ofren- 
das que  se  hacían  en  el  Altar  de  Santiago;  pero  en  tiem- 
pos anteriores  estas  ofrendas  sólo  se  repartían  entre 
cierto  número  de  Canónigos  (siete  ó  doce,  según  dice  la 
CompostelanaJ ;  así  es  que  mientras  éstos  en  el  refectorio 
comían  opíparamente,  los  otros  se  veían  reducidos  á 
gustar  un  alimento  sobrado  parco  y  mezquino  (1).  De 
aquí  las  quejas,  las  contiendas,  la  discordia.  Mas  enton- 
ces, á  cada  uno  de  los  setenta  y  dos  Canónigos,  se  adju- 
dicó su  hebdómada  (2);  y  la  distribución  de  las  ofrendas 
se  hacía,  según  Aymerico,  en  la  forma  siguiente:  el  do- 
mingo se  reunían  todas  las  ofrendas  hechas  durante  la 
semana  y  se  dividían  en  tres  partes,  adjudicándose  una 
de  ellas  al  Canónigo  hebdomadario.  De  las  otras  dos 
partes  restantes,  se  hacían  tres  porciones  iguales;  una 
para  la  fábrica  de  la  Iglesia;  otra  para  el  Prelado,  y  la 
tercera  para  una  comida  en  el  refectorio  canonical  (3). 


(1)  Prius  septem  aut  duodecim  hebdomadarii  erant,  qui  praeerant 
Altari  Bti.  Jacobi;  et  ad  eos  quasi  ad  dóminos  omnia  oblata  ad  Clericos  per- 
tinentia,  confluebant.  (Híst.  Compost.,  lib.  II,  cap.  III,  pág.  25(j). 

(2)  Ipse  vero  Episcopus  unicuique  Canónico  siiam  .scptinianam  in  altari 
distribuit.  (Hist.  Compost.,  loe.  cit.) 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  II,  pág.  22. 


LOS  TEES   PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         255 

De  las  ofrendas  que  se  presentaban  ante  los  Altares  de 
Santa  Cruz  y  de  Santa  Magdalena,  se  reservó  la  mitad 
para  el  Hospital  de  los  peregrinos  (1). 

Continuando  la  Compostelana  (2)  la  exposición  de  las 
reformas  que  D.  Diego  Gelmirez  hubo  de  introducir  en 
su  Iglesia,  dice  que  como  el  Clero  Catedral  era  tan  ig- 
norante y  estaba  tan  indisciplinado,  pues  sus  costum- 
bres eran  más  propias  de  soldados  que  de  eclesiásticos, 
para  remediar  tales  abusos  y  tan  deplorable  desorden, 
adoptó  los  ritos  y  estilo  de  las  Iglesias  de  Francia;  y  en 
su  virtud,  prescribió  que  no  se  diese  entrada  en  el  Coro 
á  los  Canónigos  que  no  viniesen  con  la  barba  afeitada  y 
con  sobrepelliz  y  capa  coral;  pues  antes,  algunos  no  ha- 
bían tenido  reparo  en  presentarse  en  el  Coro  con  la  bar- 
ba sin  afeitar,  con  capas  descosidas  y  de  diversos  colo- 
res, y  hasta  con  espuelas  á  manera  de  caballeros  (3). 
Para  prescribir  esto,  no  necesitaba  Gelmirez  apelar  á  las 
costumbres  de  las  Iglesias  de  Francia;  bastaba  recordar 
lo  dispuesto  en  los  Concilios  compostelanos  del  año  1060 
y  1063;  pero,  lo  repetimos,  de  saber  lo  que  había  pasado 
en  Santiago  antes  del  siglo  XII,  siempre  la  Compostelana 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XIX,  pág.  53. — Ayinerico,  abogando  por 
los  peregrinos,  dice  que  debían  darse  al  Hospital  las  ofrendas  hechas  durante 
la  Semana  Santa,  y  aún  la  décima  de  todas  las  ofrendas  hechas  ante  el  Altar 
de  Santiago.  Añade,  que  á  los  hosj^itales  de  leprosos  —el  de  San  Lázaro  y 
Santa  Marta—  correspondían  las  ofrendas  hechas  los  domingos  en  el  Altar 
de  Santiago,  antes  de  la  Hora  de  Tercia. 

(2)  Lib.  I,  cap.  XX,  pág.  57;— lib.  II,  cap.  III,  pág.  25G. 

(3)  Constituit  Canónicos  praetaxato  numero,  scilicet  septuaginta  dúos, 
qui  non  ingrederentur  Chorum  Bti.  Jacobi  nisi  in  superpelliciis  et  in  capis, 
cum  prius  non  rasis  barbis,  capis  dissutis  et  variatis,  rostatis  pedil)us  et 
liu  jusmodi  ad  modum  equitum,  Clericos  Ecclesia  Bti.  Jacobi  lial.)eret.  (His- 
toria Compostelana,  lib.  II,  cap.  II I,  pág.  256). 


256  LIBBO  SEGUNDO 


mostró  poca  ansia  y  curiosidad.  Quizás  en  lo  que  toca  á 
la  forma  de  la  distribución  de  las  ofrendas,  recurriría 
Gelmírez  á  las  costumbres  de  las  Iglesias  de  Francia. 

En  los  Concilios  compostelanos  citados,  se  ordenó  que 
en  todas  las  iglesias  se  estableciesen  escuelas;  y,  por  con- 
siguiente, en  la  de  Santiago,  escuela  no  podía  faltar; 
mas  Gelmírez  amplió  la  enseñanza,  que  antes  estaba 
limitada  á  los  rudimentos  de  la  Religión  y  á  la  Gramá- 
tica, y  para  ello  puso  un  maestro  que  enseñase  Oratoria 
y  Lógica  (1).  No  nos  dice  la  Compostelana  quién  haya 
sido  este  maestro  traído  por  Gelmírez;  acaso  sería  el 
maestro  Raucelino  (magister  Raucelinus) ,  que  se  cita  en 
el  capítulo  VIII,  del  libro  II,  ó  el  Giraldo,  que  después 
fué  Canónigo,  y  redactó  los  últimos  libros  de  dicha  His- 
toria. Sin  embargo,  ya  antes  del  establecimiento  de  estas 
Cátedras,  había  en  el  Cabildo  personas  no  extrañas  á 
los  estudios  literarios,  como  Munio  Alfonso  y  Hugo,  á 
quienes  el  Prelado  pudo  encomendar  la  redacción  de  la 
Compostelana.  La  escuela  se  hallaba  entre  la  Catedral  j  el 
Palacio  episcopal,  y  comunicaba  con  la  Iglesia  por  la 
puerta  que  Aymerico  llama  de  la  Escuela  de  los  Gramá- 
ticos (2), 


(1)  Locato  de  doctrina  eloquentiae  Magistro,  et  de  ea  quae  discernendi 
facultatem  plenius  administrat,  ut  nos  ab  infantiae  subtraheret  rudimentis, 
suo  nos  commendavit  imperio.  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XX,  pág.  55). — 
También  trajo  un  Médico  de  la  Escuela  de  Salerno  llamado  Roberto.  (Li- 
bro II,  cap.  VIII). 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  II,  §.  V. — De  entre  los  miembros  del  Ca- 
bildo compostelano,  continuaron  los  Reyes  tomando  sus  notarios  y  cancille- 
res. (Véase  tomo  II,  capítulo  XXVII,  página  522).  A  D.  Diego  Gelmírez, 
notario  y  canciller  en  la  Corte  de  los  Condes  de  Galicia,  debió  de  suceder  el 
Canónigo  compostelano  Martín  Peláez;  el  cual  autorizó  muchos  Diplomas 


LOS  TEES   PEIMEHOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA        257 

Cabildo  tan  numeroso  y  formado  de  personas  no  to- 
das bien  probadas  y  conocidas,  necesitaba  de  un  fuerte 
vínculo  de  unión  y  subordinación,  máxime  en  aquellos 
tiempos  tan  agitados  y  turbulentos.  En  efecto,  Gelmírez 
exigió  de  todos  juramento  de  fidelidad,  que  ellos  presta- 
ron el  22  de  Abril  del  año  1102,  justamente  el  día  si- 
guiente al  aniversario  de  su  consagración,  bajo  la  fór- 
mula: «Yo  N...  por  Dios  Padre  Omnipotente  juro  á  vos 
D.  Diego  seros  siempre  y  en  todas  cosas  fiel  y  obediente, 
y  con  lealtad  y  sin  fraude,  en  cuanto  lo  permitan  mis 
fuerzas,  defender  vuestra  vida  y  persona,  y  exaltar  vues- 
tra dignidad,  tanto  en  lo  que  poseéis  ahora,  como  en  lo 
que  en  lo  futuro  adquiráis.  Así  Dios  me  ayude  y  estos 
Santos  Evangelios»  (1). 

Por  último,  Gelmírez,  que  nada  desatendía,  encargó 


de  la  Reina  D.*  Urraca,  y  aún  de  su  hijo  D.  Alfonso  VII.  Tuvo,  además, 
D.*  Urraca,  otros  notarios,  como  Fernando  Pérez,  Juan  Rodríguez,  Pedro 
Ramírez  y  Pedro  Vicente.  El  primero,  y  probablemente  el  segundo,  fueron 
también  Canónigos  de  Santiago. 

En  la  redacción  de  los  Diplomas,  se  dejó  sentir  la  acción  de  los  Notarios 
compostelanos,  tanto  en  la  parte  literaria,  como  en  la  caligráfica.  El  Papa 
Urbano  II,  desde  el  principio  de  su  Pontificado,  encomendó  á  su  Canciller 
Juan  Cayetano,  gran  amigo  de  D.  Diego  Gelmírez,  el  restablecer  en  la 
redacción  de  las  Bulas  pontificias  el  cursus,  ritmo  ó  cadencia  prosaica 
que  desde  el  siglo  VII  había  caído  en  desuso.  Después  que  los  Canónigos 
compostelanos  se  encargaron  de  la  redacción  de  los  regios  Diplomas,  apare- 
ce también  el  cursus,  especialmente  en  los  preámbulos. 

Acerca  del  cursus  ó  ritmo  prosaico,  véase  el  estudio  que  le  consagró 
Mr.  Bellet,  al  fin  de  su  notable  trabajo:  Les  origines  des  Eglises  de  Jaranee; 
París,  1898;  A.  Picard  é  Hijo. 

(1)     El  texto  de  la  Com/?o5/eZa«a  publicado   por  Flórez  fEsj).    Sag.,  to- 
mo XX,pág.  6G),  dice  aquí:  Anno  MCXX^  hal.  Maii,  Episcopatus  sui  atino 
secundo,  lioc  juramentum,  etc....  Estas  indicaciones   cronológicas  son  incom- 
patibles; y  por  consiguiente  en  alguna  de  ellas  debe  haber  error.  El  P.  Eló- 
TOMO  UI.-17. 


258  LIBRO  SEGUNDO 


á  los  Canónigos  Munio  Alfonso  y  á  su  capellán  Hugo, 
después  Arcediano,  que  fuesen  anotando  y  consignando 
por  escrito,  los  principales  sucesos  de  su  Pontificado,  las 
gracias  y  privilegios  con  que  se  realzaba  el  esplendor  y 
dignidad  de  su  Iglesia,  y  las  heredades  y  posesiones  que 
se  iban  adquiriendo,  á  fin  de  que  el  tiempo,  que  todo  lo 
consume,  no  alterase  y  obscureciese  la  memoria  y  clara 
noticia  de  todas  estas  cosas.  De  este  registro  de  anota- 
ciones, resultó  la  Historia  Compostelana,  que  publicaron 
Flórez  en  el  tomo  XX  de  la  España  Sagrada,  y  Migne  en 
el  CLXX  de  la  Fatrología  latina.  Nombró  también  Gel- 
mírez  su  notario  al  Canónigo  Pedro,  Abad  de  Cuntis. 

Puestas  en  orden  y  concierto  las  cosas  de  la  Iglesia 
Catedral,  dirigió  D.  Diego  su  atención  y  cuidados  á  re- 
gir y  administrar  la  Diócesis,  conservándola  en  la  mis- 
ma extensión  y  confines  que  desde  antiguo  había  tenido. 
Al  tiempo  en  que  tomó  posesión  de  la  Sede  compostela- 
na, administraba  los  arciprestazgos  de  Bisancos  (Besóu- 
cos),  y  Trasancos,  y  la  mitad  de  el  de  Salagia  (Seaya),  el 
Obispo  de  Mondoñedo,  D.  Gonzalo  Fróilaz.  Por  antiguos 
documentos  (1),  constaba  que  estas  comarcas  pertene- 
cían á  la  Sede  iriense  y,  por  consiguiente,  á  la  compos- 
telana; la  cual,  como  recientemente  había  declarado  el 
Papa  Pascual  II  en  la  Bula  Justitiae  ac  rationis  ordo  de  31 
de  Diciembre  de  1101,  había  sucedido  en  todos  los  dere- 


rez,  como  era  natural,  optó  por  la  segunda,  es  decir,  por  la  del  año  segundo 
del  pontificado  de  Gelmírez.  El  texto  manuscrito  del  Archivo  de  nuestra 
Santa  Apostólica  Iglesia,  trae  la  lección  verdadera  de  este  pasaje,  que  es  co- 
mo sigue:  Ánno  MCX%  X.  Kal.  Maii,  ele... 

(1)     Véanse  Apéndices  del  tom.  II,  niim.  11. 


LOS  TBES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELANA  259 

chos  y  atribuciones  de  que  la  Iriense  gozara  (1).  En  su 
vista,  D.  Diego  reclamó  amigablemente  del  Obispo  de 
Mondoñedo  la  devolución  de  los  citados  Arciprestazgos, 
pues  sólo  los  podía  tener  en  préstamo,  ó  como  mero  ad- 
ministrador. D.  Gonzalo  contestó  que  había  por  lo  me- 
nos cuarenta  años  que  los  referidos  Arciprestazgos  for- 
maban parte  integrante  de  la  Diócesis  Mindoniense,  y 
que,  por  lo  tanto,  su  devolución  no  procedía. 

Es  de  advertir  que  no  faltaban  motivos  para  que  en 
este  punto  hubiese  dudas  é  incertidumbres.  En  primer 
lugar,  durante  los  catorce  años  en  que,  después  de  la 
prisión  de  D.  Diego  Peláez,  la  Iglesia  compostelana  es- 
tuvo en  cierto  modo  vacante,  los  Obispos  comarcanos 
eran  los  que  ejercían  la  potestad  de  Orden,  ordenando 
á  los  Clérigos  y  consagrando  las  iglesias.  Así  el  Obispo 
de  Lugo,  D.  Amor,  consagró  la  iglesia  de  Callobre,  y  el 
de  Orense,  D.  Pedro,  la  de  Vilariño.  En  segundo  lu- 
gar, hacia  el  año  8G6,  el  Rey  D.  Alfonso  III  consignó 
á  la  Iglesia  de  Mondoñedo  las  comarcas  de  Trasancos, 
Besoucos,  Pruzos,  y  parte  de  la  de  Seaya;  pero,  como  ya 
advertimos  en  el  tomo  II,  nota  2  de  la  página  154,  las 
iglesias  de  que  D.  Alfonso  pudo  disponer,  fueron  las 
ofercionaksy  y  no  las  propiamente  diocesales.  Mas  con  el 
transcurso  del  tiempo,  se  obscureció  el  carácter  de  estos 
hechos  y  de  estas  donaciones;  y  de  aquí  el  origen  del 
litigio.  * 

Viendo  Gelmírez  que  amigablemente  nada  obtenía 


(1)  Quidquid  Catalogis  legitimis  continetur,  quidquid  parochiarum 
Iriensis  Cathedra  juste  habuisse  cognoscitur,  tibi  tuisque  legitimis  succes- 
soribus  Compostellae  permanentibus,  firmum  semper  integrumque  servetur. 
(Hist.  Cotnpost.,  lib.  I,  pág.  32). 


200  LIBBO    SEGUNDO 


del  Prelado  de  Mondoñedo,  interpuso  demanda  en  el 
Concilio  nacional  que  se  celebró  en  Carrión  á  fines  del 
año  1102  ó  á  principios  del  año  siguiente  (1).  Gomo 
una  indisposición  corporal  había  impedido  á  D.  Gonzalo 
el  asistir  personalmente  al  Goncilio,  con  fecha  4  de  Fe- 
brero de  1103  escribióle  desde  León  el  Arzobispo  de 
Toledo  D.  Bernardo,  que  era  el  que  había  convocado  y 
presidido  la  asamblea  conciliar,  dándole  cuenta  de  lo 
que  se  había  tratado,  y  mandándole  que  restituyese  al 
Prelado  compostelano  lo  que  por  legítimos  documentos 
constase  pertenecerle.  Mas,  le  decía,  que  hecha  la  resti- 
tución, se  obligaba  á  trabajar  con  D.  Diego  Gelmírez 
para  que  le  diese  alguna  compensación  (2). 

Gomo  el  Obispo  de  Mondoñedo  no  quisiese  oír  nada 
de  restitución,  el  de  Santiago  envió  sin  tardanza  dos 
procuradores  á  Roma  á  exponer  sus  quejas  ante  el  Papa 
Pascual  II;  el  cual,  en  l.'^  de  Mayo  de  1103,  escribió  á 
D.  Gonzalo  de  Mondoñedo  ordenándole  que  cumpliese 
lo  mandado  en  el  Goncilio  de  Garrión,  y  que,  si  se  sentía 
agraviado,  pidiese  nueva  audiencia  para  ante  el  Obispo 
de  Toledo,  Legado  Pontificio  (3). 


(1)  Véase  en  el  tom.  XXIV  del  Boletín  de  la  Real  Academia  de  la  His- 
toria, pág.  299  y  siguientes,  los  interesantes  artículos  del  P.  Fita  sobre  los 
Concilios  de  Carrión  y  León. 

(2)  Hisf.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XXXIV,  pág.  75.— En  dónde,  en  el  tex- 
to publicado  por  Flórez  y  en  el  Códice  de  la  Biblioteca  Nacional  citado  por 
el  'P.Fit&( Boletín...,  loe.  cit.,  pág.  311,  nota  2.*),  se  lee:  indescendendo,  en 
el  ejemplar  de  la  Catedral  se  escribe,  in  condescendendo. 

(.3)  Hist.  Compost.,  loe.  cit.,  pág.  76. — Gelmírez  ganó,  en  efecto,  por  la 
mano  al  Obispo  de  Mondoñedo  despachando  á  Koma  á  dos  de  sus  Canónigos 
que  en  la  Compostelana  no  se  nombran;  pero  la  Bula  que  entonces  obtuvie- 
ron del  Papa  estos  dos  Legados,  no  es  la  inserta  en  las  páginas  92-93  de  la 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         261 

Tan  pronto  como  D.  Gonzalo  recibió  estas  Letras 
del  Papa,  despachó  á  Roma  á  dos  de  sas  Clérigos,  Groa- 
zalo  y  Munio,  para  que  ante  el  Pontífice  representasen 
el  derecho  que,  á  su  juicio  le  asistía  sobre  los  menciona- 
dos Arciprestazgos.  Pascual  II,  en  15  de  Octubre  de  1103, 
se  dirigió  al  Prelado  compostelano  avisándole  de  lo  ale- 
gado por  el  Obispo  de  Mondoñedo,  y  ordenándole,  que 
para  el  día  1.^  de  Octubre  del  año  siguiente  enviase  á 
Roma  dos  Legados  que  habrían  de  encontrarse  con  los 
de  Mondoñedo,  que  también  estaban  citados  para  la 
misma  fecha  (1). 

Al  día  señalado,  comparecieron  en  Roma,  así  los  Le- 
gados del  Obispo  de  Mondoñedo,  como  los  de  el  de  Com- 
postela;  y  Pascual  II,  oídos  sus  alegatos,  resolvió  que 
cinco  (2),  de  entre  los  más  ancianos  de  la  Iglesia  de 
Mondoñedo,  acudiesen  á  Astorga,  y  que  allí,  en  manos 
del  Obispo  de  Burgos,  D.  García,  al  cual  para  esto  el 
Papa  daba  comisión,  jurasen  que  hacía  cuarenta  años 
que  su  Iglesia  estaba  en  posesión  de  los  dichos  Arcipres- 
tazgos; y  que  en  caso  de  que  los  procuradores  composte- 


Compostelana  como  dice  el  P.  Fita  (Boletín...,  tom.  XXIV,  pág.  317),  síqo  la 
de  la  pág.  76,  dirigida  al  Obispo  D.  Gronzalo. 

En  la  pág.  316  del  Boletín  citado,  dice  también  el  P.  Fita  que  hasta  que 
fué  consagrado  Grelmírez,  no  se  lee  que  ningún  antecesor  suyo  pusiese 
demanda  con  objeto  de  aclarar  y  decidir  el  título  de  posesión  «sobre  los 
Arciprestazgos.»  La  demanda,  aunque  general,  ya  la  hizo  en  1019  el  Obispo 
D.  Vistruario.  (Véase  tom.  II,  Apéndices,  núm.  LXXXVI,  pág.  212),  y  en 
virtud  de  ella  se  reconoció  que  pertenecían  á  la  Iglesia  de  Santiago  los  terri- 
torios de  Bisanquis,  Trasancos,  Lauazingos,  etc... 

(1)  Hist.  Compost.,  loe.  cit.,  págs.  76-77. 

(2)  Cinco,  según  la  Compostelana,  pág.  77;  tres,  según  el  texto  de  h 
Bula  que  extractamos. 


262  LlBttO   SEGUNDO 


lanos  probasen  que  la  posesión  había  sido  interrumpida, 
entonces  se  ventilase  la  cuestión  en  juicio  ordinario;  y 
que  en  uno  ó  en  otro  caso  se  entregasen  definitivamente 
los  Arciprestazgos  á  quien  demostrase  tener  mejor  dere- 
cho. Ordenó,  además,  el  Pontífice  que  el  juicio  se  cele- 
brase en  la  Octava  de  la  próxima  Epifanía.  Fechóse  la 
Carta  pontificia,  que  iba  dirigida  al  Obispo  de  Burgos, 
en  14  de  Octubre  (de  1104)  (1). 

A  pesar  de  sus  muchos  años,  acudió  el  Obispo  Don 
Gonzalo  en  la  fecha  señalada,  ó  sea  á  principios  del 
año  1105.  Lo  mismo  hicieron  los  Clérigos  procuradores 
de  la  Iglesia  compostelana;  pero  visto  que  su  estancia 
en  Astorga  tendría  que  prolongarse  indefinidamente  á 
causa  de  la  enfermedad  que  aquejaba  al  Obispo  D.  Gar- 
cía, decidieron  salir  en  su  busca  y  encaminarse  hacia 
Burgos.  Al  fia  lo  hallaron  en  Castrojeriz,  en  donde 
también  estaba  D.  Alfonso  VI  con  su  Corte.  Qué  propó- 
sitos abrigaría  el  Obispo  de  Mondoñedo  al  emprender 
tan  largo  viaje,  se  ignoran;  lo  que  se  sabe,  es  que  en 
Castrojeriz  se  negó  á  presentar  la  prueba  testifical  que 
se  le  exigía.  En  vista  de  esto,  el  Obispo  de  Burgos  escri- 
bió al  Papa  dándole  cuenta  del  proceder  de  D.  Gonza- 
lo (2).  Es  de  presumir  que  el  portador  de  la  Carta  del 
Prelado  de  Burgos,  fuese  alguno  de  los  Clérigos  ó  Canó- 
nigos compostelanos  que  se  hallaban  en  Castrojeriz;  el 
cual  llevó  también  Cartas  de  los  Obispos  D.  Pedro,  de 
Lugo,   y  D.  Alfonso,   de  Tuy,  que  informaban  en  fa- 


(1)  Véase  enta  Bula  en  el  tom.  XKIV,  págs.  340-341   del  Bolethi  de  la 
B>'al  Academia  de  la  Historia. 

(2)  Hist,  Oompost,  lib.  I,  cap.  XXXIV,  págs.  77-78. 


LOS   TRES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         263 


vor  del  derecho  que  asistía  á  la  Iglesia  de  Santiago  (1). 

Enterado  Pascual  II  del  contenido,  así  de  la  Carta 
del  Obispo  de  Burgos,  como  de  las  de  los  Prelados  Lu- 
cense  y  Tudense,  con  fecha  24  de  Octubre  de  1105,  es- 
cribió al  Obispo  de  Mondoñedo  mandándole  que  no  in- 
quietase á  la  Iglesia  compostelana  en  la  posesión  de  los 
tan  disputados  arciprestazgos  fpraecipimiis  id  eosdem  archi- 
preshyteraiiis..,  quietos  et  íntegros  in  ejiísdem  Eccksíae  (campo- 
stellanae)  jure  deinceps  permanere  permitías),  amenazándole 
de  otro  modo  con  hacerle  sentir  con  más  eficacia  el  rigor 
de  la  justicia  (2). 

D.  Gronzalo  se  hizo  sordo  ante  tal  intimación,  y  conti- 
nuó administrando  los  Arciprestazgos  en  cuestión  como 
si  nada  hubiera  pasado.  Dos  años  estuvo  Oelmírez  espe- 
rando que  el  Obispo  de  Mondoñedo  reconociese  su  error, 
y  dejase  lo  que  no  le  pertenecía;  pero  viendo  que  espe- 
raba en  vano,  se  decidió  á  reproducir  en  el  Concilio  de 
León,  que  se  celebraba  á  fines  del  año  1107  (3),  la 
reclamación  que  había  presentado  en  el  Carrionense 
de  1102.  El  Obispo  de  Mondoñedo,  que  también  se  ha- 
llaba presente,  contestó  y  replicó  con  energía  á  los  ale- 
gatos de  Gelmírez;  por  lo  cual,  para  que  esta  discusión, 
que  prometía  ser  larga  y  empeñada,  no  entorpeciese  los 


(1)  En  las  Letras  que  seguidamente  escribió  el  Papa,  se  dice  que  los 
Obispos  de  Lugo  y  de  Tuy  depusieron  en  favor  de  la  Iglesia  compostelana 
juntamente  con  otro  Obispo,  cuyo  nombre  no  se  declara,  pero  que  acaso  fue- 
se el  Obispo  Pedro  que  se  hallaba  retirado  en  Caaveiro. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XXXIV,  pág.  78.-En  el  texto  de  Fió- 
rez,  se  lee:  Datum  Laterani  VIH  Kal.  Nouembris.  En  el  ejemplar  manuscri- 
to del  Cabildo  compostelano,  en  vez  de  VIII  Kal.,  se  lee  VIII I  Kal. 

(H)  Véase  en  el  tom.  XXIV,  del  Boletín  de  la  Reil  Academia  de  la 
Historia,  los  artículos  publicados  por  el  P.  Fita  sobre  los  Concilios  Naciouít- 
les  de  Carrión  y  León. 


2G4  LIBRO  SEGUNDO 


trabajos  del  Concilio,  el  Presidente  D.  Bernardo,  Arzo- 
bispo de  Toledo,  nombró  una  comisión  de  Prelados  que, 
constituida  en  Tribunal,  oyese  separadamente  las  razo- 
nes de  ambas  partes,  y  resolviese  lo  que  provisionalmen- 
te procedia,  mientras  la  causa  no  se  terminase  en  defi- 
nitiva en  Roma  (1).  «No  serían,  pues  — dice  el  P.  Fi- 
ta comentando  estas  deliberaciones  del  Concilio  de 
León  (2) —  de  tan  corta  entidad  las  razones  sobre  las 
que  liacia  hincapié  tenacísimo  el  anciano  Obispo  de 
Mondoñedo,  como  lo  quiere  dar  á  entender  el  redactor 
de  la  Historia  Compostelana.  Al  discurso  en  latín  que  pro- 
nunció Grelmírez  (3),  respondió  la  parte  adversa  con  fra- 
se quizá  más  llana  y  de  gusto  menos  clásico;  no  escasea- 
ron i-éplicas,  y  tan  recio  y  nutrido  fué  el  debate,  que  no 
sólo  duró  largo  espacio  de  tiempo,  sino  que  dejó  flotante 
é  indeciso  el  parecer  del  Monarca  y  de  toda  la  Asam- 
blea. La  comisión  de  Prelados  que  nombró  el  Presidente 
para  examinar  más  de  cerca  la  cuestión  y  emitir  su 
dictamen  ante  el  Concilio,  procedió  cautelosamente; 
porque  primero,  cada  uno  de  los  comisionados,  entendió 
aisladamente  en  manejar  todo  el  pleito;  conferenciaron 
luego  en  común,  y  acordaron  proponer  que  los  Arcipres- 
tazgos,  por  decreto  del  Concilio,  quedasen  en  secuestro 
y  administración  del  Obispo  de  Orense,  en  tanto  que  se 
avocaba  la  resolución  definitiva  al  fallo  de  la  Santa 
Sede.» 

De  esto  resulta  que  no  sólidas  razones,  sino  los  há- 


(1)  Hist.  ComposL,  lib.  I,  cap.  XXXIV,  págs.  78-79. 

(2)  Boletín  cit.,  pág.  330. 

(3)  Querimoniam....   latine   ventilavit,   dice  la    Compostelana.  Esto  de- 
muestra (jue  ya  existía  otro  lenguaje,  que  era  el  vulgar  y  corrient©. 


LOS  TEES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  265 

biles  manejos  que  empleó  Grelmírez,  fueron  la  causa  de 
la  duración  del  pleito,  y  de  que  se  obscureciesen  y  em- 
brollasen las  pruebas  que  á  su  favor  tenía  el  Obispo  de 
Mondoñedo.  El  cual,  además  de  ser,  en  efecto,  de  carác- 
ter tenacísimo  (1),  estaba  asido  á  muy  buenas  aldabas, 
como  hermano  que  era  del  célebre  Conde  de  Traba,  y 
por  consiguiente,  de  la  familia  más  poderosa  de  Galicia. 
La  cuestión,  sin  embargo,  ofrecía  un  aspecto  desde 
el  cual  debía  de  resultar  harto  complicada.  El  Conde  de 
Traba  y  sus  hermanos,  incluyendo  al  Obispo  de  Mondo- 
ñedo, eran  propietarios  de  la  mayor  parte  del  territorio 
comprendido  en  los  Arciprestazgos  en  cuestión,  y  por 
consiguiente,  de  las  iglesias  ofercionales  en  él  enclavadas. 
Verosímilmente  en  la  antigüedad  era  potestativo  en 
los  propietarios  de  estas  iglesias  el  llamar  para  consa- 
grarlas y  para  ordenar  á  los  Clérigos  que  las  sirviesen, 
al  Obispo  que  bien  les  pareciese.  Qaizá  en  este  Concilio 
de  León  ó  antes,  se  limitaron  estas  atribuciones  de  los 
propietarios,  reconociéndoles  tan  sólo  el  derecho  de  no- 
minar ó  presentar  para  sus  respectivas  iglesias;  pero  la 
dificultad  estaba ^ — máxime  en  aquella  época  en  que  estos 
derechos  no  estaban  tan  deslindados —  en  el  caso  de  que 
el  propietario  de  la  Iglesia  fuese  un  Obispo,  como  suce- 
día con  muchas  de  las  de  los  Arciprestazgos  cuestionados. 
Entonces,  ¿á  quién  correspondía  la  consagración  y  la 
ordenación?  ¿Al  Obispo  propietario  ó  al  diocesano?  ¿A 
quién  pertenecían  las  tercias  de  estas  iglesias?  Este,  sin 
duda,  fué  el  punto  que  tanto  hizo  discurrir  á  los  Padres 
del  Concilio  Legionense,  y  que  les  obligó  á  declarar  que 


(1)  Para  apreciar  la  firmeza  de  carácter  del  Obispo  D.  Gonzalo,  basta 
leer  lo  que  trae  el  P.  Flórez  (Esj).  Sag.,  tom.  XXIII,  págs.  119  y  120), 
acerca  de  algunos  pleitos  que  sostuvo. 


ÜGG  LIBEO  SEGUNDO 


ni  á  uno,  ni  á  otro,  mientras  tanto  no  se  estableciese  en 
Roma  la  legislación  que  en  este  punto  debía  observarse. 

Como  quiera  que  sea,  el  Concilio  puso  en  manos  de 
los  comisionados  de  las  dos  Iglesias,  Cartas  en  que  se 
daba  cuenta  al  Papa  de  las  resoluciones  tomadas  sobre 
este  particular.  El  Obispo  de  Santiago  designó  como 
portador  de  la  Carta  que  se  le  había  entregado  al  Arce- 
diano Gaufrido;  el  cual  compareció  en  Roma  solo,  pues 
del  procurador  de  la  Iglesia  de  Mondoñedo,  si  es  que  fué 
enviado,  no  se  tuvo  noticia.  En  su  virtud,  Pascual  II  no 
quiso  definir  la  cuestión  por  sola  la  Carta  remitida  por 
conducto  del  procurador  compostelano,  y  escribió  al 
Arzobispo  de  Toledo  mandándole  que,  ya  que  los  de 
Mondoñedo  habían  desistido  de  probar  la  posesión,  sin 
más  aplazamiento  señalase  á  las  partes  un  término  pe- 
rentorio en  el  cual  compareciesen  en  su  presencia,  y  que 
aunque  cualquiera  de  ellas  estuviese  ausente,  fallase 
definitivamente  la  cuestión  (1). 

No  sabemos  por  qué  causa  el  Arzobispo  de  Toledo 
fué  demorando  el  dar  cumplimiento  á  esta  Carta,  que 
debió  recibir  á  mediados  del  año  1108.  Instaba  el  Prela- 
do compostelano  para  que  se  ejecutase  lo  ordenado  por 
el  Papa;  pero  cansado  de  instar  y  reclamar  inútilmente, 
tuvo  que  dejar,  no  sin  disgusto,  que  las  cosas  siguiesen 
como  hasta  entonces.  Al  fin  el  Arzobispo  pronunció  el 
tan  deseado  juicio  (2). 

En  esto,  en  el  Clero  y  en  el  pueblo  de  los  Arcipres- 
tazgos  disputados,  se  operó  un  cambio  que  fácilmente 
se  explica  por  la  actitud  que  tomaron  el  Conde  de  Tra- 


(1)  Hist.  Cotnpost.j  lib.  I,  cap.  XXXV,  pág.  79. 

(2)  Hisf.  Compost,  lib.  I,  cap.  XXXV,  pág.  80. 


LOS  TRES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  207 

ba  y  sus  hermanos.  Todos  unánimemente  reconocieron 
su  error  y  que  indebidamente  habían  estado  separados 
de  su  verdadera  Cabeza,  como  resultaba  de  los  antiguos 
Catálogos,  y  prometieron  ser  en  lo  futuro  hijos  obedien- 
tes y  sumisos  de  la  Sede  compostelana,  y  acudir  de  bue- 
na voluntad  todos  los  años  con  los  tributos  á  que  por  tal 
concepto  estaban  obligados.  Este  allanamiento  se  hizo, 
al  parecer,  en  Santiago,  á  donde  hubieron  de  concurrir 
para  subscribirlo,  todos  los  Abades,  Monjes,  Clérigos  y 
caballeros,  no  sólo  de  los  Arciprestazgos  de  Besoucos  y 
de  Trasancos,  sino  de  los  de  Labacengos  y  Arros.  Subs- 
cribió el  primero,  en  7  de  Febrero  de  1110  y  bajo  fórmula 
especial  (1),  Munio,  Abad  de  San  Martín  de  Jubia,  Mo- 
nasterio que  era  como  propiedad  de  la  familia  del  Con- 
de de  Traba.  Todos  los  demás  subscribieron  el  7  de  Mar- 
zo siguiente  bajo  una  misma  fórmula,  más  extensa,  que 
también  trae  la  Compostelana  en  el  capítulo  citado  (2). 

(1)  Hist.  Composf.,  loe.  cit. 

(2)  He  aquí  los  nombres  de  los  caballeros  y  Presbíteros  ó  Párrocos  de 
Besoucos,  Trasancos,  Labacengos  y  Arros,  que  por  sí  y  por  los  ausentes, 
firmaron  el  Acta  de  obediencia  y  sumisión: 

Caballeros  de  Besoucos. 

Bermudo  Asmódiz.  (rónzalo  Menéndez.  Oveco  Fróilaz. 

Bermudo  Ragéliz.  Juan  Vimaraz.  Pedro  Bermúdez. 

Fernando  Suárez.  Menendo  Hólmiz.  Vistrario  Hólmiz. 

Férveo  Hólmiz.  Munino  Oduáriz.  Vistrario  Peláez. 

Caballeros  de  Trasancos,  Labacengos  y  Arros. 

Bermudo  Gelídiz.  Gonzalo  Pérez.  Pedro  González. 

Bermudo  Hiscaz.  Menendo  González.  Pedro  Muñiz. 

Bermudo  Pérez.  Munio  Bermúdez.  Pedro  Suárez. 

Egica  Estévez.  Oveco  González.  Ragéliz. 

Froilán  Bermúdez.  Oveco  Muñiz.  Suero  Téllez. 

Párrocos  de  Besoucos. 
Pelayo  Almóndiz  de  San  Pedro  de  Cervalles  (Cervás). 


268  LIBUO  SEGUNDO 


El  feliz  éxito  con  que  desde  un  principio  había  visto 
D.  Diego  Gelmírez  coronados  sus  esfuerzos,  le  alentó  á 
cosas  mayores.  El  Palio  era  entonces  una  distinción  ho- 
norífica, de  la  cual,  prescindiendo  de  las  Metrópolis,  sólo 


Diego  Fulgencio  de  Santa  Eulalia  de  Jubia. 

Vimara  de  Santiago  de  Fraticia  (Franza). 

Rodrigo  Sisnández  prelado  del  Monasterio  de  San  Vicente  (de   Caamouco?) 

Pelayo  Bermúdez  de  San  Juan  de  Pinnario  (Piñeiro). 

Gutierre  Osóriz  de  San  Salvador  de  Magnios  (Maniños). 

E-odrigo  Muniz  de  San  Vicente  de  Mediano  (Mea). 

Oduario  de  Santa  Eulalia  de  Courio  (Coiro,  anejo  Maniños). 

Froila  de  Santiago  de  Baraliobre  (Barallobre). 

Froila  de  San  Mamed  de  Lar  agía  (Lar  aje). 

Juan  de  Santa  Marina  de  Seliobre  (Sillobre). 

Ordoño  de  San  Salvador  de  Seliobre. 

Párrocos  de  Trasancos,  Lahacengos  y  Arros. 

Monino  de  Santa  María  de  Sichario  (Sequeiro). 

Sisnando,  prelado  del  monasterio  de  San  Esteban  de  Setes  (Sddes). 

Suero  de  Santa  María  de  Castro. 

Pedro  de  Santa  Eulalia  de  Avinio  (Avino). 

Ero  de  Santiago  de  Laco  (Laco). 

García  de  San  Julián  de  Lamas. 

Ordoño  de  San  Saturnino  (Santa  María  de  San  Saturnino). 

Rodrigo  de  Santa  Marta  Majore  (Santa  María  Mayor  del  Val). 

Froila  de  San  Pedro  de  Lexa  (Leija). 

Monino  de  Santa  María  de  Labacencos  (Labacengos). 

Vimara  de  San  San  Salvador  de  Sarantes  (Serantes)  y  Pedro  Luz. 

Gonzalo,  prelado  del  monasterio  de  San  Mateo  (de  Trasancos). 

Pedro  de  Santa  Columba. 

Pelayo  de  San  Jorge  de  Marinas  (Marinas). 

Pedro  de  San  Román  de  Doninus  (Doniños) 

Ego  Pelagius  Pelagii  filias  et  presbyter,  illius  patriae  indígena,  confirmante 
supradictorum  assensu  scripsi  in  Concilio,  et  confirmo. 

El  Acta  fué  también  firmada  por  el  Conde  D.  Pedro  de  Traba,  por  su 
esposa  D.*  Mayor  y  por  sus  hermanas  D.*  Munina,  Monja  en  Jubia,  y  Doña 
Visclavara.  (Véase  Hist,  Compost.,  lib.  I,  cap.  XXXV). 


LOS  TBES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  269 

gozaban  en  Occidente  las  Iglesias  más  ilustres  de  la 
Cristiandad.  Únicamente  el  Papa  en  Occidente  podía 
otorgar  este  ornamento  pontifical;  y  de  hecho  cuando 
condecoraba  con  tan  honrosa  insignia  á  alguna  Iglesia, 
sólo  era  por  consideración  á  muy  relevantes  circunstan- 
cias que  se  diesen  en  la  misma  Iglesia,  ó  en  el  Prelado 
que  la  regía.  Ya  hemos  visto  que  el  venerable  Dalmacio 
había  pretendido  en  vano  tal  dignidad;  no  desmayó 
Gelmírez,  antes  bien  quiso  insistir  y  renovar  las  preten- 
siones de  su  predecesor. 

Antes  que  finalizase  el  estío  del  año  1104,  dejó  á 
Compostela  y  se  encaminó  á  Roma  acompañado  de  nu- 
meroso y  escogido  séquito,  del  cual  formaban  parte  los 
Arcedianos  Gaufrido  y  Oduario,  su  capellán  el  Cardenal 
Hugo,  y  los  Canónigos  Munio  Alfonso,  Pedro  Anaya  y 
Pedro  Peláez.  Llevaba,  además,  para  defensa  de  su  per- 
sona, una  nutrida  escolta  de  gente  de  armas.  Las  pri- 
meras jornadas,  las  empleó  D.  Diego  en  ir  á  la  Corte. 
Allí  descubrió  su  pecho  al  Rey  D.  Alfonso,  y  con  su 
anuencia  y  beneplácito,  prosiguió  el  viaje  hasta  Roma. 

La  favorable  y  cordial  acogida  que  halló  en  todas 
partes,  parecía  un  feliz  augurio  del  buen  éxito  de  sus 
pretensiones.  En  Burgos  el  Obispo  D.  García  le  hizo  un 
magnífico  recibimiento,  y  al  despedirle,  lo  fué  acompa- 
ñando hasta  el  confín  de  su  Diócesis.  Pasó  después  los 
Pirineos,  obsequiado  y  escoltado  por  muchos  Clérigos  y 
caballeros  de  aquellas  comarcas;  y  en  Gascuña  visitó 
las  posesiones  que  allí  tenía  ya  entonces  la  Iglesia  com- 
postelana.  Con  esto,  la  noticia  de  su  llegada  se  divulgó 
por  todo  el  Mediodía  de  Francia.  El  Arzobispo  de  Auch, 
Raimundo  de  Pardiac,  salió  á  su  encuentro  con  una 
gran  comitiva,  ordenada  á  guisa  de  procesión.  Era  el  8 


570  LIBBO  SEGUNDO 


de  Septiembre,  día  de  la  Natividad  de  Nuestra  Señora, 
que  en  aquella  Iglesia  se  celebraba  con  gran  solemni- 
dad; y  ante  las  reiteradas  súplicas  del  Arzobispo  y  del 
Cabildo,  se  vio  obligado  D.  Diego  á  prescindir  de  las 
molestias  del  viaje  y  á  celebrar  la  Misa  mayor,  y  á  dis- 
pensar el  pábulo  de  la  divina  palabra  á  la  numerosa  mu- 
chedumbre que  había  acudido  con  motivo  de  tan  solem- 
ne festividad.  Tres  días  se  detuvo  en  Auch;  y  en  este 
tiempo  se  captó  la  benevolencia  y  afecto  del  Arzobispo, 
y  de  las  personas  más  distinguidas  de  la  ciudad. 

Continuó  después  visitando  las  posesiones  de  la  Igle- 
sia de  Santiago  (Salvitaies  et  Jionores  Bti.  Jacohi,  dice  la 
Comioostelana)  flj,  hasta  llegar  á  Tolosa,  en  donde  fué 
objeto  de  las  mismas  atenciones  que  en  Auch.  Mas  aquí 
supo  que  algunos  de  sus  enemigos  trataban  de  tenderle 
asechanzas  en  el  camino;  y  para  prevenir  cualquier  lazo 
y  engaño,  despachó  á  Roma  al  Arcediano  Gaufrido  y  al 
Canónigo  Munio  Alfonso,  y  él,  con  el  resto  de  la  comiti- 
va, se  encaminó  al  Monasterio  de  San  Pedro  Moissac. 
Los  Monjes  no  sólo  le  hicieron  un  espléndido  recibimien- 
to, sino  que  algunos  de  ellos  le  acompañaron  hasta 
Cahors,  cuyo  Obispo,  Geraldo  de  Gourdón,  avisado  de 
antemano,  lo  hospedó  con  no  menor  agasajo  y  cortesía. 
De  Cahors,  pasó  al  Monasterio  de  San  Pedro  Usurgesense 
(Uzerches);  y  después  á  Limoges  (2),  en  donde,  en  me- 
dio de  los  grandes  obsequios  que  se  le  tributaron,  pudo 


(1)  En  la  Bula  In  emineiiti  de  Alejandro  III,  expedida  el  26  de  Marzo 
de  1178,  He  hace  mención  de  las  tierras  y  censos  que  la  Iglesia  de  Santiago 
poseía  en  las  Diócesis  de  Bayona,  Agen,  Auch,  Tolosa  y  Aix. 

(2)  En  el  texto  de  la  Compostelava  publicado  por  Flórez  (Esp.  Sag.,  to- 
mo XX,  pág.  44),  se  lee:  Clemoium.  Debe  leerse  Lemovicum. 


i 


liOS  TEES   PBIMEBOS   SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         271 

venerar  las  Reliquias  de  San  Marcial,   San  Leonardo  y 
Santa  Valeria. 

Su  intención  era  acercarse  á  Cluny,  cabeza  de  todo 
el  Monacato  de  Occidente  (capul  totius  monasticae  relígio- 
nis),  y  visitar  al  Abad  San  Hugo  y  pedirle  consejo  y  re- 
comendaciones para  Roma  (1).  Las  relaciones  entre  esta 
celebérrima  casa  y  la  Iglesia  de  Santiago,  ya  eran  anti- 
guas (2);  pero  se  estrecharan  más  y  más  después  que 
uno  de  los  Monjes  más  calificados  de  Cluny,  el  venera- 
ble Dalmacio,  ocupó  la  Sede  compostelana.  El  recibi- 
miento que  en  todas  partes  se  había  hecho  á  Gelmírez, 
había  sido  magnífico  y  espléndido;  mas  el  de  que  fué 
objeto  en  Cluny,  á  todos  dejó  atrás.  La  comunidad  en- 
tera salió  en  procesión  á  su  encuentro,  y  nadie  escaseó 
al  Obispo  de  Santiago  las  demostraciones  más  vivas  de 
intimidad  y  afecto.  Ya  aposentado  en  el  Monasterio, 
manifestó  D.  Diego  al  Abad  el  objeto  de  su  viaje,  y  las 
esperanzas  y  recelos  que  en  su  pecho  abrigaba.  En  lo 
íntimo  de  la  conversación  ,  le  indicó  San  Hugo  las 
dificultades  con  que  iba  á  tropezar  en  sus  gestiones. 
— La  Corte  de  Roma,  le  dijo  en  substancia,  está  preve- 
nida en  contra  de  los  Prelados  de  Santiago  (3).  De  ello 
tenéis  una  prueba  patente  en  lo  que  pasó  á  vuestro  an- 
tecesor Dalmacio  en  el  Concilio  de  Clermont.  No  igno- 
ráis que  D.  Dalmacio  era  hermano  de  hábito  del  Pontí- 


(1)  Fl  Papa  Pascual  II  había  sido  en  Cluny  subdito  de  San  Hugo. 

(2)  Probablemente  en  el  año  1090,  había  venido  el  mismo  San  Hugo  en 
peregrinación  á  Santiago;  y  he  aquí,  acaso,  la  razón  por  qué  en  21  de  Abril 
de  dicho  año  le  hallamos  en  Burgos  en  compañía  de  D.  Alfonso  VI,  al  cual 
dos  meses  antes  hemos  visto  también  en  Santiago. 

(3)  Recuérdese  que  en  el  Concilio  de  Reims  del  año  1049,  fué  excomul- 
gado D.  Cresconio  por  usar  el  título  de  Obispo  de  la  Sede  Apostólica. 


272  LIBRO    SEGUNDO 


fice  Urbano;  muchos  ilustres  Prelados  apoyaron  con 
toda  eficacia  las  súplicas  del  Obispo  de  Compostela  para 
que  se  le  concediese  la  dignidad  del  Palio,  que  es  lo  de 
que  aquí  se  trata;  sin  embargo,  el  Pontífice  se  mantuvo 
firme  en  la  negativa.  A  mi  juicio,  el  principal  motivo 
de  esta  prevención  de  Roma,  viene  de  muy  atrás,  de  la 
respuesta  que  dio  uno  de  vuestros  antecesores  á  un  Le- 
gado pontificio,  que  iba  á  visitar  las  Iglesias  de  Galicia. 
Avisó  el  Legado  al  Obispo  de  Compostela  anunciándole 
su  próxima  llegada,  para  que  éste  se  dispusiese  á  reci- 
birle; mas  el  Obispo,  por  toda  contestación,  dirigiéndose 
á  sus  Clérigos  — Id,  les  dijo,  y  prestad  á  ese  Cardenal 
romano  los  mismos  obsequios  que  él  os  haya  hecho  en 
Roma  (1). —  Mucho  me  temo  que  de  la  memoria  de  los 
Cardenales  romanos  no  se  haya  borrado  ese  dicho,  á  la 
verdad,  poco  cortés  y  respetuoso,  de  vuestro  antecesor. 
Sin  embargo,  no  os  desaniméis,  y  confiado  en  la  protec- 
ción de  Santiago,  no  desistáis  de  continuar  el  viaje  que 
habéis  emprendido  para  visitar  á  vuestra  Madre,  la  San- 
ta Iglesia  de  Roma.  Será  conveniente,  no  obstante,  que 
no  solicitéis  vos  personalmente  el  honor  que  anheláis, 
sino  que  lo  hagáis  por  medio  de  vuestros  Clérigos  (2). 

Varios  días  permaneció  D.  Diego  en  Cluny  detenido 
por  la  cordialidad  con  que  allí  era  tratado.  El  29  de 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XVI,  pág.  46.  — En  el  lib.  II,  cap.  I, 
vuelve  á  hacerse  mención  de  este  suceso,  y  se  dice  que  el  Clérigo  designado 
para  cumplimentar  de  tal  modo  al  Legado,  era  uno  de  los  Tesoreros  de  la 
Iglesia  compostelana.  — Unos  cuarenta  años  antes,  algunos  Clérigos  de 
Milán,  decían  que  el  Pontífice  de  Roma  no  tenía  jurisdicción  alguna  sobre 
la  iglesia  de  San  Ambrosio. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XVI,  pág.  4(j. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  273 

Septiembre,  día  de  San  Miguel,  á  instancias  de  San 
Hugo,  celebró  la  Misa  conventual;  y  antes  de  despedirse 
mereció  de  la  Comunidad  la  promesa  de  que  después  de 
su  muerte,  se  había  de  celebrar  perpetuamente  en  el 
convento,  por  su  eterno  descanso,  un  cabo  de  año  y  un 
tricennario. 

Acompañado  de  las  bendiciones  de  todos  los  Monjes, 
salió  Gelmírez  de  Cluny,  y  caminando  por  las  tierras  y 
posesiones  de  la  rica  Abadía,  tomó  la  dirección  de  Roma, 
y  llegó  á  los  fértiles  valles  de  San  Juan  de  Moriana,  en 
donde  le  esperaba  el  Conde  de  Saboya,  Humberto;  el 
cual,  después  de  haberlo  recibido  honoríficamente,  lo 
condujo  á  través  de  los  Alpes  hasta  la  ciudad  de  Susa  (1), 
en  el  Piamonte.  Aquí  se  vio  precisado  á  disfrazarse  de 
caballero  para  evitar  las  graves  molestias  y  vejaciones 
que  el  Emperador  Enrique  IV  hacía  sufrir  á  todos  los 
que  sorprendía  en  el  camino  de  Roma  con  intención 
aparente  de  presentarse  al  Papa. 

El  21  de  Octubre  pisó,  por  fin,  el  Prelado  composte- 
lano  el  umbral  de  la  morada  pontificia,  y  allí  fué  acogi- 
do tan  cordialmente,  como  no  osaba  esperar.  No  se  con- 
servaba memoria  de  otro  Obispo  de  Santiago,  que  hubie- 
se hecho  personalmente  la  visita  ad  limina  Apostolorum;  y 
esta  consideración  influyó  mucho  en  el  ánimo  del  Papa 
Pascual  II  para  que  demostrase  especial  benevolencia  á 
D.  Diego  (relmírez.  El  cual,  alentado  por  la  favorable 
disposición  que  creyó  ver  en  el  Papa,  entabló  desde 


(1)     En   los  Códices  de  la  Compostelana,  (|ue  consultó  Elórez  (pá^.  47), 
86   lee:  Sensiam,   Seusiam.   El   ejemijlar   manuscrito   de  la  Catedral  trae 
Srusiam  que  debe  referirse  á  Susa  cerca  de  Turín,  y  no  á  Sezza  en  lus  E.s- 
tados  pontificios,  cx^m-)  q'uiso  el  autor  de  \a.-España  Sagrada. 
Tomo  III.— !*•. 


274:  LIBEO    SEGUNDO 


luego  sus  gestiones,  é  hizo  que  sus  Canónigos  presenta- 
sen la  solicitud  pidiendo  para  su  Prelado  la  dignidad 
del  Palio.  Muchos,  empero,  se  oponían  á  que  se  hiciesen 
á  la  Iglesia  compostelana  ésta  ú  otras  concesiones  seme- 
jantes; y  echaban  en  cara  á  Gelmírez  el  que  algunos  de 
sus  antecesores  habían  pretendido  nada  menos,  que  equi- 
parar su  Iglesia  á  la  de  Roma.  El  Prelado  compostelano 
contestaba  protestando  de  su  omnímoda  sumisión  á  los 
Romanos  Pontífices,  y  afirmando  que  nada  estaba  más 
lejos  de  su  ánimo  que  el  intentar  hacer  alardes  de  inde- 
pendencia ó  de  falta  de  respeto  á  la  que  es  Centro  de 
unidad,  y  principio  de  toda  autoridad  religiosa  en  el  Ca- 
tolicismo. 

Pascual  II  creyó  en  la  sinceridad  de  las  protestas 
de  Grelmírez;  y  tanto  fué  así,  que  éste,  halagado  cada 
vez  más  por  lo  accesible  que  se  le  mostraba  el  Papa,  le 
descubrió  cuáles  eran  sus  últimas  aspiraciones,  y  nada 
le  reservó  de  cuanto  en  lo  íntimo  de  su  pecho  tenía 
oculto;  en  suma,  le  dijo,  que  lo  que  en  realidad  ansiaba 
era  la  dignidad  Arzobispal  para  su  Iglesia.  Lejos  de  lle- 
var á  mal  el  Sumo  Pontífice  estas  pretensiones  de  Gel- 
mírez; — Dignos  son  de  alabanza,  le  contestó,  tus  inten- 
tos, y  yo,  en  momento  oportuno,  no  desatenderé  tus 
súplicas;  porque  es  justo  que  la  Iglesia  de  Santiago  esté 
condecorada  con  la  dignidad  Arzobispal,  ó  aún  con  otra 
mayor;  pero  entretanto,  recibid  la  condecoración  del 
Palio  como  una  muestra  de  predilección  y  de  singular 
afecto  de  la  Santa  Sede. 

El  31  de  Octubre  prestó  D.  Diego  el  juramento  re- 
querido de  obediencia  y  fidelidad,  bajo  la  fórmula  que 
trae  la  Compostelana:  y  del  altar  de  la  basílica  de  San 
Lorenzo  recibió  el  Palio  según  la  costumbre  de  Ro.ma;  y 


LOS   TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA        275 

con  él  y  con  la  Bula  Jacohi  Apostoli  corjpus  dio  vuelta  pa- 
ra España  gozoso  con  lo  que  de  presente  había  obtenido. 
y  muy  esperanzado  para  lo  futuro  (1). 


(1)     Hist.  Cowposf.,  lib.  I,    caps.  XVII  y  XVIII;  lib.  II,  cap.   III,    pá- 
gina 257. 


I 


i 


CAPITULO  XI 


I 


Franquicias  otorgadas  por  D.  Alfonso  VI  á  la 
Casa  de  moneda  compostelana.  Reconoce  el 
Conde  D.  Ramón  y  consigna  en  un  Diploma  ios 
fueros  otorgados  á  los  ciudadanos  de  San- 
tiago. 


FANO  podía  mos- 
trarse D.  Diego 
Qelmírez  por 
ver,  al  fin,  á  su 
Iglesia  en  ca- 
mino de  reco- 
brar el  presti- 
gio y  el  esplen- 
dor de  que  había  gozado  en  tiempo  de  los  Sisnaudos  X 


'278  LIBBO  SEGUNDO 


y  II,  de  los  Pedros  de  Mezonzo  y  de  los  Cresconios; 
esplendor  y  prestigio  que  había  perdido  por  efecto  de  la 
restauración  de  la  antigua  Disciplina  y  Jerarquía  ecle- 
siástica. La  obtención  del  Palio,  era  un  escalón  seguro 
para  obtener  más  adelante  la  dignidad  de  Metrópoli. 

A  todo  esto,  la  estimación  de  Gelmírez  crecía  en  el 
ánimo  del  Rey  D.  Alfonso  VI  y  de  su  .yerno  el  Conde 
D.  Ramón,  á  medida  que  éstos  iban  reconociendo  las 
prendas  y  altas  cualidades  que  lo  adornaban.  A  10  de 
Febrero  de  1103,  donó  D.  Alfonso  á  la  Iglesia  de  San- 
tiago la  mitad  del  burgo  de  Tabuladieh  (Trabadelo),  en 
tierra  de  Valcárcel,  á  la  entrada  de  Galicia,  entre  el 
castillo  de  Outares  y  el  Burbia,  cuya  otra  mitad  ya  po- 
seía la  Iglesia.  Hace  la  donación  en  manos  del  Obispo 
D.  Diego  (in  manu  domini  Didaci  episcopi  secundi)^  estando 
en  el  real  palacio  de  Cea,  cerca  de  Sahagún,  con  su  es- 
posa D.^  Isabel  y  su  hijo  D.  Sancho,  y  otros  muchos  per- 
sonajes que  subscriben  el  Diploma  (1).  La  donación  de 
D.  Alfonso  faé  amplia;  pues  no  sólo  se  extendió  á  los 
derechos  civiles,  sino  á  los  señoriales  que  correspondían 
á  la  Corona  en  dicha  villa  de  Trabadelo. 

Otra  gracia  importantísima  obtuvo  poco  después 
D.  Diego  de  la  real  munificencia,  la  referente  á  la  Casa 
de  moneda  de  Compostela.  Para  poder  apreciar  el  valor 
de  esta  gracia,  es  del  caso  exponer  algunos  anteceden- 
tes. Después  de  la  prisión  del  Obispo  D.  Diego  Peláez, 
intervino  D.  Alfonso  el  ejercicio  del  Señorío  sobre  la 
ciudad  y  Diócesis  de  Santiago,  incluso  el  régimen  y  ad- 
ministración de  la  Casa  de  la  moneda.  Tan  pronto  Gel- 


(1)    Véanse  Apéndices,  n.°  XVll.—HisL  Compost.,  lib.  I,  cap.  XXVIII. 


LOS  TBES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         270 

mírez  fué  electo  Obispo,  D.  Alfonso  lo  reintegró  en  la 
posesión  de  todos  los  derechos  civiles  do  que  de  antiguo 
gozaba  la  Iglesia  de  Santiago  (I);  pero  continuó  inter- 
viniendo el  régimen  y  administración  de  la  Ceca  com- 
postelana.  Esto  molestaba  no  poco  al  Prelado  coniposte- 
lano,  el  cual  trabajó  cuanto  pudo  para  librar  á  su  Igle- 
sia de  esta  vejación.  En  el  año  1105,  D.  Alfonso  alzó  de 
hecho  la  intervención,  pero  aún  difirió  por  espacio  de 
tres  años  el  expedir  el  Diploma,  y  el  entregarlo  á  la 
Iglesia  hasta  la  muerte  del  Principe  D.  Sancho,  ó  sea 
hasta  después  del  30  de  Mayo  de  1108. 

El  motivo  de  esta  dilación  fué,  sin  duda,  lo  arduo 
que  se  presentaba  para  D.  Alfonso  este  asunto.  Pa- 
ra mantener  á  sueldo  á  muchas  de  las  legiones  de 
extranjeros  que  se  habían  puesto  á  su  servicio,  nece- 
sitaba D.  Alfonso  grandes  sumas  de  metálico,  y  por  de 
pronto  apeló  á  un  recurso  de  que  tanto  se  abusó  después; 
y  fué  el  rebajar  el  peso  y  la  ley  de  la  moneda  (2).  Por 
otra  parte,  la  moneda  acuñada  en  Santiago  hallábase  á 
la  sazón,  con  ó  sin  fundamento,  muy  desacreditada;  tan- 
to que  todos  los  reos  de  falsificación  de  moneda  echaban 
la  culpa  á  los  monederos  compostelanos  (8).  Por  esto  el 
Monarca  hubo  de  estudiar  la  manera  de  evitar  tales  in- 
convenientes, sin  perjudicar  los  derechos  adquiridos  de 
la  Iglesia  de  Santiago. 


(1)  UisL  Compost.,  lib.  I,  cap.  IX,  i^igá.  27-28. 

(2)  Quoniam  moneta,  tam  pondení,  quam  lege,  tune  temporis  erat  atte- 
nuata  et  debilis.— (^ií/s/.  Compost.,  lilj.  I,  cap.  XXXIII). 

(3)  Omnes  falsificatores  raonetarum  meae  patriae  crimen  falsitatis 
super  Compostellae  monetarios  semper  solent  objicere.  (Diploma  de  D.  Al- 
fonso VI  á  la  Iglesia  de  Santiago.  Véanse  Apéndices,  niim.  XXIII). 


2S0  LIBRO  SEGUNDO 


En  dos  capítulos,  en  el  XXVIII  y  en  el  XXIX  del 
libro  I,  habla  la  Compostelana  de  este  Diploma  de  D.  Al- 
fonso VI,  pero  en  términos  tan  concisos  y  tan  vagos,  que 
de  ellos  no  puede  colegirse  cuál  fué  el  verdadero  alcan- 
ce de  la  gracia  otorgada  por  el  Monarca.  En  el  capitu- 
lo XXVIII,  condensa  su  pensamiento  en  la  siguiente 
forma:  «Con  esta  condición  concedió  (D.  Alfonso),  com- 
pletamente libre,  ó  sin  traba  alguna,  la  moneda  de 
Santiago...  sin  que  sus  descendientes  pudiesen  interve- 
nir, ni  hacer  reclamación  alguna.»  (Monetam  ScL  Jacóbi, 
modis  ómnibus  liberatam,  ea  legis  conditione  concessit».  sine  tilla 
proparj lilis  suae  repetítione...J  flj,  Y  más  adelante,  añade  la 
Compostelana:  «Recibida,  pues,  con  completa  independen- 
cia la  facultad  de  acuñar  moneda...»  (Recepta,  ergo,.,  om- 
nino  libere  monetaj.  Lo  que  otorgó,  pues,  D.  Alfonso  en  su 
Privilegio,  fué  alzar  el  secuestro  de  la  moneda  fabri- 
cada en  Compostela  y  restituirla  íntegra  á  la  Iglesia 
del  Apóstol.  Sicut  ego  libere  et  integre,  dice  el  Rey  en  su 
Diploma,  liabui,  ahsqtie  tilla  ditiisione  atid  praua  constietudine 
sic  do  atqtie  concedo  supradicte  ecclesie  iisibtis.  De  aquí  se  de- 
duce que  no  fué  ésta  la  primera  concesión  de  acuñar 
moneda  hecha  á  Santiago,  como  alguno  equivocadamen- 
te ha  supuesto;  que  de  otro  modo  los  falsarios  no  hubie- 
ran podido  disculparse  con  los  monederos  compostelanos; 
sino  devolución  ú  otorgamiento  de  amplias  franquicias 
y  libertades  á  la  Casa  de  moneda  de  Compostela. 

Averiguado  el  sentido  del  Diploma  de  D.  Alfonso, 
veamos  los  motivos  que  el  Monarca  tuvo  para  conceder- 
lo. El  mismo  nos  lo  expresa  en  el  magnífico    preámbulo 


(l)    En  el  texto  de  Flórez  se  lee  receptione;  repetitione ,  en  el  manuscrito 
fjue  posee  el  Cíibildo, 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  1.    COMPOSTELANA         281 

con  que  encabezó  el  documento,  y  que  dice  así:  «En 
nombre  de  Cristo.  Yo,  Alfonso,  por  la  gracia  de  Dios, 
Rey  del  imperio  toledano,  triunfador  magnífico,  junta- 
mente con  mi  amadísima  esposa  la  Reina  Isabel,  confia- 
do, á  pesar  de  mis  muchos  pecados,  en  la  misericordia 
de  Dios  Omnipotente,  y  deseando  granjearme  con  los 
bienes  terrenos  y  caducos,  los  celestiales  y  eternos,  hago 
Carta  de  donación  á  la  Iglesia  del  Apóstol  Santiago 
(cuyo  Cuerpo  venerando  y  cuya  protección  es  buscada 
en  Compostela  de  todas  las  partes  del  mundo  y  demos- 
trada con  innumerables  prodigios),  de  toda  la  moneda 
que  allí  se  fabrique,  para  que  con  el  producto  que  de 
ella  provenga,  pueda  terminarse  y  darse  cima  á  la  obra 
comenzada,  y  después  de  consumada,  pueda  en  lo  suce- 
sivo atenderse  á  los  gastos  y  á  las  necesidades  más  pe- 
rentorias de  la  Iglesia;  y  esto  sin  ninguna  participación, 
ni  intervención  por  parte  de  la  potestad  laical»  (1).  Dá 
D.  Alfonso  asimismo  facultad  al  Obispo  para  que,  de 
acuerdo  con  el  Cabildo  (y  si  así  lo  creyere  conveniente), 
pueda  cambiar  las  letras  del  cuño  (2) .  Advierte  ,  no 
obstante,  el  Monarca  que  si  juzgan  que  podrán  sacar 
más  lucro  conservando  el  letrero  común  á  todas  las  de- 
más monedas,  que  cambiándolo,  en  tal  caso,  puedan 
poner  la  moneda  de  Santiago  bajo  la  inspección  y  cui- 
dado del  Prefecto  de  todas  las  Casas  reales,  el  cual  sa- 
tisfaga por  este  concepto  á  la  Iglesia  compostelana  tan- 


(1)  Véanse  Apéndices,  niim.  XXIII. 

(2)  Si  episcopo  ejusdem  loci  cum  Consilio  Canonicorum  placuerit,  et 
profectum  majusque  lucrum  suae  Ecclesiae  in  hoc  esse  cognoverint,  voló  ut 
mutent  cuneorum  suorum  litteras. 


282  LIBEO  SEGUNDO 


to  como  produzca  cualquiera  de  las  mejores  cecas  del 
Reino  (1). 

Tan  pronto  como  D.  Diego,  en  el  año  1105,  obtuvo 
del  Rey,  siquiera  verbalmente,  la  gracia  referida,  dio 
nueva  organización  á  la  Casa  de  moneda  compostelana, 
poniendo  á  su  frente  á  un  íntegro  y  hábil  maestro  en  la 
materia,  llamado  Tandulfo  ó  Randulfo  (2),  al  cual  co- 
metió toda  clase  de  atribuciones  con  el  fin  de  evitar  la 
falsificación  de  la  moneda  (3). 

Esto,  como  ya  hemos  dicho,  tuvo  lugar  en  el  año  11 05; 
porque,  según  advierte  la  Compostelana ,  las  franquicias 
de  la  Ceca  de  Santiago  se  otorgaron  tres  años  antes 
de  la  irrupción  de  los  Almorávides  en  el  año  1108  (4). 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  cit. 

(2)  En  el  Códice  manuscrito  de  la  Catedral,  se  llama  Randulfo.  —Como 
por  entonces  los  orífices  solían  ser  los  encargados  de  la  fabricación  de  la 
moneda,  es  verosímil  que  este  Randulfo  hubiese  dirigido  las  obras  de 
argentería  que  por  aquel  tiempo  se  hicieron  en  la  Catedral,  como  el  frontal 
y  el  baldaquino  del  Altar  mayor. 

(3)  En  otro  asunto,  por  comisión  de  Gelmírez,  lo  vemos  ocupado  en  la 
Compostelana^  lib.  I,  cap.  XXVIII;  en  una  reclamación  que  contra  dos 
vecinos  de  Santiago,  probablemente  monederos  también,  Juan  Lombardo  y 
su  hermano  Gaufrido,  presentó  en  León  ante  el  Rey  D.  Alfonso.  Ambos 
hermanos  con  licencia  temporal  del  Prelado  compostelano  se  habían  colo- 
cado, el  Juan  como  repositario  (guardajoyas?)  en  casa  de  la  Princesa  Doña 
Urraca,  y  el  Gaufrido  en  casa  del  Conde  de  Traba,  D.  Pedro  Fróilaz.  Tanto 
D.*  Urraca  como  D.  Pedro,  se  negaban  á  dejarlos  volver  á  Santiago. 

De  moneda  de  algún  valor  acuñada  entonces  en  Santiago  no  tenemos 
noticia  de  ningún  ejempla];.  Sólo  hemos  visto  algunas  de  mínimo  módulo, 
extraídas  de  entre  los  escombros  de  la  capilla  mayor  de  la  Catedral,  las 
cuales  tienen  estampada  una  estrella  ó  una  rueda.  Son,  sin  duda,  las  que  la 
Compostelana  llama  oboli,  minuta,  medaculae  (meajas). 

(4)  Transacto  ab  hinc  ferme  triennio  (Moabitae)  ,  etc....  (Historia 
Qompos*elana,  lib.  I,  cap.  XXIX). 


4 


LOS  TEES  PKIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA        288 


Mas,  como  la  concesión  descansaba  tan  sólo  en  la  pala- 
bra del  Monarca,  Gelmírez  deseaba  más  firme  garantía; 
por  lo  cual  instó  cuanto  pudo  ante  D.  Alfonso  para  que 
la  gracia  se  consignase  en  un  Diploma  con  las  solemni- 
dades acostumbradas.  A  este  fin,  en  la  Primavera  del 
año  1107,  se  dirigió  á  Burgos,  en  donde  se  hallaba  Don 
Alfonso  disponiéndose  para  salir  á  campaña  contra  los 
Vascos  y  Aragoneses.  Y  en  efecto,  el  Diploma  se  exten- 
dió el  14  de  Mayo  de  dicho  año;  pero  Gelmírez  tuvo  que 
retirarse  sin  él;  y  aunque  dejó  en  Burgos  á  los  dos  Ca- 
nónigos Diego  Bodán  y  á  su  hermano  Munio,  tampoco 
éstos  fueron  más  afortunados  que  el  Prelado. 

En  esto  ocurrió  la  desgraciada  jornada  de  Uclés,  en 
donde,  victima  de  su  arrojo,  pereció  el  príncipe  D.  San- 
cho (80  de  Maj^o  de  1108).  Herida  España  en  la  más 
delicada  de  sus  fibras,  como  movida  por  un  resorte  eléc- 
trico, se  levantó  como  un  sólo  hombre  para  rechazar  al 
enemigo,  y  vengar  la  muerte  de  aquel  en  quien  tenía 
depositadas  sus  esperanzas.  D.  Diego  Gelmírez  no  faltó 
en  el  lugar  que  le  señalaban  su  celo,  su  valor  y  su  repu- 
tación; y  su  mesnada  se  incorporó  con  las  primeras  que 
salieron  á  castigar  la  osadía  de  los  fieros  Almorávides; 
mas  al  volver  de  refrenar  y  reprimir  la  audacia  de  los 
Moros,  cayó  enfermo  de  algún  cuidado.  No  quiso  la  Di- 
vina Providencia,  como  advierte  la  Compostelana,  que  la 
Iglesia  de  Santiago  quedase  tan  pronto  privada  de  tal 
Pastor;  por  lo  que,  luego  que  el  animoso  Prelado  reco- 
bró la  salud,  se  presentó  en  Segovia  para  saludar  á  Don 
Alfonso,  y  consolarle  y  animarle,  y  conferenciar  sobre 
varios  asuntos  del  Estado.  No  olvidó  D.  Diego  el  insistir 
sobre  la  obtención  del  Privilegio  de  la  Moneda;  mas  el 
Rey  le  contestó  que  quería  él  depositarlo  por  su   propia 


284  LIBBO  SECUNDO 


mano  sobre  el  Altar  de  su  Patrón  y  Defensor  Santiago; 
pero  que  antes  tenía  que  ir  á  Toledo,  y  que  allí  tomaría 
el  hábito  y  escarcela  de  peregrino;  pues  sólo  de  este 
modo  podía  satisfacer  á  su  devoción,  y  al  deseo  que  tenía 
de  venerar  humildemente  las  Reliquias  del  Apóstol. 

Gelmírez,  que  había  advertido  la  profunda  impresión 
que  en  el  ánimo  del  anciano  Monarca  causara  la  infor- 
tunada muerte  del  Príncipe  D.  Sancho,  consideró  muy 
expuesto  este  aplazamiento;  y  por  lo  mismo  reiteró  sus 
instancias  para  obtener  el  Diploma;  mas  en  la  primera 
entrevista  sólo  pudo  conseguir  de  D.  Alfonso  la  siguien- 
te respuesta:  «Mañana  acordaré  definitivamente,  según 
lo  que  Dios  me  dé  á  entender.»  Al  día  siguiente,  á  la 
lior¿t  acostumbrada,  se  acercó  D.  Diego  á  la  morada 
regia,  y  sin  tardanza,  fué  admitido  á  la  presencia  del 
Rey,  que  con  su  hija  D.^  Urraca  se  hallaba  retirado  en 
el  Archivo.  D.  Alfonso  comenzó  por  manifestarle  los 
graves  presentimientos  que  le  habían  preocupado  aque- 
lla noche;  y  después  de  tomar  de  mano  del  archivero  el 
Diploma  que  éste,  por  orden  suya,  había  sacado  de  uno 
de  los  cajones  del  escritorio,  se  arrojó  á  los  pies  del  Pre- 
lado, y  humilde  y  conmovido,  le  entregó  el  tan  deseado 
documento.  Pudo  suceder  esto  en  el  Otoño  del  año  1108. 
La  existencia  legal  de  la  fábrica  de  Moneda  composte- 
lana  quedó,  por  tanto,  asegurada;  y  aunque  alguno  de 
los  sucesores  de  D.  Alfonso  pretendiese  poner  trabas  ú 
obstáculos  á  sus  trabajos,  el  Prelado  de  Santiago  podía 
presentar  un  título  de  concesión  terminante  y  decisivo. 

Ya  hemos  visto  cuan  afecto  era  el  Conde  de  Galicia, 
D.  Ramón,  á  la  persona  de  D.  Diego  Gelmírez.  El  Prelado 
compostelano  procuró  prevalerse  de  esta  circunstancia 
en  bien  de  su  Iglesia,  de  su  ciudad  episcopal,  y  en  gene- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  285 

ral  del  país  gallego.  Por  su  constitución  enfermiza,  era 
el  Conde  D.  Ramón,  al  contrario  de  su  primo  D.  En- 
rique, más  dado  á  las  artes  de  la  paz,  que  á  las  de 
la  guerra.  Había  procurado  identificarse  en  todo  con 
las  costumbres,  tendencias  y  aspiraciones  del  país  que 
le  había  adoptado.  Todas  las  personas  que  formaban  su 
séquito,  sin  excluir,  como  hemos  visto,  a  su  propio  Can- 
ciller y  Secretario,  eran  de  Gralicia,  ó  de  otras  regiones 
de  España.  Entre  los  caballeros  de  la  Corte  de  D.  Ra- 
món, figuraban  los  nobles  gallegos  Alfonso  Muñiz,  que 
era  su  alférez  ó  porta-estandarte  (1),  Ero  Armentáriz, 
Mayordomo  de  su  casa  (2),  Gruntado  Díaz,  Froilán  Me- 
néndez,  Alberto  de  Monterroso,  Fernando  Ordóñez,  Lú- 
cido ó  Luzo  Arias,  Cidi  ó  Cid  Ansemóndiz,  Pelayo  Gó- 
mez (3)  y  otros.  En  su  Corte  asistían  también  los  hijos 
de  los  principales  Magnates  gallegos,  cuales  eran  los 
Condes  D.  Pedro  Fróilaz,  D.  Rodrigo  Vélaz,  D.  Suero 
Bermúdez,  D.  Froilán  Díaz,  etc..  No  se  echaba,  pues,  de 
menos  en  la  morada  del  Conde  de  Galicia  el  boato  y 
esplendor  de  la  majestad  real.  La  caza,  la  música,  el 
baile  y  otros  entretenimientos  propios  de  la  Grandeza, 
eran  cultivados  con  esmero  por  los   nobles  cortesanos 


(1)  Alfonso  Muñiz  fué  probablemente  el  padre  del  célebre  alcaide  de 
Toledo  Pedro  Alfonso. 

(2)  A  24  de  Octubre  de  ll()2  la  esposa  de  D.  Ramón,  D.*  Urraca, 
ílonó  ;i  .su  fiel  vasallo,  Kro  Armentáriz  y  ;i  su  mujer  D.''^  Columba,  la  iglesia 
de  Santa  María  de  Laua  en  el  valle  de  Arme)iia  (San  Pedro  de  Armea, 
partido  judicial  de  San'ia).  Subscriben  la  donación  los  Obispos  D.  Diego  de 
Santiago,  D.  Pedro  de  Lugo,  D.  Diego  de  Orense  y  D.  Alfonso  de  Tuy. 
(Tumbo  de  Samoa,  Escritura  XXIT,  citada  por  Flórez,  Esp.  Sag.,  tom.  XXII, 
l'i^.  71).  ' 

(3)  A  25  de  Mayo  de  llOG  dio  D.  Ramón  á  Pelayo  Clómez  el  coto  de 
Villaza.  (Es¡).  Sag.,  tom.  XXII,  pág.  72). 


286  LIBEO  SEGUNDO 


gallegos,  que  no  reparaban  en  hacer  grandes  desembol- 
sos á  trueque  de  adquirir  los  medios  con  que  satisfacer 
tales  añciones.  Baste  recordar  que  en  el  año  1118  los 
hijos  de  D.  Pedro  Fróilaz,  D.  Bermudo  y  D.  Fernando, 
regalaron  al  joven  Monarca,  D.  Alfonso  VII,  un  perro 
llamado  Ulgario  y  un  cuchillo  de  monte  valuados  en  500 
sueldos  (1).  Y  aún  puede  aventurarse  que  quizás  en  la 
Corte  de  D.  Ramón,  de  suyo  inclinada  á  los  ocios  de  la 
paz,  merced  á  la  índole  y  temperamento  del  Conde, 
comenzase  ya  á  germinarla  famosa  escuela  de  trovado- 
res y  juglares  gallegos,  que  tanto  brilló  en  las  épocas 
subsiguientes  (2). 

Mas  estos  entretenimientos,  de  los  cuales  D.  Ramón 
hacía  un  uso  racional  y  prudente,  no  le  impedían  el 
consagrarse  á  otros  asuntos  más  graves  y  trascendenta- 
les, como  eran  el  restaurar  los  antiguos  monasterios  de 
Galicia,  el  repoblar  algunas  de  las  ciudades  desiertas  de 
León  y  Castilla,  el  fomentar  y  proteger  el  comercio,  y 
el  desarrollar  y  reglamentar  la  vida  pública  en  las  villas 
y  municipios.  Aunque  no  tuviéramos  que  atribuir  al 
Conde  de  Galicia  más  que  la  repoblación  de  varias  co- 
marcas en  el  Norte  de  Portugal,  y  la  de  las  ciudades  de 
Zamora,  Salamanca,  Avila  y  Segovia,  bastaría  esto  sólo 
para  que  su  nombre  debiera  figurar  entre  los  de  loe  más 
acreedores  á  la  gratitud  de  la  patria.  Es  de  suponer  que 
D.  Ramón  llevó  de  Galicia  el  contingente  que  sirvió  de 


(1)  Sandoval,  (Historia  de  los  Reyes  de  Castilla  y  de  León,  fol.  126 
col.  IV). 

(2)  A  propósito  de  esto,  no  ser/i  fuera  del  caso  el  recordar  que  uno  de 
los  primeros  trovadores  conocidos,  el  famoso  Guillermo  de  Aquitania, 
era  pariente  del  Conde  D.  Kamón. 


i 


Los   TRES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         287 

núcleo  á  cada  una  de  dichas  repoblaciones.  Así  lo  dan  á 
entender  los  varios  pueblos  que  aún  llevan  el  nombre 
de  Gallegos  en  los  distritos  de  las  referidas  ciudades  (1). 

Mas  en  medio  de  todas  estas  ocupaciones,  no  se  olvi- 
daba D.  Ramón  de  su  predilecta  Galicia,  ni  de  sus  igle- 
sias y  Monasterios.  Solía  el  Conde  pasar  con  su  espo- 
sa largas  temporadas  en  algunos  de  los  pueblos  de  la 
encantadora  y  pintoresca  ría  de  Arosa.  En  el  año  1 102?, 
á  I.*'  de  Abril,  para  premiar  los  servicios  de  su  leal  va- 
sallo Froilán  Menéndez,  le  hizo  donación  de  la  mitad 
de  la  villa  ó  granja  de  Bordones  (San  Pedro  de  Bordo- 
nes), sita  en  tierra  de  Saines,  á  la  falda  del  monte 
Castrove  y  en  el  valle  de  Dorrón.  En  prueba  de  gra- 
titud Froilán  Menéndez  con  su  esposa  D.^  Flámula 
Ordóñez,  ofreció  á  los  Condes,  la  granja  denominada 
Casal  de  Rer/e  (Casal  de  Rey,  en  la  feligresía  de  San  Pe- 
dro de  Campano),  en  el  distrito  de  Barragantes  (Ba- 
rrantes) . 

En  el  Otoño  de  1104  hallábanse  los  Condes  D.  Ra- 
món y  D.^  Urraca  en  su  villa  de  Cástrelo  (Santa  Cruz  de 
Cástrelo,  partido  judicial  de  Cambados);  y  allí  fué  á 
buscarlos  el  venerable  Abad  de  Samos,  Pedro  II,  para 
querellarse  de  algunos  vecinos  de  Denna  (Santa  Eulalia 
de  Dena),  que  habían  allanado  un  coto,  que  su  Monaste- 
rio  poseía  en  aquella   comarca.    El  Conde  nombró  jue- 


(1)  Tales  son  loH  pueblos  de  Gallegos  de  Altamiros,  Gallegos  de  San 
Vicente,  Gallegos  de  Sobrinos  en  la  provincia  de  Ávila;  los  de  Gallegos  de 
Arganán,  Gallegos  de  Crespes,  Gallegos  de  Huebra,  Gallegos  de  Solmirón, 
Galleguillos  de  Gajate,  Galleguillos  de  Vecinos  en  la  provincia  de  Sala- 
manca; el  de  Gallegos  de  Pedraza  en  la  provincia  de  Segovia;  y  los  de 
(gallegos  de  Pan,  Gallegos  del  Campo  y  Gallegos  del  Pío  en  la  provincia  de 
Zamora. 


288  LIBBO  SEGUNDO 


ees  que  se  enterasen  del  hecho  y  procediesen  con  arre- 
glo á  justicia,  procurando  remover  lo  que  pudiese  dar 
margen  á  nuevos  litigios  (1). 

Parece  que  los  Condes  prolongaron  por  bastante 
tiempo  su  estancia  en  la  villa  de  Cástrelo.  Como  quiera 
que  sea,  lo  cierto  es  que  á  16  de  Enero  del  año  siguiente 
1105,  por  remedio  de  su  alma,  concedieron  al  Monaste- 
rio de  San  Juan  de  Poyo  y  al  Abad  Fromarico  un  Pri- 
vilegio por  el  cual  señalaron  los  diextros  alrededor  de  la 
iglesia,  y  donaron  al  Convento  el  coto  de  Solobeira,  á  la 
falda  del  Castro  Lupario  (2).  Otros  Diplomas  por  el  estilo 
concedieron  los  Condes  á  los  Monasterios  de  San  Martín 
de  Santiago,  San  Vicente  de  Monforte,  San  Lorenzo  de 
Carboeiro,  San  Antonino  de  Toques,  etc.... 

Empero,  los  Diplomas  más  notables  de  D.  Ramón  y 
j)  a  UYYSüCdi  son  los  otorgados  á  la  Iglesia  de  Santiago. 
Ya  hemos  hablado  del  que  le  concedieron  en  24  de  Sep- 
tiembre de  1095  (3).  Mucho  más  importante  es  el  que 
subscribieron  en  16  de  Diciembre  de  1105.  En  letras  de 
oro  debiera  grabarse  este  Diploma  para  perpetua  memo- 
ria de  sus  autores  y  de  D.  Diego  Gelmírez,  que  sin  duda 
lo  inspiró:  pues  los  mismos  Condes  declaran  que  se  hizo 
con  su  intervención  (interventii  venerabilis  Didaci  ejusdem 
A'postolicae  Sedis  Episcopi),  Habíanse  dirigido  á  Composte- 
la  los  Condes  con  ánimo  de  visitar  y  venerar  el  Sepulcro 
de  Santiago  (cum  apitd  tmnbam  Bmi,   Jaeohi  Apostoli  causa 


(J)     Documentos  procedentes   de  tíamos  en  el   Archivo  Histórico   Na- 
cional. 

(2)  Documentos  procxídentes  de  San  Juan  de  Poyo  en  el  Archivo  Histó- 
riíto  Nacional. Yepes,  Coránica...,  tom.  V,  al  año  Í)d2,  fol.  01. 

(3)  Véase  cap.  VI,  pág.  18  j. 


LOS  TRES   PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         289 

orationis  venissemus);  y  para-dar  mayor  realce  á  este  acto 
de  devoción,  lo  hicieron  seguir  de  otros  de  la  más  alta 
trascendencia  social  y  política.  Acompañábanlos  gran 
número  de  Prelados  y  Magnates,  y  entre  ellos  figuraban 
D.  Bernardo,  Arzobispo  de  Toledo,  San  Giraldo,  Arzo- 
bispo de  Braga,  los  Obispos  de  Lugo,  de  Orense,  de  Tuy, 
de  León  y  de  Astorga,  los  Condes  D.  Pedro  Fróilaz, 
D.  Froilán  Díaz,  y  D.  Suero  Bermúdez;  y  los  Magnates 
D.  Munio  Peláez,  D.  Juan  Ramírez,  D,  Rodrigo  Fróilaz 
y  D.  Suero  Fróilaz. 

Para  que  mejor  pueda  apreciarse  el  alcance  de  este 
Privilegio,  copiaremos  aquí  lo  que  acerca  del  particu- 
lar hemos  dicho  en  los  laneros  de  Santiago,  capítulo  IV, 
tom.  I,  pág.  64  y  siguientes:  «La  más  antigua  Carta 
foral  escrita,  de  las  que  se  conservan  donadas  á  Santia- 
go, lleva  por  fecha  el  10  de  Diciembre  de  1105.  En  esto 
año  vino  de  nuevo  D.  Ramón,  acompañado  de  gran  sé- 
quito, á  visitar  el  Sepulcro  del  Apóstol.  También  de  esta 
'vez  halló  en  Compostela  nuevos  motivos  de  desazón  y 
disgusto.  En  el  año  915  D.  Ordeño  II  declaró  libres  é 
ingenuos,  como  hemos  visto,  á  todos  los  moradores  de  la 
ciudad  de  Santiago.  En  el  lapso  de  dos  siglos  esta  con- 
cesión quedó  un  tanto  olvidada  y  oscurecida.  Bien  es 
verdad,  que  habían  variado  no  poco  las  circunstancias; 
po]*que  en  tiempo  de  D.  Ordeño  II  apenas  había  más 
•que  siervos  é  ingenuos;  y  á  principios  del  siglo  XII  eran 
ya  muy  numerosos  los  jiiníores  ó  foreros,  clase  hasta  cier- 
to punto  intermedia  entre  los  siervos  é  ingenuos,  y  cuya 
posición  en  la  escala  social  no  estaba  aún  bien  definida, 
ó  por  lo  menos  era  muy  ocasionada  á  dudas  y  á  litigios. 
Desde  mediados  del  siglo  XI  la  población  de  Santiago 
había  aumentado  considerablemente,  y  entre  sus  habi- 

ToMO  m.-19. 


290  LIBBO   SEGUNDO 


tantos  se  contaban  muchos,  que  eran  júniores  6  foreros, 
que  habían  venido  de  los  commissos  vecinos  ó  de  otros  le- 
janos, y  aún  de  naciones  extrañas,  como  Francia  é  Italia. 
La  consideración  de  que  debían  gozar  estos  extranjeros 
ya  daba  lugar  á  dudas;  pero  los  júniores  tenían  que  res- 
ponder de  las  prestaciones  y  servicios  que  de  ellos  re- 
clamasen sus  antiguos  patronos.  Esto,  además  de  ser 
motivo  de  innumerables  pleitos  y  demandas,  causaba  no 
pequeña  turbación  en  el  régimen  interior  de  la  ciudad 
y  en  el  curso  de  sus  relaciones  con  los  estados  limítro- 
fes, y  cedía  en  desdoro  y  afrenta  de  los  ciudadanos. 

>  Enteróse  atentamente  el  Conde  de  Galicia  del  esta- 
do de  las  cosas,  y  para  cerrar  la  puerta  á  esta  clase  de 
conflictos  y  litigios,  firmó  con  su  esposa  D.^  Urraca  y 
todos  los  Grandes  de  su  Corte  la  Carta  foral  de  16  de 
Diciembre  de  1105.  En  dos  partes  está  dividido  el  Di- 
ploma; en  la  primera  se  resuelve  y  termina  la  cuestión 
candente;  y  en  la  segunda  se  tocan  algunos  otros  puntos 
que  quizás  ofrecerían  también  lugar  á  dudas.  Establéce- 
se, pues,  en  primer  término,  que  todos  los  que  en  el  día 
de  la  fecha  de  la  Carta  constasen  como  moradores  de 
Compostela,  fuesen  hombres  ó  mujeres,  y  cualquiera 
que  sea  el  condado,  el  castillo,  la  mandación,  ó  el  país  de 
donde  hayan  venido,  y  aunque  hubiesen  pertenecido  al 
estado  de  siervos,  sean  considerados  como  libres  é  inge- 
nuos, ellos  y  toda  su  descendencia,  y  exentos  de  todo 
servicio  y  prestación,  personal  y  real,  tanto  por  razón 
de  señorío  ó  dominio,  como  por  razón  de  patronazgo,  en 
favor  de  quien  quiera  que  no  sea  el  Obispo  de  la  Sede 
de  Santiago  y  su  clerecía... 

»Tal  fué  el  corte  que  el  Conde  de  Galicia,   inspirán- 
dose en  el  ejemplo  de  D.  Ordoño  II,  dio  á  la  cuestión 


LOS   TBES  PHIMEHOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         291 

que  tan  alarmados  traía  á  los  vecinos  de  Santiago.  En 
su  virtud,  ningún  ciudadano  de  Compostela,  siquiera 
fuese  siervo,  ó  jtinior,  ya  de  cabeza,  ya  de  heredad,  estaba 
obligado  á  contestar  á  ninguna  demanda  fahsqiie  ornni 
repetitionej ,  que  contra  él  se  propusiese,  tanto  por  parte 
del  Fisco  (et  nostri  procurato risj ,  como  por  parte  de  cual- 
quier Conde  ó  Magnate  fvel  cuishhet  (sic)  violente  Potesta- 
tis).  Debía  seguir,  por  tanto,  la  condición  de  los  demás 
ciudadanos  de  Santiago,  y  no  reconocer  otra  persona, 
quienquiera  que  fuese,  con  la  cual  le  uniesen  vínculos 
inmediatos  de  dependencia,  ya  social,  ya  civil,  ya  polí- 
tica, que  el  Prelado  compostelano  (nulli  reddentes  domi- 
nium  vel  patrociniuyn,  nisi  solí  Deo,  etc.) 

> Zanjada  esta  cuestión,  restaba  precaver  las  dificul- 
tades que  pudiesen  surgir  en  vista  de  la  antigua  condi- 
ción de  los  nuevos  ciudadanos,  definiendo  bien  clara- 
mente la  situación  de  éstos  en  frente  del  Prelado  com- 
postelano, y  aún  del  Poder  Real.  Esto  fué  lo  que  hizo  el 
Conde  D.  Ramón  en  la  segunda  parte  de  su  Diploma, 
recapitulando  y  ratificando  entre  los  antiguos  fueros 
otorgados  por  los  Reyes  á  Compostela,  aquellos  que  ha- 
cían más  al  caso.  Declara,  pues,  D.  Ramón,  que  los 
vecinos  de  Santiago  están  exentos: 

^l."^  De  ^^gdüY  fonsadera  tanto  por  sí,  como  por  las 
tierras  que  posean. 

»2."     De  luctuosa, 

»3.^  De  ofrenda  por  establecer  á  sus  hijas  ó  por  re- 
cogerlas en  sus  casas. 

»4."     De  caritel,  ó  sean  los  derechos  de  sello  ó  timbre. 

>5.°     De  prenda,  cuyo  valor  exceda  de  cinco  sueldos. 

»Y  6."  De  fonsado,  á  no  ser  que  puedan  ir  y  volver 
en  el  mismo  día. 


292  LIBRO  SEaUNDO 


»7."  Autorízalos,  además,  para  que  puedan  perse- 
guir y  acabar  con  los  malhecliores  que  se  presenten  en 
la  tierra  de  Santiago; 

»8.°  Y  para  que  no  admitan  emplazamientos  y  di- 
ligencias de  los  alguaciles,  ni  respondan  de  los  robos  y 
maleficios  que  se  cometan  en  su  ciudad. 

»9.°  Y  declara,  por  último,  que  si  son  subditos  de  la 
Iglesia  del  Apóstol,  lo  son  como  libres  é  ingenuos... »  (1) 

Todos  estos  documentos  dan  á  entender  que  hacia 
este  tiempo  hizo  D.  Ramón  larga  residencia  en  Galicia. 
Así  lo  exigía  el  estado  de  su  esposa,  que  á  mediados  del 
año  1105  dio  á  luz  un  niño,  en  cuyas  manos  el  cetro  de 
España  preludió  la  gloria  y  esplendor  que  había  de  ad- 
quií'ir  con  el  tiempo  (2).  Dícese  que  este  Infante  nacií') 
en  Caldas  de  Reyes  (3);  y  esto  no  es  inverosímil  dada  la 
particular  afición  que  los  padres  tenían  á  la  tierra  de 
Sainos;  pero  es  lo  cierto  que  quien  lo  bautizó  fué  D.  Die- 
go (lelmírez,  probablemente  en  la  Catedral  de  Santiago 


(1)  Véanse  Apéndices,  niím.  XIX. —  Tumbo  A,  de  la  Catedral  de  San- 
tiago, fol.  29. — Evidentemente  la  Híst.  Cowpost.,  en  el  lib.  I,  cap.  XXVII, 
confundió  este  Diploma  con  el  otorgado  en  1095  en  favor  de  los  comerciantes 
de  Santiago.  Este  es  el  que  extracta  en  el  capítulo  citado,  fuera  de  lugar; 
en  cambio,  de  el  de  1105  no  dice  ni  una  sola  palabra. 

(2)  Sandoval  (Historia  de  los  Reyes  de  Castilla  y  de  León;  Pamplo- 
na, 16.34;  fol.  96),  coloca  el  nacimiento  de  D.  Alfonso  VII  en  1.**  de  Marzo 
de  1106,  y  añade  que  días  antes  se  había  visto  en  el  cielo  un  gran  cometa? 
que  pareció  haber  sido  augurio  del  gran  bien  que  á  España  venía.  Como 
la  Compostelana  (lib.  I,  cap.  XLVI)  dice  que,  cuando  murió  D.  Kamón 
(Noviembre  ó  Diciembre  de  1107),  el  Príncipe  D.  Alfonso  estaba  en  el 
tercer  año  de  edad  (adhuc  trienni  tempus  nequáquam  expleverat),  resulta 
íjue  la  data  señalada  por  Sandoval  está  errada  en  un  año. 

Antes  de  D.  Alfonso  habían  tenido  los  Condes  á  la  Infanta  D.*  San- 
•clia,  que  con  el  esplendor  de  sus  virtudes,  ennobleció  lo  ilustre  de  su  cuna. 

(3)  Sandoval,  llist.  cit.,  fol.  68  vuelto. 


LOS  TKES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  '29¿i 

y  en  la  misma  pila  que  aún  lioy  se  conserva  en  el  ángu- 
lo de  la  Iglesia  que  está  entre  la  puerta  de  las  Platerías 
y  la  de  la  Quintana  (1).  A  D.  Pedro  Fróilaz  encomen- 
daron los  Condes  la  crianza  del  recién  nacido:  y  en  ver- 
dad que  á  nadie  mejor  que  á  este  ilustre  caballero,  pu- 
dieron D.  Ramón  y  D.^  Urraca  confiar  tal  encargo. 

Mas,  entretanto,  los  p^;decimientos  de  D.  Ramón  se 
fueron  agravando,  y  hacia  mediados  del  año  llOG  se 
vio  acometido  en  Zamora  de  una  pertinaz  disentería  y 
de  (Tguda  fiebre,  que  lo  tuvieron  largo  tiempo  postrado. 
No  obstante,  la  enfermedad  no  le  impidió  el  realizar  un 
gran  acto  de  reparación,  y  librar  á  Galicia  de  una  gra- 
ve vejación  que  sobre  ella  pesaba.  Poseían  los  Condes, 
como  propio,  el  castillo  de  San  Pelayo  de  Luto  (boy 
Puente  Sampayo),  del  cual  recaudaban  todos  los  años, 
á  título  de  portazgo,  un  cuantioso  tributo;  tributo  que 
los  alcaides  del  castillo  recababan  de  los  transeúntes, 
cometiendo  toda  clase  de  atropellos.  Baste  decir  que  se 
daban  casos  en  que,  no  contentos  con  arrancar  á  los 
viandantes  todo  el  dinero  que  llevaban,  los  despojaban 
de  las  mismas  ropas  con  que  cubrían  sus  carnes.  D.  Die- 
go Oelmírez  que  había  ido  á  visitar  al  Conde  en  su  en- 
fermedad, le  representó  estos  abusos,  y  con  tal  instancia 
y  encarecimiento,  que  se  ofreció  á  aprontar  en  dinero 
contante  la  suma  que  los  Pi'íncipes  percibían  anualmen- 
te por  razón  de  aquel  portazgo,  á  trueque  de  que  cesa- 
se la  ocasión  de  semejantes  rapiñas  y  atropellos.  Tal  im- 


(1)  En  nada  de  esto  se  ocupa  expresamente  la  Compostelana.  Sólo  por 
incidencia,  en  el  cap.  XCI  del  lib.  II,  se  dice  que  Gelmírez  bautizó  j'i  Don 
Alfonso  VII.  ¿Habría  dado  ocasión  el  bautismo  de  D.  Alfonso  al  gran  con- 
curso de  Prelados  y  Magnates,  que  por  entonces  según  acabamos  de  ver, 
so  celebró  en  Santiago? 


294  LIBEO    SEGUNDO 


presión  hicieron  en  el  ánimo  del  Conde  las  palabras  de 
D.  Diego,  que  de  acuerdo  con  su  esposa,  no  sólo  renun- 
ció á  diclio  tributo,  sino  que  prohibió  á  sus  descendientes 
que  por  ningún  pretexto  lo  exigiesen.  Para  mayor 
firmeza,  quiso  que  esta  concesión  se  consignase  por  es- 
crito (1). 

Otra  gracia  obtuvo  Gelmírez  en  esta  misma  ocasión 
del  Conde  de  Gralicia.  Ya  hemos  visto  como  por  dona- 
ción de  la  Infanta  D.^  Elvira  y  del  Rey  D.  Alfonso  VI, 
la  Iglesia  compostelana  había  adquirido  el  rico  Monas- 
terio de  Pilono  con  todas  sus  pertenencias.  Sobre  el 
señalamiento  de  las  tierras,  iglesias  y  villas  dependientes 
de  Pilono,  habían  surgido  varias  dificultades.  Un  cierto 
Anfonso  Ramírez,  pretendiendo  que  la  iglesia  de  Santa 
Eulalia  de  Losón,  dependiente  de  Pilono,  era  suya,  em- 
peñó al  gobernador  de  aquella  tierra,  Lúcido  Arias, 
para  que  le  consiguiese  de  los  Condes  de  Galicia,  el 
que  le  adjudicasen  aquella  iglesia.  Fácilmente  obtu- 
vo Gelmírez  la  revocación  por  escrito  de  la  mencio- 
nada adjudicación;  pero  quedaban  en  pie  las  dudas 
acerca  de  los  términos  hasta  dónde  se  extendía  el  señorío 
y  jurisdicción  de  Pilono.  D.  Diego  hizo  nuevas  instan- 
cias ante  los  Condes  para  aclarar  este  punto;  mas  por 
entonces  sólo  pudo  conseguir  que  se  demarcase  la  parte 
del  coto,  que  corría  entre  Virtióla  y  la  sierra  del  Carrio, 
quedando  para  más  adelante  la  demarcación  de  la  parte 
que  se  extendía  desde  el  Carrio  hasta  el  puente  de  Porto 
Mouro  sobre  el  Ulla  (2). 

Parece  que  al  fin  D.  Ramón  se  repuso  de  este  ataque, 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XXIV. 

(2)  Hist.  Compost,,  lib.  I,  cap.  XXV. 


LOS  TEES  PBIMEKOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  295 

y  que  al  entrar  la  Primavera  del  año  1107  vino  á 
Santiago.  Es  lo  cierto  que  en  17  de  Abril  de  dicho  año 
permutó  con  D.  Diego  Gelmírez  la  granja  de  Villar,  cerca 
de  las  Torres  de  Oeste,  por  la  de  Frexenario  (Freixo  ó 
Freixeiro),  cerca  de  los  dos  Puentes  fínter  dúos  PontesJ  (1), 
que  la  Condesa  D.^  Velasquita  había  ofrecido  al  Após- 
tol. Llámase  D.  Ramón  en  el  encabezado  de  este  instru- 
mento, emperador  de  toda  Galicia,  totius  Gallaeciae  impe- 
rotor;  pero  al  subscribir,  sólo  se  intitula  Conde,  Raimun- 
dus  comes  (2J. 

Aún  es  posible  que  D.  Ramón  acompañase  á  su  sue- 
gro D.  Alfonso  en  la  expedición  que  éste  hizo  al  poco 
tiempo  contra  los  Vascos  y  Aragoneses.  Al  menos  subs- 
cribe el  memorable  Diploma,  extendido  en  Burgos  acer- 
ca de  la  moneda  de  Santiago  el  14  de  Mayo  de  1107,  al 
tiempo  en  que  el  Rey  se  disponía  á  salir  á  campaña. 

Mas  al  poco  tiempo  sufrió  el  noble  Conde  una  grave 
recaída,  que  en  Grajal,  cerca  de  Sahagún,  lo  puso  á  las 
puertas  de  la  muerte.  Aconteció  á  la  sazón,  que  D.  Die- 
go Gelmírez  tuvo  que  ir  á  tierra  de  Campos  para  eva- 
cuar la  comisión  que  le  había  confiado  el  Papa  de 
inquirir  con  toda  escrupulosidad,  juntamente  con  los 
Obispos  de  León  y  de  Astorga  y  otros  Prelados,  cuáles 
eran  los  verdaderos  confines  de  las  Diócesis  de  Burgos  y 
Osma,  y  remitir  á  Roma  el  resultado  de  esta  indaga- 
ción. Sabedor  el  Conde  de  la  presencia  del  Obispo  de 
Santiago  por  aquellos  sitios,  le  envió  propios  avisándole 
de  su  estado,  y  rogándole  viniese  á  visitarlo 


(1)  Será  esta  la  antigua  estación  Ad  dúos  pontes  que  el  Itinerario  de 
Antonino  pone  en  una  de  las  vías  de  Braga  á  Astorga? 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XXII, 


296  LIBRO  SEGUNDO 


El  deseo  de  D.  Ramón  era  prepararse  para  bien 
morir  cual  convenía  á  un  verdadero  católico;  y  así  que 
vio  á  su  lado  al  Prelado  compostelano,  hizo  con  él  fervo- 
rosa confesión  de  todas  sus  culpas,  y  le  facultó  para 
que,  como  mejor  le  pareciese,  ordenase  su  última  volun- 
tad, aunque  desde  luego  declaró  que  era  expresa  inten- 
ción suya  el  dejar  como  recuerdo  á  la  Iglesia  de  Santia- 
go los  Monasterios  de  Flantata  (Chantada),  cerca  del 
Miño,  y  San  Mamed  (de  Piñeiro),  cerca  del  Tambre.  Y 
para  que  asi  constase,  hizo  extender  una  Escritura,  que 
se  firmó  el  13  de  Septiembre  de  dicho  año  1107  (1). 
Rogó,  además,  á  su  esposa,  que  para  no  ocasionar  á  los 
Prelados  de  Santiago  perturbación  en  el  señorío  que 
ejericían  en  el  territorio  comprendido  entre  el  Ulla  y  el 
Tambre,  donase  á  la  Iglesia  del  Apóstol  las  heredades 
que  le  pertenecían  en  la  referida  comarca,  sin  más 
excepción,  que  una  tierra  propia  del  Monasterio  de  So- 
brado y  un  solar  en  Compostela. 

Parece  que  la  vida  del  piadoso  Conde,  aún  después 


(1)  Véanse  Apéndices,  n.°  XKIV.—Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XXVI 
y  XXVII. 

La  Escritura  citada  del  Apéndice,  sólo  habla  del  Monasterio  de  San 
Mamed;  y  en  ella  se  dice  que  el  Abad  Arias  había  hecho  donación  para 
después  de  su  muerte  de  este  Monasterio,  con  otros  cuantiosos  bienes,  al 
Key  D.  Alfonso  VI.  En  esta  ocasión  el  Conde  de  Galicia,  con  consentimien- 
to de  su  suegro,  hizo  que  el  Abad  Arias,  traspasase  en  favor  de  la  Iglesia  de 
Santiago,  la  donación  hecha  antes  á  D.  Alfonso. 

Es  de  advertir  que  el  cap.  XXVII  del  lib.  I  de  la  Compostelana,  está, 
redactado  por  el  Clérigo  Pedro,  el  cual,  según  él  mismo  allí  dice,  fué  el  que 
hizo  la  Escritura  de  cesión  del  Monasterio  de  San  Mamed  á  la  Iglesia  de 
Santiago, 


LOS  TRES   PBIMÍlfiOS   SIGLOS  DE  LÁ  I.  COMPOSTELANA        297 

del  13  de  Septiembre,  se  prolongó  por  algún  tiempo  (1); 
pero  en  13  de  Diciembre  del  mismo  año  1107,  ya  había 
fallecido,  porque  en  el  Privilegio  que  con  esta  fecha 
otorgó  D.^  Urraca  á  la  Iglesia  compostelana,  de  él  no  se 
hace  mención  alguna  (2).  De  varios  pasajes  de  la  Com- 
postelana  resulta  que  su  muerte  fué  tranquila  y  dichosa 
como  la  de  un  justo.  Faltaba  á  D.  Ramón  la  aureola 
que  dan  los  años  y  la  experiencia;  pero  no  era  menos 
preoiosa  aquella  que  le  habían  merecido  su  talento,  su 
piedad  y  sus  virtudes.  Ya  moribundo,  tuvo  el  consuelo 
de  ver  alrededor  del  lecho  á  su  esposa,  á  su  suegro  Don 
Alfonso,  á  su  hermano  Guido,  Arzobispo  de  Viena,  á  su 
hija  la  angelical  Sancha,  y  á  su  hijo  menor  Alfonso,  pe- 
dazo el  más  tierno  de  su  corazón,  que  desde  Galicia  le 
había  llevado  exprofeso  el  Conde  D.  Pedro  Fróilaz.  A 
su  cabecera  se  hallaba  su  antiguo  secretario,  su  íntimo 
confidente,  su  confesor  D.  Diego  Gelmírez,  que  acompa- 
ñado de  D.  Pedro,  Obispo  de  León,  y  de  numeroso  Cle- 
ro, elevaba  fervorosas  súplicas  por  su  salud,  así  espi- 
ritual, como  temporal.  Y  así,  entre  las  lágrimas  de  unos, 
los  sollozos  de  otros  y  las  oraciones  de  todos,  desapare- 
ció aquella  alma  piadosa,  que  tan  gran  vacío  dejaba  en 
el  corazón  de  todos  los  circunstantes  (3). 

Los  restos  mortales  de  D.  Ramón  fueron  seguida- 
mente trasladados  desde  Grajal  á  Santiago,  en  donde, 


(1)  Aún  vivía  en  17  de  Noviembre,  según  una  Escritura  de  Sahagún 
(jue  publicó  el  P.  Fita  en  el  tom.  XXIV,  págs.  338-339,  del  Bolethi  de  ¡a 
Real  Academia  de  la  Historia, 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XXV. 

(3)  Ejus  sancta  anima  debita  naturae  mnnera  persolvendo  de  habi- 
táculo carnis  est  avulsa.  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XXVII). 


298  LIBEO  SEGUNDO 


celebradas  con  la  pompa  que  era  consiguiente  sus  exe- 
quias, fueron  depositados  en  un  sarcófago  que  se  colocó 
en  el  pórtico  septentrional  por  la  parte  de  adentro  de  la 
Iglesia,  en  el  ángulo  que  actualmente  ocupa  la  capilla 
de  Santa  Catalina  (1). 

Esta  fué,  sin  duda,  la  ocasión  en  que  el  Arzobispo 
de  Viena,  después  Calixto  II,  vino  á  Santiago.  Dozy, 
Ul.  Robert  y  otros  autores,  niegan  que  el  Arzobispo  Gui- 
do hubiese  venido  á  Santiago;  como  si  esto  tuviera  algo 


(1)  Ipse  (Episcopus  Compostellanus)  vero  ad  propria  revertendo, 
supradicti  viri  exequias  et  pretiosam  sepulturam  in  Ecclesia  Bti.  Jocobi 
debita  humanitatis  officia  solvens,  officiosa  pietate  peregit.  (Hist  Gompost., 
loe.  cit.) 

A  mediados  del  siglo  XVI  se  trasladó  el  sepulcro  de  D.  Ramón,  junta- 
mente con  los  de  los  Reyes,  á  la  actual  capilla  de  las  Reliquias.  En  el 
siglo  XVII,  en  el  fondo  del  arcosolio  que  contiene  el  sepulcro,  se  puso  la 
siguiente  inscripción:   Aquí  yace  D.  Ramón  de  Borgoña,  hijo  de  Grui- 

LLERMO,  HERMANO  DE  GUIDQ,  ARZOBISPO  DE  ViENA  QUE  FUÉ  PONTÍ- 
FICE, LLAMADO  CaLISTO  II.  CaSÓ  D.  RaMÓN  ERA  DE  1126  CON  LA  INFAN- 
TA Doña  Urraca,  hija  del  Rey  D.  Alonso  VI  de  León  y  de  la  Rey- 
NA  Doña  Constanza  su  tercera  muger,  y  dioles  en  dote  Galicia 
con  titulo  de  Condes. 

La  estatua  yacente  que  hoy  cubre  el  sepulcro,  debió  haber  sido  hecha  á 
mediados  del  siglo  XII. 

Hacíanse  por  el  Conde  D.  Ramón  dos  aniversarios  en  la  Iglesia  compos- 
telana;  el  uno  el  3  de  Abril,  y  el  otro  el  24  de  Mayo.  En  el  Tumbo  viejo  de 
Aniversarios,  se  hallan  así  anotados: 

«In  ista  .III.  die  mensis  aprilis  dantur  centum  quinquaginta  libre  de 
tenentia  Taberiolis  pro  comité  dno.  Raymundo,  qui  donavit  ecclesie  com- 
postellane  dominium  de  taberiolis  et  de  decia, diuidende  prout,  etc....  proces- 
sio  ad  Reges. 

»In  ista  die  scilicet  XXIIII  mensis  madii  pro  comité  dno.  Raymundo  et 
uxore  sua  Regina  dna.  urraqua  filia  imperatoris  hyspanie  dni.  alfonsi,  qui 
comes  donauit  ecclesie  compostellane  magnum  dominium  in  ciuitate  sci.  ia- 
cobi  et  extra,  dantur  libre  centum  de  tenentia  magna,  diuidende  prout  etc., 
processio  ad  Reges.» 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAKA         ^99 


de  inverosímil  en  época  en  que  tantos  Prelados  franceses 
hicieron  lo  propio;  pero  el  mismo  Guido  lo  afirma  en  las 
siguientes  palabras  que  trae  la  Compostelana  (1):  Olim  st- 
quidem  Ecdesiam  Bti,  Jacohi  et  praedictum  ejus  Episcopum  pa- 
terno diledionis affectu  ampUxatus  5wm.Es  verdad  que  los  im- 
pugnadores de  la  venida  de  Calixto,  entienden  lo  del 
abrazo  (amplexatus  sum),  en  sentido  metafórico;  y  dicen 
que  esto  no  quiere  decir  sino  que  el  Papa  profesó  gran 
afecto  á  la  Iglesia  de  Santiago  y  á  su  Obispo;  mas  no  se 
fijaron  en  el  oliyn,  del  cual  resultaría  que  aunque  en  otro 
tiempo  había  profesado  el  Papa  gran  afecto  á  la  Iglesia 
de  Santiago,  á  la  sazón  en  que  pronunció  las  referidas 
palabras,  ya  no  lo  profesaba.  Pero  esto,  sin  grave  inju- 
ria, no  puede  atribuirse  á  Calixto  II. 

Probablemente,  después  de  celebradas  las  exequias, 
fué  cuando  D.^  Urraca,  dando  cumplimiento  á  los  rue- 
gos que  le  había  hecho  su  esposo  moribundo,  donó  á  la 
Iglesia  de  Santiago  el  Monasterio  de  San  Andrés  de 
Talobre  (Trobe),  con  todo  lo  á  él  anexo;  la  villa  de  Pausa- 
ta  (Pousada),  á  orillas  del  Ulla;  toda  la  hacienda  que 
entre  el  Ulla  y  el  Tambre  habían  poseído  Froilán  Díaz 
y  Mayor  Díaz;  todos  los  siervos  que  á  ella  le  correspon- 
dían en  Montesacro  por  parte  de  la  Iglesia  de  Mondoñe- 
do;  y  todo  lo  que  le  pertenecía  en  Postmarcos,  ora  por 
razón  de  realengo,  ora  por  razón  de  infantazgo,  ó  por  lo 
que  tocaba  á  los  Monasterios  de  Celanova,  Mezonzo  y 
Sobrado.  Reservóse,  no  obstante,  D.*  Urraca  el  usufruc- 
to durante  su  vida  de  todas  estas  propiedades  (2). 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  II,  cap.  XI,  pág.  277. 

(2)  Véanse  Apéndices,  n.°  XXW—Hist.  Compost,  lib.  I,  cap.  XXVII. 


I 


fí^ 


CAPITULO    XII 


Pompa  y  esplendor  con  que  se  celebraban  las  fies- 
tas en  la  Catedral  compostelana. — Gestiones  de 
Gelmírez  para  obtener  el  título  de  Metropoli- 
tano. 


NDUDABLEMENTE  los  éxitos  liastci  ontonces  ob- 
tenidos, estimularon  á  D.  Diego  para  prose- 
guir sin  descanso  en  la  noble  tarea  de  engran- 
decer su  Iglesia.  Para  muestra  de  la  pompa 
con  que  por  aquellos  años  se  celebraban  en 
nuestra  Basílica  las  funciones  religiosas,  inser- 
taremos aquí  la  descripción  de  una  procesión 
que  se  hizo  en  la  fiesta  del  30  de  Diciembre, 
que  trae  el  Códice  de  Calixto  II  (1);  la  cual  pro- 
cesión pudo  este  Papa  quizás  presenciar  cuan- 
do, siendo  Arzobispo  de  Viena,  vino  á  visitar 
á  su  hermano  el  Conde  de  Galicia. 

«En  la  procesión  que  se  hacía  este  día  (el  30 
de  Diciembre),  caminaba  dicho  liey  (D.  Alfon- 
so VI),  vestido  con  las  insignias  reales,  rodeado 
de  la  muchedumbre  de  sus  caballeros,  asistido 
por  los  distintos  órdenes  de  sus  Condes  y  ada- 
lides y  ostentando  en   su  diostra   un   argentino   cetro 


(1)    Lib.  III,  cap.  III. 


302  LIBRO  SEGUNDO 


adornado  de  flores  de  oro  y  otras  ricas  labores,  y  tacho- 
nado de  variadísimas  piedras  preciosas.  La  diadema  con 
que  el  potentísimo  Monarca,  para  mayor  gloria  del 
Apóstol,  ceñía  su  cabeza,  era  de  oro  cincelado  y  estaba 
ornamentada  de  esmaltes  y  nieles,  piedras  preciosas  y 
resplandecientes  imágenes  de  aves  y  cuadrúpedos.  De- 
lante del  Rey,  era  llevada  una  espada  de  dos  filos,  ador- 
nada de  áureas  flores  y  relucientes  letras,  con  el  pomo 
de  oro  y  la  cruz  de  plata. 

» Precediendo  al  Rey,  y  á  la  cabeza  del  Clero,  mar- 
chaba, con  los  demás  Obispos,  el  Prelado  de  Santiago 
revestido  de  Pontifical,  cubierto  con  alba  mitra,  calzado 
de  doradas  sandalias,  y  empuñando  en  su  diestra,  ador- 
nada de  guante  blanco  y  anillo  de  oro,  un  báculo  de 
marfil.  De  los  setenta  y  dos  Canónigos  compostelanos, 
unos  vestían  capas  de  seda  adornadas  con  exquisito 
primor  de  piedras  preciosas,  broches  de  plata,  flores  de 
oro  y  magnífico  fleco,  que  pendía  todo  alrededor;  otros 
llevaban  dalmáticas  de  seda,  orladas  con  admirable  gus- 
to, de  arriba  abajo,  de  franjas  bordadas  de  oro;  otros 
iban  lujosamente  ataviados  con  áureos  collares  sembra- 
dos de  piedras  preciosas,  bandas  recamadas  de  oro,  ri- 
quísimas mitras,  hermosas  sandalias,  cinturones  de  oro, 
estolas  bordadas  también  de  oro  y  manípulos  moteados 
de  perlas.  ¿Qué  más?  Cuanta  clase  hay  de  piedras  pre- 
ciosas, todo  cuanto  hay  de  rico  en  oro  y  plata,  os- 
tentaban los  Clérigos  del  Coro  de  Santiago;  unos,  lle- 
vaban candelabros  de  plata;  otros,  incensarios  del  mismo 
metal;  otros,  cruces  doradas;  otros,  evangeliarios  con  ta- 
pas de  oro  tachonadas  de  piedras  preciosas;  otros,  ca- 
jas con  reliquias  de  Santos  ;  otros,  filacterios;  otros, 
finalmente,    cetros    de    oro    ó    de    marfil,    terminados 


I 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  303 

con  adornos  de  ónix,  berilo,  záfiro,  carbunclo,  esmeral- 
da ú  otras  piedras  semejantes.  Sobre  carros  argénteos, 
eran  conducidas  dos  mesas  de  plata  dorada,  sobre  las 
cuales  se  iban  colocando  los  cirios  que  ofrecían  los  fieles. 

» Después  del  cortejo  regio,  seguía  el  pueblo  devoto, 
á  saber:  los  caballeros,  los  gobernadores,  los  optimates, 
los  nobles,  los  condes,  ya  nacionales  ya  extranjeros,  ata- 
viados todos  con  ricos  trajes  de  gala. 

» Venían,  por  último,  los  coros  de  respetables  matro- 
nas, calzadas  de  sandalias  doradas;  vestidas  de  pieles  de 
marta,  de  gamo,  de  armiño  ó  de  zorra,  de  briales  de  se- 
da, de  pellizas  grises  y  mantos  de  escarlata  forrados  de 
veros;  adornadas  de  ricas  lunetas  de  oro,  de  collares,  de 
peinetas,  de  brazaletes,  de  pendientes,  de  cintas,  de  ca- 
denas, de  anillos,  de  joyas,  de  espejos,  de  áureos  cintu- 
rones,  de  chales  de  seda,  de  lazos,  vendas  y  velos  de 
lino  y  otras  lujosas  prendas  de  vestir,  y  con  el  cabello 
trenzado  con  hebras  de  oro.» 

Parece  difícil  el  explicar  como  en  este  rincón  del 
Occidente  pudo  afluir  surtido  tan  copioso  de  toda  clase 
de  objetos,  de  valor  suficiente,  para  satisfacer  las  más 
refinadas  exigencias;  pero  con  sólo  recordar  que  Santia- 
go era  entonces  un  emporio  al  que  acudían  de  todas 
partes  del  mundo  personas  de  todas  condiciones,  y  no 
siempre  por  solos  motivos  religiosos,  cesará  la  extrañe- 
za  que  pudiera  causar  la  descripción  del  Códice  de  Calix- 
to II.  Dos  eran,  además  de  las  que  seguían  los  peregri- 
nos, las  principales  corrientes  que  aportaban  á  San- 
tiago todo  cuanto  de  más  precioso  y  de  más  gusto 
se  elaboraba  en  Europa  y  en  Asia.  Una  de  estas  vías 
era  la  que  seguían  los  negociantes  árabes,  los  cuales 
conducían  entre  otras  cosas,  las  más  extrañas  estofas  y 


304  LIBBO    SEGUNDO 


tegidos  fabricados  en  Oriente.  Por  eso  era  tan  conocida 
la  Iglesia  compostelana  de  los  Escritores  musulmanes;  y 
de  ella  decía  el  Edrisi,  que  floreció  en  el  siglo  XII,  que 
no  había  otra  más  suntuosa,  si  se  exceptuaba  la  de  Je- 
rusalén.  «Entre  las  joyas  de  este  Santuario,  añade,  son 
de  notar  gran  cantidad  de  cruces  de  oro  y  de  plata,  en- 
gastadas con  záfiros,  esmeraldas  y  otra  pedrería,  y  cuyo 
número  no  baja  de  trescientas^  entre  grandes  y  pe- 
queñas. » 

Otra  vía  era  la  marítima,  la  cual  ponía  en  contacto 
á  Compostela  con  la  Oran  Bretaña,  Lorena  y  la  Baja 
Alemania,  en  dónde  entonces  florecían  los  más  renom- 
brados orífices  y  esmaltadores.  En  el  lib.  III,  cap.  XVIII, 
habla  la  Coynpostelana,  aunque  incidentalmente,  de  una 
gran  expedición  que  procedente  de  Inglaterra  y  Lorena, 
arribó  al  puerto  de  Padrón  en  el  año  1130,  con  destino 
á  Santiago.  El  valor  de  las  mercancías  importadas  en 
aquella  sola  ocasión  ascendía  á  la  considerable  suma  de 
cerca  de  22.000  marcos,  ó  sean  176.000  onzas  de  plata. 
En  el  mismo  libro,  cap.  VIII,  se  refiere  que  viéndose 
D.  Alfonso  VII  necesitado  de  recursos,  envió  á  Compos- 
tela un  preciosísimo  cáliz  de  oro,  pues  sabía  que  en  nin- 
guna otra  parte  de  España  podía  venderlo  mejor  que 
en  la  ciudad  del  Apóstol. 

Por  otra  parte,  los  mercaderes  compostelanos  con  su 
activo  tráfico,  ofrecían  á  sus  conciudadanos  un  gran 
contingente  comercial,  que  en  su  mayor  parte  debía  de 
consistir  en  objetos  de  lujo.  Ya  hemos  visto  la  queja  que 
en  el  año  1095  (1)   elevaron  ante  el  Conde  D.  Ramón 


(1)     Cap.  VI,  pág.  185. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  305 

contra  los  estorbos  y  dificultades  que  les  ponían  algunos 
Señores  al  transportar  sus  mercancías.  El  Conde  de  Gra- 
licia  atendió  sus  reclamaciones,  y  mandó  expedir  un  Di- 
ploma que  era  como  un  salvo-conducto  con  el  cual  po- 
dían transitar  libremente  por  todas  las  tierras  sujetas  á 
su  jurisdicción.  El  motivo  que  movió  á  D.  Ramón  á  to- 
mar esta  medida,  debió  de  ser  el  mismo  que  alegó  en 
otro  Privilegio  otorgado  á  los  comerciantes  de  Lugo  en 
el  año  1106;  á  saber,  «que  era  injusto  castigar  por  delitos 
ajenos  á  los  que  trabajan  en  utilidad  pública,  y  cerrar 
la  puerta  para  negociar  á  los  que  viven  del  negocio. » 

Ni  entonces  faltaban  en  la  misma  Compostela  artis- 
tas dedicados  á  la  confección  de  obras  en  las  que,  como 
primera  condición,  se  exige  el  gusto  y  el  primor.  Los  que 
labj'aron  el  rico  frontal  de  plata  y  el  admirable  balda- 
quino del  Altar  mayor,  bien  dieron  á  entender  cuan  ca- 
paces eran  de  ejecutar  obras  que,  no  porque  fuesen  me- 
nos costosas,  habían  de  ser  menos  sorprendentes.  Un 
recamador  ó  confeccionador  de  franjas  en  oro  (aurifrígej, 
llamado  Vital,  firma  como  testigo  en  una  Escritura  del 
año  1115.  Esto  era,  esto  llegó  á  ser  el  obscuro  matorral 
de  Libredón,  y  nadie  disputará  al  Sepulcro  del  Apóstol 
Santiago  el  mérito  de  esta  obra  prodigiosa;  que  del  Se- 
pulcro del  Apóstol  partía  el  fuego  que  animaba  á  sus 
más  incansables  promovedores,  y  entre  ellos,  á  D.  Diego 
Clelmírez. 

Por  las  obras  hasta  aquí  emprendidas  y  llevadas  á 
cabo  por  nuestro  Obispo,  hemos  podido  apreciar  cuan 
grande,  cuan  incomparable  era  su  celo,  su  actividad  y  su 
constancia;  pero  en  nada  demostró  tan  claramente  hasta 
dónde  llegaban  estas  sus  excelentes  cualidades,  como  en 
las  gestiones  que  hizo  á  fin  de  ubtcnor  para  su  Iglesia  la 

Tomo  III. -ao. 


306  LIBRO  SEGUNDO 


categoría  de  Metrópoli.  Desde  el  año  1104  en  que  perso- 
nalmente en  Roma  solicitó  del  Papa  Pascual  II  tal  dig- 
nidad, no  cesó  de  pulsar  reverentemente  á  las  gradas  del 
Solio  Pontificio  en  demanda  de  esta  gracia.  Parece  que 
con  tal  motivo  la  Santa  Sede  quiso  poner  á  prueba  su 
constancia  y  su  adhesión;  las  cuales  de  esto  examen  sa- 
lieron cada  vez  más  firmes  y  aquilatadas.  Raj'o  era  el  año 
en  que  no  enviase  á  la  Ciudad  Eterna  sus  comisionados 
paia  mantener  viva  en  la  Corte  pontificia  la  memoria 
de  sus  pretensiones,  é  insistir  en  ellas  con  nuevas  instan- 
cias. En  la  Primavera  del  año  1109  envió  Legados  á  lio- 
rna por  varios  asuntos;  pero  no  se  olvidó  de  encomendar- 
les encarecidamente  el  relativo  á  la  Metrópoli.  Entonces 
sólo  obtuvo  del  Papa  la  siguiente  respuesta:  Poderosas 
razones  me  impiden  acceder  por  ahora  á.  tus  ruegos  (1). 

En  la  Primavera  del  año  siguiente  despachó  á  Roma, 
con  la  misma  comisión,  al  Arcediano  Graufrido  y  al  Ca- 
pellán ó  Párroco  de  San  Miguel,  Pedro.  Tampoco  estos 
fueron  más  felices  en  sus  gestiones;  pues  Pascual  II  es- 
cribiendo por  su  conducto  á  Gelmírez,  le  decía  que  por 
entonces  no  podía  complacerle  en  lo  que  solicitaba;  pero 
que  estuviese  cierto  de  que  su  ánimo  era  enaltecer  á  la 
Iglesia  de  Santiago,  y  de  que  en  ello  tendría  verdadera 


(1)  Oblationes  quas  per  nuntios  tuos  nobis  direxisti,  gratan ter  accepi- 
mus,  et  pro  eis  gratiam  referimus.  Quod  autem  quibasdam  tuis  postulatio- 
nibus  assensum  ad  praesens  accommodare  nequivimus,  certa  ratione  fit. 
(Hist.  Conipost.,  lib.  I,  cap.  XLIII,  págs.  í)2-93). — Al  principio  de  la  Carta 
decía  el  Papa:  «Qualem,  quantamque  tua  fraternitas  erga  nos  dilectionem 
gerat,  fidelibus  obsequiis  et  operibus  aperte  demonstrat,  quae  licet  longe 
sit  a  nobis  terrarum  spatiis  separata,  praesentem  se  tamcn  rcddit,  et  aui- 
mi  charitate,  et  frerjuentiiun  obsequiorumexhibitione.» 


I 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELANA         307 

satisfacción  (1).  Estos  pasos  fueron  dados  con  la  mayor 
reserva  posible;  y  D.  Diego  no  cesó  de  rogar,  instar  y 
repetir  súplicas  y  más  súplicas,  hasta  que  consiguió  lo 
que  tanto  anhelaba. 

Como  ya  hemos  insinuado,  la  pretensión  de  la  digni- 
dad de  Metrópoli  no  fue  el  único  asunto  que  llevó  á 
Roma  á  los  enviados  de  D.  Diego.  Otros  llevaron  enco- 
mendados, como  la  confirmación  de  las  dignidades  Car- 
denalicias y  la  del  uso  de  Mitras  dentro  do  la  Catedral, 
y  varias  consultas  acerca  de  asuntos  matrimoniales  y 
de  un  ruidoso  pleito  que  sobre  la  propiedad  del  Mo- 
nasterio de  Cinis  sostenía  el  Conde  de  Traba,  D.  Pe- 
dro Fróilaz.  Pascual  II  despachó  favorablemente  todos 
estos  asuntos.  Respecto  á  las  Mitras,  concedió,  en  efecto, 
que  todas  las  dignidades  de  Santiago  pudiesen,  en  los 
días  solemnes,  usar  Mitras  adornadas  de  pedrería  fniítrís 
gernmatisj  dentro  de  la  Catedral  (2).  Confirmó,  igualmen- 
te, el  estatuto  de  los  Cardenales,  según  el  cual  sólo  éstos 
y  los  Obispos  y  Legados  de  la  Santa  Sede  podían  cele- 
brar Misa  en  el  Altar  del  Apóstol  (8). 


(1)  Petitionem  quam  nobis  tam  vestra,  quam  ex  Cleri  et  populi  parte, 
Ecclesiae  vestrae  íilii  Gaufridus  archidiaconus  et  Petrus  capellanus  qui  ad 
DOS  missi  sunt,  sugesserunt,  ad  praesens  implere  uon  possumus,  sicutiidem 
nuntii  vobis  poterunt  vivis  vocibus  intimare.  Ceterura,  id  vos  indubie  scire 
volumus,  quia  nos  exaltationí  vestrae  Ecclesiae  congaudemus.  Cupimus  enim 
eam  coinpetenter  pro  Bti.  Jacobi  meriti.s  honorare.  (Hisi.  Compost.,  lib.  I, 
cap.  XXXVII). 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XLIV. — Esta  Bula  debió  traerla  el 
Arcediano  Gaufrido,  de  vuelta  del  viaje  que  hizo  á  Roma,  en  ©1  año  1108. 
(Véase  cap.  X,  pág.  266). 

(3)  HisL  Compost.,  lib.  I,  cap.  XLV. — Gelmírez  había  establecido  (n 
su  Iglesia  los  siete  Cardenales  presbíteros  á  estilo  (secundum  Rom.  Ecclc 
siae  consactudincm)  de  los  de  Roma.  A  cada  Cardenal  dio  su  título,   tomado 


808  LIBSO  SEGUNDO 


Vino  también  de  Roma  la  resolución  del  siguiente 
caso.  Un  caballero  llamado  Pelayo  había  contraído  ma- 
trimonio con  una  viuda,  la  cual,  temiendo  ser  robada, 
había  tomado  el  velo  de  Religiosa.  Nació  de  aquí  la  du- 
da de  si  el  matrimonio  habría  sido  válido  á  causa  del 
impedimento  del  voto.  Pelayo,  que  había  sido  decla- 
rado incurso  en  excomunión,  no  se  conformó;  se  enca- 
minó á  Roma  y  llevó  consigo  varios  testigos  para  que 
depusiesen  sobre  las  circunstancias  del  hecho.  Pas- 
cual II,  después  de  haberse  enterado  minuciosamente 
de  todo  lo  ocurrido,  resolvió  que  el  matrimonio  era  vá- 
lido, por  cuanto  la  toma  de  hábito  no  se  había  hecho 
en  la  Iglesia,  ni  con  aprobación  del  Obispo;  levantó  la 
excomunión  lanzada  contra  Pelayo,  pero  declaró  que 
se  debía  sujetar  por  algún  tiempo  á  penitencia  á  la 
viuda,  por  haber  simulado  propósito  de  vida  religiosa. 
En  este  sentido,  escribió  el  Papa  al  Arzobispo  de  Braga, 
San  Giraldo,  á  D.  Diego,  Obispo  de  Compostela,  y  á 
D.  Alfonso,  Obispo  de  Tuy  (1). 

Por  este  mismo  tiempo,  es  decir,  por  los  años  1108, 
1109  y  1110,  se  recibieron  de  Roma  otras  varias  Bulas. 
Una  de  ellas  la  traían  tres  personas  principales,  llama- 
das Munio,  Diego  y  Ñuño,  que  con  algunos  que  les  se- 
guían, habían  emprendido  el  viaje  á  Jerusalén.  En  esta 
Bula,  se  dirige  el  Papa  á  todos  los  subditos  del  Rey  Al- 
fonso VI,  Clérigos  y  legos;  y  les  reitera  el  mandato  que 


de  las  iglesias  parroquiales  entonces  existentes  en  Santiago.  La  Composte- 
lana  no  habla  de  esto  expresamente;  pero  al  ver  como  en  el  cap.  IV  del 
lib.  II,  llama  á  Pedro  Díaz,  Cardenal  de  San  Félix,  dado  es  suponer  que  ya 
á  la  sazón  (en  el  año  1118),  cada  Cardenal  tenía  su  título,  tomado  de  las 
parroquias  de  la  ciudad. 

(1)     Hist,  Compost.,  lib.  I,  cap.  XLI. 


I 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA    I.  COMPOSTELANA         309 

ya  en  otra  ocasión  (1)  había  dado,  de  no  dejar,  con  mo- 
tivo de  la  peregrinación  á  Jerusalén,  expuesta  á  España 
á  las  incursiones  de  los  Sarracenos.  Declara,  además, 
que  combatiendo  con  toda  energía  á  estos  enemigos,  es 
como  pueden  satisfacer  por  sus  culpas  y  ganar  las  indul- 
gencias concedidas  por  la  Sede  Apostólica;  y  prohibe 
ridiculizar  á  los  tres  caballeros  citados,  tratándolos  como 
incapaces  de  llevar  á  cabo  su  peregrinación  (2). 

En  otra  Bula  dirigida  á  D.  Bernardo,  Arzobispo  de 
Toledo,  á  San  Giraldo,  Arzobispo  de  Braga,  y  á  sus  res- 
pectivos sufragáneos,  y  á  D.  Diego  de  Compostela,  con- 
voca el  Papa  á  todos  los  Prelados  y  Abades  de  estas 
provincias  para  el  Concilio  que  se  proponía  celebrar  en 
Letrán,  á  la  entrada  de  la  Cuaresma  del  año  siguien- 
te 1110,  á  causa  de  la  famosa  cuestión  de  las  investi- 
duras (B). 

Otra  Bula  se  recibió  también  destinada  á  todos  los 
Príncipes,  caballeros  y  seglares  de  España,  y  particular- 
mente de  Galicia.  Laméntase  en  ella  el  Papa  de  la  fre- 
cuencia con  que  se  cometía  en  estos  países  el  delito  de 
incesto,  y  excita  el  celo  de  los  Prelados  para  que  por 
todos  los  medios  posibles  impidan  tan  reprobadas  unio- 
nes. Reprende  severamente  el  error  de  los  que  cometían 
á  sabiendas  el  incesto,  pero  con  la  intención  de  lavar 
después  la  culpa  con  la  penitencia;  y  declara  que  los 


(1)  En  el  año  1100.  (Véase  cap.  VIII,  pág.  214).— En  esta  ocasión  Imbo 
necesidad  de  renovar  la  antigua  prohibición  con  motivo  de  lo  envalentona- 
dos que  estaban  los  Almorávides  con  la  victoria  de  Uclés. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XXXIX. 

(3)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.    XL. 


310  LIBBO    SEGUNDO 


padres  que  obligan  á  sus  hijos  á  unirse  incestuosamente, 
incurren  en  las  mismas  penas  que  éstos  (1). 

Todos  estos  Documentos  pontificios,  aunque  en  la 
Compostelcma  aparecen  después  de  la  Bula  solemne  pu- 
blicada en  21  de  Abril  de  1110,  debieron  de  ser  expedi- 
dos antes  de  la  muerte  de  D.  Alfonso  VI  (año  de  1109). 
La  misma  Compostelana  en  el  capítulo  XLVI,  del  libro  I, 
al  hablar  de  la  muerte  del  Rey  D.  Alfonso,  advierte  que 
en  las  cosas  que  refiriera  antes  de  dicho  capítulo,  había 
prescindido  del  orden  cronológico  (ordine  minime  obsérvalo). 
La  citada  Bula  de  21  de  Abril  de  1110,  fué  obtenida 
por  el  Arcediano  Gaufrido,  enviado  de  nuevo  á  Roma 
con  el  Capellán  ó  Rector  de  la  parroquia  de  San  Miguel 
de  Santiago,  al  entrar  la  Primavera  del  citado  año  1110. 
En  ella  confirma  el  Papa  á  la  Iglesia  compostelana  en 
la  posesión  de  todos  los  territorios  que  de  antiguo  for- 
maban parte  de  la  Diócesis,  inclusos  los  de  Besoucos, 
Trasancos,  Labacengos  y  Arros,  sobre  los  cuales  versara 
el  pleito  habido  con  el  Obispo  de  Mondoñedo,  D.  Gon- 
zalo (2).  Se  confirman  también  las  donaciones  del  Conde 
D.  Ramón  y  su  esposa  D.^  Urraca,  el  Privilegio  de  la 
moneda,  dado  por  D.  Alfonso  VI,  la  posesión  de  los  Cas- 
tillos Honesto,  del  Faro,  y  de  la  Lanzada,  y  la  de  las  tie- 
rras que  la  Iglesia  de  Santiago  tenía  en  Portugal  (B). 

El  motivo  por  qué  el  Capellán  Pedro  acompañó  al 
Arcediano  Gaufrido  en  su  legacía  á  Roma,  fué  el  despo- 
jo de  que  era  víctima  por  parte  de  un  poderoso  bastardo 
llamado  Suero,  el  cual,  siendo  sólo  Subdiácono,  y  con  el 


(1)  Hist.  Compost.,  líb.  I,  cap.  XLXII. 

(2)  Véano  cap.  X,  \)-d^.  258  y  siguiente», 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  XXV. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  311 

auxilio  de  gente  armada,  se  posesionó  de  la  iglesia  de 
San  Miguel.  El  Capellán  Pedro  expuso  ante  el  Papa  las 
vejaciones  que  sufría  la  Iglesia  en  estas  regiones  (1),  y 
en  especial  la  de  que  él  mismo  era  objeto.  En  su  vista, 
Pascual  II  escribió  al  Obispo  de  Santiago,  ordenándole 
que  emplazase  á  Suero;  que  le  intimase  la  restitución 
de  la  iglesia  parroquial;  y  que  en  caso  de  desobediencia, 
lo  excomulgase  y  pusiese  entredicho  en  la  parroquia  (2). 

Ya  por  este  tiempo  D.  Diego  debió  haber  empeñado 
con  sus  reiteradas  instancias  al  Cardenal  de  Roma  Grre- 
gorio,  del  Título  de  San  Crisógono,  á  componer  un  libro 
de  Cánones  que  intituló  Polycarims  y  que  dedicó  al  Pre- 
lado de  Santiago,  como  se  manifiesta  en  el  Prólogo.  In- 
cipít  prologus  Gregoríi  cardínalis,  presbyteri  tituli  Sci,  Griso- 
goni  ad  Dldaciim  ecclesíe  Sanctl  lacohi  episcopum. 

Dilecto  Domino  Didaco  Sandi  lacohi  ecclesíe  pontlficali  in- 
fida digne  decóralo  Gregoriits  preshjteroruin  Immílliymis,  saín- 
tem  (o).  Por  este  Prólogo  se  ve  también  la  alta  reputación 
de  que  gozaba  en  Roma  D.  Diego  Gelmírez. 

De  todo  esto  resulta  cuan  activas  eran  entonces  las 
relaciones  entre  la  Ciudad  Eterna  y  el  Obispo  de  Santia- 
go, á  pesar  de  lo  deficiente  de  las  vías  de  comunicación; 
pero  todo  lo  suplía  Gelmírez  con  su  ingenio,  con  su  acti- 
vid^id  y  con  la  energía  de  su  carácter.  Por  lo  que  ya  llo- 
vamos expuesto,  fácilmente  se  echa  de  ver  que  por  mu- 
clios  y  por  mu}^  intrincados  que  fueran  los  asuntos  que  á 
D.  Diego  ocurriesen,  rara  vez  dejaba  de  desembarazarse 


(1)  Hist.  ComposL,  lib.  I,  cap.  XXXVII. 

(2)  Hist.  CotnposL,  lib.  I,  cap.  XXXVII. 
(cJ)     Véanse  Apéndices,  núm.  XXIX, 


312  LIBRO   SEGUNDO 


de  ellos  con  la  mayor  prontitud  y  destreza.  En  su  mora- 
da no  reinaba  tanto  el  silencio  propio  de  una  casa  epis- 
copal, como  el  bullicio  y  animación  de  la  más  concurri- 
da oficina;  y  era  que  reuniendo  en  su  persona  las  dos 
potestades  espiritual  y  temporal,   los  negocios  y  expe- 
dientes afluían  sin  cesar  á  todas  horas.  Un  episodio  que 
nos  refiere  la    Coynpostelana   (cap.  Lili  del  lib.  II),  nos 
hace  ver  el  frecuente  concurso  y  movimiento  que  de  or- 
dinario había  en  la  morada  de  D.  Diego.   Hallábase 
nuestro  Obispo  en  cierta  acasión  administrando  justicia 
en  una  gran  sala  de  su  palacio  de  Iria.  La  pieza  estaba 
materialmente  atestada  de  gente;  pues  no  sólo  se  halla- 
ban allí  las  partes  interesadas,  sino  también  muchos  cu- 
riosos que  deseaban,  unos  conocer  el  resultado  final  de 
las  causas  pendientes,  otros  enterarse  de  los  autos  y  fa- 
llos para  saber  á  que  atenerse  en  casos  análogos.  En  el 
momento  en  que  D.  Diego  estaba  reprendiendo  y  amo- 
nestando á  un  poderoso  caballero  reo  de  unión  iHcita  ó 
incestuosa,  se  hunde  de  repente  el  piso,  arrastrando  con- 
sigo las  paredes  y  á  todos  cuantos  sobre  él  se  hallaban. 
Sólo  quedó  en  su  sitio  la  parte  en  que  se  hallaba  el  es- 
trado del  Obispo.  El  caballero,  que  no  sin  graves  contu- 
siones salió  de  entre  las  ruinas,  no  desperdició  el  aviso, 
reconoció  su  pecado  y  pidió  contrito  la  absolución  do  las 
censuras  contra  él  fulminadas. 

Por  todo  esto  tenía  Gelmírez  que  ostentar  cierto 
fausto  y  boato  propios  de  un  gran  señor.  Era  costumbre, 
según  la  Compostelana,  que  al  lado  del  Prelado  de  Santia- 
go, y  en  su  escaño,  sólo  podía  sentarse  un  Obispo, 
un  Rey   ú   otra   persona  de  gran   categoría   (1).  Mu- 


(1)    Ex  coDBuetudine  ec^uidem  habetur  Episcopum  Sti.  Jacobi  prae  nimia 


LOS  TUEs  p:aiMEiios  SIGLOS  De  la  i.  compóstelana     313 

chas  eran  las  personas  que  tenía  empleadas  para  servi- 
cio de  su  persona  y  de  su  casa,  como  el  capellán,  el 
médico,  el  mayordomo,  el  repostero,  el  escanciador,  el 
caballerizo,  etc..  Del  séquito,  que  solía  acompañarle  en 
sus  viajes,  puede  formarse  idea  por  el  que  describe  la 
Coywpostelana  al  hablar  de  su  viaje  á  Auvernia,  en  el  año 
1118  (1).  De  él  recibían  sueldo  muchos  caballeros  y  se- 
ñores que  no  se  desdeñaban  de  estar  á  sus  órdenes;  tales 
eran  el  audaz  y  versátil  Arias  Pérez,  Pedro  Gudésteiz, 
Juan  Díaz  y  Pelayo  Gudésteiz.  Otros  tenían  en  présta- 
mo ó  encomienda,  tierras  de  la  Iglesia  de  Santiago,  y 
estaban,  por  lo  tanto,  á  guardarle  fidelidad. 

Como  era  consiguiente,  su  ciudad  episcopal  era  uno 
de  los  objetos  de  su  preferente  atención.  Además  de  re- 
parar el  antiguo  acueducto,  procuró  promover  la  cons- 
trucción de  nuevos  edificios  y  hacer  guardar  las  orde- 
nanzas que  la  policía  exige  en  toda  ciudad  culta.  Por 
este  tiempo  se  edificó  la  Rúa  nueva,  ó  sea  la  Calk  nueva 
ó  el  Viciis  novus,  como  se  decía  en  las  escrituras  de  la 
época.  Así  nos  lo  manifiesta  el  Arcediano  Arias  Núñez; 
el  cual,  en  la  escritura  de  venta  de  un  solar  en  dicha 
calle  al  Arzobispo  D.  Pedro  Elias,  confiesa  que  él,  como 
otros  Clérigos  y  legos,  había  recibido  de  D.  Diego  Gel- 
mírezel  tal  solar  para  edificar  en  él  casa  de  morada  (2). 


honoris  excellentia,  niai  alius  intersit  Episcopus,  aut  Rex,  aut  alia  excellens 
persona,  solum  in  sedili  suo  sedere.  (Lib.  II,  cap.  Lili,  pág.  3G2). 

(1)  Lib.  II,  cap.  VIH. 

(2)  Quod  terrenum  donnus  Didacus  Archiepiscopus  dedit  mihi  per 
cartulam  ad  domum  ibi  construendam,  sicut  alus  clericis  et  laicis  dabat  in 
presura.  (Tumbo  C,  fol.  181). 

La  fecha  de  la  escritura  del  Arcediano  Arias,  es  de  13  de  Junio  de  1145. 
En  ella  se  dá  como  existente  la  ioflesia  de  Santa  Salomé,  la  cual  debe  datar 
del.  tiempo  de  Gelmírez. 


814  LIBUO  SÉaUKDO 


Más  adelante  veremos  algunos  de  los  Decretos  que  pro- 
mulgó para  el  buen  gobierno  de  la  ciudad. 

Y  todo  esto  lo  hacía  Grelmírez  en  una  época  en  que 
se  había  iniciado  un  gran  movimiento  intelectual;  en 
una  ciudad  poseída  de  febril  agitación,  llena  de  inquie- 
tud, como  lo  está  todo  aquel  que  aspira  con  ansia  á  un 
gran  bien  que  cree  pertenecerle,  ó  que  teme  per- 
der lo  que  ha  conquistado  á  costa  de  inauditos  esfuer- 
zos. Por  lo  mismo,  nuestro  Obispo  se  vio  precisado  á 
acallar  muchas  ambiciones  que  bullían  incesantemente 
en  torno  suyo.  Mas  tratándose  de  pasiones  populares,  los 
remedios  que  á  veces  se  toman  para  aquietarlas,  suelen 
convertirse  al  poco  tiempo  en  estímulos  que  las  aguijo- 
nean y  encienden;  y  no  es  fácil  prever  hasta  dónde  po- 
drá llegar  la  potencia  expansiva  de  tales  fuerzas  socia- 
les con  esta  alternativa  de  estímulos  y  contemplaciones. 
No  calculó  Gelmírez  en  todo  su  alcance  las  consecuen- 
cias de  tal  proceder;  y  no  tardó  en  pagar  bien  caro  este 
error. 

No  precisamente  para  exaltar  su  memoria,  alguno 
ha  dicho  que  Gelmírez  había  sido  la  personificación  del 
galicanismo  en  nuestra  Península.  Es  de  extrañar  que 
habiendo  entonces  sobresalido  tantos  franceses  en  nues- 
tra patria  y  en  muy  diversos  estados  y  profesiones, 
como  D.  Bernardo  de  Toledo,  San  Oiraldo  de  Braga, 
San  Pedro  de  Osma,  D.  Bernardo  de  Sigüenza,  D.  lla- 
món. Conde  de  Oalicia,  D.  Enrique  de  Portugal,  etc , 

á  ninguno  liubiese  cabido  la  honra  de  personificar  el 
galicanismo,  que  tuvieron  que  ceder  toda  entera  á  Don 
Diego  Gelmírez. 

Lo  que  de  aquí  debe  inferirse,  os  que  D.  Diego  fué 
un  hombre  verdaderamente  extraordinario,  y  que  algu- 


LOS  tbes  primebos  siglos  de  La  i.  coupostelana        ;ii5 

nos,  que  no  comprendieron  su  mérito,  ó  á  quienes  pesaba 

su  gloria,  como  Masdeu,  La  Fuente,  Herculano,    etc , 

trataron  de  empañársela,  tachándolo  de  rjalicano. 


>^r.-JV^^t;^. 


i 


i 


líirmiíníi  íTíTumiii  n  I  fíiiRní 


CAPÍTULO  XIII 


Fallecimiento  de  D.  Alfonso  VI. — El  Conde  de  Traba 
hace  proclamar  Rey  de  Cialicia  á  D.  Alfonso  Vil. 


primero  de  Ju- 
lio de  1109  fa- 
lleció en  Tole- 
do el  Rey  Don 
Alfonso   VI. 
Aquel    brazo 
que  había  es- 
tado siempre 
erguido   en  defensa  de  la  Eeligión  y  de  la  pa- 
tria,  y  aquel  esforzado  corazón,  más  grande 
aún  en  los  reveses  que  en  las  victorias,  siguió  el 
camino  de  toda  carne,  dejando  huérfana  á  la 
nación  y  expuesta   á  los  más  rudos   embates. 
El  Cetro  de  León  y  de  Castilla  venía  á  parar 
á  manos  de  su  hija  D.^  Urraca,  joven  Princesa 
que   contaba    entonces   unos  treinta  años  de 


318  LIBEO  SEGÜKBO 


edad,  y  que  abandonada  á  sí  propia,  mal  podía  resistir 
á  los  halagos,  á  las  seducciones,  á  las  deslumbradoras 
apariencias  que  por  todas  partes  la  rodeaban.  En  sus  úl- 
timos momentos  llamó  D.  Alfonso  á  su  alrededor  á  todos 
los  principales  caballeros  del  reino  que  con  motivo  de  la 
expedición  anual  contra  los  Moros  se  hallaban  á  la  sa- 
zón reunidos  en  Toledo.  Les  declaró  que  su  última  vo- 
luntad era  que  su  hija  D.^  Urraca  fuese  su  heredera  y 
sucesora  en  el  Trono  (1);  y  que,  muerta  ella  sin  con- 
traer nuevas  nupcias,  pasase  el  Cetro  de  León  y  de  Cas- 
tilla á  manos  del  Infante  D.  Alfonso  Raimúndez,  no  in- 
novando nada  en  lo  que  había  dispuesto  respecto  del 
reino  de  Galicia,  al  tiempo  de  la  muerte  del  Conde  Don 
llamón. 

Fué,  pues,  proclamada  y  jurada  la  Infanta  D.^  Urra- 
ca; pero  al  poco  tiempo  algunos  ambiciosos  y  enredado- 
res, suscitaron  la  cuestión  de  sí  sería  conveniente  que  la 
nueva  reina  pasase  á  segundas  nupcias.  Parece  que  ya 
entonces  D.^  Urraca  mostraba,  alguna  inclinación  y  sim- 
patía hacia  el  Conde  de  Candespina,  D.  Gómez  Gonzá- 
lez; de  lo  cual,  envidiosos  acaso  algunos  Magnates,  pro- 
pusieron, como  partido  más  aceptable  y  ventajoso,  el 
matrimonio  con  el  Rey  D.  Alfonso  I  de  Aragón.  Resis- 
tióse en  un  principio  la  Reina;  y  en  tal  sentido  la  apoya- 
ba el  Arzobispo  de  Toledo,  D.  Bernardo,  fundado  princi- 
palmente en  el  impedimento  de  consanguinidad  que 
mediaba  entre  los  dos  Príncipes  (2).  A  pesar  del  impedi- 


(1)  D.  Alfonso  tenía  otras  dos  hijas  legítimas,    habidas  en  su   cuarta 
esposa  D.*  Isabel. 

(2)  Ambos  eran  biznietos  del  Rey  de  Navarra  D.  Sancho  el  Mayor,  y, 
por  consiguiente,  primos  on  segundo  grado. 


LOS  TRES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELA.NA         319 

mentó,  y  á  pesar  de  la  repugnancia  de  D.^  Urraca,  ven- 
ció, al  fin,  el  partido  contrario,  capitaneado  por  el  famo- 
so Conde  D.  Pedro  Ansúrez,  ayo  que  había  sido  de  la  Rei- 
na. Celebráronse  las  bodas  en  el  mes  de  Septiembre  del 
mismo  año  de  1109  (1),  en  el  castillo  de  Muñón;  pues  cas- 
tillo, y  no  iglesia,  era  lugar  más  á  propósito  para  llevar 
á  cabo  un  acto  en  que  debieron  tener  no  pequeña  parte 
la  seducción  y  la  violencia  (2).  Lo  cierto  es  que  D.  Al- 
fonso en  los  Diplomas  expedidos  por  aquellos  tiempos,  se 
intitulaba  Rey  de  Aragón,  de  Castilla,  de  León  y  de  To- 
ledo, y  esposo  de  D.^  Urraca  (3).  Y  que  por  el  pronto,  no 
ya  de  palabra,  sino  de  hecho,  se  rindió  D.^  Urraca  á  los 
halagos  del  Rey  de  Aragón  y  á  los  manejos  de  los  que 
habían  tratado  la  boda,  nos  lo  acredita  el  verla  gue" 
rreando  con  los  Moros  de  Zaragoza  en  compañía  de  su 
presunto  marido,  triunfando  en  Valtierra  y  concediendo 
al  Monasterio  de  Montearagón,  en  la  provincia  de  Hues- 
ca, el  Diploma  citado  de  24  de  Marzo  de  1110. 

Mas  la  unión  ilícita  de  D.^  Urraca  y  D.  Alfonso, 
abrió  para  nuestra  patria  una  nueva  era  de  tales  dis- 
turbios y  complicaciones,   que  para   que  podamos  apre- 


(1)  Según  el  Anónimo  de  Sahagíni  (publicado  entre  los  Apéndices  de  la 
Historia  del  Real  Monasterio  de  Sahagún,  por  Escalona;  Madrid,  1782;  pági- 
na 304),  celebróse  la  ceremonia  del  casamiento  en  tiempo  de  las  vendimias. 

(2)  I  venidos  los  Nobles  y  Condes  al  Castillo  que  dicen  de  Muñón, 
alli  casaron  e  ayuntaron  a  la  dicha  D.*  Urraca  con  el  Rey  de  Aragón,  f Anó- 
nimo de  Sahagnn,  loe.  cit.) 

(3)  En  un  Diploma,  que  cita  el  P.  Flórez  (Memorias  de  las  Regnas 
Católicas,  tom.  I,  pág.  263),  lechado  el  24  de  Marzo  de  1110,  D.*  Urraca  lla- 
ma á  su  supuesto  marido,  Emperador  de  León,  Rey  de  toda  España  y  esposo 
suyo.  {Alfonsus,  gratia  Dci,  imjicrator  de  Lcone,  et  Bex  totius  Hifpaniac 
maritus  mcusj. 


320  LIBBO  SEGUNDO 


ciarlos  debidamente  ,  bueno  será  traer  á  la  memoria 
y  consignar  ciertos  antecedentes  de  hechos  y  de  per- 
sonas. 

Como  hemos  dicho  en  el  capitulo  XI,  página  297, 
cuando  el  Conde  de  Galicia,  D.  Ramón,  estaba  próximo 
para  morir  en  Grajal,  el  Conde  de  Traba  condújole  des- 
de Galicia,  á  su  presencia,  á  su  amado  hijo  el  Infante 
D.  Alfonso.  Celebrábase  por  entonces  un  Concilio  en 
León  para  discretar  los  limites  de  las  Diócesis  de  Burgos 
y  Osma,  y  tratar  de  otros  asuntos  eclesiásticos;  y  el  Rey 
D.  Alfonso  VI,  muerto  en  Grajal  su  yerno  D.  Ramón, 
acompañado  del  Arzobispo  de  Viena,  Guido,  quiso  pre- 
sentar ante  el  Concilio  á  su  nieto  D.  Alfonso;  y  alli, 
para  hacer  más  público  cuál  era  su  pensamiento  acerca 
de  la  suerte  del  tierno  Infante,  se  expresó  en  esta  for- 
ma: «Como  sabéis,  el  padre  de  este  niño  ha  tenido  el 
régimen  y  gobierno  de  toda  Galicia.  Ahora  mi  voluntad 
es  no  hacer  en  esto  innovación  alguna.  Quiero,  por  lo 
tanto,  que  todos  y  cada  uno  de  vosotros  — y  al  decir  es- 
tas palabras  se  dirigía  al  Conde  de  Traba  y  á  todos  los 
demás  Nobles  gallegos  que  habían  acompañado  al  Prín- 
cipe—  continuéis  disfrutando  en  servicio  de  mi  nieto  los 
puestos  y  cargos  que  poseéis.  Toda  Galicia,  desde  ahora, 
le  cedo,  si  su  madre  Urraca  contrae  nuevo  matrimonio; 
ni  por  razón  del  Señorío  de  Galicia,  le  exigiré  servicio, 
ni  obsequio  alguno.  Y  para  que  acerca  de  esta  cesión  no 
pueda  caber  duda  alguna,  es  mi  voluntad  que  aquí,  en 
presencia  del  Arzobispo  de  Viena  y  en  manos  del  discre- 
to varón  D.  Diego  II,  Obispo  de  Compostola,  prestéis 
todos  juramento  de  recibir  como  Señor  á  este  niño  que 
tenéis  á  la  vista,  y  de  defenderle  como  á  tal  con  todas 
vuestras  fuerzas,  aún  contra  mí  mismo,  si  yo,  por  ven- 


LOS   TBES  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         321 

tura,  atentare  algún  día  contra  la  dignidad  que   acabo 
de  conferirle»  (1), 

Los  Nobles  gallegos,  que  estaban  allí  presentes,  pres- 
taron de  buen  grado  el  juramento  que  se  les  pedía, 
como  que  tan  honorífico  y  beneficioso  era  para  ellos,  no 
menos  que  para  su  país.  El  Conde  de  Traba,  á  cuyo  celo 
y  lealtad  se  hallaba  especialmente  encomendado  el  tier- 
no Infante,  hizo  también  juramento  especial  de  fide- 
lidad (2). 

Rendido  este  tributo  de  consideración  á  la  memoria 
del  Conde  de  (ialicia,  D.  Diego  Gelmírez  trajo,  como 
hemos  dicho,  su  cadáver  á  Santiago  para  darle  sepultu- 
ra, cual  convenía  á  tal  personaje  (3).  El  Príncipe  D.  Al- 
fonso, que  á  la  sazón  apenas  contaba  tres  años,  vino  con 
el  Conde  de  Traba,  que  lo  llevó  á  su  casa  y  lo  trató,  no 
sólo  con  las  consideraciones  de  Príncipe,  sino  con  las  de 
hijo,  y  de  hijo  muy  amado.  Si  su  madre  D.''^  Urraca 
nunca  quiso  mostrársele  demasiado  cariñosa,  la  Condesa 
de  Traba,  D.'^  Mayor  Guntroda  Rodríguez,  hizo  por  su 


(1)  Hist.  Composí.,  lib.  I,  cap.  XLVI,  pág.  95.— El  Príncipe  D.  Allbuso 
en  la  Carta  que  diez  años  después  escribip  á  D.  Diego  Gelmírez  (Historia 
Conipostelana,  lib.  I,  cap.  CVIII,  pág.  209),  añade  que  su  abuelo  en  esta 
ocasión  había  declarado,  que  en  caso  de  que  D.**^  Urraca  permaneciera  viu- 
da, retuviese  el  reino  de  Galicia  pero  con  intervención  del  Arzobispo  de 
Viena  y  del  Prelado  de  Santiago,  que  eran  como  sus  tutores. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXIV,  pág.  UG. 

(3)  D.  Diego  dejó  en  León  á  dos  Canónigos  para  que  en  unión  con  los 
Obispos  D.  Pedro  de  León  y  D.  Pelayo  de  Astorga,  prosiguiesen  la  inves- 
tigación de  los  confines  de  las  Diócesis  de  Burgos  y  de  Osma. 

En  este  mismo  Concilio  legionense  se  trató  de  la  cuestión  que  el  Prelado 
de  Santiago  tenía  con  el  de  Mondoñedo,  so])rc  los  cuatro  Arciprestazgos  de 
Uesoucos,  Trasaucos,  Labaceugos  y  Arros. 
Tomo  Ill.-;ál. 


S22  LIBBO   SEGUNDO 


parte  cuanto  pudo  para  que  no  experimentase  la  falta 
de  las  ternuras  y  caricias  maternales. 

Grande  fué  el  prestigio  que  de  este  modo  cobró  el 
Conde  de  Traba  entre  todos  los  Nobles  gallegos;  pero  no 
fué  menor  la  responsabilidad  que  contrajo  ante  la  His- 
toria y  la  sociedad  de  su  tiempo.  La  verdad  es  que  Don 
Pedro  siempre  se  mostró  digno  de  la  confianza  en  él  de- 
positada, y  siempre  se  mantuvo  á  la  altura  de  los  graví- 
simos acontecimientos  que  estaban  para  desarrollarse, 
no  sólo  en  nuestra  región,  sino  en  todos  los  Estados  cris- 
tianos de  la  Península. 

Era  D.  Pedro,  á  lo  que  parece,  descendiente  del  cé- 
lebre Conde  D.  Menendo,  ayo  del  Rey  D.  Alfonso  V,  é 
hijo  primogénito  de  los  Condes  D.  Froilán  Bermúdez  y 
D.^  Elvira  de  Faro,  de  los  cuales  fueron  también  hijos 
D.  Gonzalo,  Obispo  de  Mondoñedo,  D.  Rodrigo,  D.^  Vis- 
clavara,  D.^  Manina  y  D.'^  Ermesinda  (1).  Quizás  por 
razones  políticas,  el  Rey  D.  Alfonso  VT  crió  y  educó  en 
su  casa  al  hijo  mayor  de  D.  Froilán  (2);  el  cual,  así  que 


(1)  Su  padre  D.  Froilán  Bermúdez,  falleció  en  la  villa  de  Cospeito,  á 
orillas  del  Miño,  el  27  de  Marzo  de  1091.  Fué  sepultado  en  San  Martín  de 
Jubia,  como  consta  de  una  nota  del  Cartulario  de  este  Monasterio,  que  dice 
así:  Obiit  famulus  Dei  Froüanus  prolix  Veremudiz  Era  MGXXVIIII,  quot 
fuit  VI.^  /"(eria)  hora  I  hinc  in  villa  Conspecfu  in  ripa  Minei  III  Kals.  Mar- 
til,  et  adductus  est  in  locum  Sancti  Martini  per  manus  Gundisalhus  episcopus 
et  aliorum  episcoporum  et  Dumninus  abba  cum  filiis  suis  dommis  Petrus  et 
domnus  Rudericus  et  alii  multi  bene  nati,  et  sepultus  in  eodem  loco  die  domini- 
ca hora  1 11  ante  porta  deecclesia  scae.  Mariae.  in  túmulo  quod  est  in  dextra 
parte  et  alium  de  sinistra  pars,  ubi  cum  Deo  et  Sanctis  ejus  per  secuto  re- 
quiescat  in  pace.  Amen.  (Saralegui  y  Medina,  San  Martín  de  Jubia;  3.*  edi- 
ción; página  30). 

(2)  Hablando  con  él  la  Reina  D.'^  Urraca  en  un  Privilegio  que  le  otor- 
gó eu  el  año  1112  (véanse  Apéndices,  niim.  XXVIII),  le  dice;  ideo  quod  pa- 
ter  meus  rex  dominus  Alfonsas  voa  criavit  ct  nidriavU, 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         323 

llegó  á  la  edad  nubil,  contrajo  matrimonio  con  una  aris- 
tocrática dama,  D.^  Urraca  Fróilaz,  descendiente  tam- 
bién del  ayo  de  Alfonso  V,  y  prima  carnal,  si  no  esta- 
mos equivocados,  del  venerable  Obispo  compostelano 
D.  Gudesteo.  La  legítima  de  D.  Pedro  se  agrandó  consi- 
derablemente con  la  de  D.^  Urraca,  y  de  tal  manera,  que 
sus  dominios  se  extendían  desde  las  fuentes  del  Tambre 
hasta  el  Océano,  y  desde  el  puerto  de  Noya  hasta  Puen- 
tedeume.  Fi-uto  do  esta  unión,  fueron  D.  Froilán,  que 
murió  prematuramente,  D.  Bermudo,  D.  Fernando,  Do- 
ña Lupa  y  T>.^  Jimena. 

Poco  tiempo  disfrutó  D.  Pedro  de  la  compañía  de  su 
esposa,  pues  hacia  el  año  1102  ya  se  hallaba  viudo.  Sin 
duda,  por  respeto  á  su  memoria,  se  apresuró  á  dar  fin  á 
la  restauración  del  Monasterio  de  San  Juan  de  Sabar- 
des,  que  ya  había  dejado  en  buen  estado  su  suegro  Don 
Froilán.  Hallábase  este  Monasterio  á  la  entrada  de  la 
ría  de  Noya,  en  la  margen  derecha;  y  en  un  principio, 
allá  en  remotos  tiempos,  no  había  sido  más  que  un  peque- 
ño oratorio  dedicado  á  San  Juan  Evangelista.  La  Con- 
desa D.^  Aunsco  ó  Aurisco,  Señora  de  aquella  comarca, 
reparó  sus  ruinas,  y  lo  dejó  con  los  demás  bienes  á  sus 
herederos  y  sucesores.  Uno  de  éstos,  Arias  Verano,  vien- 
do la  e>strechez  del  lugar,  reedificó  y  amplió  el  venerable 
monumento,  y  dotó  la  nueva  iglesia  de  un  regular  pa- 
trimonio en  fincas  y  rentas.  Proveyóla,  además,  de  todos 
los  enseres  necesarios  al  culto,  entre  otras  cosas,  de  dos 
cruces  de  plata  dorada,  dos  cálices,  uno  de  plata  y  otro 
de  oro,  de  una  caja  de  plata,  de  un  vaso  ó  tugara,  de 
una  estola  argéntea  con  seis  brazos,  paños,  libros,  orna- 
mentos, velos,  etc....  Cuando  la  iglesia  vino  á  poder  del 
Conde  D.  Froilán,  ya  so   linllaba  medio  arruinada;  y 


B2-Í  LIBBO  SEGUNDO 


queriendo  el  piadoso  Magnate  evitar  su  destrucción,  la 
reedificó  con  mayor  magnificencia,  aumentó  su  hacien- 
da y  puso  en  ella  Monjes  bajo  la  dirección  del  Abad 
Austrario.  La  muerte  le  atajó,  sin  embargo,  antes  que 
pudiese  ver  consumada  la  obra;  pero  su  yerno,  el  Conde 
J),  Pedro,  realizó  cumplidamente  sus  propósitos,  y  cuan- 
do estuvo  todo  dispuesto,  invitó  al  Obispo  de  Santiago 
para  que  fuese  á  consagrar  la  nueva  iglesia.  Verificóse 
la  augusta  ceremonia,  con  gran  concurso  de  Clérigos  y 
caballeros,  el  13  de  Agosto  del  año  1102  (1). 

Cuando  falleció  D.^  Urraca,  el  Conde  de  Traba  aún 
se  hallaba  en  edad  florida;  por  lo  que  pasó  á  segundas 
nupcias  con  D.^  Mayor  Guntroda  Rodríguez,  hija  de  los 
Condes  D.  Rodrigo  y  D.^  Teresa.  Por  este  tiempo  per- 
dió á  su  hijo  D.  Froilán  que,  al  parecer,  era  el  primo- 
génito. D.  Pedro  quiso  tributar  á  la  memoria  del  hijo 
un  recuerdo  parecido  al  que  había  rendido  á  la  memo- 
ria de  la  madre.  Había  á  la  falda  meridional  de  la  sie- 
rra de  Nariga,  en  tierra  de  Bergantines,  un  Monasterio 
de  Canónigos  Reglares  de  San  Agustín,  conocido  con  el 
nombre  de  Santo  Tomás  de  Nemeño.  Tanto  los  ascen- 
dientes de  D.  Pedro,  como  los  de  su  esposa  D.^  Urraca, 
habían  adquirido  derecho  sobre  la  propiedad  de  dicho 
Monasterio;  y  á  la  muerte  de  la  Condesa  se  había  adju- 
dicado á  su  hijo  D.  Froilán  la  parte  que  á  ella  le  corres- 
pondía. Cuando  falleció  D.  Froilán,  D.  Pedro  heredó 
la  parte  de  su  hijo.  Con  esta  cuarta  parte,  con  otra  que 
había  adquirido  por  permuta  de  su  hermana  ü.''  Viscla- 
vara,  y  otra  que  comprara  á  Guntroda  Núñez,  llegó  á 


(1)     Documentos   procedentes  de  San  Martín  Pinario,  CJi  la    BibliotcccV 
de  la  Cniveryidad  Lilcrariade  Santiago. 


LOS  TBKS  PBníEEOS  SIGLOS  DK  LA  I.    COMPOSTELANA        325 

liacerse  dueño  in  solídum  del  Monasterio,  ó  más  bien,   de 
]a  granja  en  que  el  Monasterio  estaba  enclavado. 

El  mejor  uso  que  D.  Pedro  juzgó  debía  hacer  de 
aquellos  bienes,  fué  el  cederlos  en  beneficio  de  los  Canó- 
nigos Reglares  de  Nemeño  y  en  sufragio  por  las  almas 
de  su  esposa  D.*  Urraca  y  de  su  hijo  D.  Froilán,  como  de- 
clara en  el  Diploma  otorgado  en  ü  de  Mayo  de  1105  (1). 
Señala  el  Conde,  en  la  Escritura,  los  confines  de  toda 
aquella  heredad,  y  manifiesta  que  no  quiere  conservar 
en  olla  más  que  el  derecho  de  protección  y  amparo; 
derecho  que  ha  de  trasmitirse  exclusivamente  á  aquel 
de  sus  descendientes  que  mejor  se  condujere  con  el  Con- 
vento. No  satisfecho  con  esto,  ofreció  ante  el  Altar  de 
Santo  Tomás  una  cruz  de  plata,  una  ara,  dos  cálices, 
una  caja,  una  offertoría  ó  bandeja,  una  corona,  todo  de 
la  misma  materia;  un  candelabro,  un  incensario  y  dos 
ciriales  de  bronce;  dos  campanas,  una  jofaina  y  una 
jarra;  ornamentos  de  altar,  un  frontal  y  una  citara,  la- 
brados al  estilo  griego;  dos  capas,  una  gricisca  y  otra 
leceril,  dos  túnicas,  una  gricisca  y  otra  leceril,  tres  pares 
de  albas  sacerdotales,  con  preciosas  estolas  y  manípulos 
para  Diácono  y  Subdiácono  y  dos  acólitos,  dos  pares 
de  fárgenes;  libros,  un  antifonario,  un  oficiarlo,  un  misal, 
una  biblia,  un  cómico^  un  ordinum,  un  salterio,  todos  ópti- 
mos y  completos;  ropas  de  cama,  ganados,  siervos  para 
la  cocina,  para  la  panadería,  para  cultivar  la  granja 
etcétera...  Subscriben  los  Obispos  de  Mondoñedo  y  de 
Santiago,  Pedro  Arias,  Abad  de  Antealtares;  Leovigil- 
do,  Abad  de  San  Martín;  Hodorio,  Abad  de  Moraime,  y 
al  fin,  el  que  redactó  el  Documento,  á  saber,  Rocamun- 


(1)     Véanse  Apéndices,  niim.  XVIII. 


)i26  LIBRO  SEGUNDO 


do,  Abad  del  Monasterio  de  Magna  Salagia,  que,  á   nues- 
tro juicio,  debe  ser  el  de  Santiago  de  Mens  (1). 

Hasta  dónde  llegaba  la  liberalidad  de  D.  Pedro,  lo 
experimentaron  otras  muchas  iglesias  y  monasterios  (2); 
aquí  sólo  nos  detendremos  algún  tanto  en  exponer,  en 
vista  de  los  documentos  qiie  ofrece  la  Compostelana,  una 
grave  cuestión  que  tuvo  con  D.  Munio  ó  Ñuño,  Abad 
de  Cinis.  Era  este  Monasterio  de  los  llamados  dúplices; 
pero  parece  que  el  Abad  Ñuño,  en  conformidad  con  lo 
que  había  aconsejado  el  Papa  Pascual  II  escribiendo  á 
D.  Diego  Gelmírez,  expulsó  de  la  casa  á  la  Comunidad 
de  mujeres.  Este  convento  era  de  los  familiares  (S),  y 
pertenecía  á  la  familia  del  Conde  D.  Pedro;  el  cual, 
como  no  era  tardo  en  montar  en  cólera,  expulsó  á  su 


(1)  La  subscripción  de  Gelmírez  está  concebida  en  estos  términos:  Di- 
dacvs  Dei  grada  secundus  episcopus  apostolice  Seáis  Jiod  testamentum  meo 
robore  confirmat  anno  sui  pontificatus  lili.  Hay  un  signo  rodado,  y  en  él 
inscripta  una  cruz  con  el  siguiente  lema:  Verbo  Domini  firmati  siint  celi. 

(2)  Muchas  veces  se  hace  mención  de  D.  Pedro  en  el  Tumbo  de  San 
Juan  de  Caaveiro.  Aquí  sólo  citaremos  la  donación  que  hizo  á  este  Convento 
y  al  Obispo  D.  Pedro  Amíguiz,  que  lo  gobernaba,  hacia  el  año  1114,  el  día 
de  San  Juan  Bautista.  Donó  su  tierra  de  Casdovira  en  la  feligresía  de  San 
Martín  de  Porto,  con  los  hombres  que  la  cultivaban. 

Para  con  el  Monasterio  de  San  Martín  de  Jubia  ,  había  heredado 
D.  Pedro  de  su  padre  D.  Froilán  el  amor  y  la  devoción.  Donóle  las  hereda- 
des de  Junqueras  y  Trasancos.  En  el  año  1121  con  consentimiento  de  sus 
hermanos  y  del  Abad  D.  Ñuño,  lo  sujetó  á  la  célebre  Congregación  Clunia- 
cense  de  Francia.  En  1125  donó  además  las  iglesias  de  Santa  María  de  Sada, 
San  Pedro  de  Pervigil  (Perlío?),  San  Pedro  de  Gradal,  Santiago  de  Franza, 
Santiago  de  Valel^re,  Santiago  del  Abad  y  San  Pelayo  de  Ferreira.  (Véase 
Argáiz,  La  Soledad  Laureada;  Alcalá  1(375;  tom.  III,  pág.  47G). 

(3)  Véase  tom.  IT,  cap.  XIII,  pág.  265. — Apéndices,  núm.  XCIX, 


LOS   TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA        327 


vez  del  Monasterio  al  celoso  Abad  (1).  D.  Diego  Gelmí- 
rez,  con  ocasión  de  enviar  sus  Legados  á  Roma  por  otros 
asuntos,  expuso  el  caso  al  Papa  Pascual  II.  Al  punto 
concreto  referente  al  Abad  de  Cinis,  contestó  el  Papa 
ordenando  al  Prelado  de  Santiago  que  procurase  la  res- 
titución de  D.  Ñuño  á  su  Monasterio.  Por  lo  que  toca  á 
la  Comunidad  de  Religiosas,  dispuso  Pascual  II  que  se 
le  señalase  residencia  en  lugar  conveniente,  y  que  el 
Abad  de  Cinis  quedase  obligado  á  suministrarle  lo  nece- 
sario para  el  sustento  y  vestido  (2).  Estas  Letras  ponti- 
ficias, expedidas,  según  es  dado  conjeturar,  en  1/'  de 
Mayo  de  1108,  fueron  llevadas  á  debida  ejecución  por 
D.  Diego  Gelmirez;  y  en  su  virtud,  D.  Ñuño  fué  restituí - 
do  á  su  Monasterio.  No  se  conformó  D.  Pedro:  apeló  se- 
gunda vez  á  la  fuerza,  y  obligó  al  Abad  á  abandonar  el 
convento. 

Llegó  la  noticia  á  Roma  de  este  nuevo  despojo;  y 
Pascual  II  escribió  en  tono  un  tanto  severo  al  Arzobis- 
po D.  Bernardo  y  á  los  Obispos  de  Santiago,  Mondoñedo 
y  Lugo,  mandándoles  que,  por  todos  los  medios  posibles, 
obligasen  al  Conde  á  someterse  á  la  sentencia  de  los 
Obispos  y  á  dejar  en  paz  á  D.  Ñuño,  conminándole  con 
las  más  graves  penas  canónicas,  si  antes  de  mediados  de 


(1)  Un  pasaje  de  la  Com,)Ostela)ia,  el  cap.  LXIX  del  lib.  II,  nos  retrata 
vivamente  el  carácter  del  Conde  D.  Pedro.  Hallábase  en  cierta  ocasión  dis- 
putando acaloradamente  á  la  entrada  de  la  capilla  mayor  de  la  Catedral 
oompostelana,  con  el  Conde  D.  Alfonso  Muñiz,  y  en  un  movimiento  de  ira, 
maltrató  de  obra  á  su  contrincante.  Al  punto  reconoció  lo  sacrilego  de  su 
acción;  pidió  á  D.  Die^jfo  Uelmírez  que  le  impusiese  la  condigna  penitencia; 
y  en  desagravio  de  la  injuria  (jue  acababa  de  cometer  ante  el  Altar  de  San- 
tiago, donó  á  su  Iglesia  el  Monasterio  de  San  Tirso  de  Cospindo. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XLIII,  pág.  92, 


328  LIBSO  SEGUNDO 


la  próxima  Cuaresma,  no  tenía  cumplido  y  ejecutado  lo 
que  se  le  prescribía  (1). 

Como  de  Roma  venía  el  rayo  que  le  hería,  D.  Pedro 
juzgó  necesario  acudir  á  Roma  para  amortiguar  el  gol- 
pe. Provisto  de  los  títulos  y  documentos  que  acreditaban 
que  él  era  el  patrono,  sino  dueño,  del  Monasterio,  se 
presentó  ante  el  Papa  Pascual  II;  el  cual,  en  vista  de 
aquellos  testimonios,  escribió  nuevamente  al  Arzobispo 
de  Toledo  y  al  Obispo  de  Santiago,  haciéndoles  saber  lo 
que  había  alegado  D.  Pedro,  y  ordenándoles  que  ya  que 
la  hacienda  del  Monasterio  era  insuficiente  para  sostener 
dos  Comunidades  religiosas,  se  restablezca  y  reforme, 
según  su  antiguo  estado,  el  convento  de  Monjas;  y  que, 
si  esto  no  pudiese  por  ninguna  manera  conseguirse,  que 
se  admita  allí  una  Congregación  de  varones  para  que 
de  aquel  lugar  no  desaparezca  del  todo  el  tenor  de  la 
vida  monástica  (2). 

A  la  gran  influencia  y  representación  que  personal- 
mente tenía  D.  Pedro,  se  unían  las  de  sus  amigos  y  pró- 
ximos parientes.  Su  hermano  D.  Rodrigo  casi  siempre  le 
prestó  poderoso  auxilio  en  todas  sus  empresas.  Sus  do- 
minios se  extendían  desde  Puentedeume  hasta  Santa 
Marta  de  Ortigueira;  y  él  era  el  encargado  de  vigilar  y 
defender  aquellas  costas  contra  las  piraterías  de  los 
Normandos.  En  una  Escritura  del  Tmnho  de  Caaveiro 
del  año  1102,  se  le  dá  el  título  de  Almirante  fAdmir an- 
te). Estuvo  casado  con  D.""  Guncina  González,  de  la  cual 
tuvo  tres  hijos,  D.  Menendo,  D.  Gonzalo  y  D.   Froilán. 

De  su  segundo  matrimonio,  tuvo  D.  Pedro  varios  hi- 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XLIII. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  F,  cap.  XLIII,  págR.  91-92. 


LOS  TÜES   PaiMEHOS   SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELANA        329 

jos,  á  D.  Rodrigo,  D.  García,  D.  Velasco,  D.^  Eva,  Doña 
Toda,  D.^  Urraca,  D.^  Sancha,  D.^  Estefanía,  D.^  Elvira 
y  D.^  Aldara;  los  cuales  todos  emparentaron  con  las 
principales  familias  de  España  (1).  Por  todo  esto,  era 
entonces  D.  Pedro  el  personaje  principal  de  Galicia.  En 
la  Escritura  de  anexión  del  Monasterio  de  Jubia  á  Clu- 
ny,  se  lee:  Regina  chía.  Urraca  et  filio  ejus  Adefonso  tenente 
et  possidente  suo  regno  válente,  suisque  comitihiis,  major  ínter 
eos  comes  dns.  Petrus  Froilaz,..  (2)  En  otra  Escritura,  que 
también  cita  Argáiz,  se  dice  que  D.  Pedro  Fróilaz  impe- 
raba en  toda;  la  tierra  de  Galicia:  Comité  Fetro  Froilaz 
orhem  Gaktie  imperante  (3). 

Tal  era  el  personaje  en  cuyas  manos  se  hallaba,  en 
cierta  manera,  depositada  la  suerte  de  nuestra  nación. 
El  Príncipe  D.  Alfonso,  en  el  año  1105,  á,  poco  de  haber 
sido  dado  á  luz,  ya  fué  confiado  á  su  cuidado  (4).  Un 
fiel  vasallo  llamado  Ordoño,  marido  acaso  de  la  nodriza, 
fué  el  encargado  de  estar  constantemente  al  lado  del 
tierno  Infante.  En  Galicia,  en  los  Estados  de  Traba,  es- 
taba D.  Alfonso  cuando  falleció  su  padre  D.  Ramón;  en 


(1)  De  los  hijos  del  primer  matrimonio,  D.  Femando  casó  con  la  Reina 
D.'*^  Teresa  de  Portuc^al ;  D.  Bermudo  con  la  Infanta  de  Portugal  D.*^  Urra- 
ca Enríquez,  y  D.*^  Lupa,  con  el  Conde  de  Monterro.so,  D.  Munio  Peláez.  De 
los  hijos  del  segundo  matrimonio  D.*  Eva  casó  con  D.  García  Garcés,  Señor 
de  Cabrera  y  Aza,  y  fué  bisabuela  de  Santo  Domingo  de  Guzmán;  D.**  Toda 
con  D.  Gutierre  Osorio;  D.*^  Estefanía  con  D.  Ruy  Fernández  de  Castro; 
D.*  Elvira  con  D.  Fernando  Yáfiez,  y  D.*^  Aldara  con  Arias  Pérez. 

(2)  Argáiz,  La  Soledad  Laureada,  tom.  III,  pág.  476. 

(3)  Antes  de  esta  época  D.  Pedro  se  intitulaba  Conde,  ora  de  Galicia, 
ora  de  Traba,  ora  de  Trastámara,  ora  de  Caamouco,  ora  de  Ferreirif. 

(4)  lisdem  diebus  Aldefonsum,  parvulum  filium  Raimundi  Comitis  et 
Urracae,  comes  Petrus  de  Trava  in  Gallecia  nutriebat.  (D.  Rodrigo,  De 
rebm  Hispaniae^  lib.  VI,  cap.  XXXIV). 


330  LIBBO  SEGUNDO 


Galicia  permanecía  cuando  falleció  su  abuelo  D.  Alfon- 
so VI;  en  Gralicia,  en  casa  de  D.  Pedro,  perseveraba 
cuando  su  madre  D.^  Urraca  se  casó  con  el  Rey  de  Ara- 
gón. Y  henos  aquí  en  el  momento  crítico,  en  el  momen- 
to previsto  por  D.  Alfonso  VI,  en  el  momento  en  que  to- 
dos los  Nobles  gallegos  estaban  obligados,  según  el  jura- 
mento que  habían  prestado  en  León,  á  proclamar  y  á  re- 
conocer por  Rey  al  Infante  D.  Alfonso.  La  empresa,  no 
obstante,  era  ardua,  erizada  de  peligros  y  dificultades; 
mas  D.  Pedro  Fróilaz,  que  en  ocasión  solemne,  cuales 
eran  los  últimos  momentos  del  Conde  D.  Ramón,  había 
jurado  fidelidad,  tuvo  entereza  para  arrostrar  por  todo, 
é  hizo  proclamar  Rey  de  Galicia  á  D.  Alfonso  VII.  Pa- 
saba esto  hacia  Diciembre  del  año  1109  (1). 

Que  esta  proclamación  se  hizo  sin  conocimiento,  y 
aún  contra  la  voluntad  de  D.^  Urraca,  lo  dicen  termi- 
nantemente el  Cronicón  Compostelano ,  D.  Lucas  de  Tuy  y 
el  Arzobispo  D.  Rodrigo.  El  primero,  dice  que  el  Prín- 


(l)  En  la  Compostelana  nada  se  dice  expresamente  de  este  suceso; 
pero  lo  dan  á  entender  bien  claramente  ciertas  frases  empleadas  en  los 
capítulos  XLVII  y  LXIV  del  lib.  I.  En  el  cap.  XLVII,  después  de  mencio- 
nar la  discordia  que  estalló  entre  el  Conde  de  Traba  y  muchos  de  los  Mag- 
nates gallegos,  añade  que  tal  estado  de  cosas  provino  de  no  querer  guardar 
éstos  el  juramento  que  habían  hecho  al  Príncipe.  (Jusjurandum,  quod  Do- 
mino suo  fecerant,  non  attendentes).  Si  D.  Alfonso  permaneciera  como  simple 
particular,  nadie  podía  acusar  á  los  Gallegos  de  faltar  al  juramento  que 
habían  hecho  de  reconocerlo  como  Rey  cuando  llegase  el  caso,  esto  es,  cuan- 
do D.*^  Urraca  contrajese  segundas  nupcias.  En  el  cap.  LXIV  refiere  la 
Compostelana,  por  boca  de  D.^  Urraca,  que  el  Monarca  Aragonés  invadió  á 
Galicia  sólo  con  el  afán  de  exterminar  al  Príncipe  y  á  su  ayo  D.  Pedro.  Si 
D.  Alfonso  hubiera  permanecido  retirado  y  retraído,  como  hasta  entonces  en 
casa  de  su  ayo,  no  tenía  el  Rey  de  Aragón  por  qué  mostrarle  tanto  rencor 
V  tanta  saña. 


LOS  TBES  PHIMEKOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  331 

cipe  D.  Alfonso  llegó  á  reinar  á  pesar  de  la  repugnancia 
de  su  madre  (¿psa  invita)  (1).  D.  Lucas  de  Tuy,  comien- 
za á  hablar  de  este  modo  del  reinado  de  D.  Alfonso  VII: 
En  la  Era  MCXL  VI  (más  bien  Era  MCXLVII,  que  co- 
rresponde al  año  1109,  en  que  murió  D.  Alfonso  VI), 
comenzó  d  reinar  en  Galicia  Alfonso,  hijo  del  Conde  Raimundo 
y  de  la  Reina  Urraca,  En  aqioel  tiempo  hid)o  gran  perturbación 
en  España,  porque  la  Reina  Urraca  quería  gobernar  sin  su 
hijo  Alfonso  los  Estados  de  su  padre  f2j.  Por  su  parte  D.  Ro- 
drigo, asienta  que  D.  Alfonso  fué  elevado  al  Trono  á 
pesar  de  la  resistencia  de  la  madre  (3). 

Mas  en  esta  ocasión,  los  Magnates  gallegos  no  esta- 
ban obligados  á  consultar  el  parecer  de  D.^  Urraca,  sino 
á  cumplir  lo  que  habían  jurado  y  prometido  á  D.  Alfon- 
so VI  en  manos  de  D.  Diego  Gelmírez. 


(1)  Esp.  Sag.,  tom.  XX,  pág.  611. 

(2)  Era  MCXL VI  Adefonsus  filius  coinitis  Raimundi  et  Urracae  Regi- 
nas coepit  in  Gallaetia  regnare.  Eo  tempore  facta  est  perturbatio  magna  in 
Hispani'a,  eo  quod  Regina  Urraca  regere  volebat  regnum  paternum  sine 
filio  Adefonso. 

(3)  Qui  (Adefonsus)  favore  omnium  evocatus  in  regni  solio  colloca- 
tur,  resistente  nihilominus  sibi  matre.  (De  rebus  Hispaniae,  lib.  VII,  ca- 
pítulo III). 


CAPITULO  XIY 


Invasión  de  D.  Alfonso  de  Aragón  en  Galicia. — El  Papa  Pas- 
cual II  declara  nulo  el  matrimonio  celebrado  entre  D.  Al* 
fonso  y  D.^  Urraca. — Prisión  de  D.  Diego  Gelmirez  y  del 
Príncipe  D.  Alfonso  en  Cástrelo  de  Miño.— Coronación  de 
D.  Alfonso  en  Santiago.— Batalla  de  Viadangos. 


lEN  se  deja  adivinar  cuál 
sería  la  impresión  que 
en  el  ánimo  de  D.''  Urra- 
ca, decidida  5'a  á  seguir 
en  todo  la  suerte  de  sa 
esposo,  causaría  la  noticia  de  lo  que  acababa  de  realizarse 
en  Galicia.  Sabedor  D.  Alfonso  de  lo  ocurrido,  sin  perder 
tiempo  se  dispone  á  hundir  y  anonadar  á  todo  el  que  se 


334  LIBRO  SEGUNDO 


atreva  osado  á  impedir  y  frustrar  sus  planes.  Congrega 
una  gran  turba  de  aventureros  de  todas  naciones,  sin 
excluir  moros,  ni  inñeles,  y  seguido  de  D.^  Urraca,  como 
torrente  asolador,  se  precipita  sobre  Galicia,  llevándolo 
todo  á  sangre  y  fuego. 

Afortunadamente  para  el  invasor,  los  Gallegos  á  la 
sazón  hallábanse  bastante  divididos  y  discordes.  Algu- 
nos caballeros  no  se  habían  adherido  de  buoíi  grado  á 
los  planes  del  Conde  de  Traba;  antes  bien,  los  miraron 
con  recelo  y  desconfianza,  y  en  lo  íntimo  de  su  ánimo, 
formaron  la  resolución  de  oponerse  á  todo  trance  á  su 
realización.  Temían  que  de  esta  manera  el  poder  de 
D.  Pedro  Fróilaz  se  hiciese  demasiado  absorbente;  y  so 
pretexto  de  ampararse  y  defenderse  contra  cualesquiera 
enemigos  que  los  inquietasen,  formaron  una  coalición, 
cuyos  jefes  eran  Pedro  Arias,  Señor  de  Deza,  su  hijo 
Arias  Pérez,  Pedro  Gudésteiz,  Juan  Díaz,  Pelayo  Gu- 
désteiz,  Fernando  Sánchez  y  Oduario  Ordóñez  (1).  To- 
dos ellos,  ó  casi  todos,  poseían  préstamos  ó  feudos  de  la 
Iglesia  de  Santiago.  En  Lugo  había  también  otro  núcleo 
de  oposición  no  menos  poderoso.  En  vano  el  Conde  Don 
Pedro  se  esforzaba  por  apartarlos  del  mal  camino  que 
habían  emprendido,  y  por  traei-los  á  la  observancia  del 
juramento  que  habían  prestado.  Con  la  elocuencia  y  fa- 
cundia que  le  eran  propias  (2),  les  expuso  que  sólo  con 


(1)  Tali  etenim  adinventae  gerinanitatis  pactione  counexi  eraut,  ut 
sese  contra  hostiuin  fortitudinem  mutuo  et  indefesso  robore  adjuvarent  et 
omnia  adversa  unanimiter  tolerarent.  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XIjVIT, 
página  97). 

(2)  Nuuc  blandis  sernionibus,  nunc  miuarum  illationibus  oorum  coutu- 
niaciauü  compcscere  tentavit.  (Hiat.  Compost.,  lib  I,  loe.  cit.) 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA         335 


la  unión  y  la  concordia  podían  afrontar  la  grave  situa- 
ción que  se  presentaba,  y  los  peligros  que  amenazaban 
á  Galicia;  que  con  la  conducta  que  se  proponían  seguir, 
no  acarrearían  sino  la  ruina  de  la  patria. 

Mas  cuando  los  ánimos  se  hallan  enconados  y  movi- 
dos por  ciegas  pasiones,  ¿qué  resultados  pueden  dar  los 
medios  de  persuasión?  Los  coligados,  no  sólo  persistieron 
en  sus  designios,  sino  que  en  su  empeño  de  extender  la 
Hermandad  y  darle  mayor  impulso,  solicitaron  de  Don 
Diego  Gelmírez  que  se  adhiriese  á  la  liga.  El  Prelado  de 
Santiago  en  un  principio  anduvo  vacilando;  el  aceptar 
la  proposición  de  los  coligados,  era  lo  mismo  que  mal- 
quistarse el  afecto  del  Conde  de  Traba,  y  aún  tal  vez  el 
del  Príncipe  D.  Alfonso;  el  rechazar  la  proposición,  equi- 
valía á  indisponerse  con  un  buen  número  de  caballeros 
poderosos,  y  más  que  poderosos,  intrigantes,  vengativos, 
y  dispuestos  á  toda  suerte  de  aventuras.  Pero  al  fin,  im- 
portunado por  las  reiteradas  instancias  de  los  conjura- 
dos frmdta  prece  effiafjitatus),  cedió,  y  prestó  su  nombre  á 
la  liga,  aunque  con  el  firme  propósito  de  ayudar  y  favo- 
recer, en  todo  cuanto  le  fuese  posible,  al  Conde  Don 
Pedro  (1). 

Acaso  más  laudable  hubiera  sido  la  actitud  de  D.  Die- 
go Gelmírez,  si  desde  luego  se  hubiera  puesto  resuelta- 
mente al  lado  del  Conde  de  Traba.  Este  dechado  de  leal- 
tad y  consecuencia,  nunca  le  hubiera  abandonado,  ni  en 
la  próspera,  ni  en  la  advei^sa  fortuna.  Cuál  era  la  sinceri- 
dad de  las  promesas  y  juramentos  de  los  que  con  tanto 


(1)  Solatium  tantae  germanitatis  liac  intentione  suscepit,  quatenus 
l>acem  et  stabilitatem  Ecclesiae  couservaret,  et....  modis  ómnibus  <iuibu.s 
iwsset  Coüsuli  (D.  Teclro)  concordare t.  (Hiat.  Compost.f  loe.  cit.) 


33(3  LIBBO    SEGUNDO 


afán  solicitaban  su  cooperación,  bien  pronto  habría  de 
experimentarlo. 

Los  hermandinos  para  ligar  más  y  más  y  comprome- 
ter al  Prelado,  le  hicieron  presente  que  todos  ellos  esta- 
ban dispuestos  á  reconocerlo  como  jefe,  y  á  prestarle  ju- 
ramento y  homenaje  de  fidelidad;  y  que  si  él  se  dignaba 
concurrir  personalmente  á  la  gran  Junta  que  dentro  de 
poco  habría  de  celebrarse  en  Castro  vite,  á  unas  cinco 
leguas  al  Sur  de  Santiago,  recibiría  de  todos  este  solem- 
ne testimonio  de  lealtad  y  adhesión.  Hízose  así,  en  efec- 
to; si  bien  de  juramentos  no  había  necesidad,  porque 
muchos  de  los  hermandinos  ya  habían  prestado  tal  ju- 
ramento al  recibir  los  feudos  ó  préstamos  que  tenían  de 
la  Iglesia  de  Santiago,  ó  los  sueldos  con  que  los  remune- 
raba su  Obispo  (1). 

Tal  era  la  situación  de  Galicia  á  la  entrada  de  Don 
Alfonso  el  Batallador.  El  cual  en  Lugo  halló  favorable 
acogida  y  recibimiento,  no  de  enemigo,  sino  de  Señor. 
El  invasor  siguió  su  camino  robando,  talando  y  abrasan- 
do todo  cuanto  encontraba  á  su  paso,  hasta  llegar  á  las 
inmediaciones  del  castillo  de  Monterroso  (2).  Allí  hubo 
de  detenerse;  encontró  cerrado  el  paso  por  un  buen  gol- 
pe de  soldados  gallegos.  Después  de  sangrienta  batalla, 
D.  Alfonso  asaltó  la  fortaleza,  y  se  apoderó  de  ella  á 
viva  fuerza.  Al  tiempo  que  el  Monarca  aragonés  pene- 
traba en  el  castillo,  un  noble  caballero,  llamado  Pedro, 
que  probablemente  sería  el  Alcaide,  viéndose  por  todas 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XLIX. 

(2)  Es  de  creer  que  el  Conde  de  Traba  mandase  cortar  entonces  el 
puente  de  Puerto  Marín  sobre  ol  Mino,  del  cual,  dice  Ayniorico,  quo  fué 
destruido  por  D.""  Urraca. 


LOS  TBES  PRIAfEHOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  337 

partes  acosado  y  perseguido  de  muerte,  se  acogió  bajo 
el  manto  de  D.^  Urraca;  la  cual,  extendiendo  su  ropa  y 
sus  brazos,  pugnaba  por  librar  de  la  muerte  á  aquel  in- 
feliz, que  así  se  ponía  bajo  su  amparo.  Todo  fué  inútil; 
D.  Alfonso,  ciego  de  ira,  sin  reparar  en  nada,  ni  aún  en 
el  peligro  de  la  Reina,  atravesó  al  caballero  con  un  ve- 
nablo. Horrorizada  D.^'^  Urraca  ante  tan  bárbaro  hecho, 
abandonó  á  su  pretenso  esposo,  }■  se  retiró  despecha- 
da á  León. 

D.  Alfonso,  así  que  hubo  pasado  á  cuchillo  á  todos 
los  defensores  de  Monterroso,  y  allanado  hasta  el  suelo 
los  muros  de  la  fortaleza,  pasó  á  las  tierras  del  Conde 
de  Traba,  que,  como  hemos  indicado,  se  extendían  desde 
el  río  Eume  hasta  el  Tambre.  Aquí  fué  donde  se  cebó  la 
saña  y  el  furor  del  IVIonarca  aragonés;  pues  el  Conde 
D.  Pedro  era  el  principal  blanco  de  sus  iras.  El  incen- 
diar las  casas  y  palacios  de  el  de  Traba,  el  saquear  y 
talar  sus  haciendas,  el  despoblar  sus  villas,  el  robar, 
profanar  y  destruir  las  iglesias  y  monasterios,  fué  lo  de 
menos.  Lo  horrible  fué  lo  que  pasó  en  un  convento  de 
]^Ionjas.  Algunos  de  los  Musulmanes  que  venían  en  la 
hueste  de  D.  Alfonso,  penetraron  en  el  Monasterio;  las 
Monjas  se  refugiaron  en  la  iglesia;  y  allí,  delante  del 
altar,  fueron  brutalmente  violadas.  Cuando  á  D.  Alfon- 
so so  le  dio  cuenta  del  hecho,  contestó  ñemáticamente: 
Xo  he  de  cuidar  yode  ¡oque  Jiar/cm  mis  soldados  en  ¡a  guerra  (1). 


(!)     (Anónimo  de  Sahagnn,  cap.  XVII,  pág.  304). 

D.^  Urraca,  Hist.  Composf.,  lib.  I,  cap.  LXIV),  describe  así  la  irrupción 
de  D.  Alfonso  en  Galicia:  «Saevus  i^ijitur  Ccltiberus  Gallaetiam  furibundus 
intravit,  et  qnot,  et  quanta  iacinora  in  ro;;ione  illa  patraverit,  nobilium 
caedes  milituin  apud  Monteinrosinn  c  rudcliter  occisorum,  castrumque  diru- 
tuin,  et  térra  depopulata  bonisquo  ómnibus  oxpoliata,  ecclesiarum  violatio- 
ToMo  iLi.-¿¿. 


338  LIBBO   SEGUNDO 


D.  Pedro,  pasada  la  sorpresa  de  los  primeros  mo- 
mentos, y  puesto  á  buen  recaudo  su  pupilo,  el  tierno  In- 
fante D.  Alfonso,  se  dispuso  á  hacer  rostro  al  invasor. 
Y  en  efecto,  á  pesar  de  la  actitud  más  que  equívoca  de 
muchos  caballeros  gallegos,  después  de  una  rudísima 
campaña  de  cerca  de  tres  meses,  consiguió  expulsar  ig- 
nominiosamente de  Gralicia  al  Rey  Batallador  (IJ.  Esta 
victoria,  que  debió  acaecer  por  el  mes  de  Junio  del 
año  1110,  acabó  de  confirmar  á  los  Gallegos  en  la  devo- 
ción y  afecto  al  Príncipe  D.  Alfonso  (2). 

Empero,  la  expedición  de  D.  Alfonso  no  fué  como  un 
rápido  meteoro,  que  apenas  deja  huella  alguna  de  su 
paso.  Durante  su  permanencia  en  Galicia,  entró  el  Rey 
de  Aragón  en  relaciones  amistosas  con  algunos  de  los 
jefes  de  la  Hermandad.  Los  burgueses  de  Lugo  reco- 
nocieron su  Señorío,  y  se  declararon  sus  partidarios;  y 
no  contentos  con  esto,  convirtieron  su  ciudad  en  lugar 
de  refugio  para  toda  clase  de  criminales  y  malhechores. 
Los  cuales,  hallando  asilo  é  impunidad  á  la  sombra  del 


nes,  earumque  delionorati  sacerdotes,  bonae  mulleres  denudatae,  vlrgines 
Impudenter  violatae,  destructae  Comitis  Petri  heredltates,  mansiones  et 
palatia  combusta,  greges  equarum  et  armen ta  boum  a  Gallaetla  partlm 
abstracta,  partlm  dilanlata,  aflictorum  gemltus  et  lacrymae  pauperum,  mani- 
festé ostendunt. 

(1)  Pero  la  venganza  divina  no  sufrió  que  tan  mal  fecho  pasase  sin 
pena,  que  ante  de  tres  meses  de  espacio  fué  echado  (D.  Alfonso)  de  allí  con 
muy  grande  deshonra.  (Anónimo  de  Sahagítn,  cap.  XVII,  pág.  304). 

(2)  En  el  Monasterio  de  Moraime,  ó  en  sus  cercanías,  fué  en  donde 
D.  Pedro  debió  tener  oculto  al  Príncipe  durante  la  terrible  irrupción  del 
Aragonés.  Así  lo  insinúa  el  mismo  D.  Alfonso  en  un  Diploma,  que  nueve 
años  después,  y  á  1.°  de  Octubre,  otorgó  á  D.  Ordoño,  Abad  de  dicho 
Monasterio,  en  atención  á  los  buenos  servicios  que  le  había  prestado 
duraiite  tíu  uiüeis  eu  tiem])0  de  guerra.  (Véanse  A¡)éndices,  uiim.  XXX VI). 


LOS    TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         839 

Rey  de  Aragón,  cada  vez  mostraron  mayor  fervor  y  en- 
tusiasmo en  extender  y  sostener  su  partido  (1). 

El  enlace,  pues,  de  D.^  Urraca  con  D.  Alfonso  el 
Batallador,  fué  como  señal  dada  para  que  sobre  los  Esta- 
dos que  había  poseído  el  insigne  conquistador  de  Toledo, 
so  desencadenasen  todas  las  tempestades.  La  paz  públi- 
ca vióse  de  pronto  turbada;  todas  las  clases  sociales  tra- 
baron entre  sí  asoladora  guerra;  y  aquel  reino  tan  flore- 
ciente, tan  unido,  tan  compacto  á  la  muerte  de  Don 
Alfonso  VI,  amenazaba  caer  desplomado  como  edificio 
erguido  sobre  arena. 

Tan  pronto  se  tuvo  noticia  en  Roma  de  la  incestuosa 
é  inválida  unión  de  los  dos  Príncipes,  el  Papa  Pascual  II 
escribió  al  Arzobispo  de  Toledo  y  á  otros  Prelados  de 
España  para  que,  por  todos  los  medios  legítimos,  traba- 
jasen hasta  conseguir  la  separación  de  los  dos  supuestos 
cónyuges.  Las  Letras  Apostólicas,  expedidas  con  tal  mo- 
tivo, debieron  ser  fechadas  á  fines  del  año  llOí),  ó  á 
principios  del  siguiente.  He  aquí  las  dirigidas  al  Obispo 
de  Santiago:  «Pascual,  Obispo,  siervo  de  los  siervos  de 
»Dios,  al  venerable  Diego  Obispo  de  Compostela,  Salud 
»y  Bendición  Apostólica.  Para  esto  ha  querido  Dios  Om- 
»nipotente  que  presidas  á  su  pueblo,  para  que  anuncies 
»su  voluntad  y  corrijas  los  excesos  de  tus  subordinados. 
^Procura,  pues,  castigar,  según  la  facultad  que  te  lia 
>sido  dada  por  Dios,  el  gran  delito  de  incesto  perpetra- 
ndo por  la  hija  del  Rey,  para  que,  ó  desista  de  tal  pre- 
»sun('ión,  ó  quede  privada  de  la  comunión,  y  aún  de  la 
» potestad  secular»  (2). 


(1)  líist.  Compost.,  lil>.  I,  ciip.  LXVII. 

(2)  Esta  carta  e.stá  como  d«»sirlosa<la  al  fin  del  oa]).  XLVL  lil».  1  de   la 


340  LIBRO  SEGUNDO 


Casi  al  mismo  tiempo  que  D.^  Urraca  salía  de  Gali- 
cia abandonando  al  Rey  de  Aragón,  llegaron  á  Españ*a 
las  Letras  de  Pascual  II.  El  Arzobispo  de  Toledo,  que 
era  el  especial  comisionado  para  ejecutar  las  Bulas  del 
Papa,  asistido  de  los  Obispos  de  Oviedo  y  de  León,  hizo 
su  publicación  en  Sahagún,  y  declaró  incursos  en  exco- 
munión á  los  dos  Reyes  hasta  tanto  que  se  separasen,  y 
dejasen  la  reprobada  unión,  que  habían  intentado  llevar 
á  cabo.  D.^  Urraca,  que  ya  estaba  muy  poco  satisfecha 
del  Rey  de  Aragón,  se  presentó  en  Sahagún,  acató  la  de- 
claración y  sentencia  del  Arzobispo  de  Toledo,  prometió 
no  volver  á  juntarse  con  su  supuesto  marido,  y  obtuvo  la 
absolución  de  las  censuras  que  contra  ella  se  habían  pu- 
blicado (1). 

Mas  esta  separación  no  fué  sino  una  lijera  nube,  que 
se  disipa  tan  pronto  como  aparece.  Pronto  se  reconcilia- 
ron los  dos  Príncipes  y  continuaron  llamándose  cónyu- 
ges; y  el  Rey  de  Aragón,  queriendo  prevenir  las  veleida- 
des de  D.^  Urraca,  y  aislarla  de  los  sabios  consejos  que  le 
daban  algunos  Obispos  y  otras  personas  prudentes,  pro- 
curó llevarla  á  sus  Estados  para  tenerla,  no  sólo  moral, 
sino  materialmente  ligada.  No  consta  el  expediente  á 
que  recurrió  D.  Alfonso  para  atraer  á  D.^  Urraca  á  Ara- 
gón; pero  por  una  escritura  que  cita  Sandoval  (2),  puede 


Hist.  Compost.,  ^e^nn  la  edición  de  Flóroz.  (Esp.  Sag.,  toin.  XX,  pág.  Ü8). 
En  el  ejemplar  del  siglo  XIII,  que  conserva  el  Cabildo  metropolitano  de 
Santiago,  dichas  Letras  forman  capítulo  aparte  con  el  siguiente  epígrafe: 
De  illicito  connubio  Regis  aragoneiisis  et  Regine,  et  de  guerra  proiiule  or  a  bí- 
ter Galléeos;  que  después  se  ve  repetido  á  la  cabeza  del  capítulo  inmediato. 

(1)  Anónimo  de  Sahagún,  cap.  XIX. 

(2)  Historia  de  los  Reyes  de  Castilla  y  de  León,   D.  Fernando  el  Magno, 
etc.;  Pamplona,  1034;  fol.  109  vuelto. 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


341 


conjeturarse  que  el  Monarca  aragonés,  para  congraciar- 
se de  nuevo  el  afecto  de  su  pretensa  esposa  y  lograr  el 
intento  quo  meditaba,  le  hizo  ver  cuanto  necesitaba  de 
su  auxilio  y  de  su  cooperación  para  arreglar  los  asuntos 
de  Zaragoza,  que  tanto  le  preocupaban.  Al  Rey  moro 
Almostaín,  muerto  en  la  batalla  de  Valtierra,  sucedió 
su  hijo  Amad-Dola;  mas  los  Zaragozanos  se  negaron  á 
reconocerle  como  Rey,  mientras  no  expulsase  de  su  ejér- 
cito á  los  muchos  cristianos  que  militaban  bajo  sus  ban- 
deras (i).  Amad-Dola,  que  no  quería  desprenderse  de  los 
cristianos  que  constituían  el  principal  nervio  de  su  ejér- 
cito, recurrió  al  Rey  de  Aragón;  los  Zaragozanos,  por  su 
parte,  solicitaron  el  auxilio  de  Alí,  Rey  de  los  Almorávi- 
des. El  deseo  de  concertar  estas  cosas  á  su  manera,  faé, 
sin  duda,  lo  que  impulsó  á  D.  Alfonso  á  emprender  la 
expedición  de  que  se  habla  en  la  mencionada  escritura. 
Por  ella  vemos  que  á  mediados  de  Agosto  de  este  mis- 
mo año,  se  hallaba  D.'^  Urraca  en  Nájera,  de  paso  pa- 
ra Zaragoza,  acompañada,  no  sólo  de  los  principales 
Condes  de  Castilla,  como  D.  Pedro  Ansúrez,  D.  Pedro 
González  de  Lara,  D.  Gómez  González  y  D.  Rodrigo 
Muñoz  de  Asturias,  sino  también  de  los  más  notables 
proceres  de  Aragón,  incluso  el  Infante  D.  Ramiro,  her- 
mano del  Rey  D.  Alfonso  (2).  Los  rehenes  y  las  cuan- 
tiosas sumas  de  dinero  con  que  Amad-Dola  pagó  la  pro- 
tección del  Monarca  de  Aragón,  quedaron  depositadas, 
á  lo  que  parece,  en  el  castillo  de  Peralta.  Mas  para 
D.''^  Urraca  el  desenlace  de  esta  expedición,  faé  quedar 


(1)  Dozy,  Hístoire  des  Musiihnans  <V  Espagne,  toin.  IV,  pag.  24G, 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXIV  y  LXXIX. 


342  LtBSO   SEGUNDO 


encerrada  y  prisionera  en  la  fortaleza  de  Castellar,  cer- 
ca del  Ebro. 

Henos  aquí  ya  á  D.  Alfonso  con  las  manos  comple- 
tamente libres  para  obrar.  Reunido  poderoso  ejército, 
compuesto  de  aventureros  de  diversas  naciones,  como 
Aragoneses,  Navarros,  Franceses,  Normandos,  Musulma- 
nes, etc.,  invadió  de  nuevo  á  Castilla  y  León,  y  ocupó 
militarmente  el  país,  apoderándose  de  las  principales 
ciudades  y  plazas  faertes,  y  guarneciéndolas  con  desta- 
camentos de  su  confianza.  Expulsó  de  Toledo  al  Arzo- 
bispo D.  Bernardo.  Lo  propio  hizo  con  los  Obispos  de 
Burgos  y  de  León,  y  con  el  Abad  Domingo  de  Saliagún. 
Prendió  á  los  Prelados  de  Osma,  Orense  y  Palencia,  y  á 
este  último,  maltrató  por  sus  propias  manos  (1). 

Sin  embargo  de  todo  esto,  D.  Alfonso  continuaba  lla- 
mándose esposo  de  D.'^  Urraca,  y  Rey  de  Castilla  y  de 
Aragón  (2).  Ciertamente  que  no  era  D.  Alfonso  el  desti- 
nado á  realizar  esta  dichosa  unión;  porque  los  pueblos  se 
unen,  no  con  la  violencia,  sino  con  la  mancomunidad  de 
sentimientos  y  de  intereses. 

Tal  era  la  situación  de  León  y  Castilla:  la  de  Gali- 
cia no  era  mucho  más  halagüeña.  Cuando  D.^  Urraca, 
dejando  á  D.  Alfonso  de  Aragón  en  Galicia,  se  retiró 
despechada  á  León,  se  acordó  de  su  hijo,  no  precisamen- 
te por  amor  que  al  Príncipe  tuviese,  sino  por  deseo  de 
vengarse  de  su  pretenso  consorte.  Escribió,  pues,  al  Con- 
de de  Traba  rogándole  que  cuanto  antes  llevase  á  D.  Al- 


(1)  Véase  D.  Alfonso  VIT,  Rey  de  Galicia,  píxg.  17. 

(2)  En  la  í'oclia  de  un  Di])loma,  otorgado  en  Junio  de  1111  (Yepes, 
Cron.  gen.  de  San  lienito^  tom.  Vil,  Ap.  XII),  se  lee:  Jlegnante  ^Jiege  domino 
Ildefonso  in  Casiella  et  in  Aragonia,  Regina  TJxore  ejuscum  illa, 


\ 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  343 


fonso  á  León.  Decíale,  que  al  fin  consentía  en  la  procla- 
mación del  Príncipe,  y  que,  para  que  á  ésta  nada  faltase 
de  los  requisitos  legales,  era  su  voluntad  que  D.  Alfon- 
so se  coronase  en  León  con  todo  aparato  como  Rey  de 
Galicia. 

El  Conde  D.  Pedro,  recibida  la  carta  de  la  Reina, 
convocó  á  los  principales  Magnates  gallegos,  les  dio 
cuenta  del  contenido  de  la  regia  misiva,  y  con  la  pre- 
mura que  exigía  el  caso,  seguido  de  buen  número  de 
caballeros,  partió  con  el  Príncipe  para  León.  Pero  ¿cuál 
no  fué  su  sorpresa  cuando  al  llegar  á  esta  capital  se  en- 
contró con  la  novedad  de  que  la  Reina  había  desapareci- 
do? En  efecto;  T>.^  Urraca  acababa  de  reconciliarse  con 
D.  Alfonso  y  de  ponerse  en  camino  con  él  para  Ara- 
gón (1).  Los  Gallegos  quedaron  desconcertados.  D.  Pedro 
no  sabiendo  por  de  pronto  que  partido  tomar,  resolvió 
avistarse  con  el  tío  del  Príncipe,  D.  Enrique,  Conde  de 
Portugal;  el  cual  á  la  sazón  se  hallaba  en  Francia,  vero- 
símilmente por  la  razón  que  vamos  á  ver. 

D.  Enrique  esperaba  que  á  la  muerte  do  D.  Alfon- 
so VI,  se  le  diese  la  ciudad  de  Toledo  con  su  territorio, 
según  el  concierto  que  había  estipulado  con  su  primo 
D.  Ramón  de  Borgoña  en  el  año  1093.  D.  Alfonso  VI  en 
sus  últimos  momentos,  si  es  que  se  le  presentaron,  no 
hizo  aprecio  de  las  reclamaciones  de  D.  Enrique;  por  lo 
cual  éste  quiso  tomar  por  la  mano  lo  que  nadie  pensaba 
darle  buenamente.  A  este  fin,  después  del  mes  de  Agosto 


(l)  Cum  autem  incólumes  Legioiiciii  trauMÍssent,  Regi  Aragonensi,  vi- 
ro videlicet  suo  (ai,  cura  easetei  próxima  consanguinitatis  liuea  junctus  vir 
ejus  est  nominandus)  eamdem  Reginam  reconciliatam  et  alligatam  verissi- 
ma  relatione  didicerunt.  fHist  Compás^,  lib.  I,  cap.  XLVIII,  pag.   98], 


o 


44  LIBRO  SEGUNDO 


del  año  1110,  como  asienta  Herculano  (1),  partió  para 
Francia  con  ánimo  de  buscar  allí  ayudas  y  allegar  recur- 
sos. En  su  país  no  halló  el  Conde  D.  Enrique  la  acogi- 
da que  esperaba  (2),  y  bueno  fué  que  á  principios  del  año 
siguiente,  1111,  hubiese  podido  salir  de  la  prisión  en 
que,  no  sabemos  por  cual  caso,  se  le  había  encerrado, 
y  dar  vuelta  para  España. 

El  Conde  de  Traba,  que  sin  duda  tenía  noticia  de  es- 
ta expedición  de  D.  Enrique,  tomó  para  buscarle  el  ca- 
mino de  Francia,  y  lo  encontró  en  efecto  (3).  Después 
de  manifestarle  lo  que  había  ocurrido,  se  puso  de  acuer- 
do con  él  sobre  algunos  particulares,  y  por  su  consejo,  al 
pasar  por  Castrojeriz,  cerca  de  Burgos,  de  vuelta  para 
Galicia  arrestó  á  varios  de  los  que,  quebrantando  los 
juramentos  que  ya  habían  hecho  en  vida  de  D.  Alfon- 
so VI,  se  habían  negado  á  reconocer  como  Rey  al  hijo 
del  Conde  D.  Ramón  (4).  En  Galicia  los  arrestados  obtu- 
vieron su  libertad  mediante  la  entrega  del  Castillo  de 


(1)  Historia  de  Po7'tKgal,  tom.  1,  pag.  212  y  214. 

(2)  Anónimo  de  Sahagún,  cap.  XXI. 

(8)  Unde  veliementer  moerore  affecti  (nobiles  Gallaetiae),  Consulem 
Enricum,  praefati  pueri  avunculum,  celeriter  acersentes  (sic),  quid  ex  lioc 
reí  eventu  acturi  essent,  diligenti  cura  cónsul uerunt.  (Hist.  Compost., 
lib.  I,  cap.  XLVIII,  pág.  98). 

(4)  Cuius  (Consulis  Enrici)  prudenti  consilio  fortiter  excitatus  cónsul 
Petrus,  quosdam  ex  illis,  qui  jusjurandum  filio  Comitis  mentiebantur,  iuxta 
Castrum  Soricis  in  itinere  cepib,  et  cum  eis  in  Gallaetiam  celeri  cursu  re- 
greditur.  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XLVIII,  pág.  99). 

Aunque  la  Compostelana  usa  á  veces  indistintamente  estas  dos  voces 
Cónsul  y  Comes,  no  siempre  les  dá  el  mismo  valor.  Cónsules  sólo  son  llama- 
dos los  que  tenían  el  gobierno  de  extensos  territorios,  como  Galicia,  Astu- 
rias, Castilla,  Portugal,  etc..  Comités  eran  los  gobernadores  de  más  redu- 
cidos distrito», 


LOS  TBES   PfilMEBOS  SIGLOS   DE  LA  1.  COMPOSTELANA       345 

Miño,  que  se  cree  sea  Stanta  ]Vraría  de  Cástrelo,  cerca  de 
Rivadavia.  D.  Pedro  para  mejor  asegurar  acaso  la  pose- 
sión de  esta  fortaleza,  la  destinó  provisionalmente  para 
morada  del  Príncipe.  No  debió  recelar  nada  de  lo  que 
estaba  para^  suceder;  pues  de  otro  modo  no  se  explica 
por  qué  alejó  tanto  del  centro  de  sus  Estados  al  Príncipe 
D.  Alfonso;  á  no  ser  que  se  diga  que  contaba  con  la 
ayuda  del  Conde  de  Portugal,  que  en  todo  pensaba  me- 
nos en  socorrer  eficazmente  á  su  sobrino.  Acompañando 
al  Príncipe  quedaron  en  Castro  de  Miño  la  Condesa  de 
Traba,  sus  hijos  D.  Bermudo  y  D.  Fernando,  y  algunos 
otros  de  los  principales  Magnates  gallegos.  D.  Pedro 
acampó  con  su  ejército  en  aquellos  contornos. 

Mas  á  principios  del  año  1111,  el  Conde  de  Traba, 
no  sabemos  por  qué  motivo,  quizás  por  las  complicacio- 
nes de  León  y  Castilla,  tuvo  que  alejarse  de  aquellos  si- 
tios. Movióle  también  á  ello  la  actitud  de  los  moradores 
de  la  comarca,  los  cuales  llevando  á  mal  la  presencia  de 
tantos  soldados  en  el  país,  comenzaron  por  negarle  toda 
clase  de  provisiones,  y  luego  instigados  por  los  caballe- 
ros de  la  Hermandad,  se  conjuraron  para  molestarle  por 
todos  cuantos  modos  pudiesen.  Alejado  D.  Pedro,  unié- 
]'onse  las  dos  Hermandades,  la  de  los  caballeros  y  la  de 
los  campesinos,  y  pusieron  estrecho  sitio  al  castillo.  Los 
sitiados  se  defendían  bravamente  y  aún  atacaban  con 
arrojo,  pues  rindieron  á  un  distinguido  caballero  llama- 
do Oduario  Ordóñez,  al  cual  pusieron  en  cadenas:  pero 
no  tardaron  en  sentir  escasez  de  víveres.  La  situación 
de  los  cercadores  no  era  más  ventajosa;  el  castillo  era 
muy  fuerte,  cruda  la  estación,  y  por  añadidura  era  de 
temer  que  á  la  hora  menos  pensada  reapareciese  el  Con- 
de D.  Pedro  con  su  ejército.   Durante  la  inacción  á  que 


346  LIBUO   SEaüNDO 


los  obligaba  lo  largo  y  penoso  del  sitio,  concibieron  un 
plan  horrible,  que  al  punto  determinaron  poner  en  eje- 
cución con  astucia  sólo  comparable  á  su  perfidia.  Pro- 
pusieron á  los  sitiados  que  si  abandonaban  la  fortaleza 
y  daban  libertad  á  Oduario  Ordóñez,  serían  recibidos 
con  todos  los  honores  y  escoltados  hasta  sus  tierras.  La 
proposición  nada  tenía  de  inadmisible;  pero,  ¿quién  res- 
pondía de  que  los  sitiadores  cumpliesen  su  palabra?  En- 
tróse en  negociaciones,  y  al  fin  se  otorgó  la  capitula- 
ción, que  juraron  y  firmaron  ocho  caballeros  de  cada 
parte  (1). 

Ya  estaba  para  expirar  el  plazo  señalado  para  la  en- 
trega del  castillo;  pero  en  esto  los  jefes  de  los  sitiados 
tuvieron  otro  acuerdo,  y  se  negaron  á  abandonar  la  for- 
taleza mientras  el  Prelado  de  Santiago,  que  era  como 
el  Presidente  de  la  Hermandad,  no  viniese  á  autorizar 
con  su  presencia  la  capitulación.  Despacháronse  de  una 
y  otra  parte  correos  sobre  correos  hasta  tres  veces. 

La  situación  de  D.  Diego  Gelmírez  era  algún  tanto 
crítica.  Hasta  entonces  había  permanecido  retraído  y 
apartado  de  las  corrientes  políticas  que  agitaban  la  pa- 
tria (2).  Esta  actitud,  en  la  cual  se  había  puesto  con 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XLVIII. 

(2)  Esto  explica  el  silencio  que  la  Compostelana  guarda  sobre  los  suce- 
sos acaecidos  en  estos  dos  años,  es  decir,  desde  Julio  de  1 109  hasta  princi- 
pios de  1111 .  En  el  cap.  XL VII,  lib.  I,  se  ocupa  de  la  muerte  de  Alfonso  VI, 
y  en  el  siguiente  pasa  ya  á  hablar  del  cerco  de  Castro  de  Miño.  El  caso  es  que 
no  ad virtiendo  esto  el  P.  Flórez  y  algunos  (no  todos)  de  los  antiguos  copis- 
tas de  la  Compostelana,  al  ordenar  la  cronología  de  estos  acontecimientos, 
fueron  siguiendo  rigurosamente  el  orden  numérico;  de  modo  que  en  vez  de 
saltar  del  año  1  lOí)  al  lili,  ponen  en  el  1110  todos  los  hechos  que  se  refie- 
ren desde  el  cap.  XLVIII  hasta  el  LXXII  del  lib.  I.  Herculano  (Historia 


LOS  tues  primeros  siglos  de  la  i.  compostelana      347 


recta  intención,  le  había  hecho  sospechoso  á  unos  y  á 
otros;  y  él  se  veía  también  forzado  á  recelar  de  todos. 
Mas,  ¿podía  D.  Diego  ser  obstáculo  para  que  cuanto  an- 
tes se  abreviasen  los  amargos  días  por  qué  estaba  pasan- 
do el  Príncipe?  Envió,  pues,  propios  anunciando  su  pró- 
xhna  llegada,  y  entretanto  dispuso  todo  lo  necesario 
para  la  marcha.  Reunida  una  fuerte  escolta,  con  su  co- 
rrespondiente convoy,  se  puso  en  camino  para  Cástrelo, 
sin  tratar  de  forzar  la  marcha.  Acompañábanle  su  her- 
mano Munio,  Tesorero  de  la  Catedral,  los  Canónigos 
Pedro  Anaya  y  Pedro  Gutiérrez,  Abad  de  Cuntís,  y  va- 
rios Clérigos  de  su  Iglesia.  Al  llegar  á  Ernecum  (Arnego, 
á  unas  siete  leguas  al  Este  de  Santiago),  encontró  de 
vuelta  los  propios  que  había  enviado.  Pero  allí  llegaron 
á  sus  oídos  ciertos  rumores  vagos  de  que  alguna  cosa 
gravísima  se  tramaba;  y,  sin  embargo,  de  la  Condesa  de 
Traba  y  de  sus  hijos  no  era  dado  desconfiar,  y  de  Arias 
Pérez,  que  era  el  alma  de  la  Hermandad  y  el  jefe  de  los 
sitiadores,  no  había  motivo  aparente  porque  temer.  Re- 
solvió, pues,  continuar  la  marcha;  empero,  como  para 


de  Portugal,  tom.  Ij 'p-dg.  223^  nota  1.*,  y  nota  7.*  al  fin  del  libro),  ya 
advirtió  que  en  esto  la  cronología  de  la  Compostelana  estaba  errada.  El  mis- 
mo P.  Flórez  no  pudo  menos  de  reconocerlo  así;  pues  en  las  Memorias  de  las 
Reynas  Cal holicas  (toin.  I,  pág.  2<)  y  siguientes),  sigue  otra  cronología.  Por 
lo  demás,  la  seguida  en  los  citados  capítulos  de  la  Compostelana,  según  la 
edición  de  Flórez,  repugna  evidentemente  al  contexto;  si  no  ¿cómo  en  una 
arenga  que  se  supone  hecha  en  el  año  1110  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  capítu- 
lo LXIV),  pudo  decir  D.*  Urraca  que  hacía  dos  años  (biennium)  que  el  Rey 
de  Aragón  había  expulsado  de  su  Sede  al  Arzobispo  D.  Bernardo?  Esto  mal 
podía  decirlo  D."^  Urraca  en  el  año  1110.  Anduvo,  pues,  poco  acertado  el 
P.  Flórez,  cuando  al  publicar  el  cap.  LXII,  lib.  I,  de  la  (■ompostelanaj 
entre  las  variantes  Era  MCXXXXVIllIy  MCXXXXVllI,  que  se  leíau 
en  varios  Códices,  prefirió  la  segunda,  que  equivale  al  año  lllü, 


34:8  LlfiHO  SEGUNDO 


tantear  el  terreno,  envió  delante  dos  exploradores,  á  su 
hermano  Munio,  para  que  se  avistase  con  la  Condesa  de 
Traba  y  sus  partidarios,  y  á  Pedro  Gutiérrez  para  que 
se  entendiese  con  los  de  la  Hermandad.  Los  dos  emisa- 
rios dieron  vuelta  con  toda  premura,  y  dieron  cuenta  á 
D.  Diego  de  que  nada  habían  hallado  que  pudiera  in- 
fundir temor  y  recelo.  Para  mayor  seguridad  traían 
consigo  á  Arias  Oduáriz,  el  cual  se  había  ofrecido  á  con- 
ducir sano  y  salvo  al  Prelado  desde  las  orillas  del  Arne- 
go,  en  donde  se  hallaba,  hasta  las  del  Miño.  Con  todo, 
las  aprensiones  y  temores  no  se  habían  desvanecido  por 
completo,  especialmente  cuando  llegó  el  momento  de 
atravesar  el  Miño;  y  D.  Diego  se  vio  precisado  á  repren- 
der á  algunos  de  los  caballeros  de  su  comitiva  que,  con 
el  mejor  deseo,  querían  llamar  su  atención  sobre  ciertos 
signos  supersticiosos  de  mal  agüero. 

Llegados,  por  fin,  á  las  márgenes  del  Miño,  fijaron 
sus  tiendas  de  campaña  y  pasaron  allí  aquella  noclie. 
Al  día  siguiente,  al  concluir  de  celebrar  la  Misa,  ya  en- 
contró D.  Diego  otros  dos  emisarios,  Sancho  Ramírez 
por  parte  de  la  Condesa,  y  Rodrigo  Sánchez  por  parte 
de  los  sitiadores,  que  le  invitaban  á  pasar  el  río  y  á  en- 
trar en  la  fortaleza.  Metióse  en  la  barca  acompañado 
tan  sólo  de  su  hermano  Munio,  de  Pedro  Anaya  y  de 
Pedro  Gutiérrez.  En  la  otra  orilla  le  aguardaban  Arias 
Pérez  con  su  padre,  Fernán  Sánchez  y  demás  jefes  de 
la  Liga.  Largo  rato  estuvo  conversando  con  ellos;  les 
manifestó  los  temores  y  recelos  que  había  abrigado  so- 
bre no  sabía  qué  oculta  trama,  que,  según  le  habían  di" 
cho,  se  estaba  urdiendo.  Sus  interlocutores  se  mostraron 
como  ofendidos  de  que  viniese  con  miedos  y  aprensiones 
junto  á  ellos. —  «Los  que  hemos  hecho  á  vuestra  Paterni- 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         S-IO 

dad,  le  decían  en  substancia,  pleito  homenaje  de  sumi- 
sión y  fidelidad,  ¿habíamos  de  consentir  que  nadie  os 
ofendiese  en  lo  más  mínimo?» 

En  seguida  pasó  D.  Diego  al  castillo  para  saludar  á 
la  Condesa,  y  subió  hasta  la  pieza  más  alta,  que  era 
donde  se  hallaba  la  noble  dama  con  el  Príncipe  D.  Al- 
fonso. No  es  para  decir  el  contento  con  que  D.^  Mayor 
recibió  al  Prelado;  no  sabía  expresarle  su  gratitud  por 
lo  que  hacía  en  su  obsequio  y  en  el  del  Príncipe.  Des- 
pués de  los  cumplimientos  y  cortesías  que  la  etiqueta 
requería,  se  entró  en  materia,  y  luego  que  cada  cual 
hubo  alegado  lo  que  juzgó  oportuno,  se  acordó  que  aquel 
mismo  día,  fuera  del  recinto  fortificado,  se  otorgase  la 
capitulación,  que  liabía  de  ser  jurada  y  subscripta  por 
doce  caballeros  de  cada  bando.  En  su  virtud,  los  sitia- 
dos quedaron  obligados  á  hacer  al  día  siguiente  entrega 
del  castillo,  y  los  sitiadores  á  escoltar  á  la  Condesa  y  á 
toda  su  gente,  incluso  todo  el  ajuar,  hasta  los  Estados 
de  Traba. 

Ya  se  disponía  D.  Diego  á  repasar  el  Miño  para  ha- 
cer noche  en  su  campamento;  pero  tuvo  que  ceder  á  las 
reiteradas  instancias  de  Arias  Pérez  y  sus  compañeros, 
que  le  hicieron  presente  que  no  era  fácil  pasar  el  río  sin 
peligro,  estando  ya  tan  cerrada  la  noche.  Fernán  Sán- 
chez le  rogó,  además,  que  se  dignase  aceptar  la  cena, 
que  para  él  tenía  preparada.  No  era  dado  á  D.  Diego 
esquivar  tanta  cortesía;  aceptó  los  ofrecimientos  de  Fer- 
nán Sáncliez;  pero  por  más  que  nada  hubiese  notado, 
que  no  debiera  interpretarse  como  expresión  de  afecto 
cordial  y  sincero,  aquella  noche  no  pudo  conciliar  el 
sueño. 

Cuando  al  día  siguiente  el  Obispo  de  Santiago  dejó 


860  LIBEO  SEGUNDO 


el  lecho  sin  poder  desechar  los  tristes  pensamientos  que 
durante  la  noche  le  habían  conturbado,  encontró  su 
tienda  rodeada  de  fieles,  que  noticiosos  de  su  venida, 
habían  corrido  ávidos  de  desahogar  con  él  su  concien- 
cia. A  todos  administró  el  Santo  Sacramento  de  la  Pe- 
nitencia: y  entonces  pudo  ya  notar  la  impaciencia  con 
que  Fernán  Sánchez  le  apuraba  para  que  despachase 
cuanto  antes.  Empero,  no  hizo  aprecio  de  tales  importu- 
nidades, mientras  no  hubo  concluido  de  oír  á  todos  en 
confesión.  Entonces  se  dirigió  al  castillo,  y  habiendo 
penetrado  en  el  primer  recinto  fortificado,  esperó  á  que 
bajasen  la  Condesa  y  el  Príncipe  y  los  caballeros  que 
los  acompañaban.  Mas  de  repente  siente  un  gran  estré- 
pito; se  vuelve  y  ve  una  gran  turba  de  hombres  arma- 
dos que  se  abalanzan  sobre  la  puerta  del  castillo  y  se 
dirigen  furiosos  hacia  la  Condesa,  que  traía  en  sus  bra- 
zos al  Príncipe.  Profiriendo  contra  ella  las  más  terribles 
amenazas,  echan  la  mano  al  augusto  niño,  al  que  Doña 
Mayor  estrechaba  contra  su  seno  como  si  quisiera  ocul- 
tarlo en  su  pecho;  luchan  ellos  para  arrancárselo;  se 
obstina  la  Condesa  en  no  desprenderse  de  tan  cara 
prenda;  hasta  que  D.  Diego  Gelmírez,  viendo  al  Prínci- 
pe casi  exánime  y  temiendo  otra  cosa  peor,  lo  tomó  de 
los  brazos  de  la  dama  y  lo  puso  en  los  de  Ordoño,  que 
era  el  amo  que  lo  había  criado.  Los  amotinados,  prosi- 
guiendo brutalmente  en  su  intento,  á  empellones  obliga- 
ron á  D.^  Mayor  y  á  los  que  la  acompañaban,  á  subir  á 
las  habitaciones  de  donde  habían  bajado.  Entonces  com- 
prendió la  Condesa  la  perfidia  y  el  infame  juego  de  que 
había  sido  víctima;  y  viéndose  en  poder  de  los  implaca- 
bles enemigos  de  su  esposo,  y  sin  el  Príncipe,  objeto  de 
todos  sus  desvelos,  deshecha  en  lágrimas  y  mesándose 


LOS  TBKS  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELANÁ         351 

los  cabellos,  se  entregó  al  más  acerbo  dolor,  que  rayaba 
en  desesperación. 

Mientras  tanto  pasaba  esto  en  el  castillo,  Arias  Pé- 
rez y  demás  jefes  de  la  Liga,  destacan  parte  de  sus  fuer- 
zas á  las  órdenes  de  Pelayo  Martínez  y  Leovigildo  Lu- 
ces; los  cuales,  unidos  á  la  Hermandad  de  los  villanos, 
asaltan  de  improviso  y  traidoramente  los  reales  del 
Obispo  de  Santiago,  que,  como  hemos  dicho,  estaban  de 
la  otra  parte  del  río.  Se  acercaron  como  amigos,  y  cuan- 
do vieron  seguro  el  golpe,  hicieron  riza  en  todo  cuanto 
encontraron.  Se  apoderan  de  la  capilla  del  Prelado; 
toman  la  casulla  y  la  desgarran;  y  con  los  ñecos  y  galo- 
nes adornan  sus  propios  vestidos.  Ponen  en  tres  pedazos 
el  magnífico  cáliz  de  oro,  y  se  los  reparten  fraternal- 
mente. Lo  propio  hacen  con  el  altar  (1)  de  plata  y  con 
un  crucifijo  de  oro  primorosamente  labrado.  Si  esto  hi- 
cieron de  las  cosas  sagradas,  puede  suponerse  lo  que 
harían  de  lo  demás.  Los  soldados  de  D.  Diego,  sorpren- 
didos por  aquel  inesperado  ataque,  no  tuvieron  más 
tiempo  que  para  echarse  á  la  desbandada  por  los  mon- 
tes, y  buscar  en  la  fuga  la  salvación. 

A  D.  Diego,  abrumado  de  dolor  y  abatido  en  tierra 
por  lo  que  acababa  de  ver  y  presenciar,  se  le  intimaba 
que  estaba  preso  con  los  dos  Canónigos  que  le  acompa- 
ñaban, á  saber,  Pedro  Anaya  y  el  Abad  de  Cuntís;  pues 
su  hermano  Munio  ya  había  sido  arrestado  por  Arias 
Pérez  (2).  Aquel  mismo  día  fué  conducido  con  los  tres 


(1)  Aram  (ara  ó  altar)  se  lee  en  el  ejemplar  de  la  Compostelana  que  se 
guarda  en  el  archivo  de  la  Santa  Iglesia  de  Santiago.  En  la  edición  de  Fló- 
rez  (Esp.  Safj.,  tom.  XX,  pág.  lOfí),  en  lugar  de  aram,  se  lee  arcam. 

(2)  Hist.  Comimt.,  lib.  I,  cap.  LIII-LIV:  lib.  II,  cap.    Lili,  pág.  8ül. 


352  LIBBO  SEGUNDO 


Canónigos,  por  caminos  extraviados  y  entre  un  tropel 
de  gente  armada,  hasta  el  Monasterio  de  San  Esteban 
de  Ribas  del  Sil,  en  donde  pasó  la  noche.  Al  amanecer 
del  día  siguiente  atravesaron  el  Miño,  en  el  sitio  deno- 
minado Amhas  mestas,  que  es  el  de  la  conñuencia  con  el 
Sil.  Allí,  el  Prelado  compostelano,  aprovechó  un  mo- 
mento para  hablar  aparte  con  Arias  Pérez,  é  interpe- 
larle sobre  su  conducta.  — «Aún  me  cuesta  trabajo  creer, 
le  dijo,  que  tú,  hasta  aquí  tan  ilustre  y  excelente  varón, 
tan  amigo  mío,  que  yo  te  consideraba  como  hermano  y 
casi  como  la  mitad  de  mi  corazón;  aún  me  cuesta  traba- 
jo creer,  repito,  que  tú  hayas  concebido  semejante  trai- 
ción, y  que,  concebida,  la  hayas  llevado  á  cabo.  ¿Quién 
me  habría  de  decir  que  tal  habías  de  hacer  tú,  que  des- 
de la  niñez  me  profesabas  cordial  amistad?  ¿tú,  que  has 
recibido  de  mí  tenencias,  pingües  sueldos  y  otras  prue- 
bas inequívocas  de  cariño?  ¿tú,  que  por  tres  veces  me 
has  jurado  fidelidad?  Menos  siento  mi  afrenta,  que  la 
infamia  que  recaerá  sobre  tu  nombre  y  el  de  tus  jóvenes 
é  inexpertos  compañeros,  cuando  llegue  á  saberse  el  ho- 
rrible crimen  de  que  os  habéis  hecho  reos. » 

—  «Conozco,  Santísimo  Padre,  respondió  Arias,  que 
en  lo  que  acabáis  de  manifestar,  aún  no  habéis  dicho 
toda  la  verdad;  y  nadie  con  más  horror  que  yo,  lamenta 
lo  que  ha  sucedido.  Pero,  ¿qué  habíamos  de  hacer  nos- 
otros, si  vuestra  Paternidad,  que  cuenta  con  tantos  ami- 
gos, que  dispone  de  tantos  soldados,  que  así  sobresale 
por  su  talento  y  prudencia,  era  el  principal  obstáculo 
para  la  ejecución  de  nuestros  designios?  ¿De  qué  nos 
servía  el  tener  en  nuestro  poder  á  los  demás,  si  vuestra 
Grandeza  quedaba  en  libertad?  ¿No  quedábamos  expues- 
tos á  perderlo  todo  en  un  momento?  Sin  duda,  lo  quo  se 


LOS  TBES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  353 

ha  hecho  es  horrendo,  es  altamente  detestable;  pero  es 
hecho  consumado  (jam  non  potest  non  fierij,  y  por  más  que 
discurro,  no  encuentro  medio  de  hacer  volver  las  cosas 
atrás»  (1). 

Pedro  Anaya,  que  con  el  Abad  de  Cuntís  estaba  pre- 
sente, indignado  con  el  cinismo  de  Arias  Pérez,  le  inte- 
rrumpió haciéndole  ver  la  gravedad  de  su  crimen,  y  que 
su  maldad  é  insolencia  en  prender  á  un  varón  tan  es- 
clarecido y  tan  poderoso,  y  que  era  como  el  Gobernador 
de  toda  Galicia,  no  tenían  nombre.  — «Al  fin,  añadió, 
si  queréis  atender  á  vuestra  propia  conveniencia,  aún  os 
queda  un  medio  para  conciliar  la  libertad  del  Prelado 
con  vuestros  intereses,  y  es  que  os  deis  por  contento  con 
un  grueso  rescate,  ó  con  los  rehenes  que  pidáis.  Decís 
que  el  miedo  al  Obispo  fué  el  que  os  forzó  á  obrar  como 
obrasteis;  pues  bien,  ahí  está  su  hermano  Munio  pronto 
á  quedar  como  garante  de  vuestra  seguridad,  ó,  si  más 
os  place,  recibid  en  prenda  por  cierto  tiempo  los  casti- 
llos de  Oeste  y  de  Santa  María  de  la  Lanzada. »  El  Abad 
de  Cuntís  insistió  en  lo  mismo,  y  le  exhortó  para  que  no 
quisiese  atraer  sobre  su  cabeza  la  tremenda  responsa- 
bilidad de  haber  él  dado  margen  con  la  prisión  de  Don 
Diego  á  la  ruina  de  la  gran  Iglesia  compostelana  (2). 

Arias  Pérez  mostró  que  no  le  desagradaban  tales 
proposiciones,  y  que  en  efecto,  los  razonamientos  de  los 
dos  Canónigos  liabían  hecho  mella  en  su  ánimo.  — «Si 
se  me  entregan  los  castillos,  respondió,  pondré  cuanto 
antes  en  libertad  á  vuestro  Señor.  >  Y  esto  dicho,  prosi- 
guieron la  marcha. 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LVI. 

(2)  Hist.  Compost,  lib.  I,  cap.  LVII  y  LVIII. 

Tomo  in.— 23. 


354  LIBEO  SEGUNDO 


Caminando  á  buen  paso,  llegaron  aquel  mismo  día  á 
los  llanos  de  Amoeiro.  Allí  se  detuvieron  un  día  para 
acordar  la  forma  bajo  la  cual  se  había  de  hacer  la  en- 
trega de  los  castillos,  y  dar  libertad  al  Prelado.  En 
virtud  del  convenio  allí  ajustado,  fueron  enviados  á 
Santiago  Munio  Eriz  y  Froilán  Menéndez,  los  cuales 
llevaban  el  encargo  de  participar  á  los  compostelanos  el 
estado  en  que  las  cosas  se  hallaban.  De  Amoeiro  fué  lle- 
vado D.  Diego  al  Castro  de  San  Juan  de  Pena-Co]'neira, 
y  de  aquí,  al  siguiente  día,  haciendo  larga  y  penosísima 
jornada,  al  Castro  Liiimrio  ó  Castro  de  Lobeira,  cerca  de 
Villagarcía  (i).  Aquí  vinieron  á  encontrarlo  Munio  Eriz 
y  Froilán  Menéndez,  los  cuales  volvían  de  Santiago 
acompañados  del  Arcediano  Oduario,  del  Canónigo  Pe- 
dro Vimáraz,  y  de  algunos  vecinos  de  la  ciudad  del 
Apóstol.  Por  boca  de  éstos,  se  supo  en  el  castillo  de  Lo- 
beira el  horror  é  indignación  con  que  se  había  recibido 
en  Compostela  la  noticia  de  la  prisión  de  D.  Diego,  y  la 
efervescencia  que  reinaba  en  todas  las  clases:  pues  no 
sólo  todos  los  Clérigos  y  todos  los  ciudadanos^  sino  hasta 
los  caballeros  de  los  alrededores  se  habían  juramentado 
para  libertar  al  Obispo  por  todos  los  medios  posibles.  A 
la  realización  de  esta  empresa,  no  sólo  ofrecieron  todos  su 
persona,  sino  sus  haberes,  y  aún  se  acordó,  que  si  era  ne- 
cesario, se  echase  mano  del  Tesoro  de  la  Iglesia.  Tales 
nuevas  hicieron  titubear  algún  tanto  á  Arias  Pérez; 
mas  como  no  era  hombre  que  fácilmente  se  abatiese  y 


(1)  El  P.  Flórez  (Esp.  Sag.,  tom.  XX,  pág.  109,  nota  2.*),  cree  equivo- 
cadaniente  que  el  Castro  Liipario  de  que  aquí  se  liabla,  es  el  famoso  Castro 
del  mismo  nombre  que  se  halla  próximamente  á  la  mitad  del  camino,  entre 
Padrón  y  Santiago. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LÁ  I.  COMPOSTELANA  355 

se  dejase  dominar  por  las  circunstancias,  resolvió,  con 
algunos  de  los  que  le  eran  más  íntimos,  romper  el  pac- 
to que  acababa  de  firmar  en  Amoeiro,  y  trasladar  en  el 
acto  al  Prelado  á  otro  castillo  más  seguro,  en  donde 
pudiese  dejar  burladas  las  amenazas  de  los  compostela- 
nos.  Mas  esto  no  pudo  tratarlo  con  tanto  sigilo,  que  no 
se  trasluciese  alguna  cosa;  y  D.  Diego,  que  lo  supo,  lo 
denunció  á  todos  los  caballeros  que  estaban  en  Castro 
Lupario  y  á  todo  el  ejército  de  Arias  Pérez.  Todos,  á  una 
voz,  pidieron  que  se  respetase  lo  estipulado  en  Amoeiro; 
á  saber,  que  se  diese  libertad  al  Prelado,  y  que  se  entre- 
gasen en  prenda  los  dos  castillos  á  Arias  Pérez.  El  cual, 
por  esta  vez,  tuvo  que  transigir,  y  abandonar  á  los  ca- 
balleros que  le  acompañaban,  la  custodia  de  D.  Diego  y 
la  ejecución  de  lo  pactado.  En  efecto:  los  caballeros  sa- 
caron del  castillo  al  Obispo  hasta  la  distancia  de  una 
legua;  y  desde  aquí  D.  Diego  envió  á  su  hermano  Mu- 
nio  y  al  Canónigo  Pedro  Anaya  á  Oeste  para  que  hicie- 
sen la  entrega  de  esta  fortaleza  á  Froilán  Menéndez, 
como  apoderado  de  Arias  Pérez  (1). 

Mas  éste,  considerando  que  le  había  de  ser  muy  difí- 
cil y  gravoso  conservar  en  su  poder  por  mucho  tiempo 
los  dos  castillos  de  Oeste  y  la  Lanzada,  excogitó  un  me- 
dio más  expeditivo,  y  fué  renunciar  á  las  fortalezas,  y 
exigir  que  se  le  diesen  en  rehenes  tres  de  los  hermanos 
de  D.  Diego,  á  saber,  Munio,  Pedro  y  Juan,  y  que  entre 
tanto  éstos  no  venían,  quedasen  en  su  poder  el  Arcedia- 
no Oduario  y  los  Canónigos  Pedro  Anaya  y  Pedro  Vi- 
máraz.  Con  esto,  pudo  D.  Diego  recobrar  sus  castillos:  y 
como  el  de   Oeste  estaba  tan  pr()ximo,  quiso  ir  por  sí 


(1)     Hist,  Compost.,  lib.  I,  cap.  LIX. 


S56  LIBRO    SEGUNDO 


mismo  á  posesionarse  de  dicha  fortaleza.  Lo  cual  hecho, 
aunque  no  sin  ciertas  precauciones  por  recelo  á  alguna 
nueva  zalagarda  de  Arias  Pérez,  pasó  á  Iria,  en  donde 
también  fué  recibido  con  gran  entusiasmo  y  señales 
inequívocas  de  adhesión  y  de  afecto.  Desde  aquí,  envió 
D.  Diego  á  Arias  Pérez  sus  tres  hermanos,  y  esperó  la 
vuelta  de  los  tres  Canónigos  que  habían  quedado  en 
Lobeira  (1). 

En  este  ínterin,  si  á  D.  Diego  se  hacían  años  los  ins- 
tantes que  tardaba  en  llegar  á  Compostela,  poseídos  los 
santiagueses  de  la  misma  impaciencia,  anhelaban  abre- 
viar el  momento  en  que  pudiesen  gozar  de  la  presencia 
de  su  amado  Pastor.  Noticiosos  de  que  al  fin  ya  estaba 
en  camino  para  Santiago,  provistos  de  tímpanos,  cítaras 
y  otros  instrumentos  músicos,  salieron  á  su  encuentro; 
y  cuando,  como  á  una  milla  de  distancia,  lo  columbra- 
ron seguido  de  gran  muchedumbre  que  había  ido  engro- 
sando, según  que  el  Obispo  se  iba  acercando  á  la  ciudad 
apostólica,  prorrumpieron  en  vivas  y  aclamaciones,  y 
dieron  rienda  suelta  á  su  contento  y  alegría.  Y  luego, 
entonando  himnos  y  cánticos  de  júbilo  al  son  de  los  ar- 
moniosos instrumentos,  volvieron  hacia  la  ciudad,  y  no 
se  separaron  del  lado  del  Obispo  hasta  que  lo  dejaron 
en  su  palacio  (2).  ¡Tan  en  breve  vio  D.  Diego  compensa- 
das las  amarguras  que  había  sufrido  á  orillas   del  Miño! 

A  todo  esto,  ¿qué  hacía  el  Conde  de  Traba?  Al  ver 
saqueadas,  taladas  é  incendiadas  sus  casas  y  haciendas; 
al  ver  conjuradas  contra  él  así  la  Hermandad  de  los  ca- 
balleros, como  la  de  los  campesinos;   al  ver,  finalmente, 


(1)  Hist.  Compost.f  lib.  I,  cap.  LX. 

(2)  Ilisf.  Compost.j  lib.  I,  cap.  LXI. 


LOS  TEES   PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         357 

á  SU  esposa  y  á  sus  hijos  bloqueados  en  Castro  de  Miño, 
con  riguroso  asedio  y  sin  esperanza  de  próximo  socorro, 
bien  podía  exclamar  este  varón  insigne,  que  todo  lo  ha- 
bía perdido  menos  el  honor  y  la  fidelidad  á  sa  Príncipe. 
Pero  D.  Pedro,  tan  fuerte  en  la  adversidad,  como  gene- 
roso en  la  bonanza,  no  dobló  su  cerviz  ante  el  infortu- 
nio y  la  perfidia,  y  luchando  sin  tregua  contra  la  ad- 
*  versa  fortuna,  llegó  á  sobreponerse  á  todo  género  de 
obstáculos.  Al  poco  tiempo,  ayudado  del  Conde  de  Mon- 
terroso,  D.  Munio  Peláez,  ya  se  hallaba  en  disposición 
de  poder  tomar  venganza  de  sus  enemigos,  ó  más  bien, 
de  rechazar  cualesquiera  injustos  ataques,  porque  en  su 
corazón  magnánimo  tan  ruin  pasión  apenas  tuvo  cabi- 
da. Entonces  D.  Diego  Gelmírez  comenzó  á  entrar  de 
lleno  en  las  apreciaciones  que  el  Conde  había  formado 
acerca  del  estado  político  de  España;  y  la  faerza  de  los 
acontecimientos  vino  á  juntar  aquellas  dos  almas  que 
nunca  hubieran  debido  estar  separadas. 

A  fin  de  marchar  en  todo  de  común  acuerdo,  tuvie- 
i*on  una  entrevista  á  orillas  del  Tambre,  es  decir,  en  el 
confín  que  separaba  sus  respectivas  jurisdicciones.  Allí 
se  trató  de  los  medios  de  traer  á  Gralicia,  y  aún  á  Espa- 
ña, la  paz  y  la  concordia  de  los  ánimos,  y  de  promover 
el  bienestar  y  prosperidad  del  país.  Desde  luego  se  con- 
vino en  que  la  base  para  todos  estos  trabajos,  debía  ser 
la  libertad  del  Príncipe,  que  aún  estaba  en  poder  do 
Arias  Pérez,  y  su  solemne  proclamación   como  Rey   (1). 

Para  remover  más  fácilmente  los  obstáculos,  que  pu- 


(l)  Existimans  (Dn.s.  Didacus  Gelniircz)  per  eiiis  (Principis  Dni.  Ade- 
fonsi)  solutioDem,  posse  revocan  CTallaetiamin  pacÍ8  et  concordiae  unioneiUi 
(¡íist.  Composf.,  lib.  I,  cap.  LXII,  pág.  114). 


35S  LIBRO  SEGUNDO 


diesen  oponerse  á  la  consecución  de  tan  ansiado  fin, 
ambos  determinaron  echar  un  velo  sobre  lo  pasado,  y 
renunciar  á  toda  demanda  de  venganza  y  de  castigo 
contra  Arias  Pérez  y  sus  cómplices.  Y  como  en  el  deseo 
de  evitar  complicaciones,  era  muy  conveniente,  antes  de 
pasar  al  solemne  acto  de  la  coronación  del  Príncipe, 
contar  con  el  beneplácito  y  aquiescencia  de  su  madre, 
acordaron  enviar  Legados  á  León  y  á  Castilla,  que  bus- 
casen á  D.^  Urraca,  le  propusiesen  cuáles  eran  sus  de- 
signios, y  le  pidiesen  que  se  dignase  prestar  su  consen- 
timiento (1). 

A  la  sazón  ya  la  Reina  se  había  evadido  de  Caste- 
llar, de  la  manera  que  se  va  á  ver.  La  indignación  de 
los  Castellanos  ante  las  atrocidades  de  las  huestes  del 
Monarca  aragonés,  no  tardó  en  llegar  á  su  colmo.  De 
acuerdo  con  D.''^  Urraca,  urdieron  una  vasta  conspira- 
ción, cuyos  jefes  eran  los  Condes  D.  Gómez  Gronzález 
Salvadores  y  D.  Pedro  González  de  Lara.  El  primer  re- 
sultado de  estos  trabajos,  fué  la  libertad  de  la  Reina, 
que,  seduciendo  á  los  que  la  custodiaban,  se  fugó  de 
Castellar,  y  se  vino  á  Castilla  (2).  No  contentos  con  esto, 
emprendieron  los  Condes  ruda  campaña  contra  las  tro- 
pas de  D.  Alfonso,  el  cual,  alarmado,  sin  duda,  con  el 
aparato  imponente  que  presentaba  la  insurrección,  se 
concertó  con  el  Conde  de  Portugal,  que  acababa  de  lle- 
gar de  Francia  (3),  y  salió  al  campo  á  hacer  frente  á  los 


(1)  fií'ist.  ComposL,  lib.  I,  cap.  LXIl  y  LXIII. 

(2)  Regina  autem  indignanter  tolerans  custodiri,  vocavit  milites  ex 
Castella,  cum  quibus,  suasis  custodibus  sibi  datis,  reditum  obtinuit  in  Ca- 
stellam.  (D.  Rodrigo,  De  rebus  líisjjaniae,  lib.  VII,  cap.  1). 

(í-3)  Según  el  Anónimo  de  Sahagún  (cap.  XXI)  en  lo  que  se  concertaron 
P,  Alonso  de  Aragón  y  D.  Enrique  de  Portugal,   fué  en  lo  siguiente;  qu© 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELANA  359 

sublevados.  Encontráronse  los  dos  ejércitos  el  12  de  Abril 
de  este  año  1111  (1)  en  Campo  de  Espina  (Candespina), 
cerca  de  Sepúlveda;  y  después  de  muy  reñida  pelea,  ob- 
tuvo el  de  Aragón  una  señalada  victoria. 

El  Rey  de  Aragón  no  se  descuidó  en  sacar  todo  el 
fruto  posible  de  esta  victoria.  Sin  perder  tiempo  se  en- 
caminó á  Toledo,  y  se  hizo  proclamar  Rey  el  18  de 
Abril  de  1111. 

Con  esto  parecía  que  el  señorío  de  D.  Alfonso  en 
Castilla  se  aseguraba  definitivamente;  pero  por  una  de 
esas  peripecias  tan  frecuentes  durante  aquel  período, 
las  cosas  al  poco  tiempo  sufrieron  notable  cambio.  El 
Conde  de  Portugal  viendo  que  al  fin  se  quedaba  sin  la 
ambicionada  Toledo  y  halagado  por  las  ventajosas  pro- 
posiciones que  sigilosamente  le  hiciera  D.^  Urraca,  se  se- 
paró de'D.  Alfonso  de  Aragón  y  se  convirtió  en  principal 
adalid  de  la  Reina.  En  esta  nueva  fase  continuó  la  gue- 
rra durante  algún  tiempo  con  bastante  encarnizamiento, 
y  el  Rey  de  Aragón  llegó  á  verse  estrechamente  bloquea- 
do en  el  castillo  de  Peñafiel,  cerca  de  Valladolid.  Mas  la 
Condesa  de  Portugal,  D.^  Teresa,  no  pudiendo,  á  lo  que 
parece,  sufrir  por  más  tiempo  la  ausencia  de  su  marido, 
dejó  á  Coimbra,  en  donde  liabía  quedado,  y  se  fué  al 
campo  de  su  hermana  D.''^  Urraca.  Aquí  la  emulación 
que  existió  siempre  entre  las  dos  Princesas,  liizo  que  en 
breve  se  rompiese  la  poco  firmo  alianza  concertada  en- 
tre D.  Enrique  y  D.^  Urraca.  La  cual,  para  dejar  burla- 
dos á  sus  hermanos,  y  sin   efecto   las  proposiciones  que 


éste  con  todas  sus  fuerzas  guerrearía  en  favor  de  aquel  contra  D."*  T'^rraca, 
y  que  lo  que  ganasen  se  repartiría  entre  los  dos  por  mitad. 

(1)     Véase  D.  Alfonso  VI J,  Rey  de  Galicia,  y  su  ayo  el  Conde  de  Traba f 
p¿^g.  22. 


360  LIBRO  SEGUNDO 


les  había  hecho,  no  receló  unirse  de  nuevo  al  Rey  de 
Aragón.  A  este  fin  trató  con  él  muy  secretamente;  y  la 
reconciliación  no  tardó  en  llevarse  á  cabo.  Resultado  de 
esta  nueva  combinación  fué,  que  el  Rey  D.  Alfonso  se 
apoderase  de  Falencia  y  de  Sahagún,  en  donde  estuvo  á 
punto  de  hacer  prisionera  á  la  Infanta  D.^  Teresa.  In- 
dignado D.  Enrique  con  tan  poco  leal  proceder,  movió 
sus  armas  contra  D.^  Urraca  y  D.  Alfonso,  y  los  tuvo 
cercados  en  Carrión.  Mas  al  poco  tiempo  los  Magnates 
Leoneses  y  Castellanos  le  obligaron  á  levantar  el  sitio;  y 
los  dos  Reyes  viéndose  libres  y  desembarazados  de  aquel 
estorbo,  creyeron  que  podían  continuar  ventilando  sus 
diferencias,  si  bien  parece  que  D.^  Urraca  pronto  comen- 
zó á  llevar  la  peor  parte  (1). 

En  esto  llegaron  los  Legados  de  Galicia  con  las  pro- 
posiciones que  hemos  indicado.  Antes  de  decidirse  á  to- 
mar un  partido,  la  Reina  quiso  aconsejarse  con  el  Conde 
D.  Fernando,  que  era  uno  de  sus  más  íntimos  confiden- 
tes (2).  Dirigióle  una  larga  arenga  en  la  que  expuso  to- 
dos los  antecedentes  que  pudiesen  ilustrar  al  Conde,  y 
le  pusiesen  en  estado  de  formar  cabal  juicio  acerca  de 
la  conveniencia  de  lo  que  se  pedía.  Le  manifestó  cuál 
había  sido  la  última  voluntad  de  su  padre  D.  Alfonso  VI 
respecto  de  la  sucesión  al  Trono  y  de  la  suerte  de  su 
único  nieto  legítimo.  Le  expresó  que  ella,  sólo  forzada, 
se  había  unido  á  D.  Alfonso  de  Aragón  en  nefando  y 
execrable  matrimonio.  Hízole  relación  de  las  violencias, 


(1)  Véase  I).  Alonso  VII  Rey  de  Galicia,  cap.  IX,  pág.  22. 

(2)  Este  Conde  acaso  sea  el  poderoso  Fernando  García,  de  que  hace 
mención  el  Anónimo  de  Sahagún  en  el  cap.  XXI.  En  este  supuesto  no  sería 
descaminado  el  pensar  que  este  D.  Fernando,  fuese  hijo  del  Rey  de  Galicia 
J).  García,  toda  vez  que  D.**  Urraca  le  llama  su  pariente  consanguíneo. 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  1.   COMÍOSTELANA       361 


ultrajes  y  maltratamientos  sinnúmero,  de  que  había  sido 
blanco  por  parte  del  Rey  de  Aragón.  Describió  con  los 
más  negros  colores,  tal  vez  algo  exagerados,  los  males, 
las  ruinas,  la  desolación  que  en  todo  el  reino  causó  su 
pretenso  marido.  No  omitió  hacer  mención  de  los  traba- 
jos, persecuciones  y  molestias  de  todo  género  que  sufrió 
el  belicoso  Conde  de  Traba  (á  quien  llama  modelo  de 
fortaleza,  fídei  firmitate  fortissimum)  por  salvar  al  Príncipe, 
que  en  sus  brazos  había  depositado  D.  Alfonso  VI  á  la 
hora  de  su  muerte  (1). 

—  «Yo  creo,  señora,  respondió  en  substancia  D.  Fer- 
nando, que  por  ningún  concepto  debéis  permitir,  que  se 
retarde  por  más  tiempo  lo  que  el  Prelado  compostelano 
y  el  Conde  de  Traba  intentan  ejecutar  (2).  Antes  por  el 
contrario,  juzgo  que  lo  que  en  las  actuales  circunstan- 
cias os  aconseja  la  prudencia,  es,  que  pongáis  vuestra 
suerte  y  la  de  vuestro  hijo  D.  Alfonso  en  manos  de  tal 
Obispo  y  de  tal  Conde.  Yo  mismo  me  ofrezco  á  ir  perso- 
nalmente á  Santiago  á  hacerles  saber  vuestros  deseos,  á 
comunicarles  las  instrucciones  que  tengáis  á  bien  darme, 
y  á  ponerme  á  sus  órdenes  para  todo  cuanto  de  mí  pi- 
dan» (8). 


(1)  Qnocirca  bellicosiim  Comitein  Petrum  fidei  firmitate  fortissimum 
dirá  machinatione  perditum  iré  raoliebatur  (Rex  Aragonensis),  eo  quod 
fidus  Infantuli  nutritius  nulla  tribulatione  vel  molestia  ab  eius  fidelitat^ 
separari  poterat,  cui  dominium  Patre  meo  praecipiente  in  Legione  eivitate 
iuraverat.  (lÜst.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXIV). 

(2)  La  Compostelana  sólo  hace  mención  en  este  pasaje  (lib.  I, 
cap.  LXV,  pá.g.  118)  del  Prelado  de  Santiago;  pero  no  es  de  creer  que  ni 
D.*  Urraca,  ni  D.  Fernando,  hiciesen  caso  omiso  del  Conde  de  Traba,  siendo 
así  que  por  ella  misma  sabemos  (lib.  I,  cap  LXIIl)  que  los  Legados  envia- 
dos á  la  Reina,  iban  en  representación  del  Obispo  y  del  Conde. 

(3)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  c^p.  LXV. 


362  LIBRO    9EGU1ÍD0 


Por  las  palabras  del  Conde  D.  Fernando,  y  por  el 
modo  de  expresarse  de  la  misma  D.^  Urraca,  se  ve  que 
la  situación  de  ésta  era  entonces  bastante  apurada. 
Probablemente  ya  se  liabian  realizado  las  previsiones 
de  los  caballeros  que  la  descercaron  en  Carrión,  cuando 
decían  que  no  tardaría  muchos  días  en  arrepentirse  de 
su  segunda  reconciliación  con  el  Monarca  aragonés  (1). 
Viéndose,  pues,  D.^  Urraca  en  inminente  rompimiento 
con  D.  Alfonso  el  Batallador  (2)  y  enemistada  con  el 
Conde  D.  Enrique,  al  cual  había  engañado  miserable- 
mente, era  natural  que  buscase  un  apoyo  en  que  afian- 
zarse, un  valedor  en  cuyas  manos  pusiese  su  suerte. 
Aceptó,  por  tanto,  la  generosa  oferta  del  Conde  D.  Fer- 
nando, é  inmediatamente  lo  despachó  á  Santiago.  El 
mismo  día  de  su  llegada  enteró  D.  Fernando  á  Gelmírez 
del  objeto  de  su  misión,  y  le  manifestó  cuan  grata  era 
á  la  Reina  la  empresa  que  meditaba.  Desde  este  mo- 
mento D.  Diego  no  se  dio  punto  de  reposo  hasta  llevar  á 
cabo  los  proyectos  que  había  concebido  de  acuerdo  con 
el  Conde  de  Traba.  La  principal  dificultad  estaba  en 
arrancar  al  Príncipe  de  manos  de  Arias  Pérez  y  sus 
compañeros,  toda  vez  que  éstos  se  habían  manifestado 
dispuestos  á  cometer  la  avilantez  de  convertir  á  D.  Al- 
fonso en  precio  de  su  impunidad.  Toda  aquella  noche 
pasó  D.  Diego  excogitando  algún  medio  de  conciliar  la 
libertad  de  D.  Alfonso  con  la  punición  de  los  culpables; 


(1)  Ante  de  muchos  días  se  arrepentiría  la  Reina  de  su  segundo  matri- 
monio. {Anónimo  de  Sahagún,  cap.  XXIII). 

(2)  Como  dice  Herculano  (Historia  de  Portugal,  tom.  I,  pág.  235) 
«cuando  D.'*"  Urraca  se  divorciaba  de  su  marido,  se  unía  á  los  partidarios  de 
Su  hijo,  y  cuando  se  reconciliaba  con  aquel,  se  mostraba  adversa  á  éstos.» 


LOS  THKS  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         36B 

pero  al  fin,  comprendiendo  que  se  fatigaba  en  vano, 
resolvió  renunciar  á  toda  pretensión  de  castigo  y  enviar 
un  seguro  y  salvoconducto  á  Arias  Pérez  y  á  sus  cóm- 
plices para  que  entregasen  al  Principe.  Estos  contesta- 
ron, que  estaban  prontos  á  hacerlo  con  tal  que  el  Con- 
de de  Traba  les  diese  por  su  parte  otro  seguro  como  el 
del  Prelado.  El  Conde  D.  Pedro  hizo  gustoso  este  nue- 
vo sacrificio  en  obsequio  de  su  real  pupilo,  y  en  el  día 
señalado  por  Gelmírez,  previo  juramento  pedido  por  éste 
de  que  no  se  ofenderían,  ni  molestarían  en  lo  más  míni- 
mo, se  juntaron  todos  en  Puente  Cesures,  cerca  de 
Padrón.  Arias  Pérez  trajo  al  Príncipe  del  castillo  de 
Pena-Corneira  en  donde  había  permanecido  durante 
todo  este  tiempo  bajo  la  custodia  de  Pedro  Arias  (1). 
Hallábanse  también  presentes  Fernán  Sánchez,  Pelayo 
Gudésteiz,  Oduario  Ordóñez  y  los  demás  jefes  de  la  Her- 
mandad. D.  Diego  Gelmírez  rogó  de  nuevo  al  Conde 
de  Traba,  que  no  quisiese  perseguir  los  gravísimos  ul- 
trajes é  injurias  de  que  habían  sido  objeto  tanto  él,  como 
los  suyos;  y  dadas  luego  de  una  parte  y  de  otra,  las 
explicaciones  y  satisfacciones  que  se  estimaron  necesa- 
rias, el  Conde  y  los  jefes  de  la  Liga  firmaron,  bajo  jura- 
mento, un  tratado  de  paz  y  alianza,  salva  siempre  la 
fidelidad  debida  á  la  Iglesia  y  al  Príncipe.  Arias  Pérez 
ya  no  titubeó  un  momento  en  entregar  el  augusto  niño 
á  D.  Pedro,  que  lo  recogió  gozoso,  y  en  medio  de  inmensa 
ovación,  lo  llevó  á  ^  morada  á  Santiago.  Al  mismo 
tiempo,  pudo  el  Conde  abrazar  á  su  esposa  y  á  sus  hijos, 
á  los  cuales  también  se  había  devuelto  la  libertad. 

Ya  nada  faltaba  para  que  pudiera  precederse  á  la 


(1)     Hist.  Composf.,  lib.  I,  cap.  LIX. 


Ú64:  LIBEO  SEGUNDO 


coronación  del  Príncipe.  Señalóse  el  próximo  domingo, 
17  de  Septiembre  (1)  de  dicho  año  1111,  parala  cele- 
bración de  tan  fausta  solemnidad.  A  la  hora  convenida, 
salió  de  la  Catedral  una  gran  procesión  formada  por 
todo  el  numeroso  Clero  de  la  Iglesia  compostelana,  pre- 
sidido por  su  Obispo,  vestido  de  Pontifical.  Recibido  el 
Príncipe,  el  Prelado  lo  colocó  á  su  derecha,  y  en  esta 
forma  lo  acompañó  hasta  el  Altar  del  Apóstol.  Las  na- 
ves del  Templo  estaban  cuajadas  de  compacta  muche- 
dumbre, ávida  de  contemplar  de  cerca  las  facciones  de 
aquel  niño  de  siete  años,  en  quien  estaban  simbolizadas 
la  salvación  y  la  prosperidad  de  la  patria.  Llegados  al 
Altar,  D.  Diego  le  ungió  solemnemente  según  el  cere- 
monial proscripto,  puso  en  sus  manos  el  cetro  y  la  espa- 
da, orló  sus  sienes  de  magnífica  diadema  de  oro,  y  lo 
hizo  sentar  en  el  Trono  pontifical.  Celebróse  después 
con  toda  pompa  la  Misa  mayor;  y  concluida,  el  Obispo 
condujo  al  nuevo  Rey  á  su  palacio,  en  donde  se  hallaba 
preparado  un  espléndido  banquete.  Todo  lo  más  selecto 
y  granado  de  la  aristocracia  gallega,  se  hallaba  reunido 
en  aquel  sitio.  El  Conde  D.  Pedro  hizo  de  repostero  ma- 
yor; sus  hijos  D.  Rodrigo  y  D.  Bermudo  servían,  el  pri- 
mero, de  alférez  ó  portador  de  las  armas  reales,  y  el 
segundo,  de  escanciador;  y  su  yerno  D.  Munio,  presen- 
taba al  Rey  los  manjares.  Durante  el  convite,  recreaban 
el  oído  escogidos  coros  de  voces  é  instrumentos,  ejecu- 
tando melodiosos  himnos  de  gozo  y  exaltación;  y  la  ale- 


(1)  Como  el  P.  Flórez  parte  del  supuesto  de  que  estos  sucesos  tuvieron 
lugar  en  el  año  1110,  cree  que  el  día  señalado  para  la  coronación  fué  el  25 
de  Septiembre,  pues  en  este  día  cayó  en  dicho  año  la  Dominica  Justus  es, 
Domine^  6  sea  la  XVII  posf  Pentecostem. 


LOS  TBES   PBIMEEOS   SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELANA         365 

gría  que  se  respiraba  en  aquel  lugar,  se  difundía  por 
todos  los  ángulos  de  la  dichosa  Compostela  (1). 

El  Príncipe  D.  Alfonso  no  era  un  lazo  de  unión  iner- 
te, sino  eficaz  y  enérgica.  Al  día  siguiente  de  su  corona- 
ción, algunos  de  los  caballeros  reunidos  en  Santiago,  es- 
timulados tal  vez  por  el  Conde  D.  Fernando,  mensajero  de 
D.^  Urraca,  propusieron  que  lo  que  procedía  era  llevar 
al  Rey  á  León,  y  sentarlo  con  su  madre  en  el  Trono  que 
habían  poseído  sus  mayores.  Ni  á  D.  Diego  Gelmírez,  ni 
al  Conde  de  Traba  desagradó  la  idea;  pero  juzgaron  que 
antes  era  conveniente  someter  al  dominio  del  Príncipe 
la  rebelde  ciudad  de  Lugo.  La  cual  seguía  aún  la  voz 
del  Rey  de  Aragón,  y  continuaba  convertida  en  guarida 
de  malhechores.  Reunióse  con  este  motivo  un  considera- 
ble núcleo  de  fuerzas;  mas  antes  de  pasar  á  vías  de  he- 
cho, se  envió  un  parlamentario  á  los  Lucenses  intimán- 
doles la  rendición.  Los  cuales,  para  no  incurrir  en  caso 
de  alta  traición,  abrieron  las  puertas  de  la  ciudad  á  su 
Señor  natural,  que  con  esto  acabó  de  extirpar  las  últi- 
mas raíces  de  la  dominación  aragonesa  en  Galicia    (2). 

Entonces  pudo  ya  pensarse  en  organizar  la  expedi- 
ción á  León.  Movió  de  Lugo  el  ejército  expedicionario, 
compuesto  de  266  hombres  de  armas  á  las  órdenes  del 
Conde  de  Traba.  Acompañaban  también  al  Principe  el 
Obispo  de  Santiago  y  el  Legado  de  la  Reina,  D.  Fer- 
nando. Iban  los  Gallegos  siguiendo  la  antigua  carretera 
romana,  y  hasta  Viadangos  (Fons  de  Angos),  lugar  entre 
Astorga  y  León,  en  donde  pernoctaron,  no  tuvieron  tro- 
piezo alguno.   En  la  persuasión  de  que  los    Aragoneses 


(1)  Hist.  Coinpost.,  lib.  1,  cap.  LXVI. 

(2)  Hist,  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXVII. 


366  LIBEO  SEGUNDO 


estaban  alejados  de  aquella  zona,  no  tomaron  acaso  to- 
das las  precauciones  necesarias;  lo  cierto  es,  que  cuando 
á  la  madrugada  se  disponían  para  proseguir  la  marcha, 
se  encuentran  poco  menos  que  rodeados  de  660  caballe- 
ros Aragoneses  y  2.000  infantes,  perfectamente  armados 
y  equipados.  No  por  eso  se  amilanaron;  toman  apresura- 
damente las  armas,  montan  á  caballo  y  salen  al  encuen- 
tro del  enemigo.  El  choque  fué  tremendo  y  sangriento; 
como  que  no  se  daba  más  alternativa,  que  la  de  vencer 
ó  morir.  Con  los  golpes  de  sus  aceradas  lanzas  rompie- 
ron los  Grallegos  las  primeras  filas  de  los  Aragoneses, 
rompieron  las  segundas;  pero  su  esfuerzo  y  su  denuedo 
tenia  que  embotarse  contra  las  masas  de  enemigos  que 
tenían  delante.  El  Conde  de  Traba  ve  á  los  suyos  ren- 
didos de  fatiga;  ve  que  el  enemigo  con  su  muchedumbre 
se  iba  extendiendo  por  todas  partes;  ve  á  su  Rey  en 
riesgo  de  caer  en  manos  de  los  Aragoneses.  Esto  lo  enar- 
dece y  exalta  su  fiereza,  y  queriendo,  á  costa  de  su  li- 
bertad y  aún  de  su  vida,  salvar  la  de  su  Príncipe,  se 
lanza  en  medio  del  enemigo  sembrando  en  su  derredor 
el  espanto  y  la  muerte.  D.  Pedro  vio  caer  exánime  al 
generoso  Conde  D.  Fernando,  que  probablemente  iba  á 
su  lado,  y  él  mismo  cayó  al  fin  prisionero  (1);  pero  vio 
también  cumplido  su  objeto,  vio  que  su  pupilo,  gracias 
á  su  esfuerzo,  pudo  ser  puesto  en  salvo  y  sacado  del  pe- 
ligro por  mediación  de  D.  Diego  Gelmírez.  Afortunada- 
mente, la  madre  no  se  hallaba  muy  distante,   y  en  sus 


(1)     Animosus  comes  Petrus,  qui  in  medias  hostium   proruperat  acies,' 
]>ost   acerriinam  et  diutuniam  in  liostcs  ultioiiem,  iiialuit  bellando   captus 
esse,    quam    campum    inhonesto    dimitiere.    (Ilist.     Compost.,  lib.  I,  ca- 
pítulo LXVIII). 


LOS  TBE9  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  Lá.  I.    COMPOSTELANA         3G7 

brazos  corrió  á  depositarlo  el  Prelado  compostelano.  Y 
D.^  Urraca,  á  la  vista  del  peligro  que  había  corrido  su 
tierno  vastago,  sintiendo  que  su  corazón  se  encendía  en 
maternal  ternura,  lo  recibió  con  las  demostraciones  más 
significativas  de  amor  y  de  cariño. 

Hecho  esto,  D.  Diego  se  recobró  en  Astorga  que,  por 
ventura,  se  hallaba  defendida  por  el  Conde  de  Lemos  y 
Sarria,  D.  Rodrigo  Vélaz.  Allí  permaneció  tres  días  para 
recoger  los  heridos  y  dispersos,  y  con  los  restos  que  pudo 
reunir  del  ejército  expedicionario,  dio  vuelta  para  Gali- 
cia, en  donde  ya  comenzaba  á  sentirse  alguna  inquietud 
y  agitación.  Mas  el  prudente  Prelado,  para  que  no  de- 
cayese el  espíritu  público  y  no  enfriasen  los  partidarios 
de  D.  Alfonso,  convocó  á  todos  los  principales  caballeros 
Gallegos,  y  les  hizo  renovar  el  juramento  de  fidelidad  á 
D/  Urraca  y  á  su  hijo  (1). 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LX VIII.  — En  el  lib.  II,  cap.  Lili,  pá- 
gina 365  se  añade,  que  antes  de  la  batalla  el  Rey  de  Aragón  había  encarga- 
do á  diez  de  sus  más  esforzados  guerreros,  que  buscasen  con  todo  empeño  á 
D.  Diego  Gelmírez,  y  se  lo  llevasen  prisionero.  Además  de  los  motivos  gene- 
rales que  á  D.  Alfonso  movían  para  estar  enemistado  con  el  Obispo  com- 
postelano, como  lo  estaba  con  todos  los  que  se  oponían  á  sus  insensatas 
pretensiones,  tenía  otro  especial,  y  eran  las  instigaciones  del  Obispo  depues- 
to de  Santiago,  D.  Diego  Peláez,  el  cual,  como  liemos  dicho,  se  había  refu- 
giado en  los  estados  de  Aragón,  y  conservó  siempre  gran  inquina  hacia  Gel- 
mírez. Este,  em})ero,  se  salvó  casi  milagrosamente  de  tan  bien  ordenadas 
asechanzas. 


^^^^t^^l''^^^^t^^^'¥^^^^^'l''5^J^'^^^ 


CAPITULO  XY 


Espantosa  anarquía  que  en  los  Estados  cristianos  se  siguió 
á  la  ilícita  unión  de  D.^  Urraca  con  D.  Alfonso  de  Aragón. 
— Actitud  de  Gelmírez  en  tan  terrible  crisis. 


UANDO  D.""  Urraca 
acogió  entre  sus 
brazos  á  su  tierno 
vastago  después  de 
la  rota  de  Viadan- 
gos  (lo  cual  debió 
acontecer  á  fines 
de  Octubre  de  11 11),  ya  se  hallaba  en  guerra  abierta 
con  el  Rey  de  Aragón.  Al  mismo  tiempo,  en  Castilla  y 
León,  reinaba  la  más  lamentable  contusi(')n  y  discordia, 
de  modo  que  á  la  Reina  no  lo  era  posible  hallar  allí  base 

Tomo  111.-24. 


1^70  LIBRO   SEGUNDO 


segura  para  rehabilitar  su  autoridad  y  prestigio.  Por 
esto  formó  propósito  de  venir  á  Galicia,  en  donde  con- 
fiaba allegar  recursos  suficientes  para  luchar  con  venta- 
ja contra  los  Aragoneses.  Ante  todo,  preparó  á  su  hijo 
mansión  segura  y  tranquila  en  la  inexpugnable  fortaleza 
de  Orcillón,  sita,  al  parecer,  en  Castilla;  y  libre  de  este 
cuidado,  atravesando  á  Asturias,  tomó  el  camino  de  Ga- 
licia, y  en  poco  tiempo  visitó  sus  principales  ciudades. 

He  aquí  como  la  Compostelana  describe  su  expedición 
á  Galicia:  «Encaminándose  D.^  Urraca,  después  de   de- 
jar á  su  hijo  en  Orcillón,  hacia  los  ásperos  y  pedregosos 
montes  de  Asturias,  pasó  por  Oviedo.  Llegando  á  Lugo, 
movida  por  divino  impulso,  entró  en  vivísimos  deseos  de 
venir  en  penitencia  á  visitar  el  Templo  de   Santiago. 
Vino,  pues,  á  Compostela,  y  al  entrar   en  la   apostólica 
Iglesia,  postrada  entre  las  rejas  del  vestíbulo   y  las  del 
Altai^  y  levantando  las  manos  al  cielo,  dirigió  al  Señor 
esta  fervorosa  oración:  — «Señor  Jesucristo,  que  por  dis- 
posición del  Padre  y  cooperando  el  Espíritu  Santo,  os 
habéis  dignado  restaurar  á  costa  de  vuestra  propia  san- 
gre el  mundo  perdido  por  la  prevaricación  de  Adán,  os 
ruego  y  suplico  humildemente,  que   sea  vuestra  volun- 
tad, piadosísimo  Salvador  nuestro,  que  el  reino  de  Espa- 
ña, poseído  con  tanta  felicidad  por  mi  padre  Alfonso,  y 
ahora,  después  de  su  muerte,  tan  desolado  y  revuelto 
por  el  cisma  y  tiranía  del  Rey  de  Aragón,  por  la  dulcí- 
sima  intercesión  de  vuestro   Apóstol   Santiago,   cuyos 
gloriosos  restos  descansan  en  este  venerando  lugar,  sea 
dado  al  legítimo  dueño,  y  recobre  la  paz,  para  que  vues- 
tros fieles  puedan  vivir  tranquilos  y  dedicarse  á  serviros 
á  Vos,  Dios  vivo,  por  los  siglos  de  los  siglos.» — Concluida 
esta  plegaria,  se  santiguó  y  se  puso  en  pie,  y  el  Prelado 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA        371 

de  este  lugar,  con  todo  su  respetable  Clero,  la  agasajó 
como  era  debido,  y  la  condujo  á  los  Palacios  episco- 
pales» (1). 

D.^  Urraca  llegó  á  Santiago  á  mediados  de  Abril 
de  1112.  Al  día  siguiente  de  su  llegada,  volvió  á  la  Igle- 
sia, y  ante  el  Altar  del  Apóstol,  por  su  salud  y  la  de 
todo  el  reino,  y  por  su  alma  y  las  de  sus  padres,  ofreció, 
contrita  y  humillada,  varias  casas  y  solares  en  Santia- 
go que  eran  de  la  Voz  Real,  y  todo  lo  de  infantazgo  que 
había  entre  los  ríos  Ulla  y  Tambre  (2).  Mas  esta  dona- 
ción no  se  redujo  á  escritura  pública  hasta  un  mes  des- 
pués, como  luego  veremos. 

Como  la  Reina  no  perdía  de  vista  el  principal  obje- 
to por  que  había  venido  á  Galicia,  convocó  Cortes  en 
Santiago  para  el  domingo  de  Pascua,  que  aquel  año 
cayó  en  21  de  Abril  (3).  Fueron  citados  los  Magnates  de 
Galicia,  y  todos  los  que  tenían  señorío  ó  ejercían  juris- 
dicción. Concurrió,  entre  los  primeros,  el  valiente  y  leal 
Conde  de  Traba  (strenuus  et  fidelis  comes  Petrus,  dice  la 
CompostelanaJ ,  con  su  hijo  í).  Bermudo.  Asistieron  tam- 
bién D.  Rodrigo  Vélaz,  Conde  de  Sarria,  D.  Munio  Pe- 
láez.  Conde  de  Monterroso,  D.  Gutierre  Bermúdez,  Con- 
de de  Montenegro,  D.  Alfonso  Muñiz,  Conde  de  la  Limia, 
D.  Gómez  Núñez,  Conde  de  Toroño,  D.  Fernando  Yá- 
ñez,  Munio  Gelmírez,  etc.,  y  en  representación  del  es- 
tado eclesiástico,  los  Obispos  y  principales  Abades  galle- 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXIX. 

(2)  Hist.  Compost. y  lib.  I,  cap.  LXIX. 

(3)  El  P.  Flórez  (Esp.Sag.,  tom.  XX,  pág.  12(>),  partiendo  siempre  del 
supuesto  de  que  estos  sucesos  tuvieron  lugar  en  el  año  lili,  cree  que  las 
Cortes  í'ueron  convocadas  para  el  2  de  Abril,  que  fué  el  día  eu  que  en  dicho 
año  cayó  la  Pascua. 


372  LIBRO  SEGUNDO 


gos.  Hallábanse,  además,  presentes  algunos  caballeros 
castellanos  que  acompañaban  á  la  Reina,  como  D.  Gu- 
tiérrez Fernández  de  Castro,  Mayordomo  o  jefe  de  la 
Real  Casa.  Abiertas  las  Cortes,  D.^  Urraca  expuso  á  los 
concurrentes  el  objeto  por  qué  los  había  llamado,  que 
era  saber  si  podía  contar  con  ellos  para  hacer  la  guerra 
al  Monarca  aragonés  hasta  expulsarlo  de  León  y  de  Cas- 
tilla. Todos  unánimemente  respondieron  que  por  la  Rei- 
na y  por  su  hijo  D.  Alfonso  estaban  dispuestos  á  derra- 
mar hasta  la  última  gota  de  sangre,  que  irían  hasta 
donde  ella  los  llevase,  ó  á  donde  quisiera  que  fuesen,  y 
lucharían  sin  tregua  hasta  ver  más  allá  del  confín  de 
Castilla  al  tirano  aragonés. 

Quince  días  se  detuvo  en  aquella  ocasión  D.^  Urraca 
en  Santiago.  Pasada  la  Pascua,  se  encaminó  á  Tuy,  en 
donde  se  hallaba  el  28  de  Abril,  y  luego  continuó  reco- 
rriendo los  demás  pueblos  de  Galicia. 

A  mediados  de  Mayo  hallábase  de  nuevo  la  Reina 
en  Santiago,  y  entonces  fué  cuando  hizo  extender  y  for- 
malizar la  donación  que  había  hecho  un  mes  antes.  Do- 
nó en  primer  lugar,  como  hemos  dicho,  todo  lo  de  infan- 
tazgo (1)  que  había  entre  el  Ulla  y  el  Tambre,  y  que 
estaba  anexo  al  Monasterio  de  Talohre  (San  Andrés  de 


(l)  Lo  de  infantazgo  finfautaticunij  eran  los  bienes  de  iglesias  y  Mo- 
nasterios que  habían  poseído  por  disposición  de  su  padre  D.  Fernando  I, 
las  Infantas  D.*^  Urraca  y  D.*  Elvira.  «Omnia  vero  totius  regni  monasteria 
(dice  el  Cronicón  Compostelano  en  la  Esp.  Sag.,  tom.  XX,  pág.  GOD),  suis 
duabus.filiabus  Urrachae,  scilicet,  et  Geloirae,  hereditario  jure  tenenda  et 
possidenda  concessit  (Rex  Fredenandus).»  A  la  muerte  de  las  Infantas 
todos  estos  bienes  (¿uedaron  devueltos  -k  la  Corona;  ¡jero  para  indicar  su 
))rocedencia  y  distinguirlos  de  los  de  realengo,  se  los  designaban  cou  la 
denominacióu  de  iufautaz;{o. 


LOS  THES  PRIMEROS  SIGLOS  DB  LA  I.  COMPOSTELANA  373 

Trobe).  Donó,  además,  todo  cuanto  la  Iglesia  de  Mondo- 
fiedo  había  poseído  entre  dichos  ríos  y  en  Pausada  (San 
Lorenzo  de  Pousada).  Cedió  igualmente  todos  los  siervos 
y  heredades  que  pertenecían  á  la  Voz  Real  en  Postmar- 
cos  y  en  Noya,  á  saber,  la  iglesia  de  San  Vicente  de 
Skpahna  (Cespón),  Trevonium  (Taragoña),  Mojiiimenta 
(Moimenta),  Corronium  (Corono),  Verrlmes  (Berrimes), 
CircUes  (Cirquides),  y  otras  que  pueden  verse  en  la  Cotn- 
poHelana  flj,  y  cuya  correspondencia  ya  no  es  fácil  ha- 
llar. En  Santiago  donó  D.^  Urraca  un  cortijo  que  había 
sido  de  su  abuelo  D.  Fernando  I;  cuatro  casas,  dos  de 
planta  baja,  y  otras  dos  de  un  piso,  que  le  habían  tras- 
pasado los  hermanos  Gonzalo  y  Diego  Al  vi  tez  (Aloitici), 
y  habían  sido  de  Gonzalo  Alfonso:  otras  cuatro  casas  que 
fueron  de  D.  Froilán  Díaz,  dos  de  un  alto,  una  de  plan- 
ta baja  en  Valle  míhorum  (Rúa  del  Villar),  y  la  cuarta 
junto  á  la  de  Arias  Díaz;  y  otra  casa  que  fuá  de  Doña 
Mayor  Díaz,  junto  á  la  de  Juan  Struartdez,  con  todas  las 
demás  casas  y  heredades  que  dicha  D.^  Mayor  Díaz  ha- 
bía poseído  entre  el  UUa  y  el  Tambre,  y  con  las  per- 
tenencias á  estas  haciendas  anexas  fuera  de  los  mencio- 
nados ríos.  Dio,  asimismo,  todo  lo  de  realengo  entre  los 
repetidos  ríos,  y  lo  que  entre  los  mismos  poseía  proce- 
dente del  Monasterio  de  Sobrado.  Otorgó,  por  último, 
que  si  alguno  á  mano  armada  arrebatase  alguna  cosa 
en  el  territorio  comprendido  entre  los  ríos  Ulla  y  Tam- 
bre, y  entre  el  Iso,  afluente  del  Ulla,  y  el  mar,  sea  mul- 
tado en  6.000  sueldos  para  la  Iglesia  compostelana;  y 
(jue  si  alguno  en  las  tierras  (Je  la  Iglesia  de  Santiago 
luciese  algún  embargo   sin  contar  con   el  alguacil  del 


(1)     Lib.  I,  cap.  LXX. — Véanse  Apéndices,  niim.  XXVIl, 


374  LIBKO    SEGUNDO 


Obispo,  pague  500  sueldos  y  restituya,  al  doble,  lo  que 
hubiese  embargado.  Eu  este  documento,  que  está  datado 
á  14  de  Mayo  de  1112,  hace  D.^  Urraca  referencia  al 
Diploma  otorgado  por  D.  Alfonso  VII  el  día  de  su  coro- 
nación en  Santiago  (17  de  Septiembre  de  1111),  que  no 
existe,  y  al  concedido  por  ella  misma  en  13  de  Diciem- 
bre de  1107,  al  tiempo  de  la  muerte  de  su  esposo  Don 
llamón. 

Como  D/^  Urraca  veía  que  las  arcas  de  su  erario  no 
padecían  de  plétora,  solicitó  del  Prelado  y  Cabildo  com- 
postelano,  que  le  suministrasen  alguna  suma  considera- 
ble de  dinero,  con  la  cual  pudiese  hacer  frente  á  las 
muchas  y  gravísimas  atenciones  de  la  guerra.  Los  Mi- 
nistros de  la  Iglesia  compostelana,  reconocidos  á  los  sin- 
gulares beneficios  que  acababan  de  recibir  de  la  Reina, 
no  titubearon  un  momento  en  poner  á  su  disposición 
cien  onzas  de  oro  y  doscientos  marcos  de  plata  (1). 

Por  este  mismo  tiempo,  D.^  Urraca  quiso  premiar 
de  un  modo  especial  la  lealtad  y  los  relevantísimos  ser- 
vicios del  Conde  de  Traba  y  de  su  esposa  D.^  Mayor 
Guntroda.  A  este  efecto,  hizo  despachar  en  su  favor  un 
honroso  Diploma,  en  el  cual  la  Reina  recuerda  los  leales 
servicios  que  ella  y  su  hijo  habían  recibido  del  Conde,  y 
como  éste  había  sido  criado  en  casa  de  su  padre  D.  Al- 
fonso VI.  Dónale  el  coto  de  Varzena  (Barcia)  en  Deza, 
con  todas  sus  pertenencias  así  en  Deza,  como  fuera,  en 
Camba,  en  Castela,  en  Cusanca,  en  Montes  y  en  Saines. 
Concédele,  también,  en  tierra  de  Trasancos,  junto  á. Fe- 
rrol, la  iglesia  de  San  Saturnino  con  sus  cotos  y  hereda- 
des; y  en  tierra  de  Nendos  el  castillo  de  Leiro,  con  sus 


^1)     Hist,  Com^fosty  lib.  I,  cap.  LXXI. 


LOS  TUES   PEIMEBOS   SIGLOS  DE  LA  I.  COMÍOSTELANA        375 

siervos,  el  Karitel  y  demás  derechuras.  Fué  fechado  este 
Privilegio  en  Mayo  de  1112,  y  aparece  subscripto  por 
todos  los  Magnates,  así  seglares,  como  eclesiásticos,  que 
formaban  la  Corte  de  D.^  Urraca  en  Galicia  (1). 

Después  de  la  muerte  de  su  padre  hasta  esta  fecha, 
dos  veces  vino  D.^  Urraca  á  Galicia:  la  primera,  para 
reprimir  y  castigar  la  osadía  de  los  que  proclamaron 
contra  su  voluntad  Rey  á  su  hijo;  la  segunda,  para  bus- 
car el  apoyo  y  el  favor  de  aquellos  mismos  á  quienes 
antes  había  querido  perseguir.  Así  ruedan  las  cosas  hu- 
manas. Satisfecha,  no  obstante,  debió  quedar  la  Reina 
de  la  acogida  que  en  esta  ocasión  halló  en  Galicia.  To- 
dos se  le  brindaban  con  sus  personas  y  con  sus  haberes 
para  ayudarla  y  sostenerla  en  la  encarnizada  lucha  que 
tenía  empeñada  con  el  Rey  de  Aragón.  Y  D.^  Urraca, 
tan  pronto  como  hubo  reunido  en  Galicia  todos  los  ele- 
mentos necesarios  para  reanudar  con  nuevo  vigor  las 
operaciones  de  la  guerra,  y  tan  pronto  como  el  deshielo 
de  las  nieves  que  la  crudeza  del  riguroso  invierno  ante- 
rior liabía  acumulado  sobre  los  montes  3^  sobre  los  valles 
permitió  moverse  á  las  tropas,  emprendió  la  marcha 
hacia  Castilla. 

Al  llegar  á  Triacastela,  considerando  la  Reina  que 
no  quedaba  en  Galicia  ninguna  persona  de  bastante 
autoridad  y  prestigio  que  pudiese  mantener  el  orden,  y 
conjurar  cualquiera  conñicto  que  por  ventura  surgiese, 
de  acuerdo  con  el  Conde  de  Traba  y  demás  Magnates 
que  la  acompañaban,  aconsejó  á  D.  Diego  Gelmírez 
que,  por  lo  que  pudiera  ocurrir,  diese  vuelta  para  San- 
tiago, y  preparado  para  cualquiera  evento,  permanecie- 


(1)     Véanse  Apéndices,  núra.  XXVIII. 


376  LIBEO  SEGUNDO 


se  en  el  país  (1).  Desde  Astorga,  y  mientras  se  daba 
algún  descanso  á  los  peones  y  bagajeros,  despachó  co- 
rreos á  Asturias,  tierra  de  Campos  y  Castilla,  para  que 
los  caballeros  que  en  dichos  países  seguían  su  bandera, 
viniesen  á  incorporarse  al  ejército  expedicionario. 

Si  D.^  Urraca  hubiera  procedido  con  la  cordura  y 
sensatez  que  demostró  de  esta  vez  mientras  permaneció 
en  Gralicia,  sin  duda  no  habría  dado  lugar  á  que  el  au- 
tor del  Cronicón  Compostelano  dijese  de  ella  que  había 
reinado  tyrannice  et  mtiUehriter. 

D.  Alfonso  de  Aragón  no  se  había  descuidado  duran- 
te la  permanencia  de  D,^  Urraca  en  Galicia.  El  domin- 
go de  Ramos,  14  de  Abril  de  1112,  estando  en  Sahagún, 
arrebató  por  su  propia  mano  un  precioso  Lignum  Crucis 
que  se  guardaba  en  aquel  Monasterio  (2).  Las  iglesias 
de  León,  particularmente  la  de  San  Isidro,  fueron  des- 
pojadas por  la  soldadesca  del  Monarca  aragonés  de  todo 
cuanto  objeto  rico  y  de  valor  poseían.  No  sólo  el  Anóni- 
mo de  Sahagún f  sino  la  Compostelana,  D.  Lucas  de  Tuy, 
tanto  en  el  Chronicón  Mundi,  como  en  el  Libro  de  los  Míla- 
(¡ros  de  San  Isidoro,  y  hasta  el  Abad  de  Cluny,  Pedro  el 
Venerable  (3),  hablan  de  los  excesos  de  todo  género  á 
que  se  entregaron  los  aventureros  que  traía  á  sueldo  el 
Rey  de  Aragón. 

Mas  al  tener  noticia  de  la  proximidad  de  D.''^  Urraca, 
reunido  numeroso  ejército,  quiso  cerrarle  el  paso  é  im- 
pedir, al  menos,  que  pasase  más  allá  de  Astorga.  Hizo 
venir  de  Aragón  300  caballeros  armados  de  loriga  (mili' 


(1)  HisL  ComposL,  lib.  I,  cap.  LXXIV. 

(2)  Anónimo  de  /Sahagún,  cap  XXV. 

(3)  De  Miraculis,  lib.  II,  cap.  XXVIII. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELAKA  377 

tes  loricatos);  los  cuales  no  pudieron  impedir  que  fuese 
completamente  derrotado  y  que  tuviese  que  encerrarse 
en  Carrión,  en  donde  fueron  á  cercarle  las  tropas  de 
D.^  Urraca  (1). 

El  cerco  duró  mucho  tiempo  (dkdurno  tempore,  dice  la 
Compostelana) ,  y  mientras  tanto  pudo  darse  á  las  cosas 
algún  asiento  en  los  Estados  de  León. 

La  lucha,  empero,  continuó  con  gran  encarnizamien- 
to y  varia  fortuna.  El  país  se  hallaba  profundamente 
dividido,  y  carecía  de  un  centro  que  aunase  y  agrupase 
sus  fuerzas  vivas.  La  nobleza  y  el  Clero  estaban  por  Do- 
ña Urraca;  los  burgueses  apoyaban  á  D.  Alfonso.  La 
nobleza,  con  raras  excepciones,  tenía  como  humillación 
el  ser  mandada  por  un  reyezuelo  extranjero  (2);  y  el 
Clero  no  podía  contemplar  con  buenos  ojos  las  violacio- 
nes y  sacrilegios  que  con  el  mayor  desenfado  perpetra- 
ba, ó  consentía,  el  Rey  de  Aragón,  ni  podía  olvidar  que 
el  origen  de  todos  estos  males  y  de  todas  estas  discor- 
dias, era  un  matrimonio  reprobado  y  nulo.  Los  burgue- 
ses se  contentaban  con  D.  Alfonso  por  la  libertad,  ó 
más  bien  impunidad,  en  que  los  dejaba;  y  luego  la  co- 
mezón innata  en  el  pueblo  de  querer  experimentar 
siempre  el  trato  de  nuevo  Señor,  los  alejaba  de  Doña 
Urraca,  y  los  impelía  hacia  el  Rey  de  Aragón.  Por  él 
estaban  los  burgueses  de  Nájera,  los  de  Burgos,  los  de 
Carrión,  los  de  Falencia,  los  de  Sahagún  y  hasta  los 
de  León. 

Sin  embargo,  el  continuo  guerrear  y  la  poca  espe- 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXIII. 

(2)  Crudelem  regulum    Aragonensem,  lo  llama   la  Compostelana,  1¡I».  I, 
cap.  LXXIII. 


378  LIBBO  SEGUNDO 


ranza  de  una  solución  satisfactoria,  con  más  la  índole 
mudable  de  la  Reina,  que  aborrecía  á  D.  Alfonso,  pero 
que  no  podía  vivir  sin  marido,  fueron  preparando  los 
ánimos  á  aceptar  cualquier  cosa  que  tuviese  trazas  de 
composición.  Estipulóse,  pues,  como  si  dijéramos  un  mo- 
dus  vivendi,  ó  mejor  un  capcioso  acomodamiento,  en  vir- 
tud del  cual  cada  parte  se  quedó  con  lo  que  á  la  sazón 
poseía  y  se  allanó  á  no  inferir  á  la  otra  molestia,  ni 
daño  alguno,  so  pena  de  perder  todo  cuanto  retuviese. 
Para  mayor  seguridad,  se  entregaron  de  un  lado  y  de 
otro,  varios  castillos  y  fortalezas,  que  sirviesen  como  de 
prenda  para  la  mayor  fuerza  y  validez  del  contrato,  y 
todos  los  partidarios  del  Rey  de  Aragón,  y  algunos  de 
los  de  D.^  Urraca  (entre  ellos  el  célebre  D.  Pedro  Ansú- 
rez),  juraron  guardar  y  hacer  guardar  inviolablemente 
este  convenio,  protestando  que  entregarían  á  D.^  Urra- 
ca las  fortalezas  que  tenían  por  el  Rey  de  Aragón,  si 
éste  quebrantase  en  lo  más  mínimo  los  artículos  conve- 
nidos, ó  viceversa,  si  D.^  Urraca  resultase  transgresora 
de  este  arreglo  (1).  Estipulóse,  á  lo  que  parece,  esta 
mentida  sombra  de  conciliación  en  Peñafiel,  cerca  de 
Valladolid. 

Los  manipuladores  de  tal  convenio,  para  allanar 
más  fácilmente  el  ánimo  de  la  Reina,  y  para  que  ésta 
no  reparase  en  lo  que  perdía,  procuraron  fascinarla  con 
el  brillo  de  las  riquezas  que  había  en  Aragón,  proceden- 
tes del  Rey  moro   de  Zaragoza.   D.^  Urraca   cayó  en  el 


(1)  Eodem  tempore  Aragonensis  tyrannus,  et  Regina  Urraca,  simulato 
iterura  nomine  pacis,  foedera  concordiae  inter  ae  composueriint,  ut  altor  ab 
altero  castella  et  munitiones  quadam  argumentosa  machinatíone  abstrahe- 
jrent.  Veram  tamen,  etc....  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXX,  pág.  143). 


LOS  TEES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         879 

lazo;  dejó  su  Reino  y  se  fué  á  Aragón;  abandonó  lo  suyo 
con  el  afán  de  mandar  lo  ajeno;  y  no  fué  poca  dicha  la 
suya,  si  pudo  burlar  los  intentos  de  D.  Alfonso,  que  que- 
ría encerrarla,  y  encerrarla  para  siempre,  en  el  castillo 
de  Peralta  (1).  Debió  esto  acontecer  á  fines  del  año  1112. 

Los  Gallegos,  que  con  su  jeje  el  Conde  de  Traba  ha- 
bían soportado  el  peso  de  la  campaña,  con  tan  inopina- 
do desenlace,  se  retiraron  no  poco  mohínos  á  su  país, 
que  continuaba  agitado  por  violentas  convulsiones. 

La  gran  fuerza  expansiva  que  en  aquella  época  con- 
tenía la  sociedad  en  su  seno,  la  precisaba  á  verse  en 
estado  de  tensión  continua  y  de  febril  agitación.  En 
nuestra  Península  había  un  motivo  más  para  esta  fer- 
viente excitación.  La  toma  de  Toledo  fué  un  hecho  que 
conmovió  á  Europa,  y  la  dispuso  á  la  conquista  de  la 
Tierra  Santa.  La  fama  de  tal  acontecimiento  atrajo  á 
España  gran  número  de  extranjeros.  Franceses,  Alema- 
nes, Italianos,  especialmente  Lombardos,  que  vinieron 
á  establecerse  en  nuestro  país,  ansiosos  de  contemplar 
de  cerca  los  resultados  de  tan  glorioso  triunfo.  Estos 
nuevos  y  diversos  contingentes,  que  venían  á  ingerirse 
é  incorporarse  con  la  masa  de  la  nación,  traían  sus  in- 
clinaciones, sus  hábitos  y  sus  costumbres  peculiares;  no 
se  distinguían  por  su  amor  á  la  quietud  y  al  reposo,  an- 
tes bien,  presentaban  siempre  tendencias  á  la  movilidad 


(1)  < Y  los  Consejeros  del  Rey,  dice  el  Anónimo  de  Sahagñn,  (capítu- 
lo XXIV),  prometían  á  la  Reyna  í^randes  tesoros  que  habían  en  Zaragoza; 
y  los  intentos  de  ellos  eran,  que  entrando  la  Reina  en  Aragón,  luego  fuese 
presa  on  un  castillo  de  Peralta,  que  es  muy  fuerte,  y  on  ella  dos  damas, 
para  que  sirviesen,  y  que  ai  estuviese  hasta  que  muriese.» 

La  Compostelana,  lib.  I,  cap.  LXXX,  dice:  c Tandera  rupto  foedere  eam 
(Reginam)  de  regno  suo  expeliere  voluit  (Rex  Aragonensis).» 


380  LIBllO   SEGUNDO 


y  á  la  vagancia.  Así  como  un  lago  tranquilo  se  pone  en 
movimiento  y  agitación,  cuando  con  sus  aguas  se  mez- 
clan nuevas  corrientes,  así  también  la  fogosa  población 
española  se  sintió  perturbada  por  las  extrañas  corrien- 
tes que  se  movían  en  su  seno.  Y  en  donde  este  movi- 
miento y  esta  agitación  se  dejaba  ver  con  mayor  inten- 
sidad, era  en  los  centros  municipales. 

En  los  pocos  días  que  D.  Diego  Grelmírez  estuvo  au- 
sente de  Santiago,  al  tiempo  de  su  prisión  en  Cástrelo 
de  Miño,  ya  el  orden  y  la  paz  pública  comenzó  á  alte- 
rarse entre  los  burgueses  compostelanos.  Unos  hombres 
malvados  y  perdidos,  aprovechando  la  ausencia  del  Pre- 
lado, urdieron  una  conspiración  para  asesinar  á  un 
honrado  Arcediano,  que  sobresalía  entre  todos  por  su 
religiosidad  y  por  su  amor  sincero  á  la  rectitud  y  á  la 
justicia.  Sólo  providencialmente  pudo  escapar  de  las 
manos  de  sus  perseguidores,  los  cuales,  venido  D.  Diego, 
fueron  procesados  y  sentenciados  á  servir  perpetuamen- 
te á  los  Ministros  de  la  Iglesia  compostelana  (1). 

Mas  entonces  en  Galicia  el  Príncipe  de  los  inquieta- 
dores y  revoltosos  era  Arias  Pérez,  el  cual,  por  su  fácil 
palabra  y  por  la  prontitud  con  que  hallaba  recursos 
para  todo,  se  imponía  sin  violencia  entre  todos  sus  ca- 
maradas.  Cuando  en  la  Cuaresma  del  año  1112  convocó 
D.^  Urraca  en  Santiago  á  todos  los  nobles  de  Gralicia, 
Arias  Pérez,  que  aún  continuaba  enseñoreado  del  casti- 
llo de  Lobeira,  tuvo  osadía  bastante  para  presentarse 
delante  de  la  Reina.  La  cual  no  le  dio  señal  ninguna  de 
desagrado;  pero  Arias  Pérez,  comprendiendo  sin  duda 
que  sus  méritos  no  eran  para  tanto,  juzgó  que  en  la  ac- 


(1)     fíisf.  Cotnposf.,  lib.  T,  cap.  LXII. 


I 


Los  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  881 

titud  de  D.^  Urraca  debía  haber  algo  de  afectación.  El 
Viernes  santo  desapareció  de  Santiago,  se  encerró  en 
Lobeira,  y  se  preparó  para  rechazar  cualquiera  ataque. 
Aquella  misma  noche,  hallándose  presente  D.^  Urraca 
á  los  Maitines  en  la  Catedral,  se  le  dio  cuenta  de  lo  que 
pasaba.  Juzgó,  no  obstante,  prudente  no  tomar  deter- 
minación alguna,  hasta  después  de  pasadas  las  próximas 
fiestas.  El  lunes  de  Pascua  salió  con  su  ejército  de  San- 
tiago en  dirección  á  Lobeira.  No  esperaba  Arias  Pérez 
verse  tan  pronto  atajado  en  sus  intentos,  pero  en  aquel 
gravísimo  apuro  apeló  á  uno  de  sus  acostumbrados  ex- 
pedientes. Salió  al  encuentro  de  D.^  Urraca,  y  afectan- 
do gran  tranquilidad  y  confianza,  le  dijo  que  se  rendía 
á  discreción,  que  todo  lo  ponía  en  sus  manos,  y  que 
todo  lo  esperaba  de  su  clemencia.  Los  compañeros  de 
Arias  Pérez,  viendo  la  familiaridad  con  que  éste  cabal- 
gaba al  lado  de  la  Reina,  juzgaron  que  ya  nada  tenían 
que  temer,  y  se  acercaron  á  la  regia  morada.  D.^  Urra- 
ca, viéndolos  á  todos  reunidos,  ordenó  al  punto  que  se 
les  echase  la  mano,  y  los  pusiesen  en  hierros,  hasta  que 
entregasen  todos  los  castillos  de  que  estaban  apodera- 
dos (1).  Pronto  recobraron,  no  obstante,  la  libertad,  me- 
diante la  entrega  de  los  castillos  ó  de  rehenes;  y  la  Rei- 
na, al  ponerse  en  marcha  para  Castilla,  se  contentó  con 
dejarlos  confinados  entre  las  escabrosidades  de  las  sie- 
rras que  por  el  Oriente  limitan  á  Galicia. 

El  fuego  de  la  insurrección  no  quedó  por  eso  extin- 
guido, y  en  el  país  quedaban  bastantes  materiales  para 
que  á  la  primera  ocasión  (y  no  había  de  tardar)  se  de- 
clarase con  espantosa  voracidad.  No  todos  los  Gallegos, 


(1)     Hiit.  Compoüt.,  lib.  I,  cap.  LXXII. 


382  LIBBO  SEGUNDO 


que  iban  bajo  las  banderas  de  D.""  Urraca,  se  prestaban 
de  buena  voluntad  á  alejarse  de  su  patria,  y  á  correr 
todas  las  aventuras  de  una  encarnizada  guerra.  Algu- 
nos, ya  antes  que  la  Reina  hubiese  traspasado  los  puer- 
tos, se  desbandaron,  y  entre  ellos  el  turbulento  caballero 
Pelayo  Gudésteiz.  El  cual,  con  Rabinado  Muñiz,  deser- 
tor también,  lo  primero  que  hizo,  después  que  abandonó 
las  filas  del  ejército  expedicionario,  fué  buscar  á  Arias 
Pérez  y  á  sus  amigos.  Todos,  de  común  acuerdo,  resol- 
vieron declararse  partidarios  del  Rey  de  Aragón,  le  ju- 
raron obediencia,  y  aprovechando  la  circunstancia  de 
hallarse  Galicia  desguarnecida  de  fuerzas,  se  enseñorea- 
ron de  gran  parte  del  país.  No  tardaron  en  imponerse  y 
hacerse  fuertes  en  toda  la  comarca  comprendida  entre 
el  Ulla  y  el  Miño,  y  en  pasear  triunfante  de  un  extremo 
al  otro  la  bandera  aragonesa,  que  acababan  de  enarbo- 
lar (1).  No  fué  difícil,  sin  embargo,  á  D.  Diego  Gelmírez 
el  desbaratar  en  breve  tiempo,  con  la  ayuda  de  su  her- 
mano Munio,  las  poco  sólidas  huestes  de  los  insurrectos. 
Arias  Pérez  se  vio  forzado  á  refugiarse  en  las  asperezas 
de  los  montes,  y  Pelayo  Gudésteiz  y  Rabinado  Muñiz 
se  encerraron  en  los  castillos  de  San  Pelayo  de  Luto 
(Puente  Sampayo)  y  Ddravo  (Darbo,  en  la  ría  de  Vigo, 
cerca  de  Cangas).  No  cesaban  por  eso  de  maquinar  y  de 
infestar  el  país  con  sus  correrías;  por  lo  cual  D.^  Urraca 
escribió  al  Obispo  de  Santiago,  que  no  desistiese  hasta 
desalojar  á  los  rebeldes  de  sus  últimas  trincheras.  — «No 
ignoro.  Reverendísimo  y  Santísimo  Señor,  le  decía,  cómo 
con  vuestro  valor  y  con  vuestra  prudencia  habéis  defeii- 
dido  el  Reino  de  Galicia;  cómo  habéis  expulsado  de  ese 


(1)    Hist.  Gompost.,  lib.  1,  cap.  LXXIV. 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         383 

Reino,  mío  y  de  mi  hijo,  el  Rey  Alfonso,  á  Pelayo  Gu- 
désteiz,  á  Rabinado  Muñiz,  á  Arias  Pérez  y  demás  trai- 
dores que  trataban  de  usurpármelo;  cómo  habéis  resta- 
blecido la  paz  y  el  orden;  y  finalmente,  cuánto,  desde  que 
me  he  ausentado,  habéis  sufrido  en  defensa  de  mi  Reino- 
Por  todo  lo  cual  doy  gracias  á  Dios  y  al  Apóstol  San- 
tiago, y  á  vos  también  os  las  doy,  y  al  dároslas,  gozóme 
de  tener  tan  buen  tutor.  Resta  ahora  que  cerquéis  los 
castillos  de  Puente  Sampayo  y  Darbo  y  las  demás  for- 
talezas en  que  se  han  refugiado  Pelayo  Gudésteiz,  Ra- 
binado Muñiz  y  esos  otros  malvados.  Esto  es  lo  que  os 
ruego  y  pido  con  todo  encai'ecimiento.  Y  si  Dios  os  con- 
cede, por  la  intercesión  de  Santiago,  que  os  apoderéis 
de  dichos  castillos  y  expulséis  de  ellos  á  los  rebeldes, 
dejo  á  vuestra  prudencia  el  que  los  retengáis  en  vuestro 
poder,  ó  que  confiéis  su  custodia  á  algunos  de  mis  caba- 
lleros, que  los  conserven  para  mi  servicio  y  para  el  de 
mi  hijo  el  Rey  Alfonso.  Conservaos  bueno,  y  no  demo- 
réis poner  cuanto  antes  en  ejecución  lo  que  queda 
dicho»  (1). 

Recibida  esta  carta,  D.  Diego  Gelmírez  no  se  dio  paz 
hasta  satisfacer  tan  cumplidamente,  como  le  fué  posible, 
los  deseos  de  la  Reina.  Dispuso  al  punto  la  salida  de  las 
tropas  necesarias  para  sitiar  á  los  rebeldes  por  tierra,  y 
ordenó  á  los  Irienses  que  aprestasen  con  toda  diligencia 
sus  naves  para  combatirlos  por  mar.  Una  contingencia 
inesperada  vino,  no  obstante,  á  dificultar  la  ejecución 
de  estos  planes.  Por  aquellos  días  había  arribado  á  las 
costas  gallegas  una  flota  de  Ingleses  que  se  encaminaban 
hacia  Palestina.  Pelayo  Gudésteiz  y  Rabinado  Muñiz  se 


(l)     Hist.  (lomposi.,  lib.  I,  cap.  LXXV. 


384  LIBRO   SEGUNDO 


entendieron  con  aquellos  extranjeros,  los  tomaron  á 
sueldo,  y  con  su  auxilio,  robaron  y  saquearon  el  país  sin 
consideración  de  ninguna  especie.  Los  piratas,  pues  éste 
era  el  nombre  que  merecían,  entraban  en  las  iglesias  y 
arrebataban  todo  cuanto  hallaban,  hasta  á  las  personas 
que  allí  buscaban  refugio.  Nada  les  detenía,  y  sólo  aten- 
dían á  juntar  dinero  por  cualquier  medio  (1). 

A  la  intimación  de  Gelmírez,  los  Irienses  se  lanzaron 
sin  tardanza  al  mar,  y  al  pasar  por  cerca  de  la  Lanza- 
da, se  incorporaron  con  los  marineros  de  este  puerto, 
que  gozaban  de  fama  de  muy  prácticos  y  peritos  en 
cosas  de  náutica.  Formados  en  orden  de  batalla  se  enca- 
minaron (Jerechamente  al  Castillo  de  San  Pelayo  de 
Luto.  Entrando  en  la  ría  de  Vigo  avistaron  de  lejos  cer- 
ca de  la  orilla  una  birreme  que  estaba  como  haciendo 
carga.  Como  instintivamente  se  les  ocurrió  que  aquella 
nave  era  de  los  Ingleses  (2).  Así  era  en  efecto,  y  en 
aquel  instante  se  ocupaban  los  piratas  en  cargar  los 
objetos  que  habían  extraído  de  una  iglesia  que  acababan 
de   destruir.   Dadas  las  últimas   disposiciones    para  el 


(1)  Hist  Composf.,  lib.  I,  cap.  LXXVI. 

(2)  Sospecha  Dozy  (Reclierches  sur  V  Histoire  ei  la  LiUér ature  de  V  Es~ 
pagne;  Leyde,  18G0;  toin.  I,  pág.  343  y  siguientes),  que  los  Ingleses  que  en 
esta  ocasión  arribaron  á  las  Costas  de  Galicia  eran  isleños  de  las  Orcades 
con  su  iarl  (Conde)  Hacon  Paalsson.  El  cual,  para  hacer  penitencia  por  la 
muerte  alevosa,  que  había  dado  á  su  primo  Magno,  emprendió  el  viaje  á 
Roma  y  á  Jerusalén.  Esta  conjetura  se  hace  más  aceptable,  si  se  tiene  en 
cuenta  que  el  arribo  de  los  Ingleses  á  Cxalicia  no  tuvo  lugar  en  el  año  1111, 
como,  siguiendo  á  Flórez,  supone  el  ilustre  investigador  de  las  antigüeda- 
des hispano-arábigas,  sino  en  el  siguiente.  Lo  que  no  parece  verosímil  es, 
que  toda  la  escuadra  de  Hacon  estuviese  reducida  á  los  barcos  que  tomaron 
á  sueldo  Pelayo  (ludésteiz  y  Kabinado  Mufíiz.  Es  más  creíble  que  el  iarl 
(le  las  Orcades  siguiese  su  camiuo,  y  (j[uc  para  contentar  á  los  rebeldes  Ga- 
llegOb  destacabb  de  su  flota  alguna  nave. 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA         385 


combate,  parten  á  toda  velocidad  contra  la  nave  enemi- 
ga, y  descargan  sobre  ella  una  nube  de  dardos  y  de  pie- 
dras. La  asaltan  después  al  abordaje,  y  lo  mismo  á  otras 
dos  naves  que  habían  enviado  en  auxilio  Pelayo  Gudés- 
teiz  y  Rabinado  Muñiz.  Nada  pudo  resistir  al  denuedo 
de  los  bravos  Irienses  y  Lanciatenses,  los  cuales,  apode- 
rados de  las  naves  y  rendidos  los  piratas,  corrieron  á  San 
Pelayo  de  Luto  á  presentar  á  D.  Diego  los  trofeos  de  su 
victoria.  El  Prelado  de  Santiago  renunció  á  la  quinta 
parte  que  le  tocaba  de  los  despojos,  á  trueque  de  que 
se  le  entregasen  los  prisioneros.  A  todos  devolvió  la 
libertad,  bajo  juramento  de  que  no  volverían  á  inquie- 
tar con  sus  correrías  las  tierras  de  los  cristianos  (1). 

Con  esto  pudo  D.  Diego  estrechar  y  activar  el  cerco 
del  castillo  de  San  Pelayo.  Montó  los  trabucos  y  demás 
máquinas  á  propósito  para  batir  los  muros:  y  entretanto 
que  parte  de  sus  fuerzas  se  ocupaban  en  estas  manio- 
bras, destacó  un  buen  golpe  de  gente  de  á  pie  y  de  á 
caballo,  para  sitiar  el  castillo  de  Darbo,  en  donde  se 
hallaba  Rabinado  Muñiz. 

Los  defensores  del  San  Pelayo,  destituidos  de  toda 
esperanza  de  auxilio,  y  viendo  que  con  prolongar  la 
resistencia,  no  hacían  más  que  agravar  su  situación,  no 
titubearon  en  salvar  su  libertad  y  su  vida,  entregando 
la  fortaleza.  La  caída  del  castillo  de  Luto  llevó  consigo 
la  de  el  de  Darbo,  que  se  rindió  en  el  mismo  día.  Dueño 
D.  Diego  de  ambas  fortalezas,  puso  en  ellas  alcaides 
que  las  tuviesen  por  la  Reina  y  su  hijo  D.  Alfonso. 

A  Arias  Pérez,  que  con  varios  amigos  estaba  espe- 
rando en  lo  inaccesible  do  las  montañas  el  resultado  de  la 


(1)    Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXVl. 
Tomo  III.-26. 


386  LIBRO  SEGUNDO 


defensa  de  dichos  castillos,  no  le  quedó  otro  recurso  que 
huir  y  ocultarse  en  sus  acostumbradas  guaridas  á  la 
entrada  de  Galicia  (1). 

Entretanto  se  terciaron  sucesos  de  otro  género,  en 
los  cuales  vamos  á  ocuparnos. 

Una  de  las  excelencias  y  prerrogativas  de  la  Historia 
de  nuestra  nación,  es  hallarse  tan  íntimamente  ligada 
con  la  del  Pontificado,  que  no  es  posible  dar  en  aquella 
un  paso,  sin  tener  que  consultar  y  compulsar  ésta.  Ya 
hemos  visto  como  en  el  año  1110  el  Papa  Pascual  II 
escribió  á  los  Obispos  de  España,  y  en  particular  á  los 
Prelados  de  Toledo  y  de  Santiago,  para  que  por  todos 
los  medios  que  estuviesen  á  su  alcance,  y  aún  apelando 
á  las  penas  más  severas,  trabajasen  hasta  conseguir  la 
separación  de  D.^  Urraca  y  de  D.  Alfonso.  Hemos  visto 
también  que,  en  efecto,  D.^  Urraca  se  sometió  por  su 
parte  á  la  sentencia,  que  en  nombre  del  Papa  y  con 
toda  solemnidad  le  notificó  el  Arzobispo  D.  Bernardo, 
declarando  nulo  y  de  ningún  valor  el  matrimonio  que 
había  intentado  contraer  con  su  primo  el  Rey  de  Ara- 
gón (2).  Hemos  visto,  por  último,  que  la  Reina  perse- 
veró poco  tiempo  en  tan  saludable  propósito,  y  que  trabó 
con  D.  Alfonso  una  lucha  extraña  y  singular,  en  la  que 
no  se  sabía  cuál  era  más  de  temer,  si  la  concordia  ó  la 
guerra  abierta. 

De  todo  esto  enteraron  al  Papa  los  Obispos  españo- 
les, y  en  particular  D.  Diego  Gelmírez,  que,  según  nos 
informa  la    Compostélana  (S),    había    enviado    á   Roma 


(1)  Hid.  ComposL,  lib.  I,  cap.  LXXVII. 

(2)  Véase  cap.  XLV,  pág.  339. 

(3j     Lib.  I,  cap.  LXXIX,  pág.  138. 


LOS  TBES  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         387 

repetidas  cartas  fiterum,  iterumqiie  litterat  miserat).  En 
ellas  exponía  el  verdadero  estado  de  España;  la  pertur- 
bación de  las  iglesias,  cuyo  tesoro  había  sido  saqueado, 
y  cuyos  predios  y  haciendas  se  hallaban  usurpadas;  la 
triste  condición  á  que  se  veían  reducidos  los  Nobles  y 
Magnates,  de  los  cuales,  los  que  no  habían  sido  asesina- 
dos, estaban  cargados  de  cadenas;  el  mísero  estado  de  los 
pobres,  perseguidos  por  el  hambre,  el  frío  y  el  hierro;  la 
aflictiva  situación  de  los  Sacerdotes  y  Obispos,  expul- 
sados de  sus  Sedes,  y  requeridos  como  si  fueran  ladro- 
nes ó  criminales.  De  todo  lo  cual  era  responsable  el  Mo- 
narca aragonés,  que  por  su  ambición  desmedida  y  su 
carácter  violento  y  tiránico,  nada  respetaba,  ni  de  lo 
humano,  ni  de  lo  divino.  Concluía  Gelmírez  suplicando 
al  Papa  algún  remedio,  como  la  misión  de  alguno  de 
sus  Cardenales,  ó  de  alguna  otra  persona  constituida  en 
dignidad,  que  examinando  sobre  el  terreno  el  estado  de 
las  cosas,  invitase  á  D.  Alfonso  á  reprimir  sus  feroces 
instintos,  ó  de  lo  contrario,  lo  castigase  con  pena  de 
anatema  (1). 

Cabalmente  cuando  estas  cartas  llegaban  á  Koma, 
liallábase  el  Papa  empeñado  en  titánica  lucha  con  el 
Emperador  Enrique  V  por  la  cuestión  de  las  Investiduras, 
Mas  después  que,  celebrado  el  Concilio  general  de  Le- 
trán  (Marzo  de  1812)  la  tempestad  se  serenó  algún  tan- 
to, pudo  Pascual  II  ocuparse  en  las  peticiones  é  instan- 
cias de  nuestros  Prelados,  y  enviar  á  España  al  Abad 
de  Chiuse  en  la  Diócesis  de  Turín.  El  cual  llegado  á  la 


( 1 )  Qui  iitrobique  examiiiata  norma  justit iae,  aut  belligeruin  Aragonen. 
som  ad  pacis  foedera  invitare t,  aut  renuentem  anatheinatis  gladio  i)ercu- 
teret. 


388  LIBBO  SEGUNDO 


Península,  dio  cuenta  á  D.  Alfonso  de  su  misión,  y  en 
nombre  del  Papa  y  de  la  Sede  Apostólica  le  intimó,  que, 
según  lo  que  se  le  había  ordenado,  no  volviese  á  juntar- 
se con  la  Reina,  su  consanguínea,  y  cesase  de  conturbar 
y  afligir  el  reino  de  España  con  los  ímpetus  de  su  fiere- 
za (1).  La  misma  amonestación  hizo  después  el  Legado 
Pontificio  á  D.^  Urraca.  El  Rey  de  Aragón  no  faltó,  á  lo 
que  parece,  á  las  consideraciones  debidas  al  representan- 
te de  la  Santa  Sede;  pero  en  cuanto  al  cumplimiento  de 
las  intimaciones  que  se  le  hicieron,  no  se  dio  por  enten- 
dido. D.^  Urraca,  por  su  parte,  contestó  que  estaba  pron- 
ta á  acatar  las  decisiones  del  Sumo  Pontífice. 

El  Abad  de  Chiuse  comunicó  también  á  los  Obispos 
españoles  las  Letras  que  para  ellos  traía  del  Papa,  en 
las  cuales  se  les  invitaba  á  concurrir  con  los  embaja- 
dores de  D.  Alfonso  y  de  D.^  Urraca,  al  Concilio  que 
debería  celebrarse  en  Roma  para  la  próxima  fiesta  de 
Santa  María  (probablemente  la  del  15  de  Agosto).  Allí, 
en  presencia  del  Papa,  cada  uno  expondría  sus  quejas, 
y  se  vería  'de  poner  término,  con  el  auxilio  de  Dios,  á 
tantos  males  y  á  tantas  desgracias  (2). 

Por  último,  el  Abad  de  Chiuse  pasó  á  Compostela 
para  conferenciar  con  D.  Diego  Gelmírez,  y  tomar  de 
él  los  últimos  datos  que  necesitaba  para  el  exacto  cum- 


(1)  Tune  impium  Aragonensem  adiit,  atque  illi  ex  auctoritate  Bti.  Pe- 
tri  Apostoli,  et  Stae.  Romanae  Ecclesiae  et  eiusdem  Apostolicae  Sedis  Pon- 
tificis,  uti  sibi  injunctum  fuerat,  interdixit,  ne  deinceps  ad  consanguineae 
suae  illicitam  copulationem  rediret,  et  ue  Hispaniae  regnum  feritatis  suae 
turbine  amplius  inquietare  praesumeret.  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  capítu- 
lo LXXIX,  pág.  140). 

(2)  Hist  Comyost.,  lib.  I,  cap.  LXXIX,  pág.  139. 


LOS  TBES  PIIIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  889 

plimiento  de  su  misión.  Y  esto  era  tanto  más  conve- 
niente, cuanto  que  el  Prelado  compostelano  había  sido 
relevado  por  el  Papa  de  asistir  al  Concilio,  que  debía 
celebrarse  en  Roma.  D.  Diego  insistió  en  lo  que  ya  había 
representado  á  Pascual  II.  Manifestó  al  Legado,  que  la 
causa  y  origen  de  todos  los  males  de  España  era  D.  Al- 
fonso de  Aragón,  y  que  si  este  Príncipe,  por  medio  de 
su  enlace  con  D.^  Urraca,  lograba  afianzar  su  dominio 
en  los  estados  de  León  y  Castilla,  habría  que  esperar  la 
ruina  de  la  Iglesia  en  estas  regiones  occidentales.  Aún 
no  era  tanto  de  temer  en  D.  Alfonso  su  ambición  y  ti- 
ranía, como  su  impiedad  que  todo  lo  atropellaba.  Para 
él  no  había  ley  ni  justicia,  ni  cosas  divinas  ni  humanas. 
Esto  faé,  en  resumen,  lo  que  D.  Diego  manifestó  al  Le- 
gado. El  cual  de  Compostela  dio  vuelta  para  Roma  (1). 
Como  hemos  dicho,  el  Conde  de  Traba  se  había  reti- 
rado á  Galicia,  poco  satisfecho  del  desenlace  que  había 
tenido  la  campaña  emprendida  con  tanta  brillantez  al 
pie  de  los  muros  de  Astorga.  Convencióse  una  vez  más 
del  carácter  variable  de  D.'^  Urraca,  y  de  que  sobre  sus 
resoluciones  pocos  cálculos  podían  fundarse.  A  mediados 
de  Mayo  del  año  siguiente  1113  se  vio  sorprendido  por 
una  nueva,  probablemente  para  él  no  del  todo  inespera- 
da. El  Obispo  de  Santiago  le  comunicó  el  traslado  de  una 
carta  que  había  recibido  de  la  Reina,  y  cuyo  tenor  era  el 
siguiente:  — «Venerabilísimo  Padre,  plazca  á  vuestra 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXIX.— De  esta  legacía  del  Abad  de 
Chiuse  toma  pie  el  Sr.  La  Fuente  (Hist.  Ecles.,  2.*^  edic,  tom.  IV,  pág.  67), 
para  argilir  de  inconsecuencia  y  falsedad  á  la  Compostelana.  En  el  opúsculo, 
Z).  Alfonso  VII,  Rey  de  Galicia,  págs.  58-61,  hemos  hecho  ver  que  las  acu- 
saciones del  Sr.  La  Fuente  no  tenían  fundamento  alguno. 


390  LIBBO  SEGUNDO 


Santidad,  al  recibo  de  ésta,  reunir  tropas  y  salir  á  cam- 
paña, y  avisar  y  exhortar  á  todos  los  Proceres  de  Galicia 
para  que,  sin  perder  tiempo,  corran  en  mi  auxilio  y  en  el 
de  mi  hijo  el  Rey  Alfonso.  El  tirano  aragonés  asuela  mi 
reino,  y  no  hay  quien  pueda  resistir  á  su  fiereza.  Preciso 
es,  por  tanto,  que  vengáis  vos  mismo  cuanto  antes  con 
vuestra  hueste,  y  que  intiméis  y  obliguéis  á  los  Condes, 
á  los  Magnates  y  á  los  Caballeros  gallegos  á  que  al  pun- 
to se  pongan  en  marcha;  porque  si  aquel  impío  consigue 
abastecer  sus  castillos  de  dinero,  de  armas  y  de  lo  demás 
necesario  antes  que  lleguen  los  refuerzos  de  Gralicia, 
poco  se  adelantará  después  con  la  llegada  de  éstos,  y 
para  el  año  próximo  será  punto  menos  que  imposible  el 
rendir  las  fuerzas  enemigas»  (1). 

¿Qué  era  lo  que  motivaba  esta  carta  tan  apremian- 
te de  la  Reina?  Dijimos,  que  según  lo  convenido  en 
Peñafiel,  D.^  Urraca  se  marchara  á  Aragón,  y  en  Cas- 
tilla se  había  quedado  D.  Alfonso.  El  cual,  así  que  vio 
lejos  á  su  pretensa  esposa,  se  creyó  con  las  manos  libres 
para  cometer  toda  clase  de  tropelías;  hasta  tal  punto, 
que  provocó  la  indignación  de  aquellos  mismos,  que  has- 
ta entonces  habían  sido  sus  partidarios. 

Cuando  en  Aragón  D.^  Urraca  tuvo  noticia  de  los 
excesos  que  en  sus  reinos  estaba  llevando  á  cabo  el 
Monarca  Batallador,  trató  de  tomar  desquite  y  vengar- 
se á  su  manera.  Hizo  venir  á  varios  caballeros  que  Don 
Alfonso  había  desterrado,  y  procuró  ganar  su  voluntad 
á  fuerza  de  obsequios  y  halagos.  Mediante  grueso  resca- 
te devolvió  á  Amad-Dola,  Rey  de  Zaragoza,  los  rehenes 
que  éste  había  entregado,  probablemente  después  de  la 


(1)    lítst,  ComjfosL,  lib.  I,  cap.  LXXXIII,  pág.  1D2. 


LOS  THES  PHIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  391 

batalla  de  Valtierra.  Distribuyó  las  grandes  sumas  de 
oro  y  plata,  que  el  mismo  Amad-Dola  había  enviado, 
entre  los  principales  personajes  que  estaban  en  Aragón. 
Gon  esto  se  ganó  el  afecto  de  todos  los  que  la  rodeaban, 
y  cuando  quiso  volver  á  sus  Estados,  nadie  hubo  que 
osase  moverle  querella,  ó  ponerle  obstáculo. 

Ya  en  Castilla,  D.^  Urraca  pudo  recobrar  varias  for- 
talezas, como  las  de  Burgos,  Carrión  y  Sahagún;  pero 
otras  muchas  quedaron  en  poder  de  los  soldados  arago- 
neses, los  cuales,  guarecidos  en  aquellas  madrigueras, 
hacían  una  guerra  innoble  y  desleal,  más  propia  de  ban- 
didos y  salteadores,  que  de  tropas  regulares  (1).  Y  Don 
Alfonso,  repuesto  de  la  enfermedad  que  había  padecido 
en  Milagro,  ardiendo  en  sed  de  vengarse  de  los  repro- 
ches y  recriminaciones  que  había  oído  en  Sahagún,  con- 
gregó nuevas  tropas,  hizo  venir  de  Francia  considera- 
bles refuerzos,  y  dispúsose  á  agravar  más  y  más  los  ma- 
les que  pesaban  j^a  sobre  las  desventuradas  comarcas  de 
León  y  Castilla.  El  país  estaba  desangrado;  los  burgue- 
ses, contentos  con  la  licencia  de  que  disfrutaban,  cada 
vez  eran  más  solícitos  en  seguh-  el  bando  de  D.  Alfonso, 
y  aún  incitaban  á  los  soldados  de  éste  para  que  prosi- 
guiesen en  sus  fechorías;  los  partidarios  de  D.''^  Urraca 
veíanse  aislados,  acorralados  y  faltos  de  recursos  para 
oponer  una  seria  resistencia  (2).  Esto  fué  lo  que  obligó  á 
la  Reina  á  escribir  la  carta  que  hemos  transcrito. 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXXIII,  págs.  149  y  150.  Aminmo 
de  Sahagún,  cap.  XXVII. 

(2)  La  Compostelana  (lib.  I,  cap.  LXXXIII,  pág.  IBO),  reprende  á  los 
Castellanos  por  la  facilidad  con  que  se  dejaron  arrollar  por  D.  Alfonso  de 
Aragón,  y  los  acusa  de  cobardes,  flojos  y  desidiosos.  No  deben  extrañarse 
estos  desahogos  de  la  Compostelana,  poríjue   de   alguna   manera    había   d^ 


392  LIBEO   SKaUNDO 


Luego  que  D.  Diego  Gelmírez  recibió  la  regia  misi- 
va, convocó  á  todos  los  principales  Magnates  gallegos 
para  comunicarles  el  apremiante  Ruego  y  Encargo  que 
acababa  de  llegar  á  sus  manos.  El  Conde  de  Traba  asis- 
tió á  la  Junta,  escuchó  atento  las  razones  con  que  el 
Prelado  compostelano  procuró  persuadir  á  todos  de  la 
conveniencia  de  salir  cuanto  antes  en  socorro  de  la  Rei- 
na, y  sólo  aguijoneado  por  el  sentimiento  del  deber  y 
del  honor,  pudo  decidirse  á  entrar  en  campaña  (1). 

El  30  de  Mayo  de  1113  partió  de  Santiago  el  ejército 
gallego.  A  su  cabeza  iban  el  Conde  D.  Pedro,  D.  Diego 
Gelmírez,  los  Condes  D.  Rodrigo  Vélaz,  D.  Gutierre 
Bermúdez,  y  D.  Munio  Peláez,  y  los  Caballeros  Munio 
Gelmírez  y  Pelayo  Peláez.  Seguían  el  frecuentado  ca- 
mino de  Santiago,  y  á  cada  paso  encontraban  viajeros 
que  iban  ó  volvían  de  visitar  el  Sepulcro  del  Apóstol. 
Después  de  varias  jornadas  ,  algunos  transeúntes  les 
hicieron  saber  que  D.^  Urraca  se  hallaba  airada  contra 
ellos  por  la  tardanza  con  que  habían  salido,  y  que  esta- 
ba dispuesta  á  privarlos  de  los  cargos  y  feudos  que  te- 
nían, y  hasta  á  meter  á  algunos  en  grillos  y  cadenas. 
Otros  y  otros  viajeros,  que  sucesivamente  iban  llegando, 
repetían  lo  mismo;  y  el  caso  era  que,  al  parecer,  algu- 
nos venían  de  intento  á  avisarles  de  lo  que  pasaba. 
Según  iban  caminando,  cada  vez  estos  rumores  tomaban 


tomar  despique  de  las  injurias  é  insultos  prodigados,  como  luego  veremos, 
á  Gelmírez  en  el  claustro  de  Santo  María  de  Burgos.  Por  lo  demás,  es  cier- 
to que  en  aquella  época  abundaba  Galicia  de  grandes  guerreros  é  insignes 
capitanes.  Basta  citar  los  nombres  del  Conde  de  Traba,  de  D.  Rodrigo  Vé- 
laz, de  D.  Fernando  Pérez  de  Traba,  de  D.  Fernando  Yáñez  y  de  D.  Ñuño 
Alfonso. 

(1)    Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXXIII,  pá^.  153. 


LOS  THES  PBUÍEROS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELANA    393 

más  cuerpo.  Al  llegar  á  Astorga,  reunidos  en  Consejo 
los  jefes,  visto  que  era  una  imprudencia  seguir  adelante, 
á  riesgo  de  experimentar  las  iras  de  aquella  á  quien 
querían  socorrer,  resolvieron  que  lo  que  procedía  era 
dar  vuelta,  y  retirarse  cada  uno  á  su  casa.  D.  Diego 
Gelmírez  agotó  todos  los  recursos  de  su  elocuencia  para 
disuadirlos  de  semejante  propósito;  les  hizo  presente  que 
no  era  creíble,  ni  posible,  que  D.^  Urraca  abrigase  tales 
intenciones  para  con  los  Gallegos,  que  eran  su  último 
refugio  y  su  única  esperanza.  Sólo  pudo  conseguir  que 
se  detuviesen  en  Astorga  hasta  tanto  que  volviesen  dos 
emisarios,  el  Cardenal  Pedro  y  el  Canónigo  Pedro  Pe- 
láez,  que  había  enviado  á  la  Reina  para  que  de  ella 
misma  inquiriesen,  que  era  lo  que  había  de  verdad  en 
aquellos  dichos  y  rumores,  que  tanto  habían  exacerbado 
á  los  Gallegos. 

Los  emisarios  encontraron  á  la  Reina  en  Carrión,  y 
con  gran  valor  y  entereza,  le  expusieron  el  objeto  de  su 
viaje:  — «Señora,  le  dijeron,  todo  aquel  que  no  recom- 
pensa, como  es  justo,  los  servicios  que  se  le  hacen  en  los 
tiempos  de  la  tribulación,  cierra  las  puertas  á  todo  auxi- 
lio. ¿Quién  es  tan  insensato  que  haga  cargos  á  otro  por- 
que le  ha  servido,  ó  pague  con  odio  y  mala  voluntad  los 
beneficios  recibidos?  Después  que  ¡oh  Reina!  el  Monarca 
de  Aragón  comenzó  á  infestar  los  Estados  que  vuestro 
ínclito  padre,  el  Rey  Alfonso,  os  dejó  á  vos  y  á  vuestro 
hijo  el  Príncipe  Alfonso,  los  Gallegos,  con  más  fidelidad 
que  otros,  han  seguido  siempre  vuestra  bandera.  Inúti- 
les han  sido  todos  los  esfuerzos  de  la  discordia  para  que- 
brantar su  constancia;  siempre  los  habéis  visto  firmes  en 
frente  de  vuestros  enemigos.  Cuando  los  Castellanos,  los 
Leoneses,  los  de  Campos  y  los  de  la  Frontera,  cedían,  y 


394  Libro  séguiído 


siguiendo  la  corriente  de  la  fortuna,  reconocieron  por 
Rey  al  tirano  de  Aragón,  los  Gallegos,  en  defensa  y  ser- 
vicio vuestro  y  de  vuestra  gloriosa  prole,  sufrieron  inde- 
cibles trabajos.  No  recordaremos  cuánto  han  padecido 
en  Viadangos,  ni  con  cuánto  denuedo  rompieron  y  arro- 
llaron las  primeras  filas  del  numeroso  ejército  enemigo. 
Posteriormente  el  Rey  de  Aragón  sitió  á  los  Gallegos  en 
Astorga,  pero  éstos  hicieron  levantar  valerosamente  el 
cerco,  y  tuvieron  á  su  vez  largo  tiempo  asediado  en 
Carrión,  como  es  á  todos  notorio,  á  vuestro  enemigo. 
Últimamente,  como  el  pirata  aragonés  se  dispusiese  á 
talar  de  nuevo  las  tierras  de  Campos  y  de  Castilla,  y  á 
fortificarse  cada  vez  más  en  sus  castillos,  los  Gallegos 
no  recelaron  en  acudir  á  vuestro  llamamiento,  y  vedlos 
ahí  que  vienen  en  armas  dispuestos  á  derramar  su  san- 
gre en  defensa  vuestra  y  de  vuestro  hijo.  Mas  ahora 
dicen,  que  si  vos,  Señora,  habéis  de  prestar  asenso  á  fal- 
sos delatores  y  á  torpes  hablillas;  si  se  han  de  ver  me- 
nospreciados ellos,  que  hasta  aquí  han  sido  el  más  firme 
sostén  de  vuestro  reino;  si  el  servicio  y  el  obsequio  se 
ha  de  reputar  delito;  si  por  galardón  de  sus  esfuerzos 
y  sacrificios  se  les  ha  de  amenazar  con  grillos  y  cadenas^ 
y  con  la  destitución,  será  insensatez  seguir  adelante 
y  exponerse  á  recibir  mal  por  bien.  Quieren,  pues.  Seño- 
ra, volverse  á  Galicia;  allí  defenderán  su  patria  y  os 
serán  fieles  á  vos  y  á  vuestro  hijo,  mas  no  esperéis  que 
vuelvan  á  atravesar  los  puertos.  Esto  es  ¡oh  Reina!  lo 
que  en  nombre  de  nuestros  compatriotas  debemos  ma- 
nifestaros. Cuando  vuestro  glorioso  padre,  el  Rey  Alfon- 
so, convocaba  á  la  guerra  á  los  Gallegos,  á  los  Astures, 
á  los  Castellanos,  á  quienes  quiera  que  fuesen,  de  todos  se 
ganaba  los  corazones,  ya  confiriendo  honores  ó  empleos, 


LOS  TBES  PBIMEE09  SIGLOS  BE  LA  I.    COMPOSTELANA        895 

ya  halagando  á  otros  con  señales  inequívocas  de  afecto. 
¿Afligiría  él,  por  ventura,  á  los  que  en  nada  le  disgusta- 
ban, y  en  todo  le  estaban  sumisos?  Nadie  lo  dirá»  (1). 

Mas  ¿quién  sería  el  autor  de  esta  trama  y  de  este 
inicuo  enredo?  ¿Quién  podría  ser,  sino  Arias  Pérez?  El 
cual,  después  que  en  el  año  1112  vio  completamente 
destruidos  por  la  fuerza  de  las  armas  sus  planes  de  in- 
surrección, huyóse  á  Castilla  con  Fernán  Sánchez  y  al- 
gunos otros  compañeros,  y  allí  tuvo  bastante  habilidad 
para  insinuarse  en  el  ánimo  de  D.^  Urraca,  é  indispo- 
nerla con  el  Conde  de  Traba  y  algunos  otros  de  los  prin- 
cipales Magnates  gallegos  (2). 

La  Reina,  abrumada  por  el  peso  y  la  fuerza  de  las 
razones  expuestas  por  los  mensajeros  de  Gelmírez  en  su 
arenga,  prorrumpió  en  llanto,  y  comenzó  á  jurar  y  á 
perjurar  que  nunca  tal  cosa  había  imaginado  contra  sus 
valientes  caballeros  gallegos,  protestando  que  lo  que  de- 
seaba era  que  viniesen  pronto,  y  muy  pronto,  en  su  so- 
corro, y  suplicando  con  todo  encarecimiento  al  Obispo, 
por  medio  de  los  Legados,  que  instase  y  que  trabajase 
hasta  lograr  persuadir  á  los  Gallegos  á  que  continuasen 
la  marcha.  Hízolo  así  D.  Diego  y  pudo  recabar  del  Con- 
de de  Traba  y  de  los  demás  jefes  que  diesen  la  orden 
para  marchar;  mas  al  llegar  á  Carrión,  en  donde  se  ha- 
llaba la  Reina,  se  quedaron  de  la  parte  de  acá  del  río, 
y  allí  fijaron  sus  reales.  No  hubo  razones  que  pudiesen 
moverlos  á  que  pasasen  al  otro  lado  sin  obtener  antes 
seguro  de  D.^  Urraca.  Iban  y  venían  Legados  para  alla- 
nar esta  dificultad;  pero  en  esto,  estando  ya  para  poner- 


(1)  Hist.  Compost,  lib.  I,  cap.  LXXXIV,  pág.  155. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXXV,  pág.  156. 


396  LÍBEO  SEatTNDO 


se  el  sol,  se  recibió  aviso  de  que  al  día  siguiente  el  Rey 
de  Aragón  tenía  pensado  acercarse  á  Burgos  para  abaste- 
cer el  castillo  (del  que  había  vuelto  á  apoderarse)  de  toda 
suerte  de  municiones.  Esta  nueva,  unida  á  los  buenos  ofi- 
cios de  D.  Diego  Gelmírez,  aceleró  la  concordia  entre  la 
Reina  y  los  Gallegos.  D.^  Urraca  no  demoró  un  instante 
el  enviarles  el  seguro  que  pedían,  y  el  Prelado  no  des- 
cansó hasta  ver  sinceramente  reconciliados  á  la  Reina  y 
al  Conde  de  Traba,  y  conseguir  que  mutuamente  se  ju- 
rasen alianza  y  amistad.  Aquella  misma  noche  salieron, 
pues,  á  toda  prisa  los  Gallegos,  ocuparon  el  cerro  en  cuya 
falda  estaba  recostada  la  capital  de  Castilla,  y  estable- 
cieron sus  tiendas  alrededor  del  castillo  enemigo. 

El  día  siguiente,  24  de  Junio,  D.  Diego  Gelmírez 
quiso  celebrar  solemnemente  la  fiesta  de  San  Juan  en 
una  iglesia  dedicada  al  insigne  Precursor,  que  entonces 
estaba  faera  del  recinto  de  la  ciudad.  Hallábase  pre- 
sente D.^  Urraca  con  todo  el  Estado  mayor  del  ejérci- 
to, y  gran  muchedumbre  de  pueblo;  y  el  Prelado,  esti- 
mulado en  vista  de  tan  considerable  concurso,  pronunció 
durante  la  Misa  un  largo  y  elocuente  sermón.  Después 
de  exponer  el  asunto  y  objeto  de  la  festividad  del  día,  pasó 
á  ocuparse  del  estado  social  y  político  de  España.  Pintó 
con  vivos  colores  la  situación  mísera  en  que  se  hallaba 
la  nación,  y  terminó  indicando  cuáles  eran  los  medios 
para  levantarla  de  su  postración.  Insistió,  principalmen- 
te, en  el  más  eficaz,  que  era  el  que  cada  uno  abandonase 
sus  vicios  y  malas  costumbres;  las  cuales  no  sólo  enervan 
los  ánimos,  sino  que  dañan  los  cuerpos,  y  nos  hacen 
perder  la  amistad  de  Dios.  Concluida  la  Misa,  cada  cual 
se  retiró  á  su  tienda;  mas  al  poco  tiempo  llegó  noticia  de 
(|ue  el  Rey  de  Aragón  estaba  en  camino  para  socorrer  el 


LOS  TEES  PBIMEB09  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  397 

castillo.  La  Reina  invitó  á  los  Castellanos  á  salir  al 
encuentro  del  enemigo;  contestaron  con  evasivas.  Mas 
los  Gallegos,  sabedores  de  la  proximidad  del  ejército 
Aragonés,  no  pueden  contener  su  ardor:  desde  lo  de 
Monterroso  y  Viadangos  tenían  cuentas  pendientes  con 
D.  Alfonso,  y  no  querían  desperdiciar  la  ocasión  de 
zanjarlas.  Salen  en  el  acto;  al  anochecer  llegan  á  Ata- 
puerca;  y  dispuesto  todo  para  el  combate  del  día  siguien- 
te, se  entregan  al  descanso.  En  Villafranca  de  Montes 
de  Oca  tuvo  el  de  Aragón  noticia  de  los  movimientos 
del  ejército  capitaneado  por  el  Conde  de  Traba.  Juzgó 
prudente  no  aventurarse  á  una  batalla  que  podía  ser 
decisiva,  y  se  retiró.  Tal  vez  presumió  que  había  de  ser 
muy  difícil  á  los  Gallegos  el  sostenerse  por  mucho  tiem- 
po tan  lejos  de  su  patria  y  teniendo  que  satisfacer  las 
veleidades  de  D.^  Urraca  (1). 

La  retirada  del  Monarca  aragonés  desconcertó  á  los 
defensores  del  castillo  de  Burgos;  los  cuales  enviaron 
parlamentarios  prometiendo  la  rendición,  si  en  el  término 
de  quince  días  no  recibían  socorro.  Pasaron  los  quince 
días  sin  que  D.  Alfonso  demostrase  su  intención  de 
venir  en  su  ayuda;  por  lo  cual  no  les  cupo  otro  recurso 
que  entregarse  (2). 

Durante  los  quince  días  que  pidieron  de  plazo  los 
sitiados,  pasaron  en  Burgos  algunos  sucesos  que  no  con- 
viene dejar  en  olvido.  El  Papa  Pascual  11  había  invita- 
do, como  hemos  visto  (3),  por  conducto  del  Abad  de 
Ciiiuse,  á  los  Obispos  de  España  á  ir  á  Roma  para  tratar 
allí  las  gravísimas  cuestiones,  cuya  solución  deseaban. 


(1)  UisL  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXXIX. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XC. 

(3)  Página  388. 


398  LIBBO  SEGUNDÓ 


Mas  los  grandes  trastornos,  que  conmovían  al  país  de  un 
extremo  al  otro,  no  permitieron  á  los  Prelados  españo- 
les hacer  este  viaje.  No  cesaron  por  eso  de  insistir  con 
el  Papa  en  demanda  de  consejo  y  remedio.  Pascual  II 
les  envió  nuevas  Letras,  cuyo  tenor  era  como  sigue: — 
«Pascual  Obispo,  siervo  de  los  siervos  de  Dios,  á  los  Ve- 
nerables hermanos,  Bernardo,  Primado,  y  demás  Obis- 
pos y  Príncipes  de  España.  Muy  sensible  Nos  es  que  en 
vuestros  países  haya  tantas  calamidades,  tantas  ruinas 
de  iglesias,  tantos  asesinatos,  tantos  robos,  tantos  incen- 
dios, cuantos  no  Nos  es  posible  describir.  Por  lo  cual,  por 
las  presentes,  os  amonestamos  que  todos  de  común  acuer- 
do con  gran  solicitud  y  prudencia  busquéis  remedio  y 
alivio  á  tantos  males;  pues  Nos,  mediante  el  Señor, 
tenemos  deliberado  enviar  á  esas  naciones  un  Legado. 
Entretanto,  según  vuestra  posibilidad,  procurad  proveer 
á  la  seguridad  pública;  y  por  de  pronto  sabed,  que  Nos 
declaramos  separados  de  la  comunión  de  la  Iglesia  á  to- 
dos los  proceres  y  caballeros,  que  hayan  invadido,  ó  que 
retengan  feudos,  haciendas,  granjas  ó  cualesquiera  otros 
bienes  eclesiásticos.  Del  mismo  modo  excomulgamos  á 
los  perturbadores  extranjeros,  que  entre  vosotros  pro- 
mueven las  guerras  y  perpetran  las  demás  maldades. 
El  Señor,  nuestra  paz  y  nuestra  salud,  obre  en  vosotros 
por  su  misericordia  vuestra  paz  y  vuestra  salud.  Dada 
en  Letrán  á  14  de  Abril  (del  año  1113)>  (1). 

En  vista  de  estas  Letras  pontificias,  el  Arzobispo  de 
Toledo  y  algunos  otros  Prelados  que  se  hallaban  acci- 
dentalmente en  Burgos,  como  D.  Diego  de  Santiago, 
D.  Diego  de  Orense,  D.  Pelayo  de  Oviedo  y  D.  Munio  do 


(1)     Hist.  Composi.,  lib.  I,  cap.  LXXXIX,  pág.  16H. 


LOS  TEES   PEIMKBOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA        399 

Mondoñedo,  se  reunieron  en  Concilio.  Se  leyó  la  Bula 
del  Papa,  se  expusieron  y  se  lamentaron  los  males  que 
sufría  España;  pero,  visto  que  por  el  corto  número  de 
los  concurrentes,  las  resoluciones  conciliares  no  podían 
tener  el  alcance  que  se  deseaba,  se  acordó  la  celebración 
de  un  Concilio  general,  para  el  cual  serían  convocados, 
no  sólo  todos  los  Obispos,  sino  los  Abades,  los  Duques, 
los  Condes  y  todos  los  Magnates  españoles.  Designóse  la 
ciudad  de  Falencia  como  lugar  para  la  celebración,  y 
el  25  del  próximo  Octubre  para  el  día  de  la  apertura  (i). 

Reconocida  D.^  Urraca  á  los  grandes  servicios  que 
había  recibido  del  Obispo  de  Santiago,  quiso  demostrar- 
le, de  un  modo  especial,  su  agradecimiento,  y  confirmar- 
lo más  y  más  en  su  devoción.  A  este  efecto,  firmó  con  él 
un  pacto  ó  tratado,  cuyo  texto  trae  la  Compostelana  (2), 
por  el  cual  D.^  Urraca  se  obligó  á  proteger  y  exaltar, 
hasta  dónde  se  lo  permitiesen  sus  fuerzas,  la  dignidad  y 
persona  del  Prelado.  Relevóle  también  de  la  obligación 
de  salir  á  campaña,  dándose  por  satisfecha  con  que  el 
Prelado,  cuando  recibiese  aviso,  enviase  sus  soldados. 
Fueron  testigos  de  esta  acta,  que  se  otorgó  el  8  de  Julio 
de  1113,  el  Obispo  de  Mondoñedo  y  el  Cardenal  de  San- 
tiago, Pedro. 

Pero  otra  cosa  más  grave  ocurrió  dentro  de  dichos 
quince  días.  Poco  antes  que  expirase  este  plazo,  llegaron 
á  Burgos  Legados  del  Rey  de  Aragón,  que  venían  en  su 
nombre  á  pedir  la  paz,  y  á  jurar  que  su  Señor  estaba 
dispuesto  á  cumplir  al  pie  do  la  letra  lo  que  había  pro- 
metido en  Peñafiel.  No  exigía,  sino  que  la  Reina  acce- 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXXVIII. 

(2)  Lib.  I,  cap,  XC. 


400  LIBBO  SEGUNDO 


diese  á  los  vivísimos  deseos  que  abrigaba,  de  vivir  en  su 
compañía,  y  de  ser  considerado  como  su  esposo.  Muchos 
de  los  burgueses,  allí  presentes,  apoyaban  tal  pretensión. 
D.^  Urraca  recibió  cortesmente  á  los  embajadores,  y 
como  el  asunto  era  de  tanta  trascendencia,  quiso  que 
aquellos  diesen  cuenta  de  su  misión  en  una  gran  Junta, 
que  se  reunió  en  el  claustro  de  Santa  María  de  Burgos. 
Los  Legados  aragoneses  comenzaron  á  exponer  el  obje- 
to de  su  venida,  y  según  iban  hablando,  así  fueron  ad- 
virtiendo en  casi  todos  los  circunstantes  mayores  seña- 
les de  aprobación.  Al  final,  ya  nadie  podía  dudar  de  que 
la  voluntad  de  la  Junta  era,  que  D.^  Urraca  aceptase 
las  proposiciones  del  Rey  de  Aragón.  Hallábase  allí  pre- 
sente, por  casualidad,  D.  Diego  Gelmírez,  que  era  el 
único  Prelado  que  había  quedado  en  Burgos,  después  de 
la  celebración  del  Concilio.  Escuchó  atento  lo  que  ha- 
bían dicho  los  Legados;  notó  la  actitud  de  la  asamblea; 
y  juzgó  que  en  aquellas  circunstancias  no  podía,  ni  de- 
bía callar  .  Todas  las  miradas  se  dirigieron  hacia  él; 
todos  esperaban  oír,  formulado  por  boca  del  Obispo,  lo 
que  cada  uno  sentía  en  su  interior.  Efectivamente,  Don 
Diego  habló,  y  comenzó  con  este  magnífico  exordio: 
—  «Hasta  ahora  habéis  oído  á  los  Legados  del  Rey  de 
Aragón,  y  habéis  asentido  fácilmente  á  cuanto  acaban 
de  proponeros;  justo  es  que  oigáis  ahora  al  Legado  del 
Rey  Omnipotente,  y  que  guardéis  en  el  fondo  de  vuestro 
pecho  las  advertencias  que  os  haga.  El  os  anunciará 
doctrina  de  salvación;  él  os  predicará  lo  que  en  presen- 
cia de  Nuestro  Señor  crea  que  es  justo  y  bueno.  Los  Le- 
gados do  Aragón  os  han  propuesto  cosas  perjudicialísi- 
mas  y  que  conducen  á  un  abismo;  os  lian  anunciado  lo 
que  se  opone  á  vuestra  salvación,  tanto  en  este  mundo 


LOS   TEES  PEIMEROS   SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         401 

como  en  el  otro,  y  lo  que  todos  los  Dereclios  reprueban. 
Cúmpleme  á  mí,  hermanos  míos,  Ministro  y  Legado  de 
Dios  Omnipotente  ,  legítimo  intérprete  de  la  justicia 
para  proclamar  los  derechos  de  la  Santa  Iglesia,  el  pro- 
poneros cosas  saludables,  y  mostraros  qué  es  lo  que  en 
este  punto  debéis  elegir,  y  qué  es  lo  que  debéis  recha- 
zar.» Entrando  luego  en  materia,  les  manifestó  que  la 
proposición  de  los  emisarios  aragoneses  era  de  todo  pun- 
to inadmisible,  y  que  era  en  vano  el  alegar  el  juramen- 
to con  que  muchos  de  los  allí  presentes  se  habían  ligado 
para  sostenerla,  pues  Dios  no  puede  ser  garante  de  la 
iniquidad.  Declaró,  por  tanto,  que  él,  por  la  autoridad 
de  Dios  Omnipotente,  anatematizaba  y  excomulgaba  á 
todos  los  que  intentasen  unir  de  nuevo  á  D.^  Urraca  y  á 
D.  Alfonso,  y  á  todos  los  que  á  ello  prestasen  su  consen- 
timiento. Leyó,  por  último,  las  Letras  pontificias  que 
acababa  de  recibir,  en  las  cuales  el  Papa  Pascual  II  ex- 
hortaba á  todos  los  Españoles  á  la  concordia,  y  castiga- 
ba severamente  á  los  perturbadores  de  la  paz  pública  y 
á  los  violadores  de  los  derechos  de  la  Iglesia  (1). 

A  la  verdad,  la  amonestación  de  D.  Diego  Gelmírez 
no  podía  ser  más  oportuna.  La  experiencia  de  los  cuatro 
últimos  años  enseñaba  que  la  entronización  del  Príncipe 
aragonés  en  el  solio  de  León  y  de  Castilla  venía  á  sig- 
nificar la  opresión  del  país,  el  imperio  de  la  violencia,  el 
saqueo  de  las  iglesias  y  la  ruina  de  la  agricultura  y  de 
la  industria,  y  equivalía  á  poner  en  manos  de  merodea- 
dores extranjeros  los  fiorecientes  Estados  que  había  po- 
seído el  glorioso  Conquistador  de  Toledo. 

La  numerosa  asamblea  no  pudo  ocultar  la  profunda 


(1)     Hist.  Compoat.,  lib.  I,  cap.  LXXXIX,  pág.  165. 
Tomo  111.-26. 


402  LIBEO  SEGUNDO 


I 


impresión  que  en  su  ánimo  habían  hecho  las  palabras 
del  Obispo  de  Santiago.  Unos  hicieron  señales  de  con- 
formidad y  aprobación;  fueron  los  menos.  Otros  comen- 
zaron á  manifestar  su  desagrado  con  murmullos,  y  aún 
con  otras  demostraciones  más  ruidosas  é  intencionadas. 
Creció  la  agitación;  el  tumulto  iba  en  aumento;  los  fie- 
ros y  amenazas  cada  vez  eran  más  fuertes  é  imponen- 
tes; para  llegar  á  vías  de  hecho  sólo  faltaba  un  paso;  el 
Prelado  estaba  á  punto  de  ser  envuelto  en  las  olas  de 
aquel  mar  en  tormenta;  mas  sus  soldados  lo  rodean,  lo 
sacan  de  allí  y  lo  conducen  incólume  á  su  tienda  (1). 

No  obstante,  otra  vez  más  se  llevó  á  cabo  la  recon- 
ciliación de  los  Príncipes;  y  D.^  Urraca  se  allanó  á  pasar 
otra  temporada  en  compañía  de  su  pretenso  marido,  el 
Rey  de  Aragón. 

Después  de  la  rendicióji  del  castillo  de  Burgos,  el 
Conde  de  Traba  se  disponía  á  dar  vuelta  á  su  patria. 
Era  la  tercera  vez  que  había  sido  llamado  por  D.^  Urra- 
ca para  combatir  al  Rey  de  Aragón,  y  era  la  tercera 
vez  que  indirectamente  se  le  había  despedido  por  ser 
excusados  sus  servicios.  En  esta  ocasión,  sin  embargo,  la 
Reina  quiso  retenerle  algún  tiempo  á  su  lado;  y  con  el 
pretexto  de  que  los  Moros  habían  puesto  sitio  al  castillo 
de  Berlanga,  en  la  provincia  de  Soria,  se  presentó  en  el 
campamento  gallego  cuando  ya  todos  se  estaban  prepa- 
rando para  la  marcha,  y  les  rogó  y  les  suplicó  que  difi- 
riesen por  algunos  días  la  salida,  pues  necesitaba  de  su 
ayuda  para  socorrer  la  plaza  sitiada.  D.  Diego  Gelmí- 
rez  representó  á  la  Reina  los  motivos  que  tenían  los  fía- 
liegos  para  no  retardar  por  más  tiempo  su  partida,   y  le 


(1)     Hüt.  ComposL,  lib.  I,  cap.  LXXXIX. 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA        403 

hizo  ver  la  conveniencia  de  dejarlos  marchar  cuanto 
antes.  Mas  la  delicadeza  y   el  honor  no  permitieron  al 
Conde  D,  Pedro  desatender  aún  en  esta  ocasión  las  in- 
dicaciones de  la  Reina.  Con  parte  de  su  hueste  y  las  de 
su  amigo  D.  Rodrigo  Vélaz  y  su  yerno  D.  Munio  Peláez, 
corrió  en  socorro  de  Berlanga;  pero  á  su  llegada  ya  los 
Moros  se  habían  retirado.  Vuelto  de  esta  excursión,  una 
vez  que  D.''^  Urraca  no  tenía  ya  enemigos  que  combatir, 
se  despidió  y  salió  á  alcanzar  á  D.  Diego  Gelmírez,  que 
con  el  resto  del  ejército  se  había  puesto   en  marcha   (1). 
En  Carrión  fué  objeto  el  Obispo  compostelano  de  una 
desagradable  y  fiera  manifestación,  de  la  cual  sólo   pu- 
do salir  bien  librado  disfrazándose  con  un  manto  de  co- 
lor rojo  y  un  sombrero  lombardo.  Los  burgueses  eran  los 
más  entusiastas  por  la  unión  de  D.^  Urraca  con  D.  Al- 
fonso, y  no  podían  perdonar  á  D.  Diego  los  esfuerzos 
que  para  impedirla  acababa  de  hacer  en  Burgos.  Desde 
aquí  caminaron  los  Gallegos  con  las  mismas  precaucio- 
nes, que  si  atravesaran  por  un  país  enemigo.  El  Prelado 
compostelano  iba  en  el  centro  con  el  bagaje;  la  van- 
guardia y  la  retaguardia  marchaban  preparadas  á  todo 
evento.  Hasta  llegar  á  las  gargantas  que  cierran  el  valle 
de  Valcárcel,  á  la  entrada  de 'Galicia,  no  tuvieron  tro- 
piezo alguno.  Allí,  en  el  castillo  de  Santa  María  de   Oc- 
iaris  ó  Aidares,  encontraron  apostado  á  Nezano  ó  Nepo- 
ciano  Gudésteiz,  que  no  quería  perder  aquella  ocasión 
de  vengarse  de  las  injurias  que  había  recibido  de  algu- 
nos soldados  de  los  Condes  D.  Pedro  y  D.  Munio  Peláez. 
Al  fin  Nezano  se  dejó  persuadir  de  las  razones  de  Don 
Diego  Gelmírez,  y  dejó  paso  franco  al  ejército  expedicio- 


(1)     Hist.  Composf.,  lib.  I,  cap.  XC,  pág.  1G9. 


404  LIBBO    SEGUNDO 


nario;  el  cual  debió  llegar  á  Compostela  hacia  principios 
de  Agosto  de  1113  (1). 

En  el  retiro  y  aislamiento  de  Galicia.,  comprendió 
D,  Pedro  que  era  llegado  el  momento  de  tomar  una 
resolución  enérgica  y  decisiva;  así  lo  exigía  la  salvación 
de  la  patria.  Pero  ante  todo,  según  le  dictaba,  no  sólo 
su  excelente  fondo  religioso,  sino  hasta  la  más  vulgar 
prudencia,  quiso  asegurarse  la  protección  del  Cielo. 
Ofreció  al  Apóstol  Santiago  y  á  su  Iglesia  una  copiosí- 
sima donación,  más  propia  de  Reyes,  que  de  un  par- 
ticular, por  opulento  que  fuese.  Donó  la  mitad  de  la  vi- 
lla de  Dena  en  tierra  de  Saines;  la  parte  que  tenía  en  la 
iglesia  de  San  Salvador  de  Pernis  y  las  de  (algunas  ínte- 
gras) San  Julián  de  Carantonia  (Carantoña),  San  Pedro 
de  Grandal  y  Santa  María  de  Castro  en  tierra  de  Pruzos; 
en  B ¿saúcos  (Besoucos),  las  de  Santiago  de  Francia  (Fran- 
za)  y  San  Esteban  de  Erens  (Erines);  en  Trasancos,  cer- 
ca de  Ferrol,  las  de  Santa  Eugenia,  San  Saturnino  y 
Santiago  de  Abad;  en  Nendos  cerca  de  la  Coruña,  las  de 
Santa  María  de  Olarios  (Oleiros)  y  Santa  María  de  Ozia 
(Oza);  en  Nemancos  (Corcubión)  las  de  Santa  María  de 
Salto,  de  San  Tirso  de  Selaya  (Seaya),  San  Esteban  de 
Lires  y  Santa  María  de  Mour  (Morquintián?);  las  gran- 
jas de  Amarante  y  Nimia;  un  cortijo  en  Padrón;  y  todo 
cuanto  poseía  y  pudiese  en  lo  sucesivo  adquirir,  entre 
los  ríos  Ulla  y  Tambre,  á  excepción  de  las  casas  que 
tenía  en  Santiago  (2).  Poco  tiempo  después,  con  su  espo- 
sa D.^  Mayor  Guntroda,  donó  la  mitad  de  la  iglesia  de 
San  Cristóbal  de  Ventosa  y  la  tercera  parte  do  Santa 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XC,  pág.  170. 

(2)  Hi(>t.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XCIV. 


LOS  TEES    PBIMEBOS  SIGLOS  DB  LA  I.  COMPOSTELANA         405 

María  de  Oza  y  la  mitad  de  los  siervos  de  San  Tirso  de 
Mavegondo  (Betanzos),  con  el  derecho  de  caradere  (1). 

Si  el  inmenso  patrimonio  de  D.  Pedro  era  también 
patrimonio  de  los  pobres,  sus  hechos  eran  ejemplo  y 
estímulo  pai'a  todos,  y  en  particular  para  sus  parientes. 
Su  hermana  D.^  Munia,  habiendo  quedado  viuda,  quiso 
hacer  vida  religiosa  en  la  iglesia  de  San  Esteban  de  Pla- 
nela  (Piadela,  cerca  de  Betanzos),  que  era  de  la  Catedral 
compostelana.  D.  Diego  Gelmírez  se  la  cedió  en  usufruc- 
to durante  su  vida;  y  la  piadosa  señora  agradecida,  donó 
la  iglesia  de  Santa  María  de  Rus  (Carballo),  y  lo  que  le 
correspondía  en  la  de  San  Miguel  de  í  ígartola  (Figueroa) 
con  otras  granjas  y  heredades.  Otorgóse  la  escritura  el  G 
de  Noviembre  de  1113  (2).  Otros  dos  hermanos  de  Don 
Pedro,  D.  Rodrigo  y  D.^  Visclavara,  ofrecieron  igual- 
mente sus  dones  á  Santiago;  el  primero  una  tierra  en 
Avegondo  (Betanzos),  y  la  segunda  la  mitad  de  la  igle- 
sia de  San  Pedro  de  Crendes  (3).  La  liija  de  D.  Pedro, 
D.^  Jimena,  donó  la  octava  parte  de  la  iglesia  de  Santa 
María  de  Trasmonte  y  otra  octava  de  la  de  San  Pelayo 
de  Lens.  Su  otra  hija,  D.^  Lupa,  con  su  esposo  D.  Munio 
Peláez,  concedió  asimismo  varias  iglesias  y  heredades, 
como  la  de  San  Martín  de  Olarios  (Oleiros)  en  Aviancos 
(Arzua),  la  de  VeUegío  (Lalín),  etc....  (4). 

Pero  además  D.  Pedro,  antes  de  poner  en  ejecución 
la  empresa  que  meditaba,  quiso  contar  al  menos  con  la 
aquiescencia  del  Obispo  de  Santiago.  A  este  efecto,  cele- 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  C. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  XCIII. 

(3)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  C. 

(4)  Hist,  Compost.,  lib.  I,  cap.  C. 


406  LIBBO   SEGUNDO 


bró  con  D.   Diego   un  convenio,   cuya  acta  publicó  la 
Compostelana,  y  es  como  sigue: 

—  «Yo  el  Conde  D.  Pedro  Fróilaz,  con  los  abajo 
nombrados,  juro  á  Vos  D.  Diego  II,  Obispo,  por  Dios 
Omnipotente,  por  todos  sus  Santos  y  por  las  Virtudes 
del  Cielo,  que,  salva  la  fidelidad  debida  al  Infante  Don 
Alfonso,  ó  á  cualquiera  otro  señor,  que  de  común  acuer- 
do hubiésemos  recibido  por  Rey,  seré  vuestro  leal  amigo, 
sin  fraude,  ni  simulación  de  ningún  género,  y  que  guar- 
daré y  defenderé  vuestra  vida  y  vuestra  persona  y  las 
jurisdicciones  que  ahora  tenéis  y  en  adelante  tuviereis, 
evitando  en  todo  y  por  todo  cuanto  pueda  ceder  en  ofen- 
sa vuestra,  y  que  según  mis  fuerzas  y  mi  posibilidad,  pro- 
curaré exaltar  vuestra  dignidad  contra  todas  y  cuales- 
quiera personas.  Juro  asimismo  ayudar  y  defender,  como 
si  fueran  mis  parientes,  á  todos  vuestros  allegados  que 
encomendéis,  ó  ellos  se  encomienden  á  mi  protección;  y 
amparar  y  proteger  á  las  personas  y  feudos  de  Santiago 
que  estén  en  mis  tierras  en  prov.echo  y  utilidad  vuestra, 
para  que  por  ello  no  recibáis  molestia,  ni  daño  alguno. 
Y  si  yo,  ó  mis  hombres,  os  ocasionáremos  en  esto  algún 
perjuicio,  os  lo  resarciré  á  todo  poder  según  juicio  y  lau- 
do de  nuestros  amigos.  Si  por  ventura  perdieseis  las 
jurisdicciones  civiles  que  ahora  poseéis,  me  obligo  á  da- 
ros la  mitad  de  las  mías,  y  á  ampararos  y  defenderos  á, 
Vos  y  á  los  Canónigos  que  sean  vuestros  amigos  y  míos 
también. 

» Respecto  de  la  entronización  del  Infante  D.  Alfon- 
so, y  de  la  distribución  de  las  dignidades  y  cargos  de  su 
Casa,  juro  obrar  con  Vos  de  común  acuerdo,  mientras  lo 
tuviéremos  en  nuestro  poder. 

»Si  yo  faltare  á  este  juramento,  sea  declarado  perju- 


LOS  THKS  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA   I.  COMPOSTELANA         407 

ro;  y  si  los  que  ahora  juran  conmigo  no  quieren  perjurar, 
pónganse  de  vuestra  parte  con  los  préstamos  y  feudos 
que  tienen,  excepto  los  castillos,  para  ayudaros  con  leal- 
tad y  sin  ficción;  y  yo  me  comprometo  á  cumplir  lo  que 
ellos  juzguen  y  sentencien,  que  deba  hacer.  Adviértase 
que  este  juramento  queda  anulado,  si  ambos  conviniére- 
mos en  revocarlo  y  disolverlo»  (1). 

Juraron  con  el  Conde  D.  Pedro,  su  esposa,  sus  hijos 
D.  Bermudo  y  D.  Fernando  y  los  Caballeros  Arias  Nú- 
ñez.  Arias  Jiménez,  Froilán  Pérez,  Arias  Sesmóndiz, 
Sarraceno  Muñiz,  Froilán  Alfonso  y  Juan  Gutiérrez. 

No  eran  del  todo  inútiles  estas  precauciones,  por  las 
contingencias  que  pudieran  sobrevenir,  y  porque  no  era 
tan  fácil  que  el  Obispo  de  Santiago  y  el  Conde  de  Tra- 
ba apreciasen  siempre  las  cosas  del  mismo  modo. 

La  última  reconciliación  de  D.  Alfonso  con  Doña 
Urraca  no  fué  más  duradera,  de  lo  que  habían  sido  las 
anteriores.  «Empero,  el  Rey,  dice  el  Anónimo  de  Saha- 
gún  (2),  no  tuvo,  en  efecto,  cosa  que  hubiese  prometido, 
ni  aún  demostró  algún  amor.  >  Volvióse,  pues,  á  encender 
la  guerra;  pero  en  esta  ocasión,  comprendiendo  Doña 
Urraca  que  mal  podía  contar  con  los  Gallegos,  recurrió 
á  los  Portugueses,  con  los  cuales  la  vemos  en  buena  paz 
y  armonía  á  principios  del  año  1114.  En  efecto,  á  27  de 
Marzo  de  diclio  año,  hallamos  á  D.^  Urraca  en  Oviedo, 
juntamente  con  sus  hermanos  los  Condes  de  Portu- 
gal  (3). 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  C,  pág.  189.— Como  era  consiguiente,  la 
Compostelana  no  publicó  la  fórmula  del  juramento  prestado  por  D.  Diego, 
ni  los  nombres  de  los  que  juraron  con  él. 

(2)  Cap.  XXIX. 

(3)  Esp.  Sag.,   tom.  XXXVIII,  pág.  347. 


408  LIBBO   SEGUNDO 


Mas  el  caso  es  que  poco  después  de  la  muerte  del 
Conde  D.  Enrique,  ocurrida  en  1.^  de  Mayo  de  1114,  ya 
las  relaciones  entre  D.^  Urraca  y  el  Rey  de  Aragón  no 
eran  tan  tirantes,  ó  más  bien  eran  tales,  que  inspiraron 
celos  á  la  Condesa  de  Portugal  D.^  Teresa.  La  cual  con 
la  unión  y  concordia  de  los  dos  Príncipes  veía  cerrada 
la  puerta  á  sus  ambiciosos  planes  de  acrecentar  sus  domi- 
nios, y  hacerse  independiente.  Para  remover  obstáculos, 
excogitó,  pues,  un  medio,  cual  pudiera  inventarlo  una 
mujer  poseída  de  la  más  desmesurada  ambición.  Escogió 
persona  á  propósito,  y  la  envió  á  D.  Alfonso  con  aviso 
muy  confidencial,  de  que  se  guardase  de  D.^  Urraca, 
que  quería  envenenarlo  (1). 

El  Príncipe  aragonés,  ciego  de  ira  por  una  parte,  y 
lleno,  por  otra,  de  arrogancia  por  el  pretexto  que  se  le 
daba  para  proseguir  en  su  desatentada  conducta,  despi- 
dió de  sí  á  D.^  Urraca,  colmándola  de  denuestos  é  inju- 
rias, y  prohibiendo  que  nadie  la  admitiese,  ni  en  ciudad 
ni  en  castillo.  Y  entonces  fué  cuando  debió  darle  el 
libelo  de  repudio,  de  que  habla  el  Arzobispo  D.  Rodri- 
go (2).  Con  esto,  los  males  y  calamidades  que  venía 
sufriendo  España,  estuvieron  á  punto  de  agravarse  y 
recrudecerse;  mas  el  mismo  estado  de  abandono  en  que 
quedó  D.^  Urraca,  excitó  la  compasión  de  muchos  bur- 


(1)  Muerto  el  Conde  D.  Enrique,  D.^  Teresa  allá  (á  Aatorga)  se  fué  e 
con  la  Reina  su  hermana  e  con  el  Rey  gran  competencia  armaba  conside- 
rando que  para  se  rebelar  la  fortuna  no  le  abastaba,  con  un  saber  astuto  e 
ingenioso  envió  al  Key  un  mensajero  confeccionado  para  que  se  guardase 
de  la  Reina  su  hermana,  porque  se  disponía  a  quererlo  matar  con  yerbas. 
(Anónimo  de  Sahagúri,  cap.  XXIX).— De  aquí  nació,  sin  duda,  la  voz  de  que 
D.'^  Urraca  había  intentado  envenenar  á  D.  Alfonso,  de  la  cual  se  hizo  eco 
Orderico  Vital  en  el  lib.  XIII  de  su  Historia  eclesiástica. 

(2)  l)e  rehus  Hispaniae,  lib.  VII,  cap.  I. 


LOS  TIlEá  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELANA  409 


gueses,  especialmente  de  los  de  León  y  Sahagún,  los 
cuales  no  pudieron  menos  de  condolerse  al  ver  tan  des- 
valida á  la  hija  de  aquel  Monarca  tan  poderoso,  que  ha- 
bía llenado,  no  sólo  á  España,  sino  á  Europa,  con  la 
fama  de  sus  hazañas.  Le  abrieron,  pues,  las  puertas  de 
su  ciudad  y  la  reconocieron  por  su  Señora. 

Por  otra  parte  D.  Alfonso,  preocupado  como  estaba 
con  la  conquista  de  Zaragoza,  no  pudo  continuar  por 
mucho  tiempo  engolfado  en  las  cosas  de  León  y  Castilla, 
y  se  limitó  á  conservar  en  su  poder  algunas  plazas  fuer- 
tes, como  Castrojeriz,  y  Carrión,  desde  las  cuales  no 
cesaba  de  molestar  las  regiones  circunvecinas  (1).  Y  si 
bien  el  Arzobispo  de  Toledo  le  rogó  que  desistiese  de 
una  vez  de  su  actitud  hostil,  nada  pudo  conseguir  de  su 
-obstinación  y  tenacidad  (2);  y  D.  Alfonso  continuó  inti- 
tulándose aún  por  algún  tiempo  Rey  de  Castilla. 

D.^  Urraca,  en  medio  de  la  tormenta  que  por  todas 
partes  se  levantó  contra  ella;  al  ver  que  D.  Alfonso  de 
Aragón  ya  no  solicitaba,  como  antes,  su  compañía,  sino 


(1)  El  P.  Risco  (Esp.  Sag.,  tom.  XXXV,  págs.  162  y  163),  supone  que 
D.  Alfonso  se  retiró  de  Castilla  y  León  á  fines  del  año  1112,  y  que,  por 
consiguiente,  ya  en  los  años  1113  y  1114  comenzó  á  gozarse  de  alguna  calma 
y  reposo  en  dichos  Estados.  Mas  la  cronología  que  seguimos,  es  la  que  de  sí 
arrojan  los  antiguos  diplomas,  y  el  mismo  complexo  de  los  acontecimientos. 
Las  datas  de  algunas  escrituras,  como  las  que  cita  el  continuador  de  la  £"5- 
paña  Sagrada,  por  sí  solas  no  hacen  fuerza;  porque  aquella  guerra  tuvo 
tantas  mudanzas  y  alternativas,  y  las  ciudades  y  castillos  cambiaron  tantas 
veces  de  señor,  que  de  poco  sirve  saber  que  en  tal  fecha  estaba  en  León,  por 
ejemplo,  el  Obispo  D.  Diego,  si  por  esto  sólo  no  es  dado  asegurar  que  al 
día  siguiente  pudiese  este  Prelado  permanecer  en  su  Sede. 

(2)  Noverit  Dilectio  vestra  me  cum  Rege  et  Regina  de  communi  pace 
loquutum  fuisse,  sed  quoniam  inter  eos  nullam  concordiam.  Rege  renuente, 
faceré  potuimus...  (Carta  del  Arzobispo  D.  Bernardo  á  Gelmírez,  en  la  Com- 
postelava,  lib.  I,  cap.  CI). 


410  tmUO  SEGUIÍDO 


que  la  rechazaba  con  desprecio  é  ignominia;  al  ver  que 
su  hermana  D.^  Teresa  conspiraba  contra  ella  y  la  per- 
seguía de  muerte;  al  ver  que  de  sus  Estados,  Portugal 
estaba  emancipado,  Castilla  en  poder  del  Aragonés,  Ga- 
licia adicta  y  devota  á  su  hijo,  y  que  en  los  demás  pue- 
blos sólo  era  recibida  en  aquellos,  en  que  su  mismo  des- 
amparo y  abatimiento  excitaba  á  conmiseración,  quedó 
desconcertada,  y  sin  saber  hacia  donde  dirigir  los  ojos. 
Al  fin  se  acordó  del  Obispo  de  Santiago,  y  quiso  tantear 
su  ánimo  y  asegurarse  de  su  afecto  y  fidelidad.  A  3  de 
Enero  de  1115,  estando  en  Falencia,  hizo  una  gran  do- 
nación á  la  Iglesia  compostelana.  Donóle  el  Monasterio 
de  San  Salvador  de  Camanzo  y  la  iglesia  de  Merza,  con 
todo  lo  que  pertenecía,  tanto  á  la  Voz  Real,  como  á  la 
de  Infantazgo.  Dio,  además,  seis  iglesias,  que  estaban 
alrededor  de  Castrovite,  á  saber,  San  Martín  de  Dóme- 
las, Santa  María  y  San  Salvador  de  Ríomalo,  San  Mi- 
guel de  Castro,  Santa  Eulalia  de  Cira  y  San  Pedro  de 
Orazo  ,  con  sus  siervos,  su  caradere  y  demás  derechos 
señoriales;  y  la  mitad  de  la  tierra  de  Montes,  según  por 
ella  la  tenía  Bermudo  Suárez,  con  sus  iglesias,  el  dere- 
cho de  poner  sayón  ó  alguacil,  y  demás  atribuciones  se- 
ñoriales .  D.^  Urraca ,  que  no  ignoraba  cuánto  era 
amado  en  Galicia  su  hijo  D.  Alfonso,  no  quiso  en  esta 
ocasión  herir  los  nobles  sentimientos  de  los  Gallegos;  por 
lo  que,  en  el  encabezado  de  la  Escritura,  no  se  olvidó  de 
unir  á  su  nombre  el  del  Príncipe,  diciendo  de  él  que  esta- 
ba bendecido  y  consagrado  Bey  (1). 

Con  esto,  juzgó  D.''^  Urraca  allanado  el  camino  de 


(1)     Una  cum  filio  meo  domino  Adefonso  in  regni  fastigia  iam  heiiedido 
^t  conserato.  —  YéanHQ  Apéndices,  núm.  XXXII. 


LOS   TEES  PHIMEEOS  SIGLOS  BE  LA  I.    COMPOSTELANA         411 

Gralicia,  y  en  particular,  de  Santiago,  á  donde  deseaba 
venir  para  levantar  el  espíritu  de  sus  parciales.  No  le 
salieron  fallidos  sus  cálculos;  porque,  á  poco  de  penetrar 
en  nuestro  país,  se  le  adhirieron,  incondicionalmente,  el 
Conde  de  Sarria,  D.  Rodrigo  Vélaz,  que  era  el  mayor 
Señor  de  Galicia  después  del  Conde  de  Traba,  el  yerno 
de  éste,  D.  Munio  Peláez,  Conde  de  Monterroso,  el  in- 
trépido y  heroico  caballero  D.  Fernando  Yáñez,  Arias 
Pérez,  Juan  Díaz,  Alfonso  Rodríguez  y  otros  señores 
menos  conocidos.  Acompañábanla  el  Arzobispo  de  Tole- 
do y  algún  otro  Magnate  de  León  y  Castilla.  En  Com- 
postela  fué  recibida  con  el  agasajo,  que  es  de  suponer, 
por  el  Obispo  D.  Diego,  y  asistió  al  otorgamiento  de  la 
rica  y  espléndida  donación  que  hizo  el  Prelado  al  Mo- 
nasterio de  San  Martín  Pinario  el  15  de  Abril  de  dicho 
año  1115  (1).  Sin  embargo,  en  las  mismas  cortesías  y 
atenciones  del  Prelado  compostelano,  no  pudo  menos 
de  notar  D.^  Urraca  cierta  frialdad  y  reserva.  No  encon- 
traba en  D.  Diego  aquella  cordialidad,  aquella  intimi- 
dad de  otras  veces.  Y  era  que  el  Prelado  temía  que,  si 
el  dominio  de  D.^  Urraca  llegaba  á  arraigarse  en  Crali- 
cia  en  perjuicio  del  de  su  hijo  D.  Alfonso,  los  partida- 
rios de  éste  se  lo  echasen  en  cara  y  lo  acusasen  de 
traidor. 

La  Reina,  por  su  parte,  no  se  olvidaba  del  convenio 
que  un  año  antes  había  hecho  D.  Diego  con  el  Conde 
D.  Pedro,  y  en  un  principio  observaba  y  callaba;  pero 
no  pudo  permanecer  así  mucho  tiempo.  Entre  todos  sus 
defectos,  no  era  el  menor  la  afición  á  oír  chismes  y  cuen- 
tos. En  ello  recibía  especial  deleite,  y  la  turba  de  adu- 


(1)    Véanse  Apéndices,  núm.  XXXIII. 


412  LIBEO  SEGUNDO 


ladores  que  la  rodeaba,  en  esto  que  tan  fácil  era,  ponía 
su  empeño  en  complacerla  á  maravilla.  El  artero  y 
maligno  Arias  Pérez,  que  estaba  ya  en  Santiago,  no 
desperdiciaría  aquella  ocasión  para  hacer  un  papel 
tan  propio  de  su  carácter;  pues  la  Corte  de  D.^  Urraca 
era  un  hervidero  de  cuentos  y  embrollos  suficiente  para 
hacer  desvanecer  la  cabeza  más  firme.  No  había  allí  re- 
putación segura,  ni  nombre  que  quedase  incólume;  y 
entonces  el  principal  blanco  de  los  tiros  asestados  por 
aquellas  emponzoñadas  lenguas,  era  D.  Diego  Gelmírez. 
Y  según  que  el  Obispo  se  veía  precisado  á  proceder  con 
más  reserva,  así  con  mayor  insistencia  zumbaban  y  chi- 
llaban á  los  oídos  de  la  Reina.  La  cual,  instigada  por 
tan  incesante  clamoreo,  no  se  dio  paz  hasta  hallar  un 
pretexto  para  apoderarse  de  la  persona  del  Prelado. 
Mas  dar  este  golpe  en  Compostela,  podía  ser  de  muy 
mal  efecto;  por  lo  que,  en  expectativa  de  ocasión  más 
propicia,  trasladó  su  residencia  al  castillo  de  Lobeira, 
cerca  de  Villagarcía.  Entretanto,  desde  allí,  podría  pa- 
sear la  vista  por  aquel  bellísimo  horizonte  sin  contradic- 
ción de  ningún  género.  Con  la  misma  libertad  con  que 
de  las  ventanas  de  la  fortaleza  salían  sus  halcones  para 
perseguir  la  caza,  podría  ella,  en  su  fantasía,  surcar  los 
mares,  trasponer  las  islas,  recorrer  los  hermosos  valles 
que  se  ofrecían  á  su  vista. 

Empero,  D.^  Urraca  tenía  el  pensamiento  fijo  en  la 
prisión  del  Prelado  compostelano.  Había  otro  móvil  que 
la  guiaba  en  esta  aventura.  No  se  veía  muy  sobrada  de 
recursos,  y  esperaba  por  medio  del  encarcelamiento  del 
Obispo,  poder  restaurar  su  erario.  El  procedimiento  era 
fácil;  ó  D.  Diego  ofrecería  un  gran  rescate  para  obtener 
yu  libertad,  ó  so  declararía  vacante  la  Sede,  y  entretan- 


LOS  TEES  PBniEBOS   SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA       413 

to  se  pondría  un  administrador,  que  en  nombre  de  la 
Reina  recaudase  las  ofrendas  que  venían  al  Altar  de 
Santiago  (1).  Por  lo  demás,  el  procedimiento  no  era  nue- 
vo; ya  lo  había  empleado  D.  Alfonso  VI  al  tiempo  de  la 
prisión  del  Obispo  D.  Diego  Peláez.  D.^  Urraca  espera- 
ba, pues,  que  por  cualquiera  contingencia  D.  Diego  Gel- 
mírez  no  tardaría  en  ir  á  Iria,  en  donde  solía  pasar 
mucho  tiempo;  y  que  desde  allí  no  podría  excusarse  de 
pasar  á  cumplimentarla.  Entonces  era  la  ocasión  de 
arrestarlo  sin  dar  tan  gran  estampido.  La  trama  estaba 
perfectamente  urdida;  y  D.  Diego  hubiera  caído  en  el 
lazo,  si  las  miras  de  la  Reina  no  se  hubiesen  extendido 
más  lejos.  Creyendo  D.^  Urraca  que  en  aquellas  circuns- 
tancias la  prisión  del  Obispo  de  Santiago  no  sería  cosa 
que  desagradase  al  Conde  de  Traba,  manifestó  á  éste  su 
pensamiento.  D.  Pedro,  que  por  ventura  se  hallaba  en 
Galicia,  se  esforzó  por  reprimir  su  indignación;  calló  y 
disimuló;  pero  avisó  minuciosamente  y  con  toda  reserva 
al  Prelado,  de  lo  que  contra  él  se  estaba  preparando. 
D.  Diego  abandonó  sin  tardanza  á  Iria,  aunque  no  sin 
dejar  encargado  á  sus  mayordomos,  que  cuando  viniese 
la  Reina,  la  recibiesen  con  todos  los  honores  y  conside- 
raciones debidas.  Llegado  á  Santiago  convocó  al  Cabildo 
y  á  las  principales  personas  de  la  ciudad,  y  les  dio  cuen- 
ta do  lo  que  pasaba.  Por  consejo  unánime  redobló  las 
precauciones  para  asegurar  su  persona,  hasta  el  punto 


(1)  Regina  ei  (Episcopo  compostellano),  quoruindain  eius  aemulorum 
stimulis  et  consiliis  incitata,  ad  eius  depressionem  et  depositionein  lateiiter 
anhelabat,  et  aliam  ei  iu  liouore  substituore  et  subro^j^are,  causa  extorquen- 
dae pecuniae, non  modicum  aestuabat. — (Hist.  Compost. jlih.  II, cap.  LXXXI. 
—Esp.  Sag.,  toiii.  XIX,  pág.  248). 


414  LIBEO    SEGUNDO 


de  no  dar  un  paso  fuera  de  su  casa,  sin  salir  rodeado  de 
una  fuerte  escolta  de  caballería  é  infantería. 

Viendo  D.^  Urraca  frustrados  sus  planes,  juzgó  nece- 
sario hacer  ver  que  nunca  liabía  pasado  por  su  mente  lo 
que  no  había  podido  realizar.  Con  esta  ansia  corrió  á 
Santiago,  y  no  dejó  protesta  que  no  hiciese  ante  Gelmí- 
rez  y  los  que  lo  acompañaban,  para  sincerarse  de  lo  que 
la  inculpaban.  A  las  protestas  añadió  las  lágrimas  para 
interesar  á  todos  los  señores  que  estaban  presentes,  y 
moverlos  á  trabajar  por  apaciguar  y  convencer  á  Gelmí- 
rez.  Como  última  prueba  de  la  sinceridad  de  sus  protes- 
tas se  comprometió  á  prestar  juramento  (y  así  lo  hizo  en 
efecto)  de  ayudarle,  de  defenderle  y  ampararle,  no  sólo 
en  su  persona,  sino  en  todos  sus  derechos;  de  nunca  infe- 
rirle agravio,  ni  injuria  alguna,  ni  consentir  que  otros 
se  la  infiriesen;  de  impedir  con  todas  sus  fuerzas  cual- 
quiera trama  que  contra  él  se  maquinase;  y  de  despre- 
ciar toda  denuncia  ó  delación  que  á  cargo  de  él  se  le 
hiciese.  Juró,  además,  D.^  Urraca  que  si  algún  día  llega- 
se á  faltar  á  esta  solemne  promesa,  se  sometería  al  fallo 
y  decisión  de  D.  Munio,  Obispo  de  Mondoñedo,  de  Alfon- 
so y  Pedro  Muñiz  y  de  Alfonso  y  Pedro  Anaya,  ó  de 
otros  cualesquiera  arbitros  á  gusto  de  ambas  partes. 

Por  otra  parte,  la  Reina  se  había  obligado  á  presen- 
tar veinte  caballeros  de  los  más  señalados  de  su  Corte, 
tomados  de  las  diversas  comarcas  de  que  constaba  su 
reino,  los  cuales  habrían  de  quedar  por  ella  garantes  y 
fiadores.  Los  caballeros  gallegos  que  se  presentaron  á 
abonar  la  palabra  de  la  Reina,  fueron  el  Conde  D.  Munio 
Peláez,  D.  Alfonso  Rodríguez,  D.  Fernando  Yáñez  y 
Juan  Díaz,  que  prestaron  el  siguiente  juramento:  «Nos- 
otros los  infrascritos  juramos  á  Vos,  D.  Diego  Obispo,  que 


LOS  TBES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         415 

la  Reina  ha  de  cumplir  lo  arriba  dicho.  Y  si  la  Reina  se 
negare  á  ejecutar  lo  prometido,  nos  obligamos,  siempre 
que  seamos  citados,  á  deponer  contra  ella  una  y  dos  ve- 
ces en  lugar  y  tiempo  competente;  de  otra  manera  que 
se  nos  tenga  por  perjuros.» 

D.  Diego  con  sus  fiadores  prestó  á  su  vez  juramento 
de  fidelidad,  y  con  esto  quedó  hecha  la  reconciliación  de 
la  Reina  con  el  Obispo.  D.^  Urraca  pudo  ya  abandonar 
á  Galicia  en  la  confianza  de  que,  si  no  tenía  al  Prelado 
de  Santiago  en  prisiones,  como  había  querido,  lo  dejaba 
nuevamente  ligado  con  un  solemne  juramento  (1).  No 
obstante,  como  todo  parecía  poco  á  D.^  Urraca  para 
tranquilizar  al  Prelado,  á  fin  de  confirnaarlo  más  y  más 
en  su  devoción,  estando  en  el  Castro  de  Malgrado  (Gra- 
do? cerca  de  Segovia),  le  donó  la  mitad  de  la  villa  de 
Caneda  (feligresía  de  San  Pedro  de  Loureda,  cerca  de 
Santiago)  y  la  del  Monasterio  de  San  Salvador  de  Le- 
desma,  á  orillas  del  Ulla.  Declara  la  Reina  ser  su  volun- 
tad, que  la  Iglesia  de  Santiago,  que  regía  y  gobernaba  el 
Obispo  D.  Diego,  á  ella  en  todo  y  por  todo  fidelísimo 
(miclii  in  ómnibus  etper  omnia  fiddíssimus) ,  disfrutase  de  estas 
haciendas  con  todas  sus  pertenencias  y  con  todos  los 
derechos  que  al  Real  señorío  competían  (2).  En  esta  Es- 
critura, que  se  otorgó  el  2G  de  Noviembre  de  1115,  quiso 
aún  D.^  Urraca  aparecer  en  buenas  relaciones  con  su 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  CU. 

(2)  De  esta  donación  so  liabla  en  la  Compostelana  (lib.  I,  cap.  C)  en 
los  siguientes  términos:  ítem  Regina  Urraca  dedit  Bto.  Jacoho  medktatem 
monasierii  de  Ledesma  cum  adiunctionihus  suis  et  creatione  sica,  et  medieta- 
tem  monasterii  Sti.  Stephani  de  Caneda  simüiter  cum  adiunctionihus  et  crea- 
tione sua. 


416  LIBEO  SEaUNDO 


hijo  D.  Alfonso;  asi  es  que  en  el  preámbulo  lo  menciona 
como  asociado  al  Trono.  (Una  cum  filio  meo  domino  Ildefon- 
so in  fastígia  regni  iam  benedicto  et  consécralo),  Al  final  del 
Diploma  no  se  olvidó  D.^  Urraca  de  encarecer  la  gran 
confianza  que  tenía  puesta  en  el  Obispo  de  Santiago,  de 
quien  esperaba  ser  defendida  y  amparada  contra  todos 
sus  enemigos,  fin  quo  (Episcopo  Compostellano)  haheo 
magnam  fiduciam,  ut  me  defendat  et  amparet  ab  ómnibus  meis 
inimicis)  flj. 

No  obstante,  estas  suaves  y  ligeras  auras  de  paz  y 
concordia,  no  tardaron  en  convertirse  en  vientos  fuertes 
y  huracanados,  precursores  de  gran  borrasca. 

D.  Diego  Gelmírez  no  podía  acabar  de  persuadirse 
de  la  verdad  de  las  palabras  de  D.^  Urraca;  y  ésta,  á  su 
vez,  también  empezó  á  sentir  cansancio  de  vivir  tanto 
tiempo  en  armonía  con  el  Prelado  compostelano.  La 
verdad  es  que  D.^  Urraca  quería  tener  en  D.  Diego  un 
vasallo  incondicionalmente  sumiso  á  su  antojo;  pero  va- 
cilaba sobre  obtener  esta  sumisión,  ó  con  medios  violen- 
tos, encarcelando,  por  ejemplo,  al  Obispo,  como  había 
hecho  su  padre  con  D.  Diego  Peláez,  ó  con  medios  pací- 
ficos y  de  persuasión.  Si  ella  hubiera  podido  seguir 
libremente  los  espontáneos  impulsos  de  su  corazón,  tal 
vez  hubiese  elegido  los  segundos:  pero  las  malas  pasio- 
nes que  se  anidaban  en  su  Corte,  como  aves  siniestras  y 
hambrientas,  la  empujaban  siempre  hacia  la  peor  parte. 
Sin  embargo,  las  circunstancias  no  eran  tales  que  per- 
mitiesen jugar  con  la  lealtad  de  personajes  tan  conspi- 
cuos, como  el  Obispo  de  Santiago;  por  lo  que,  para  no 
exponerse  á  dar  un  golpe  en  vago,  procuró,  por  todos 


(1)    Véanse  Apéndices,  núm.  XXXIV. 


LOS  TBES   PBIMEBOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA        417 

los  medios,  convencer  á  D.  Diego  de  la  sinceridad  de 
sus  promesas. 

Otro  asunto  grave  la  llamaba  al  mismo  tiempo  á 
nuestro  país.  En  el  horizonte  de  Galicia  veía  una  densa 
nube,  que  la  llenaba  de  inquietud  y  zozobra;  y  era  el 
gran  partido  que  aquí  tenía  su  hijo  D.  Alfonso,  y  los 
trabajos  que  los  parciales  del  Príncipe  hacían  para  colo- 
carlo sobre  el  Trono.  Apresuró,  pues,  su  vuelta  á  Gali- 
cia; y  en  23  de  Marzo  de  1116  ya  se  hallaba  de  nuevo 
en  nuestro  país,  como  se  ve  por  una  sentencia  que  dio 
en  un  pleito  entre  el  Monasterio  de  Carboeiro  y  la  Igle- 
sia de  Santiago,  sobre  el  lugar  de  Palacios  de  Ret/y  sito  á 
orillas  del  Lérez  y  junto  á  Moimenta.  La  Reina  senten- 
ció á  favor  del  Monasterio,  y  en  su  virtud  D.  Diego 
Gelmírez  se  desapropió  de  dicho  lugar  (1).  Ocho  días 
después,  esto  es,  el  31  de  Marzo,  concedió  al  convento 
de  San  Juan  de  Poyo  y  á  su  Abad  From arico,  un  Diplo- 
ma, por  el  cual  confirmó  y  amplió  el  coto  del  Monasterio. 

A  la  Iglesia  de  Santiago  quiso  dar  D.''^  Urraca  nue- 
vas pruebas  de  consideración  y  de  afecto.  El  18  de  Mayo 
del  citado  año  donóle  la  iglesia  de  San  Julián  de  Caldas 
de  Cuntís,  con  la  casa  llamada  del  Abad  y  con  los  sier- 
vos y  demás  heredades  que  le  pertenecían  (2).  Es  de 


(1)  «Didacus  gratia  Dei  episcopus  Ecclesiae  Sci.  Jacobi  et  omni  coetu 
monachoruin  et  clericorum,  canonicis  sive  et  archidiácono  supradicto  Odua- 
rio  Saliensi,  et  Petrus  abba  de  Calidis,  qui  vocem  tenebat  de  Sci.  Jacobi  et 
vigarius  erat  de  supradicto  Episcopo,  tibi  Joannes  abba  de  Seo.  Laurentio 
scripturam  dimissionis  facimus.» — En  esta  forma  aparece  la  subscripción  de 
D.  Diego  Gelmírez  en  dicho  Privilegio. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XXXV. — De  esta  donación  se  ocupa  la 
( .^ompostelana  (lib.  I,  cap.  CVII,  pág.  204),  y  dice  así:  c  Ad  augmentandum 
honoremBti.  Jacobi  contulit  ei  (Episcopo  compostellano)  Termas  de   Con- 

ToMü  1II.-27. 


418  LIBHO  SEGUNDO 


advertir  que   en  estos  Diplomas   no  hace  D.^  Urraca 
mención  alguna  del  Principe  D.  Alfonso. 

Por  lo  que  dice  la  Compostelana  (1),  D/^  Urraca  no 
permaneció  en  Santiago  más  que  el  tiempo  necesario 
para  tranquilizar  á  D.  Diego.  De  aquí  pasó  á  la  Limia 
con  objeto  de  castigar  al  rebelde  Mehendo  Núfiez,  y  des- 
pués se  retiró  á  su  favorito  castillo  de  Lobeira. 

No  sabemos  que  genio  maléfico  inspiraba  á  la  Rei- 
na en  esta  fortaleza  torcidos  y  funestos  pensamientos. 
j)  a  Urraca  había  venido  á  Galicia  con  ánimo  de  hacer 
de  una  vez  las  paces  con  D.  Diego  Grelmírez;  pero  los 
resultados  fueron  como  si  hubiera  traído  intenciones 
muy  diversas.  Tan  buena  maña  se  dieron  los  intrigan- 
tes y  malévolos  que  la  rodeaban,  que  lograron  que  á  sus 
ojos  apareciese  Gelmírez  como  una  terrible  pesadilla  de 
la  que  le  era  preciso  deshacerse  á  toda  costa.  Mas  la 
Reina  no  era  tan  insensata,  como  pretendían  que  fuese 
sus  pérfidos  consejeros.  Comprendía  que  la  prisión  de 
D.  Diego  no  podía  llevarse  á  cabo  sin  producir  gran  es- 
trépito y  alarma,  y  que  era  fácil  que  sobre  ella  sola  re- 
cayese la  odiosidad  de  semejante  atentado.  Trató,  pues, 
de  buscar  cómplices  que  pudiesen  compartir  con  ella  la 
responsabilidad  de  acción  tan  inicua.  Por  otra  parte,  á 
fin  de  congraciarse  la  benevolencia  del  Conde  de  Traba, 
le  ofreció  buena  parte  en  la  presa,  la  mitad  de  las  juris- 
dicciones de  la  Iglesia  de  Santiago.  La  Reina  no  sólo 
proponía,  sino  que  rogaba  é  instaba;  mas  D.  Pedro  aco- 
gió  estas  proposiciones  de  la  manera   con.  que  había 


tes  (decreto,   dice  erradamente  el  texto  de  la  España    Sagrada),  quae  tune 
erat  regii  juris.» 

(1)     Lib.  I,  cap.  OVIL 


LOS  TBES  PBmEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         419 

acogido  las  otras.  Despachó  con  toda  premura  á  un  bur- 
gués de  Santiago,  llamado  Juan  Vistráriz,  que  revelase 
á  D.  Diego  que  otra  vez  se  estaba  maquinando  su  arres- 
to, ya  en  Iria,  ya  en  Compostela,  ó  en  donde  quiera  que 
pudiese  ser  habido.  Y  D.  Diego,  que  estaba  en  Iria, 
avisado  á  tiempo,  corrió  á  Santiago  y  se  encastilló  en 
su  palacio. 

La  Reina,  viendo  por  tierra  todos  sus  planes,  vino 
siguiendo  al  Obispo,  é  irritada  porque  así  se  le  había 
frustrado  el  golpe,  se  revuelve  contra  los  mismos  que  le 
habían  aconsejado  tal  maldad,  y  hace  protestas  sobre 
protestas  de  inocencia.  Pide  una  entrevista  al  Prelado, 
no  se  le  concede;  insiste,  obtiene  segunda  negativa,  y 
por  fin,  después  de  tres  días  de  súplicas  y  de  negociacio- 
nes, D.  Diego,  rodeado  de  gente  armada,  baja  al  Coro 
de  la  Catedral,  en  donde  le  estaba  esperando  la  Reina. 
La  cual,  como  que,  según  el  Anónimo  de  Sahagún  (1),  era 
de  graciosa  fahla  e  ehquencia,  así  que  avistó  al  Prelado, 
prorrumpió  conmovida  en  las  siguientes  frases:  — «Reve- 
rendo Padre,  á  Vos,  que  sois  el  patrono  de  Galicia,  á 
Vos,  que  después  de  la  muerte  de  mi  padre  habéis  sido 
mi  único  protector,  ruego  y  suplico  que  no  queráis  ha- 
cer caso  de  lo  que  os  digan  chismosos  y  susurrones.  An- 
tes quisiera  yo  verme  privada  del  reino,  que  poner  mis 
manos  en  quien  es  mi  dueño  y  defensor.  ¿Quién  será  tan 
malvado  y  tan  insensato  que  tenga  valor  para  ofender 
en  lo  más  mínimo  al  Obispo  de  Santiago?  ¿Quién  osaría 
hacerle  víctima  de  una  infame  traición,  y  dejar  á  la 
posteridad  tal  ejemplo?  Si  sospecháis  que  tales  cosas 
haya  yo  maquinado,  nombrad  cien  proceres  de  mi  reino, 

(1)    Cap.  LXIIÍ. 


420  LIBRO  SEGUNDO 


Ó  los  que  más  queráis,  y  yo  haré  que  juren,  que  todo  eso 
me  ha  sido  falsamente  imputado.  Volvamos,  os  lo  pido. 
Padre  carísimo,  volvamos  á  nuestra  antigua  concordia, 
y  alejemos  de  nosotros  todo  pretexto  y  ocasión  de  sos- 
pecha. Desaparezcan  para  siempre  los  calumniadores 
con  su  emponzoñada  malicia.  ¿Qué  protector,  qué  guía 
he  de  buscar  aquí  en  Galicia,  si  el  Obispo  de  Santiago 
es  mi  enemigo?  Este  es  el  que  debe  gobernar  en  mi 
nombre  el  país  gallego,  y  el  que  ha  de  sostener  los  fue- 
ros de  la  justicia.  Este  el  que  ha  de  componer  y  arreglar 
pacificamente  toda  discordia  entre  los  Magnates  galle- 
gos. A  éste  respeto,  á  éste  venero  sobre  todos  los  Obispos 
de  mi  reino.  > 

—  «Tu  nobilísimo  padre,  el  Rey  Alfonso,  contestó 
D.  Diego,  siempre  ha  distinguido  con  su  amor  á  la  Igle- 
sia de  Santiago  y  á  su  Obispo,  y  las  gracias  y  los  bene- 
ficios que  les  hizo  son  de  todos  bien  conocidos.  Si  con- 
tinuáis prestando  oído  á  los  detractores,  y  desechando 
los  consejos  de  los  buenos,  no  extrañéis  ver  bien  pronto 
vuestro  reino  disipado.  Tome,  pues,  cada  uno  sus  pre- 
cauciones, que  los  caminos  de  los  insensatos  perecerán. 
Y  si  me  veis  rodeado  de  armas,  no  es  porque  piense  re- 
belarme contra  vuestra  autoridad,  sino  porque  me  es 
forzoso  defenderme  de  mis  enemigos  y  quebrantar  su 
potencia. »  Y  esto  dicho,  D.  Diego  se  retiró  á  su  palacio, 
escoltado  como  había  venido. 

No  desistió  la  Reina;  le  envió  nuevos  mensajeros  con 
nuevas  proposiciones  de  paz;  le  representó  que  ella  no 
quería  otro  protector  sino  á  él;  le  prometió  el  primer 
lugar  entre  todos  los  nobles  de  Galicia;  renovó  sus  pro- 
testas de  lealtad  y  sinceridad;  y  por  último,  juró  que  sin 
doblez,  ni  engaño  de  ningún  género,  sería  su  fiel    y  ver- 


LOS  TUES  PEIMEHOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  421 

da'lera  amiga.  A  fuerza  de  tantas  súplicas  y  de  tantas 
instancias,  la  resistencia  del  Prelado  se  fué  debilitando, 
y  al  fin  aceptó  en  principio  el  restablecimiento  de  la 
antigua  concordia.  En  los  pormenores  para  la  ejecución 
del  convenio,  D.  Diego  no  fué  menos  condescendiente; 
se  contentó  con  que  la  Reina,  como  fiadores  de  su  pala- 
bra, le  presentase  veinte  caballeros,  diez  Gallegos  y 
otros  diez  de  los  diversos  Estados  de  la  Corona,  aunque 
con  la  condición  precisa  de  que  los  Gallegos  habían  de 
jurar  antes  que  D.^  Urraca  saliese  de  Galicia,  y  los  de- 
más dentro  de  cierto  plazo;  el  cual  vencido,  quedaría 
sin  efecto  el  contrato,  y  la  Reina  incursa  en  perjurio. 

D.'^  Urraca,  recibido  el  juramento  de  Gelmírez  y  sus 
fiadores,  se  encaminó  á  Lugo  acompañada  de  varios  Ca- 
nónigos de  Santiago,  que  llevaban  autorización  compe- 
tente para  recibir  el  juramento  de  algunos  de  los  Mag- 
nates gallegos,  que  se  habían  comprometido  á  responder 
de  la  palabra  de  la  Reina  (1).  Hasta  aquí  no  hubo  difi- 
cultad; lo  grave  comenzó  después  que  D.^  Urraca  salió 
de  Galicia.  Los  comisionados  de  Gelmírez  iban  y  volvían 
para  recibir  el  juramento  de  los  fiadores  Castellanos  y 
Leoneses;  mas  en  vano,  porque  D.^  Urraca  no  pudo  ha- 
llar diez  Magnates  que  quisiesen  salir  garantes  por  ella. 
En  esto  expiró  el  plazo  convenido,  y  Gelmírez  envió  por 
última  vez  sus  Legados  á  la  Reina  para  notificarle  que 
el  pacto  quedaba  disuelto,  y  él  desligado  de  todo  com- 
promiso (2). 

(1)  En  esta  ocasión  fué  cuando  el  Obispo  Mindoniense,  D.  Munio,  y 
los  Condes  D.  Rodrigo  Vélaz  y  D.  Munio  Peláez,  debieron  hacer  el  jura- 
mento, que  se  lee  en  la  Composfelana,  lib.  I,  cap.  CIV. 

(2)  HisL  Compost.,  lib.  I,  cap.  CVII,  pág.  208. 


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CAPÍTULO  XVI 

Actitud  de  la  Iglesia  ante  los  trastornos  y  calamida- 
des que  sufrió  España  durante  este  período.— 
Concilios  de  Burgos,  Falencia,  León  y  Santiago.— 
Creciente  prestigio  de  D.  Diego  Geimírez  en  esta 
época.  — Consagración  de  los  Obispos  de  Mondo- 
ñedo,  Oporto  y  Lugo. 


IFÍCIL  es  imaginar, 
para  cuanto  más 
describir,  cuál  sería 
entretanto  la  situa- 
ción de  España, 
presa  del  horrible 
monstruo  de  la  dis- 
cordia, que  se  com- 
placía en  destrozarla  en  todos  sentidos  con  sus  aceradas 
garras.  Este  edificio  social  amenazaba  ruina  por  todas 
partes,  desde  la  cumbre  hasta  los  cimientos.  No  hable- 
mos ya  de  la  paralización  del  comercio  y  de  la  industria 
y  de  todo  ejercicio  honesto  y  provechoso;  la  agricultura, 
principal  nervio  de  la  sociedad,  sin  el  cual  no  puede  lia- 
ber  movimiento,  ni  actividad,  ni  riqueza,  yacía  en  com- 
pleta inacción,  toda  vez  que,  aún  en  caso  de  que  hubic' 


424  LIBBO  SEGUNDO 


se  medios  de.  cultivar  las  tierras,  las  mieses  estaban  sen- 
tenciadas á  ser  consumidas  por  el  hierro  ó  por  el   faego. 

Sólo  la  Iglesia,  tutor  a  nata  de  los  pueblos,  pudo  ofre- 
cer algún  lugar  de  refugio  á  los  míseros  náufragos  de 
aquel  mar  enfurecido,  algún  rayo  de  luz  y  de  esperanza 
en  medio  de  aquellas  densas  tinieblas.  No  fué  otro  el 
objeto  que  se  propusieron  los  Prelados  españoles  en  los 
diversos  Concilios  que  celebraron  en  los  años  1118,  1114 
y  1115.  El  pensamiento  que  principalmente  latía  en  el 
seno  de  aquellas  asambleas,  era  el  de  impedir  la  opre- 
sión de  los  pueblos  '^(ad  removendas  oppressiones  popttloruynj 
y  el  de  proteger  á  los  pobres  fad  protegendos  pauperes).^^ 

Ya  hemos  hablado  en  el  capítulo  anterior  de  la  Jun- 
ta de  Prelados  que  se  celebró  en  Burgos  á  mediados  del 
año  1113  á  propuesta  del  Obispo  de  Santiago,  D.  Diego 
Grelmírez.  En  ella  nada  se  acordó  en  definitiva,  sino 
convocar  á  todos  los  Obispos,  Abades  y  Magnates  de  Es- 
paña para  que  el  25  del  próximo  Octubre  se  reuniesen 
en  Palencia  (1).  D.  Diego  Gelmírez  ya  se  hallaba  en 
Galicia  de  vuelta  de  su  expedición  á  Castilla;  y  aunque 
le  era  grave  el  emprender  de  nuevo  este  viaje,  que  en 
aquellas  circunstancias  no  podía  hacerse  sin  gran  acom- 
pañamiento de  gente  armada  y  el  conveniente  convoy 
de  provisiones,  se  puso  en  camino,  resuelto  á  sufrir  todo 
cuanto  pudiera  sobrevenirle.  Mas  en  Triacastela  le  sa- 
lieron al  paso  el  Conde  de  Lemos  y  Sarria,  D.  Rodrigo 
Vélaz,  y  el  de  Monterroso,  D.  Munio  Peláez,  y  otros 
muchos  nobles  gallegos,  los  cuales,  sabedores  del  término 
á  donde  se  encaminaba  D.  Diego,  trataron  de  disuadirle 


(1)     Acerca  de  la   fecha  en   que  se  celebró  este  Concilio  de  Palencia, 
véaso  el  tomo  XLI  de  la  España  Sagrada,  páginas  3-5. 


LOS   TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELAKA         425 

del  viaje  comenzado,  rogándole  y  exhortándolo  con  todo 
encarecimiento  á  que  diese  vuelta  para  Santiago. 

—  «Sabemos  con  toda  certeza,  le  decían,  que  así 
como  vais  sin  la  suficiente  escolta  de  gente  armada,  os 
exponéis  con  toda  seguridad,  ó  á  caer  en  manos  de  vues- 
tros enemigos,  ó  á  ser  víctima  de  cualquier  banda  de 
salteadores.  Además,  ¿qué  será  de  nosotros?  ¿qué  será  de 
Galicia  entera,  ardiendo,  como  está,  con  el  fuego  de 
tanta  discordia,  durante  vuestra  ausencia?  Os  rogamos, 
pues,  y  03  aconsejamos  que  desistáis  de  tan  temerario 
viaje,  y  que  miréis  por  vos  y  por  todos  nosotros;  porque 
en  último  caso  estamos  dispuestos  á  arrestaros  y  detene- 
ros antes  que  otros  os  maltraten  ó  prendan. » 

D.  Diego  hizo,  como  suele  decirse,  de  la  necesidad 
virtud;  despachó  desde  allí  á  dos  de  los  Clérigos  que  lo 
acompañaban  con  cartas  para  el  Arzobispo  de  Toledo, 
D.  Bernardo,  y  él  se  volvió  para  Santiago  (1). 

En  el  Concilio  palentino,  celebrado  en  la  fecha  seña- 
lada, se  ocuparon  los  Padres  de  los  gravísimos  males 
que  afligían  á  la  Iglesia  y  de  las  rapiñas,  incendios,  ase- 
sinatos y  demás  crímenes  que,  con  frecuencia  siempre 
creciente,  se  perpetraban  en  todos  los  ángulos  de  la  na- 
ción. Después  de  lamentar  tantas  desgracias  y  tantas 
calamidades,  é  implorado  el  favor  divino,  discutieron  y 
acordaron  las  medidas  que  estimaron  más  oportunas 
para  poner  remedio  á  tan  calamitoso  estado. 

En  este  Concilio  se  admitió  la  renuncia  de  la  Sedo 
Lucense,  que  presentó  el  Obispo  D.  Pedro;  y  en  su  lu- 
gar fué  elegido  otro  D.  Pedro,  Capellán  de  la  Reina 
D.*  Urraca. 


(1)     Hisi.  Gompost.,  lib.  I,  cap.  XCII,  p4g.  173. 


426  LIBRO  SEGUNDO 


Hecha  la  elección,  se  dio  cuenta  al  Arzobispo  de  To- 
ledo, D.  Bernardo;  porque  el  Arzobispo  de  Braga,  Don 
Mauricio,  á  quien  correspondía  entender  en  este  asunto, 
se  hallaba  suspenso  por  su  intrusión  en  la  Sede  Legio- 
nense.  D.  Bernardo  quiso  cerciorarse  de  si  la  elección 
había  llenado  todos  los  requisitos  canónicos,  y  con  este 
objeto,  escribió  una  carta  á  los  Obispos  de  Santiago, 
Mondoñedo,  Tuy  y  Orense  para  que  examinasen  con 
toda  diligencia  si  la  elección  de  D.  Pedro,  hecha  por  el 
Clero  y  el  pueblo  de  la  Iglesia  de  Lugo,  había  sido 
ajustada  alas  reglas  canónicas.  — «En  este  caso,  añadía, 
ó  haced  de  consagrarlo  vosotros  en  unión  con  el  Prelado 
compostelano,  á  quien  para  esto  damos  nuestras  veces, 
ó  enviádnoslo  con  vuestras  cartas,  para  que  lo  consa- 
gremos nosotros»  (1). 

Los  Prelados  comisionados  examinaron  la  elección, 
y  habiéndola  hallado  canónica,  el  25  de  Abril  de  1114 
en  la  Iglesia  de  Santiago,  pasaron  á  consagrar  al  Electo, 
oficiando  como  consagrante  el  Obispo  compostelano  y 
como  asistentes  D.  Diego  de  Orense  y  D.  Munio  de 
Mondoñedo. 

Antes  de  esta  carta  del  Arzobispo  D.  Bernardo,  de 
que  acabamos  de  hacer  mención,  ya  D.  Diego  Gelmí- 
rez  había  recibido  otra  del  mismo,  que  le  habían  traído 
los  dos  Clérigos  que  había  despachado  desde  Triacaste- 
la.  El  contenido  de  esta  carta  era  el  siguiente: 

«Bernardo, 'Arzobispo  de  Toledo  y  por  la  gracia  de 


(l)  Lil).  I,  cap.  XCVII  y  XCVIIL— Este  acto,  sin  embargo,  costó  á 
D.  Bernardo  la  privación  de  la  Legacía  sobre  la  provincia  Bracarense;  por- 
que el  Arzobispo  D.  Mauricio  representó  esto  ante  el  Papa  como  una  in- 
trusión. (Véase  Esp.  Sag.,  tom.  XLI,  pág.  G  y  Apéndices,  mim.  I). 


LOS  THES   PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAlíA         427 

>Dios  Legado  de  la  Santa  Iglesia  de  Roma,  al  Prelado 
»de  la  Iglesia  compostelana,  salud  y  bendición.  Hemos 
>  visto  á  los  Legados  que  nos  habéis  enviado,  los  cuales 
>Nos  han  dicho,  que  detenido  por  insuperables  obstácu- 
>los,  no  habíais  podido  concurrir  al  Concilio  de  Falencia 
>que  estábamos  celebrando  principalmente  por  vuestro 
» consejo.  A  decir  verdad,  no  nos  fué  muy  grato  el  ver- 
>nos  privado  del  consuelo,  el  auxilio  y  los  consejos  que 
»con  vuestra  presencia  pudierais  darnos;  mas  por  la  an- 
>tigua  amistad,  que  ya  hace  tiempo  nos  une,   y  por  las 

•  representaciones  de  vuestros  Clérigos  ,   lo  sufrimos  y 

•  disimulamos»  (1). 

Si  bien  D.  Diego  Gelmírez  no  pudo  asistir  personal- 
mente al  Concilio  de  Falencia,  se  asoció  en  espíritu  á  los 
propósitos  y  determinaciones  de  los  Fadres,  y  no  sola- 
mente en  la  región  de  los  buenos  deseos,  sino  de  un 
modo  real  y  efectivo.  Fara  ello,  así  que  se  vio  en  Com- 
postela  de  vuelta  de  su  interrumpida  expedición,  convocó 
para  una  especie  de  Cortes  á  todos  los  Nobles  y  Caba- 
lleros de  la  Tierra  de  Santiago,  y  con  consejo  de  su  Ca- 
bildo estableció  hasta  veinticinco  Decretos;  cuyo  preám- 
bulo dice  así: 

Comienzan  hs  Decretos  dados  por  Diego  Ohispo  de  la  Iglesia 
de  Santiago  para  proteger  d  los  pobres  (ad  protegendos  pau- 
peres). 

«Yo  Diego  II,  por  la  Divina  Clemencia  Obispo  de  la 
Iglesia  de  Santiago,  con  el  dictamen  de  los  Canónigos 
de  la  misma  Sede  y  el  consejo  de  los  demás  nobles  varo- 
nes, vistos  los  estatutos  de  mis  predecesores  para  prote- 
ger á  los  pueblos  (ad  protegendum  populnm)^  establezco   y 


(1)    Lib.  I,  cap.  XCII,  pág.  173. 


428  LIBRO   SEQÜIÍDO 


ratifico  los  siguientes  Decretos  que  habrán  de  servir  de 
norma  para  la  administración  de  justicia  en  toda  la 
Tierra  de  Santiago,  á  excepción  de  la  ciudad  com poste- 
lana  y  de  todas  aquellas  villas  en  las  cuales  por  la  gran 
afluencia  de  extranjeros  y  otras  personas  extrañas,  mal 
podrían  ser  guardados  dichos  Decretos»  (1). 

A  mediados  del  año  siguiente  1114,  recibió  D.  Diego 
nueva  carta  del  Arzobispo  Legado  Apostólico,  D.  Ber- 
nardo, en  la  que  le  decía  que  tenía  dispuesto  celebrar 
Concilio  general  en  León  para  el  día  18  del  próximo 
Octubre.  — «Queremos  y  mandamos,  continuaba,  que 
asistáis  vos  también;  pues  nos  seréis  muy  necesario. 
Deseamos  que  por  ningún  motivo  nos  privéis  de  vuestra 
presencia  en  dicho  Sínodo.  Pasadlo  bien.  Mandamos 
igualmente  que  traigáis  con  vos  á  todos  los  Abades  y 
Prepósitos  de  vuestra  Diócesis»  (2). 

Celebróse,  en  efecto,  el  Concilio  en  el  cual  se  trató 
de  la  ruptura  definitiva  de  D.  Alfonso  de  Aragón  y  de 
D.^  Urraca  y  de  las  consecuencias  de  este  suceso,  y  se 
hicieron  varios  cánones  en  conformidad  con  lo  que 
pedían  las  gravísimas  circunstancias  en  que  se  hallaba 
la  nación.  Ordenóse,  además,  que  en  cada  una  de  las 
regiones  de  que  se  componía  la  España  cristiana,  como 
Galicia,  Asturias,  Castilla,  Toledo  y  Aragón,  se  publi- 
casen para  mayor  solemnidad,  en  Asamblea  episcopal, 
todos  los  acuerdos  tomados  en  el  Concilio  de  León. 

En  cumplimiento  de  este  último  Decreto,  el  17  de 
Noviembre  del  mismo  año  Í114  se  reunió  D.  Diego  Gel- 


(l)     Hist.  Compost.,  Hb.  I,  cap.  XCV  y  X.CVL^Fueros  de  Santiago  y 
de  su  Tierra,  tom.  I,  págs.  139-147. — Véanse  Apéndices,  núm.  XXX. 
^2)     Lib.  I,  cap.  CI. 


LOS  TBES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  429 

mírez  con  los  Obispos  de  Tuy,  Mondoñedo,  Lugo,  Orense 
y  Oporto,  y  con  todos  los  Abades  y  Prelados  de  los  Con- 
ventos de  Galicia  para  promulgar  los  cánones  del  Con- 
cilio Legionense.  He  aquí  en  castellano  el  acta  de  lo  que 
pasó  en  dicha  Junta,  según  la  publicó  la  Historia  Compos- 
telana  en  el  capítulo  CI  del  libro  I. 

«Nos,  por  Divina  disposición.  Ministros  de  la  Iglesia 
de  Dios,  Diego  de  la  Sede  Compostelana,  Alfonso  de  la 
Tudense,  Munio  de  la  Vallibriense,  Pedro  de  la  Lucense, 
Diego  de  la  Auriense  y  Hugo  de  la  Portugalense,  por 
voluntad  de  D.  Bernardo,  Arzobispo  de  la  Sede  Toleda- 
da  y  Legado  de  la  Santa  Iglesia  de  Roma,  nos  hemos 
reunido  en  Compostela  el  17  de  Noviembre,  y  con  los 
Abades  de  los  monasterios  de  Galicia  y  con  los  demás 
Prelados  religiosos,  por  favor  de  Dios,  hemos  celebrado 
Concilio.  En  el  cual  hicimos  amonestar  á  los  Condes  y  á 
todos  los  demás  Magnates  de  la  región,  que  no  habían 
podido  concurrir  al  Concilio  Legionense,  que  guarden 
estrictamente  todos  los  Decretos  que  han  sido  sanciona- 
dos en  dicho  Concilio. 

» T.  Que  en  las  iglesias  de  Dios  ni  en  sus  cosas  ni  en 
sus  Ministros,  ningún  seglar  se  atreva  á  cometer  violen- 
cia alguna;  y  que  se  restituyan  íntegramente  á  las 
mismas  iglesias  todas  las  heredades  y  documentos  que 
les  hayan  sido  injustamente  arrebatados. 

»II.  Que  ningún  seglar  ejerza  poder  alguno  dentro 
del  sagrario  de  la  Iglesia,  al  cual  vulgarmente  llamamos 
passales  (1)  ó  diextros. 

»III.     Que  ningún  seglar  se  atreva  á  recibir  ni  á  to- 

(1)     Acaso  se  llamabau  passales,  porque  este   terreuo  solía  medirse  por 
pasos. 


430  LIBEO  SEGUNDO 


car  á  los  diezmos  de  las  iglesias,  ni  á  sus  primicias  ni  á 
las  ofrendas  por  los  vivos  ó  por  los  muertos;  y  que  nin- 
gún ordenado  reciba  iglesia  de  mano  laical. 

»IV.  Que  á  los  negociantes,  peregrinos  y  labradores 
se  les  deje  en  paz  para  que  anden  seguros  por  las  tierras; 
y  que  nadie  les  eche  la  mano,  ni  á  ellos  ni  á  sus  cosas. 

»V.  Que  el  legítimo  matrimonio  por  ningún  modo 
sea  violado;  y  que  los  cónyuges  unidos  en  consanguini- 
dad ó  parentesco,  se  separen,  ó  sean  privados  de  la 
comunión  eclesiástica. 

^  VI.  Que  los  traidores  y  perjuros  manifiestos,  ni  sus 
declaraciones,  por  nadie  sean  admitidos;  pues  son  in- 
fames. 

>  VII.  Que  ninguna  persona  venda  ó  compre  iglesia 
ó  haga  papel  de  ella  en  favor  de  un  seglar;  pues  esto  es 
simoníaco. 

»VIII.  Que  ningún  Clérigo  tenga  en  su  casa  más 
mujeres,  que  las  que  consienten  los  Cánones. 

»IX.  Que  los  Monjes  y  Clérigos  que  han  dejado  el 
hábito,  sean  privados  de  la  comunión  hasta  que  se  en- 
mienden. 

»X.  Que  los  monjes  vivan  al  cuidado  del  Abad,  y 
que  no  tengan  nada  propio,  y  que  no  ejerzan  como 
Párrocos,  oficios  públicos  eclesiásticos. 

» Todos  aquellos  que  procuren  guardar  y  cumplir 
estos  decretos,  según  la  disposición  de  sus  respectivos 
Obispos,  merezcan  obtener  la  gracia  de  Dios  Omnipoten- 
te; mas  aquellos  que  de  ellos  no  hicieren  aprecio,  sea  en 
Campos  ó  en  Castilla,  en  Portugal  ó  en  Galicia,  en  la 
Frontera  ó  en  Aragón,  quedarán  sujetos  á  anatema,  y  en 
sus  tierras  ó  jurisdicciones  no  se  permitirá  más  Oficio 
divino  que  el  de  la  Penitencia  y  el  Bautismo. 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANÁ  431 

>  Hacemos  también  Hermandad  entre  nosotros  para 
que  todos  nos  amemos  mutuamente  y  nos  ayudemos 
cuando  fuere  preciso,  según  nuestra  posibilidad,  y  tenga- 
mos caridad  los  unos  para  los  otros.  Cuando  acaeciere  el 
fallecimiento  de  alguno  de  los  hermanos,  todos  los  demás 
harán  bien  por  su  alma  con  limosnas,  oraciones  y  sacri- 
ficios, para  que  cuanto  antes  pueda  llegar  á  la  eterna 
bienaventuranza.  En  confirmación  de  esta  hermandad, 
es  nuestra  voluntad  reunimos  todos  los  años  en  Compos- 
tela  á  mediados  de  la  Cuaresma,  para  corregir  los  desma- 
nes de  que  tengamos  noticia»  (1). 

La  Hermandad  decretada  en  el  Concilio  de  Santia- 
go, á  pesar  de  la  buena  voluntad  de  los  instituidores,  no 
pudo  por  entonces  arraigarse  á  causa  de  los  gravísimos 
acontecimientos  de  que,  al  poco  tiempo,  hubo  de  ser  tea- 
tro la  ciudad  compostelana.  Pero  estos  sucesos  demues- 
tran la  gran  consideración  de  que  ya  entonces  gozaba 
Gelmírez  entre  todos  sus  contemporáneos.  Es  indudable 
que  á  esto  contribuyó  en  gran  manera  la  importancia 
de  la  Sede  que  ocupaba,  pero  en  ello  hay  que  confesar 
que  no  tuvieron  menor  parte  sus  grandes  dotes  y  emi- 
nentes cualidades. 

•Los  múltiples,  intrincados  y  variadísimos  cuidados 
en  que  constantemente  se  hallaba  envuelto,  en  nada  em- 
botaban su  asombrosa  actividad,  ni  distraían  su  aten- 
ción de  todo  asunto  que  por  cualquier  respecto  estuviese 
sometido  á  su  vigilancia.  De  vuelta  de  su  expedición  á 
los  castillos  de  Puente  Sampayo  y  Darbo,  se  sintió  alta- 
mente preocupado  por  una  obra  que  era  necesario  em- 
prender en  su  Iglesia.  Al  construir  la  nueva  Basílica,  se 


(1)     Lib.  1,  cap.  CI,  pág.  191  y  192.— Véanse  Apéndices,  núm.  XXXI. 


432  '  LIBBO  SEGUNDO 


había  respetado  la  antigua,  es  decir,  la  que  databa  de 
la  reedificación  de  D.  Bermudo  II  y  San  Pedro  de  Me- 
zonzo;  la  cual,  por  lo  tanto,  quedó  incluida  dentro  de  la 
amplitud  de  la  nueva  Iglesia.  Es  de  creer  que  se  respe- 
tase la  iglesia  vieja,  porque  mientras  se  proseguía  la 
construcción  de  la  nueva,  no  quedaba  otro  lugar  hábil 
para  ,el  culto  y  para  celebrar  los  Oficios  divinos,  que 
aquel  antiguo  edificio,  siquiera  fuese  de  bien  reducidas 
dimensiones.  Andando  el  tiempo,  este  edificio  comenzó  á 
cuartearse,  lo  cual  se  explica  por  los  desperfectos  que 
debieron  sufrir  en  algunos  sitios  sus  paredes  con  la  obra 
nueva;  y  además,  embarazaba  sobremanera  y  oscurecía 
la  nueva  Basílica,  cuyo  crucero  quedaba  completamente 
cortado  con  aquel  viejo  y  ruinoso  edificio.  Por  estas  ra- 
zones decidió  Gelmírez  echar  abajo  aquel  estorbo,  y  de- 
jar libre  y  desembarazado  el  crucero  y  aún  buena  parte 
de  la  nave  principal  de  la  nueva  Iglesia  (1).  La  obra  se 
llevó  á  cabo  con  la  rapidez  y  prontitud  que  D.  Diego 
Gelmírez  sabía  imprimir  en  todos  sus  actos;  y  despejado 
el  local,  ordenó  la  construcción  del  coro,  no  alrededor 
del  altar,  que  casi  siempre  se  hallaba  asediado  de  pere- 
grinos, sino  según  la  disposición  que  pudo  notar  en  algu- 
nas de  las  Basílicas  de  Roma,  por  ejemplo,  en  la  de  San 
Clemente;  es  decir,  en  la  nave  principal  de  la  Iglesia  y 
separado  del  presbiterio.  El  ancho  del  coro  era  próxima- 
mente el  mismo,  que  el  de  dicha  nave;  y  su  largo  com- 
prendía tres  intercolumnios,  y  por  consiguiente,  cuatro 


(1)  En  el  ejemplar  de  la  Compostelana  que  se  guarda  en  el  Archivo  de 
la  Catedral,  el  párrafo  en  que  se  refieren  estos  sucesos  tiene  el  siguiente 
epígrafe  que  falta  en  la  edición  de  Flórez:  De  destrucíione  veteris  ecclesie  et 
de  coro  noue  ecclesie. 


LOS  TBES  PBIMEEOS  SIGLOS   DE  LA  I.  COMPOSTELANA         433 


machones  á  partir  de  los  dos  ma3^ores  que  niiran  al  Po- 
niente. Sobre  el  coro  hizo  una  tribuna,  sin  duda  para  los 
órganos,  cítaras,  violas  y  chirimías.  De  esta  tribuna  se 
hace  mención  en  el  capítulo  citado  de  la  Compostelana 
por  estas  palabras:  Superiorem  partem  cJiori  mf/redientíbus. 

En  ol  extremo  posterior  del  coro  mandó  construir 
dos  pulpitos,  uno  de  cada  lado,  el  de  la  derecha  para  que 
en  él  ejerciesen  su  orden  los  Cantores  y  Subdiáconos,  y 
el  de  la  izquierda  para  que  en  ól  se  leyesen  las  Leccio- 
nes y  los  Evangelios  (1). 

Hallándose  ocupado  en  estas  obras,  recibió  del  Arzo- 
bispo de  Braga,  D.  Mauricio,  una  carta  ó  aviso  invitán- 
dole á  que  fuese  á  Tuy  á  asistir  á  la  consagración  de  los 
dos  Obispos  electos  de  Mondonedo  y  Oporto.  La  invita- 
ción ponía  en  grave  compromiso  á  D.  Diego  Gelmírez. 
Se  trataba  de  la  consagración  de  dos  Canónigos  de  San- 
tiago, D.  Munio  Alfonso  y  D.  Hugo,  elevados  simultá- 
neamente á  la  dignidad  episcopal,  y  á  los  cuales  el  Pre- 
lado compostelano  amaba  con  singular  cariño.  Además, 
el  alto  honor  de  que  iban  á  ser  investidos  los  dos  Canó- 
nigos, recaía  de  un  modo  particular  en  su  protector; 
pues  de  ambos  podía  decirse,  que  eran  hechura  de  Gel- 
mírez. Sin  embargo  ,  lo  avanzado  que  se  hallaba  el 
invierno,  que  se  presentara  crudísimo,  y  más  aún,  lo 
turbada  que  se  hallaba  Galicia  con  las  correrías  y  ase- 
chanzas de  los  cómplices  y  parciales  de  Arias  Pérez,  le 


(1)  Ipse  quoque  Episo.opus,  utpote  sapiens  Architectus,  in  ejusdem 
rliori  dextro  capite  focit  supereminens  pulpitum,  in  quo  cantores  atque  Sub- 
diacones  officii  sui  ordinem  peragiiiit.  In  sinistro  vero  aliud,  ubi  I^ectiones 
et  Evangelia  leguntur.  (Hist.  (Jompost.,  loe.  cit.)— En  el  siglo  XIV  aún  los 
pulpitos  se  hallaban  en  el  fondo  del  coro.  D.  Pedro  Fernández  de  Castro 
mandó  sepultarse  en  el  trascoro  al  i)ie  del  leedoyro  de  la  Epístola. 
Tomo  III.-^. 


434:  LIBBO  SEGUNDO 


impidieron  complacer  á  su  amigo  D.  Mam-icio  (i).  Des* 
pidió,  pues,  con  las  frases  más  expresivas  de  afecto  y 
cariño  á  los  dos  Electos,  ó  hizo  que  los  acompañasen  al- 
gunos de  los  más  calificados  miembros  del  Cabildo  com- 
postelano. 

Mas  no  por  eso  se  vio  libre  D.  Diego  del  compromiso. 
El  Arzobispo  de  Braga  se  adelantó  hasta  Lérez,  cerca 
de  Pontevedra;  y  desde  allí  le  envió  nuevos  Legados 
instándole  para  que  no  dejase  de  asistir  á  la  consagra- 
ción; porque  también  él  se  hallaba  convaleciente  de  una 
grave  y  pesada  enfermedad  que  había  padecido,  pero 
que  el  deseo  de  verlo  y  conferenciar  con  él  acerca  de  los 
medios  de  promover  y  asegurar  la  paz  pública  y  la  tran- 
quilidad de  las  Iglesias  y  otros  asuntos  análogos,  le  ha- 
bía obligado  á  arrostrar  por  todo  y  á  afrontar  las  pena- 
lidades de  un  largo  y  difícil  viaje  desde  Braga  hasta  el 
Monasterio  de  Lérez. 

Ante  tan  eficaces  y  reiteradas  instancias,  ya  no  era 
dado  á  D.  Diego  Gelmírez  el  rehusar.  Consultó  el  caso 
con  el  Cabildo,  quizás  más  que  por  otra  cosa,  por  ver 
quienes  se  ofrecían  espontáneamente  á  acompañarle,  y 
se  puso  en  camino.  En  el  mismo  día  en  que  llegó  á  Lé- 
rez, que  fué  Sábado  de  Pasión,  22  do  Marzo  (2),  el  Arzo- 
bispo ordenó  do  Presbítero  al  Electo  de  Oporto,  que 


(1)  Hacía  ya  algunos  años  que  entre  los  dos  Prelados  existían  vínculos 
y  relaciones  mucho  más  estrechos  que  los  del  compañerismo.  El  Compostela- 
no  había  nombrado  al  Bracarense,  Canónigo  de  Santiago;  y  en  el  año  1110 
le  diera  en  préstamo  la  mitad  de  todas  las  posesiones  que  la  Iglesia 
compostelana  tenía  en  Portugal  entre  el  Limia  y  el  Duero  — y  entre  ellas, 
Ibs  iglesias  de  San  Víctor  y  San  Fructuoso,  cerca  de  Braga—  y  en  la  villa 
de  Conieliana  (Cornelia).  (Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  LXXXI). 

(2)  Aquel  aiio  cayó  la  Pascua  en  6  do  Abril. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  435 

como  Arcediano  sólo  tenía  el  grado  de  Evangelio.  Al 
día  siguiente  se  celebró  la  consagración  de  los  dos  Elec- 
tos, asistiendo,  además  de  Gelmírez,  los  Obispos  de  Oren- 
se y  de  Tuy  y  un  número  considerable  de  Canónigos  de 
diversas  iglesias.  Como  la  solemnidad  se  celebraba  en  la 
Diócesis  compostelana,  Gelmírez  no  consintió  que  nin- 
gún otro  hiciese  el  menor  desembolso  para  costear  los 
gastos  de  la  función. 

Dospué-;  de  comer,  so  fué  D.  Diego  con  ol  Obispo  do 
Orense  á  visitar  la  granja  de  (reofjUdum  (hoy  Redondela); 
y  á  la  vuelta,  reunidos  todos  los  Prelados,  trataron  do 
varios  asuntos  concernientes  al  bien  común,  y  en  particu- 
lar, de  ciertas  diferencias  que  habían  surgido  entre  los 
Prelados  de  Tuy  y  de  Orense. 

El  Lunes  de  Pasión  se  separaron  los  Prelados;  tornó- 
se á  Braga  D.  Mauricio,  acompañado  del  Obispo  de  Tuy; 
y  D.  Diego  Gelmírez,  llevando  consigo  al  Obispo  de 
Orense  y  á  los  dos  recién  consagrados,  se  encaminó  á 
Santiago. 

En  esta  ocasión  la  Ciudad  compostelana  comprendió 
perfectamente  á  cuanto  le  obligaba  su  propio  honor.  La 
población  en  masa  salió  á  recibir  á  los  viajeros,  y  en 
especial  á  los  dos  nuevos  Obispos  D.  Munio  y  D.  Hugo  (1). 
A  ambos  los  consideraban  como  sus  hermanos  y  conciu- 
dadanos, y  por  consiguiente,  creían  que  también  ellos  te- 


(1)  El  entusiasmo  que  debió  reinar  entonces  en  Santiago  se  refleja  visi- 
blemente en  la  Compostelana;  la  cual  (lib.  I,  cap.  LXXXI,  pág.  144),  llega 
á  decir  que  la  Iglesia  de  Santiago  por  la  excelencia  de  su  Clero  y  por  la 
gentileza  de  sus  personas,  sobresalía  entre  todas  las  de  España  y  aún  de  Oc- 
cidente. (lUam,  iiimirum,  Ecclesiam  (Bti.  Jacobi)  super  omnes  Hispaniarum 
ecclesías  in  esceUentia  Cleri,  in  personarum  vemistate,  dignum  erat  coruscare, 
qunp  fnfius  Occideiitis  partes  Bti.  Jaco'ú  Apostoli  praesentia  irradiahat). 


43G  LIBBO   SEGUNDO 


nian  parte  en  su  dignidad  y  en  su  exaltación.  D.  Munio 
Alfonso  era  compostelano  ó  por  lo  menos  gallego,  y  fué 
uno  de  los  primeros  Canónigos  nombrados  por  Gelmírez; 
por  cuyo  encargo,  en  unión  con  D.  Hugo,  escribió  la 
Historia  Compostelana  hasta  el  capitulo  LXXXIII  del 
libro  I,  según  demuestra  Flórez  en  la  Noticia  previa  que 
dá  al  frente  del  tomo  XX,  número  7.  Vacante  la  Sede  de 
Mondoñedo  á  principios  del  año  1112,  por  fallecimien- 
to del  Obispo  D.  Gonzalo,  el  Clero  y  pueblo  de  diclia 
Iglesia  eligió  por  su  Obispo  al  Canónigo  Tesorero  de 
Santiago  D.  Munio,  pues  esta  dignidad  le  había  dado  el 
Prelado  compostelano.  En  2  de  Marzo  de  1112  ya  se 
hallaba  Electo  de  Mondoñedo;  sin  embargo,  fuese  por  la 
enfermedad  de  su  Metropolitano  el  Arzobispo  D.  Mauri- 
cio, fuese  por  lo  revuelta  y  agitada  que  por  entonces  se 
hallaba  Galicia,  no  fué  consagrado,  como  hemos  visto, 
hasta  el  23  de  Marzo  de  1113. 

D.  Hugo,  francés  de  nación,  vino  acaso  á  Compostela 
con  el  Obispo  D.  Dalmacio.  Siendo  ya  Canónigo,  Gelmí- 
rez le  nombró  su  Capellán,  esto  es,  jefe  ó  encargado  de  la 
Capilla  Episcopal  (1),  y  después  le  elevó  á  la  Dignidad 
de  Arcediano.  Hacía  tiempo  que  se  hallaba  vacante  la 
Iglesia  de  Oporto,  y  para  ocupar  aquella  Sede  fué  desig- 
nado nuestro  D.  Hugo. 

Tanto  de  D.  Munio  como  de  D.  Hugo,  dice  el  Canó- 
nigo Giraldo  ó  Gerardo,  continuador  de  la  Historia  Com- 
postelana (2)  que  eran  varones  prudentes  y  venerables  (viri 
prudentes  ac  reverendi). 


(1)  Como  D.  Hugo  entonces  sólo  era  Diácono,  el  título  ele  Cajfelláu  no 
l»uc(lc  tener  otra  significación. 

(2)  IVíMogo  del  libro  II. 


LOS  TBES  PaiME&OS  SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELAJÍA  437 


Cuando  los  Prelados  seguidos  de  inmensa  muche- 
dumbre llegaron  á  las  puertas  de  la  Catedral,  los  Canó- 
nigos con  todo  el  Clero  de  la  ciudad,  á  quien  Gelmírez 
había  enviado  anticipadamente  aviso,  se  hallaban  orde- 
nados en  forma  de  procesión,  vestidos  de  sobrepellices  y 
capas  pluviales.  Hecho  el  recibimiento  de  costumbre, 
se  dirigieron  todos  cantando  un  solemne  responsorio  al 
Altar  de  Santiago,  en  donde  aquel  memorable  día,  que 
era  el  de  la  fiesta  de  la  Anunciación  de  Nuestra  Señora, 
el  Obispo  de  Oporto  celebró  su  primera  Misa. 

Indescriptibles  fueron  el  júbilo  y  el  regocijo  que  con 
tal  motivo  hubo  en  Santiago.  Todas  las  clases,  y  en  es- 
pecial el  Cabildo  Catedral,  se  mostraron  interesadas  en 
la  exaltación  de  aquellas  dos  personas  á  quienes  todos 
conocían  y  trataban,  y  consideraban  como  amigos  y 
compañeros  (1). 

Llama  la  Compostelana  en  varios  parajes  á  D.  Diego 
Gelmírez,  escudo^  tutor,  patrono,  j^^'otector  de  Galicia,  y  en 
ninguna  ocasión  se  pudieron  acreditar  tales  calificativos 
como  en  el  año  1115.  Refiérese  en  la  Crónica  de  D.  Al- 
fonso VII  (2)  que  Alí-ben-Memón,  almirante  del  Rey  de 
los  Almorávides,  Alí,  invadía  con  sus  naves  las  costas  He 
Galicia  hasta  el  mar  Británico,  las  de  Cataluña  y  Fran- 
cia, las  de  Sicilia  é  Italia  y  hasta  las  de  Constantinopla 


(1)  Enturbióse  algún  tanto  el  general  regocijo  con  la  muerte  ocurrida 
al  poco  tiempo  del  venerable  Gundesiudo.  Había  sido  Abad  de  la  Canónica 
y  Cardenal  mayor  desde  que  fueron  instituidas  las  Cardenalías.  Dejó  la 
mitad  de  las  casas  que  poseía  en  Compostela  al  Hospital  de  Santiago,  y  la 
otra  mitad  para  la  fábrica  de  la  Catedral.  Sucedióle  en  la  Cardenalía  Pe- 
dro Gundesíndez,  Capellán  que  había  sido  de  D.  Diego  Gelmírez.  Compró 
las  casas  de  Gundesindo  el  Prior  de  la  Canónica,  Pedro.  (Lib.  I,  cap.  XC, 
I>ág.  170). 

(2)  Esp,  Sag.,  tom.  XXT,  núm.  45,  pág.  359-360. 


438  LIBRO  SEGUNDO 


y  Siria,  causando  en  todas  partes  indecibles  estragos  y 
llevándose  considerable  número  de  cautivos.  Parece  que 
en  las  costas  de  Galicia  era  en  donde  principalmente 
descargaban  su  furia  estos  corsarios.  «En  este  tiempo, 
dice  la  Compostelana  al  año  1115  (1),  los  Hispalenses,  los 
Saltenses,  los  Castellenses,  los  Salvienses,  los  Lisbonen- 
ses y  todos  los  demás  Sarracenos  que  habitaban  cerca 
de  la  costa,  desde  Sevilla  hasta  Coimbra,  se  acostumbra- 
ron á  construir  naves  y  á  lanzarse  en  ellas  al  mar,  bien 
armados,  devastando  y  asolando  toda  la  región  marítima 
desde  Coimbra  hasta  los  Pirineos,  á  saber,  Oporto,  Mo- 
rrazo,  Saines,  Postmarcos,  Entines,  Nemancos,  Soneira, 
Seaya,  Bergantines,  Nendos,  Pruzos,  Besoucos,  Trasan- 
cos.  Vivero,  Rivadeo,  Navia,  y  los  demás  puertos  de  As- 
turias y  de  la  tierra  de  Santa  Juliana.  En  las  costas  de 
Galicia  se  hallaban  apoderados  de  las  islas  de  Flamia,  de 
Ons,  de  Sálvora,  de  Arosa,  de  Quebra  y  del  monte  Louro, 
cerca  de  Muros.  Allí  se  rehacían  y  descansaban,  cuando 
era  necesario,  y  reparaban  las  averías  de  sus  naves;  y 
desde  allí,  ya  por  sorpresa,  ya  á  cara  descubierta,  asalta- 
ban las  costas  vecinas,  echaban  al  suelo  las  iglesias,  arra- 
saban los  altares,  incendiaban  los  palacios  de  los  señores, 
las  casas  de  campo  y  las  chozas  de  los  pobres,  cortaban 
los  árboles,  mataban  los  ganados  y  se  llevaban  de  ellos 
para  sus  naves  lo  que  les  hacía  menester,  y  á  todos  cuan- 
tos encontraban,  varones,  mujeres  y  niños,  les  daban 
muerte  ó  los  llevaban  cautivos  (2).  Así  cautivaron  á  dos 
muy  nobles  y  poderosos  caballeros  Fernando  Arias  y 


(1)  Lib.  I,  cap.  CIII. 

(2)  Entre  las  iglesias  destruidas  por  aquel  tiempo,    consta  lo  fué  la 
IttOUast^rial  de  San  Julián  de  Moraime,  en  tierra  de  Nemancos. 


LOS  fREs  íñnvfEROS  siatos  de  la  i.  compostelana        439 

Menendo  Díaz,  los  cuales  para  redimirse  tuvieron  que 
entregar  sesenta  cautivos  de  la  clase  de  siervos.  A  tanto 
llegó  la  audacia  de  los  piratas,  que  en  varias  03asiones 
plantaron  sus  tiendas  en  tierra  firme,  para  poder  con  ma- 
yor facilidad  hacer  sus  correrías  y  rapiñas.  Los  labrado- 
res que  vivían  cerca  del  Océano,  veíanse,  por  tanto,  obli- 
gados al  mediar  la  Primavera,  á  retirarse  tierra  adentro 
ó  á  guarecerse  en  cavernas  con  cuanto  poseían  (1). 

Varias  veces  se  habían  reunido  los  Magnates  de  Ga- 
licia para  acordar  los  medios  de  defender  las  costas  y 
librar  al  país  de  semejante  plaga,  y  sabemos  que  ya  en- 
tonces había  un  admirante;  mas  siempre  se  había  trope- 
zado, no  tanto  con  la  escasez  de  recursos,  como  con  la 
falta  de  personas  peritas  en  el  arte  de  construir  naves 
de  guerra  y  de  alto  bordo.  En  los  puertos  de  Galicia  no 
se  construían  entonces  más  que  barcos  propios  para  la 
navegación  de  cabotaje;  y  el  Almirante  gallego,  D.  Ro- 
drigo Fróilaz,  hermano  del  Conde  de  Traba,  era  impo- 
tente para  rechazar,  con  tan  escasos  y  débiles  medios, 
las  agn^siones  y  acometidas  de  los  piratas. 

En  tal  situación,  se  le  ocurrió  á  D.  Diego  Gelmírez 
buscar  artífices  diestros  en  la  construcción  de  grandes 
naves  de  dos  órdenes  de  remos  (hirremes),  que  ya  enton- 
ces, según  dice  la  Compostelajia,  en  lenguaje  del  vulgo  se 
llamaban  [jaleas.  Para  ello,  envió  mensajeros  á  Genova  y 
á  Pisa  (2),  ofreciendo  las  más  ventajosas  proposiciones  á 
los  navieros  que  quisiesen  venir  á  Galicia  á  dirigir  la 
construcción  de  dos  poderosas  birremes.  Por  fin,  se  pres- 


(1)  En  el  lib.  II,  cap.  XXI,  se  dice  que  desde  mediados   de  Abril   era 
cuando  quedaban  desiertas  las  costas  de  Galicia. 

(2)  En  el  cap.  XXT  del  lib.  II,  se  dice  que  también  los  envió  á  Arléííi 


440  LIBRO  SEGUNDO 


tó  un  genovés  llamado  Eugerio  ó  Augerio;  el  cual,  ins- 
talado con  sus  oficiales  en  el  puerto  de  Iría,  procedió  sin 
pérdida  de  tiempo  á  la  construcción  de  dos  galeas  ó  ga- 
leras, suministrándole  el  Prelado  con  larga  mano  todo 
cuanto  era  necesario  para  la  obra. 

Terminadas  las  naves,  se  alistaron  doscientos  Irien- 
ses  como  tripulantes,  y  á  las  órdenes  del  mismo  Auge- 
rio,  al  comenzar  el  verano  del  año  1115,  se  lanzan  al  mar 
en  busca  del  enemigo.  Sedientos  de  venganza  y  ansiosos 
de  resarcirse  de  los  daños  y  afrentas  recibidas,  su  norma 
de  conducta  fué  la  que  con  ellos  habían  tenido  los  Sarra- 
cenos. A  las  naves  que  encontraban  las  apresaban,  des- 
truían é  incendiaban.  Cuando  llegaban  á  poner  el  pie 
en  tierra,  incendiaban  casas  y  mieses,  tal  como  se  halla- 
ban en  las  eras,  talaban  árboles  y  viñas,  destruían  y 
saqueaban  mezquitas,  después  de  cometer  en  ellas  toda 
clase  de  torpezas;  degollaban  á  hombres,  mujeres  y  ni- 
ños, ó  cargaban  de  hierros  á  los  que  parecían  más  aptos 
para  la  esclavitud.  Cuando  las  galeras  no  pudieron  so- 
portar ya  más  presa,  ni  botín,  dieron  vuelta  para  Galicia, 
en  donde  entraron  en  triunfo  en  el  puerto  de  Iria.  Como 
tan  grande  era  su  satisfacción,  presentaron  con  toda  es- 
pontaneidad la  quinta  parte  (1)  de  los  despojos,  inclu- 
yendo el  oro  y  la  plata,  al  Prelado,  además  de  lo  que  á 
éste  le  correspondía  como  dueño  que  era  de  las  dos 
naves. 

A  los  Sarracenos  que  liabian  cautivado,  los  destina- 


(1)  En  la  edición  de  Flórez,  se  lee  quaria;  en  el  ejemplai'  niattUácntó  de 
la  Catedral,  quinfa;  y  esta  lección  debe  preferirse,  porque  la  quinta,  era  Itt 
porción  fj[Ue  en  semejantes  casos  se  reservaba  al  Señor, 


V 

i 


LOS  TUES  f  RIMEROS  SIGLOS  BE  LA  í.  COMÍOSTELAÍÍA  44:1 

ron   para  que  sirviesen  como  peones   en  la  obra    de    la 
Iglesia  de  Santiago. 

Es  cierto  que  esto  dio  margen  á  represalias;  que  los 
de  Sevilla  y  Lisboa  se  asociaron  para  tomar  desquite, 
y  que  por  mucho  tiempo  tuvieron  bloqueados  con  vein- 
te naves  los  puertos  de  Galicia;  pero  D.  Diego  fué  el 
que  abrió  el  camino  y  trazó  la  senda  que  debía  seguir- 
se para  rechazar  y  alejar  de  nuestras  costas  á  huéspedes 
tan  crueles  y  rapaces.  Y  él  mismo  fué  el  que  cinco  años 
después,  como  más  adelante  veremos,  rompió  el  bloqueo 
y  castigó  de  nuevo  á  los  Sarracenos  (1). 

Con  estos  hechos,  cada  vez  se  granjeó  Gelmírez  ma- 
yor nombre  y  prestigio.  De  ello  dan  testimonio  las  car- 
tas que  le  dirigían  los  personajes  más  conspicuos  de  su 
época,  y  los  encargos  que  le  encomendaban.  A  mediados 
del  año  1114  le  escribió  el  Arzobispo  de  Toledo,  Don 
Bernardo,  lamentándose  de  que  las  turbulencias  del 
reinó  no  le  permitiesen  verlo  personalmente,  por  más 
que  vivamente  lo  deseaba.  Le  hace  saber  que  se  había 
visto  precisado  á  suspender  del  oficio  episcopal  y  sacer- 
dotal al  Arzobispo  de  Braga,  D.  Mauricio,  para  repri- 
mir su  insolencia  en  intrusarse  en  la  Sede  de  León.  Le 
traslada  copia  de  las  Letras  del  Papa  Pascual  II,  por 
las  cuales  priva  á  D.  Mauricio  de  la  Sede  Bracarense, 
mientras  persevere  en  su  maldad,  y  le  ruega  que  pro- 
cure notificar  dichas  Letras  á  todos  los  Obispos  de  la 
provincia  Bracarense  para  su  exacto  cumplimiento.  Le 


(1)  Merced  á  entos  trabiijos,  alíennos  liistoriadores  consideran,  con  ra- 
zón, á  Gelmírez  como  restaurador  de  la  Marina  militar  en  Ion  Estados  cris- 
tianos de  la  Península.  (Véase  Murguía,  D.  Dingo  Gelmírez;  Coruila,  1898; 
piVgina  187). 


44*2  LlBfiO    SEGUNDO 


remitió,  además,  otras  cartas  especiales  para  que  tuvie- 
se á  bien  enviarlas  á  la  Infanta  de  Portugal,  D.^  Te- 
resa (1). 

Más  adelante  hablaremos  de  la  carta  que  por  este 
tiempo  le  escribió  el  Cardenal  Cancelario  Juan  Gaye- 
tano,  que  después  fué  Papa  con  el  nombre  de  Grelasio  II; 
pero  aquí  no  podemos  prescindir  de  las  Letras  que  el  20 
de  Agosto  de  1115  le  dirigió  desde  Bene vento  el  Pontí- 
fice Pascual  II,  en  las  cuales  se  hallan  resumidos  los 
conceptos  que  acerca  de  la  persona  de  Gelmírez  deja- 
mos expresados: 

«Pascual,  Obispo,  Siervo  de  los  siervos  de  Dios,  al 
» Venerable  hermano  Diego,  Obispo  compostelano,  salud 
»y  apostólica  bendición.  Hemos  sabido  que  tu  persona 
»no  tiene  poco  que  sufrir  por  la  perturbación  de  vuestro 
» reino,  en  parte  por  la  gran  importancia  de  la  Iglesia 
»de  Santiago,  en  la  cual  por  favor  de  Dios  presides,  y 
>en  parte  por  la  capacidad  de  tu  espíritu  que  se  hace 
» temer  de  no  pocos.  De  aquí  que  te  persigan  con  su 
»odio  todos  aquellos  que  se  proponen  perturbar  el  reino, 
»y  que  te  veas  obligado  á  esquivar  con  toda  solicitud 
> sus  asechanzas  para  no  recibir  daño  en  tu  persona,  ni 
»en  tu  Iglesia,  lo  que  Dios  no  permita.  Por  esta  razón 
» nuestro  cohermano  Hugo,  Obispo  de  Oporto,  y  I^orenzo, 
» Clérigo  de  vuestra  Iglesia,  que  han  venido  á  Nos  con 
» vuestra  Legación,  la  cual  han  desempeñado  cumplida- 
» mente.  Nos  han  suplicado  con  muchas  instancias  que 
» tuviésemos  á  bien  dispensaros  de  la  asistencia  á  los 
> Concilios  provinciales.  Nos  que  deseamos  proveer  á  tu 
» salud  como  á  la  nuestra  propia,  y  librarte   y  alejar  de 


(l)     Lil>.  I,  cap.  XCIX. 


LOS  TKÉS  PR  ntEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COmPOsTELAIÍ A        443 

»tí  toda  suerte  de  peligros,  accedemos,  con  la  benigni- 
»dad  debida,  á  tu  petición;  y  mientras  dure  la  guerra  y 
>  la  perturbación  del  reino  concedemos  que  tu  persona 
» quede  exenta  de  la  asistencia  á  los  Concilios.  Para  ma- 
»yor  honra  de  tu  fraternidad  te  otorgamos,  además, 
>que  diariamente  puedas  usar  túnica  y  estola;  las  cuales 

♦  prendas  son  indicio  de  la  dignidad  sacerdotal:  pues 

♦  nuestro  deseo  es  que  conserves  la  salud  temporal,  y  que 
>te  esfuerces  en  agradar  en  todo  al  Señor  Omnipotente. 
»Dado  en  Benevento  á  XIII  de  las  Kls.  de  Septiembre, 

♦  indicción  VIII.»  (Año  1115)  (1). 

No  es  fácil  enumerar  todas  las  adquisiciones  que  Don 
Diego  Gelmirez  hizo  por  estos  tiempos  para  su  Iglesia. 
Aquí  sólo  mencionaremos  la  del  Monasterio  de  San  Pela- 
yo  de  Circitello  (Sabugueira,  cerca  de  Santiago),  con  toda 
su  servidumbre,  villas  y  pertenencias,  á  saber,  Villama- 
3^or,  Mou rentan.  Castro  fracto  (Cazofreito) ,  Salamiro,  Ce- 
sar, Anseriz,  Quintanas,  Villarrubín,  Salimes  con  la  igle- 
sia de  Santa  Marta;  las  villas  de  Molnes  (Moldes?)  y  Ango, 
en  Castela;  las  de  Tranca,  Occa  y  OrdiaU  en  Deza,  y  otras 
más  en  Síaonía  (2).  Del  famoso  Rabinado  Núñez,  ó  Mu- 
ñiz,  cómplice  de  Arias  Pérez,  adquirió  también  las  villas 
de  Aquilón,  Vilar  y  Rial,  con  su  servidumbre  y  demás 
pertenencias  (3).  De  Pedro  Vimáraz  adquirió  la  villa  de 
Tabladela,  con  su  servicial  ó  labrador,  y  la  sexta  parte 
de  la  iglesia. 

El  Conde  Oveco,  con  su  esposa  Eila,  donó  á  la  Igle- 
sia de  Santiago  la  parte  que  tenía  en  las  villas  de  Bova- 


(1)  Lib.  I,  cap.  CV. 

(2)  Lib.  I,  cap.  XC. 

(3)  Loe.  cit.,  pág.  180. 


444  Lifittó  sÉaüNDO 


della  y  Flsata,  á  orillas  del  Pisorgi.  Dio  libertad  á  todos 
sus  siervos,  y  los  puso  bajo  el  patronato  de  Santiago  (1). 

Más  copiosa  fué  la  donación  que  por  el  mismo  tiem- 
po hizo  Ramiro  Muñiz,  la  cual  comprendía  la  parte  que 
Ramiro  tenía  en  San  Martín  de  Severana  (Sobran),  con 
sus  pertenencias  en  San  Juan  de  Bojón  (Bayón),  con  las 
villas  de  Forno  y  Cerqidíu,  la  mitad  de  Santa  María  de 
Coleirsi,  la  de  San  Pedro  de  Sena  (Cea),  la  de  Santa  Eu- 
lalia m  ripa  Urniae  (de  Rivadumia),  la  de  Santa  Leocri- 
cia  de  Sicana  (Sisan)  y  la  de  San  Martín  de  Meix  (Meis), 
su  porción  en  el  Monasterio  de  Calogo  con  sus  pertenen- 
cias^ á  saber,  las  villas  de  Caleiro  y  su  porción  en  Deiro, 
en  las  villas  de  usa,  Ciirhellíón  (Corbillón),  Unió,  Portas 
y  Lbix  y  en  Santa  María  de  Vesomamio  (Besomaño)   (2). 

Importante  fué  asimismo  la  adquisición  que  hizo 
Gelmírez  del  Monasterio  Bicdanense  (Budiño?)  en  tierra 
de  Corónalo  ó  Cornado.  Ñuño  Budanense,  con  su  herma- 
no Froilán,  su  tío  materno  Diego  Dukitii  ó  Dulce,  y  otros 
parientes,  hizo  cesión  de  este  Monasterio  á  la  Iglesia  de 
Santiago,  con  la  condición  de  que  mientras  viviese  cual- 
quiera de  ellos,  lo  tuviese  en  usufructo,  reconociendo, 
sin  embargo,  el  dominio  de  la  Iglesia  compostelana. 
También  fué  condición,  que  si  alguno  de  la  descenden- 
cia de  los  donantes  llegase  á  recibir  Ordenes  sagrados, 
pudiese  poseer  el  Monasterio  en  la  forma  dicha.  D.  Die- 
go (irelmírez  recogió  todos  los  documentos  referentes  al 
Monasterio  y  á  su  hacienda,  y  los  depositó  en  el  Tesoro 
de  la  Iglesia  de  Santiago  (3). 


(1)  Pág.  187. 

(2)  Vkg.  188. 

p)     Lil).  T,  cap.  C,  pág.  187, 


LOS  TBKS  PRIMKBOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA 


Ub 


Otras  donaciones  hicieron  Marina  Fernández,  Pedro 
Arias,  Gundesindo  Cidiz  y  Munio  Díaz,  que  pueden  ver- 
se en  la  Historia  Compostelana  (1), 

Como  hemos  visto,  no  era  sólo  la  Iglesia  Catedral  de 
Santiago  el  objeto  del  celo  y  desvelos  de  Gelmírez;  otras 
muchas  iglesias  de  la  Diócesis  experimentaron  hasta 
dónde  llegaba  su  liberalidad  y  munificencia.  Por  esto 
tiempo  renovó,  restauró  y  consagró  la  iglesia  de  Santo 
Tomás  de  O  james  (Ames?),  y  reedificó  las  de  Fdonio  (Pi- 
lono) y  Cherua  (Queiruga),  en  Postmarcos.  En  el  castillo 
Honesto,  entre  otras  obras,  hizo  un  puente  que  pusiese 
en  comunicación  la  fortaleza  con  la  tierra  firme. 


(l)     Pág.  189. 


^  .„^ isaipfl^ ,     ^^ 

iiilniíilMÍliiniiiMiiiiiiiMiiVininfíllímmiiMiiilínimiiiiiiiiiinM 


mmimhriTfmiiiíin^iÍNÍ?íTii1Ti^ 


CAPITULO  XVII 


Es  declarado  D.  Alfonso  Vil  de  mayor  edad  en  la  Basüica 
compostelanai  y  reconocido  como  Rey  de  Galicia.— Guerra 
civil  en  Galicia  entre  los  partidarios  de  D.  Alfonso  y  los  de 
D.^  Urraca.—  Sublevación  en  Santiago  contra  D.'^  Urraca 
y  D.  Diego  Gelmírezt 


i:É  hacía  entrt* tan- 
to el  Príncipe  Don 
Alfonso  en  la  fron- 
tera do  Toledo, 


que  era  donde  se  hallaba,  según  hemos  demostrado  en 
el  opúsculo,  D.  Alfonso  VIL  Rey  de  (ralicia?  Acostumbrar- 


448  LIBRO   SEGUNDO 


se,  bajo  la  dirección  de  su  ayo  el  Conde  de  Traba,  á  las 
fatigas  de  la  guerra,  adiestrarse  en  el  manejo  de  las  ar- 
mas y  en  las  cosas  de  la  milicia,  y  defender  á  la  imperial 
ciudad.  Justamente  por  este  tiempo,  el  general  de  los 
Almorávides,  Almazdalí,  llevó  á  tanto  su  osadía,  que 
puso  cerco  á  Toledo;  pero  al  ñn  los  Cristianos,  en  Enero 
de  1115,  abandonan  sus  posiciones,  cierran  con  gran  ím- 
petu sobre  el  enemigo,  rompen  y  desbaratan  sus  filas,  y 
dejan  tendido  en  el  campo  al  temible  general. 

Vemos  ahora,  que  sobrado  motivo  tenía  D.^  Urraca 
para  celarse  de  su  hijo,  y  temer  que  subiendo  de  esto 
modo,  concluyese  por  apoderarse  de  todo  el  reino.  fTÍ- 
mehat  enim,  ne  sic  ascendendo  totíus  Regni  sceptrmn  adipisce- 
retur)  fl). 

Y  en  efecto,  su  última  estancia  en  Galicia  dejó  mal 
impresionados  á  los  Gallegos,  máxime  á  los  partidarios 
del  Príncipe  D.  Alfonso.  Comenzaban  éstos  á  impacien- 
tarse porque  á  D.  Alfonso,  de  Rey  de  Galicia,  no  le  que- 
dase más  que  el  título,  y  porque  la  madre  continuase 
gobernando  estas  provincias,  atendiendo  exclusivamente 
á  su  provecho  propio,  y  no  escrupulizando  en  perjudi- 
car los  intereses  del  Príncipe.  Cuando  á  mediados  del 
año  1116  la  Reina  abandonó  á  Galicia,  esta  impaciencia 
y  este  descontento  subió  de  punto,  y  no  tardó  en  mani- 
festarse con  hechos,  y  hechos  violentos. 

El  Conde  de  Traba  que,  como  acabamos  de  decir, 
permanecía  en  la  frontera  acompañando  á  D.  Alfonso, 
no  perdía  de  vista,  ni  un  sólo  momento,  los  sucesos  de 
Galicia,  porque  aquí  estaba  el  principal  resorte  para 
mover  la  máquina  que  quería  poner  en  juego.  Su  deseo 


(l)     Hist.  Comimt.,  \\h.  I,  cap.  CVIII. 


LOS  TRES  PB1T.IEE0S  SIGLOS  DE   LA    I.   COMPOSTELANA         449 

era  resolver  el  contíicto  por  los  medios  pacíficos,  ó  al 
menos  retardar  hasta  lo  último  el  empleo  de  los  violen- 
tos; bien  comprendía  que  esto  era  muy  difícil,  sino  im- 
posible,, y  que,  por  lo  mismo,  era  necesario  estar  prepa- 
rado para  todo  evento. 

Mas  ni  la  prudencia,  ni  la  sensatez  de  D.  Pedro, 
bastaron  á  contener  la  fogosidad  y  ardor  de  sus  amigos 
en  Galicia,  los  cuales,  pasando  pronto  á  vías  de  hecho, 
comenzaron  á  hostilizar  á  los  partidarios  de  D.^  Urraca, 
y  á  acorralarlos  y  á  estrecharlos,  hasta  el  punto  de  ([ue 
los  Condes  D.  Rodrigo  Vélaz  y  D.  Munio  Peláoz,  no  tar- 
daron en  verse  en  grave  aprieto  (I).  Poi*  otra  j)arte,  Don 
Fernando  Pérez  in\^adió  el  territorio  de  Saines  con  es- 
cogido ejército,  y  puso  riguroso  asedio  al  castillo  de  Lo- 
beira,  que  su  alcaide  Ñuño  Peláez  defendía  con  gran 
tesón  por  D.'^  Urraca  (2). 

Pero  nuevos  acontecimientos  vinieron  á  dar  mayor 
incremento  y  mayores  proporciones  á  esta  guerra. 

A  fines  del  año  1116  llegaron  de  improviso  á  San- 
tiago unos  correos,  portadores  de  pliegos  do  importan- 
cia. Venían  de  la  frontera,  y  requerían  con  toda  urgen- 
cia á  D.  Diego  Gelmírív..  Llegados  á  la  presencia  del 
Prelado,  le  dieron  cuenta  de  la  embajada  que  traían: 
le  dijeron  que  venían  de  parte  del  Príncipe  D.  Alfonso, 
y  pusieron  en  su  mano  un  pliego  escrito  por  éste  y  con- 
cebido poco  más  ó  menos  en  los  siguientes  términos: — 
«Reverendísimo  Padre  y  Señor,  no  ignora  vuestra  San- 
tidad, que  á  la  muerte  del  Conde  Raimundo,  mi  padie. 


(1)     Pene  iam  i  n  arciii  pósitos,  dice  \&,  Compostelana,  ]'\\t.  J.    cap.  ('1\. 
pág.  211. 

(i)     llist.  Com¡>o.sl.,  lib.  1,  rap.  (JIX.  iKi-.  -M  I. 
Tomo  111. -;íü. 


450  LIBEO  SEGUNDO 


el  nobilísimo  Rey  Alfonso,  mi  abuelo,  siendo  yo  todavía 
Infante,  convocó  en  León  á  todos  los  Proceres  de  Gali- 
cia, é  hizo  que  todos  y  cada  uno  me  prestasen  homenaje 
y  juramento  de  fidelidad,  como  á  Señor  de  ese  reino. 
Para  después  de  su  muerte,  puso,  no  obstante,  esta  con- 
dición, á  saber,  que  si  la  Reina,  su  hija,  permanecía 
viuda,  retuviese  el  reino  de  Galicia  aunque  con  inter- 
vención de  vuestra  Paternidad  y  la  de  mi  tío  paterno, 
el  Arzobispo  de  Viena;  pero  que  si  pasaba  á  segundas 
nupcias  se  me  entregase  á  mí  dicho  señorío.  Esto  es  lo 
que  juraron,  no  sólo  todos  los  Magnates  de  Galicia,  sino 
mi  misma  madre;  y  j^o  me  alegro  de  que  vuestra  Santi- 
dad se  hubiese  hallado  presente  en  aquella  ocasión. 
Ahora  bien;  como  es  público  y  notorio,  mi  madre  vivió 
por  segunda  vez  maritalmente  (maritali  thoro  gavissam 
fíiisse);  justo  es  por  lo  tanto,  que  reclame  el  reino  que 
me  pertenece.  Si  por  ventura  alguno  de  los  Proceres  ga- 
llegos quisiese  disputármelo,  claro  es  que  se  hace  reo  do 
perjurio,  y  Dios,  juez  justo  y  fuerte,  sentenciará  entre  él 
y  yo.  Resta,  pues,  que  vos,  á  quien  yo  entre  todos  los 
hombres  de  este  mundo  amo  y  venero  como  á  mi  señor 
y  patrono;  que  me  habéis  regenerado  en  la  fuente  del 
bautismo  y  poco  después  me  habéis  ungido  Rey  en  la 
Iglesia  de  Santiago;  y  en  quien  yo  tengo  puesta  toda  mi 
esperanza,  os  digneis  darme  ayuda  para  alcanzar  lo  que 
es  mío. »  Tal  fué  la  liábil  embajada  que  el  Conde  Don 
Pedi-o,  en  nombre  de  su  regio  pupilo,  envió  á  D.  Diego 
Gelmírez,  tan  pronto  tuvo  noticia  de  que  habían  fraca- 
sado las  tentativas  de  concierto  y  alianza  entre  éste  y 
la  Reina  D.*'^  Urraca  (1). 


[i)     liwt,  Com¡JuJ.,  lib.  1,  cap.  CVIll,  |'ág.  2U'J, 


LOS   TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DK  LA  I.    COMPOSTELAXA         451 

El  Prelado  de  Santiago  no  pudo  ocultar  la  turba- 
ción y  embarazo  en  que  le  ponía  la  embajada  del  Prín- 
cipe Alfonso.  El  acceder  á  los  ruegos  que  se  le  hacían, 
era  lanzarse  á  la  ejecución  de  una  empresa,  cuyos  resul- 
tados nadie  podía  prever;  pero  que,  sin  embargo,  era  fá- 
cil que  los  tuviese  muy  desastrosos.  Negarse,  era  tapar 
los  oídos  á  los  clamores  de  la  justicia,  y  á  las  voces; 
apagadas  sí,  pero  elocuentes,  del  padre  y  del  abuelo  del 
Príncipe,  que  ambos  en  el  lecho  de  la  muerte  se  lo  ha- 
bían recomendado  con  todo  encarecimiento. 

Al  fin,  venció  en  D.  Diego  el  amor  á  la  justicia  (i) 
y  se  decidió  á  inclinarse  á  la  parte  de  D.  Alfonso.  Con- 
vocado el  Clero  y  pueblo,  les  dio  cuenta  del  mensaje  del 
Príncipe,  y  les  manifestó  también  cuál  era  su  opinión 
sobre  el  particular.  Pocas  palabras  necesitó  proferir  Don 
Diego  para  que  toda  la  asamblea  prorrumpiese  en  acla- 
maciones y  protestas  de  adhc^sión.  Una  cosa  sola  lamen- 
iaban  los  circunstantes,  y  era  que  D.  Alfonso  no  estu- 
viese ya  entre  ellos  para  que,  en  aquel  mismo  momento, 
pudiese  ser  aclamado  y  venerado  como  Rey.  Si  lo  que 
este  entusiasmo  tuvo  de  fácil  y  espontáneo,  lo  hubiera 
tenido  de  constante  y  firme,  muchos  daños  y  desgracias 
habría  evitado.  Pero  exigir  al  pueblo  firmeza  y  conse- 
cuencia en  sus  afecciones  y  opiniones,  mayormente  cuan- 
do éstas  resultan  de  la  amalgama  y  compen(^ti*ación  de 
muclias  voluntados  que  se  croen  inteligentes  y  libres,  os 
lo  mismo  que  pedir  que  sea  sólido  un  edificio  levantado 
sobre  la  arena.  Justamente,   nunca  en  el  Concejo  de 


(I)     lllinc  ju.stitia  copíente  i>ot¡oreni  parrom  nfropt.ii    «'li¿^<'r«'.   fU'^'>i'<' 


452  LIBBO  SEGUNDO 


Santiago  se  había  manifestado  la  vida  pública  con  tan- 
ta fuerza,  como  en  aquella  época.  La  efervescencia  que 
agitaba  á  los  burgueses  de  Carrión,  Sahagún,  Burgos, 
Falencia  y  otros  pueblos  de  Castilla,  se  iba  extendiendo 
á  Galicia.  En  Santiago  bullía  y  retozaba  una  población 
inquieta,  impresionable  y  pronta  á  apasionarse,  así  en 
pro,  como  en  contra,  de  cualquiera  idea.  En  aquel  mo- 
mento el  nombre  de  D.  Alfonso,  Príncipe  joven,  cuyo 
sistema  de  gobierno  no  habían  aún  experimentado,  sonó 
con  encanto  mágico  á  los  oídos  de  todos;  y  D.  Diego 
Gelmírez,  al  contestar  al  Infante  que  no  esperaba  más 
que  su  venida  para  ponerse  á  sus  órdenes  en  la  reivin- 
dicación de  su  reino,  no  hizo  sino  interpretar  la  volun- 
tad y  deseos  de  los  compostelanos  y  de  casi  todos  los 
moradores  de  Galicia  (1). 

En  vista  de  todo  esto,  el  Príncipe,  con  su  ayo  D.  Pe- 
dro, se  apresuró  á  abandonar  la  frontera  (2),  y  á  tomar 
la  ruta  de  Santiago.  D.  Diego  Gelmírez  salió  á  esperar- 
le á  Iria.  La  Historia  Cowpostelana,  no  interesada  en  exa- 
gerar en  este  punto,  dá  á  entender  que  el  entusiasmo 
con  que  se  recibió  á  D.  iVlfonso,  fué  indescriptible  (cum 
summo  tripudio^  cum  stirmrm  juciinditatej ,  De  Santiago  sa- 
lieron á  su  encuentro  casi  todos  los  habitantes;  los  varo- 
nes, ni  saludarle  en  señal  de  obsequio  y  completa  sumi- 
sión. Jo  presentaron  las  armas  que  para  este  efecto 
llevaban;  y  las  mujeres,  distribuidas  en  coros,  cantaban 
himnos  de  alabanza  y  de  triunfo  al  nuevo  Pey.  Al  lle- 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  CVIII. 

(2)  Interea  praedictus  puer  cuín  Comité  Petro  Froylaz   i.)edagogo   suo 
al)  Es  tromitato  rovcrtitur  in  Gallaeciam.  (Hid.  Compost.,  lib.  I,  cap.  CIX). 


LOS   THES  PRIMEROS   SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         453 

gar  á  la  Puerta  de  la  Fajera,  encontró  D.  Alfonso  for- 
mado en  procesión  al  Clero  de  Santiago,  presidido  por 
su  Obispo,  que  á  tal  fin  se  había  adelantado.  En  medio 
de  las  más  entusiastas  aclamaciones,  y  con  todos  los  ho- 
nores regios,  caminó  D.  Alfonso  hasta  la  Catedral,  y  allí, 
ante  el  Altar  del  Apóstol,  se  dio  por  terminada  la  cere- 
monia de  la  proclamación  y  de  la  toma  de  posesión  del 
reino  (1). 

El  Conde  de  Traba,  después  de  dejar  instalado  á 
D.  Alfonso  en  los  Palacios  episcopales  y  en  la  Catedral, 
que  por  lo  grave  de  las  circunstancias  había  sido  tras- 
formada  en  regio  alcázar,  salió  á  recorrer  el  país  para 
someter  á  los  que  aún  se  obstinaban  en  desconocer  la 
autoridad  del  Príncipe.  En  Santiago  quedó  haciendo  la 
Corte  á  D.  Alfonso,  la  Condesa  de  Traba,  D."^  Mayor. 
Debió  esto  acontecer  en  los  últimos  días  del  año  lllG  ó 
á  principios  del  año  1117  ('2). 

La  noticia  de  estos  gravísimos  sucesos  llenó  de  alai*- 
ma  á  D.^  Urraca,  la  cual,  en  su  fogosa  imaginación, 
creía  ya  ver  perdida  para  siempre  su  soberanía  en  Ga- 
licia. Reunidos  algunos  de  los  Magnates  que  componían 
su  Corte,  y  entre  ellos  el  venerable  anciano  D.  Pedro 
Ansúrez,  Señor  de  Valladolid,  el  Conde  de  Lara,  D.  Po- 
dro González,  y  los  Obispos  de  León  y  Palencia,  se  puso 
precipitadamente  en  camino  para  Galicia.  Más  acá  de 
Triacastela,  se  le  incorporaron  los  Condes  D.  Rodrigo 


(1)  Hist,  Compost.,  lib.  I,  cap.  CIX. 

(2)  En  un  Diploma  que  D.*  Urraca  otorgó  á  Santa  María  de  Nájera  á 
22  de  Enero  de  1117  (Bolet'ni  de  la  Academia,  tom.  XXVI,  pá^.  2íí4),  se  lee: 
Ego  Vrraka  gratia  Dei  Hispaniae  Regina...  una  cum  filio  meo  Adefonso  Re^ 
gali  diademate  corónalo. 


454  LIBRO    SEGUNDO 


Vélaz  y  D.  Munio  Peláez,  y  su  ejército  se  iba  engrosando 
de  día  á  día,  considerablemente.  Como  los  Gallegos  ha- 
bían aprendido  á  respetar  á  D."^  Urraca  desde  cuando 
era  niña,  su  presencia  desarmó  á  muchos  de  los  que  se 
habían  preparado  á  hacerle  la  guerra. 

En  Mellid  se  detuvo  D.*  Urraca  algún  tiempo,  como 
para  recontar  y  pasar  revista  á  sus  fuerzas.  Desde  aquí, 
envió  algunos  Legados  á  Santiago  para  explorar  la  dis- 
posición de  ánimo  de  D.  Diego  Gelmírez.  Empero,  de 
esta  vez  varió  de  táctica,  y  en  lugar  de  justificarse,  como 
en  otras  ocasiones,  se  confesó  culpable  y  poco  acreedora 
á  la  benevolencia  de  los  Gallegos.  — «Reverendo  Padre, 
decían  en  su  nombre  los  mensajeros  que  había  enviado 
á  Gelmírez,  Reverendo  Padre,  por  mi  maldad  y  por  mi 
insensatez,  bien  merecía  ser  privada  de  este  reino  de 
Galicia,  ¿pero  no  me  valdrá  de  alguna  excusa  la  debili- 
dad de  mi  sexo?  Acuérdese  vuestra  Paternidad  de  mi 
padre,  el  nobilísimo  Rey  D.  Alfonso,  que  os  ha  educado 
desde  la  adolescencia,  y  os  ha  hecho  tantos  y  tan  insig- 
nes favores.  Y  por  lo  que  á  mí  toca,  creo  que,  si  bien  lo 
consideráis,  desde  que  he  comenzado  á  reinar  y  á  dispo- 
ner de  riquezas,  no  he  dado  tantos  motivos  para  que  de- 
ba ser  tenida  como  ingrata  con  Vos  y  con  la  Iglesia  de 
Santiago.  Plegué,  pues,  á  Vuestra  Paternidad,  no  des- 
pojarme de  mi  reino.  Si  me  acusareis  de  haber  faltado 
al  pacto  y  concordia,  que  antes  de  ahora  teníamos  esta- 
blecido, y  de  liaberme  conducido  con  Vos  como  enemiga, 
estoy  pronta  á  daros  todas  las  satisfacciones  que  pidáis; 
porque  yo,  por  ningún  concepto,  quisiera  tener  que  con- 
taros entre  los  causantes  de  la  pérdida  de  mi  reino. 
Como  prueba  de  mi  sincero  deseo  de  reconciliación, 
OÍy^zco  desde  luego,  á  Vos  y  á  vuestra  Iglesia,  la  juris- 


LOS  Tees  peimeiios  swlos  de  la  i.  compostelana     455 

dicción  de  Lobeira  con  su  castillo,  la  de  Ferreira  con  el 
suyo  y  la  tierra  de  Montes»  (1). 

El  Prelado  de  Santiago,  aunque  con  cortesía,  contes- 
tó fríamente,  que  en  él  no  estaría  bien  visto  que  se  sepa- 
rase en  un  ápice  de  lo  que  dictaban  la  verdad  y  la  jus- 
ticia. Pero  parece  que  D.  Diego  Grelmírez  estaba  sen- 
tenciado á  pagar  las  dietas  de  los  viajes  de  D.^  Urraca 
á  Galicia.  Mientras  tanto  la  Reina  descansaba  en  Mellid, 
algunos  de  los  burgueses  compostelanos  comenzaron  á 
sentir  fastidio  y  cansancio  del  dominio  del  Príncipe  Don 
Alfonso.  La  Compostelana  (2)  pinta,  con  concisión  digna 
de  Tácito,  el  carácter  é  índole  de  los  burgueses  de  aquel 
tiempo,  y  en  particular,  de  los  compostelanos.  — «Sin 
opción  á  rebelarse,  dice,  y  sin  mudar  á  cada  paso  de 
dueño,  no  conciben  libertad.»  (Bdl)ent  pro  summa  Hhertate 
alternare  dóminos,  et  dominis  suis  esse  rehelles).  Los  descon- 
tentos se  presentaron,  pues,  sigilosamente  á  D.^  Urraca, 
y  en  nombre  del  Concejo  de  Santiago,  la  reconocieron 
por  Reina  y  Señora,  y  le  prometieron  ayudarla  y  fran- 
quearle las  puertas  de  la  ciudad.  Otros,  so  pretexto  de 
evitar  los  grandes  males  y  desgracias  que  son  inevita- 
bles en  todo  asedio,  combate  y  asalto  de  ciudad  fortifi- 
cada, piden  y  ruegan  al  Prelado  que  aconseje  al  Rey 
D.  Alfonso  y  á  su  aya  D.^  Mayor,  que  dejen  la  ciudad. 
La  trama  estaba  bien  urdida,  porque  el  deseo  de  conju- 
rar los  horrores  de  un  sitio,  hizo  que  muchos  entrasen 
de  buena  fe  en  este  complot.  Para  más  obligar  al  Prela- 
do, le  prometieron  que  si  conseguía  que  el  Príncipe  sa- 
hese  de  la  ciudad,  de  tal  manera  se  constituirían  en  sus 


(1)  Hi8l.  Compost.,  lib.  I,  cap.  CIX. 

(2)  Lib.  I,  cap.  CVIII. 


4.JÜ  LIBEO  SEGUNDO 


vasallos  y  servidores,  que  le  defenderían  contra  el  Con- 
de de  Traba  y  hasta  contra  D.^  Urraca,  ó  contra  quien 
quiera  que  faese.  La  Condesa  D.^  Mayor,  ante  las  con- 
tingencias que  podían  sobrevenir,  no  creyó  prudente 
permanecer  por  más  tiempo  encerrada  en  Santiago  con 
el  joven  Monarca.  Salió,  pues,  con  su  3;iumerosa  y  esco- 
gida escolta,  y  fué  á  incorporarse  con  el  ejército  de  su 
esposo,  que  no  debía  estar  lejos  (1). 

Con  esta  primera  ventaja,  creció  la  insolencia  y  au- 
dacia de  los  compostelanos.  Los  cuales,  olvidados  de  las 
ofertas  que  habían  hecho  á  su  Obispo,  quisieron  pres- 
cindir de  él  por  completo,  y  entenderse  directamente 
con  D/^  Urraca.  Envíanle,  pues,  secreta  embajada,  pi- 
diéndole que  acelere  su  venida  á  Santiago.  Algunos, 
más  moderados,  aconsejan  en  tanto  al  Obispo  que  haga 
las  paces  con  la  Reina.  Pero,  debajo  de  todos  estos  ma- 
nejos, se  encubría  una  horrible  conspiración,  que  tenía 
por  objeto  deponer  á  D.  Diego,  haciéndole  aparecer 
í^omo  rebelde  y  cómplice  de  los  enemigos  de  D.^  Urraca. 
En  la  cual  conspiración  se  hallaban  comprometidos  al- 
gunos de  los  familiares  del  Prelado. 

La  Reina  no  se  hizo  esperar,  y  con  todo  su  ejército, 
se  presentó  á  las  puertas  de  Santiago.  Y  ¡cuan  insta- 
ble es  el  pueblo  en  sus  afecciones  y  aún  en  sus  con- 
vicciones! ¡Quizás  no  habían  transcurrido  dos  meses  des- 
de (jue  los  compostelanos  habían  salido  á  la  puerta 
occidental  de  su  ciudad  para  recibir,  con  todo  entusias- 
mo, al  Rey  D.  Alfonso,  y  ahora  los  vemos  correr  presu- 
rosos hacia  la  puerta  oriental,  con  el  afán  de  preparar 
gran  ovación  á  D.^  Urraca! 


(1)     Hist.  Composf.,  lib.  T,  cap.  CIX,  pág.  213. 


LOS  ÍHEá  PÉIiíEItOS  SIGLOS  Í)E  LA  1.  ÓOMPOSTELÁNA  45? 


D.  Diego  sólo  tuvo  noticia  de  la  venida  de  la  Reina, 
cuando  vio  inundada  la  ciudad  por  las  tropas  reales.  No 
tuvo  más  tiempo  que  para  encerrarse  y  parapetarse  en 
las  torres  de  la  Iglesia.  Desde  allí  pudo  contemplar,  lle- 
no de  amargura,  cómo  el  populacho  con  la  soldadesca 
se  entregaba  al  saqueo  y  al  pillaje.  A  tanto  llegó  el  fu- 
ror de  las  turbas,  que  destruyeron  gran  parte  de  las 
casas  episcopales.  Y  como  si  esto  no  fuera  bastante, 
pedían  á  voz  en  grito  que  se  diese  la  orden  de  asaltar 
las  torres. 

La  Reina,  á  su  vez,  se  veía  asediada  de  súplicas, 
consejos  y  exhortaciones  para  que  desposeyese  y  perdie- 
se al  Prelado;  mas,  contentándose  con  tenerlo  incondi- 
cionalmente  sumiso  á  su  voluntad,  no  quiso  llevar  las 
cosas  á  tal  extremo.  Envióle,  como  parlamentarios,  con 
proposiciones  de  paz,  al  Conde  D.  Munio  Peláez  y  á 
D.  Fernando  Váñez.  Los  cuales,  unas  veces  con  ruegos, 
otras  con  amenazas,  otras  con  halagos  y  ofertas,  procu- 
raron persuadir  á  D.  Diego  de  la  conveniencia  de  acep- 
tar las  proposiciones  que  se  le  hacían,  ^fas  D.^  Urraca, 
([ueriendo  sacar  todo  el  partido  posible,  cuando  veía  que 
el  Prelado  comenzaba  á  ceder,  hacía  nuevas  exigencias, 
como  la  de  que  él  resarciese  todos  los  daños  que  había 
ocasionado  D.  Fernando  Pérez  durante  el  sitio  de  Lo- 
beira.  Al  ñn  D.  Diego,  reducido  á  lo  último  en  lo  alto 
de  las  torres  de  su  Catedral,  hubo  de  aceptar  las  condi- 
ciones que  la  Reina  tuvo  á  bien  imponerle,  y  con  esto 
pudo  quedar  estipulado,  entre  ambos,  un  simulacro  de 
concordia  y  alianza  (1). 

Arregladas  y  compuestas  las  cosas  de  Santiago,  con 


(1)     Hisf.  Compost.,  lib.  T,  cap.  CX  y  CXI.- 


4o8  LtfiSO  SEGUNDO 


tan  precario  y  endeble  temperamento,  la  Reina  prosi- 
guió en  su  empeño  de  someter  toda  Galicia  á  su  obe- 
diencia. Con  este  designio,  se  encaminó  hacia  la  comar- 
ca de  Tuy  para  castigar  la  audacia  del  Conde  de  Toro- 
ño,  D.  Grómez  Núñez,  que  con  su  valor  y  actividad, 
hacía  que  toda  aquella  parte  de  Galicia  estuviese  á 
devoción  del  Principe  D.  Alfonso.  El  Conde  de  Traba, 
que  siempre  quiso  contenerse  dentro  de  los  límites  de  la 
prudencia,  fué  siguiendo  los  pasos  del  ejército  de  Doña 
Urraca  y  observando  sus  movimientos.  Cuando  la  vio 
dentro  del  castillo  de  Suberoso  (Sobróse,  cerca  de  la  raya 
de  Portugal),  llama  con  toda  premura  á  la  Infanta 
D.^  Teresa,  y  ambos  bloquean  á  la  Reina  en  la  citada 
fortaleza.  D.^  Urraca  pudo,  por  dicha,  hacer  venir  opor- 
tunamente refuerzos.  Con  tal  ayuda,  salió  del  castillo  y 
dio  vuelta  para  Santiago.  Poco  tiempo  después,  hacia 
mediados  de  Abril,  recelosa  de  lo  que  pudiese  ocurrir 
en  León,  se  dirigió  á  esta  capital,  aunque  no  sin  dejar 
bien  guarnecida  á  Galicia  (1). 

Cuando  D.^  Urraca  abandonó  nuestro  país,  lejos  de 
quedar  zanjadas  las  cuestiones  y  diferencias  que  encon- 
trara en  pie  á  su  venida,  las  dejó  más  intrincadas  y  en- 
cendidas. Con  rebajar  el  poder  y  prestigio  del  Obispo 
de  Santiago  por  los  modos  que  hemos  visto,  no  hizo  sino 
dar  ocasión  á  que  los  burgueses  compostelanos  se  pre- 
sentasen cada  vez  con  más  insolencia  y  osadía.  So  color 
del  bien  público  hicieron  entre  sí  una  hermandad,  aso- 
ciación ó  cofradía,  y  para  halagar  á  la  Reina,  le  confi- 
rieron la  presidencia,  llamándola  Señora  y  Ahadesa.  Doña 
Urraca  no  se  demostró  desdeñosa  con  tales  manifesta- 


(1)     Hist.  Comjwsf.,  lib.  I,  cap.  CXI. 


LOS  TBES  PftlMfiRÓS  SIGLOS  DÉ  LÁ  1.  CoM1»0sTELAÍÍA  459 

ciones  de  consideración  y  respeto;  así  es  que,  estando 
aún  en  Galicia,  disimuló  y  toleró  muchos  de  los  hechos 
punibles  á  que  se  propasaron  los  compos  tela  nos.  ¡Bien 
pronto  había  de  experimentar  por  sí  misma  los  funestos 
resultados  de  tal  condescendencia! 

El  principal  é  inmediato  objetivo  de  los  revoltosos 
de  Santiago,  era  anular  por  completo  la  autoridad  del 
Obispo,  al  menos  dentro  de  los  términos  de  la  ciudad,  y 
dejarlo  reducido,  cuando  más,  á  la  condición  de  simple, 
pero  bien  condecorado  capellán.  Empezaron  por  expul- 
sar á  un  sobrino  dol  Obispo,  que  so  llamaba  Pedro  y 
era  el  Prior  de  la  Canónica,  y  á  un  hermano  llamado 
(íundesindo,  que  ejercía  el  cargo  de  Corregidor  (villicus 
civitat'is).  D^  Urraca,  que  cuando  esto  pasaba,  aún  se  ha- 
llaba en  Galicia,  no  hizo  demostración  alguna  de  des- 
agrado, antes  dio  su  consentimiento;  porque  los  conjura- 
dos le  hicieron  creer,  que  tanto  el  Prior,  como  el  Corre- 
gidor, eran  los  principales  causantes  de  los  trastornos  y 
desórdenes  del  país,  y  los  que  liabían  influido  en  el  áni- 
mo de  D.  Diego  para  que  abrazase  el  partido  del  Prin- 
cipe D.  Alfonso  (1). 

Si  esto  hacían  los  compostelanos,  hallándose  presen- 
te la  Reina,  juzgúese  lo  que  no  osarían  estando  ausen- 
te. Los  cabezas  de  motín  convocan  al  Clero  y  al  pueblo, 
abrogan  los  antiguos  reglamentos  y  ordenanzas  de  po- 
licía y  administración,  y  establecen  otros  nuevos.  (Reno- 
vant  leges  et  plebiscita).  So  pretexto  de  hacer  justicia,  des- 
tituyen á  los  empleados  puestos  por  el  Obispo,  nombran 
otros  nuevos,  se  apoderan  de  los  edificios  públicos,  y  se 
arrogan  el  señorío  de  la  ciudad.  (Assumnnt  sibi  dominium 


(1)     Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  CX. 


4()0  LIBRO  SEGUNDO 


totius  nrl)is),  A  los  que  liallaban  flojos  y  remisos  en  se- 
cundar tales  desmanes,  los  amedrentaban  con  terribles 
amenazas  y  hasta  con  la  muerte.  (Quíhusdam  etiam  mor- 
tem  minitanturj  (1). 

D.  Diego  todo  lo  sufría,  y  todo  lo  toleraba  en  silen- 
cio. Ya  no  pedía  sino  que  los  conjurados  reconociesen 
su  señorío  en  las  comarcas  pertenecientes  á  la  Iglesia 
de  Santiago  que  estaban  faera  de  la  ciudad,  y  que  se  le 
consultase  en  las  determinaciones  y  acuerdos  que  se 
tomaran  respecto  de  dichas  regiones. 

Nada  bastaba,  sin  embargo,  para  contentar  á  los 
compostelanos.  Aquel  era  un  volcán  en  continua  ebu- 
llición. Cierto  día,  reunido  el  Clero  y  el  pueblo,  uno  de 
los  jefes  de  la  conspiración  llamado  Arias  (2)  les  aren- 
gó con  tanto  fuego,  y  con  tanta  animosidad  contra  el 
Prelado,  que  todos  como  si  estuviesen  poseídos  de  fre- 
nesí, corrieron  á  echar  abajo  lo  que  restaba  en  pie  de 
los  Palacios  episcopales.  El  celo  de  Arias  no  era  gene- 
roso, ni  desinteresado.  ¿Cuándo  lo  ha  sido  el  de  ningún 
conspirador?  Arias  anhelaba  un  arcedianato,  y  como  re- 
compensa de  sus  arengas  y  de  sus  trabajos  revoluciona- 
rios, obtuvo  que  todos  lo  apoyasen  en  sus  pretensiones. 
La  muchedumbre  se  presenta  á  D.  Diego,  le  pide,  ó  más 
bien  le  intima,  que  nombre  Arcediano  á  Arias.  El  Pre- 
lado se  resiste;  pero  sú  resistencia  no  hace  más  que 
exasperar  á  las  turbas,  que   prorrumpen  en  gritos  des- 


(1)  Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  CXI,  pág.  217. 

(2)  El  texto  impreso  de  la  Compostelana  (Esp.  Sa-j.,  tom.  XX,  lib.  I, 
cap.  CXI,  §.  5,  pág.  220),  calla  el  nombre  de  este  revoltoso  que  asi  conspira- 
ba en  su  provecho.  Lo  conocemos  por  el  epígrafe  que  se  lee  á  la  cabeza  de 
dicho  §.  5,  en  el  ejemplar  del  Cabildo  de  Santiago,  el  cual  dice  así:  D¿  Aria 
Qon  apir  atore  fado  archidiácono. 


LOS  TBES  PBIMEBOS   SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         4Gi 

aforados  y  en  atroces  amenazas.  Los  más  audaces  se  ade- 
lantan, vociferan,  gesticulan,  manotean,  como  si  estu- 
viesen ya  para  lanzarse  á  ejecutar  los  daños  y  ruinas 
con  que  amenazaban.  En  los  oídos  del  Prelado  resonaba 
de  un  modo  terrorífico  el  descompasado  clamoreo  de  los 
sublevados;  ya  los  ve  acercarse,  ciegos  de  ira  y  de  furor, 
empuñando  las  espadas  los  unos,  y  levantando  la  pique- 
ta los  otros;  y  en  aquel  trance  supremo,  con  consejo  de 
algunas  personas  prudentes  que  le  acompañaban,  acce- 
de á  lo  que  de  él,  por  aquellos  medios,  se  exigía.  No 
(juiso,  empero,  que  el  malvado  y  ambicioso  Arias  reci- 
biese directa  y  personalmente  la  investidura  de  la  dig- 
nidad que  le  confería,  sino  por  medio  de  personas  graves 
que  fuesen  como  sus  fiadores  y  garantes. 

Por  aquí  puede  juzgarse  cuál  sería  la  situación  de 
D.  Diego  en  Compostela.  Llegó  á  tal  extremo,  que  en 
más  de  una  ocasión  tuvo  que  empeñar  su  vajilla  y  hasta 
sus  ropas  para  comprar  pan.  ( Vasa  epíscoioí  et  vestes  oppi- 
fjnerari  saepiusj  (1).  En  tan  poco  era  tenida  su  autoridad 
en  Compostela,  que  los  conspiradores  se  atrevieron  á 
destituir  al  Tesorero  ó  encargado  de  recaudar  las  limos- 
nas del  Altar  de  Santiago,  y  á  elegir  otro  por  su  cuen- 
ta. El  que  se  mostraba  en  algo  favorable  ó  respetuoso 
para  con  el  Prelado,  pronto  incurría  en  las  iras  de  los 
rebeldes.  Los  cuales  no  perdonaban  medio  para  acabar 
de  desprestigiar  y  desacreditar  á  I).  Diego.  Unas  veces 
decían  que  estaba  en  connivencia  con  el  Conde  de  Tra- 
ba y  con  los  enemigos  de  la  Reina;  y  por  más  que  Don 
Diego  lo  desmentía,  no  sólo  con  las  palabras,  sino  con 
los  hechos,  saliendo  á  rechazar  las  frecuentes  acometidas 


(1)     Hiai.  Co  nposl.,  lib.  I,  cap.  CXI,  pág.  22(>. 


462  LIBRO  SEGUNDO 


y  correrías  de  las  tropas  de  D.  Pedro,  todo  lo  explicaban 
los  rebeldes  á  su  manera,  y  todo  lo  echaban  á  mala  par- 
te (1).  Otras  veces  aseguraban  que  la  Reina  estaba  alta- 
mente irritada  contra  él,  y  dispuesta  á  deponerlo  y  me- 
terlo en  una  cárcel  á  la  primera  ocasión;  y  que  como  él 
estaba  tan  mal  mirado  de  todos,  por  eso  no  se  atrevía  á 
salir  de  Compostela,  ni  aún  de  los  escondrijos  de  su  de- 
rruida morada. 

D.  Diego  creyó  necesario  hacer  un  esfuerzo  supremo 
para  desmentir  estos  rumores  que  tanto  le  perjudicaban, 
tanto  el  de  la  indignación  de  la  Reina,  como  el  de  la 
connivencia  con  el  Conde  de  Traba.  A  este  fin,  decidió- 
se á  salir  de  Santiago  y  presentarse  á  D.^  Urraca.  Ha- 
llóla cerca  de  Falencia,  en  tierra  de  Campos;  y  por  más 
que  no  temiese  que  la  Reina  lo  maltratase  y  encarcela- 
se, como  afirmaban  sus  enemigos,  sin  embargo,  la  favo- 
rable acogida  que  se  le  hizo  en  la  Corte,  superó  en  mu- 
cho su  expectación.  D.  Diego  pudo  convencerse  de  la 
sinceridad  de  las  atenciones  de  D.^  Urraca,  cuando  vio 
que  ésta  recibía  con  la  misma  deferencia  y  estimación  á 
su  sobrino  el  Prior  Pedro  que,  según  hemos  dicho,  había 
sido  expulsado  de  Santiago.  Y  D.^  Urraca,  para  mejor 
demostrar  al  Obispo  cuan  agradecida  le  estaba  por  su 
visita  y  por  los  informes  que  le  llevaba  del  estado  de  las 
cosas  en  Oalicia,  quiso  hacerle  un  gran  presente,  cual 
ern  la  Cabeza  de  Santiago  Alfoo,  que  el  Arzobispo  do 
Braga,  D.  Mauricio,  había  traído  de  Jerusalén.  Y  en 
efecto,  de  vuelta  en  León  le  entregó  la  insigne  Reli(iuia, 
que  estaba  depositada  en  la  iglesia  de  San  Isidoro.  No 
todo,  empero,  era  virtud  en  la,  conducta,  do  D.^   Urraca; 


(Ij     Iliil.  Com¡mt.,  lib.  J,  eH|».  CXJ,  f'á^.  21'J. 


LOS  TBES   PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELANA         463 

la  cual,  recelosa  como  se  hallaba  de  los  grandes  aprestos 
que  estaba  haciendo  el  Rey  de  Aragón  para  la  conquis- 
ta de  Zaragoza  (pues  ignoraba  el  destino  de  tanto  ar- 
mamento), quería  á  toda  costa  hacer  la  paz  con  su  hijo. 

Cuánto  se  regocijaría  D.  Diego  con  la  acogida  y  con 
los  regalos  que  le  había  hecho  la  Reina,  más  bien  es  pa- 
ra imaginar,  que  para  describir.  Cuando  llegó  al  burgo 
de  Ferrarlos  (San  Mamed  y  San  Verísimo  de  Ferreiros, 
á  unas  cinco  leguas  al  NE.  de  Santiago),  expidió  aviso 
á  los  compostelanos  para  que  se  dispusiesen  á  recibir 
convenientemente  el  gran  don  que  tenían  á  una  corta 
jornada  de  distancia.  Así  que  los  burgueses  de  Santiago 
recibieron  la  alegre  nueva  (esta  justicia  hay  que  hacer- 
les), depusieron,  al  menos  por  el  momento,  todos  sus 
rencores,  y  ya  no  se  ocuparon  en  otra  cosa  que  en  pre- 
pararse para  salir  al  encuentro  del  precioso  tesoro  que 
venía  á  enriquecer  su  ciudad.  Desde  ol  ^íontc  del  Gozo, 
viniei'on  todos  acompasando  al  Obispo,  ({U(.'  á  pie  des- 
calzo, caminaba  en  pos  de  las  Santas  Reliquias.  El  gozo 
y  emoción  que  experimentaba  la  muchedumbre,  eran 
indescriptibles,  y  algunos,  como  el  Canónigo  Giraldo, 
prorrumpieron  en  lágrimas  de  alegría  (1).  Llegada  la 
numerosa  comitiva  á  la  Catedral,  D.  Diego  tomó  por  su 
mano  la  sagrada  Cabeza,  la  colocó  sobre  el  Altar  de 
Santiago,  celebró  en  seguida  Misa,  y  asistió  á  los  solem- 
nes Oficios  do  nque]  día,  que  orea  domingo.  Debió  acon- 
ttícer  esto  á  mediados  do  Mayo  de  11 17. 

Y  he  aquí  cómo  la  Cabeza  de  Santiago  Alfeo,  des- 
pués de  haber  sido  prenda  de  amistad  y  concordia  entro 
D.^  Urraca  y  D.  Diego  Golmírez,  se  enlaza  con  la  histo- 


(1)    Hiiil.  Com^oat.,  lib.  1,  cap.  CX-^1,  pág.  ^21, 


464:  LIBBO  SEGUNDO 


ria  de  Compostela,  porque  en  aquellas  circunstancias 
fué  como  un  sagrado  talismán  que  obró  la  reconciliación, 
siquiera  momentánea  y  pasajera,  de  los  compostelanos 
con  su  Obispo.  No  sólo  con  la  de  Santiago,  sino  que 
también  se  enlaza  con  la  historia  de  la  nación;  pues  ella, 
como  veremos,  fué  causa  ocasional  de  que  se  diese  con 
eficacia  el  primer  paso  que  había  de  traer  la  sincera 
concordia  é  inteligencia  entre  la  Reina  D.^  Urraca  y  su 
hijo  D.  Alfonso.  ^  - 

Aunque  D.^  Urraca,  en  su  Viltima  venida  á  (lalicia, 
había  conseguido  retardar  la  ejecución  de  los  planes  que 
meditaba  el  Conde  D.  Pedro,  no  logró,  empero,  romper- 
los, ni  desbaratarlos  del  todo.  Es  cierto  que  en  aquella 
ocaáión  recibió  el  Conde  muchos  desengaños,  y  que  tuvo 
que  sufrir  la  defección  de  algunos  de  sus  principales 
amigos,  mas  su  espíritu  inquebrantable  permaneció  in^ 
móvil  en  sus  propósitos,  como  roca  en  medio  de  las  olas. 
Es  cierto  que  había  visto  cómo  se  mermaban  las  filas  de 
sus  parciales;  pero  en  cambio,  pudo  notar  cómo  se  de- 
puraba y  aquilataba  la  lealtad  y  firmeza  de  los  que  ha- 
bían permanecido  fieles.  La  generosa  abnegación  y  el 
santo  entusiasmo  que  engendra  la  convicción  de  que  es 
legítima  y  justa  la  causa  que  se  defiende,  mantenía  só- 
lidamente compactas  aquellas  huestes  dispuestas  á  de- 
fender hasta  la  muerte  la  bandera  del  Príncipe  Don 
Alfonso.  Mas  el  Conde  de  Traba,  que  era  no  menos  fino 
y  hábil  político,  que  insigne  y  denodado  general,  no 
quiso  conseguir  á  costa  de  la  sangre  de  sus  amigos,  lo 
que  esperaba  que  le  había  de  dar  hecho  el  tiempo,  á  sa- 
ber, el  desconcierto  y  confusión  de  los  partidarios  de 
J).^  Urraca.  Procuraba,  sí,  mantener  vivo  el  espíritu  de 
sus  tropas  con  continuos  movimientos  y  .  combinaciones 


LOS  TRES    PBIMEBOS   SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         465 

estratégicas;  pero  evitaba  las  batallas  campales,  cuyo 
éxito,  por  feliz  que  fuese,  previa  que  nunca  había  de  co- 
rresponder á  la  mucha  sangre  derramada. 

No  obstante,  á  sus  adversarios  no  les  dejaba  un  mo- 
mento de  reposo.  Ora  con  repentinos  rebates;  ora  con 
impensados  amagos;  ora  con  marchas  rápidas  y  atrevi- 
das; ora  con  sorpresas  y  emboscadas,  los  tenía  siempre 
en  inquietud  y  zozobra  hasta  introducir  entre  ellos  la 
desanimación  y  el  desaliento.  Su  base  de  operaciones 
estaba  más  allá  del  Tambre,  base  tan  firme  y  segura, 
que  D.''^  Urraca,  cuando  estuvo  en  Galicia,  no  osó  acer- 
carse; y  su  objetivo  inmediato  era  Santiago,  que  enton- 
ces venía  á  ser  como  el  corazón  de  toda  esta  región  oc- 
cidental. 

La  Compostda72a.  que  en  aquella  ocasión  no  se  halla- 
ba muy  de  humor  para  exaltar  las  proezas  del  Conde 
D.  Pedro,  está  sobrado  parca  al  hablar  de  esta  guerra. 
Sólo  en  general  dice  que  D.  Pedro,  con  sus  hijos  y  con 
sus  aliados,  molestaba  de  continuo  á  Santiago,  pero  que, 
como  sucede  en  toda  guerra,  unas  veces  salía  victorioso 
y  otras  tenía  que  volver  las  espaldas  (1).  En  concreto, 
no  menciona  más  hechos  de  armas  que  dos  descalabros 
que  sufrió  D.  Pedro,  el  uno  in  portu  de  JÜIacenaría  (en  el 
Puente  Maceira,  sobre  el  Tambre,  á  tres  leguas  de  San- 
tiago), y  el  otro  cerca  de  San  Juan  de  Pe7ia  Cornaria 
(Pena  Corneira,  cerca  de  Ribadavia)  (2). 

Cualquiera  que  fuese  la  importancia  de  estos  parcia- 
les reveses  (quizás  tan  sólo  conatos  frustrados  de  alguna 
operación  militar),  la  verdad  es  que  los  partidarios  de 


(l)     Hist.  Compost.,  iib.  I,  cap.  CXI,  pág.  217. 
(J)     Hist.  Compost.,  Iib.  I,  (:ap.  CXI,  págs.  217  y  2\\). 
Tomo  III. -o<i. 


•iOG  LIBRO  SEGUNDO 


D.  Alfonso  llegaron  á  imponerse  en  toda  Galicia  y  á  te- 
ner á  todo  el  país  en  continua  alarma.  Así  hubo  de  re- 
conocerlo D.  Diego  (xelmírez,  cuando  al  presentarse  á 
p  a  ■Qj^i.a.ca  en  tierra  de  Campos,  le  manifestó  que  toda 
Galicia  estaba  en  zozobra  á  causa  de  las  incesantes  in- 
cursiones de  su  liijo  D.  Alfonso.  fFílíi  sui  assidaos  bellortim 
iumiiltus  (1),  Por  estas  declaraciones  del  Prelado,  com- 
prendió al  fin  D.^  Urraca,  que  ni  para  ella,  ni  para  el 
reino  liabía  salvación,  mientras  no  se  procurase  algún 
concierto  ó  arreglo  con  el  Príncipe.  Por  esto,  al  despe- 
dirse de  D.  Diego  en  León,  y  al  tiempo  que  ponía  en  sus 
manos  la  Cabeza  de  Santiago  Alfeo,  le  encargó,  con  en- 
carecimiento sumo,  que  trabajase  para  inclinar  el  ánimo 
del  Príncipe  á  un  acomodamiento  honroso  (2).  Para 
abrir  el  camino,  dióle  también  algunas  instruccioiies,  que 
íuesen  como  la  materia  sobre  la  cual  habían  de  versar 
las  primeras  negociaciones.  ¡Tan  impresionada  se  halla- 
ba D.''^  Urraca  por  el  miedo  al  Rey  de  Aragón! 

Lo  primero  en  que  se  ocupó  el  Prelado  de  Santiago, 
así  que  llegó  á  Galicia,  fué  poner  por  obra  el  apremian- 
te encargo  que  había  recibido  de  la  Reina.  Procuró, 
pues,  con  toda  instancia,  una  entrevista  con  el  Conde 
de  Traba  y  el  Rey  D.  Alfonso.  No  los  halló  esquivos,  ni 
rohacios  para  entrar  en  los  caminos  de  la  paz,  antes 
bien,  accesibles  y  deseosos  de  poner  término  á  la  guerra 
fratricida  que  asolaba  la  nación.  Propúsoles  las  instruc- 
ciones que  traía,  entre  las  cuales,  la  principal  era  que 


r 


(1)  Hist.  Composf.,  lib.  I,  cap.  CXII,  pág.  221. 

(2)  ínter  caetera  etiam  negotia  summis  precibus  efflagitavit  pruden- 
tiam  Episcopi,  ut  filium  suum  parvulum  Eegem  sibi  reconciliare  elaboraret. 
(Hist.  Composf.,  lib.  I,  cap.  CXII,  pá^;.  223). 


4 


LOS  TEES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  4()7 

madre  é  hijo  se  dividiesen  entre  sí  el  reino,  de  manera 
que  cada  uno  mandase  y  gobernase  independientemente 
en  los  países  que  por  común  acuerdo  le  fuesen  señala- 
dos. Ni  el  Príncipe,  ni  el  Conde  D.  Pedro  estimaron 
desechables  tales  proposiciones;  comprendieron  que  la 
Reina  deseaba  sinceramente  la  paz,  y  que  por  consi- 
guiente no  debía  despreciarse  aquella  ocasión  con  que 
se  les  brindaba  para  llegar  al  ñn  por  todos  apetecido. 
Resolvieron  enviar  como  plenipotenciarios  para  tratar 
con  la  Raina,  á  D.  Fernando  Pérez  y  al  Conde  de  Mon- 
tenegro, D.  Gutierre  Bermúdez,  hijo  el  primero,  yerno 
el  segundo,  del  Conde  de  Traba.  D.  Diego  Gehnírez  se 
ofi'eció  á  acompañarlos  para  prestarles  su  ayuda  y  con- 
sejo (1). 

Indecible  fué  el  gozo  con  que  D.^  Urraca  acogió  á  los 
legados  de  su  hijo.  Convocó  al  punto  en  Sahagún  á  los 
Obispos  de  León,  de  Astorga,  de  Oviedo,  de  Mondoñedo 
y  de  Granada  ( Granatensem  qui  aderat),  á  D.  Pedro  Gon- 
zález de  Lara,  á  quien  había  hecho  Conde  de  Castilla, 
á  los  Condes  gallegos  D.  Munio  Peláez  y  D.  Suero  Ber- 
múdez y  á  los  demás  Magnates  de  su  Corte,  y  les  dio 
cuenta,  así  de  las  proposiciones  de  paz  que  había  hecho, 
como  del  asentimiento  y  conformidad  que  prestaba  su 
hijo.  Todos  votaron  por  la  conciliación  y  concordia,  y  ya 
no  se  pensó  en  otra  cosa  que  en  los  detalles  para  la 
solemne  estipulación  y  otorgamiento  Cíq\  convenio.  Se 
dieron  amplios  poderes  al  Conde  de  Lara,  D.  Pedro 
González,  para  que  viniese  á  Galicia  á  tratar  con  el 
Príncipe,  y  á  ajustar  con  él  con  todas  las  formalidades 
de  costumbre  el  tratado  de  paz  y  concierto.  Vino,  en 


(1)      llisi.  Coviposf.,  lib.  I,  nxy.  CKW  y  C\U\, 


468  ^   LIBRO  SEGUNDO 


efecto,  el  Conde  de  Lara  á  Santiago,  y  de  aquí  acompa- 
ñado de  D.  Diego  Gelmírez  y  de  los  dos  legados  que 
habían  estado  en  las  Cortes  ó  Concilio  de  Sahagún, 
pasó  á  orillas  del  Tambre,  probablemente  al  Puente  Si- 
güeiro,  para  conferenciar  con  el  Príncipe  y  con  el  Con- 
de D.  Pedro.  Tomó  la  palabra  el  Obispo  de  Santiago; 
manifestó  á  D.  Alfonso  cuan  cordialmente  le  amaba  su 
madre;  la  cual,  si  ahora  ansiaba  con  todas  veras  recon- 
ciliarse con  él,  para  después  de  su  muerte  tenía  inten- 
ción de  instituirlo  su  universal  heredero.  Contestó  el 
Príncipe  que  él  no  deseaba  menos  sinceramente  la  paz 
y  reconciliación  con  su  madre,  y  que  estaba  pronto  á 
aceptar  cualquiera  partido  honroso.  Pasóse  luego  á  for- 
mular los  capítulos  del  convenio;  de  los  cuales,  el  1.^  era 
que  madre  é  hijo  se  jurasen  firmísima  amistad  y  alian- 
za, y  defenderse  y  ampararse  mutuamente  con  todas 
sus  fuerzas;  2."  que  á  cada  uno  se  señalasen  los  estados 
en  que  había  de  gobernar  con  completa  soberanía  é  in- 
dependencia; 3."  que  esta  concordia  fuese  jurada  por 
treinta  caballeros  de  cada  parte,  de  los  más  principales 
que  pudiesen  ser  habidos;  y  4.°  que  este  pacto  y  concier- 
to habría  de  tener  valor  firmísimo  por  espacio  de  tres 
años.  De  todos  estos  capítulos,  el  más  notable  era  el  que 
se  refería  á  la  distribución  del  reino  entre  la  madre  y  el 
liijo  (1).  De  esta  repartición  no  hay  memoria  detallada; 
pero  debemos  suponer  que  D.  Alfonso  se  quedó  con  toda 
Galicia,  y  que  además  se  le  adjudicó  la  ciudad  de  Tole- 
do con  toda  su  comarca;  y  que  á  D.^  Urraca  se  le  reco- 
noció su  Señorío  en  todo  el  resto  del  reino.  En  28  de 


(l)     Determinatur  etiam  quantum  regni  Regina  sibi  et   puer  sibi  pro- 
pric  luibeat.  (lUsl.  Compobt.,  lib.  I,  cap.  CXIIT,  pág.  226). 


LOS  THES  PSIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA        4(j0 

Mayo  de  este  año  1117  estaba  ya,  al  parecer,  asentada 
la  concordia. 

Terminadas  estas  negociaciones,  el  Conde  de  Lara  y 
los  Legados  del  Principe  volvieron  á  León  para  enterar 
á  la  Reina  de  la  feliz  conclusión  del  tratado;  y  extendi- 
da por  España  la  fausta  noticia,  todos,  sin  distinción, 
aplaudieron  con  júbilo  la  reconciliación  de  la  madre  y 
del  hijo,  y  saludaron  este  dia  como  el  comienzo  de  una 
nueva  era  de  paz  y  prosperidad.  «Alégrase  España,  dice 
aquí  la  Historia  Composteluna  {1),  con  la  reconciliación  de 
la  madre  y  del  hijo^  y  regocíjase  ante  la  perspe3tiva  de 
la  paz  futura.  Gózanse  los  Obispos,  los  Prelados,  los  Cón- 
sules, los  ^lagnates,  los  caballeros,  los  burgueses  y  los 
campesinos  con  la  esperanza  de  la  paz,  y  porque  juzgan 
haber  recobrado  lo  que  habían  perdido  á  la  muerte  del 
Rey  D.  Alfonso.  Quieren  todos  por  Rey  al  Príncipe  Al- 
fonso, aunque  niño,  en  lugar  de  su  padre  y  de  su  abuelo, 
porque  presienten  que  ha  de  seguir  las  huellas  de  paz  y 
de  justicia,  que  han  dejado  el  nobilísimo  Rey  D.  Alfonso 
y  el  Conde  Raimundo.  Execran  al  Rey  de  Aragón,  y 
prometen  ser  sus  enemigos  implacables,  con  tal  que  el 
joven  D.  Alfonso  reine  sobre  olios.» 

Tal  era  el  entusiasmo  y  aún  ansiedad,  con  que  todas 
las  clases  sociales  se  agruparon  en  torno  del  joven  Prín- 
cipe D.  Alfonso.  El  cual,  organizando  su  casa  como  tal 
Rey,  nombró  su  Alférez  ó  porta- estandarte  á  D.  Rodrigo 
Pérez,  hijo  del  Conde  de  Traba,  su  Mayordomo  al  noble 
gallego  Ero  Armentáriz,  que  ya  había  estado  empleado 
en  la  casa  de  su  padre  D.  Raimundo,  y  su  Canciller  al 
Canónigo  compostelano  Martín  Peláez. 


(1)     Lib.  I,  cap.  CXITI,  pág.  22G. 


470  LIBHO    SEGUNDO 


A  principios  de  Junio  del  mismo  año  1117,  vino 
D.'^  Urraca  á,  Galicia  para  ratificar  j  dar  mayor  firmeza 
al  convenio  que  acababa  de  firmarse  á  orillas  del  Tani- 
ore.  En  prueba  de  la  gratitud  que  sentía  liacia  D.  Diego 
Gelmírez  por  los  eminentes  servicios  que  últimamente 
le  había  prestado,  exhortó  á  los  compostelanos,  que  aún 
persistían  en  su  rebeldía,  á  que  fuesen  más  sumisos  y 
respetuosos  para  con  su  Obispo,  y  á  que  reconociesen  su 
autoridad  y  su  señorío  en  Santiago.  No  ocultó  tampoco 
al  Conde  de  Traba,  ni  á  sus  hijos  el  gran  aprecio  que  de 
ellos  hacía.  Después  de  su  acostumbrada  visita  al  casti- 
llo de  Lobeira,  volvió  á  Santiago,  y  en  Iria  encontró  á 
D.  Diego,  que  había  salido  á  esperarla.  Antes  de  prose- 
guir el  viaje,  discurrióse  allí  sobre  los  medios  de  reducir 
á  la  obediencia  á  los  compostelanos,  y  castigar  su  alti- 
vez y  soberbia.  Con  tal  ánimo,  entraron  en  la  ciudad  la 
Reina  y  el  Obispo,  seguidos  de  una  fuerte  escolta  á  las 
órdenes  de  los  hijos  del  Conde  de  Traba,  D.  Bermudo  y 
D.  Fernando,  y  de  D.  Fernando  Yáñez.  En  las  af aeras 
quedaron  acampados  el  Rey  D.  Alfonso  y  su  ayo  D.  Pe- 
dro con  buen  golpe  de  gente  de  á  caballo. 

Empero,  la  reconciliación  de  madre  é  hijo,  al  menos 
por  parte  de  D.^  Urraca,  no  fué  tan  sincera  como  pudie- 
ra desearse;  fué  reconciliación  de  circunstancias.  Doña 
Urraca  anhelaba  arrancar  de  poder  del  Rey  de  Aragón 
las  tierras  j  villas  que  éste  continuaba  aún  tiranizando; 
pero  para  tal  empresa,  por  sí  sola  se  consideraba  impo- 
tente, y  reconoció  que  sólo  con  la  ayuda  de  los  partida- 
rios de  su  hijo,  podía  arriesgarse  á  una  campaña  seria 
contra  el  Monarca  aragonés.  Quiso,  además,  para  preve- 
nir complicaciones,  dejar  bien  asentada  la  paz  y  el  or- 
den en  sus  Estados^  particularmente  en   Compostela, 


LOS  TRES  PRIMEHOS  SIGLOS  BE  LA  I.  COMPOSTRLA.NA         471 

cuyo  señor  y  Obispo  relevantísimos  servicios  podía  pres- 
tarle en  aquella  ocasión.  Estas  faeranlas  principales  ra- 
zones que  la  movieron  á  venir  apresuradamente  á  Gali- 
cia á  mostrarse  condescendiente  con  el  Príncipe,  y  á 
acordar  con  D.  Diego  Gelmírez  la  manera  de  castigar  se- 
veramente y  escarmentar  á  los  rebeldes  compostelanos, 
que  ya  llevaban  un  ano  de  dominación  omnímoda  en  la 
ciudad  del  Apóstol.  Y  como  nada  tuvo  que  agradecerles 
D.^  Urraca  durante  este  tiempo,  por  eso  se  sintió  más 
estimulada  á  reprimir  con  mano  fuerte  su  procacidad. 

Siempre  la  ira  fué  mal  consejera,  y  la  verdad  de  esta 
máxima  nunca  se  vio  más  claramente  patentizada,  que 
en  la  actitud  que  tomaron  los  rebeldes  compostelanos 
en  esta  ocasión.  Cuando  vieron  que,  contra  todas  sus  es- 
peranzas, la  Reina  trataba  con  todo  género  de  conside- 
raciones á  D.  Diego  Gelmírez;  cuando  vieron  que  contra, 
ellos  se  promulgaban  las  más  severas  penas  y  se  toma- 
ban las  más  serias  precauciones;  cuando,  por  fin,  advir- 
tieron que  se  les  citaba  y  emplazaba  para  que  diesen 
cuenta  de  su  pasada  conducta,  lejos  de  prestar  oídos  á 
los  consejos  de  la  prudencia,  se  obstinan  cada  vez  más 
en  su  rebeldía,  y,  añadiendo  provocación  á  provocación, 
se  parapetan  en  sus  casas,  se  proveen  de  toda  clase  de 
armas  y  refuerzan  y  aumentan  las  fortificaciones  de  la 
ciudad. 

La  Reina  observaba  y  disimulaba,  mientras  no  tuvo 
reunidas  las  fuerzas  necesarias  para  dar  un  certero  gol- 
pe. ^^  así  que  las  tuvo,  entró,  como  hemos  dicho,  en 
Santiago.  La  actitud  resuelta  de  D.^  Urraca,  desconcer- 
tó algún  tanto  á  los  rebeldes;  pero  no  les  hizo  caer  de 
ánimo.  Citados  y  emplazados,  como  reos  de  alta  traición 
y  otros  crímenes  que  se  les  imputaban,  en  vez  de  acudir 


472  LIBUO  SEGUNDO 


al  llamamiento,  apelaron  al  único  recurso  que  les  que- 
daba para  demorar  la  acción  de  la  justicia;  se  refugia- 
ron en  las  iglesias,  principalmente  en  la  Catedral.  Uno 
de  los  jefes  de  la  insurrección,  el  famoso  Arias,  se  retiró 
al  ^[onasterio  de  San  Martín,  y  tomó  el  hábito  de  Mon- 
je. Algunos,  menos  animosos,  se  ocultaron  en  subterrá- 
neos ó  en  otros  recónditos  escondrijos. 

D.^  Urraca,  que  no  parecía  dispuesta  á  tolerar  que 
así  quedasen  burladas  sus  disposiciones,  pidió  al  Prelado 
la  extradición  de  los  reos  que  se  habían  refugiado  en  la 
Catedral,  que  era  á  donde  se  había  acogido  la  gente 
más  granada  de  entre  los  rebeldes.  D.  Diego  contestó 
que  no  era  lícito  quebrantar  el  privilegio,  ni  extraer  de 
la  Iglesia  á  ningún  reo,  por  culpable  que  f  aese;  y  que  lo 
único  que  podía  hacerse,  era  confiscarles  todo  cuanto 
tuviesen  fuera  de  la  Iglesia.  A  esto  repuso  la  Reina,  que 
si  tanta  era  la  seguridad  que  les  daba  el  lugar  santo,  no 
era  necesario  que  estuviesen  tan  armados  como  se  ha- 
llaban; y  que,  por  consiguiente,  ó  debían  dejar  las  ar- 
mas, ó  había  que  establecer  en  la  Iglesia  un  retén  de 
tantos  soldados,  por  lo  menos,  cuantos  eran  los  rebeldes. 
No  se  ocultó  á  D.  Diego  cuan  en  su  punto  estaba  la 
observación  de  la  Reina;  así  es  que  despachó  al  instante 
mensajeros,  que  en  su  nombre  y  en  el  de  D.^  Urraca, 
intimasen  á  los  rebeldes  que  depusiesen  las  armas.  Esta 
fué  la  chispa  que  prendió  fuego  á  la  mina.  El  oír  los 
amotinados  la  intimación  y  arrojarse  sobre  los  mensaje- 
ros, fué  una  sola  cosa.  Éstos  se  salvaron  casi  por  mila- 
gro, retirándose  precipitadamente  á  las  galerías  de  la 
Iglesia.  Vióse  entonces  la  Catedral  convertida  en  verda- 
dero campo  de  batalla.  Combatían  los  de  abajo  con  pie- 
dras, dardos  y  saetas,  á  los  que  estaban  en  la  parte  alta. 


LOS  TbES  PaiMEROS  SIGLOS  DE  LÁ  I.  COMPOSTeLaNá  4Tí] 

y  éstos,  á  su  vez,  se  defendían  con  valor  y  esfaerzo.  Un 
pelotón  de  sublevados,  salió  á  sitiar  lo  que  quedaba  del 
contiguo  Palacio  episcopal  en  donde  se  hallaban  la  Rei- 
na y  D.  Diego.  Al  mismo  tiempo,  otros  se  salieron  de  la 
Iglesia  y  se  esparcieron  por  la  ciudad  gritando  á  gran- 
des voces  que  los  soldados  de  la  Reina  y  del  Obispo 
estaban  maltratando  á  los  que  habían  buscado  asilo  en 
la  Iglesia.  Y  como  si  ésta  fuera  la  señal  convenida,  de 
todos  los  ángulos  de  la  ciudad  acudieron  en  tropel  hacia 
la  Catedral  grupos  de  gente  armada  para  unirse  é  in- 
corporarse con  los  refugiados.  Inútil  fué  que  durante  la 
travesía  algunos  vecinos,  tanto  del  Clero,  como  del  pue- 
blo, les  advirtiesen  que  todo  aquello  era  una  invención 
y  una  patraña.  Cada  vez  precipitaron  más  su  carrera 
hacia  la  Iglesia,  en  la  cual  llegaron  á  reunirse  más  de 
tres  mil  hombres  armados  y  dispuestos  á  todo.  Para 
vencer  más  fácilmente  la  resistencia  de  los  que  se  defen- 
dían desde  las  espaciosas  galerías  de  la  Catedral,  no 
titubearon  en  poner  fuego  á  la  Iglesia.  No  tardaron  las 
llamas  en  envolver  con  sus  inmensas  espirales  todo  el 
edificio,  y  en  reducir  á  cenizas  la  parte  de  la  techumbre 
que  aún  estaba  formada  de  solas  tablas  y  de  ramas  de 
tamariscos.  ¡Tan  desolador  espectáculo,  hizo  arrancar 
lágrimas  á  algunos  fieles  que  lo  presenciaron,  y  llenó  de 
estupor  á  los  peregrinos  que  habían  venido  á  visitar  el 
Cuerpo  del  Apóstol! 

Vista  la  audacia  y  la  fortuna  de  los  sublevados, 
D.^  Urraca  y  D.  Diego  no  se  consideraron  seguros  en  el 
Palacio,  y  tuvieron  á  gran  dicha  el  poder  refugiarse  en 
la  torre  de  las  campanas  con  los  caballeros  que  los  acom- 
pañaban. Entonces  los  rebeldes  concentraron  en  este 
punto  todos  sus  esfuerzos,  no  sin  haber  saqueado   anteg 


474  LIBRO    SEGUNDO 


el  Palacio  episcopal  arrebatando  todos  cuantos  objetos 
de  valor  les  fué  dado  encontrar.  Desde  las  bóvedas  y 
desde  las  demás  torres  de  la  Iglesia  y  desde  la  torre  del 
Palacio  episcopal,  comienzan  á  combatir  con  verdadero 
furor  la  de  las  campanas,  que  se  defendía  con  gran  de- 
nuedo, como  que  entre  sus  hombres  de  armas  se  conta- 
ban los  hijos  del  Conde  de  Traba,  D.  Fernando  y  Don 
Bermudo,  D.  Fernando  Yáñez,  Gundesindo,  hermano 
del  Obispo,  y  otros  no  menos  valerosos.  La  larga  y  te- 
naz resistencia  de  los  sitiados  de  tal  manera  exasperó  á 
los  rebeldes,  que  para  abreviar  la  rendición  de  la  torre, 
resolvieron  valerse  del  fuego.  Para  esto  prepararon  ma- 
terias inflamables  en  cantidad  suficiente  y  reunieron 
gran  porción  de  combustibles,  y  levantando  en  alto  y 
cruzando  los  escudos  á  manera  de  la  testudo  de  los  Ro- 
manos, arrojai-on  todo  por  la  ventana  más  baja  de  la 
torre.  No  tardó  el  voraz  elemento  en  causar  el  efecto 
que  se  pretendía,  hasta  el  punto  de  que,  quemados  los 
maderos  que  sostenían  las  campanas,  se  precipitaron  és- 
tas con  horrible  estrépito  por  la  torre  abajo.  Ante  este 
nuevo  enemigo  comprendieron  los  sitiados  que  era  in- 
útil toda  resistencia,  y  que  no  les  quedaba  más  recurso 
que  prepararse  para  la  muerte.  Y  en  efecto,  D.  Diego 
Gelmírez  convocó  á  todos,  y  comenzó  á  exhortarles  con 
el  fervor  y  compunción  que  requería  el  caso,  instándo- 
les para  que,  ya  que  tenían  la  muerte  á  los  ojos,  se  arre- 
pintiesen y  pidiesen  perdón  á  Dios  de  sus  pecados  é  hi- 
ciesen confesión  de  sus  culpas.  Todos  se  echaron  á  los 
pies  del  Prelado,  se  confesaron  y  con  lágrimas  y  gemi- 
dos pidieron  absolución  de  sus  culpas.  A  su  vez,  D.  Die- 
go, se  confosó  con  el  Abad  de  San  Martín. 

Mas  el  peligro  se  hacía  por  momentos  cada  vez  más 


LOS  TEES  PEIMEHOS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELAÍÍA  475 

terrible  é  inminente;  así  es  que  la  Reina  dirigiéndose  al 
Obispo:  — Scilkl  vos  Padre,  \q  dijo  desolada,  salid  de  este  in- 
cendio, para  que  yo  pueda  salir  contigo.  A  ros,  al  menos,  os 
respetarán  como  d  su  Obispo  y  á  su  Señor.  — Nada  de  eso.  Se- 
ñora, contestó  D.  Diego,  d  m'i,  y  á  mis  famil'ares,  es  á  quien 
principalmente  buscan.  En  esto  se  oyeron  voces  de  algunos 
de  los  sitiadores,  que  advirtiendo  sin  duda  por  los  llan- 
tos y  lamentos  la  consternación  que  reinaba  dentro  de  la 
torre,  gritaban:  — La  Reina,  que  sahja,  si  quiere:  á  ella  sola 
damos  licencia  para  salir.  D.^  Urraca,  pedido  antes  segu- 
ro, se  decidió  á  salir;  y  en  efecto,  hasta  que  llegó  á  las 
galerías  de  la  Iglesia  no  encontró  dificultad;  pero  allí  se 
apoderaron  de  ella  las  turbas,  hicieron  girones  sus  ves- 
tidos, y  la  dejaron  desnuda  de  pechos  abajo  y  arrojada  á 
lo  largo  en  el  suelo.  Algunos  hubo,  que  aun  quisieron 
apedrearla,  y  entre  ellos  una  vieja  que  la  liirió  con  un 
canto  en  la  mejilla.  Qué  á  tanto  llega  la  insolencia  y 
ferocidad  de  un  pueblo  desenfrenado! 

La  especie  de  tregua  y  aún  confusión  que  ocasionó 
la  salida  de  la  Reina,  animó  á  los  sitiados  á  hacer  un 
esfuerzo  supremo  para  romper  el  círculo  de  hierro  y  de 
fuego  en  que  estaban  metidos.  Crundesindo,  el  hermano 
del  Obispo,  el  mayordomo  y  el  gentilhombre  de  boca, 
Rodrigo  Oduáriz  y  Ramiro,  y  Diego  el  Bizco,  alguacil 
mayor  de  la  ciudad,  se  arrojaron  sobre  los  enemigos,  y 
cayeron  atravesados  á  lanzazos  ó  á  sablazos.  Otros,  más 
ágiles  ó  afortunados,  consiguieron  atravesar  intactos  por 
entre  las  espadas  enemigas;  tal  fué  Pedro,  sobrino  de 
D.  Diego  y  Prior  del  Cabildo.  Y  otros,  por  fin,  aunque 
heridos  y  maltrechos,  lograron  fugai'se. 

D.  Diego,  persuadido  de  que  de  permanecer  por  más 
tiempo  en  la  torre,   no  podía  esperar  otra  cosa  que  l3k 


47()  libuo  segundo 


muerte,  y  una  muerte  horrrible,  tentó  igualmente  la  fu- 
ga. Se  envolvió  en  un  viejo  y  grueso  manto,  y  estrechan- 
do en  sus  manos  un  crucifijo  que  le  había  dado  el  Abad 
de  San  Martin,  bajó  de  la  torre,  y  se  adelantó  por  entre 
las  turbas,  que  con  el  ardor  del  combate  sólo  atendían 
á  parar  y  devolver  golpes.  Atravesó  las  galerías,  bajó  á 
las  naves  de  la  Catedral  y  salió  por  la  puerta  de  Santa 
María  sin  ser  de  nadie  reconocido.  Se  guareció  en  la  in- 
mediata iglesia  de  Santa  María  de  la  Corticela,  acom- 
pañado tan  sólo  del  Canónigo  Miguel  González,  que  no 
se  separó  un  momento  de  su  lado.  Allí  serenó  y  confor- 
tó su  espíritu  recibiendo  sacramentalmente  el  Cuerpo  de 
Nuestro  Señor  Jesucristo  bajo  las  dos  especies  de  pan  y 
vino,  como  aún  entonces  se  acostumbraba,  y  se  ocultó 
después  como  mejor  pudo,  resuelto  á  esperar  al  pie  del 
altar  el  desenlace  de  los  acontecimientos. 

En  esto  se  acercaron  varios  Canónigos  deseosos  de 
adquirir  noticias  acerca  del  paradero  del  Prelado;  pero 
aunque  Miguel  González  pretendió  alejarlos  según  las 
instrucciones  que  tenía  de  D.  Diego,  no  pudo  conseguir- 
lo hasta  que  bajo  juramento  les  manifestó  que  el  Prela- 
do se  hallaba  sano  y  salvo  y  en  sitio  seguro. 

Al  poco  tiempo  llegó  también  á  la  iglesia  de  la  Cor- 
ticela buscando  refugio  la  Reina  D.^  Urraca;  á  la  cual 
no  se  ocultó  el  paradero  de  D.  Diego,  pero  ambos  para 
mayor  precaución  disimularon  y  permanecieron  cada 
uno  en  su  sitio.  Apenas  D.^  Urraca  había  comenzado 
á  reponerse  de  los  pasados  sustos  y  sobresaltos,  penetró 
en  la  iglesia  una  gran  turba  de  hombres  armados.  Eran 
algunos  de  los  compostelanos,  que  lamentando  y  repro- 
bando altamente  lo  que  había  ocurrido,  venían  á  po- 
íierse  á  las  órdenes  de  la  Reina,   tanto  para  darle  una 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELÁNA  477 

satisfacción  de  las  atroces  injurias  de  que  había  sido 
blanco,  como  para  velar  por  la  seguridad  de  su  persona. 
D.^  Urraca  verdaderamente  enojada;  pero,  esforzándose 
para  demostrar  aún  mayor  enojo,  — A  que  venís  aquí  mal- 
vados, les  dijo,  ¡perversos!  ¡impíos!  Id,  corred  d  salvar  d  vuestro 
Prelado  que  está  muriendo  abrasado  en  la  torre.  ¿Xo  os  horro- 
rizáis, infames,  de  vuestra  propia  ynaldad? — Los  compostela- 
nos  no  osaron  replicar,  y  salieron  precipitadamente  con 
dirección  á  la  torre.  D.^  Urraca,  viendo  despejada  la 
iglesia,  se  retiró  al  inmediato  convento  de  San  Martín. 
D.  Diego,  por  su  parte,  siguió  el  ejemplo  de  la  Reina,  y 
encaramándose  por  los  tejados  y  por  las  paredes,  penetró 
por  una  ventana  en  casa  de  un  cierto  Maurino,  que  por 
lo  que  parece  debía  ser  comerciante  en  paños  y  telas. 
Acompañábanle  el  Canónigo  Miguel  González  y  dos 
franceses  avecindados  en  Santiago,  que  en  esta  ocasión 
le  prestaron  eminentes  servicios.  Ocultóse  D.  Diego  con 
el  Canónigo  González  entre  los  fardos  de  paños  y  vesti- 
dos; los  franceses  se  sentaron  al  pie  de  aquel  hacinamien- 
to de  ropas.  Mas  los  enemigos  de  D.  Diego  no  se  dormían; 
al  poco  rato  se  presentaron  cuatro  hombres  armados 
dispuestos,  al  parecer,  á  registrar  todos  los  rincones  de  la 
casa.  Interpelados  los  franceses  contestaron  que  se  ha- 
llaban allí  reposando  de  las  fatigas  del  combate.  En  es- 
to aparece  la  dueña  de  casa  dando  voces  é  increpando  y 
tratando  á  los  rebeldes  de  invasores  y  allanadores  de  su 
morada.  Los  franceses  íingióndoso  ofendidos  con  los  gri- 
tos de  la  buena  mujer,  se  dirigieron  á  los  cuatro  arma- 
dos, y  les  dicen:  — Salgamos  de  aquí  y  dejémosla  en  paz. 

Así  se  alejó  aquel  peligro;  pero  Gonzalo,  yerno  de  la 
dueña  de  casa,  aconsejó  y  rogó  al  Obispo  que  se  saliese 
y  se  ocultase  on  otro  sitio  más  retirado.  El  mismo  Gon- 


478  LIBRO  SEGUNDO 


zalo  tomó  una  hacha  y  derribó  el  tabique  de  la  casa  in- 
mediata, y  luego  el  de  la  siguiente,  y  después  el  de  la 
tercera,  hasta  que  llegó  á  la  de  Froilán  Rudesíndez  ó 
Rosende,  que  estaba  en  el  centro  de  la  población  (1). 
La  dueña  de  casa  comenzó  á  gritar:  ¡Ladrones!  ¡ladro- 
nes! El  Canónigo  González  procuró  aquietarla  diciéndo- 
le  que  estaba  allí  un  amigo  de  su  marido,  el  mayordo- 
mo de  la  Reina,  Froilán  Menéndez,  que  venía  á  buscar 
refugio  en  su  casa;  pero  afortunadamente  no  tardó  en 
aparecer  el  marido,  que  reconociendo  al  punto  á  Don 
Diego  — «Gracias  á  Dios,  carísimo  Padre,  le  dijo  lloran- 
do, que  os  ha  librado  de  las  garras  de  vuestros  enemi- 
gos. Venid  conmigo,  que  yo  os  llevaré  á  un  sitio  segu- 
ro.»—  Y  esto  diciendo,  lo  guió  á  una  profunda  cueva,  en 
donde  el  Prelado  con  su  inseparable  compañero  el  Ca- 
nónigo González  estuvo  largo  tiempo  llorando  su  des- 
gracia. 

Los  rebeldes  que  D.*  Urraca  había  despachado  de  la 
iglesia  de  la  Corticela,  se  encaminaron,  en  efecto,  hacia 
la  torre  de  las  campanas  con  ánimo  de  apagar  el  incen- 
dio y  de  salvar,  si  era  posible,  al  Prelado.  A  fuerza  de 
agua  apagaron  el  fuego,  y  con  las  armas,  obligan  á  sus 
compañeros  á  cesar  de  batir  la  torre.  Estimulados  des- 
pués por  los  lamentos  de  los  pobres,  de  las  viudas  y  de 
buena  parte  del  Clero  y  pueblo,  que  clamaban  por  su 
padre  y  Pastor,  buscan  afanosos  al  Prelado;  mas  con 
gran  sorpresa  suya,  á  pesar  de  todas  sus  diligencias, 
no  lo  encuentran.  Muchos  de  los  rebeldes  se  regocijaro]i 


(1)  Estas  casas  debían  estar  sobre  las  escaleras  de  la  plaza  de  la 
Quintana.  De  aquí  se  colige  que  aún  eran  muchos  los  comjwstelanos  quo 
no  lialjían  tomado  parte  ou  la  insurrección. 


LOS   TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA  479 

en  su  interior  de  este  resultado;  y  aún  de  buena  volun- 
tad se  prestarían  á  enmendar  lo  hecho  si  se  presentase 
ocasión.  Otros,  por  el  contrario,  se  exasperaron  ante  este 
golpe  frustrado,  y  de  tal  modo  se  movieron  y  agitaron, 
que  lograron  arrastrar  á  los  demás.  ¡Tan  difícil  es  encau- 
zar las  pasiones  de  un  pueblo  desbordado!  Además  de 
estos  dos  partidos,  moderado  y  exaltado,  había  otro  de 
los  que  horrorizados  de  sus  propios  excesos  y  viendo  ya 
el  castigo  sobre  sus  cabezas,  sólo  se  preocupaban  de  su 
seguridad  personal.  En  medio  de  esta  confusión  y  anar- 
quía, aún  consiguió  no  perder  del  todo  su  prestigio  é  in- 
fluencia un  hombre  malvado  é  infame,  que  había  sido  el 
principal  promovedor  de  esta  agitación.  La  Compostela- 
na  (1)  calla  su  nombre;  poro  como  advierte  que  durante 
todo  el  tiempo  de  la  insurrección  liabía  morado  en  Com- 
postela, parece  insinuar  que  tan  insigne  revoltoso  era 
extraño  á  la  ciudad.  Lo  que  este  ambicioso  anhelaba 
era  la  repetición  del  drama  de  D.  Diego  Peláez.  Es  sa- 
bido que  este  Prelado  fué  despojado  de  su  Sede  por  Don 
Alfonso  VI,  que  en  su  lugar  puso  un  administrador  que 
gobernase,  al  menos  en  el  nombre,  la  Diócesis.  Pues 
bien;  lo  que  pretendía  aquel  malvado,  que  así  le  llama 
la  Compostelana  (neqnissimus) ,  era  que  D.^  Urraca  destitu- 
yese á  D.  Diego  Gelmírez,  y  lo  nombrase  á  él  adminis- 
trador de  la  Diócesis  de  Santiago. 

Nótase,  sin  embargo,  cierta  indecisión  y  vacilamien- 
to  en  el  modo  de  obrar  de  los  rebeldes  compostelanos. 
Hemos  dejado  á  D.  Diego  sepultado,  con  el  Canónigo 
González,  en  una  cueva  do  la  casa  de  Froilán  Rudesín- 
dez.  Los  dos  Franceses,  de  acuerdo  con  el  Obispo,  habían 


(1)     Lib.  I,  cap.  CXIV,  uiíiu.  13. 


480  LIBRO    SEGUNDO 


salido  en  busca  de  caballos,  en  los  cuales,  así  que  viniese 
la  noche,  pudiesen  efectuar  la  fuga  por  la  liuerta  del 
Monasterio  de  San  Martín.  Mas  he  aquí  que  cuando  los 
dos  buenos  extranjeros  volvieron  para  dar  razón  de  que 
ya  estaba  todo  preparado,  se  presentó  en  casa  de  Rude- 
síndez  una  comisión  compuesta  de  Pedro,  Prior  de  la 
Canónica,  el  Abad  de  San  Pelayo  de  Antealtares  y  de 
Pelayo  Díaz,  Monje  del  mismo  Monasterio,  que,  en  nom- 
bre de  la  ciudad,  venían  á  hablar  con  el  Prelado.  El 
cual  no  pudo  negarse  á  recibir  tales  personas,  que  le  ex- 
pusieron en  los  siguientes  términos  el  objeto  de  su  mi- 
sión: —  «Señor,  venimos  enviados  por  el  Clero  y  pueblo 
de  toda  la  ciudad.  Están  arrepentidos  de  lo  que  han  he- 
cho contra  tí  y  dispuestos  á  darte  satisfacción  cumplida; 
pues  te  aman  como  á  su  Señor  y  á  su  Obispo.  Cerca  de 
mil,  entre  Clérigos  y  legos,  te  esperan  en  el  claustro  de 
San  Pelayo  para  prestarte,  en  nombre  de  todos  los  de- 
más, juramento  de  amor  y  de  fidelidad.  Sal  de  este  sub- 
terráneo, y  ven  á  reconciliarte  con  ellos,   que  nunca  los 
tuviste  más  sumisos  y  leales. »  A  D.  Diego  Gelmírez  pa- 
reció inverosímil  tan  pronta  y  completa  sumisión  de  los 
rebeldes;  así  es  que  contestó  á  los  enviados:  —  «Id  y  ma- 
nifestad á  esos  mil  que  decís,  que  yo  me  encuentro  sano 
y  salvo,  pero  sin  revelar  á  nadie  el  sitio  en  donde  estoy; 
y  que  mañana  me  presentaré  en  público,  con  tal  que  an- 
tes cien  de  entre  ellos,  y  no  más,  hagan  el  juramento 
de  fidelidad.» 

Volvieron  los  enviados  no  muy  satisfechos  del  resul- 
tado de  su  Legacía;  pero  cuando,  entre  los  mil  que  esta- 
ban en  el  claustro  de  San  Pelayo,  no  hallaron  ni  uno 
sólo  que  quisiese  prestar  el  juramento  que  se  pedía, 
comprendieron  el  infame  juego  de  que  habían  sido  vic- 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELÁNA         481 


timas.  Pedro,  el  sobrino  del  Obispo,  consternado,  no  se 
atrevió  á  salir  de  la  iglesia  de  San  Pelayo.  El  Abad 
volvió,  con  el  Monje,  á  referir  á  D.  Diego  lo  que  había 
ocurrido.  Mas  como  la  permanencia  del  Obispo  en  aquel 
subterráneo  se  había  hecho  peligrosa,  se  acordó  que  de 
noche  pasase  á  la  iglesia  de  San  Pelayo,  en  donde  esta- 
ría oculto  hasta  que  todo  estuviese  dispuesto  para  la 
fuga.  Venida,  pues,  la  noche,  salió  D.  Diego,  lo  más  se- 
cretamente que  se  pudo,  para  la  iglesia  de  San  Pelayo, 
en  donde  el  Abad  lo  ocultó  en  el  Tesoro.  A  excepción 
del  Tesorero  y  de  Pelayo  Díaz,  ninguno  de  los  demás 
Monjes  llegó  á  sospechar  siquiera  que  D.  Diego  estuvie- 
se en  la  iglesia.  Invitóle  el  Abad  á  tomar  alguna  cosa, 
pues  aún  estaba  en  ayunas.  — «No  es  justo  que,  estando 
para  ser  despedazado  mañana  por  las  espadas  de  mis 
enemigos,  quebranto  ahora  el  ayuno.  Sólo  la  clemencia 
y  misericordia  de  Dios,  que  hasta  el  presente  me  salvó 
de  tantos  peligros,  podrá,  si  es  su  voluntad,  librarme  de 
los  que  aún  me  restan.»  Al  fin,  instado  por  el  Abad, 
tomó  una  escasa  ración  de  vino  y  pan,  y  luego  que  que- 
dó sólo  con  el  leal  Canónigo  González,  se  entregó  por 
algún  tiempo  al  descanso.  A  media  noche,  desde  una 
ventana  que  había  en  el  Tesoro,  asistió  á  los  maitines 
que  cantaron  los  Monjes. 

¡Admii*ablo  contraste  ofrecía  lo  que  estaba  pasando 
aquella  noche  en  los  dos  conventos  de  San  Pelayo  y  do 
San  Martín  y  en  la  ciudad  compostelana!  En  aquellos 
todo  era  sosiego,  calma  y  tranquilidad;  en  ésta  todo  era 
estruendo,  agitación  é  inquietud.  En  aquellos,  los  mora- 
dores se  ocupaban  en  las  divinas  alabanzas  y  en  orar 
por  sus  semejantes;  en  ésta,  todo  era  menospj-ecio  de  las 
leyes  y  de  las  cosas  santas,  é  incesante  hervor  de  las  pa- 


ToMo  UI.-31; 


4S2  LiBíio  enauNDO 


siones  más  violentas.  Allí,  tenían  asilo  seguro  los  perse- 
guidos y  angustiados;  aquí,  no  se  hacía  más  que  maqui- 
nar en  daño  del  prójimo. 

Y  en  efecto,  los  compostelanos,  comprendiendo  que 
no  había  tiempo  que  perder,  al  rayar  el  alba  del  día  si- 
guiente, que  era  domingo,  se  hallaban  todos  congrega- 
dos en  la  Canónica.  Muchos  no  se  hallaban  allí  por  su 
voluntad,  sino  estrechados  por  las  amenazas  de  los  más 
exaltados.  Presidía  la  reunión  el  jefe  de  quien  hemos 
hablado,  el  cual,  con  vehementes  frases  y  con  la  urgen- 
cia que  requería  el  caso,  les  exhortó  á  que  permanecie- 
sen firmemente  unidos  y  compactos,  y  les  propuso  el 
plan  que  se  debía  seguir.  Para  evitar  compromisos  y 
diferencias,  los  manipuladores  del  movimiento  se  habían 
repartido  ya  de  antemano  y  fraternalmente  los  cargos 
más  codiciados  de  la  ciudad,  como  el  de  Corregidor,  el 
de  Recaudador  de  las  limosnas  del  Altar  de  Santiago,  el 
de  Prior,  el  de  Presidente  de  la  Canónica,  etc..  El  plan 
propuesto  por  el  jefe  de  los  insurrectos,  abrazaba  los  si- 
guientes puntos:  primero,  fortificar  la  ciudad  con  nuevas 
obras  de  defensa;  segundo,  expulsar  á  todos  los  que  se 
negasen  á  hacerse  cómplices  de  la  insurrección;  y  terce- 
ro, hacer  las  paces  con  la  Reina,  y  darle  satisfacción  por 
las  injurias  que  se  le  infirieran.  Otro  punto  había  que  el 
taimado  jefe  aparentó  dejar  á  la  iniciativa  de  la  concu- 
rrencia, y  era  el  que  se  refería  á  D.  Diego,  y  á  lo  que 
habría  qué  hacer  con  él.  Entonces  tuvo  lugar  una  esce- 
na, quizás  la  más  repugnante  de  todas  cuantas  pasaron 
en  esta  insurrección.  Un  Clérigo,  que  desde  niño  había 
sido  educado  en  el  Palacio  episcopal;  un  Clérigo  á  quien 
D.  Diego  había  dado  un  cargo  honorífico  en  la  Catedral; 
un  Clérigo  á  quien  su  Obispo,  para  promover  su  instruc- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  483 

ción  y  hacer  más  brillante  su  carrera,  liabía  enviado  á 
Francia  á  perfeccionarse  en  los  estudios;  un  Clérigo,  en 
fin,  que  además  de  la  prebenda  que  gozaba  en  la  Cate- 
dral, había  recibido  de  su  Obispo  emolumentos  tan  con- 
siderables como  eran  el  préstamo  de  San  Julián  de  Ar- 
nois  y  la  mitad  de  los  de  Serantes,  Cea  y  Santa  Cristina 
de  Barro;  entonces,  repetimos,  este  Clérigo  se  levantó  y 
dijo  lo  siguiente:  — «Hermanos,  hasta  ahora  hemos  teni- 
do sobre  nosotros  un  señor  y  un  Obispo,  que  desde  este 
momento  es  indigno  de  llamarse  tal.  El  rebaja  la  digni- 
dad de  vuestra  Iglesia  y  os  oprime  bajo  el  pesado  yugo 
de  su  Señorío.  No  creo  que  ninguno  de  vosotros  lo  desee, 
ni  como  señor,  ni  como  Obispo;  por  mi  parte,  confieso 
delante  de  Dios  y  del  Apóstol  Santiago,  y  delante  de 
todos  vosotros,  que  para  mí,  ni  es  una  cosa,  ni  otra;  y  es- 
toy pronto  á  probar  que  justamente  le  pasó  todo  lo  que 
está  sufriendo,  y  que  debe  ser  privado  de  su  dignidad.» 

Fácil  es  de  presumir  el  efecto  que  haría  esta  mani- 
festación en  aquella  concurrencia.  La  mayoría  aplaudió 
frenéticamente  al  infame  é  ingrato  Clérigo,  y  sin  más 
deliberación  acordó  que  D.  Diego  debía  ser  despojado 
de  todos  sus  lionores  y  dignidades.  Los  que  sentían  de 
otra  manera,  en  medio  de  aquella  gritería,  en  medio  de 
aquel  torbellino  de  pasiones  desencadenadas,  no  se  atre- 
vieron á  despegar  sus  labios. 

Resuelto  este  punto  relativo  á  D.  Diego,  se  acordó 
enviar  una  diputación  á  D.^  Urraca  para  desagraviarla 
y  proponerle  la  paz  y  la  reconciliación.  ^ — «Confesamos, 
en  verdad,  ¡oh  Reina!,  decían  los  diputados,  que  mala- 
mente llevados  de  la  ira,  hemos  cometido  contra  tí  y 
contra  la  Iglesia  de  Santiago  lo  que  nunca  dcibiéramos 
haber  osado.  De  ello  nos  pesa,  y  por  eso  venimos  á  dar- 


48-i  LIBRO  SEGUNDO 


te  cumplida  satisfacción  por  nosotros  y  por  todos  nues- 
tros compañeros.  Perdónanos,  3-  te  devolveremos  todo  lo 
que  es  tuyo;  porque  á  toda  costa  queremos  reconciliar- 
nos contigo,  y  restablecer  y  jurar  entre  nosotros  una  paz 
firme  y  duradera.» 

En  esta  ocasión  salieron  á  los  rebeldes  compostela- 
nos  fallidos  sus  cálculos;  porque  en  las  artes  que  ellos 
preferentemente  cultivaban,  era  D.^  Urraca  insigne 
maestra.  — -«Mucho  me  place,  les  respondió  afectando 
gran  calma  y  afabilidad,  lo  que  me  decís.  Por  mi  parte, 
si  alguna  ofensa  me  habéis  hecho,  está  perdonada.  Me 
place  también  que  se  olvide  todo  lo  pasado,  y  que  se 
restablezca  entre  nosotros  la  paz  y  la  concordia. »  Enva- 
lentonados los  diputados  con  la  benigna  acogida  de  la 
Reina,  se  atrevieron  á  poner  condiciones  á  la  paz  qué 
pretendían.  — ^«No  queremos  á  Diego  por  Obispo;  añadie- 
ron, todos  lo  odiamos  y  aborrecemos,  porque  hasta  aho- 
ra no  hizo  sino  vejarnos  y  deprimir  el  nombre  de  nues- 
tra ciudad  y  de  nuestra  Iglesia.» —  «A  vuestro  Obispo 
juzgadlo  como  os  parezca,  repuso  D.^  Urraca,  si  queréis 
poner  otro  en  su  lugar  ponedlo;  en  todo  me  hallareis 
conforme.» 

El  júbilo  y  algazara  con  que  los  rebeldes  recibieron  las 
declaraciones  de  D.^  Urraca,  no  son  para  descritos. 
Aquel  Arias  que  había  sido  nombrado  Arcediano  por 
los  medios  que  hemos  dicho,  y  que  después  se  hizo  Mon- 
je on  San  Martín  para  eludir  la  acción  do  la  justicia, 
no  pudo  contenerse;  dejó  la  cogulla  y  vino  á  unirse  á  sus 
compañeros.  Era  hombre  emprendedor  y  resuelto;  pero 
no  sabía  hacer  las  cosas  con  oportunidad. 

Impacientes  los  rebeldes  por  ajustar  cuanto  antes  la 
paz  con  D.^  Urraca,  después  del  mediodía  enviaron  nue- 


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LOS  TKES  PRIMEROS  SIGLOS  BE  LA   I.  COATPOSTELANA        485 

va  diputación.  — <¿Q^^^  ^^  ^^  V^^  impide  que  la  paz  esté 
ya  liecha  entre  nosotros?,  contestó  la  Reina.  Tomad- 
me, cuando  queráis,  juramento  de  guardar  paz  y  alian- 
za con  vosotros;  y  además  os  doy  por  garantes  de  mi 
palabra,  por  de  pronto,  á  los  hijos  del  Conde  Pedro, 
Fernando  y  Bermudo,  y  á  Fernando  Yáñez,  que  están 
conmigo,  y  luego  que  salgáis  de  la  ciudad,  á  mi  hijo  y 
á  su  ayo  y  á  todos  los  demás  Condes  y  Magnates  de 
Gralicia.> —  Los  compostelanos  no  quisieron  oír  más; 
recibieron  el  juramento  que  los  tres  caballeros  dichos 
prestaron  según  la  intención  de  D.^  Urraca,  y  se  abstu- 
vieron de  poner  obstáculo  á  la  salida  de  ésta.  A  su  juicio 
nada  más  podían  desear;  habían  conseguido  su  objeto 
que  era  alejar  á  la  Reina;  y  por  consiguiente,  quedaban 
ellos  por  dueños  absolutos  de  la  ciudad.  Algunos  fueron 
escoltando  á  D.'^  Urraca,  á  la  cual  acompañaban  los  ca- 
balleros antes  citados,  hasta  un  soto  que  no  nombra  la 
ComposteUcjia,  pero  que  probablemente  sería  el  de  San 
Lorenzo,  porque  hacia  esta  parte  se  hallaba  el  Rey 
D.  Alfonso. 

D.  Diego  Gelmírez  continuaba  en  el  Tesoro  de  la 
iglesia  de  San  Pelayo  lleno  siempre  de  ansiedad  y  de 
angustia.  Sólo  el  Tesorero  del  Convento  le  iba  enteran- 
do con  más  ó  menos  exactitud  de  lo  que  pasaba  en  la 
ciudad.  Sin  duda  por  este  conducto  supo  que  la  Reina 
se  había  reconciliado  con  los  rebeldes.  Para  salir  de  la 
incertidumbre  en  que  le  puso  esta  noticia,  envió  á  San 
Martín  á  personarse  con  D.^  Urraca  al  fiel  monje  Pela- 
yo Díaz.  ¡Cuan  largos  se  hicieron  á  D.  Diego  los  mo- 
mentos que  tardó  el  buen  Monje  en  volver  de  su  lega- 
cía! Por  fin  volvió  Pelayo  Díaz,  y  sacó  al  Prelado  de  la 
angustia  en  que  se  hallaba,  revelándole  cuáles  eran  loi^ 


486  LIBRO  SEGUNDO 


propósitos  de  la  Reina.  Por  el  mismo  conducto  pudo 
D.  Diego  tener  noticia  de  un  hecho  que  debió  servirle 
de  gran  lenitivo  á  su  amargura.  Antes  que  la  Reina  se 
saliese  de  Santiago,  se  presentaron  ante  ella  algunos 
Cardenales  y  Canónigos  para  manifestarle,  que  estaban 
dispuestos,  aún  á  riesgo  de  la  vida,  á  probarle  la  inocen- 
cia de  su  Prelado — «¿Qué  hizo,  decían  á  D.^  Urraca, 
para  que  se  le  degrade?  ¿Qué  violencias  ha  ejecutado 
para  que  se  le  prive  de  sus  prerrogativas?  Nosotros  esta- 
mos prontos  á  responder  por  él  á  los  que  le  acusen,  si 
contestación  merecen  los  que  de  él  ni  una  sola  verdad 
dicen.» —  Por  un  miramiento,  quizás  mal  entendido,  la 
Composíelana  calló  el  nombre  de  aquel  Clérigo  que  en  la 
Junta  de  los  rebeldes  proclamó  á  D.  Diego  indigno  del 
Episcopado.  Aún  es  más  sensible  que  Griraldo  ó  Gerardo 
no  nos  hubiese  dado  los  nombres  de  los  Cardenales  y 
Canónigos  que  tuvieron  el  valor  y  abnegación  de  des- 
afiar las  iras  de  los  rebeldes,  y  levantar  su  voz  en  defen- 
sa de  un  inocente  vilmente  atropellado.  Es  de  creer  que 
uno  de  ellos  fuese  el  Cardenal  Pedro  Gundesíndez,  de 
quien  luego  tendremos  ocasión  de  hablar. 

Una  de  las  cosas  que  con  todo  interés  había  encar- 
gado D.^  Urraca  al  Obispo,  por  conducto  de  Pelayo 
Díaz,  era  que,  de  la  manera  que  le  fuese  posible,  aun- 
que fuera  reconciliándose  con  los  rebeldes,  procurase 
cuanto  antes  salirse  de  la  ciudad.  D.  Diego,  en  un  prin- 
cipio, estuvo  vacilando  sin  saber  qué  partido  tomar; 
pero  no  tardó  en  sacarlo  de  su  indecisión  un  gran  tumul- 
to que  sintió  en  la  iglesia.  Una  numerosa  turba  de 
sublevados  había  invadido  el  convento.  Registrado  el 
claustro,  penetran  en  la  iglesia,  recorren  todos  los  rinco- 
jies,  levantan  los  paños  y  velos  que  cubrían  los  altares, 


LOS   TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELAKA  487 

por  ver  si  allí  alguno  se  había  ocultado.  Afortunadamen- 
te, esto  pasaba  ya  cerca  de  la  noche,  y  la  poca  claridad 
no  permitía  percibir  bien  los  objetos.  No  dudaba  D.  Die- 
go de  que  él  era  el  blanco  de  toda  aquella  algarada:  así 
es  que  las  palabras  del  Monje  tesorero  que,  anhelante  y 
añigido,  le  decía:  — «Ahí  están  tus  enemigos,  que  se- 
dientos de  sangre  te  buscan  por  todas  partes:  quizás 
luego  penetren  aquí,  y  aquí  mismo  te  asesinen» —  no  le 
turbaron,  ni  anonadaron.  — ^«  ¡Huyamos,  Miguel!,  contes- 
tó, dirigiéndose  al  Canónigo  que  le  acompañaba:  toma 
tu  este  manto,  que  yo  pondré  esta  capa  vieja,  por  si  es 
voluntad  de  Dios  ,  que  podamos  atravesar  por  entre 
esas  turbas  sin  ser  conocidos. »  —  Y  en  efecto,  á  favor  de 
la  obscuridad  que  comenzaba  á  reinar,  y  confundidos  en- 
tre los  grupos  que  entraban  y  salían  y  recorrían  la  igle- 
sia y  el  convento  en  todas  direcciones,  pudieron  pasar 
al  claustro  más  inmediato,  luego  á  otro  claustro,  y  des- 
pués, saltando  varios  muros,  llegaron  hasta  la  capilla  de 
San  Pedro  de  la  Cerca,  en  la  Catedral,  desde  donde,  por 
el  tejado,  penetraron  en  el  dormitorio  de  los  Canónigos. 
Después  de  algunos  momentos  de  descanso,  atravesaron 
el  dormitorio  y  salieron  á  la  Quintana  del  palacio,  que  era 
una  plazuela  que  había  entre  el  dormitorio  y  el  refecto- 
rio de  los  Canónigos.  A  pesar  de  estar  la  calle  ilumina- 
da por  los  rayos  de  una  esplendorosa  luna,  y  transitada 
por  muchedumbre  de  gente  que  entraba  y  salía  en  tro- 
pel de  la  Catedral,  pudieron  llegar  sin  tropiezo  hasta  la 
inmediata  casa  del  Cardenal  Pedro  Gundesíndez. 

Las  circunstancias  favorecieron  por  el  momento  los 
movimientos  de  D.  Diego.  Los  compostelanos  acababan 
de  recibir  una  intimación  fatal,  y  lo  que  por  entonces 
más  les  preocupaba,  era  ver  cómo  podían  eludir  el  terri- 


488  LIBEO  SEGUNDO 


ble  golpe  que  tenían  encima.  Luego  que  D.^  Urraca  logró 
unirse  al  ejército  de  su  hijo,  que  estaba  acampado  en  el 
Monte  Pedroso,  envió  á  decir  á  los  compostelanos  que 
se  preparasen  para  la  defensa,  que  pronto  recibirían 
castigo  digno  de  su  maldad.  Quiso,  sin  duda,  que  aunque 
los  rebeldes  pudiesen  acusarla  de  perjurio,  no  tuviesen 
motivo  para  tacharla  de  descortés.  El  caso  fué  que  la 
intimación  de  D.^  Urraca  cayó  como  un  rayo  sobre  la 
cabeza  de  los  compostelanos.  Desde  aquel  instante,  no 
se  cuidaron  de  otra  cosa  que  en  convertir  la  Catedral 
en  su  último  refugio,  en  baluarte,  en  el  cual  concentra- 
sen sus  supremos  esfuerzos,  y  en  almacén  y  depósito  en 
que  guareciesen  su  substancia  y  sus  haberes.  Esta  fué  la 
razón  por  qué  al  atravesar  D.  Diego  la  Quintana  del  pala- 
cío,  encontró  tanta  gente  que  salía  y  entraba  en  la  Ca- 
tedral. Mientras  tanto  Gronzález  llamaba  á  la  puerta 
del  Cardenal,  el  Obispo  se  puso  á  la  sombra  para  no  ser 
reconocido.  Admitidos,  por  fin,  en  casa,  supieron  que  allí 
se  hallaban  convidados  á  cenar  algunos  Canónigos  que 
no  inspiraban  bastante  confianza  á  D.  Diego.  Permane- 
cieron, pues,  ocultos  hasta  que  se  marcharon  los  Canó- 
nigos, y  entonces  el  Cardenal  les  abrió  la  otra  puerta  de 
su  casa,  que  iba  á  dar  á  la  calle  que  hoy  se  llama  del 
Riego  de  Agua  ó  de  Gelmírez.  Antes  advirtió  al  Prelado 
que  sería  bien  que  se  proveyese  de  algunas  armas;  porque 
con  este  disfraz  era  más  fácil  alejar  toda  sospecha. —  «No 
quiero  más  armas,  contestó  D.  Diego,  que  las  de  Cristo? 
que  llevo  conmigo,  y  que  ayer  y  hoy  me  han  librado  de 
tantos  peligros.  Búscame,  sí,  pronto,  dos  hombres  arma- 
dos que  me  acompañen.»  — Gundesíndez  satisfizo  al  pun- 
to los  deseos  del  Prelado;  trajo  los  dos  hombres,  y  armado 
también  Miguel  Gronzález  con  la  lanza  do  uno  de  ellos? 


LOS  TBES  PEDÍEHOS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELAIÍA  489 

se  pusieron  todos  en  marcha  por  la  calle  ó  rita  del  Villar. 
Poco  antes  de  llegar  á  la  Puerta  Fajera,  tropezaron  con 
algunos  centinelas  que,  como  la  hora  era  ya  avanzada, 
estaban  tendidos  en  el  suelo.  Interrogados  quiénes  eran 
y  á  dónde  iban,  contestaron,  según  lo  convenido,  que  sa- 
lían á  recorrer  los  alrededores  para  evitar  una  sorpresa 
del  enemigo.  Y  luego,  interpelando  á  su  vez  á  los  centi- 
nelas—  «Y  vosotros,  ¿qué  hacéis  aquí?,  les  dijeron.  Es- 
tamos para  ser  atacados  de  un  momento  á  otro,  y  os  de- 
jais estar  ahí  muy  descansados.  Levantaos,  recorred  esta 
línea  y  no  os  descuidéis  en  vigilar  con  toda  atención.  >  — 
Y  esto  diciendo,  atravesaron  las  trincheras  y  los  umbra- 
les de  la  puerta,  y  dejaron  á  su  espalda  los  muros  de  la 
ciudad.  Con  la  misma  celeridad  y  diligencia  continuaron 
marchando  por  el  camino  que  conducía  á  Iria,  hasta  que 
llegaron  á  un  lugar  que  la  Comjwstelana  (1)  llama  Fons 
quercus,  y  que  debe  ser  el  sitio  denominado  Carhallo,  en 
la  carretera  de  Santiago  á  Padrón. 

En  el  libiío  II,  capítulo  Lili,  núm.  G,  vuelve  la  Com- 
postelana  á  hablar  de  este  suceso,  y  lo  cuenta  como  uno 
de  los  maravillosos  de  la  vida  de  D.  Diego  Gelmírez.  Y 
en  efecto,  sólo  de  un  modo  particularmente  providen- 
cial pudo  D.  Diego  escapar  de  las  garras  de  tantos  y  tan 
encarnizados  enemigos,  que  ya  se  gozaban  en  su  perdi- 
ción y  en  su  ruina.  No  menos  providencialmente  se  sal- 
vó el  Cardenal  Gundesíndez,  el  cual  aquella  misma  no- 
che fué  arrestado  por  los  rebeldes,  quienes  después  de 
haberse  apoderado  de  todos  sus  bienes,  le  intimaron  al 
día  siguiente,  bajo  pena  de  muerte,  que  entregase  al 
Obispo.  Al  fin,  no  llevaron  á  cabo  su  amenaza.  Temie- 


(1)     Lib.  I,  cap.  CXVI,  pág.  245. 


490  lilflBO  SílGÜNDO 


ron  acaso  colmar,  con  este  nuevo  atentado,  la  medida 
de  sus  crímenes.  ' 

Desde  Carballo  envió  D.  Diego  aviso  á  un  mayordo- 
mo que  tenia  cerca,  para  que  trajese  cabalgaduras.  En 
ellas  continuó  el  Prelado,  con  los  que  le  acompañaban, 
su  marcha  hasta  Padrón,  en  donde  fué  recibido  por  sus 
amigos  con  las  demostraciones  del  más  vivo  interés  y 
afecto.  Comunicó  en  seguida  su  feliz  evasión  á  la  Reina 
D.^  Urraca,  y  al  mismo  tiempo  publicó  sentencia  de  ex- 
comunión contra  todos  los  que  permanecían  en  Compos- 
tela,  é  hizo  circular  un  llamamiento  á  todos  los  caballe- 
ros y  peones  de  la  Tierra  de  Santiago  para  que,  cuanto 
antes,  se  presentasen  convenientemente  armados  en  Pa- 
drón á  recibir  las  órdenes  que  allí  se  les  intimarían. 

Acudieron,  en  efecto,  los  vasallos  de  la  Tierra  de 
Santiago;  y  entretanto  D.  Diego  se  puso  en  inteligencia 
con  la  Reina  D.^  Urraca  y  el  Rey  D.  Alfonso  y  su  ayo 
D.  Pedro,  los  cuales,  por  su  parte,  habían  avisado  á  los 
principales  Magnates  de  Galicia  para  que,  con  sus  res- 
pectivas mesnadas,  acudiesen  sin  demora  al  punto  que 
á  cada  uno  se  designaba. 

Tan  pronto  como  estuvieron  reunidas  las  fuerzas  que 
se  consideraron  necesarias  para  domar  la  fiera  insolen- 
cia de  los  compostelanos,  se  concertó  el  plan  de  comba- 
te, que  se  desarrolló  del  modo  siguiente.  El  Rey  D.  Al- 
fonso, á  quien,  por  supuesto,  seguía  su  ayo  D.  Pedro, 
acompañado  de  sus  hijos  D.  Bermudo,  D.  Fernando  y 
D.  Rodrigo,  y  de  sus  cuñados  los  Condes  D.  Gutierre 
Bermúdez  y  D.  Gómez  Núñez,  ocupó  el  Monte  Pedroso, 
que  domina  á  Santiago  por  la  parte  del  NO.,  y  estable- 
ció allí  su  campamento.  De  Iría  movió  D.  Diego,  al 
frente  do  los  vasallos  de  la  Tierra  de  Santiago,  y  acam- 


LOS  THES  PRIMEROS  SlGLÓS  DÉ  LA  I.    COMPOSfEtAlíA        49l 

pó,  por  aquella  parte,  delante  de  la  ciudad  rebelde. 
Dándose  la  mano  con  el  campamento  del  Obispo,  se  ha- 
llaba el  del  Conde  de  la  Limia,  D.  Alfonso  Muñiz,  que 
con  sus  gentes  de  Deza,  Gástela  y  otros  parajes  próxi- 
mos á  Orense,  se  posesionó  del  Picosagro.  Por  el  Este, 
acosaba  á  los  compostelanos  el  Conde  de  Monterroso,  Don 
Munio  Peláez,  el  cual,  con  sus  avanzadas,  llegaba  hasta 
el  Monasterio  de  San  Pedro  de  Afora.  Por  último,  cerra- 
ba completamente  el  cerco,  por  la  parte  del  Norte,  el  Con- 
de de  Lemos  y  Sarria,  D.  Rodrigo  Vélaz,  que  sentó  sus 
reales  en  el  lugar  de  Pénelas,  próximo  al  barrio  de  Vite. 

Tan  ciegos  de  ira  se  hallaban  los  compostelanos, 
que  á  pesar  de  ver  coronadas  de  tropas  enemigas  todas 
las  alturas  que  rodeaban  á  Santiago,  persistieron  en  sus 
propósitos  de  no  querer  reconocer  la  autoridad  de  Don 
Diego  Gelmírez,  y  de  resistir  á  todo  trance  y  por  todos 
medios  á  los  que  viniesen  á  combatirlos.  No  sólo  estor- 
baron la  lectura  de  las  sentencias  fulminadas  por  el 
Prelado,  sino  que  procuraron  impedir  á  toda  costa  que 
nadie  les  diese  cumplimiento.  A  las  intimaciones  que 
se  les  hacían,  contestaban  levantando  nuevas  fortalezas, 
reforzando  las  antiguas  con  piedras,  maderos  y  faginas, 
y  redoblando  la  vigilancia. 

Mas  el  circulo  de  hierro  que  por  todas  partes  los  en- 
volvía, se  iba  estrechando  cada  vez  más  hasta  reducir- 
los á  un  estado  verdaderamente  angustioso.  Las  sazona- 
das mieses  que  cubrían  los  campos  inmediatos  á  la  ciu- 
dad eran  segadas  por  los  sitiadores  (1),  que  asimismo 
talaban  los  árboles  frutales  para  formar  trincheras  y 


(1)     Por  esta  circunstancia  se  echa  de  ver  que  estos  acontecimientoe 
debieron  haber  tenido  lugar  entrando  el  Otoño  del  año  1117, 


492  LIBHO   SEGUNDO 


parapetos.  Algunos  que  por  sorpresa  caían  en  poder  del 
enemigo,  eran  degollados  ú  horriblemente  mutilados  y 
abandonados  en  medio  del  campo,  para  que  ante  este 
cuadro  contemplasen  la  suerte  que  les  esperaba  si  per- 
sistían en  su  obstinación.  Las  deserciones,  especialmen- 
te por  las  noches,  se  hacían  cada  día  más  frecuentes;  y, 
por  otra  parte,  el  bando  de  los  que  ansiaban  la  paz  y 
querían  seguir  más  sanos  consejos,  crecía  de  hora  en 
hora  en  número  y  en  fuerza,  hasta  llegar  á  contrarres- 
tar y  aún  sobreponerse  á  la  insolencia  y  al  furor  de  los 
amotinados. 

Habiendo  llegado  las  cosas  á  este  punto,  la  parte 
más  cuerda  de  la  población  en  uno  de  los  momentos  de 
confusión  que  casi  de  continuo  debían  de  sucederse  en 
la  ciudad,  consiguió  enviar  á  D.  Diego  una  legacía  para 
manifestarle  que  estaban  dispuestos  á  rendirse  á  discre- 
ción, y  que  sólo  imploraban  clemencia  y  misericordia. 
Componíase  la  legacía  de  Canónigos  y  seglares,  los  cua- 
les puestos  sumisamente  en  presencia  del  Prelado,  pro- 
rrumpieron en  esta  humilde  súplica.  — «Revmo.  Padre, 
acudimos  á  la  fuente  de  tu  misericordia  suplicando  á  tu 
paternal  piedad  que  nos  abra  el  seno  de  tu  clemencia. 
Socórrenos  con  tu  poderoso  brazo;  toda  la  ciudad,  á  ex- 
cepción de  los  pérfidos  traidores,  desea  y  pide  que  se 
corte  y  arranque  la  parte  enferma  para  que  los  demás 
podamos  vivir.  Perdona,  Padre,  perdona  á  tus  hijos,  á 
quienes  hasta  ahora  has  fomentado  con  el  calor  de  tu 
seno;  no  quieras  emplear  contra  nosotros  el  hierro  homi- 
cida; ten  compasión  de  tus  hijos  y  protégenos;  pues  en  tí 
buscamos  á  nuestro  Padre  y  á  nuestro  Obispo»  (1). 


(1)     Lib.  I,  cap.  CXVI,  pág.  248. 


LOS  TEES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  493 

D.  Diego  Gelmírez  oyó  benignamente  á  los  legados, 
y  les  contestó  que  por  su  parte  estaban  perdonados  to- 
dos aquellos  que  no  apareciesen  comprometidos  en  los 
horribles  crímenes  de  que  la  ciudad  había  sido  teatro;  pe- 
ro que  tenía  que  consultar  esta  resolución  con  la  Reina, 
la  cual  no  había  sido  menos  ofendida  é  injuriada  que  él. 
D.^  Urraca  que  ardía  en  deseos  de  venganza,  y  que  no 
se  contentaba  con  nada  menos  que  con  el  suplicio  de 
todos  los  culpables  y  de  toda  su  parentela  sin  excep- 
ción, al  oír  la  proposición  de  Gelmírez,  se  irritó  alta- 
mente, y  aún  increpó  al  Prelado  porque  no  mostraba,  á 
su  juicio,  el  celo  debido  en  castigar  y  abominar  las  mal- 
dades que  había  presenciado  y  de  que,  como  ella,  había 
sido  víctima.  Fué  forzoso  á  D.  Diego  el  acudir  á  la  me- 
diación del  Rey  D.  Alfonso,  del  Conde  D.  Pedro  y  de 
los  demás  Magnates  gallegos,  para  vencer  el  ánimo  do 
la  Reina,  é  inclinarla  á  más  suaves  y  benignos  acuerdos; 
la  cual,  viéndose  asediada  de  tantas  súplicas  y  de  tantas 
instancias,  y  doliéndose  de  que  por  causa  de  ellas  no  pu- 
diera satisfacer  como  quería  sus  deseos,  antes  de  rendir- 
se, prorrumpió  en  lágrimas  de  ira  y  de  enojo.  Mas  al  fin 
cedió  contra  todo  su  torrente,  y  casi  forzada,  se  allanó  á 
subscribir  las  condiciones  que  se  impusieron  á  los  com- 
postelanos  para  su  capitulación. 

Las  cuales  condiciones  eran  las  siguientes:  1.^  entre- 
gar la  carta  de  hermandad  y  conjuración  que  habían 
hecho  entre  sí  para  quedar  todos  más  obligados  y  com- 
prometidos en  la  realización  de  sus  inicuos  planes ; 
'i.""  entregar  toda  clase  do  armas;  i^.^  restituir  tanto  á  la 
Ríána,  como  al  Obispo,  todas  las  alhajas  y  objetos  que  les 
habían  arrebatado;  4.'^  aprontar,  además,  como  indemni- 
zación, la  suma  de  mil  y  cien  marcos  de  plata,  ó  sean 


494  LIBBO  SEGUNDO 


unas  44.000  pesetas;  5.^  expulsar  de  la  ciudad  á  todos 
los  motores  de  la  sublevación,  así  eclesiásticos  como  se- 
glares, y  confiscarles  los  bienes  y  privarlos  de  sus  bene- 
ficios; 6.^  hacer  entrega  á  los  comisionados  del  Prelado, 
de  la  Catedral  y  de  todos  los  demás  lugares  fortificados 
de  la  ciudad;  7.^  dar  en  rehenes  á  cincuenta  jóvenes  de 
las  familias  más  acomodadas  de  la  ciudad;  8.^  prestar 
juramento  de  fidelidad,  sumisión  y  obediencia  al  Prela- 
do y  á  la  Reina;  y  9.^  no  admitir  en  la  ciudad,  sin  pre- 
via licencia  de  éstos,  á  ninguno  de  los  proscriptos  (1). 

Los  compostelanos  aceptaron  sumisos  estas  condicio- 
nes, y  para  demostrar  lo  sincero  de  sus  promesas,  co- 
menzaron por  expulsar  de  la  ciudad  á  los  jefes  de  la 
conspiración,  que  llegaron  hasta  el  número  de  cien,  en- 
tre Canónigos  y  seglares  (2).  Con  la  misma  prontitud 
pusieron  á  disposición  de  los  soldados  del  Obispo,  la  Ca- 
tedral y  las  demás  fortalezas,  é  hicieron  entrega  de  los 
cincuenta  rehenes  y  de  lo3  mil  y  cien  marcos  de  plata. 
En  vista  de  esto,  fueron  absueltos  por  D.  Diego  de  las 
censuras  en  que  habían  incurrido;  y  el  día  señalado,  acu- 
dieron al  Monte  de  Santa  Susana  (Alterium,  é  Auterkim 
'pullorurn),  donde  se  hallaban  la  Reina  y  el  Prelado,  como 
para  ratificar  con  el  juramento  de  fidelidad  y  sumisión 
que  les  prestaron,  su  capitulación. 

D.  Diego,  lo  mismo  que  D.^  Urraca,  se  dieron  por 
satisfechos  con  estas  pruebas  de  enmienda  y  arrepenti- 
miento, y  les  condonaron  las  penas  en  que  pudiesen 
haber  incurrido  por  la  ayuda   y  consentimiento  que  tal 


(1)  Hisf.  Compost.,  lib.  I,  cap.  CXVI,  pág.  248. 

(2)  Como  Re  ve  ])or  la    Composfelana   (pág.   2()1),  gran  parte  de  los 
expiiLsados  se  refugiaron  en  tierra  de  Campos  y  en  Castilla. 


LOS  TEES   PEIMEEOS  SIGLOS  DE   LA  I.  COMPOSTELANA         495 

vez  hubiesen  prestado  á  los  rebeldes  y  conjurados.  Se- 
guidamente, el  Obispo  hizo  su  entrada  en  la  ciudad, 
en  donde  fué  recibido  en  medio  de  las  más  entusiastas 
aclamaciones.  Aunque  la  Compostelana  no  lo  dice,  es  de 
suponer  que  acompañasen  á  D.  Diego  en  su  entrada  en 
Santiago,  la  Reina  y  su  hijo,  el  Conde  D.  Pedro  y  todos 
los  demás  Proceres  gallegos  que  habían  concurrido  al 
asedio  de  los  compostelanos. 

Así  terminó  esta  descabellada  insurrección,  que  in- 
cubaron las  más  feas  y  repugnantes  pasiones,  como  la 
ambición,  la  ingratitud  y  el  odio  y  la  perfidia.  En  ella, 
sin  embargo,  pueden  hallar  un  argumento  más  los  parti- 
darios de  la  tesis  de  que  el  régimen  eclesiástico  enerva  á 
los  pueblos  y  embota  sus  bríos  y  su  energía.  Si  los  com- 
postelanos, enervados  como  estaban,  pudieron  desafiar  las 
fuerzas  de  toda  Galicia,  ¿qué  no  harían  si  no  lo  estu- 
vieran ? 

Parece  que  los  Reyes  se  demoraron  aún  algún  tiem- 
po en  Santiago,  al  menos  el  necesario  para  que  Doña 
Urraca  pudiese  reunir  y  combinar  las  fuerzas  suficien- 
tes para  emprender  la  campaña  que  meditaba  contra 
el  Rey  de  Aragón  (1).  Entretanto  D.Diego  Gelmírez 
atendió  á  reparar  los  graves  desperfectos  que  habían 
sufrido  la  Iglesia  y  el  Palacio  episcopal  al  ser  incendia- 
dos y  expugnados  por  los  rebeldes,  siquiera  los  de  más 
fácil  y  pronta  recomposición.  Mandó  fundir  nuevas  cam- 


i 


(1)  De  este  tiempo  debió  de  ser  el  Privilegio  que  D.*  Urraca  y  su 
hijo  otorgaron  al  Monasterio  de  San  Martín  de  Santiago,  por  el  cual  demar- 
caron y  acotaron  varias  heredades  que  liabía  donado  el  Juez  compostelano, 
D.  Pelayo  Gudésteiz,  el  cual  las  heredara  de  su  padre  Gudesteo  Guntádoz. 
Hallábanse  sitas  dichas  heredades  en  tierra  de  Saines,  condado  de  Lobeira, 
y  parroquia  de  Annalovga  ( Villagarcía),  Bayón,  Simes  y  otratí. 


496  LIBBO  SEGUNDO 


panas  en  reemplazo  de  las  que  habían  perecido  durante 
el  incendio  de  la  Iglesia,  y  ordenó  otras  obras  de  restau- 
ración no  menos  precisas  y  urgentes. 

Al  entrar  la  Primavera  del  año  siguiente  1118,  ya 
j)  a  Urraca  pudo  dejar  á  Santiago  y  ponerse  en  camino 
para  la  frontera  de  Aragón.  Acompañábanla  su  hijo 
D.  Alfonso,  el  Conde  D.  Pedro  y  sus  hijos  D.  Fernando 
y  D.  Bermudo,  los  Condes  D.  Alfonso  Muñiz,  D.  Gutie- 
rre Bermúdez,  y  D.  Gómez  Núñez  y  otros  muchos  Mag- 
nates gallegos,  que  capitaneaban  un  muy  mumeroso  y 
lucido  ejército. 


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CAPÍTULO  XVili 


Prosiguen  los  hechos  de  D.  Diego  Gelmírez. — Sus  últimas 
gestiones  hasta  obtener  para  su  Iglesia  la  dignidad  Me- 
tropoifticat 


i 


ozosA  podía  estar  Do- 
ña Urraca,  después  de 
¿/^las  peripecias  que  he- 
mos visto,  por  liaber 
conseguido  su  objeto, 
que  era  agrupar  en 
torno  suyo  todas  las 
fuerzas  vivas  de  los 
reinos  de  Galicia,  León  y  Castilla.  Salió  con  el  ejérci- 
to que  hornos  dicho,   de   tralicia:  y  en  Falencia  se  le 

ToMoUl.  -5¿. 


498  LIBEO  SEGUNDO 


unió  la  gente  de  León,  la  de  tierra  de  Campos,  la  de 
Castilla  y  la  de  Asturias  (1).  Mientras  daba  las  últimas 
disposiciones  para  preparar  la  campaña,  procuró  afir- 
mar en  su  devoción  á  sus  principales  campeones.  Con  tal 
motivo,  en  unión  con  su  liijo  D.  Alfonso,  el  29  de  Julio 
de  1118  otorgó  á  los  hijos  del  Conde  de  Traba,  D.  Ber- 
mudo  y  D.  Fernando,  un  privilegio  por  el  cual  les  donó 
el  Monasterio  de  Sobrado  con  todos  sus  bienes,  derechos 
y  pertenencias  (2). 

D.  Diego  Gelmírez,  al  frente  de  su  mesnada,  había 
seguido  á  la  Reina  hasta  Falencia;  pero  allí  comenzó  á 
sentirse  mal  de  una  pierna,  y  no  pudo  continuar  el  via- 
je. Ordenó,  sin  embargo,  á  sus  soldados  que  siguiesen  á 
]3  a  Uj-j-^cg^  4  donde  quiera  que  fuese. 

Mas  al  fin,  la  expedición  se  frustró,  y  aún  parece  que 
la  Reina  no  pudo  pasar  de  Segovia  á  causa  del  motín 
que  allí  se  levantó  contra  ella  y  contra  su  ejército  (3). 
Por  otra  parte,  el  Rey  de  Aragón  hallábase  muy  aíao- 
nado  con  el  cerco  de  Zaragoza,  y  no  parecía  prudente 
el  perturbarlo  y  desazonarlo  en  tamaña  empresa.  Con 
esto  D.'^  Urraca  tuvo  que  licenciar  su  ejército;  y  su  hijo 
D.  Alfonso  con  la  gente  que  había  reclutado  por  su 
cuenta,  se  separó  y  tomó  el  camino  de  Toledo,  en  donde 
á  K)  de  Noviembre  de  1118  fué  reconocido  y  aclamado 


(1)  Hüt.  ComposL,  lib.  I,  cap.  CXVII,  págs.  249  y  250. 

(2)  Véase  D.  Alfonso  VII,  Rey  de  Galicia,  pág.  118,  y  Apéndices,  nú- 
mero XI.  — Este  Monasterio  ya  había  pertenecido  á  la  familia  de  dichos  Ca- 
balleros; pero  por  cierto  delito  que  se  había  imputado  al  Conde  D.  Sigeredo 
Alvítez,  se  lo  confiscara  D.  Fernando  I,  y  lo  incorporara  con  los  bienes  de  la 
Corona. 

(3)  Jlist.  Compost,,  lib.  I,  cap.  CXVII,  pág.  250. 


tos  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA        4t>í) 

lley,  según  lo  estipulado  en  el  convenio  del  Tambre  (1). 
Durante  el  tiempo  que  estuvo  detenido  en  Pal)üiicia 
D.  Diego  Oelmírez,  supo  que  iba  á  consagrarse  en  Se- 
govia  xlrzobispo  de  Braga  D.  Pelayo  Menéiidez,  en  lu- 
gar del  célebre  D.  Mauricio;  el  cual  había  sido  depues- 
to, porque  por  inñujo  del  Empedrador  de  Alemania,  En- 
rique V,  desde  el  9  de  Marzo  de  este  año  U  IS  se  halla- 
ba intrusado  en  la  Cátedra  Pontificia  de  Roma.  A  Don 
Mauricio,  como  hemos  visto  en  el  capítulo  décimosexto(2), 
le  había  cedido  en  préstamo  D.  Diego  (Jelmírez  la  mi- 
tad que  correspondía  á  la  Mitra  de  todas  las  haciendas 
que  poseía  la  Iglesia  compostelana  en  Portugal,  entre 
los  ríos  Limia  y  Duero.  D.  Pelayo  Menéndez,  desde  que 
fué  Electo,  se  incautó  de  todo,  tanto  de  la  mitad  que 
pertenecía  á  la  Mitra,  como  de  la  que  correspondía  al 
Cabildo  compostelano.  D.  Diego  quiso  aprovechar  la 
reunión  en  Sogovia  de  los  Prelados  consagrantes  (el  Ar- 
zobispo de  Toledo  y  los  Obispos  de  Salamanca,  de  Osma 
y  de  Oporto),  para  reclamar  ante  ellos  lo  que  pertenecía 
á  su  Iglesia  en  la  Diócesis  de  Braga:  pero  la  sublevación 
de  que  acabamos  de  hacer  mérito,  impidió  que  entonces 
pudiera  tratarse  y  ventilarse  este  asunto.  Lo  único  que 
pudo  hacerse,  fué  comisionar  á  los  Obispos  de  Lugo  y 
de  Orense  para  que,  reunidos  en  Tuy  el  día  1 ."  del  pró- 


(1)  Véa.M-  '  rtp.  XVII,  pág.  1:G8.  —  Kii  virtud  «le  rsu-  runvenio  Don 
AUbiiao  VII  se  llaiiió,  no  yii  Tvey  de  (Talicia,  híuo  de  España.  Véase  cu  los 
Apéndices,  ui'im.  XXX V^I,  el  Privilegio  que,  con  consentimiento  de  su  Ayo, 
el  Conde  de  Traba,  otorgó  en  26  de  Septiembre  de  1119  al  Mouabterio  de 
San  Julián  de  Moraime  y  á  su  Abad  D.  Ordonio  ú  Ordoño. 

La  firma  de  Gelmírez:  Didacus,  Dei  gratia  Compostellauus  Archiepi- 
scopus,  fué  acaso  puesta  des})ués  de  otorgado  el  documento. 

(2)  Pá.ir.  4.^t.  nota. 


500  libuo  segundo 


ximo  Septiembre,  y  citado  el  Arzobispo  de  Braga,  deci- 
diesen lo  que  fuera  justo  y  prudente  (1). 

Al  día  señalado,  1."^  de  Septiembre  de  1118,  reunié- 
ronse, en  efecto,  los  Obispos  de  Lugo  y  de  Orense  con 
el  de  Santiago.  Acercóse  también  el  Arzobispo  D.  Pe- 
layo;  pero  obstinóse  en  no  atravesar  el  Miño;  y  desde  la 
otra  orilla  mandó  decir,  «que  el  que  poseyera,  que  si- 
guiese poseyendo;  que  él  ni  pasaría  á  Tuy,  ni  se  somete- 
ría al  juicio  de  esos  Obispos»  (2). 

Luego  que  D.  Diego  Gelmírez  llegó  á  Santiago  de 
vuelta  de  Segovia,  y  antes  de  la  ida  á  Tuy,  convocó  al 
Cabildo  para  darle  cuenta,  con  toda  la  reserva  posible, 
de  los  trabajos  hechos  hasta  entonces  para  conseguir  la 
dignidad  Metropolítica,  y  proponerle  cuánto  convenía 
proseguir  estos  trabajos  en  aquella  ocasión  en  que,  con 
el  nombre  de  Gelasio  II,  ocupaba  el  Solio  Pontificio  su 
gran  amigo  el  Cardenal  Juan  Gayetano  (3).  Manifestó 
que  ya  al  tiempo  en  que  salían  para  Jerusalén  el  Car- 
denal compostelano  Pedro  Díaz  y  el  Tesorero  Pedro 
A  naya,  les  había  encargado  que  en  su  nombre  saluda- 
sen y  felicitasen  al  nuevo  Papa,  y  le  recordasen  lo  que 
de  tiempo  atrás  tenía  solicitado  la  Iglesia  compostelana. 
Si  no  en  esta  sesión,  en  otra  de  las  que  por  este  asunto 
se  celebrasen,  pudo  D.  Diego  comunicar  al  Cabildo,  así 
la  respuesta  que  de  palabra  dio  el  Papa  al  Cardenal  y 
al  Tesorero,  como  la  Carta  que  se  había  dignado  es- 
cribirle. 

Lo  que  de  palabra  había  dicho  ol  Papa  era  en  subs- 


(1)  Hist.  ComposL,  lib.  I,  cap.  CXVII,  pá^-.  250. 

(2)  Hist.  Compost.,  lib.  11,  cap.  VI,  pág.  264. 

(3)  Filó  elegido  Papa  el  25  de  Enero  do  lllS. 


LOS  TUES   PatMEIlOS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELANA        50i 

i 
tancia  lo  siguiente:  «Ya  sé,  hermanos,  lo  que  preten- 
déis; queréis  privar  á  la  Iglesia  Bracarense  de  la  digni- 
dad Arzobispal,  y  honrar  con  ella  á  la  de  Santiago.  Ya 
he  hablado  con  frecuencia  acerca  de  esto  con  mi  Prede- 
cesor. Si  hubo  ocasión  en  que  con  justicia  pudiera  ha- 
cerse esto,  indudablemente  es  la  presente,  en  que  la 
Iglesia  de  Braga  engendró  á  un  malvado  contra  la  Cá- 
tedra de  Roma;  á  un  ^lauricio  que  manclió  el  tálamo 
de  su  Santa  Madre,  y  que  haciéndose  cómplice  del  sa- 
crilego í]mperador  alemán  consintió  en  ser  erigido  ído- 
lo para  su  propia  ruina  y  confusión,  como  que  de  él 
abomina  toda  la  Iglesia  católica.  Mas  ahora  no  habéis 
venido  precisamente  por  este  asunto,  sino  para  cumplir 
vuestra  peregrinación.  Id  á  visitar  el  Sepulcro  del  Se- 
ñor, que  es  el  objeto  que  os  ha  traído;  y  si  entretanto 
vuestro  Obispo  me  envía  mensajeros  acerca  de  esto,  le 
contestaré  extensamente  y  á  satisfacción.  Por  de  pron- 
to, podéis  manifestar  á  vuestro  señor  lo  que  acabáis  de 
oír,  y  cuál  es  mi  disposición  de  ánimo  en  este  punto;  y 
esto  no  obstará  para  que  yo  le  escriba»  (1). 

La  Carta  del  Papa  era  como  sigue:  «Gelasio  r)bispo, 
Siervo  de  los  siervos  de  Dios,  al  venerable  hermano 
Diego,  Obispo  compostelano,  salud  y  apostólica  bendi- 
ción. Aunque  envueltos  en  los  más  inti'incados  nego- 
cios, no  podemos  olvidarnos  de  nuestro  antiguo  afecto 
y  amistad.  Por  esto,  por  medio  de  la  presente  visitamos 
á  vuestra  Fraternidad,  y  te  rogamos  y  amonestamos 
que  no  te  olvides  de  la  Iglesia  Romana,  tan  gravada  y 
tan  fatigada  hoj^  por  tantas  y  tan  múltiples  atenciones, 


(1)     Hist.  Compofft.,  lib.  II,  rap.  líl,  pág.  258. 


5(  )2  LlSllÓ  SEGÍÜNDO 


y  de  ayudarla  á  ella  y  á  Nos  en  nuestras  necesidades 
con  la  debida  caridad.  Encomendamos  á  tu  benevolen- 
cia á  nuestros  comunes  hijos  Pedro,  Cardenal,  y  Pedro, 
Tesorero,  para  quo,  por  amor  nuestro,  si  antes  los  tenias 
(ni  aprecio,  los  consideres  más  desde  aliora.  Dado  en 
Ferentino  á  !(>  de  Junio»  (de  1119)  (1). 

Propuestos  estos  puntos  á  la  consideración  del  Cabil- 
do, D.  Diego  encareció  con  toda  eficacia  la  necesidad 
de  hacer  un  esfuerzo  supremo  para  no  dejar  pasar  en 
vano  tan  propicia  y  favorable  ocasión.  Era,  pues,  abso- 
lutamente necesario  marchar,  y  marchar  cuanto  antes 
á  Homa.  Pero  ¿quién,  cómo  y  por  dónde?  La  vía  maríti- 
ma estaba  completamente  cerrada  por  las  veinte  naves 
moriscas  que  tenían  bloqueados  los  puertos  de  Galicia. 
La  terrestre  no  era  menos  expuesta  á  asechanzas  y  pe- 
ligros por  la  enemistad  é  inquina  del  Rey  de  Aragón, 
que  había  prohibido  terminantemente  el  pase  por  su 
reino  á  todo  lo  que  procediese  de  la  Iglesia  de  Santiago. 
El,  por  su  parte,  iría  volando  á  Roma,  porque  casi  tenía 
la  seguridad  de  conseguir  lo  que  se  deseaba;  pero  su 
viaje  ofrecía  más  dificultades,  y  lo  expondría  á  un  peli- 
gro cierto  de  perder  la  vida,  ó  de  caer  en  manos  de  sus 
enemigos,  comprometiendo  así  el  éxito  de  la  pretensión. 

En  vista  de  todo  esto,  y  después  de  madura  delibera- 
ción, se  acordó  enváar  á  Roma  á  dos  Canónigos,  pero 
procurando  disimular  por  todos  los  medios  posibles  el 
objeto  del  viaje.  A  tan  arriesgada  expedición,  se  ofrecie- 
ron el  sobrino  del  Obispo,  Pedro,  Prior  do  la  Canónica, 
y  el  Cardenal  de  San  Félix,  Pedro  Díaz.  Para  arbitrar 


(1}     i/(V,  Cumiwsl.,  lib.  II,  caj).  líT,  púg.  25íí, 


LOS  TUES  t»limi?llOS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELANA  5ü3 


recursos,  se  fundió  el  frontal  de  oro  del  altar  antiguo, 
del  cual  se  sacaron,  por  lo  menos,  doscientas  veinte  on- 
zas. Todo  esto  se  acordó  y  se  hizo,  como  es  de  suponer, 
con  el  mayor  sigilo  y  con  toda  suerte  de  precauciones. 
Mas  antes  de  proseguir,  conviene  que  indiquemos  las 
gestiones  que  se  habían  liecho  antes  de  esta  fecha,  y  con 
postf^'ioridad  al  año  1110. 

A  principios  del  año  111o,  debió  haber  enviado  Gel- 
mírez  legados  con  cartas  para  el  Papa  y  para  ol  Carde- 
nal Cancelario  Juan  Gayetano,  en  solicitud  de  la  digni- 
dad Arzobispal.  FA  Papa  contestó  desde  Letrán  á  *i4  do 
Junio,  condoliéndose  de  las  tribulaciones  que  aíligía.n  á 
la  Iglesia  en  España;  «porque  la  guerra,  decía,  que  ar- 
de en  vuestras  regiones  es  sumamente  dañosa  á  la  Igle- 
sia, ya  por  la  fiereza  de  las  gentes,  ya  por  la  proximi- 
dad de  los  Infieles,  para  con  los  cuales  la  Fe  cristiana  á 
causa  de  estos  excesos  cae  en  menosprecio. »  Respecto 
de  la  pretensión  de  la  Metrópoli,  sólo  le  dice  que  en 
atención  á  las  inquietudes  y  turbulencias  que  está  su- 
friendo España,  no  cree  oportuno  por  el  momento  hacer 
nuevos  arreglos  de  Iglesias,  pues  esto  quizás  sería  echar 
leña  al  fuego.  «Si  la  paz,  concluye,  llega  por  la  miseri- 
cordia de  Dios  á  afianzarse  en  vuestro  país,  entonces  de 
buena  voluntad  procuraremos  acordar  sobre  este  punto, 
lo  que  estimemos  más  conveniente»  (1). 

La  contestación  del  Cardenal  entra  en  ciertos  por- 
menores que  importa  conocer.  Dice  así:  «Al  carísimo 
hermano  y  amigo  dulcísimo  Diego  Obispo  compostela- 
no,  el  hermano  Juan,  por  la  gracia  de  Dios,  Diácono, 
salud  en  el  Señor.  Damos  gracias  á  vuestra  Benignidad, 


(1)     Hist.  Compost.,  lib.  I,  cap.  CI,  pág.  103. 


504  LIBRO   SEGUNDO 


porque  lo  que  hicieron  de  menos  vuestros  primeros 
mensajeros,  lo  suplisteis  por  otros.  Del  asunto  que  me 
indicasteis  no  pude  hablar  con  calma  con  nuestro  Señor 
el  Papa,  porque  él  tuvo  que  marchar  á  lejos,  y  yo  hube 
de  permanecer  en  la  Ciudad.  Volvió  el  antevíspera  de 
San  Juan  y  entonces  hice  lo  que  pude.  Sin  embargo,  en 
tiempo  de  tantas  discordias,  ni  á  él,  ni  á  mí,  nos  parece 
conveniente  hacer  innovación  alguna.  Lo  yoco  que  los 
cristianos  tienen  de  la  provincia  Emeritense,  lo  posee  el  Arzo- 
bispo de  Toledo;  y  no  es  justo  desazonarlo,  cuando  ya  hay  tanto 
motivo  de  desazón.  Por  lo  demás,  en  lo  que  esté  en  nuestra 
mano,  ya  sabéis  que  siempre  estamos  dispuestos  para 
serviros.  No  dejéis  de  acordaros  de  nosotros.  Guárdeos 
el  que  guarda  á  Israel.  Amén»  (1). 

Cuando  á  mediados  del  mismo  año  1115  envió  Gel- 
mírez  á  Roma  al  Obispo  de  Oporto  D.  Hugo  y  á  un  su 
familiar  el  clérigo  Lorenzo,  es  de  creer  que  también  les 
diese  el  encargo  de  insistir  en  la  pretensión  de  siempre. 
Mas  el  Papa  no  quería  en  aquellas  circunstancias,  ni 
aún  tocar  la  cuestión;  así  es  que  en  la  carta  que  le 
escribió,  ni  siquiera  le  menta:  para  demostrarle,  empero, 
su  buena  voluntad  y  el  gran  aprecio  en  que  lo  tenía,  lo 
autorizó  para  usar  timica  y  estola  aún  en  la  conversa- 
ción familiar  (2). 

Volvamos  ahora  al  punto  en  que  habíamos  suspendi- 
do nuestra  narración.  El  motivo  por  qué  se  procedió  con 
tanto  sigilo  y  tanta  cautela  al  enviar  á  Roma  al  Prior 
de  la  Canónica  y  al  Cardenal  de  San  Félix,  era  que 
además  de  los  peligros  generales  q  ue  antes  hemos  apun- 


(1)  Hist,  Compost.,  lib.  I,  cap.  CT. 

(2)  Hist  Com¡iost.,  lib.  I,  cap.  CV. 


LOS  TBSS  PBIMSBÓS  SIGLOS  DÉ  LÁ  I.  C0M^0S1?£Lá1^á  605 

tado,  había  otro  que  veuía  de  los  Canónigos  y  ciudada- 
nos que  habían  sido  expulsados  de  Compostela  al  tiem- 
po de  la  sublevación;  los  cuales  se  habían  establecido  en 
varios  pueblos  de  Castilla,  al  lado  del  camino  de  Santiaf/o, 
y  se  hallaban  en  connivencia  con  el  Rey  de  Aragón  y 
con  los  Gobernadores  que  éste  había  dejado  en  algunas 
de  las  villas  castellanas.  Era  evidente  que  si  estos  Canó- 
nigos y  ciudadanos,  por  medio  de  sus  confidentes  de 
Santiago,  llegaban  á  barruntar  algo  de  este  viaje,  tra- 
tarían de  estorbarlo  á  toda  costa,  valiéndose  para  ello 
del  favor  del  Rey  de  Aragón  y  de  su  gente. 

Recibidas  ciento  veinte  onzas  de  oro  de  las  que  se 
habían  sacado  del  altar,  partieron  el  Prior  y  el  Carde- 
nal con  el  pretexto  de  que  iban  á  visitar  á  la  Reina 
D/  Urraca,  con  cuya  aquiescencia  se  contaba.  Mas  la 
cosa  no  pudo  hacerse  con  tanto  secreto,  que  no  trascen- 
diese y  cundiese  hasta  el  punto  de  que  llegase  á  noticia 
de  alguno  de  los  confidentes  que  los  rebeldes  expulsados 
tenían  en  Santiago. 

Despedidos  de  D.'^  Urraca  los  dos  Canónigos,  prosi- 
guieron su  camino,  disfrazados  de  peregrinos,  sin  sufrir 
percance  alguno  hasta  llegar  á  Castrojeriz.  Aquí  fueron 
detenidos  por  los  soldados  que  estaban  de  guarnición 
por  el  Monarca  aragonés;  los  cuales,  por  las  señas  que 
ya  anticipadamente  habían  recibido,  los  reconocieron, 
los  dieron  por  presos  y  los  desbalijaron  de  cuanto  lleva- 
ban: cabalgaduras,  ropas,  oro,  plata,  monedas,  etc Al 

Prior,  sobrino  de  Gelmírez,  con  grillos,  á  los  pies  lo  en- 
cerraron en  el  castillo  de  Castrojeriz;  al  Cardenal,  á  los 
tres  ó  cuatro  días,  lo  pusieron  en  libertad. 

Al  volver  D.  Diego  á  Santiago,  acompañado  de  los 
Obispos  de  Orense  y  de  Tuy,  después  de  la  Junta  que  el 


oOtí  Ltmo  SEGUIDO 


1  ."^  de  Septiembre  habían  celebrado  en  esta  última  ciu- 
dad, sabedor  ya  de  lo  que  había  ocurrido  á  su  sobrino  y 
al  Cardenal  Pedro  Díaz  (1),  convocó  á  los  más  graves  y 
prudentes  miembros  del  Cabildo  para  deliberar  sobre  los 
medios  de  llevar  adelante  la  pretensión.  Estaban  también 
presentes  los  Obispos  de  Orense  y  de  Tay.  Para  Gelmírez^ 
esta  ocasión  era  decisiva;  y  de  ella  dependía  el  logro  de 
lo  que  por  tanto  tiempo  venía  anhelando.  Todos  reco- 
nocían lo  mismo;  mas  lo  que  acababa  de  suceder  era 
para  desconcertar  al  ánimo  más  esforzado,  y  hacerle  de- 
sistir de  toda  tentativa,  que,  juzgando  humanamente, 
tenía  que  estrellarse  contra  lo  imposible.  Hubo  dos,  sin 
embargo,  que  se  ofrecieron  á  afrontar  toda  clase  de  fa- 
tigas y  peligros,  á  fin  de  reanudar  los  trabajos  tan  brus- 


(l)  Suelto  de  la  prisión  el  Cardenal  Pedro  Díaz,  lo  prlm3ro  que  hizo 
fué  procurar  la  libertad  de  su  compañero  el  Prior.  El  Gobernador  de  Cas- 
trojeriz,  se  disculpaba  diciendo  que  él  no  había  hecho  más  que  cumplir  las 
órdenes  de  su  señor.  Visto  esto,  el  Cardenal  se  puso  en  busca  del  Rey  de 
Aragón;  y  lo  fué  á  hallar  al  pie  de  los  muros  de  Zaragoza.  Pidió,  rogó,  inter- 
puso la  mediación  de  personas  respetables;  todo  inútilmente;  D.  Alfonso 
dio  por  bien  hecha  la  prisión  del  Prior  Pedro. 

En  esto  tuvo  noticia  el  Cardenal  compostelano  de  que  el  Papa  Gelasio 
se  había  visto  precisado  á  abandonar  á  E,oma,  y  á  refugiarse  en  Francia  en 
la  ciudad  de  Magalona  para  evitar  las  violencias  3^  la  tiranía  del  Empera- 
dor Enrique  V.  Encaminóse  á  Magalona  para  presentarse  al  Papa,  y  refe- 
rirle todo  cuanto  le  había  pasado.  Las  circunstancias  no  eran  muy  á  propó- 
sito para  que  el  Papa  se  preocupase  por  la  exaltación  de  la  Iglesia  composte - 
lana.  Urgíale  ante  todo  precaverse,  y  buscar  remedio  para  los  males  que 
amenazaban  á  la  Iglesia  universal,  y  sofocar  en  su  nacimiento  el  cisma 
que  quería  levantar  el  Emperador  alemán.  A  este  fin  convocó  Concilio  ge- 
neral que  había  de  celebrarse  el  primer  día  del  año  siguiente,  1 1 19,  en  Cler- 
mont  de  Auvernia.  Para  convocar  á  los  Obispos  de  España,  envió  al  Carde- 
nal Deusdedit,  el  cual  salió  de  Magalona  en  compañía  del  Cardenal  compos- 
telano Pedro  Díaz.  Dióles  el  Papa  para  Gelmírez  una  carta,  que  luego 
yeremps. 


LOS  TftP.S  P&lMEÍloá  áíÓLóá  t)É  La  Í.  OÓBÍPOá'TÉLAÍÍA        r)U7 


camente  y  por  tan  mal  modo  interrumpidos;  y  fueron  el 
Obispo  de  Orense  y  el  Maestro  Gerardo,  uno  de  los  re- 
dactores de  la  Compostelana.  Ambos  salen  con  dirección  á 
Roma  — porque  entonces  aiin  se  ignoraba  en  Santiago 
(]ue  el  Papa  se  hallase  ya  en  Francia  llevando  como 
presente  otras  cien  onzas  de  oro  que  procedían  del  fron- 
tal antiguo.  Grandes  fueron  las  pi-ecauciones  que  toma- 
ron los  dos  expedicionarios  para  desorientar  á  todos 
acerca  del  objeto  de  su  viaje.  Todo  fué  inútil;  induda- 
blemente entre  los  Canónigos  que  aparecían  como  los 
más  decididos  partidarios  de  Gelmírez,  había  alguno  que 
le  hacía  traición,  y  que  se  hallaba  en  activa  correspon- 
dencia con  los  antiguos  conjurados. 

Y  en  efecto,  los  dos  viajeros  no  pudieron  pasar  de 
Sahagún,  en  donde  se  detuvieron  para  saludar  á  la 
Reina  D.*  Urraca.  Y  esta  detención  les  fué  muy  conve- 
niente, porque  les  dio  lugar  á  adquirir  noticias  de  las 
maquinaciones  de  los  rebeldes  compostelanos,  los  cuales 
ya  habían  avisado  de  su  próximo  arribo  á  los  soldados 
que  estaban  por  el  Rey  de  Aragón  en  Castrojeriz,  en 
Villafranca  de  Montes  de  Oca,  en  Nájera,  en  Logroño, 
en  Estella  ,  en  Paente-la-Reina  ,  en  Pamplona  y  en 
Jaca. 

Ante  tan  alarmantes  noticias,  decayeron  no  poco  el 
entusiasmo  y  decisión  del  Obispo  de  Orense  y  de  su 
compañero:  pero  su  propio  pundonor  y  el  compromiso 
que  habían  contraído  con  Gelmírez,  los  empeñaron  has- 
ta el  punto  de  intentar  proseguir  el  viaje  disfrazados  de 
mendigos.  Disuadióles  de  tal  intento  D.^  Urraca;  la 
cual  les  advirtió  que  hacer  sacrificio  de  la  libertad  ó  de 
la  vida,  como  indudablemente  iban  á  hacer,  sin  resulta- 
do alguno,  ora  solemne^  insensatez.  Para  consolarlos  v 


v^08  LlfiSÓ  SEGUNDO 


animarlos  hizo  venir  al  Prior  de  San  Zoil  de  Carrión,  el 
cual,  como  Clnniacense,  tenia  más  entrada  en  el  reino 
de  Aragón;  pues  D.  Alfonso  solía  considerar  y  respetar 
á  todos  los  miembros  de  esta  ilustre  Congregación.  A 
fuerza  de  ruegos  y  súplicas  lograron  reducirle  á  que  to- 
mase á  su  cargo  el  desempeñar  la  comisión,  que  ellos  se 
veían  imposibilitados  de  proseguir.  Antes  de  nada,  me- 
diante el  rescate  de  sesenta  marcos  de  plata,  obtuvo  el 
Prior  de  San  Zoil  la  libertad  del  Prior  Pedro,  que  aún 
continuaba  encarcelado  en  Castrojeriz.  Mientras  tanto, 
el  Obispo  de  Orense  y  el  Maestro  Gerardo  lo  esperaron 
en  Palencia;  desde  donde,  después  de  enterarlo  minu- 
ciosamente del  objeto  de  su  misión,  de  entregarle  los 
documentos  que  llevaban  y  además  cincuenta  onzas  de 
oro,  y  cederle  Gerardo  su  muía,  lo  despidieron,  dando 
ellos  vuelta  para  Santiago  con  el  sobrino  de  Gelmí- 
rez  (1). 

Su  llegada  á  nuestra  ciudad  debió  coincidir,  con  po- 
ca diferencia,  con  la  del  Cardenal  de  Roma  Deusdedit 
y  el  Cardenal  compostelano  Pedro  Díaz.  Fácil  es  imagi- 
nar cuál  sería  el  recibimiento  que  hizo  Gelmírez  al  Car- 
denal Deusdedit;  salió  á  esperarlo  en  procesión  con  todo 
el  Clero  de  su  Iglesia;  y  lo  hospedó  y  agasajó  espléndi- 
damente en  su  Palacio.  Deusdedit  le  entregó  la  siguien- 
te Carta  del  Papa: 

«Gelasio,  etc..  De  ningún  modo  quiero  olvidarme  de 
» nuestra  antigua  amistad,  que  por  lo  grabada  que  esta- 
>rá  en  lo  íntimo  de  tu  corazón,  podrás  comprender  cuál 
»haya  sido  para  contigo  desde  hace  tiempo.  Habien- 
»do  de  convocar  para  el  Concilio  que,   Dios  mediante, 


(1)     Hist.  Composf.f  lib.  II,  cap.  VI. 


tos  THES  PHIMEHOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  509 


•  celebraremos  el  primero  de  Marzo  en  Auvernia,  á  todos 

♦  nuestros  hermanos  los  Obispos  de  España,  sólo  á  tí  te 
» exceptuamos,  porque  en  tus  manos  está  la  resolución 
tde  los  negocios  do  ese  reino.  Encomendamos  á  tu  bene- 
»volencia  á  los  Nuncios  que  enviamos  con  motivo  de 
>esta  convocatoria.  Acuérdate  de  Vilano;  los  amigos  y 
>los  médicos  se  ven  en  las  ocasiones.  Dada  en  Magalona 
>á  17  de  Noviembre»  (de  1118)  (1). 

Cuando  Gelmírez  leyó  esta  Carta,  juzgó  que  era  ne- 
cesario jugar  el  todo  por  el  todo,  que  era  forzoso  correr 
cualquier  riesgo  antes  que  dejar  de  asistir  al  Concilio 
de  Clermont.  Todas  las  personas  con  quienes  consultó  el 
caso,  lo  confirmaron  en  esta  resolución,  y  desde  enton- 
ces no  pensó  más  que  en  los  preparativos  para  el  viaje. 
Escribió  al  Obispo  de  Jaca  y  al  Prior  de  Nájera  para 
que  le  solicitasen  permiso  para  atravesar  por  el  reino 
de  Aragón;  y  se  concertó  con  el  Cardenal  de  Roma,  á 
quien,  de  acuerdo  con  el  Cabildo,  había  nombrado  Ca- 
nónigo de  Santiago,  para  hacer  el  viaje  juntos,  si  bien 
Deusdedit  partió  antes  de  Compostela,  quedando  en  es- 
perarle en  Sahagún. 

Inmensos  eran  los  preparativos  que  había  que  hacer 
para  tal  expedición;  pero  todo  lo  despachó  y  aceleró 
(lelmírez  con  su  acostumbrada  actividad.  Reunió  una 
numerosa  y  bien  armada  escolta  para  defensa  de  su  per- 
sona y  la  de  los  que  le  acompañaban,  y  aprestó  un  no 
menos  surtido  convoy  de  provisiones  con  la  consiguiente 
comitiva  de  familiares,  pajes,  criados  y  peatones.  Cuan- 
do todo  estuvo  dispuesto,  se  puso  sm  tardanza  en  cami- 
no. Acompañábanle  el  Obispo  de  Orense,  que  también 


(1)     Lib.  II,  cap.  Vil. 


610  LIBRO  SEGUNDO 


era  Canónigo  de  Santiago,  el  Cardenal  mayor  ó  Primi- 
clero  Pedro  Gundesíndez,  el  Arcediano  Pedro  Cresco- 
nio,  el  Tesorero  Bernardo  y  su  hermano  Pedro  Estévez, 
un  hermano  del  Obispo  de  Orense  y  el  maestro  Gerardo. 
Todos  éstos  eran  Canónigos;  iban,  además,  el  maestro 
Raucelino  y  un  médico  de  la  famosa  escuela  de  Salerno, 
llamado  Roberto  (1). 

Cuando  llegaron  á  Sahagúrí,  ya  el  Cardenal  Deusde- 
dit  se  había  adelantado;  porque  habiendo  sabido  que  el 
Rey  de  Aragón  tenía  dicho  que  de  ningún  modo  con- 
sentiría que  el  Prelado  compostelano  pusiese  el  pie  en 
su  reino,  quiso  probar  si  podría  levantarse  esta  prohibi- 
ción pidiéndolo  él  personalmente.   Mas  pronto  tuvo  que 
convencerse  de  que  aún  él  mismo  no  recibiría  pequeño 
favor,  si  se  le  dejaba  pasar  tranquilamente.  En  efecto, 
al  aproximarse  á  la  frontera  de  Aragón,  le  salieron  al 
encuentro  algunos  guardias  avanzados  que  le  obligaron 
á  descargar  y  abril*  todo  el  equipaje  con  el  pretexto  de 
que  querían  recoger  el  dinero  que  le  había  entregado  el 
Obispo  de  Santiago,  el  cual,  según  tenían  entendido,  se 
disponía  á  pasar  los  puertos  llevando  consigo  una  gran 
suma  de  oro  y  plata.  — «En  esto,  le  dijeron,  no  hacemos 
más  que  cumplir  los  mandatos  de  nuestro  Rey.» —  Tra- 
bajo costó  al  Cardenal  el  convencerlos  de  que  él  no  lle- 
vaba más  dinero  que  el  suyo  propio.  Al  fin,  viéndose 
libre,  se  apresuró  cuanto  pudo  para  tras]^onor  el  Estado 
de  Aragón. 

Mientras  tanto,  D.  Diego  Gelmíiez  permanecía  on 
Sahagún,  en  donde  llegó  á  sus  oídos  un  rumor  gravísi- 
mo, el  de  la  muerte  del  Papa  (jrelasio.  El  rumor  l'ué  to- 


(1)     Lil).  II,  cap.  VIH. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA    I.  COMPOSTELANA         511 

mando  cuerpo  de  día  en  día  hasta  convertirse  en  certe- 
za; pues  el  Papa  había,  efectivamente,  tallecido  el  29  de 
Enero  de  1119.  Cualquiera  otro  que  no  fuera  Gelmírez, 
ante  esta  noticia  hubiera  caído  aplanado.  Tal  alternati- 
va de  recelos  y  de  esperanzas,  de  sucesos  prósperos  y  de 
fracasos,  era  para  hacer  titubear  y  desfallecer  al  ánimo 
más  esforzado;  pero  un  alma  del  temple  de  la  suya  se 
crecía  ante  los  golpes  más  rudos.  Buscando  el  apoyo  de 
D.*  Urraca,  que  á  la  sazón  se  hallaba  en  Burgos  no  poco 
alterada  con  la  prisión  del  Conde  de  Lara,  D.  Pedro 
González,  llevada  á  cabo  por  D.  Gutierre  Fernández  de 
Castro,  se  trasladó  con  toda  su  comitiva  de  Sahagún  á 
Palencia;  y  después  de  detenerse  cerca  de  un  mes  en 
esta  ciudad,  acompañado  del  Prelado  palentino  y  escol- 
tado por  los  soldados  de  la  Reina,  se  dirigió  á  la  capital 
de  Castilla. 

Hallándose  on  esta  ciudad,  llegó  el  Prior  de  Carrión, 
<[ue  trajo  noticias  fidedignas,  como  testigo  do  vista,  del 
fallecimiento  del  Papa  Gelasio  y  de  su  enterramiento 
en  el  Monasterio  de  Cluny.  Otra  noticia  trajo  el  Prior 
que  abrió  á  Gelmírez  un  nuevo  horizonte  de  esperanzas: 
y  era  que  el  1.''  de  Febrero  había  sido  elegido  Papa  el 
Arzobispo  de  Viena,  el  hermano  del  Conde  de  Galicia, 
D.  Ramón,  el  tío  de  D.  Alfonso  Vil,  aquel  mismo  (fui- 
do.  Arzobispo  de  Viena,  á  quien  ya  en  varias  ocasiones 
había  tratado  con  toda  intimidad.  Para  más  levantar  su 
esperanza,  aconteció  que  por  entonces  pasó  por  l^urgos 
un  noble  caballero  borgoñón  llamado  Roberto  Francis- 
co, cuñado  de  Calixto  II,  que  este  nombre  había  toma- 
do el  Arzobispo  de  Viena;  el  cual  caballero  se  dirigía  en 
peregrinación  á  Santiago;  pero  sabiendo  que  se  hallaba 
en  aquella  ciudad  ol   Obispo  compostolano,  le  entregó 


oi2  LIBBO   SEGUNDO 


una  Carta  que  para  él  le  había  dado  el  Papa.  De  la 
cual  Carta  el  tenor  era  como  sigue: 

«Calixto,  etc.  Hemos  resuelto  enviarte  acerca  de 
>  varios  asuntos  al  dador,  varón  noble  y  de  nuestra  fa- 
>milia.  Te  rogamos  que  lo  recibas  honradamente,  y  que 
>le  prestes  asenso  á  todo  lo  que  te  diga  de  nuestra  par- 
óte. Asimismo,  si  en  alguna  cosa  necesitas  del  consejo  ó 
»de  la  ayuda  de  la  Iglesia  de  Roma,  puedes  indicárnos- 
»lo  por  su  conducto,  pues  estamos  dispuestos  á  auxilia- 
»ros  y  favoreceros  en  cuanto  permita  el  Señor.  Dada  en 
»el  pueblo  de  Cristam  á  2  de  Marzo»  (de  1119)  (1). 

No  podía  ocultarse  á  Gelmírez  el  compromiso  en  que 
se  hallaba  de  enviar  un  mensajero  para  cumplimentar 
al  Papa.  Pero,  ¿dónde  iba  á  encontrarse  persona  que  se 
allanara  á  aceptar  este  encargo  después  de  las  lecciones 
recibidas,  y  máxime  entonces  que  D.  Alonso  de  Aragón 
se  hallaba  más  desembarazado  y  más  engreído  con  la 
conquista  de  Zaragoza,  que  había  caído  en  su  poder 
el  18  de  Diciembre  de  1118.  Discurrieron  largo  tiempo 
D.^  Urraca  y  Gelmírez  acerca  de  la  persona  que  sería  á 
propósito  para  el  caso;  y  en  estas  gestiones  retrocedie- 
ron de  Burgos  á  Palencia  y  de  Palencia  á  Sahagún.  Por 
fin,  á  fuerza  de  ruegos  é  instancias,  pudieron  persuadir 
al  maestro  Gerardo  que  él  era  el  llamado  á  desempeñar 
tal  comisión;  y  que,  porque  así  lo  reconocían  tanto  la 
Reina  como  el  Obispo,  se  habían  fijado  principalmen- 
te en  él. 

Accedió  Gerardo,  y  aunque  estaba  bien  penetrado 
de  la  clase  de  peligros  y  molestias  que  le  esperaban, 
todo  lo  aceptó  por  amor  del  Apóstol  y  por  sei'vir  á  su 


1)     Lib.  III,  ca]..  IX. 


LOS  TEES  PRIMEBOS  SIGLOS  DK  LA  I.   COMPOSTELANA  513 

Obispo.  Propúsose  ir  disfrazado  de  mendigo  por  caminos 
extraviados  y  acompañado  de  otros  dos  sujetos  de  su 
confianza,  que  habían  de  ir  como  peregrinos.  Nada  más 
habían  de  llevar  consigo,  que  lo  absolutamente  preciso 
para  la  vida;  porque  las  ofrendas  que  habían  de  presen- 
tarse al  Papa  como  obsequio  y  reconocimiento  de  su  au- 
toridad, se  entregaron  á  Bernardo,  Sacrista  de  San  Zoil 
de  Carrión,  que  quedó  en  conducirlas  en  compañía  de 
otro  Monje  cluniacense  llamado  Esteban  (1).  Hasta  de 
sus  cabalgaduras  se  desprendió  Gerardo;  pues  las  cedió 
en  Sahagún  al  cuñado  del  Papa,  que  ya  volvía  do  su 
peregrinación  á  Santiago. 

Cuando  todo  estuvo  dispuesto,  después  de  despedirse 
(le  la  Reina  y  del  Obispo,  emprendió  Gerardo  su  marcha 
caminando  desde  Sahagún  á  Palencia,  y  de  aquí  á  San- 
to Domingo  de  la  Calzada.  Hecha  esta  primera  etapa, 
emprendió  la  segunda,  que  fué  la  más  penosa.  Buscando 
las  sendas  más  extraviadas,  atravesando  profundos  va- 
lles, trepando  por  escarpadísimas  sierras,  pasaron  por  el 
terreno  abrupto  de  Caratia,  por  las  hondonadas  de  Angu- 
layia  hasta  que  en  Citragonium  tomaron  la  vía  pública. 
Desde  aquí,  caminando  de  noche  y  ocultándose  de  día, 
llegaron  al  pie  de  los  Pirineos,  que  atravesaron  por  los 
puertos  Cisereos,  que  la  Compostelaiia  llama  Sidéreos  (Puer- 
to Cize).  Advierte  Gerardo  que  el  solo  recuerdo  de  los 
trabajos,  de  las  angustias  que  sufrió  en  aquel  viaje,  le 
hacía  estremecer. 

Llegados,  por  fin,  á  Morían,  hicieron  descanso  para 


(I)  Lo  que  se  entregó  á  Bernardo  para  su  conducción,  fué  una  arqueta 
de  oro  que  pesaba  nueve  marcos;  y  además  100  maravedís  de  oro,  211  suel- 
dos pi(;tav¡ensos,  GO  sueldos  de  Milán,  20  do  Tolosa,  etc....  (Lib.  II,  cap.  X, 
pág.  274). 

Tomo  nr.— 33. 


614  LIBRO  SEGUNDO 


esperar,  según  lo  que  habían  acordado,  al  Sacrista  Ber- 
nardo y  á  su  compañero;  los  cuales  tuvieron  que  retra- 
sar su  viaje;  porque  no  les  fué  tan  fácil  como  pensaban 
el  atravesar  por  el  reino  de  Aragón.  Impaciente  Gerar- 
do por  presentarse  cuanto  antes  al  Papa  Calixto,  prosi- 
guió su  camino  en  compañía  de  Gualterio,  Obispo  de 
Magalona,  á  quien  había  encontrado  en  Montpeller. 

Al  fin  el  maestro  Gerardo  pudo  dar  por  bien  emplea- 
dos todos  sus  trabajos  y  penalidades  al  ver  la  afabilidad 
con  que  lo  recibió  el  Papa,  y  el  interés  que  demostró  por 
las  cosas  de  España.  Después  de  cumplimentarlo  en 
nombre  del  Prelado  de  Compostela,  de  la  Reina  Doña 
Urraca  y  del  Rey  D.  Alfonso,  tuvo  que  contestarle  á  nu- 
merosas preguntas  que  el  Papa  le  hizo  acerca  de  cada 
uno  de  dichos  personajes.  En  especial,  por  su  sobrino 
D.  Alfonso  demostró  Calixto  II  muy  tierna  y  cariñosa 
solicitud.  No  se  cansaba  de  preguntar  cómo  se  hallaba, 
si  seguía  bien,  si  se  había  apoderado  al  fin  de  Alcalá,  y 
otras  cosas  por  el  estilo,  que  denotaban  el  entrañable 
afecto  que  hacia  él  sentía. 

Del  asunto  de  la  traslación  de  la  Sede  Bracarense  á 
Santiago,  como  su  misión  no  se  extendía  á  más  que  á 
cumplimentar  al  Papa,  no  osó  hacer  pretensión  formal, 
contentándose  con  vagas  indicaciones  acerca  de  lo  que 
exigía  la  grandeza  de  la  Iglesia  compostelana,  que  con- 
tenía el  Sepulcro  de  uno  de  los  Apóstoles  más  amados 
de  Jesucristo,  y  acerca  de  las  aspiraciones  y  constante 
anhelo  del  Prelado  compostelano.  Apoyábanlo  en  estos 
disimulados  alegatos  los  Cardenales  Bosson  y  Dousdedit, 
los  cuales  poco  hacía  que  habían  estado  en  España,  y 
conocían  perfectamente  las  intenciones  de  Gelmírez.  El 
encargado  do  plantear  resuoltamonto  la  cuestión,  era  el 


LOS  TBES   PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  515 

Abad  de  Cluiiy,  Poncio,  quien,  á  aquella  fecha,  había 
recibido  ya  por.  conducto  del  Sacrista  de  Carrión  y  de 
su  compañero,  los  documentos  y  presentes  que  iban  des- 
tinados para  el  Papa.  La  ocasión  no  era  muy  propicia; 
porque  á  la  sazón  las  íntimas  y  amistosas  relaciones  en- 
tre el  Pontífice  y  el  Abad  de  Cluny  se  habían  entibiado 
algún  tanto;  por  lo  cual  no  había  entre  ellos  la  acostum- 
brada cordialidad  y  el  fácil  cambio  de  juicios  y  de  im- 
presiones. 

Mas  no  fué  esto  lo  más  grave.  Sucedió  que  por  enton- 
ces llegó  á  la  Corte  del  Papa  un  Monje  de  España, 
llamado  Burgundio,  el  cual  había  sido  enviado  por  el 
Arzobispo  de  Toledo  con  cartas  suscriptas  por  D.  Alfon- 
so VIL  En  ellas  D.  Alfonso  felicitaba  á  Calixto  II  con 
la  efusión  y  el  afecto  propios  de  un  buen  sobrino;  des- 
pués, al  entrar  á  hablarle  de  sus  cosas,  le  daba  quejas 
del  Obispo  de  Santiago,  diciéndolo  que  por  él  estuvo  á 
punto  de  perder  el  reino,  y  que  siempre  que  había  podi- 
do, se  le  había  mostrado  enemigo  y  adversario;  que  por 
lo  tanto,  se  ponía  en  sus  manos  para  que  él  fuese  su 
protector  y  curador  (1). 

La  dolorosa  impresión  que  produjo  en  el  ánimo  de 
Calixto  la  lecturca  de  esta  carta,  le  previno  en  alto  gra- 
do contra  D.  Diego  Celmírez.  En  una  ocasión  en  que, 
hallándose  en  Saint-CJilles,  se  le  presentó  el  Abad  de 
Cluny,  le  dijo  que  si  quería  enterarse  de  los  méritos  de 
su  recomendado,  que  llevase  y  leyese  detenidamente 
aquella  carta.  Y  en  efecto,  el  Abad  la  llevó  y  leyó,  y 
con  él  el  maestro  Oerardo.  El  cual  no  por  eso  se  abatió 


(1)     El  maestro  Gerardo  (lib.  II.  cap.  X,  pág.  27G)   dice  que  esta  carta 
había  sido  redactada  por  el  Arzobispo  de  Toledo. 


516  LIBBO    SEGUNDO 


y  desesperó;  aguardó  á  que  el  disgusto  del  Papa  se  fuese 
desvaneciendo,  y  entretanto,  trató  de  demostrar  que 
aquellas  quejas  no  tenían  fundamento,  ó  que  si  alguno 
tenían,  era  el  desafecto  que  el  Arzobispo  de  Toledo  abri- 
gaba hacia  el  Prelado  compostelano. 

Pasado  algún  tiempo  quiso  descubrir  Gerardo  antes 
de  marcharse  en  que  ánimo  quedaba  el  Papa  respecto 
de  la  pretensión  del  Prelado  compostelano.  Para  ello 
en  unión  con  los  Canónigos  de  Santiago  Arias  Díaz  y 
Pedro  Anaya  á  quienes  había  hallado  en  Saint-Gilíes 
de  vuelta  de  su  peregrinación  á  Jerusalén,  partió  de  es- 
ta ciudad  á  Tolosa  en  seguimiento  de  Calixto  II,  que  el 
O  de  Junio  de  1119  celebró  Concilio  en  este  último  pun- 
to para  tratar  de  la  difícil  situación  por  que  entonces 
atravesaba  la  Iglesia. 

Cuando  los  tres  Canónigos  compostelanos  vieron 
ocasión  oportuna,  se  presentaron  al  Papa  para  despedir- 
se. Acompañábanlos  el  Abad  de  Cluny  y  el  Obispo 
de  Lesear.  Calixto  II  no  ignoraba  ciertamente  lo  que 
pretendían  Gerardo  y  sus  compañeros;  así  es  que  sin 
ambages  les  descubrió  su  pecho  y  les  dijo  en  substancia: 
«La  Iglesia  Romana,  como  sabéis  hijos  carísimos,  ya 
hace  tiempo  que  se  ve  combatida  y  hecha  blanco  de 
muchos  adversarios.  Quiso  el  Señor  que  en  tales  cir- 
cunstancias fuese  yo,  aunque  indigno,  el  encargado  de 
presidirla  y  de  ampararla  en  su  opresión.  Por  lo  tanto, 
no  os  olvidéis  de  rogar  y  aconsejar  á  vuestro  Obispo  de 
nuestra  parte,  que  procure  ayudar  en  lo  que  pueda  á  la 
Iglesia  de  Roma.  Decidle  también  de  nuestra  parte  que 
continúe  favoreciendo  valerosa  y  resueltamente,  como 
hizo  en  un  principio,  á  nuestro  sobrino  el  Rey  Alfonso, 
para  que  al  monos  conserve  el  reino  de   Galicia  que  le 


LOS  TRES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELANA  517 

adjudicó  en  León  su  abuelo  el  Rey  D.  Alfonso  á  presen- 
'  cia  de  él  y  nuestra;  y  que  tonga  entendido  que  según 
sea  la  resolución  con  que  se  ponga  al  lado  de  nuestro 
sobrino,  con  la  misma  procuraremos  condescender  con 
sus  peticiones;  pues  se  nos  ha  dicho  que  no  ha  dejado  de 
demostrársele  hostil  en  todo  cuanto  pudo .  En  otro 
tiempo  estreché  entre  mis  brazos  con  paternal  amor  á 
vuestra  Iglesia  y  á  vuestro  Obispo;  hoy  si  ese  antiguo 
amor  ha  de  perseverar  é  ir  en  aumento,  es  necesario 
que  por  quien  está  en  lugar  de  padre,  se  preste  á  nues- 
tro sobrino  el  conveniente  apoyo  (1).  Por  lo  que  toca  á 
la  pretensión  de  que  se  traslade  á  Santiago  la  Metró- 
poli Bracarense,  nada  podemos  resolver  por  ahora;  cosa* 
de  tanta  entidad  debe  tratarse  no  sólo  estando  él  pre- 
sente, sino  también  los  Obispos  comprovinciales.  Si 
hubiera  asistido  al  Concilio  de  Tolosa,  quizás  hubiéra- 
mos podido  satisfacer  su  petición;  pero  ya  que  es  tanto 
su  deseo  de  exaltar  á  la  Iglesia  de  Santiago,  advertidle 
que  procure  vernos  en  el  Concilio  que  pensamos  cele- 
brar el  día  de  San  Lucas  en  la  ciudad  de  Reims,  ó  si 
para  ello  tuviere  impedimento  canónico,  antes  que  pase- 
mos á  Italia.  > 

Antes  de  retirarse,  depositó  Gerardo  á  los  pies  del 
Papa  veinte  onzas  de  oro  como  ofrenda  de  la  Iglesia  de 
Santiago  (2).  Calixto  II  los  despidió  afectuosamente  y 


(1)  Llama  la  atención  (lue  en  todos  estos  trabajos  y  gestiones  para 
oljtener  el  Arzobispado,  la  Compostelana  no  mencione  para  nada  al  Rey 
D.  Alfonso.  En  cambio,  á  D*  I'rraca,  la  nombra  con  frecuencia.  Sin  duda, 
ya  se  hallaba  latente  entre  madre  é  hijo  la  discordia  que  estalló  después,  y 
por  eso  era  necesario  á  D.  Diego  Gelmírez  proceder  con  cierta  cautela  para 
no  excitar  los  celos  de  la  iracunda  y  vengativa  D."  Urraca. 

(2)  La  arqueta  de  oro  y  lo  demás  que  había  llevado  el  Sacrista  de  Ca- 
rrión  lo  dejó  Gerardo  en  poder  del  Abad  de  Cluny  para  otra  ocasión, 


518  LIBRO    SEGUNDO 


les  entregó  una  carta  para  D.  Diego  Gelmírez,  en  la 
cual  se  resumían  los  conceptos  que  acabamos  de  expo- 
ner (1).  Como  la  carta  está  datada  en  Tolosa  á  12  de 
Julio  (de  1119),  es  de  colegir  que  ésta  fué  próximamen- 
te la  fecha  en  que  los  tres  Canónigos  dieron  vuelta  para 
Santiago. 

Después  que  el  Prelado  compostelano  leyó  la  carta 
del  Papa  y  oyó  lo  que  le  referían  Gerardo  y  sus  compa- 
ñeros, ya  no  se  preocupó  de  otra  cosa  que  del  viaje  á 
Reims;  y  aunque  Calixto  II,  por  conducto  de  Vito,  Obis- 
po de  Lesear  y  de  otros  mensajeros  había  encargado  al 
Rey  de  Aragón  que  le  dejase  franco  el  paso  por  su  rei- 
no, prefirió  la  vía  de  mar  aún  á  pesar  del  bloqueo  de 
los  Moros  y  de  la  rapacidad  de  los  piratas.  Mandó, 
pues,  armar  convenientemente  dos  galeras,  y  entretan- 
to envió  á  la  Reina  D.^  Urraca  al  Cardenal  Pedro  Gun- 
desíndez  y  al  Juez  Pedro  para  darle  parte  de  su  pro- 
yectado viaje,  y  al  mismo  tiempo  consultarle  acerca  de 
las  personas  á  quienes  había  de  dejar  encomendado  el 
gobierno  de  la  tierra  de  Santiago. 

No  obstante,  en  esta  expedición  tropezó  D.  Diego 
con  otro  género  de  obstáculos  y  contrariedades  distinto 
del  que  había  encontrado  hasta  entonces.  Sobre  la  mera 
recomendación  que  Calixto  II  le  había  hecho  en  favor 
de  su  sobrino  el  Rey  D.  Alfonso,  levantaron  algunos  de 
sus  antiguos  enemigos  una  tei'rible  máquina  para  liacor 
caer  sobre  él  toda  la  suspicacia  y  todo  el  rencor  de 
j)  a  Urraca.  Hicieron  llegar  misteriosamente  á  los  oídos 
de  la  Reina  que  el  designio  que  llevaba  Gelmírez  en  su 
viaje  á  Francia,  era  reclutar  en  las  tierras  de  Borgoña, 


(1)     Hist.  Compost.,  lib.  II,  cap.  XII. 


LOS  TRES  PBIMEROS  SIGLOS  DK  LA  I.  COMPOSTELANA  519 

de  donde  procedía  el  Conde  D.  Ramón,  un  buen  golpe 
de  gente  y  volver  con  él  para  poner  á  disposición  de 
D.  Alfonso  todo  el  reino  de  España. 

Tal  vez  D.^  Urraca  no  se  dejase  persuadir  de  esta 
fantástica  y  novelesca  invención;  pero  por  lo  que  pudie- 
ra suceder,  puso  su  veto  á  la  salida  de  D.  Diego  con  el 
pretexto  de  que  la  vía  marítima  era  tan  expuesta  como 
la  de  tierra,  y  de  que  con  su  ausencia  i-onacerian  infali- 
blemente en  Galicia  los  antiguos  trastornos  y  rebelio- 
nes (1).  El  mismo  Cabildo  estaba  dividido:  unos  opina- 


(l)  Hisf.  Compost.,  lib.  II,  cap.  XIÍ,  pag.  279.  — Empero,  D.**^  Urraca 
no  debió  i^ermanecer  entonces  mucho  tiempo  en  este  estado  de  animadver- 
sión hacia  D.  Diego.  En  20  de  Junio  de  1 120  le  liizo  á  él  y  al  Cabildo  (tibí 
Didaco  praefatae  Ecclesiae  II episcopo  et  ómnibus  Canonicis),  una  copiosa 
donación,  que  comprendía  la  tierra  de  Dorniiana  (Dormeá)  con  sus  hom- 
bres y  caracfere,  la  isla  de  Laonio  (Loño)  entre  el  Ulla  y  el  Arnego,  tam- 
bién con  sus  hombres  y  caractere  y  un  coto  en  Losan  (partido  de  Lalín). 
Señaló,  además,  el  territorio  que  comprendía  el  gran  coto  de  la  tierra  de 
Santiago,  demarcándolo  al  E.  por  el  río  Iso,  al  O.  por  el  mar,  al  X.  por  el 
Tambre  y  al  S.  por  el  Ulla,  declarando  bajo  gravísimas  penas  que  en  toda 
esta  comarca  así  acotada,  ningún  ejecutor  de  justicia  de  señorío  extraño 
])udiese  entrar  sin  licencia  del  Obispo  y  del  Cabildo;  }'•  que  todos  sus  mora- 
dores, así  los  entonces  existentes,  como  los  que  en  lo  futuro  viniesen  á  mo- 
rar de  tierras  de  realengo,  á  nadie  tuviesen  que  responder  por  la  condición 
de  su  persona,  sino  al  Qlnspo  }-  al  Cabildo.  VjMsl  declaración  ya  se  la  había 
recomendado  estando  para  morir  su  esposo  D.  Ramón  (véase  cap.  XI,  pá- 
gina 2')G);  y  aunque  D.'^  Urraca  ya  do  algi'in  modo  la  hiciera,  según  hemos 
visto  en  el  cap.  XV,  págs.  H72-373,  (¿uiso  en  esta  ocasión  renovarla  y  con- 
ñrmarla  en  Ibrma  más  solemne  y  categórica.  (Véanse  Apéndices,  nú- 
mero XXXVII).  Conñrmó,  asimismo,  T).*  Urraca  la  exención  de  que  goza- 
l»an  los  ciudadanos  de  Compostela  de  pagar  portazgo  en  todos  los  estados 
hasta  donde  entonces  se  extendía  su  reino.  En  el  preámbulo  del  Diploma, 
manifiesta  la  Reina  que  el  principal  motivo  para  otorgar  esta  gracia,  fueron 
los  muchos  milagros  ((ue  se  obraban  al  pie  de  la  Tumba  del  Apóstol  San- 
tiago. (Quoniam  ad  tumulutn  Bmi.  Jacobi  Apostoli  multae  virtutes  fiunt,  si- 
cutí  ego  ipsa  saepixis  persensi....) 


520  LIBKO  SEGUNDO 


ban  que  el  Prelado  no  debía  dejar  de  concurrir  al  Con- 
cilio de  Reims;  otros  decían  que  el  viaje  á  Francia  era 
tan  azaroso,  tan  expuesto  á  inevitables  contratiempos, 
tan  preñado  de  funestas  consecuencias,  que  debía  de  re- 
putarse como  imposible.  Esta  fué  la  opinión  que  pre- 
valeció. 

Y  sin  embargo,  la  voluntad  del  Papa  era  terminan- 
te y  el  interés  de  la  Iglesia  compostelana  reclamaba  im- 
periosamente que  alguien  lo  representase  en  la  Corte 
pontificia. 

En  este  trance,  el  Obispo  de  Oporto,  D.  Hugo,  que  á 
la  sazón  se  hallaba  en  Compostela,  como  tan  devoto  y 
obligado  al  Apóstol  Santiago,  se  ofreció  á  ir  á  Francia 
para  presentarse  al  Papa  en  nombre  de  D.  Diego  y  ges- 
tionar la  concesión  de  la  dignidad  Metrópoli  tica  (1). 
Acordóse  que  ya  que  no  se  pudiese  optar  á  la  traslación 
de  la  Metrópoli  Bracarense  á  causa  de  la  ausencia  del 
Obispo  de  Santiago  y  de  los  demás  Obispos  de  la  provin- 
cia, se  solicitase  la  Metrópoli  de  Mérida  ú  otra  dignidad 
por  el  estilo. 

Recogidas  estas  instrucciones  y  los  documentos  co- 
rrespondientes, lleno  de  abnegación  y  de  intrepidez,  se 
puso  D.  Hugo  en  camino  acompañado  de  dos  de  sus  fa- 
miliares. Gelmírez  le  dio  también  por  compañero  á  un 
Canónigo  de  Santiago  llamado  Arias  Pérez;  pero  Don 
Hugo  no  quiso  esperar,  y  apresuró  la  marclia.  Como  era 
tan  conocido  en  todos  los  pueblos  por  donde  pasaba  el 
camino  de  Santiago,  tuvo  que  disfrazarse,  y  disfrazarse 


(1)  D.  Hugo  llevó  también  otros  asuntos  referentes  á  su  Iu;lesia,  que 
tenía  diferencias  con  las  de  Braí^a  y  Coimbra,  por  cuestión  de  límites.  (lA- 
bro  II,  cap.  XIII,  pág.  282). 


LOS   TRES  PBIMKBOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA         52 i 

de  mendigo  y  cambiar  á  cada  paso  de  disfraz.  Unas  ve- 
ces iba  á  pie,  otras  á  caballo;  ora  se  fingía  ciego,  ora 
cojo,  ora  contrahecho.  El  Canónigo  Arias  Pérez,  que  le 
iba  siguiendo,  no  pudo  pasar  de  Burgos;  pues  allí  fué  de- 
tenido y  arrestado,  justamente  dos  días  después  de  haber 
pasado  D.  Hugo. 

Burlando  de  esta  manera  la  vigilancia  de  los  que  es- 
taban en  acecho  para  detenerle,  llegó  á  Logroño,  en 
donde,  confundido  con  otros  peregrinos,  fué  á  parar  á 
casa  de  un  burgués  que  le  había  tratado  desde  cuando 
D.  Hugo  fuera  Arcediano  de  Santiago.  No  desconoció 
el  huésped  la  fisonomía  del  Obispo  de  Oporto,  á  pesar  de 
los  andrajos  con  que  se  hallaba  cubierto;  pero  era  perso- 
na honrada  y  prudente,  y  no  sólo  no  lo  descubrió,  sino 
que  le  ayudó  á  guardar  el  incógnito.  No  terminó  D.  Hu- 
go su  odisea  hasta  que  llegó  á  Morían,  en  donde  se  detu- 
vo dos  días  para  reponerse  de  las  pasadas  fatigas,  y 
arreglar  su  persona  y  vestido  cual  convenía.  Hecho  es- 
to, se  puso  en  camino  en  dirección  á  Cluny;  y  con  tan- 
ta oportunidad,  que  al  día  siguiente  de  su  partida  llega- 
ron los  sabuesos  del  Rey  de  Aragón  en  busca  suya. 

En  Cluny  fué  recibido  por  el  Abad  Poncio  con  las 
muestras  más  inequívocas  de  afecto  y  consideración. 
Entregó  los  poderes  que  llevaba  de  Gelmírez,  y  recogió 
los  objetos  que  había  dejado  el  maestro  Gerardo.  Pero  á 
todo  esto  el  Concilio  de  Ileims  ya  se  había  celebrado,  y 
en  la  Corte  pontificia  no  se  había  recibido  noticia  ni 
aviso  alguno  del  Prelado  compostelano;  todo  lo  cual  hizo 
revivir  los  antiguos  recelos,  desconfianzas  y  prevencio- 
nes contra  Gelmírez.  Alegábase,  para  demostrar  su  fal- 
ta de  aprecio  y  consideración  hacia  la  Corte  del  Papa, 
la  poca  prisa  que  se  había  dado  para  asistir  al  Concilio 


522  LIBRO    SEGUNDO 


remense,  ó  al  menos  para  enviar  un  delegado,  cabal- 
mente en  ocasión  en  que  pretendía  el  Arzobispado  bra- 
cárense;  lo  cual  sólo  á  fuerza  de  humildes  y  reiteradas 
súplicas  y  obsequiosas  representaciones  podría  obtenerse. 

Fué  como  providencial  que  la  llegada  á  Cluny  del 
Obispo  de  Oporto  casi  coincidiese  con  el  acto  solemne  en 
que  el  Papa  y  el  Abad  Poncio  reanudaron  su  antigua 
cordialidad;  el  cual  acto  tuvo  lugar  el  6  de  Enero  de  1120 
en  la  misma  Abadía  de  Cluny,  á  donde  había  ido  Calix- 
to II  después  del  Concilio  de  Reims.  Esto  preparó,  por 
decirlo  así,  un  camino  seguro  por  donde  el  Obispo  de 
Oporto  pudiese  dirigir  su  pretensión  derechamente  al 
Papa. 

La  Gompostelana  (1)  trae  la  peroración  que  el  Abad 
Poncio  hizo  al  Papa  en  nombre  de  la  Iglesia  de  Santia- 
gOo  Hela  aquí:  «Ruego  y  suplico  á  vuestra  Majestad, 
Santísimo  Padre,  que  os  digneis  sublimar  la  Iglesia  del 
Apóstol  Santiago,  y  condescender  con  los  justos  deseos 
de  su  Obispo,  vuestro  amigo.  Haced  vos  lo  que  ya  hubie- 
ran hecho  vuestros  predecesores  Pascual  y  Grelasio,  si 
para  ello  hubieran  tenido  tiempo  y  lugar.  El  mismo  San- 
tiago os  pide  una  Metrópoli  para  su  Iglesia.  Si  no  os 
dignáis  acceder  á  mis  ruegos  y  á  mis  exhortaciones,  ac- 
ceded al  menos  á  los  del  Apóstol.  Todas  las  Iglesias 
Apostólicas  se  distinguen  y  se  señalan  por  su  alta  dig- 
nidad eclesiástica;  sólo  la  de  Santiago,  sita  en  el  último 
confín  del  Occidente,  está  reducida  á  la  categoría  de 
simple  Obispado.  Entre  las  demás  Sedes  comprovinciales, 
no  sobresale  por  dignidad,  sino  por  la  prerrogativa  del 


(1)    Lib.  II,  cap.  XV,  pág.  288. 


LOS  TEES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  523 


fundo  en  que  está  situada.  Dignaos,  por  lo  tanto,  exal- 
tar á  la  Iglesia  compostelana,  ya  que  no  sea  con  la  Me- 
trópoli bi'acarense  ó  con  el  Arzobispado  que  antigua- 
mente, en  tiempo  de  Teodomiro,  Rey  de  los  Godos  (1), 
tuvo  la  Iglesia  de  Lugo,  con  la  Metrópoli  de  la  Iglesia 
emeritense,  que,  despoblada  por  la  ferocidad  de  los  Sa- 
rracenos, perdió  el  culto  de  la  fe  cristiana.» 

No  produjo  esta  peroración  el  resultado  apetecido; 
por  lo  cual  se  esperó  á  otra  ocasión  que  no  tardó  en 
presentarse.  En  una  solemne  audiencia  en  la  cual  se  ha- 
llaban presentes  Guido  de  Albión,  Duque  de  Borgoña  y 
otros  muchos  Magnates  paisanos  del  Papa,  que  habían 
ido  en  peregrinación  á  Santiago,  y  que  se  habían  hecho 
cofrades  de  la  Iglesia  compostelana,  estando  preparados 
también  varios  de  los  Cardenales,  el  Abad  de  Cluny  y 
el  Obispo  de  Oporto,  seguidos  de  los  Caballeros  borgoño- 
nes,  se  postran  á  los  pies  del  Papa  y  prorrumpen  en  una 
humilde  y  sentida  súplica  pidiendo  que  se  ennoblezca  á 
la  Iglesia  compostelana  con  la- dignidad  Arzobispal  que 
tuvo  Mérida,  y  protestan  que  no  se  levantarán  mientras 
no  se  les  conceda  lo  que  piden.  No  fué  dado  al  Papa 
Calixto  el  resistir  á  tales  y  á  tan  reiteradas  súplicas  é 
instancias:  Levantaos,  hijos  carísimos  en  Cristo,  contestó 
conmovido,  levantaos;  mucho  es  ¡o  que  pedís,  pero  justo  es  que 
se  conceda.  Con  la  ayuda  de  Dios  la  Iglesia  compostelatia  será 
ennoblecida  con  la  dir/nidad  metropolitana  de  la  Jr/lesia  emeri- 
tense (2). 

De  los  labios  de  todos  salió  unánimemente  un  espon- 
táneo voto  de  gracias  al  Papa:   y  después  de  haberle 


(1)     De  los  Suevos,  debiera  decir. 
(•2)     Lib.  II,  cap.  XV,  pág.  28U. 


524:  LIBHO  SEGUNDO 


besado  el  pie,  se  retiraron  llenos  de  gozo.  Faltaba  sólo 
fijar  y  concertar  ciertos  detalles  de  ejecución;  como 
las  condiciones  de  la  traslación,  la  redacción  de  la  Bu- 
la, etc..  Para  lo  cual  á  punto  llegaron  dos  Canónigos  de 
Santiago,  Pedro  Fulcón  y  Arias  Pérez  (1),  que  envió  Don 
Diego  Gelmírez;  porque  tratándose  de  un  asunto  como 
aquel  de  tanto  interés  para  la  Iglesia  compostelana,  no 
creyó  justo  que  estuviese  sólo  gestionándolo  el  Obispo 
de  Oporto,  sin  que  le  prestase  ayuda  ningún  ministro  de 
la  Iglesia  interesada.  Mas  D.  Hugo,  que  puesto  en  el 
caso  de  servir,  quería  servir  por  completo,  viendo  lo  pro- 
picio de  la  ocasión,  se  adelantó  á  solicitar  para  el  Pre- 
lado de  Santiago  la  Legacía  Apostólica,  sobre  las  dos 
provincias  eclesiásticas  de  Braga  y  Mérida;  y  con  tanta 
felicidad,  que  esta  segunda  pretensión  halló  entrada 
franca  en  el  ánimo  del  Pontífice. 

Pero  importaba  obtener  cuanto  más  antes  el  despa- 
cho de  las  Bulas,  con  que  se  habían  de  ratificar  y  auto- 
rizar ambas  concesiones.  Los  fondos  que  D.  Hugo  tenía 
en  su  poder  no  bastaban  para  satisfacer  los  derechos  ca- 
marales  y  de  cancelaría;  por  lo  cual  los  dos  Canónigos 
Pedro  Fulcón  y  Arias  Pérez  vinieron  á  toda  posta  á  San- 
tiago para  volver  dentro  del  menor  plazo  posible  con  la 
suma  que  se  requería.  Llegaron  felizmente  á  Santiago; 
traían  cartas  del  Abad  de  Cluny  y  del  Obispo  con  sobre 
á  D.  Diego  Gelmírez,  Arzobispo  de  Compostela  y  Legado  de  la 
Santa  Romana  Iglesia,  El  maestro  Gerardo  (2)  dice  que 
su  pluma  era  insuficiente  para  describir   el  júbilo  con 


(1)  Era  el  mismo  que  había  salido  con  el  Obispo  de  Oporto,  y  que  libre 
de  la  prisión  de  Burgos,  dio  vuelta  para  Santiago. 

(2)  Lib.  II,  cap.  XVI,  pág.  290. 


LOS  THES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA         525 

que  Grelmírez  y  los  Canónigos  á  quienes  se  había  dado 
parte  en  el  asunto,  oyeron  estas  noticias  de  la  boca  do 
los  dos  mensajeros.  Se  comprende;  el  ver  al  fin  realiza- 
dos los  ensueños  y  aspiraciones  de  toda  la  vida,  el  ver 
al  fin  conseguido  lo  que  á  costa  de  tantos  afanes,  de  tan- 
tos sacrificios,  y  á  pesar  de  tantos  contratiempos  y  con- 
trariedades se  había  solicitado,  no  podía  menos  de  inun- 
dar de  gozo  el  pecho  de  los  que  habían  pasado  por  estos 
lances,  y  resarcirles  superabundantemente  de  las  ansias 
y  de  las  amarguras  sufridas. 

Mas  era  necesario  reunir  cuanto  antes  la  suma  que 
venían  á  buscar  Pedro  Fulcón  3^  Arias  Pérez  y  que  as- 
cendía al  valor  de  260  marcos  de  plata.  Acord(')se  con  la 
debida  reserva,  que  se  tomasen  del  Tesoro  de  la  Iglesia 
las  alhajas  necesarias  para  completar  dicha  cantidad. 
Sacóse  una  mesa  redonda  de  plata,  de  las  que  vulgarmen- 
te se  llamaban  intrernissa  (1),  la  cual  mesa  pesaba  40 
marcos  de  plata  y  había  sido  del  Rey  de  los  Sarracenos, 
Almostaín  (2),  una  cruz  de  oro  y  una  casulla  de  lo  mis- 


(1)  ínter missium  ó  ínter mlssorius  en  el  latín  de  la  Edad  media.  Ve- 
nía á,  ser  un  ai)arato  con  ruedas  que  circulaba  por  la  mesa,  para  servir  cier- 
tos delicados  manjares  que  contenía. 

(2)  Este  Rey  Almostaín  (Almostanus)  que  aquí  menciona  la  Composte- 
lana  (cap.  XVI,  pág.  291),  debe  ser  Almostaín,  Rey  de  Zaragoza,  que  pereció 
el  año  1110  en  la  batalla  de  Valtierra.  Como  hemos  visto  en  la  pág  391,  pa- 
ra facilitar  D.*  Urraca  su  luga  de  Aragón  en  donde  estaba  como  prisionera 
de  su  pretenso  marido,  dio  libertad  á  los  rehenes  que  había  dado  el  hijo  de 
Almostaín,  Amad-Dola;  el  cual,  en  pago,  le  envió  gran  peso  de  oro  y  plata. 
En  este  peso  de  oro  y  plata  debió  figurar  sin  duda  la  intremissa  de  (¿ue  aquí 
se  habla;  la  cual  con  otras  alhajas,  daría  acaso  D.*  Urraca  á  Gelmírez  para 
más  asegurarlo  en  su  devoción.  Esto  quizás  explique  el  por  qué  D.  Alonso 
de  Aragón  perseguía  con  tanta  saBa  y  coraje  á  los  Ministros  de  la  Iglesia 
de  Santiago,  y  en  especial  á  los  que  él  sospechaba  que  llevaban  dinero  en 
objetos  de  valor. 


526  LIBRO  SEGUNDO 


mo,  que  había  donado  el  Rey  D.  Ordeño  II,  y  una  coro- 
na también  de  oro.  Todo  ello  montaba  220  marcos  de 
plata;  los  40  que  faltaban,  los  suplió  Gelmírez  de  su  bol- 
sillo particular. 

La  dificultad  estaba  en  remitir  intacta  tal  cantidad 
á  Francia.  Aconteció  por  entonces  que  combatida  de 
recia  tormenta  en  aguas  sarracenas  una  nave  norman- 
da, había  venido  buscando  refugio  al  Castillo  Honesto  q 
Torres  de  Oeste.  Recobrada,  y  estando  ya  para  zarpar 
la  nave  con  dirección  á  Normandía,  se  le  ocurrió  á  Don 
Diego  el  proponer  á  la  tripulación,  si  quería  llevar  consi- 
go y  después  poner  en  Cluny,  cierta  suma  que  él  tenía 
que  enviar  á  este  último  punto.  Corrióse,  en  efecto,  la 
voz  de  que  la  tripulación,  que  era  gente  dada  al  tráfico, 
había  aceptado,  y  se  comprometiera  á  hacer  el  encargo 
de  Gelmírez.  Todo  esto  era  fingido  para  desorientar  á 
los  curiosos  acerca  de  la  vía  que  habían  de  llevar  los 
caudales  remesados  á  la  Corte  pontificia. 

Por  aquel  entonces  se  estaban  armando  en  Galicia 
un  gran  número  de  caballeros  para  marchar  á  Tierra 
Santa.  Poco  antes  habían  llegado  unos  mensajeros  que 
el  Patriarca  de  Jerusalén  había  dirigido  á  D.  Diego 
Gelmírez;  los  cuales  hacían  la  más  desoladora  pintura 
del  estado  de  los  Cristianos  en  Palestina,  y  pedían  con 
todo  ahinco  y  encarecimiento  que  no  se  tardase  en  en- 
viar algunos  socorros  á  la  Ciudad  Santa;  pues  su  situa- 
ción se  hacía  de  día  á  día  insostenible.  Los  dos  Canóni- 
gos Arias  Díaz  y  Pedro  Anaya,  que  acababan  de  llegar 
de  Jerusalén,  podía] i  confirmar  la  veracidad  y  exactitud 
de  estas  noticias.  Tales  súplicas  y  tales  lamentos,  halla- 
ron eco  en  el  corazón  de  muchos  caballeros  gallegos, 
los  cuales   dando  oído  á  las   insinuaciones  de  su  piedad 


LOS  THES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  527 

y  de  su  fe,  no  titubearon  en  cruzarse,  y  afrontar  con  es- 
to todos  los  peligros  á  que  tal  insignia  los  obligaba. 

D.  Diego  Gelmírez  había  dado  el  encargo  de  llevar 
el  dinero  á  Cluny  á  dos  vecinos  de  Compostela,  llamados 
Pedro  Fraile  (1)  y  Pedro  Yáñez  (2),  los  cuales  aparte  de 
ser  personas  de  confianza,  por  su  ingenio  y  travesura 
eran  de  lo  más  á  propósito  para  el  caso.  Estos,  de  acuer- 
do con  el  Prelado,  se  entendieron  con  varios  de  los  Cru- 
zados proponiéndoles  una  buena  y  meritoria  obra  que 
podían  hacer  al  mismo  tiempo  que  caminaban  para 
Jerusalón,  y  era  llevar  consigo  cada  uno  hasta  Francia 
cierta  cantidad  de  oro  que  les  darían.  Les  certificaron 
también  que  el  Obispo  compostelano  en  premio  de  su 
servicio  y  de  su  lealtad,  les  concedía  copiosas  indulgen- 
cias espirituales,  remitiéndoles  la  penitencia  de  varios 
años  en  proporción  de  las  onzas  de  oro  que  llevasen. 
Aceptaron  de  buena  voluntad  los  Cruzados;  y  unos  reci- 
bieron diez  onzas  de  oro,  otros  nueve,  otros  ocho,  y  así 
los  demás  liasta  que  se  completó  la  suma  pedida,  que  lle- 
gaba á  doscientas  onzas.  De  esta  manera,  la  suma  de 
oro  que  representaba  los  260  marcos  de  plata  pedidos, 
pudo  llegar  sin  novedad  á  Montpeller;  en  donde,  como 
estaba  acordado,  la  recogieron  varios  Monjes  Cluniacen- 
sis;  y  en  Cluny,  Pedro  Fraile  y  Pedro  Yáñez,  en  presen- 
cia del  Abad  Poncio  y  del  Obispo  de  Oporto,  la  entrega- 
ron al  Camerario  del  Papa,  Esteban  de  Bisontio. 

El  Obispo  D.  Hugo  recogió  las  Bulas  que  se  despa- 


(1)  A  este  Pedro  Fraile  eu  la  Compostelana  se  le  llama  arcar  ¿o.  Entre 
los  oficiales  de  la  obra  de  Santiago  había  uno  que  se  llamaba  arquero,  ó 
guardador  de  las  arcas.  Tal  vez  desempeñase  este  oficio  Pedro  Fraile. 

(2)  Este  fué  después  Canónigo  de  Santiago. 


528  LIBRO  SEGUNDO 


cliaron  en  Valencia  (del  Delfinado  en  Francia),  la  de  la 
traslación  de  la  Metrópoli  emeritense  á  27  de  Febrero,  y 
la  de  la  Legacía  á  28  de  Febrero  de  1120;  pero  como  se 
temía  del  Rey  de  Aragón,  no  se  atrevió  á  traerlas  en 
persona,  como  era  su  deseo,  y  las  envió  por  los  citados 
Pedro  Fraile  y  Pedro  Yáñez  (1). 

Las  Bulas  llegaron  tan  oportunamente  á  Santiago, 
que  pudieron  sei'  publicadas  con  la  solemnidad  que  se 
puede  suponer,  el  mismo  día  de  la  fiesta  principal  del 
Apóstol,  ó  sea  el  25  de  Julio. 

Desde  este  memorable  día,  25  de  Julio  do  1120,  co- 
mienza una  nueva  fase  en  la  historia  de  nuestra  Santa 
Apostólica  Iglesia.  Hasta  aquí,  sin  salir  do  su  condición 
de  nueva  Cátedra  episcopal,  fué  grande  y  sobresalió  en- 
tre todas  las  Iglesias  de  su  Provincia  y  aún  de  España. 
Desde  esta  fecha,  habremos  de  estudiarla  como  Metró- 
poli, é  insigne  Metrópoli, 


(1)  Otros  dos  documentos,  además  de  éstos,  se  recibieron  en  Santiago; 
la  Bula  dirigida  á  los  Sufragáneos  del  Metropolitano  de  Mérida,  fechada 
apudCastrum  Crisiam  (Crest)  á  2  de  Marzo,  y  una  carta  particular  del  Papa. 

Probablemente  cuando  Pedro  Fraile  y  su  compañero  llegaron  á  Cluny, 
ya  hacia  algún  tiempo  que  las  Bulas  estaban  despachadas;  porque  no  era 
moralmente  posible  que  en  dicha  fecha  pudiesen  ellos  hallarse  ya  en  la 
famosa  Abadía. 


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Tomo  III.— i. 


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NUMERO  I 


ERA  M.CXV. 


Santiago, 


Año  de  C.  1077. 

17  de  Agosto. 


Concordia  del  Obispo  D.  Diego  Peláez  con   el  Abad  de  Anteal< 

tareS|  San  Fagildo. 


Era  M.CXV.  et  quotum  XVI  kalendas  septembris. 
Dubium  quidem  non  est  set  multis  manet  notum,  sicut 
testimonium  beati  Leonis  didicimiis  Papae,  quod  beatis- 
simus  apostólos  lacobus  Hierosolimis  decollatus  a  disci- 
pulis  Joppem  asportatus,  ibi  non  parvo  tempore  a  Domi- 
no custodire  ad  ultimum  Hispaniam  navigio,  manu  Do- 
mini  gubernante,  sit  translatum,  et  in  finibus  Galleciae 
sepultura  per  longa  témpora  mansit  occultum. 

Set  quia  lux  in  tenebris,  vel  lucerna  sub  modio  diu 
latero  non  potuit,  divina  providente  clementia  tempo- 
ribus  serenissimi  regis  domini  Adefonsi,  qui  vocatur 
Castus,  cuidam  anacoritae  nomine  Pelagius,  qui  non 
longo  a  loco  in  quo  apostolicum  corpus  tumulatum  ja- 
cebat,  degere  consuevorat,  pi'imitus  revelatum  osso  an- 
gelicis  oraculis  dignoscitur.  Deinde  sacris  luminaribus 
quampluribus  fidelibus  in  ecclesia  sancti  Felicis  do  Lo- 


APÉNDICES 


vio  commorantibus  ostenditur;  qui  inito  consilio  iriensem 
episcopum  dominum  Tlieodomirum  arcesiverunt  san- 
ctam  visionem  illi  detegentes.  Qui  inito  triduano  ieiunio, 
fidelium  caetibus  agregatis  beati  lacobi  (1)  sepulchrum 
marmoreis  lapidibus  contectuní  invenit:  qui  máximo 
gavisus  gandió  religiosissimnm  Regem  praefatum  voca- 
re  non  distulit. 

Qui  prout  erat  affectu  castimoniae  diligens  sanctita- 
tem  statim  in  honore  eiusdem  Apostoli  fabricata  eccle- 
sia  et  circa  eamdem  alteram  in  honore  beati  baptistae 
lohannis,  ante  ipsa  sancta  altaria.  tertiam  non  inodicam 
tria  continentem  altaria  primum  in  honorem  sancti 
Salvatoris,  secundum  in  honore  sancti  Petri  apostolo- 
rum  principis,  tertium  in  honore  beati  lohannis  aposto- 
li construere  festinavit,  in  qua  abbatem  dominum  Ilde- 
fredum  magnae  sanctitatis  virum  cum  monachis  custo- 
diae  Apostoli  deputatis  divino  officio  mancipatis  non 
minus  quam  duodecim  constituir,  qui  supra  corpus  Apo- 
stoli divina  officia  cantassent  et  missas  assidue  celebras- 
sent,  dividensque  eis  ad  orientalem  partem  locum  ante 
ipsa  sancta  altaria  per  cartulam  dotis  ubi  claustrum  et 
officinas  secundum  tenorem  beati  Benedicti  construe- 
rent.  Et  quia  ante  ipsa  sancta  altaria  constructus  est  lo- 
cus  iste,  Antealtaris  est  vocatus,  et  usque  ad  tempus 
episcopi  domini  Didaci  Pelagii,  et  abbatis  domini  Fagil- 
di  in  eodem  mansit  vigore. 

Qui  volens  ecclesiam  beati  lacobi  opus  muro  lapídeo 
tabulatu  construere,  tantae  magnitudinis  eam  futuram 
designavit,  ut  omnia  praefata  altaria  cum  ecclesia  et 
partem  claustri  monachorum  caperot.  Videns  vero  san- 
ctissimus  Abbas  ordinem  monasticum,  dum  opus  eccle- 
siae  construeretur,  ibi  non  perfecte  observari  posse  so- 
cum  cogitans  ecclesiam  parvulam  ad  opus  monachorum 
tria  continentem  altaria  boati  scilicet  Petri  apostoli,  et 
beati  Thomae  et  beati  Nicholai  construxit,  ubi   antiqui- 


(1)     Km  otra  copia:  «Beati  Apostoli.:» 


APÉNDICES 


tas  prafatus  Pelagius  cellam  habuit,  et  altare  beati  Pe- 
lagii  martyris  construxit. 

Quo  peracto  cum  eodem  Episcopo  ante  faciem  doiui- 
ni  regís  Adefonsi  se  praesentavit  et  de  Apostoli  iure 
quod  hactenus  tenuerat  et  de  altaribus  sancti  Salvatoris 
et  sancti  Petri  et  sancti  lohannis  qualiter  ea  in  fatii- 
rum  peracto  opere  eoclesiae  obtinere  possent,  causare 
coepit.  Et  tune  mandavit  Rex  quod  Abbas  et  monaste- 
rium  cunctis  diebus  obtineret  altare  beati  Petri  iure  hae- 
reditario,  quod  in  oadem  ecclesia  beati  lacobi  non  in  eo- 
dem loco  ubi  prius  steterat,  set  in  alio  construebatur. 
Eius  dum  operaretur  in  ipsis  altaribus  obtineret  Episco- 
pus  dúo  alia  altarla  cum  portione  monacliorum  offeren- 
dae  altaris  beati  lacobi.  partis  (1)  altaribus,  quod  altare 
sancti  Salvatoris  et  sancti  loannis  apostoli  et  evange- 
listae  restituerentur  Abbati  et  monachis  in  perpetuum 
habituris.  Demum  Episcopus  dum  fabricaretur  ecclesia 
haberet  beati  lacobi  altaris  pecuniam,  unde  prius 
monaclii  dimidiam  possidebant.  Et  peracta  ecclesia  Ab- 
bas et  monaciii  haberent  partem  tertiam  et  Episcopus 
duas  in  perpetuum. 

Quocirca  ego  Didacus  divina  gratia  iriensi  sedis 
episcopus  continens  eiusdem  Ecclesiae  beati  lacobi 
catliedram  cum  conventu  et  voce  eiusdem  Ecclesiae 
praesentium  et  f  uturum  iussione  domini  nostri  regis  dopni 
Adefonsi  prolis  Ferdinandi  vobis  abbati  domino  Fagildo 
et  conventui  monasterii  Altarium  praesenti  et  in  fatu- 
rum  firmissime  disposui  roborare  pactum  et  pla.citum  in 
decem  libras  auri  roboratum  quod  amplius  non  reinfrin- 
gam  nec  ego,  nec  qui  (^amdem  vocem  tenuerit;  tali  videli- 
cet  pacto,  quo  vos  ab  hodierno  die  in  perpetuum  liabea- 
tis,  et  de  iure  haereditario  integraliter  possideatis  cum 
ómnibus  directuris  ad  se  pertinentibus  ecclesiasticis  vel 
saecularibus  altare  beati   Petri   apostolorum    principia 


(1)     Mejor:  Peractis  altaribus  quod,  etc, 


6  APÉNDICES 


quod  modo  construeretur  infra  ecclesiam  beati  lacobi  in 
sinistra  parte  ad  exitum  vestrae  portae  vestri  capituli, 
quod  prius  fuerat  locatum  in  parte  dextera,  simul  et 
ipsam  portam  et  egressum  tana  ipsius  altaris  quam 
ecclesiam,  quam  vos  vestro  pretio  aedificaturus  estis, 
ut  semper  libere  eam  possideatis  et  ex  parte  vestra 
claudatis  et  aperiatis.  Et  aedificatis  sancti  Salvatoris  et 
sancti  loannis  altaribas  nostro  opere  restituantur  vobis 
et  monasterio  vestro  perpetim  habituros.  Et  pro  operis 
aedificatione  teneamus  vestram  tertiam  offerendae  alta- 
ris beati  lacobi  unde  prius  ad  hoc  tempus  medietatem 
possedistis.  Et  modo  per  convenientiam  comitum  et  bo- 
norum  hominum  et  regiam  auctoritatem  nobis  in  adiuto- 
rio  vestram  partem  datis  quod  tam  pro  nobis  quam  pro 
vobis  operemur.  Et  finito  opere  ecclesiae  tertiam  par- 
tem redditus  ipsius  beati  lacobi  altaris  vobis  restitua- 
mus,  servato  semper  vestro  iure  haereditatis  per  locum 
ubi  convenientiam  Karacteram  scripturi  et  posituri 
sumus  Ínter  altare  beati  lacobi  et  illa  tria  altarla  conti- 
nens  liuiusmodi  signum  /D  id  est  A  et  D,  posita  linea  ab 
eodem  signo  usque  ad  inferiorem  angulum  vestrae  turris 
quae  in  muro  continetur  et  ab  altero  signo  usque  ad  infe- 
riorem angulum  vestrae  domus  (1)  qui  est  circa  cameram 
palatii;  et  deinceps  per  girum  sicut  in  vestra  dote  regum 
Casti  et  Renamiri  continetur.  Qai  sic  compleverit  sit 
benedictus,  et  qui  aliter  egerit  sit  maledictus  et  excom- 
municatus  et  cum  luda  proditore  particeps  fiat  in  aeter- 
na  dampnatione  et  insuper  regiae  parti  poenam  placiti 
cogatur  solvere,  et  praefato  monasterio  quantum  in 
contempsa  miserit  duplicemus,  et  hoc  scriptum  cunctis 
diebus  maneat  firmum. 

Ego  Didacus  divina  gratia  Episcopus  hoc  scriptum 
quod  fieri  iussi  manu  propria  confirmo  et  cunctis  diebus 
firmissimum  esse  decerno,  Didacus. 


(1 )     Este  inciso  desde:  vestrae  turris,  falta  en  una  de  las  copía3, 


APÉNDICES 


Adefonsus  rex  grato  animo  lioc  scriptum  robore  eius 
confirmo. 

Urraca  sóror  Regis  confirmo. 

Golvira  sóror  Regis  coní*. 

Garcia  comes  conf. 

Garcia  Alvariz  conf. 

Ordonius  Alvariz  conf. 

Petrus  Ansuriz  conf. 

Gómez  Gundisalvus  conf. 

Martinas  Flamit  comes  conf. 

Froyla  Didat  comes  conf. 

Sancius  comes  conf. 

Froyla  Reimundez  iudex  conf. 

Gundisalvus  iudex  conf.  (1). 

Sarracenus  Gundisalvus  iudex  conf.  (2). 

Gundisalvus  episcopus  mindoniensis  sedis  conf. 

Lodovicus  (8)  episcopus  tudensis  sedis  coní. 

Segeredus  presbyter  conf. 

Qui  praesentes  fuerunt 
Petrus  testis. 
Astrarius  testis. 
Martinus  testis. 
Renamirus  ts. 

Ego  Altbnsus  Petri  translatavit. 
Suarius  Fafilat  conf. 

(Fué  publicada  esta  Escritura  por  el  iSr.  Zepedano  en  la  His- 
toria y  descrijmOn  arqueológica  de  la  Basílica  compostelana^  y  por  el 
Emmo.  Sr.  Cardenal  Bartolini,  Cenni  biografici  de  S.  Giacomo  Apo- 
stólo; Roma,  1885). 


(1)  Las  dos  subscripciones  anteriores  no  se  encuentran  en  una  de  las 
dos  copias. 

(2)  Esta  subscripción  se  echa  de  menos  en  la  copia  íj[ue  trae  las   otrag 
dos  inmediatas. 

(3)  Léase,  Audericas, 


8  APÉNDICES 


NUMERO   II 


Códice  de  Calixto  II,  libro  V. 


Capitulum  IX. — De  qualitate  urbis  et  basilice  sci.  iacobi  apli.  Grallecieí — 
Calixtus    papa    et    aymericus    cancellarius. 


§  I 

ínter  dúos  fluios  (fluvios),  quorum  unus  uocatur  Sar, 
et  alter  Sarela!  urbs  compostella  sita  est.  Sar  est  ad  orien- 
ten! Ínter  montem  ganclií  et  urbemí  Sarela  ad  ocasum.  Ur- 
bis uero  et  introitus  et  porte  sunt  septem.  Primus  in- 
troitus  dicitur  porta  francigena  (1)  secundus  porta  "pen- 
ne  (2),  tercius  porta  de  subfratribus  (3),  quartus  porta  de 
SCO.  peregrino  (4),  quintus  porta  de  falguerüs,  que  ducit  ad 
petronum  (o)!  sextus  porta  de  susannis  (6),  septirü.us  porta 
de  macerellis  (7 ) ,  per  quain  preciosus  baccus  uenit  ad 
urbem. 

§  II. — De  ecclesiis   urbis, 

Hac  in  urbe  decem  ecclesie  solent  esse.  quaruní  pri- 
ma gloriosissimi  apli.  Iacobi  Zebedei  in  medio  sita  re- 
fulget  gloriosa.  Secunda  bti.  Petri  apli.   que   monacho- 


(1) 

Puerta  del  Camino. 

(2) 

Puerta  de  la  Peña. 

(3) 

Puerta  de  San  Martín. 

(4) 

Puerta  de  la  Trinidad. 

(5) 

Puerta  de  la  Fajera. 

(6) 

Puerta  de  la  Máraoa. 

(7) 

Puerta  de  Mazarelos  ó  del  Mercado, 

APÉNDICES 


ruin  est  abbacia.  iuxta  uiam  francigenam  sita  (l)í  tercia 
sci.  Michaelis  que  dicitur  de  cisterna  (2):  quarta  sci. 
Martini  epi.  que  dicitur  de  piniarío,  que  etiam  mona- 
chorum  est  abbaciaí  quinta  sce.  Trinitatis  que  est  pere- 
grinorum  sepultura!  sexta  sce.  Susanne  uirginis,  que 
est  iuxta  uiam  petroni  f  séptima  sci.  Felicis  martyrio: 
octano  sci.  Benedictií  nona  sci.  Pelagii  martyris,  que  est 
retro  bti.  lacobi  basilicam'.  decima  sce.  Marie  uirginis, 
que  est  retro  ecclesiam  sci.  lacobi,  habens  introitum  in 
eandem  basilicam  (3).  ítem  altare  sci.  Nicholai  et  sce. 
Crucis. 

§  III. — De  ecdesie  mensura. 

Basílica  namque  sci.  lacobi  habet  in  longitudine 
quinquaginta  et  tres  hominis  status;  uidelicet  a  porta 
occidentali  usque  ad  sci.  Saluatoris  altare.  In  latitudine 
uero  habet  quadraginta  unum  minus,  a  porta,  scilicet 
francigena  usque  ad  meridianam  portam.  Altitudo  uero 
eius  quatuordecim  status  habet  intus. 

Quanta  sit  extra  eius  longitudo  et  altitudo  a  nullo 
ualet  comprehendi. 

Ecclesia  uero  eadem  nouem  ñaues  habet  inferius,  et 
sex  superius,  et  unum  caput  maius,  uidelicet  in  quo 
sci.  Saluatoris  est  altare,  et  lauream  unam,  et  unum 
Corpus  et  dúo  membra;  et  octo  alia  parua  capita  habet; 
in  singulis  (juibusque  singula  habentur  altarla. 

E  quibus  nouem  nauibus  sex  módicas  tresque  ma- 
gnas esse  dicimus.  Prima  nauis  principalis  est  a  portali 
occidentali  usque  ad  medios  pilares  quatuor  scilicet,  qui 


(1)  Al  margen  en  letra  del  siglo  XEV:  §.  (ssilicet)  sci.  pellagii.  Es 
yerro.  Este  San  Pedro  que  aquí  so  mentíiona,  es  San  Pedro  d' Afora. 

(2)  San  Miguel  dos  Agros. 

(3)  Santa  María  do  la  Corticela.  Esta  iglesia  comunicaba  con  la  Cate- 
dral, no  por  la  puerta  que  hoy  se  usa,  sino  por  otra  abierta  en  la  capilla  del 
Espíritu  Santo. 


10  APÉNDICES 


omnem  gubernant  ecclesiam,  liabens  imam  nauiculam 
ad  dexteram  et  aliam  ad  leuam.  Alie  uero  due  magne 
ñaues  in  duobus  membris  habentur,  quarum  prima  a 
porta  francigena  usque  ad  quatuor  pilares  cracis  eccle- 
sie  pertinet;  et  secunda  ab  ipsis  pilaribus  usque  ad  por- 
tam  meridianam.  Que  utreque  ñaues  duas  laterales  na- 
uiculas  habent.  He  uero  tres  ñaues  principales  usque  ad 
ecclesie  celum  pertingunt,  et  sex  pauce  nauicule  usque 
ad  medias  cindrias  tantum  ascendunt.  Utreque  magne 
ñaues  undecim  et  diinii  (dimidii)  status  liominis  habent 
in  latitudine.  Statum  liominis  recte  de  octo  palmis  esse 
dicimus. 

In  maiori  naui  triginta  unus  minus  pilares  habentur: 
quatuordecim  ad  dexteram,  totidemque  ad  leuam,  et 
unus  est  inter  dúos  portallos  deintus  aduersus  aquilo- 
nem,  qui  ciborios  separat.  In  nauibus  uero  crucis  eius- 
dem  ecclesie,  a  porta  uidelicet  francigena  usque  ad 
meridianam,  uiginti  et  sex  habentur  pilares,  duodecim 
ad  dexteram,  totidemque  ad  leuam,  quorum  dúo  ante 
ualuas  intus  positi  ciborios  separant  et  portallos. 

In  corona  namque  ecclesie  octo  singulares  columpne 
habentur  circa  bti.  lacobi  altare. 

Sex  nauicule,  que  superius  in  palacio  ecclesie  ha- 
bentur, longitudine  et  latitudine  tali  sunt,  sicut  subiu- 
gales  alie  nauicule  que  sunt  deorsum.  Ex  uno  quidem 
latere  eas  tenent  parietes,  et  ex  alio  pilares  qui  de 
subtus  de  magnis  nauibus  sursum  ascendunt  et  duplices 
pilares  qui  a  lapicidibus  uocantur  medie  cindrie.  Quot 
sunt  pilares  inferius  in  ecclesia,  tot  sunt  superius.  in 
nauibus;  et  quot  cingule  inferius  tot  sunt  in  palacio  su- 
perius. Set  in  nauibus  palacii  inter  pilares  singulos  due 
simul  columpne  semper  sunt,  que  uocantur  columpne 
cindrie  a  lapicidibus. 

In  eadem  uero  ecclesia  nuUa  scissura,  uel  corrupcio 
inuenitur,  mirabiliter  operatur,  magnaí  spaciosa,  clara: 
magnitudine  condecente  latitudine,  longitudine  et  alti- 
tudine  congruentii  miro  et  inefabili  opere  habeturí   que 


APÉNDICES  11 


etiam  dupliciter  uelut  regale  palacium  operatur.  Qui 
enim  sursam  per  ñaues  palacii  uadit,  si  tristis  ascendit, 
uisa  óptima  pulcritudine  eiusdem  templi,  letus  et  gaui- 
sus   effici  tur. 

§   IV.— De  fenestris. 

Fenestre  uero  uitree  que  sunt  in  eadem  basilica  se- 
xaginta  et  tres  et  numero  liabentur  .  Ad  unumquodque 
habentur  (1).  In  celum  uero  basilice  circa  bti.  lacobi 
altare  quod  est  in  corona  tres  altare  quinqué  fenestre  ha- 
bentur; unde  apostolicum  altare  ualde  perlustiatur.  In 
palacio  uero  sursum  quadraginta  et  tres  numero  haben- 
tur fenestre. 

§  V.— De  portallvlis. 

Tres  portales  principales  et  septem  paucos  habet 
eadem  ecclesia;  unum  qui  respicit  ad  occidentem,  scili- 
cet  principalem;  et  alium  ad  meridiem;  alterum  uero 
ad  septentrionem.  Et  in  unoquoque  portali  dúo  sunt  in- 
troitus;  et  in  unoquoque  introitu  due  porte  habentur. 
Primus  uero  ex  septem  portallulis  uocatur  de  sea.  Maria 
secundus  de  ida  sacra;  tercius  de  seo.  Pelagio;  quartus 
de  kanonica;  quintus  de  yetraria;  se x tus  similiter  de  /^e- 
¿rar¿a;  septimus  de  gramaticorum  scola,  qui  domo  etiam 
archiepiscopi  prebet  ingressum. 

§  VI.  — De  fontc  sci.  lacobi. 

Cum  nos  gens  galilea  apostolicam  basilicam  ingredi 
nolumus,  per  partem  septentrionalem  intramus.  Ante 
cuius  introitum   est   iuxta   uiam    hospitale    pauperum 


(1)    Al  margen,  de  letra  del  siglo  XV:  hodie  lamen  non  est  ibi  aliqua. 


12  APÉNDICES 


peregrinorum  sci.  lacobi;  et  inde  habetur  ultra  uiam 
scilicet  quídam  paradisus  ubi  sunt  gradus  descensionis 
nouem.  In  fine  uero  graduum  eiusdem  paradisi,  íons 
mirabilis  liabetur,  cui  siinilis  in  toto  mundo  non  inueni- 
tur.  Habet  enim  fons  ille  in  pede  tres  gradus  lapídeos, 
super  quos  sita  est  quedam  pulcherríma  conca  lapídea, 
instar  parapsídís  uei  bacinní,  rotunda  et  cauata,  que 
etiam  tanta  habetur,  quia  largíter  possunt  in  ea  bal- 
neari,  ut  puto,  quindecim  liomines.  In  medio  cuius  sita 
est  columpna  erea,  inferius  grossa,  septem  quadris 
apta,  decenti  altitudine  longa;  de  cuius  cacumine  qua- 
tuor  procedunt  leones,  per  quorum  ora  quatuor  exeunt 
limplie  flumina  ad  reficiendum  bti.  lacobi  peregrinos  et 
ciues.  Que  etiam  flumina  postquam  egrediuntur  ab  ori- 
bus  leonvm,  ilico  labuntur  in  eadem  conca  inferius;  et 
ab  hinc  exeuntes  per  quoddam  eiusdem  conque  foramen 
subtus  terram  recedunt.  Sicut  uideri  nequit  unde  aqua 
uenit,  sic  nec  uideri  ualet  quo  uadit.  Est  autem  limpha 
illa  dulcis,  nutribilis,  sana,  clara,  obtima,  yeme  calida, 
estáte  temperata.  In  prefata  uero  columna  he  littere 
scripte  hoc  modo  induabus  lineis  sub  pedibus  leonum 
habentur  per  circuitum: 

t  EGO  BERNARDVS  BTI.  lACOBI  TS.  (thesaurarius)  HANC 
AQVAM  HVC  ADDVXI  ET  PRESENS  HOPVS  COMPOSVI 

AD  MEE  ET  ANIMAEVM  MEOE-VM  PARENTVM  REMEDIVM. 
E.  I.C.L.X.III.  IDVS  APEILIS 


§  VII. —De  paradiso  urhis. 

Post  fontem  habetur  paradisus,  ut  diximus,  paui- 
mento  lapídeo  factus:  in  quo  crusille  piscium  id  est  Ín- 
ter signa  bti.  lacobi  uenduntur  peregrinis,  et  butti  uina- 
rii,  sotulares,  pere  ceruine,  marsupia,  corrigie,  cingulo, 
et  omne    genus  erbarum   medicinalium    et   cetera   pi- 


APÉNDICES  13 


gmenta;  et  alia  multa  ibi  ad  uondenclum  liabentur. 
Cambiatores  uero  et  hospitales  ceterique  mercatores  in 
uia  francigena  liabentur.  Parad isus  uero  ille  tantus  est, 
quantum  iactus  est  lapidis  in  utraque  parte. 


§.  VIII. — De  porta  septemtrioiíali. 

Post  paradisum  namque  illum  septemtrionalis  porta 
francigena  eiusdem  basilice  sci.  lacobi  inuenitur;  in  qua 
dúo  introitus  liabentur,  qui  etiam  liis  operibus  pulcre 
sculpuntur.  In  unoquoque  introitu  exterius  sex  liabentur 
columpne,  alie  marmoree,  alie  lapidee,  ad  dexteram 
tres,  et  ad  leuam  tres;  sex  scilicet  in  uno  introitu,  et  sex 
in  alio;  ita(|ue  duodecim  liabentur  columpne.  Super  uero 
columpnam  que  est  Ínter  dúos  portales  deforis  in  pa- 
riete  residet  Dominus  in  sede  maiestatis,  et  manu  dex- 
tera  benedictionem  innuit,  et  in  sinistra  librum  tenet. 
Et  in  circuitu  troni  eius  sunt  quatuor  euangeliste  quasi 
tronum  sustinentes.  Et  ad  dexteram  eius  paradisus  est 
insculptus,  in  quo  ipse  Dominus  est  in  alia  effigie  Adán 
et  P]uam  corripiens  de  peccato;  et  ad  leuam  est  simili- 
ter  in  alia  persona  eiciens  eos  a  paradiso.  Ibidem  uero 
circum  circa  multe  immagines  sanctorum,  bestiarum, 
liominum,  angelorum,  feminarum,  florum,  ceterarum- 
que  creaturarum  sculpuntur,  quarum  essentiam  et  qua- 
litatem  pre  magnitudine  sua  narrare  non  possumus. 
Set  tamen  super  portam  que  est  ad  sinistram,  cum  ba- 
silicam  intramus,  in  ciborio  scilicet,  bte.  jMarie  uirginis 
annunciacio  sculpitur.  Loquitur  etiam  ibi  ángelus  Cía- 
briel  ad  eam.  Ad  leuam  uero  super  portas  in  laterali 
introitu  mensos  aniii  et  alia  multa  opera  pulcra  scul- 
puntur. Dúo  uero  leones  magni  et  feroces  forinsecus  in 
parietibus  liabentur;  (jui  ualuas  quasi  obseruantes  sem- 
per  respiciunt,  unus  ad  dexteram  et  alius  ad  leuam. 

In  liminarilius  uero  sursum  quatuor  apostoli  liaben- 
tur, manibus  sinistris   libros   singuli   singulos  tenentes, 


14  APÉNDICES 


et  dextris  manibiis  eleuatis  introeuntibus  basilicam  in- 
niiunt  benedictioiiem.  Petrus  est  in  introitu  sinistrali 
ad  dexteram:  Paulus  ad  leuam;  et  in  dextrali  introitu 
lohannes  apostolus  ad  dexteram,  et  bts.  lacobus  ad 
leuam.  Set  et  super  singula  apostolorum  capita  quo- 
rumdam  boum  ex  liminaribus  exiliencium  capita  ex- 
culpuntur, 

§  IV. — De  porta  meridiana. 

In  meridiana  porta  apostolice  basilice  dúo  introitus, 
ut  diximus,  habentur  et  quatuor  ualue.*In  dextrali  uero 
introitu  eius,  deforis  scilicet,  in  primo  ordine  super  por- 
tas dominica  tradicio  miro  modo  sculpitur.  Ibi  Domi- 
nus  ligatur  manibus  iudeorum  ad  pilarem;  ibi  uerbera- 
tur  corrigiis;  ibi  sedet  Pilatus  in  cathedra  quasi  iudi- 
cans  eum.  Desuper  uero  in  alio  ordine  bta.  Maria,  mater 
Domini  cum  filio  suo  in  Bethleem  sculpitur  et  tres 
reges  qui  ueniunt  ad  uisitandum  puerum  cum  matre 
trinum  munus  ei  offerentes,  et  stella,  et  ángelus  eos 
ammonens  ne  redeant  ad  Herodem.  In  liminaribus  eius- 
dem  introitus  sunt  dúo  apostoli  quasi  ualuarum  custo- 
des,  unus  ad  dexteram  et  unus  ad  leuam. 

Similiter  in  alio  introitu  sinistrali,  in  liminaribus 
scilicet,  alii  dúo  apostoli  habentur.  Et  in  primo  ordine 
ipsius  introitus,  super  portas  scilicet,  dominica  tempta- 
cio  sculpitur.  Sunt  enim  ante  Dominum  tetri  angeli 
quasi  larue  statuentes  eum  supra  pinnaculum  templi;  et 
alii  offerunt  ei  lapides,  ammonentes  ut  faciat  ex  illis 
panem;  et  alii  ostendunt  ei  regna  mundi,  fingentes  se  ei 
daturos  ea,  si  cadens  adorauerit  eos,  quod  absit.  Set  alii 
angeli  candidi,  uidelicet  boni,  post  tergum  eius  et  alii 
etiam  desuper  turibulis  ei  ministrantes  habentur. 

Quatuor  leones  in  eodem  portallo  habentur;  unus  ad 
dexteram  in  uno  introitu,  et  alius  in  altero.  ínter  dúos 
uero  introitus  in  pilarlo  sursum  alii   dúo  íerocos  leones 


APÉNDICES 


15 


habentur,  quorum  unus  posteriora  sua  ad  alterius  poste- 
riora tenet.  Undecim  uero  columpne  in  eodem  portali 
liabentur;  in  introitu  detrali,  scilicet  ad  dexteram  quin- 
qué et  in  sinistrali  introitu,  ad  leuam  uidelicet,  toti- 
deni;  vndecima  uero  inter  dúos  introitus,  que  ciborios 
separat.  Que  scilicet  columpne,  alie  marmoree,  alie  la- 
pidee,  mirabiliter  immaginibus,  üoribus,  liominibus, 
auibus,  animalibusque  sculpuntur.  He  uero  columpne 
albi  marmoris  sunt. 

Nec  est  obliuioni  tradendum,  quod  mulier  quedam 
iuxta  dominicam  temptacionem  stat;  tenens  inter  ma- 
nus  suas  caput  lecatoris  su  i  fetidum  a  marito  proprio 
abscisum,  osculans  illut  bis  per  diem  coacta  a  viro  suo. 
;0  quam  ingentem  et  admirabilem  iustitiam  mulieris 
adultérate  ómnibus  narrandam! 

In  superiori  uero  ordine  super  quatuor  ualuas  uersus 
palacium  basilice  quidam  ordo  mirabilis  ex  lapidibus 
albi  marmoris  pulcre  refulget.  Stat  enim  Dominus  ibi 
rectus  et  scs.  Petrus  ad  sinistram  eius,  clanes  suas  ma- 
nibus  tenens  et  btus.  lacobus'ad  dexteram  inter  duas 
arbores  cipressinas,  et  scs.  lohannes  iuxta  eum  frater 
eius  set  et  ad  dexteram  et  ad  leuam  apostoli  ceterique 
habentur.  Est  igitur  murus  desursum  et  deorsum,  ad 
dexteram  scilicet,  et  leuam  obtime  sculptus,  floribus  ui- 
delicet, liominibus,  sanctis,  bestiis,  auibus,  piscibus  cete- 
ris  que  operibus,  que  a  nobis  comprehendi  narracione 
nequeunt.  Set  (j^uatuor  angeli  super  ciborios  habentur, 
cornua  singula  singuli  tenentes  iudicii  diem  prenun- 
ciantes. 


§.  'X..— De  porta  occidentali. 

Porta  occidontalis  liabons  dúos  introitus  pulcritudi- 
ne,  magnitudine  et  operacione  alias  transcendit  portas. 
Ipsa  maior  et  pulcrior  alus  habetur  et  mirabilius  opera- 
tur,  multisquíí  gradibus  deforis,  columpnis  (¡ue  diucrsis 
marmorcis,  speciebuscjue  uariis  et  diuersis  modis  deco- 


^ 


16  APÉNDICES 


ratur,  immaginibiisque,  hominibus,  feminis,  animalibus, 
auibus,  sanctis,  angelis,  floribus,  diuersisque  generum 
operibus  sculpitur.  Cuius  opera  tanta  sunt,  quia  a  nobis 
narracionibus  comprehendi  nequeunt.  Sursum  tamen 
dominica  transfiguracio  qualiter  in  monte  Thabor  fuit 
facta,  Inirabiliter  sculpitur.  Est  enim  Dominus  ibi  in 
jiube  candida,  facie  splendens  ut  sol,  ueste  refulgens  ut 
nix,  et  Pater  desuper  loquens  ad  ipsvm;  et  Moyses  et 
Elias  qui  cum  illo  apparuerunt,  loquentes  ei  excessum 
quem  completurus  erat  in  Iherusalem.  Ibi  vero  btus.  la- 
cobus  est,  et  Petrus,  et  lohannes,  quibus  transfigur^acio- 
nem  suam  pre  ómnibus  Dominus  reuelauit. 

§.  XI.— De  lurribus  basilíce. 

,Nouen  uero  turres  in  eadem  ecclesia  habiture  sunt; 
due  scilicet  super  pórtale  fontis,  et  due  super  portalem 
meridianum,  et  due  super  portalem  occidentalem,  et  due 
super  singulas  uites,  et  alia  maior  super  crucem  in  me- 
dio basilice. 

His  ceterisque  operibus  pulcherrimis  bti.  lacobi  basí- 
lica obtime  gloriosa  refulget.  Est  etiam  tota  ex  fortissi- 
mis  lapidibus  uiuis,  brunis  scilicet,  et  durissimis,  ut  mar- 
mor  facta;  et  deintus  diuersis  speciebus  depicta  et  defo- 
ris  teolis  et  plumbo  obtime  cooperta.  Set  ex  liis,  que 
diximus  alia  sum  iam  omnino  adimpleta  aliaque  adim- 
plenda. 

§.  XII.— De  altaribus  basilice. 

Altarla  Imius  basilice  lioc  ordine  liabentur.  In  pri- 
mis  iuxta  portam  francigenam,  que  est  in  sinistrali  par- 
te est  altare  sci.  Nicholai;  inde  est  altare  sce.  Crucis;  in- 
do est,  in  corona  scilicet,  altare  sce.  Fidis  uirginis;  indo 
altare  sci.  lohannis,  apostoli  ot  euangeliste,  fratris 
sci.  lacobi;  inde  est  altare  sci.  Saluatoris,  in  maiori  sci- 
licet capite;  inde  est  altare  sci.  Petri  apostoli;  inde  est 


WIPPPJ^L  UP 


APÉNDICES  17 


I 


altare  sci.  Andree;  inde  est  altare  sci.  Martini  episcopi; 
inde  est  altare  sci.  loliannis  baptiste. 

ínter  altare  sci.  lacobi  et  altare  sci.  Saluatoris  est 
altare  sce.  Marie  Magdalene  ubi  docantantiir  misse 
matutinales  peregrinis. 

Sursuní  in  palacio  ecclesie  tria  altaria  solent  esse, 
magister  quorum  est  altare  sci.  Micliaclis  arcangeli:  et 
aliut  altare  est,  in  dextrali  parte  scilicet,  sci.  Eenedicti; 
et  aliut  est  altare  in  sinistrali  parto  scorumí  scilicet 
Pavli  apostoli  et  Xicliolai  episcopi,  ubi  utiam  solet  esse 
arcliiepiscopi  capella. 

§.  Xlll. — Ve  corpore  et  altare  sci.  lacohi. 

Set  enim  de  qualitate  ecclesie  actenus  tractauimus, 
nunc  de  apostólico  altari  uenerabili  nobis  est  tractan- 
dum.  In  prefata  siquidem  uenerabili  basílica  bti.  lacobi 
Corpus  uenerandum  sub  altari  maiori  quod  sub  eius  lio- 
nore  fabricatur,  honorifice,  ut  fertur,  iacet  arca  marmó- 
rea reconditum  in  obtimo  arcuato  sepulcro;  quod  miro 
opere  ac  magnitudine  condecenti  operatur.  (Juod  etiam 
Corpus  immobile  esse  peribetur,  testante  seo.  Theodemi- 
ro,  eiusdem  urbis  episcopo,  qui  illud  olim  repperit,  et 
nullatenus  mouere  potuit.  Erubescant  igitur  transmon- 
tani,  qui  dicunt  se  aliquid  ex  eo  uel  reliquias  eius  liabe- 
re.  Apostolicum  namque  corpus  totum  ibi  habetur;  car- 
bunculis  paradisiacis  diuinis  illustratur;  odoribus  diuinis 
indeficientibus  fraglantibus  honestatur;  cereisque  cele- 
stibus  fulgentibus  decoratur:  angelicisque  obsequiis  se- 
dule  honoratur. 

Su])er  cuius  sepulcrum  est  altare  parum,  (juod  eius- 
d('m  discipuli  ut  i'ertur  Iccerunt:  ([uod  etiam  pro})ter 
amorem  apostoli,  discipulorumque  eius  a  nullo  postea 
uoluit  deleri.  Et  super  illud  est  altare  magnum  et  mira- 
bile,  quod  habet  in  altitudine  V  palmos,  ot  in  longitudi- 
ne  XII,  et  in  latitudine  \'II.  Sic  propriis  manibus  ego 
mensuraui.   Est  igitur  altare  parum  ex  tribus  latcribus, 

Tomo  III. -2. 


>V^ 


18  APÉNDICES 


ad  dexteram  scilicet,  et  leuam,  et  retro,  sub  eodem 
altari  magno  clausum,  set  in  antea  apertum,  ita  ut  uide- 
ri  aperte  potest  ablata  tabula  argéntea  altare  uetus. 

Set  si  quis  coopertorium  uel  linteamem  ad  coope- 
riendum  altare  apostolicum  amore  bti.  lacobi  mittere 
uoluerit  de  IX  palmis  m  latitudine  et  in  longitudine  de 
XXI  mittere  debet.  Si  ñero  pallium  amore  Dei  et  apo- 
stoli  quis  ad  cooperiendum  altare,  scilicet  in  antea  mise- 
rit,  vidoat  ut  eius  latitudo  VII  palmis  fiat,  et  longitudo 
eius  XIII. 

§   XIV. — De  tabula  argéntea 

Tabula  uero  que  est  ante  altare,  lionorifice  auro  et 
argento  operatur.  Sculpitur  enim  in  medio  eius  tronus 
Domini  in  quo  sunt  XX*'  quattour  séniores  eo  ordine, 
quo  bts.  lohannes  frater  Sci.  lacobi  in  apocalipsi  sua  eos 
uidit;  duodecim  scilicet  ad  dexteram,  totidemque  ad 
leuam  per  circuitum,  citaras  et  fíalas  áureas  plenas  odo- 
ramentis  manibus  tenentes .  In  medio  cuius  residet 
Dominus  quasi  in  sede  maiestatis,  manu  sinistra  librum 
uite  tenens,  et  dextera  benedictionem  innuens.  In  cir- 
cuitu  uero  troni  eius  quatuor  euangeliste  liabentur 
.quasi  tronum  sustinentes.  Duodecim  uero  apostoli  ad 
dexteram  eius  et  leuam  ordinati  sunt,  tres  scilicet  in  pri- 
mo ordine  ad  dexteram  et  tres  in  superiori.  Similiter 
sunt  ad  leuam  tres  in  primo  ordine  inferiori,  et  tres  in 
superiori.  Flores  etiam  ibi  habentur  obtimi  per  circuitum 
et  columpne  inter  apostólos  pulclierrime.  Est  etiam  tabu- 
la operibus  decens  et  obtima  liis  uersibus  desuper  con- 
scripta: 


APENDIOaS 


19 


L 


HANC  TABVLAM  DIDACVS   PEESVL  lACOBlTA  SECVNDVS 

TEMi'OEE  QVINQVENNI  FECIT  EPISCOPlí 

MARCAS   ARGENTI  DE   THESAVRO   lACOBENSI 

HIC  OCTOGINTA  QVINQVE  MINYS  NYMEKA 

et  deorsum  liee  littero  liabeiitur: 

REX  ERAT  ANFONSVS  GENER  EIVS  DVX  RAIMVNDVS 
PRESVL  PREíWTVS  QVAXDO  PEREGIT  OPVS 

§  XIV. — De  cimborio  apostolici  altaris. 

Cimborius  uoro,  qui  hoc  altare  uenerandum  coopo- 
rit,  niirabiliter  picturis  et  debuxaturis  speciebusque  di- 
iiersis  deintus  et  deíbris  operatur.  Kst  enim  quadratus, 
siiper  quattiior  columpnas  positus,  altitudine  et  amplitu- 
dine  congruenti  factus.  Deintus  iiero  in  primo  ordino 
quedaní  spetiales  uirtutes  in  modiim  muliorum,  quas 
Paulas  commemorat,  octo  "scilicet  habentiir.  \n  unoquo- 
que  ángulo  due  sunt.  Kt  super  utrarumcjue  capita  an- 
geli  recti  stantos  liabentur,  qui  manibus  oleuatis  tro- 
]ium,  qui  est  in  summitate  cimborii  tenent.  In  medio 
uero  troni  angnus  I3ei  pede  ci'uce  tenons  liabetur.  Set 
angeli  tot  sunt,  quot  uii'tutes. 

Deíbris  uero  in  primo  ordine  (juattuor  angeli  liaben- 
tur, qui  resurrectionem  diei  iudicii  bucinantes  bucinis 
pronuntiant.  Dúo  sunt  antea  in  facie,  et  dúo  retro  in 
alia  facie.  In  eodem  uero  ordine  ({uattuor  propliete  lia- 
bentur, Moyses  scilicet,  et  Abraham  in  sinistrali  facie, 
et  Ysaac  et  lacob  in  dextrali,  singuli  singulos  rótulos 
proprie  prophetie  manibus  tenentes. 

In  superiore  uei*o  ordine  XII  apostoli  sedent  per  cir- 
cuitum.  In  prima  lacio,  in  antea  scilicet,  bts.  lácobus 
residet  in  medio  manu  sinistra  librum  tenens,  et  dextera 
bííncdiítionem  iniíuens.  Ad  cuius  dexteram  est  alius 
aposlolus,  et  ad  leuam  aitcr  in  ordine  proprio.  Similitcr 


20  APÉNDICES 


ad  dexteram  cimborii  tres  alii  habentur  apostoli,  et  ad 
leuam  eius  tres,  et  retro  eodem  modo  tres. 

In  coopertura  uero  desuper  quattuor  angelí  sedent, 
quasi  altare  custodientes;  set  in  quattuor  cornibus  eins- 
dem  cimborii,  incipiente  coopertura  IIII.'''"  euangeliste 
propriis  similitudinibus  sculpuntur. 

Deintus  uero  est  depictus;  de  foris  autem  scultus  et 
depictus  cimborius. 

In  cacumine  uero  eius  deforis  est  quedam  summitas 
erecta  tripliciter  arcuata,  in  qua  Trinitas  deica  (deifica) 
est  insculpta.  In  primo  arcu,  qui  respicit  ad  occidentem 
persona  Patris  est  erecta;  et  in  secundo,  qui  respicit  inter 
meridiem  et  orientem  est  persona  Filii;  et  in  tercio  arcu 
qui  respicit  ad  septentrionem  est  persona  Spiritus  San- 
cti.  ítem  uero  super  hanc  summitatem  est  pomus  ar- 
genteus  lucifluus,  super  quem  crux  ponitur  preciosa. 

§  XVI. —De  tribus   lampadibus. 

Ante  bti.  lacobi  altare  tres  magne  lampad  es  argen- 
tee  (1)  ad  Xristi  et  Apostoli  decus  suspenduntur.  Illa 
uero,  que  in  medio  earum  est,  ualde  ingens  habetur, 
et  in  effigie  magni  mortarioli  mirabiliter  operatur,  se- 
ptem  in  se  receptacula  continens  in  figura  septem  pre- 
miorum  Spc.  Sancti,  in  quibus  septem  luminaria  ponun- 
tur;  que  scilicet  receptacula  minime  recipiunt  nisi  oleum 
balsami,  aut  mirti,  aut  balani,  aut  oliue.  Maius  uero 
receptaculum  est  in  medio  aliorum;  et  in  unoquoque  re- 
ceptáculo ex  his  que  in  circuitu  eius  sunt,  due  apostolo- 
rum  immagines  forinsecus  sculpuntur.  Anima  Adefonsi 
regis  aragonensis,  qui  eam  ut  fertur  seo.  lacobo  dedit, 
requiescat  in  pace  sempiterna. 


(1)     Al  mariden:  hodie  sunt  XIX  lampades  argeutee  anuo  milésimo  (fre- 
coifesimo'^)  noua/jcsiino  nono  ante  altare  Sandibsimi  lacobi. 


APÉ\DI('E>;  ¿il 


§   XVII.  —De  dignitate  ecclesie  sci.  íacohi  et  canonicorum  eius. 

Ad  altare  bti.  lacobi  nullus  missam  solet  celebrare, 
nisi  sit  episcopus,  aut  archiepiscopus,  aut  papa,  aut  car- 
dinalis  eiusd(*ai  ecch^sie.  Solent  eteiiim  esse  in  eadem 
basílica  septem  cardinales  ex  more,  qui  officium  diui- 
num  celebran!  super  altare,  constituti  atque  concessi  a 
multis  Apostolicis,  insuper  et  confirmati  a  dno.  papa 
Calixto.  Hanc  uero  dignitatem  quam  bti.  lacobi  basilica 
ex  more  bono  liabet,  amore  Apostoli  nullus  ab  ea  aufer- 
re  debet. 

§  X.V11L.—De  lapidicibus  ecclesie  et  de  primordio  et  fine  operis  eius. 

Didascali  lapicide  qui  prius  bti.  lacobi  basilica m 
edificauerunt,  nominabantur  domnus  Bernardus  senex, 
mirabilis  magister  et  Robertus  cum  ceteris  lapidicibus 
circiter  L  qui  ibi  sedule  operabantur  ministrantibus  fi- 
delissimis  dominis  Wicarto  (vicario?)  et  domino  cano- 
nice Segeredo,  et  abbate  dno.  Gundesindo,  regnante 
Adefonso  Rege  spaniarum  sub  episcopo  dno.  Didaco 
primo  et  streiuissimo  milite  et  generoso  uiro.  Ecclesia 
autem  fuit  incepta  in  era  I.C.XVI.  Ab  anno  uero  quo 
incepta  fait  usque  ad  letum  Adefonsi  fortissimi  et  famo- 
si  regis  aragonensis  liabentur  anni  LIX:  et  ad  necem 
Henrici  regis  anglorum  LXII:  et  ad  mortem  Lvdovici 
pinguissimi  regis  francorum  LXIII:  et  ab  anno  quo  pri- 
mus  lapis  in  fundamento  eius  ponitur  usque  ad  illum 
quo  ultimus  mittitur  XLIIII  anni  habentur. 

Que  etiam  ecclesia  a  tempere  quo  fuit  incepta  usque 
in  hodiernuní  diem  falgore  miraculorum  bti.  lacobi  uer- 
natur.  Egris  enim  in  ea  salus  prestatur;  cecis  uisus  re- 
fanditur:  mutorum  lingua  soluitur;  surdis  auditus  pan- 
ditur;  dandis  sana  ambulacio  datur;  demoniacis  libeni- 
cio  conceditur;  et,  quod  maius  est,  populorum  fidelium 
preces  exaudiuntur,   uota  suscipiuntur,  delictorum  uin- 


¿2  APÉNDICES 


Cilla  resoluuntar,  pulsantibus  celuiu  aperitur,  mestis 
consolacio  datar;  omnesque  barbare  gentes  omniura 
mundi  climatum  cateraatim  ibi  occurrant  manera  laa- 
dis  Domino  deferentes. 

S  XIX.  —  De  dignitate  ecclesie  sci.  lacobi. 

Nec  est  obliaioni  tradendam,  qaod  dignitatom  ar- 
cliiepiscopatas  Emerite  urbis,  qne  metrópolis  esse  solet 
in  térra  sarracenoram,  btas.  papa  Calixtas  bone  memo- 
rie  dignus  basilice  sci.  lacobi  et  urbi  eiasdem  transla- 
tauit  et  dedit  amore  et  honore  Apostoli,  ac  per  hoc  Di- 
dacum  nobilissimuní  niram,  primitas  archiepiscopam  in 
apostólica  sede  compostellana  ordinauit  et  corroboraait. 
Erat  enim  ipse  Didacas  antea  sci.  lacobi  episcopus. 

Capitulum  X. — T)e  numero  canonicorum  sci.  lacobi. 

Huic  insaper  ecclesie ,  ut  fertnr,  pretitalati  sunt 
iuxta  numeram  septuaginta  daoram  discipaloram  Xpisti 
canonici  septaaginta  dao,  bti.  Ysidori  Yspaniensis  docto- 
ris  regalam  tenentes.  His  ante  ni  diaidantar  altaris  sci. 
lacobi  oblaciones  per  síngalas  ebdomadas.  Primo  dantur 
oblaciones  in  prima  ebdomada;  secando  in  secanda;  ter- 
cio in  tercia;  deinde  alus  asqae  ad  altimam    largiantar. 

In  dominica  qaaqae  die,  ut  fertur,  fiunt  tres  partes 
oblacionum,  quarum  primam  accipit  ebdomadarius  cui 
euenit.  Ex  alus  uero  duabus  partibus  iterum  insimul 
commixtis  fiunt  tres  partes,  quarum  una  communiter 
datur  canonicis  ad  prandium;  alia  operi  basilice;  alia 
archiepiscopo  ecclesie.  Set  ebdomada  que  est  inter  pal- 
mos et  pascham  debet  dari  rite  pauperibus  poregrinis 
sci.  lacobi  in  hospitali.  Ymmo  si  iusticia  Dei  teneatur, 
decima  pars  oblacionum  altaris  sci.  lacobi  omni  tempore 
pauperibus  inliospitali  superaenientibusdari  dobetur;om- 
jies  enim  peregrini  pauperes  prima  nocte  post  diem  qua 


APÉNDICES  '23 


bti.  lacobi  (altare  adaoniunt,  in  liospitali  plenarium 
hospicium  amore  Dei  et  Apostoli  sascipere  debeat.  Egri 
uero  tisque  ad  mortem  uel  ad  integram  sanitatem  ibi 
karitatiue  sunt  procurandi.  Sic  enim  apud  scm.  Leonar- 
dum  agitur.  Qiiot  pauperes  peregrinantes  ibi  adueniunt, 
tot  refectionem  accipiunt. 

Debent  etiam  dari  ex  more  oblaciones  que  ueniunt 
ad  altare  a  mane  summo  usque  ad  terciam  per  unum- 
quemque  dominicuní  diem  leprosis  eiusdem  urbis.  Quod 
si  aliquis  prelatus  eiusdotn  basilice  ex  boc  fraudem  fece- 
rit,  uel  in  alio  modo  oblaciones  dandas  ut  prefati  sumus 
conuerterit,  inter  Deum  et  illum  peccatum  illius  sit. 

Capitulum.  XI.—  Quod  peregrini  sci.  lacobi  sint  recipieiidi. 

Peregrini,  siue  pauperes,  siue  diuites,  a  liminibus 
sci.  lacobi  redientes  uel  aduenientes  ómnibus  gentibus 
karitatiue  sunt  recipiendi  et  uenerandi:  nam  quicunque 
illos  receperit  et  diligenter  hospicio  procurauerit,  non 
solum  btm.  lacobum,  nerum  etiam  ipsum  Dominum  lio- 
spitem  habebit,  ipso  Domino  in  euangelio  dicente:  Qui 
uos  recipit,  me  recipit. 

Fuere  olim  multi,  qui  iram  Dei  incurrerunt:  idcirco 
quia  sci.  Tacobi  peregrinos  et  egenos  recipere  noluerunt. 
Aput  Nantuaium,  que  est  uilla  inter  Gebennam  et  Lug- 
dunum,  cuiusdam  texentis  panem  peregrino  sci.  lacobi 
sibi  petenti  negantis,  tela  per  médium  rupta  solo  súbi- 
to cecidit. 

Apud  Villam  nouam,  quídam  sci.  lacobi  peregrinus 
egenus  cuidam  mulieri  panem  sub  ciñeres  calidos  lia- 
benti,  helemosinam  amore  Dei  et  bti.  lacobi  petiuit.  Que 
respondit  se  panem  non  liabere.  Cui  peregrinus  ait:  Vti- 
nam  pañis  quem  liabes,  lapis  esset.  Cumque  peregrinus 
ille  recedens  a  domo  illa  louge  distaret,  accessit  mulier 
illa  nequam  ad  ciñeres,  putans  panem  suum  capen »:  la- 
pidem  rotundum  in  loco  pañis  repperit.  Que  cordi^  peni- 
tens,  ilico  insecuta  peregi'inum  non  inuenit. 


24  APÉNDICES 


Apud  urbem  pictauoram  dúo  héroes  galli  siiie  pro- 
prio  a  SCO.  .lacobo  olim  redientes,  a  domo  loliannis  Gau- 
terii  usque  ad  scm.  Porcarium  liospicium  amore  Dei  et 
-sci.  lacobi  pecierunt,  nec  inuenerunt.  Ciimque  in  ede 
nouissima  illius  uici,  scilicet  iuxta  bti.  Porcarii  basili- 
cam  apud  quendam  pauperem  hospitati  essent,  ecce 
enim  diuina  operante  ulcione  totum  uicum  uelocissimus 
rogus  incipiens  ab  ede  qua  prius  liospicium  pecierant, 
usque  ad  illam  qua  hospitati  erant  nocte  illa  combussit. 
Et  erant  edes  circiter  mille;  Illa  uero  domus  qua  serui 
Dei  hospitati  erant,  Dei  gratia,  illesa  remansit.  Quapro- 
pter  sciendum  quod  sci.  lacobi  peregrini,  siue  pauperes, 
siue  diuites,  iure  sunt  recipiendi  et  diligenter  procu- 
randi. 

(Este  Apéndice  fué  en  gran  parte  publicado  por  el  Sr.  Zepeda- 
no  en  la  Historia,  etc.,  é  íntegramente  por  el  P.  Fita  en  colabora- 
ción con  M.  Julien  Vinson  en  París  en  1(S82,  Le  Coder  de  Saint 
Jacques  de  Compostelle,  pág.  45-63.  La  copia  que  aquí  damos,  está 
tomada  literalmente  del  original  que  se  conserva  en  el  Archivo  de 
nuestra  Santa  Iglesia). 


APÉNDICE:^  25 


NüMí]RO  III 


ERA  Mcxxv.  Santiago.  Año  de  C.  10^7. 

25  Je  Abril. 


La  Infanta  D.""  Elvira  dona  á  esta  Santa  Iglesia   el  monasterio 
de  Pilono  juntamente  con  otras  muchas  heredades. 


In  nomino  genitoris  ac  unigeniti  patris  et  filii  et 
Spiritus  Sancti.  Ego  indigna  geloira  fredinandi  prin- 
cipis  tilia,.  Timens  et  panoiis  oram  extremitatis  mee 
dum  fatali  casa  deducere  me  uolueris  ante  dignis- 
simnm  conspectum  tnum  preuidens  meo  intellectu  et 
memoria  nt  ex  quo  a  te  accepi,  iterum  tibi  concederem. 
SicuH  dicit  propheta.  Cuneta  qne  in  celo  et  qne  in  térra 
sunt,  tua  sunt  domine.  Tuum  regnum.  tue  diuitie.  tua 
uirtus  et  potentia.  tu  dominaris  in  ómnibus  et  per 
omnia.  peregrini  enim  sumus  coram  te.  Presta  domine 
liec  uoluntas  cordis  moi  nt  maneat  perheniter  in  tue 
uenerationis  auxilio.  Ego  iam  predicta  geloira  uobis 
domino  meo  inuictissimo  ac  triumpliatori  glorioso  apo- 
stólo iacobo  patrono  meo,  cuius  corpus  rí^conditum  ma- 
net  arcillo  loco  ,  et  ecclesia  dignoscitur  esse  fundata  et 
tuo  SCO.  nomini  dedicata  in  térra  galecie  et  finibus 
amaee.  Concodo  atque  offoro  tue  sce.  ecclesie  monaato- 
rium  quod  uocatur  pilón  ¡uní  in  nomine  sce.  marie  uirginis 
et  sci.  martini  et  aliorum  sanctorum.  Similiter  in  ualk^ 
nuncupatu  2?¿7ow¿o  int(*r  íiumen  nlic  et  deze  subtus  castro 
ahohre  medietatem  ex  eo  quam  michi  euenit  inter  fratros 
meo?i,  por  succossionom  gonitoris  mei  fredernandi  et  ge- 


2()  APÉNDICEÍ=Í 


nitricis  mee  regine  cine,  sancie  cum  omne  suo  debito  et 
bonis  eius  uel  adiuncionibus  per  omnia  sua  loca,  ipsaní 
medie tatem  integram  confero  de  premisso  monasterio 
post  parte m  sce.  ecclesie  et  eius  apostólo  seo.  iacobo.  et 
de  alus  monasteriis  que  similiter  sunt  íundata  in  eodem 
territorio  piloníí.  uidelicet  auríolos  et  alacohre  cum  cun- 
ctis  opibus  et  prestationibus  suis  medietatem.  similiter 
adicio  medietatem  de  hranderíci  quod  est  in  conuentu 
pílonii  cuius  baselica  fundata  est  in  lionorem  sanctorum 
micalielis  et  cipriani.  cum  ómnibus  rebus  et  adiacontiis 
suis  et  debito,  et  de  pciiisada  medietatem.  cuius  templum 
edificatum  estí  in  nomine  sci.  uincentii.  quod  iacet  inter 
dúo  ñuminia  tilia  et  uesania:  cum  ómnibus  suis  rebus 
sicut  ei  debentur.  non  multum  semotumí  a  castro  luxu, 
Aliam  quoque  ecclesiam  que  uocatur  scs.  martinus  in 
ualle  olegio  non  longe  separatum  ab  isto  loco  sancto  cum 
omni  integritate  impendo  cum  ómnibus  suis  rebus  que 
debentur  ei  pariter.  omnia  supradicta  do  et  concedo  huic 
loco  sancto  et  pontifici  dno.  didaco.  et  clericis  in  dei  ser- 
uitio  permanentibus.  Sub  tale  tenore  ut  in  uita  mea  ha- 
beam  et  possideam  usu  fructuario,  post  discessum  uero 
meuni.  omnia  supradicta  integra  et  intemei-ata  relin- 
quenda  esse  confirmo  per  Imius  textum  scripture.  Hec 
omnia  que  offero  per  lioc  téstame ntum  obtineant  máxi- 
mum et  inconuulsum  uigorem  per  omne  euum  pro  uictu 
clericorum  et  sustantia  peregrinorum.  ut  intercessione 
eiusdem  apostoli  iacobi  et  uestra  mercar  omnium  pecca- 
torum  meorum  remissionem  accipere  et  in  eterna  uita 
collocari.et  pro  animabus  parentum  meorum  fredernandi 
principis  et  sancie  regine.  ut  in  die  iudicii  mereamur  in- 
uenire  te  patrem  mitissimum  ac  dc^fensorem  pariter  cum 
sco.tuo  apostólo  iacobo  abluendo  nobis  uniuersa  contagia, 
ut  possimus  ingrodiianuam  eterne  uit(\  Nullus  ex  propin- 
quis  meis,  etc..  noto  die  .VII.  kls.  magii.  Era  .I.C.XXV. 
Ita  obtestor  et  confirmo  suprafatum  monasterium  pi- 
loninm  cum  omni  suo  dcíbito  ut  super  nulla  uicia  omici- 
dium.  rausum.  parricidium  uel   fiscalia  debita,  non  per- 


APÉNDICES  27 


mito  ibi  aliquem  intrare  post  uocem  regum  uel  comitum. 
set  pontificis  et  clericorum  huius  sci.  loci.  secuiidum  ge- 
nitores mei  michi  contulerunt.  per  scripturam  ualituram 
firmitatis.  et  liec  omnia  supradicta  obtineant  clerici  et 
non  dentar  in  alio  a  préstamo  uel  in  atondo  laicis  uel 
militibus. 

Ego  geloira  consilio  de  i  ammonita  uotum  et  olocaus- 
tum  meum  quodiussi  libenter  fieri  conf. 

( rundisaluus  minduniensis  eps.  conf. 

Audericus  tudensis  eps.  conf. 

Petrus  bracarensis  eps.  conf. 

Rudericus  onequiz  íilicus  comitis  cf. 

Johannes  adefonsiz  episcopium  auriense  obtinens: 
uoluntarie  cf. 

Grundesindus  archipresbyter  cf. 

Pelagius  gundisaluiz  cf. 

Segeredus  presbiter  cf. 

Pelagius  didaz  cf. 

Adefonsus  muninz  cf. 

Petrus  astruarici  cí. 

Sarracenus  guncaluiz  cf. 

Froila  recamundiz  conf. 

Froila  muninz  conf. 

Johannes  ruderiquici  cf. 

Muninus  instruariz  cf. 

Petrus  danielci  ci\ 

Gundesindus  testis. 

Aluitus  ts. 

Muninus  ts. 

Didacus  ts. 

Uduarius  ts. 

Serenissimus  et  tocius  liispanie  imperator  toletanus 
dns.  adefonsus!  rex  et  magnificus  princeps,  (juod  dna. 
geloira  fecití  laudo  et  confirmo. 

(Inédito.  Tumbo  A,  fol.  34  vuelto). 


28  APÉNDICES 


NUMERO  IV. 


I 


ERA  MCXXV.  Santiago.  Año  de  C.  1087. 

BO  de  Mayo. 


La  Infanta  D.^  Urraca  dona  á  esta  Santa  Iglesia  varias  pro< 

piedades  cerca  de  Toro. 


In  nomine  sumi  et  inefabilis  et  incompreliensibilis  et 
inconparabilis  dei,  patris  scilicet  et  filii  et  spiritus  san- 
cti  permanentis  in  sécula  seculorum. 

Ego  urraca  proles  federnandi  regis,  et  santie  regine 
filia,  dono  dno.  deo  et  seo.  iacobo  apio,  cuius  corpus  uma- 
tum  manet  in  térra  galléele  sub  regimine  precellentissi- 
mi  atque  imperatoris  regis  dni.  adefonsi  siue  et  epo. 
dno.  didaco  una  cum  coUegio  clericorum  deo  militan- 
tium  quandam  meam  uillam.  que  est  fundata  in  territo- 
rio de  campo  de  tauro  que  uocatur  uilla  alhin  in  locum 
predictum  et  ñumine  discurrente  prope  illa  rio  sico  et 
fuit  ipsa  uilla  iam  dicta  de  adquisitione  et  ganantia  pa- 
rentum  meorum  diue  memorie  federnandi  regis  et  sancie 
regine,  et  habuerunt  illam  pro  vsuo  indicio  et  pro  canba- 
tione  de  uilla  sauarigo  et  de  almaraz,  et  dederunt  illam 
michi  in  diebus  uite  sue  cum  ómnibus  suis  bonis,  et  ue- 
nit  michi  in  particione  cum  ipsa  sorore  mea  dna.  gelui- 
ra  prolis  federnandi  regis  et  santie  regine  filia,  et  diui- 
dimus  eam  inter  nos.  Ideo  ego  iam  dicta  offero  et  conce- 
do ipsam  meam  rationom  quantum  (^go  teneo  et  iurifico 
in  facie  ipsius  sororis  mee  dne.  geluire  pro  remedio  ani- 
me mee  et  parentum  meorum  ut  inde  habeant  subsidium 
tempérale  in  lioc  seo.  loco  clerici.  hospites.   peregrini. 


APÉNDICES  29 

aduenientes  pauperes.  et  nos  in  eternaiu  oxaminationem 
réquiem  eternam.  Dono  quantum  ibi  babeo  et  iurifico 
cuní  ómnibus  suis  bonis  ab  integro,  cum  terris.  et  uineis. 
ortis.  arboribus  pomiferis  uel  infructuosis.  pratis.  pascuis. 
|,  palludibus.   siluis.  montibus.   garricis   cum   terminis   et 

adiacentiis  suis.  cum  exitibus  et  regressis  per  ubicumque 
inuenire  potueritis  in  omni  tempore.  íta  totum  sicut  su- 
perius  resonat  dono  et  concedo  supradicto  loco  et  patro- 
no meo  SCO.  iacobo  apio,  cuius  ciuitas  fandata  est  compo- 
stella  cum  toto  suo  foro  sicut  dederunt  niiclii  parentes 
mei  et  ego  tenui  sine  rauso  et  omicidio.  sine  fossadaria. 
et  sine  ullo  foro  malo,  sic  uobis  concedo  ab  omni  integri- 
tate  et  ubi  uolo  edificare  monasterium  sci.  nicolai  in 
honorem  dei  et  sci.  iacobi  apostoli.  et  uolo  ibi  poneré 
hereditatem.  ut  habeat  semper  ecclesia  et  clerici  qui  ibi 
liabitauerint  subsidium  ad  seruiendum  deo.  per  licen- 
tiam  et  mandatum  ipsius  episcopi:  qui  honorem  obtinue- 
rit  sci.  iacobi.  et  habeat  semper  illud  monasterium  deci- 
mum  ipsius  uille.  Et  ego  urraca  iam  dicta  possideam 
omnia  in  uita  mea.  post  discessum  uoro  meum  omnia 
memorata  sicut  in  testamento  resonat  firma  et  roborata 
permaneant  euo  perhenni  et  sécula  cuneta.  Nullus  ex 
propinquis  meis  etc.. 

Facta  carta  .111.  kls.  iunii  Era  .I.C.XXV. 

Adefonso  imperatore  regnante  federnandi  magni  im- 
peratores  et  sancie  regine  filio,  in  legione  et  castella  et 
in  azora,  in  galléela  et  toleto. 

Ego  urraca  filia  eiusdem  regis  et  imperatoris  f(»der- 
nandi  et  sancie  impera  triéis  quod  fieri  mandaui  proprio 
et  consueto  robore  conf. 

Didacus  eps.  conf. 

Gundisaluus  eps.  conf. 

Assemundus  eps.  astoricensis  conf. 

Audericus  tudensis  eps.  conf. 

Johannes  auiiensis  eps.  conf. 

üdamirus  abbas  antealtaris  conf. 


30  APÉNDICES 


Giindesindus  abbas  super  ipsain  canonicam  conf. 

Adulfus  abbas  sci.  martini  conf. 

Fromaricus  abbas  de  samaos  conf. 

])idacus  abbas  de  seo.  antonino  conf. 

Adefonsus  abbas  de  carboneiros  conf. 

Segeredus  tesaurarius  ipsiiis  loci  conf. 

Froila  recamundici  iudex  conf. 

Pelagius  guncaluici  conf. 

Pelagius  didaci  conf. 

Petrus  astrarici  conf. 

Joliannes  ruderiquiz  arcliidiaconus  conf. 

Arias  ciprianici  arcliidiaconus  conf. 

Froila  muninz  arcliidiaconus  conf. 

Suarius  fafilaz  conf. 

Adefonsus  muninz  conf. 

Sarracenus.  iudex  conf. 

Joliannes  muninz  iudex  conf. 

Comes  petrus  ansuriz  conf. 

Comes  adefonsus  conf. 

Comes  federnandus  conf. 

Comes  rudericus  uelaci. 

Petrus  ts. 

Adulfus  ts. 

Oduarius  ts. 

(Inédito.  Tumbo  A,íol  34). 


APÉNDICES  31 


NUMEliO   \. 


EKA  MCXXViii.  ricoscKjro.  Año  de  C.  1090. 

2«  de  Enero. 


Privilegio  de  D.  Alfonso  VI  en  favor  de  este  Monasterio. 


Adefonsus  llex  Legionis  et  totius  Hispanie  iiupera- 
tor  atque  Fredenandi  filius  Regis  quemdam  videns 
coram  me  monachuní  nomine  Velascuin  monasterii  in 
Castro  q'ui  vocatur  Monsacer  oppressum  ex  utrisque  par- 
tibus  malorum  liominum,  scilicet  persecutorum  torro 
misericordiam  petendo,  quatenus  oppresioni  sue  amore 
Dei  subvenirem,  qua  a  dominatoribus  terre  ipse  et 
domiis  sua  patiebatur.  ITnde  ego  predictus  Imperator 
misericordia  motus  accepto  consilio  genoris  mei  comitis 
domini  Ramundi,  Dei  amore  et  sanctormn  martyriim 
Sebastiani  atquo  Laurentii,  sino  Jacobi  Apostoli,  quo- 
rnm  ecclesio  fnndato  sunt  in  eodom  monte  et  roliquie 
ctiam  ibi  vonorantnr,  oidem  loco  et  ti])i  Volasco  confes- 
sori,  atcjue  sociis  tnis  ibidem  commorantibnssen  snceesso- 
ribus  tnis  eidem  loco  pormanontibus  régimen  vilitationis 
([iiantnm  ad  nos  (....  carcomido ....)  ditatos  et  liomines 
infra  ipsos  términos  liabitantes  omnino  impondimns  et 
insuper  inguní  dominationis  principmn  torro  a  te  et  ab 
bominibns  tuis  in  oodom  loco  liabitantibus,  tam  presoji- 
tibusquam  l'iituris  pcnitus  aní'orimus  in  porpotuiim,itaut 


32  APÉNDICES 


ab  hac  die  quod  est  quinto  kalendas  februarii  Era  milles- 
sima  centessima  vigessima  octava  ñeque  potens  ñeque 
impotens  persona  infra  términos  ipsius  montis  et  cautos 
a  nobis  laudatos  et  confirmatos  a  vicariisque  nostris 
Antolino,  videlicet,  et  Fredenando  antiquis  lapidibus 
conclusos  mala  volúntate  vel  vim  ausus  fuerit  intrare 
quisquis  fuerit  prius  a  demone  capiatur,  deinde  excomu- 
nicatione  presentirá  Episcoporum  ,  sacerdotum  et  om- 
nium  christianorum  subjaceat  ,  denique  regali  parti 
solidos  sexcentos  exolvat,  et  parti  Monachorum  quod 
''commiserit  tripliciter  compon  at.  Ipsi  vero  termini,  si  ve 
cauti,  quos  nos  laudamus,  determinantur  ita,  id  est, 
incipimus  in  illa  incruzeliata  super  Galegos,  et  inde  per 
veredam  ubi  dicent  Soberido,  et  inde  per  mediam  vere- 
dam  usque  ad  fontem  de  Betetos,  deinde  per  ipsam  viam 
que  est  sub  illo  vestro  cásale  in  Beietos,  quousque  vadit 
ad  vallem  qui  est  Sonorit  et  Rarnisquido,  et  vadit  in  prono 
ad  illum  saxum,  qui  stat  in  illo  agro  de  Palatios,  deinde 
ad  inferius  saxum,  et  inde  in  directum  ad  illum  portum 
et  vadit  in  festum  per  términos  de  Ramisquido  usque 
ad  illam  archam,  qui  dividit  Ardüarío  majore  de  Scrguri, 
et  inde  ad  penas  flexas,  et  inde  ad  mamolam  que  divi- 
dit Avelanarias  de  Noaelio  supra  Vitar,  et  inde  ad  archam 
de  supra  Gemundi,  et  inde  ad  Usurmeu,  et  inde  ad  mamo- 
lam de  SpasandiU,  et  inde  ad  Fígeyrola  et  inde  ad  Fonte- 
coba  ad  archa  de  Eyrolas  et  descendit  ad  aquam  de  Ne- 
mex,  ad  illum,  videlicet,  portum,  qui  venit  de  Plvario  per 
ad  illum  molendinum,  et  inde  in  prono  per  aquam  de 
Nemex  quousque  vadit  ad  portum  veterum,  et  inde  ad 
penam  Ausal  et  venit  ad  murum  et  ascendit  ad  illum 
íürtum  ot  inde  per  terminum  de  Autcíro  de  Rvhos,  et 
indo  ad  illam  incruzeliatam  de  Galegos  indo  incepimus. 
Et  dominationi  habitan  ti  um  Monachorum  in  eodom  loco 
omnem  calumpniam  intra  ipsos  términos  factum  perfec- 
to et  perpetualiter  sino  alio  dominio  concedimus  tam 
liomicidium  (|uam  et  furtum  vel  percusiones.  Si  autom 
forte  fortuitu  extra  términos  homicidium  tecerit  et  adiu- 


APÉNDICES 


33 


torio  Dei  intra  cautos  intraverit    a   nemine  judicetur 
dum  ipse  morari  voluerit  in  ipso  vestro  dominio. 

Ego  Petrus  Pelaz  hoc  quod  vidi  notarii  Regis  scri- 
psi  illo  nuntiante  hoc  signo  confirmo 

Petrus. 

Adefonsus  Imperator  in  domo  Petri  Vimarat  in  civi- 
tate  Sancti  Jacobi  hoc  scriptum  a  me  laudatum  hoc  sig- 
no roboro. 

Comes  dominus  Ramundus  Imperans  Gallicia  sub 
gratia  Imperatoris  Ildefonsi,  quod  justum  est  laudo  et 
hoc  caractere  confirmo. — Ramundus. 

Domina  Urraclia  Imperatoris  nata  et  comitis  domini 
Ramundi  maritata  hoc  dono  imperiali  gavissa  confirmo 
hoc  signo.— -Urracha. 

Comes  Nunus  de  Limia  conf. 

Comes  Suarius  conf. 

Petrus  Froilaz  dominator  Ferrarie  conf. 

Didacus  Gilmiriz  majorinus  et  dominator  Compostelle 
honoris,  conf. 

(xundesindus  abba  Sci.  lacobi  conf. 

Pelagius  Gundisalviz  primiclorus  conf. 

Gundisalvus  mendoniensis  episcopus  conf. 

Petrus  Lucensis  episcopus  conf. 

Joannes  arcliidiaconus  conf. 

Petrus  auriensis  episcopus  conf. 

Arias  archidiaconus  conf. 

Petrus  astruariz  conf. 

Pelagius  Gudesteiz  conf. 

Petrus  Daniele  canonicus  et  judox  conf. 

Petrus  Pelagius.  » 

Joannes  Alons. 

Nunus. 

(Inédito.  De  una  copia  sacada  en  30  de  Julio  de  1752  por  el 
escribano  D.  Gregorio  Fernández  y  concertada  y  corregida  por 
Jacinto  de  Leys,  notutario  apostólico,  á  petición  de  D.   Francisco 

Tomo  III. -3. 


34  APÉNDICES 


García  Serón,  subdelegado  do  la  Eeal  Junta  de  la  Única  coniri- 
bución.  El  original  está  en  pergamino  bastante  sano  y  limpio.— 
Archivo  de  San  Martin). 


NUMERO  VI. 


Año  de  C.  1092? 


Fundación  de  la  Iglesia  de  San  Isidro  de  Cailobre. 


In  nomine  summe  Sánete  et  individué  Trinitatis, 
Patris  ingeniti,  Filiique  Unigeniti,  ac  Spiritiis  Paracleti 
cuius  dispositiono  omnia  ex  niliilo  condita  sunt.  Huic 
Deo  Trino  et  uno,  ego  Sentarius  servus  servorum  Dei 
minimus  me  tota  devotione  committo  animam  corpus 
commendo.  lili  etiam  Deo  Sanctisque  eius  ecclesiam  con- 
struere  devoto  decreui  propria  possessione,  que  mihi  ex 
antiquo  accidit  ex  portione  avulornm  meorum  quam 
etiam  hereditate  a  Romano  Didaz  dedit  integra  pro  suo 
pretio,  id  ost,  uno  caualo  rodane  in  quadraginta  solidos, 
et  una  vaca  vitulata  in  quindecim  solidos.  Et  ego  Ro- 
mano Didaz  do  ipsa  heredita  pro  lioc  pretio  et  pro  re- 
medio anime  mee  et  parentum  meorum  et  pro  peccatis 
meis  que  tibi  manifestari  et  conffessus  sum  ut  habea.s  me 
semper  in  monte  tua  tu  et  successores  tui. 

Est  autcm  ecclesia  a  me  fundata  in  linibus  marinis 
üallccie  iu  territorio  Brucius,  í?ub  episcopo  Sodis  Apo- 


APÉNDICES  35 

stolice  Jacobi  et  est  determinata  per  siios  torininos  anti- 
quos,  id  est,  per  términos  de  Pousadoria,  et  item  per 
indirectam  terminum  de  Minudales  et  per  aqua  deaqua- 
ta  et  inde  ad  ipsas  forcatas  de  ipsas  aquas,  et  inde  ad  fon- 
tem  de  ipsa  aquata  aqua,  et  inde  ad  ipsa  anta  de  ipso 
plano  et  ad  saxos  de  ipsa  rugitoria  de  super  Sea.  Euge- 
nia, et  ex  alia  parte  flumine  Lamber  uno  agro  de  tres 
modios,  tres  cassales  Loberiz  et  Sandim  et  Cantón,  me- 
dietate  de  illis,  et  Vigo  cum  suos  cassales,  id  sunt, 
Mirati,  Petri,  Jilbesi,  Rodessendi  medietate  sub  aula 
Sci.  Joannis  de  Callobre,  medio  de  uno  cassale  sub  aula 
Sci.  Georgii  de  Turres,  tres  cassales  uno  medio,  alio  in- 
tegro, et  alio  mediato,  et  in  alio  loco  prenominato  Villa- 
re  de  Idrales  de  una  bou9a  de  tres  modios  et  per  aquam 
de  Lobegildi  usque  flumen  Lambre. 

Hanc  igitur  hereditatem  omnem  desuper  memora- 
tam  tam  cultam,  quam  incultam  Deo  excelso  Trino  et 
Uno  offero  et  concedo  devoto,  et  ecclesiam  que  ibi  in 
honorem  ipsius  Dei  Omnipotentis  et  in  nomine  Sci.  Issi- 
doris  martyris  et  confessoris  fabricavi,  ut  ibi  sei'vi  Dei 
sub  norma  Sci.  Benedicti  regula  Deo  perpetualiter  fa- 
mulentur  ac  sub  tuitiones  Sedis  Apostolice  Sci.  Jacobi 
ipsa  pcrmaneat.  Hoc  omñia  iam  dicta  pro  redemptione 
anime  meo  Deo  Omnipotenti  vivo  et  vero  dio  Dedicatio- 
nis  ipsius  ecclesie  ego  Sentarius  deuotus  oft'ero  in  dote 
altaris  liabens  etiam  adornata  ecclesia  et  unum  calicem 
et  crucem  corona  mque  argenteam,  vestimenta  sacerdo- 
talia  tam  linea  quam  sérica  bina,  sacramentorum  librum 
unum,  antiphonales  dúos  et  alio  comiti  et  missale  et 
unius  psalterium  et  unum  ordinarium  siue  liimnorum. 
Ad  substentationem  ibidem  famulantium  c^quas  tres 
cum  suos  ñlios,  iuga  boum  tria,  vaccas  tres  cum  suos 
filios,  triginta  ovelias,  cabras  decem  et  cetera  mobilia 
que  necessaria  sunt,  in  obsecjuio  Deo  sunt  donata  ut  ha- 
beant  et  possideant  servi  Dei  ibidem  vivente.s  sub  regu- 
la Sci.  l^enedicti  ibi  corum  vite  j^erenni.  Si  quis  autem... 
Facta  series  testamenti  liuius  seu  dotis  Ecclesie  Sci.  Isi- 


36  APÉNDICES 


dori  die  doDiinico  ipsius  dedicatioiiis  Era  M  et  quinqua- 
gessimi  sex  et  gt.  octavo  idus  Septembris. 

Ego  Sentarius  servus  servorum  Dei  minimus  seriem 
testamenti  seu  dedicationis  ecclesie  manu  propria  con- 
firmo regnante  Adefonso  in  Toleto. 

Ego  Episcopus  Amor  lucense  sedis  confirmo. 

Eps.  Gundisalvus  mindoniensis  confirmat. 

Joannes  Roderiqíiiz  confirmat  et  laudat. 

Segeredus  princeps  terre  confirmat  et  alii  plures  qui 
viderunt. —  Bermudus  qui  notavit. 

(Inédito.  Tumbo  de  Monfero,  fol.  10  vuelto). 


NÚMERO  VII. 


EEA  Mcxxxiii.  Santiago.  Año  de  C.  1095. 

24  do  Septiembre. 


Salvoconducto  dado  por  el  Conde   de   Galicia  D.  Ramón  á  los 

mercaderes  de  Santiago. 

Regnante  domino  nostro  iliu.  xpo.  ego  comes  rai- 
mundus  totius  gallecie  sénior  et  dominus.  pariter  cum 
consensu  meo  uxoris  nomine  urrace  dni.  adefonsi  toleta- 
ni  imperatoris  filiei  cum  causa  orationis  ad  sedem  dni. 
iacobi  uenissomus.  et  non  paucas  querimonias  de  liuius 
ciuitatis  liabitatoribus  audisscmus.   eos  esso  assiduo   de- 


APÉNDICES  87 


I 


pretlatos  et  pignoratos  per  omnes  térras  nostri  regni: 
nobis  nimis  displicuit.  Tuno  cogitantibus  nobis  quomodo 
huius  modi  finirentur  querele  accepimus  consilium  cum 
comitibus  et  nostri  palatii  maioribus  qui  sub  nostra  gra- 
tia  uicinas  in  omni  circuitu  dominabantur  térras,  qua- 
rum  nomina  inferius  scripta  erunt. 

Decernimus  et  uere  statuimus  hoc  nostrum  decrotum 
cunctis  temporibus  obseruandum  pro  remedio  animarum 
nostrarum  et  pro  memoria  parentum  nostrorum  dantes 
licentiam  tibi  patri  et  uenerabili  epo.  donno  dalmatio 
et  canonicis  huius  sedis  ut  nuUus  mereator  uel  liuius 
ciuitatis  liabitator  ab  umilitatorio  in  miliartinum  in 
omni  parte  uolens  mercari  in  aliqua  térra  non  sit  pig- 
noratus.  uel  depredatus  ab  aliquo  in  quauis  uoce  nisi 
antea  faerit  facta  calumnia  pignorandi  in  ista  ciuitate. 
et  postulauerit  ueritatem  ab  episcopo  uel  assenioribus 
huius  loci  coram  omni  concilio  et  idoneis  testibas. 

Qai  vero  nostrum  decretum  nostra  gloria  promulga- 
tum  per  omnes  térras  custodire  superbo  animo  noluerit. 
uel  intringere  quod  non  credimus  ausus  íuerit.  constri- 
ctus  nostro  precepto  uel  cunctorum  regum  succedentium. 
pro  contentu  pariet  solidos  .LX.  medie tatem  domino 
terre  ubi  fuerit  iUud  pigiius  factum.  et  conponat  in  du- 
plo quicquid  tulerit  post  partem  pontificis  et  eius  cleri- 
corumí  et  sui  mercatoris.  integra  causa  mercatoris  et 
duplo  medio. 
•      Dato  decreto  .VIII."  kls.  octubris.  Era  .I.C.XXX.III. 

Raimundus  comes  conf. 
Vrraca  regina  conf. 
Froila  didaz  comes  conf. 
Sancius  comes  conf. 
Nunus  uelasquiz  comes  coni'. 
Petrus  Froilaz  conf. 
Rodericus  írolaz  conf. 
Luzo  arias  conf. 
lohannes  ramiriz  conf. 


38  APÉNDICES 


Froila  menendiz  conf . 

Citi  ansemondiz  conf. 

Hordonius  egicaz  conf. 

Gutherri  menendiz. 

Gundisalnus  menduniensis  eps.  conf. 

Amor  lucensis  eps.  conf. 

Petrus  auriensis  eps.  conf. 

Cresconius  cokmibriensis  eps.  conf: 

Petrus  liordonici  testis. 

Petrus  uimaraci  ts. 

Aloitus  liordoniz  ts. 

Muninus  pelaici  ts. 

Didacus  fabilaci  ts. 

Ego  didacus  gelmirici  clericus  apud  sedem  sci.  iaco- 
bi  nutritus  et  comitis  domni  raimundi  puplicus  notarius 
hanc  institutionem  edidi  et  conf. 

(Inédito.  Tumbo  A,  fol.  28  vuelto). 


NUMERO   VIII 


ETiA  MCXXXITT.  Santlcicjo.  Año  de  C.  1095. 


D.  Alfonso  VI  confirma  el  salvoconducto  dado  á  los  merca- 
deres compostelanosy  y  además  el  fuero  de  que  gozaban 
los  ciudadanos  de  Santiago  de  ser  sólo  juzgados  por  las 
justicias  de  su  ciudad. 

Adefonsus  dei  gratia  totius  liispanie  imperator.  ac 
magnificus  triumpliator  de  cunctis  mercatoribus  non 
pignorandis  statuo.  Et  qui  fecerití  pariat  solidos  .LX.  et 
illud  pignus  duplatum. 


APÉNDICES 


39 


Insuper  uero  consuetudinem  ab  auis  et  parentibus 
meis  institutam  confirmo,  ot  mando  cnnctis  liabita.tori- 
bus  huius  ciuitatis  conpostdle  ne  deinceps  extra  lianc 
uillam  uadant  pro  aliqua  calumnia  ad  difíiniendum 
iudicium.  nec  pro  auctore  aliquo  foras  recipiendo:  unde 
liic  facta  fuerit  presumptio.  set  sub  istis  iudicibus  et 
eoriim  sucessoi'ibus  per  suum  sagionem  et  fidiatoresí 
cuneta  diffiniantur  indicia. 
Era   .I.C.XXX.III. 


Adefonsus  imperator  conf. 
Berta  Regina  conf. 
Osmundus  astoricensis  conf. 
Didacus  ruderiquiz  conf. 
Fernandus  guncaluiz  conf. 
Didacus  guncaluiz  conf. 
Pelagius  budam  testis. 


(Inédito.  Tumbo  A,  fol.  28  vuelto.) 


40  APÉNDICES 


NUMERO  IX 


ERA  Mcxxxv.  Celanova.  Año  de  C.  1097. 

19  de  Mayo. 


La  Infanta  D.^  Elvira,  hija  de  D.  Fernando  I,  dona  á  este 
Monasterio  y  á  su  Abad  Pedro,  un  cortijo  en  Composteia 
que  había  sido  de  Cipriano  Sisnández. 


Notum  cunctis  fieri  uolo  ego  geloira  nobilisimi  regís 
liispanorum  fredenandi  filia.  Hoc  eo  quod  in  palatio 
meo  nutriui  ciprianum  sisnandiz,  et  domus  mee  egono- 
mum  constituí,  et  "axorem  nomine  aragontí  eí  tribuí. 
Quí  ambo  in  uno  positi  coniugio  fecerunt  sibi  cartulam 
benefacti  de  ómnibus  suis  rebus.  Post  non  multum  tem- 
poris  in  meo  seruitio  et  in  hoste  fratris  mei  imperatoris 
domni  adefonsi  contigit  ei  mori.  relicta  uxore  sua  supra- 
dicta  aragonti  in  meo  iure...  Et  similiter  post  hec  mor- 
tua  est.  et  reliquit  milii  omnia  ad  obitum  suum...  Ego 
uero  acceptis  cunctis  in  meo  dominio  quedam  dedi  suis 
propinquis.  quedam  uero  dedi  pro  ipsorum  animabus. 
Ínter  que...  hoc  testamentum  fieri  statui  de  corte  hic 
in  compostella  in  illo  campo  qui  fuit  supradicti  cipriani  et 
aragonti...  huic  monasterio  cellenoue  et  tibi  abbati  dom- 
no  petro...  Noto  die  XIV  Kalendas  iunii  era  MCXXXV. 

Didacus  gilmirus  clericus  et  uicarius  in  casa  domni 
iacobi  apostoli. 

Petrus  auriensis  episcopus. 
Gundesindus  abbas. 


APÉNDICES 


41 


NUMERO   X 


ERA  Mcxxxv.  Santiago.  Año  de  C.  1097. 

9  de  Diciembre. 


Privilegios  concedidos  por  D.  Enrique,  Conde  de  Portugaip  á 
los  habitantes  de  Corneliana  (Cornelia),  villa  propia  de  la 
Iglesia  de  Santiago. 

Glorioso  et  uenerabili  patrono  nostro  dno.  iacobo 
cuius  Corpus  tumulatum  digna  sepultura  manet  in  fini- 
bus  amaee.  Ego  henricus  comes  portugalensis  pariter  cuní 
uxore  mea  tarasia  toletani  imperatoris  domni  adefonsi 
filia  consententibus  nostri  palatii  maioribus.  quia  in 
nostro  dominio  et  dicione  consistit  omnis  portugalensis 
prouincia.  huic  apostólo  fieri  commissorium  et  testa- 
menti  scripturam  elegimus,  qualiter  nostra  iussiono  et 
firmo  precepto  vitetur  omnis  penuria  ab  liominibus 
liabitantibus  in  uilla  Corneliana.  quam  illis  inferebant 
regii  saiones  in  colligendis  lignis  et  materia,  uel  exitu. 
et  suorum  pecorum  pascuis.  unde  duní  plerumque  domi- 
nis  et  senioribus  apostolice  aule  faisset  prolata  querimo- 
nia.  et  nos  amore  huius  apostoli  uenientes  causa  oratio- 
nis  eorum  precibus  rogati  inuenimus  quod  predicta  uilla 
Corneliana  cum  medietate  de  montemaior  uel  nahor.  per 
suos  términos  anticos  íuit  concessa  a  prioribus  regibus 
ad  liunc  locum  sanctum.  quam  nos  post  eius  partem  et 
suorum  clericorum  ab  omni  integritate  confirmamus.  et 
quia  contra,  regales  uilhis  et  castella  nostra  plus  liaben- 
tur  nemora,  de  liodie  die  in  illo  nostro  damus  licentianí 
cunctis  habitatoribus  de  ipsa  uilla.  ut  colligant  ligna  et 
materia  et  habeant  exitum  et  pascuaí  in  omni  circuitu 
ubi  uoluerint.  et  non  sit  ausus  aliquis  ñeque  uicariuí^ 


42  APÉNDICES 


ñeque  saio.  aut  potestas,  qui  impedimentum  eis  faciat, 
ut  secundum  habuerint  licitum,  ita  et  nos  mereamur  in 
die  iudicii  cum  ómnibus  sanctis  liuius  apostoli  precibus 
sufulti  introire  in  regna  celosam.  Amen.  Qui  uero  hoc 
nostrum  datum,  etc.. 

Facta  huius  sempture  confirmatione  .V.  idus  decem- 
bris  Era  .I.C.XXXV. 

Henrricus  comes  portugalensis  et  coniux  mea  tarasia. 
hoc  factum  et  damus  et  confirmamus. 

Qui  ibi  sunt  de  portucalii  Suarius  nunici  conf. 

Nunus  pelaici  conf. 

Pelagius  guterrici  conf. 

Rudericus  froilaz  cf. 

Petrus  songemiriz  cf. 

Suarius  menendici  cf. 

Pelagius  olidiz  cf. 

Pelagius  menendici  cf. 

Veremudus  guterrici  cf. 

Arias  aluarici  cf. 

Pelagius  gudesteiz  iudex  cf. 

Petrus  danielz  iudex  cf. 

(Inédito.  Tumbo  A,  fol.  39  vuelto). 


APÉNDICES  43 


NU]MERO  XI 


ERA  Mxxxvi.  Santiago,  Año  de  C.  1098. 

3  de  Marzo. 


D.  Pedro  I,  Rey  de  Aragóiii  dona  á  esta  Santa  Iglesia 
unas  casas  en  Huesca. 


In  dei  nomine  et  eius  gratia.  Ego  petrus  sangiz  dei 
gratia  aragonensium  et  panpilonensium  rex.  pro  redem- 
ptione  anime  patris  mei  et  matris  mee  et  uxoris  mee 
omniumque  parentum  meorum  dono  deo  et  seo.  iacobo 
apio,  de  gaUlcia  libenti  animo  et  spontanea  uoluntate  in 
osea  illas  casas  que  fuerunt  de  iben  abtalib  cum  ómnibus 
hereditatibus  que  pertinens  ad  eas.  scilicet  eas  quas  ha- 
bent  in  osea,  et  in  banastas,  et  in  ekada.  et  in  gimellas  et 
in  uebo  et  in  baiauem.  ut  omnes  supra  scripte  heredita- 
tes  sint  ecclesie  prenominati  sci.  iacobi  in  sécula  seculo- 
rum.  tali  conueniencia.  ut  quandiu  uixerit  eps.  domnus 
didacus  liabeat  eas  in  sua  potestate.  et  postquam  ipse 
migrauerit  ex  lioc  seculo.  nullus  alius  liabeat  ibi  potesta- 
tem  nisi  episcopus  aut  clerici  altari  ecclesie  predicte 
seruientes. 

Facta  carta  Era  M.XXX.VI.III  martii. 

Ego  namque  petrus  dei  gratia  regnante  me  in  arago- 
ne  et  panpilonia  et  superarui.  et  osea. 

Petrus  eps.  in  iaca  et  osea. 
Petnis  eps.  in  erunia. 
Poncius  eps.  in  rota. 

(Inédito.  Tumbo  Á,  fbl.  39). 


44  APÉNDICES 


NUMERO  XII 


ERA  Mcxxxvii.  Santiago.  Año  de  C.  1099. 

3  de  Julio. 


D.  Pedro  I,    Rey   de  Aragóiii   dona    á   esta  Santa    Iglesia 
unas  heredades  en  los  términos  de  Barbastro. 

In  nomine  sce.  et  indiuidue  trinitatis  regnantis  in 
sécula  amen.  Ego  petrus  sancii  dei  gratia  aragonensium 
uel  pampilonensium  rex.  conpunctus  amore  dni.  nostri 
ihu.  xpi.  et  propter  remedium  anime  patris  et  matris 
mee.  et  propter  remissionem  peccatormn  meorum.  fació 
Iianc  cartam  donationis.  libenti  animo  et  spontanea  uo- 
luntate.  et  dono  dno.  deo  et  seo.  iacobo  de  gallicia  in 
términos  de  harhastro,  illam  almuniam  de  iben  barbicu- 
la.  cum  illos  términos  totos  quos  liabebat.  et  erat  tenen- 
te  die  quo  ista  carta  fuit  facta.  Similiter  dono  ibi  unum 
médium  campum.  circa  harhastrum,  et  dono  ibi  similiter 
unam  uineam  ad  partes  de  illas  portas  de  htbulfege,  Hoc 
autem  donatiuum  totum  superius  scriptum  dono,  et  corro- 
boro, et  confirmo  illud  dno.  deo.  et  seo.  iacobo  de  galli- 
cia impresencia  de  illo  episcopo  don  didaco.  ut  firmum 
permaneat.  iure  hereditario,  ómnibus  ibi  seruiejitibus 
deo  et  SCO.  iacobo  possidendum  in  sécula  seculorum. 
Quando  autem  nobis  deus  donauerit  harhastrum,  similiter 
dono  ibi  SCO.  iacobo  intus  in  illa  ciuitate  illas  casas  de 
iben  barbiculaí  que  sunt  ibi. 

Facta  carta  ista.  Era  .I.C. XXXVII.  III.  mense  iulio. 

Ego  autem  petrus  sangiz  regnante  me  in    aragone 
uel  panpilonia  et  in  superarui.  uel  ripa  curcia. 
Episcopus  petrus  in  osea,  conf. 


APÉNDICES  45 


Petrus  eps.  in  erunia  coní. 
Poncius  eps.  in  rota. 
Adefonsus  frater  meus  in  biele  conf. 
Comes  sancius  in  erro  et  tafalga  conf. 
Sénior  galindo  sanci  in  Simes  conf. 
Sénior  lop  lopiz  in  uno  castello  coní. 
Sénior  petrus  sangiz  in  lusia  conf. 
Sénior  furtunu  lopiz  in  luar  conf. 
Sénior  eneco  fortuniones  in  aniese  conf. 
Sénior  forti  ortiz  in  osea  conf. 
Sénior  eximino  garciaz  in  nionteson  conf. 
Ego  garcia  sub  iussione  dni.  mei  regis  han  cartam 
scripti  et  conf. 

(Inédito.  Tumbo  A,  Ibl.  39). 


NUMERO   XIII 


Antcaltares. 


Subscripciones  de  un  documento  antiguo  del  Rey  D.  Alonso  VI 
«sobre  unas  sinrrazones  que  hazian  unos  caballeros  en 
esto  coto  (Marojo)  en  tierra  de  Abeancos.»  (Nota  del  siglo 
pasado,  pegada  al  pergamino). 


...itu  conñrmo. 

...(ma)gm  Inperatoris  toletani  domni  adefonsi  filia  con- 
firmo. 

Rudericus  froillaz  cí'. 
Oduario  ordoniz  cf. 
Johanne  ranemiriz  cf. 
Luzo  arias  el. 


46  APÉNDICES 


Petro  froillaz  de  traua  cf. 
Natalibus  orta  orraka  fredinandi  regis  filia  cí*. 
Suerus  froilaz  cf. 
Petrus  gudesteiz  cf. 
Petrus  ordoniz  cf. 
Oduarius  cidici  cf. 
Didacus  froillaz  cf. 
Oduario  bruulliz  cf. 
Gundisalbus  eps.  mindoniensis  cf. 
Adefonsus  tudensis  cf. 
Petrus  legionensis  cf. 
Osmundus  astorienzi  sedis  eps.  cf. 
Martinas  ouedensis  cf. 
Oduarius  archidiaconus  cf . 
Sarraceno  oduariz  cf. 
Johanne  oduariz  cf . 
Didacus  adefonso  cf. 
Astruario  prepositum  cf. 
Pelagio  muninz  cf. 
Aluaro  suariz  cf. 

Divina  gratia  didacus  gelmiriz  electus  honorem  sci, 
lacobi  dijudicans  manu  propria  cf. 

Gundesindus  abba  archipresbyter  loco  sancto  cf. 

Pelagius  gunzaluiz  primiclerus  cf. 

Pelagio  astr.  d...  i  clrs.  cf. 

Petro  astr...  z  cf . 

Johanne  ruderiquiz  cf . 

Arias  ciprianiz  cf. 

Adefonsus  ur...  cf. 

Sedereus  p.  et  ti...  cf. 

Pelagius  gudesteiz  iudex  de  lofco  sancto^ 

Petrus  danieliz  iudex  loco  se.  (sancto), 

Sandinus  judex  et... 

Romano  sisulfiz. 

Leouegildus  abba  sci.  in(artmi). 

(lundisaluus  abba  sci.  petri  cf. 

Viinara  abba  in  giro. 


APÉNDICES  47 


Unde  accepto  nostrorum  comitu  consilio.  liac  nobi- 
liuiu  uirorum  magnatumque  tocius  palatii.  male  ordina- 
ta  corrigere.  et  correcta  legaliter  persistere.  u;panimiter 
statuimiis:  Quod  circa  per  hujus  mee  discretionis  scriptu- 
ram  sci.  pe  ti  cuius  uirtute  constructum  extat  hoc  ante 
altaris  monasterium  et  substentationem  monacorum 
seniper  ibi  degentium.  pro  remedium  anime  mee  hoc 
priiiilegio  a  me  facto  ita  confirmo. 


(Original  inédito.  —Archivo  de  San  MarthtJ. 


NUMERO  XIV 


ERA  Mcxxxviii.  Santiago.  Año  de  C.  1 100. 

IH  de  Enero. 


D.  Alfonso    Vl|   dona    á    esta    Santa    Iglesia,    la   mitad 
del  Monasterio  de  Pilono  y  el  de  Brandariz. 


Sub  xristi  nomine*  ogo  adetbnsus  doi  gratia  toletani 
imperü  rex  et  magnificus  trinmpliator  labentis  mnndi 
illecebris  irretitus,  et  quem  fugientom  sequor  uidens 
quia  completi  nequeo:  moliori  consilio  diuinitus  arma- 
tus.  cupiens  pro  terreno  lucro  «ortiri  sempiternum.  et 
pro  perituris  adquirore  eterna,  supplex  ac  denotus  poto 
beati  iacobi  apli.  auxilium,  cui  collatam  esse  a  redem- 
ptore  nro.  dno.  ilm.  xpo.  potestatem  scimiis.  ut  qno- 
cuuKiuc  ligauerit  iiel  soíuerit  in  terris.  sunt  ligata  uel 


4á 


APÉNDICES 


I 


soluta  in  celis.  Ubi  o  fiero  ego  adefonsus  tocias  hyspa- 
nie  imperator  quocldam  mee  hereditatis  monasterium 
quod  uulgaliter  dicitur  pilonio.  de  cuius  medietate  iain 
fecerat  testamentum  eidero,  apostólo  mea  germana  dna. 
geloira.  et  ut  ex  toto  honor  apostolice  ecclesiae  augea- 
tur  et  meam  medietatem  ex  toto  canonice  sci.  iacobi 
trado.  et  germano  mee  oblationem  confirmo,  cum  ómni- 
bus adiuntionibus  suis.  et  cum  omni  testationum  ipsius 
monasterii  serie,  decaniarum  seu  uillarum.  familie.  uel 
omnium  que  ad  profectum  ipsius  monasterii  liodie  sub- 
iacent. 

Et  adliuc  adicio  offerre  aliud  non  tam  magne  poten- 
tie  monasterium  quod  dicitur  hranderiz.  ab  omni  integri- 
tate.  cum  ómnibus  adiuntionibus  suis.  et  cum  quanto  ad 
eum  pertinet  uel  hodie  sub  iure  ipsius  cognitum  uel 
iurificatum  esse  constat.  et  uolo  ut  utrumque  monaste- 
rium proprie  seruiat  canonicis  apostolice  ecclesie  absque 
omni  episcopali  subiectione.  et  absque  alia  uillarum 
eiusdem  ecclesie  subiectione.  ad  augmentum  cibi  potus- 
que  ipsorum  canonicorum.  ut  quomodo  ipsi  pauperes 
sunt  pro  xristo  et  assiduis  domini  laudibus  ante  altare 
uenerabilis  apostoli  cotidie  insistuntí  eorum  precibus 
adiutus  a  uisibilibus  seu  inuisibilibus  hostibus  tutus,  in 
extremi  iudicii  examinatione  mercar  esse  securus.  Voló 
et  suppliciter  exoro  eosdem  quibus  hanc  paupertatem 
concedo  canónicos,  ut  unum  de  ipsorum  conuentu  excu- 
sent  presbiterum  qui  in  uita  mea  cotidie  sacriñcium 
offerendo  omnipotentis  imploret  clementiam.  Ut  corpo- 
ris  michi  tradita  sospitate  uiteque  prolixitate,  pagano- 
rum  sub  pedibus  meis  conterat  superbiam.  et  fidei  sue 
iugo  eorum  subiciat  perfidiam.  Post  obitum  uero  meum. 
rogando  comendo.  ut  simile  modo,  idem  presbiter  per- 
petuo mei  memoriam  agat.  ut  peccatorum  meorum  sor- 
dibus  detersis  uobiscumque  mercar  transiré  ad  uitam. 
Quod  si  isdem  pi-esbiter  mortis  debito  ultimum  clauserit 
diomí  peto  ut  alter  (úus  loco  pro  mei  memoria  substitua- 
tur.  qui  idem  porsoluat  dcbitum.  Quia  socunduui  aposto- 


APÉNDICES  49 


lica  uerba  qui  pro  alio  oratí  se  ipsum  deo  comendat.  Et 
ideo  mando  ut  ab  liodierno  die  et  deinceps  ipsa  prescri- 
•  pta  monasteria  de  iure  meo  sint  abrasa,  et  canonicorum 
apostolice  sedis  seruicio  perpetuo  mancipata.  et  per 
cuneta  seculo  amen.  Si  quis  tamen  etc.... 

Facta  autem  liac  testamenti  serie  in  legionensi 
ciuitate  asistente  ibi  totius  prouincie  milicia.  Sub 
Era  .I.CXXXVIII.  Et  noto  die  XVII.  kls.  Februarii. 


Adefonsus  rex  conf. 
Urraca  regis  germana  conf, 
Raimundus  comes  conf. 
Urraca  filia  imperatoris  conf. 
Petras  legionensis  eps.  conf. 
Pelagius  astoricensis  eps.  conf. 
Martinus  ouetensis  eps.  conf. 
Raimundus  palentinus  eps.  conf. 
Petrus  ansuriz  comes  conf. 
Martinus  fiainici  comes  conf. 
Sancius  petriz  comes  conf. 
Fernandus  didaz  comes  conf. 
Elrus  pelaiz  clericus  conf. 
Pelagius  botam  not. 

(Inédito.  Tumbo  A,  fol.  26   vuelto). 


Tomo  III.-4. 


50  APÉNDICES 


NUMERO   XV 


ERA  MCXXXTiii.  Santiago.  Año  de  C.  1100. 

13  de  Noviembre. 


La  Infanta  D.^  Elvira,  estando  para  morir,  ratifica  su  dona- 
ción del  Monasterio  de  Pilonio,  y  hace  además  otras  con- 
cesiones á  la  Iglesia  Composteiana. 


In  nomine  sce.  et  indiuidue  trinitatis  seu  in  honorem 
sci.  iacobi  apti.  cuius  uenerabile  corpus  sepultum  esse 
creditur  territorio  gallecie  in  ciuitate  conpostelJa.  Ego 
geloira  fredenandi  principis  et  sancie  regine  filia  ti- 
mens  ultimum  üite  mee  diem.  peccatoriim  meornm 
pondere  depressa,  tamen  fiducia  dei  omnipotentis  et 
meritis  eiusdem  apostoli  suffragata,  ad  extremam  mor- 
tis  oram  elegí  in  animo  meo  propria  noluntate  lianc 
testamenti  scripturam  faceré,  secundum  et  fació  et  per 
ordinationem  meam  confirmo  de  medietate  de  monaste- 
rio pilonlo  quod  est  constructum  in  nomine  sce.  marie 
uirginis  et  sci.  martini  epi.  in  ualle  nuncupata  piloyiio  Ín- 
ter dúo  flumina  uUam  et  defam  subtus  castrum  alcohre 
cum  cunctis  prestationibus  suis  et  testationibus  suis  et 
adiacentiis  suis  et  cum  omni  suo  debito  secundum  pá- 
renles mei  michi  reliquerunt  per  scripturam.  et  ego 
usque  modo  obtinui  et  in  scripturas  uetustas  resonant 
per  omnes  partes,  per  términos  et  certas  diuisiones,  sic 
ipsam  meam  medie tatem  eiusdem  monasterii  pilonio  cum 
ómnibus  suis  adiunctionibus  et  familia  liuic  seo.  et  ue- 
nerabili  apio,  iacobo  in  (extrema  mortis  ora  concedo  (^ 
testamentum  fació  cum  ecclesia  sci.  martiiii  de  arilís  in- 
tegra, et  cum  corte  et  casas  (j[ue  fuerunt  do  ademarlo 


APÉNDICES  51 


monetario  hic  in  conpostella.  quas  conparaui  per  meum 
precium  et  in  scripturas  resonant,  ut  hec  omnia  cuín 
omni  suo  beneficio  ab  omni  integritate  deseruiant  cnn- 
ctis  clericis  et  canonicis  in  hoc  loco  degentibus.  non 
per  dominationem  laicorum  set  per  obsequium  clerico- 
rum,  tali  pacto  ut  unus  presbiter  de  uestra  canónica 
semper  offerat  sacrificium  deo  et  seo.  iacobo  pro  anima 
mea  et  de  domino  meo  imperatore  dno.  adefonso  et  pa- 
rentum  nostrorum.  ut  uos  canonici  et  successores  uestri 
inde  liabeatis  temporale  lucruin  et  ego  et  dominus  meus 
donnus  adefonsus  imperator  et  párenles  nostri  per  in- 
tercessionem  eiusdem  apostoli  et  per  uestras  preces 
et  orationes  ab  ómnibus  peccatorum  uinculis  liberati.  et 
a  cunctis  animarum  nostrarum  periculis  purgati  in  ma- 
gno iudicii  die  súbito  mej'eamur  ingredi  regna  celorum. 
ubi  gaudeamus  et  letemur  cum  ómnibus  sanctis  sine 
fine  per  cuneta  sécula  seculorum  amen.  Quod  si  ali- 
quis  et... 

Notum  die  idus  nouembris  P]ra  .I.C.XXXVIll. 


Ego  geluira  xpristi  ancilla  conf. 
Ego  adefonsus  rex  tolius  hispanie  conf. 
Ego  urraca  sóror  eius  conf. 
Ego  erus  pelaici  notarius  conf. 


(Inédito.  Tumbo  A,  íbl.  35  vuelto). 


52  APÉNDICES 


NUMERO  XVI 


ERA  Mcxxxix?  Fiadela.  Año  de  C.  1101? 

25  de  Noviembre. 


Privilegio  de  D«  Diego  Gelmírez  á  la  iglesia  de  San  Esteban 

de   Piadela. 


Quondam  preteritis  temporibus  compustellani  pontí- 
fices dederant  quamdam  possessionem  sci.  Jacobi  qui- 
busdam  militibus  qui  eam  diutino  tempere  in  atónito 
tenentes  male  deprauauerunt.  Post  multam  uero  tempo- 
ris  didacus  Ecclesie  bti.  Jacobi  eps.  diuino  dictante  spi- 
ritu  misericordia  motus  super  illa  possessione  que  nosci- 
tur  esse  ecclesia  piabella  in  territorio  nemitus  pellens  ab 
ea  eos  qui  olim  in  atónito  illam  tenuerant.  iohanni  ar- 
chidiácono funditus  edificanda  pro  bti.  Jacobi  parte 
concessit.  Hec  quidem  ecclesia  a  ueterum  patrum  in 
statione  iustis  ac  legitimis  testamentis  liyriensi  ecclesie 
concessa  fuit.  Igitur  etiam  nunc  Ego  didacus  qui  sum  II. 
eps.  ecclesie  bti.  Jacobi  in  nomine  ingeniti  eiusque  uni- 
geniti  cum  paráclito  spu.  cuius  regnum  et  gloria  manet 
in  seculum  seculi,  Vobis  gloriosissimis  dei  sanctis  uide- 
licet  bto.  Stephano.  bto.  queque  Jacobo  cisque  quorum 
reliquie  in  ecclesia  sci.  Stephani  piahelle  recóndito  sunt 
perpetuam  salutem.  Hunc  etiam  ecclesie  que  legitimo 
iure  est  sedis  bmi-  Jacobi.  et  ego  propriis  manibus  con- 
secraui  secundum  Canonum  institutionem  pro  uictu  ac 
uestitu  clericorum  ibi  religiosam  uitam  ducentium  qui 
ñdeliter  cum  ecclesie  sci.  Jacobi  deseruierint  in  gi- 
ro. L.XXXIIII  passus  cum  ornamentis  ecclosiasticis  que 


APÉNDICES  53 


archidcns.  iohannes  impetrauit  atque  cum  alus  ecclesiis 
et  adiunctionibus  similiter  et  cum  creatione  que  ipsius 
ecclesie  est  quatinus  a  pió  redemptore  delictorum  meo- 
rum  ueniam  consequi  merear.  Id  ergo  ratum  sancio  ut 
aula  deinceps  secularis  laycalisue  persona  nllum  in  ea 
liabeat  imperium  nisi  pro  tuitione  et  utilitate  sci.  Jacobi. 

Si  quis  autem  hoc  infringere  tomptauerit  a  corpore 
et  sanguine  nostri  redemptoris  dni.  ihu.  xristi  alienus 
fiat.  Qui  uero  bene  obseruauerit  uite  eterne  immarcessi- 
bilem  coronam  accipiat,  amen. 

Facta  serie  huius  dotis  anno  .I.C.XXX.IIII.  et 
qt.  VII.  kls.  decembris.  Anno  uero  pontiñcatus  dni.  no- 
stri didaci  .1. 

Comes  Petrus  Froylaz  conf. 
Rudericus  froylaz  cf. 
Ouecus  gutierriz  cf. 
Ouecus  Eriz  cf. 
Gutierre  seieriz  cf. 
Cresconius  martini  cf. 
Munio  eriz  cf. 
Archidcns.  iohannes  cf. 
Nuno  abbas  ciniensis  cf. 

Petrus  abbas  termamm  contines  et  canonicus   sci.   Ja- 
cobi etiam  et  notarius  dni.  didaci  presulis  notuit. 

(Inédito.   Turnio  C,  fol.  119). 


54  APÉNDICES 


NUMERO  XVII. 


ERA  MCXLI.  Scmt lar/O,  Año  de  C.  1103, 

10  de  Febrero. 


D.  Alfonso  VI  dona  á   esta  Santa  Iglesia  el    burgo  de    Tahuladielo 

(Trabadelo). 


Sub  xristi  nomine  ego  adefonsus  dei  gratia  liispanie 
imperator  cum  consensu  dilectissime  uxoris  mee  helisa- 
bet  regine  fació  hanc  cartam  firmitatis  eoclesie  bti.  ia- 
cobi  apostoli  cuius  episcopalis  sedes  fiindata  est  in  conpo- 
stella.  de  uno  bm^go  pernominato  tabulad  lelo  quod  est  in 
uakarcer.  inter  ipso  castello  de  outares  et  hunda,  unde 
sicut  omnis  populus  dicebat  medietas  erat  mea  et  altera 
sci.  iacobi.  Unde  ego  fació  hanc  testamenti  seriem  su- 
pramemorate  ecclesie  bti.  iacobi  apli  de  toto  ipso  burgoí 
in  manu  dni.  didaci  episcopi  secundi,  et  uolo  ut  tam 
ipsam  meam  medietatem  quam  suam.  habeant  omnes 
episcopi  memórate  sedis.  ab  omni  integritate  sic  quomo- 
do  est  conclusa  per  suos  términos  anticos  cum  quanta 
hereditate  ad  ipsum  burgum  pertinet  et  liabeant  illum 
sine  meo  saione  et  sine  ulla  pressura  regalis  fisci.  sic  li- 
berum  et  absolutumí  quomodo  ego  actenus  in  meo  iure 
illum  tenui.  et  integram  dominationem  quam  ego  ibi 
liabuií  omnes  episcopi  ibi  habeant  euo  perhenni  et  per 
sécula  cuneta  amen.  Hoc  autem  fació  pro  remedio  ani- 
me mee  et  parentum  meorum  et  ut  ipsum  apostolum 
cuius  ecclesiam  subleuo  in  terris,  propicium  morcar  ha- 


APÉNDICES  55 


bere  et  intercessorem  apud  deum  in  celis.  Si  quis  etc 

Facta  cartilla  firmitatis  in.  Era  .I.C.X'I.  et  noto 
die  .III.  feria  que  fuit  .IIII.  idus  februarii.  in  regio  pa- 
latio  de  ceia, 

Adefonsus  imperator  conf. 
Helisabet  regina  conf. 
Reimundus  comes  conf. 
Urraca  regis  filia  conf. 
Henricus  comes  portugalie  conf. 
Tarasia  filia  regis  conf. 
Infans  dns.  sancius  conf. 
Bernaldus  toletanus  arcliieps.  conf. 
Pelagius  astoricensis  eps.  conf. 
Petras  lucensis  eps.  conf. 
Petrus  ansuriz  comes  conf. 
Bernaldus  palentius  eps.  cf. 

P 

Martinus  flainici  comes  cf. 

(xomez  gunealuiz  comes  cf. 

Froila  didaci  comes  conf. 

Adefonsus  telici  maiordomus  regis  conf. 

Garcia  aluarici  armiger  regis  cf. 

Monio  uelaci  conf. 

Guncaluo  ansuriz  conf. 

Lop  didaci  conf. 

Menendo  fernandiz  conf. 

Petrus  didaz  conf. 

Didacus  cidici  conf. 

Petrus  gunealuiz  conf. 

Petrus  lopizi  conf. 

Didacus  petriz  conf. 

Vermudus  fafilaci  conf. 

Ordonius  aluarici  conf. 

Suarius  hordonizi  conf. 

Joliannes  petrici  conf. 

(Inédito.  Tumbo  A,  í'ol.  '27). 


56  APÉNDICES 


NUMERO  XVIII. 


ERA  MXLiil.         Santo  Tomé  de  Nemeño.     Año  de  Gí  1105. 

6  de  Mayo. 


D.   Pedro    Fróilaz   con    su    esposa    D.'^   Guntroda    Rodríguez 
dona  á  este  Monasterio  la  villa  de  Nemeño. 


In  nomine  patris  et  filii  simulque  ex  ambobus  proce- 
dens  spiritus  sanctus  qui  est  trinas  in  unitate  et  unus 
in  deitate  que  uniuerse  colliguntur  creature,  qui  famu- 
lantur  celestia,  seruiunt  etiam  terrena,  cuius  imperio 
obediunt  maria,  a  quo  creata  sunt  omnia,  qui  ante  mun- 
di  constitionem  cuneta  creata  disposuit.  qui  hominem 
ex  limo  plasmavit.  in  finem  seculorum  serui  formam 
assumens.  per  passionem  et  proprium  sanguinem  rede- 
mit  humanum  genus  ne  periret.  et  misit  sanctos  apostó- 
los suos  predicare  euangelium  in  uniuersum  orbem  ter- 
rarum.  et  confirmaret  xpisti  fidem  credentes.  ex  quibus 
unus  zebedei  filius  spanie  sortitus  in  galléele  finibus  est 
locatus. 

Hec  benigno  disponens  prouidentia  diuina  non  quod 
ipse  aliquid  egeat  dono  que  omnia  in  ómnibus  est, 
set  ut  offerentes  placabile  respiciet  sacrificium  ex  bono 
desiderio  concessionis.  Ideo  ego  Petrus  et  comes  et 
cometessa  gunterode  ruderiquiz  audientés  scripturae 
diuina  oracula.  et  adimplendum  aliquantulum  cupiens 
omnipotenti  díio  eterno  puris  mentibus  de  quo  nobis 
atribuisti  reddere  uenit  per  domini  nostri  ihsu  xpisti  spi- 
raculum  cordibus  nostris  propter  nostre  anime  reme- 
dium.  ut  sub  nomine  sánete  et  eximio  trinitatisque  face- 


APÉNDICES  57 


remus  testamentum  seiiem  in  honore  sci.  saluatoris. 
sci.  petri  apostoli  sci.  andree  apli.  sci.  jacobi  apli. 
sci.  thome  apli.  Et  omnium  apostolorum.  Sánete  Marie 
uirginis  cum  choro  uirginum.  sci.  stephani.  sci.  Lauren- 
tii.  sci.  juliani  cum  choro  martirum.  sci.  nicholay.  sce. 
marine  uirginis.  quorum  reliquie  ibi  sunt  recondite. 
cuius  locum  scitum  est  in  territorio  hregant'miis,  ualle  se- 
lagie,  locum  predictum  ubi  dicunt  nemenio.  Lateribus 
montibus  narica.  discurrente  arrogio  a  flumine  hee.  nos 
clienti  ac  pusilli  serui  omnium  sanctorum  domini  licet 
indigni  iam  prefati  cum  peccatorum  mole  depressi  in 
spe  et  fiducia  sanctorum  meritis  respiramus  non  usque- 
quaque  desperatione  deicimur  nerum  qui  etiam  crimi- 
num  nostrorum  agnoscimus.  Et  ut  per  uos  sancti  amabi- 
les  dei  a  domino  reconciliari  mereamur.  uobis  dei  fidis- 
simis  et  eius  sanctorum  prelibatis  concedimus  et  offeri- 
mus  post  part^m  monasterii  et  ecclesie  sánete  et  seruis 
dei  canonice  regularii  uiuentibus  ibidem  pormanentibus 
tres  .1111.'*''  de  ipsa  uilla  de  neníenlo  que  fuerunt  de  comi- 
té froile  menindiz  et  reliquit  eas  a  suo  suprino  froila 
ueremudiz.  Et  froila  ueremudiz  fecit  de  eas  plactum  co- 
mité froila  arias  ut  partisseant  eas  per  médium  sicuti  et 
fecerunt.  et  post  obitum  de  domno  froila  uermuit.  illa 
II II.*^  et  VIII. '^  reliquit  eas  ad  suos  filios  et  uenit  in  por- 
tione  ad  sua  íilia  domina  uisclauara.  P]t  ego  petro  íroi- 
laz  et  comes  contramutauit  eam  cum  illam  meam  germa- 
nam  pro  medio  de  quartiniano  in  nentos,  Et  alia  .IIII.'*  et 
VIII. "  reliquit  eas  comes  froila  arias  a  sua  filia  donna 
urraca  qui  fuit  mea  mulier.  Et  donna  urraca  migrauit 
in  meo  iure.  et  reliquit  a  meos  ñlios  et  suos  ex  quibus 
filiis  migrauit  indo  unus  in  meo  iure  nominato  froila 
petriz.  et  quia  est  lee  et  foro  de  rex  de  legione  ad  iudi- 
candum  ut  pater  hereditet  filium.  et  filius  hereditot  pa- 
trem.  Yii  ego  proter  amorem  dei  et  redemptionis  anima- 
bus  filii  mei  et  matris  sue  offero  ipsam  .1111.*°'  et  VIH.  ^^ 
ad  ipsum  locum  et  illa  alia  .IV.*  de  ipso  loco  de  nemenio 
compara uimus  et  ganauimus  ea  ego  petrus  froilaz  comes 


58  APÉNDICES 


et  mea  mulier  cometissa  guntrote  ruderiquiz  de  gunte- 
rote  nuniz  sicut  in  ipsa  cartnla  resonat.  modo  uero  offe- 
rimus  ipsam  uillam  integram  cum  cunctis  suis  operibus 
et  hedificiis  cunctis  per  suos  términos  antiquos  in  omni- 
que  giro,  id  est  contra  coris  consumarlo  perillo  que  se 
figet  in  illa  archa  de  campara  et  inde.  per  fontem  bene- 
dicenti.  et  per  illo  regó  qui  currit  a  rio  lebozan.  et  per 
illo  termino  de  armerezo  ad  illo  molino  de  meitulfi  qui 
tenuit  saluatore.  et  inde  sursum  a  petra  fugal.  et  inde 
per  figaria  guntilli.  et  inde  per  términos  de  uilar.  et  in- 
de per  illo  castro  de  cauriol.  et  inde  per  uereda  ad  illum 
ualle  ubi  prius  incepimus.  offerimus  domino  deo  ad  ser- 
uiendum  ei  nulli  hominum  obsequium  reddente  de  ea 
nisi  soli  deo.  ea  ratione  interposita  ut  dum  nos  uiui  fue- 
rimus'  stet  ipsum  locum  apud  nos  ad  tuendum  et  adiuto- 
rium  faciendum.  post  mortem  uero  nostraía  cum  filiis  uel 
filiabus  siue  nepotibus  qui  ex  nostra  origine  descenderint 
qui  illis  seruis  dei  melior  fecerit  cum  eo  stet  non  usu  he- 
reditario set  amorem  corda  eorum  quia  nos  monemus  et 
obtestamus  ut  numquam  diuidatur. 

Adhuc  offerimus  ad  altare  sanctum  crucera  argen- 
team.  haram  argenteam.  cálices  .II.  argénteos,  capsam. 
coronam.  et  offertoriam  argénteas,  candelabrum.  turibu- 
lum.  et  dúos  ciriales  hereos.  signos  .II.'*''  conco  et  aqua- 
manil.  uestimenta  de  altare,  frontale  gricisco.  citara  gri- 
zisca.  capas  .11.^^  una  gricisca  et  alia  leceril.  tónicas  .II.'"' 
una  gricisca  et  alia  leceril.  uestimenta  linea  sacerdotalia. 
parelios  .II [.''''  cum  stolas  et  manípulos  ob timos  de  diáco- 
no et  subdiacono  et  de  duobus  acolitis.  fargenes  pares  .II. 
libros  antifonal,  officiarium.  missale.  obliotega.  comitis. 
passionum.  ordinum.  psalterium.  totos  obtimos  et  perfe- 
ctos, stramenta  lectorum.  tapetes  .II.  almuzalas  .II.  plu-. 
mazios  .11.  manteles  parelfos  .II.  cum  suos  sananos,  pane 
medios  .L."^  equas  .X.  caualos  .IIII.  nacas  .X.  cum  suo 
tauro.  homines  de  nostra  criatione  .X.  pelagio  gusendiz, 
uimara  sunaridiz  et  sua  mulier.  íernandus  et  sua  mulier. 
Hiñere   gundesindiz.   petrus  uimaraz.  hermesenda  me- 


APÉNDICES  59 


nindiz  et  uno  pro  a  quoquina  et  alio  pro  a  pestania.  froila 
uermuiz. 

Adhuc  testamus  ibi  has  uillas  cum  sua  populatione 
intus  in  ipsa  uilla  .IIII.''''  seruiciales.  et  senara  cum  suo 
senarario.  uilla  uaralango.  uilla  sala,  uila  genesio.  here- 
ditates  in  nidones.  uilla  lanqueiron.  uilla  cauriol.  et 
uillar  qui  est  inter  nemenio  et  couriol.  uillas  in  cor- 
me.  Et  ecclesiam.  ordiales.  et  ausendi.  et  .IIII.''  de 
uilla  de  pausada,  et  .111."'  de  tameiro.  que  fait  menendi 
uermuiz.  et  untraneas  integra*,  et  gusendi  integro,  et 
condines  in  sunaria.  et  .111.''^  partes  de  octeiro.  ecclesia 
de  SCO.  uincencio  de  cunis.  uilla  quenis.  cupas.  cupos, 
lectos.  catliedras.  et  omnes  utesialia  domorum  uel  omnes 
prestationes  loci  ipsius  ab  omni  integritate  sci.  fsicii' 
ti),  iuri  nostro  firmitcr  mansit  uel  manere  potuit  perpe- 
tualiter.  habiturum  ofíbrimus.  obsecramus  domine  pieta- 
ti  tue  clementiam  et  sanctorum  tuorum  suffragium  ut 
liuius  parentatis  nostre  factum  post  partem  ipsius  mo- 
nasterii  maneat  stabilitum.  propter  remissionem  abolen- 
dorum  nostrorum  malorum  ac  bone  retributionis  me....m 
Hec  omnia  quod  offerimus  per  huius  testamenti  uigo- 
rem  ad  possidendum  pro  uictu  ac  uestitu  dei  seruorum 
in  ipso  loco  seruientium  pauperibus.  liospitibus  et  pere- 
grinis  nunquam  ullo  tempore  auxilium  denegetur.  et 
Imnc  factum  nostrum  disrumpatur.  Si  quis  tamen  quod 
esse  non  oportet  et  fieri  minime  credimus  aduersum 
hunc  testamentum  seriem  ad  irrumpendum  uel  diruen- 
dum  uenere  conauerit  uel  contemptionem  aut  disturba- 
tionem  aliquam  immittere  temprauerit  siue  ex  pagine 
uel  extirpe  nostra  seu  etiam  quislibet  comes,  pontifex. 
aut  quicquid  plebs  uel  potestas  hunc  testamentum  etc.. 
Facta  series  testamenti  sub  die  quod  erit  .11.  nonas  maii. 
Era  ex- VIII  post  T.(l). 


(1)  En  el  texto  se  lee:  Era  CXVIII,  pero  esta  fecha  no  puede  arlmítir- 
se;  por  lo  que  es  de  creer  que  el  scriptor  al  hacer  esta  copia  (pues  el  docu- 
mento no  parece  original),  convirtió  el  rasguillo  de  la  X  en  V, 


GO  APÉNDICES 


Ego  comes  Petras  frolaz  in  hanc  scripturam  testamen- 
ti  que  fieri  elegi  et  relegendo  cognoui  manu  mea. 

Ego  Gunterote  ruderiquiz  uxor  eius  in  huno  testa- 
mentum  mani  mea. 

Sub  imperio  diuino  gundisaluus  minduniense  se- 
dis  conf. 

Didacus  dei  gratia  sucundus  episcopus  apostolice  se- 
dis  lioc  testamentmn  meo  robore  confirmo  (signo  rodado) 
anno  sui  pontificatus  .IIII. 

Petrus  abbas  ariani  filius  monasterii  antealtarios  conf. 
Leouigildus  abbas  sci.  martini  cf. 
Hodorius  abbas  moriamsisis  cf. 
Munius  aluitiz  archidiaconus  cf. 
Rudericus  froilaz  archidiaconus  cf. 
Sandinus  petriz  archipresbiter  et  iudex  cf. 
Muninus  ordoniz  et  presbiter  cf. 
Pelagius  ruderiquiz  et  presbiter  cf. 
Audericus  oduariz  et  presbiter  cf. 
Fernandus  baldemiriz  et  pbr.  cf. 
q.  p.  f.     Ruderico  testis. 
lohanne  ts. 
petro  ts. 
Munio  ts. 
Diaco  ts. 
frola  ts. 
Ordonio  ts. 
aloitu  ts. 
auctor  et  operator  liarum  litterarum  recacamundus  ab- 
bas monasterii  magnessalagie. 

(Inédito.  De  una  copia  de  mediados  del  siglo  XII,  que  so  conserva  en  la 
Biblioteca  del  Seminario  Central  Compostelano). 


APÉNDICES  61 


J^UMERO  XIX. 


ERA  MCXLiii.  Santiago.  Año  de  C.  1105. 

16  de  Diciembre. 


Diploma  por  el  cual  el  Conde   de  Galicia   D.   Ramón   confirma 
los  antiguos  fueros  de  Santiago. 


In  nomine  sce.  et  indiuidue  trinitatis.  Ego  raimun- 
dus  totius  gallecie  cónsul,  ac  hispanie  imperatoris  dni. 
aíiefonsi  gener.  simiil  cum  coniuge  mea  urraca  eiusdom 
principis  filia,  cum  apud  tumbam  bmi.  iacobi  apli.  causa 
orationis  uenissemus  rocolentes  antecessorum  nostrorum 
congrua  beneficia,  eorum  exemplis  suffulti  et  pro  reme- 
dio animarum  nostrarum  parentumque  nostrorum.  qua- 
tinus  ut  in  presenti  euo  et  futuro,  apud  presentía  m  re- 
demptoris  nri.  iudicandi  de  criminibus  nris.  adstiterimus 
eumdem  beatissimum  iacobum  aplm.  protectorem  et  libe- 
ratorem  habere  mereamuri  in  eius  et  pro  eius  amore  in- 
teruentu  uenerabilis  didaci  oiusdem  apostolice  sedis  .II. 
episcopi  et  ceterorum  seniorum  uel  iudicum.  lianc  scri- 
pturam  testamenti  et  affirmationis  donum  propria  spon- 
te  facimus.  de  cunctis  habitatoris  uiris  ac  feminis  qui 
hodie  morantes  sunt  in  liac  ciuitate  conponteUa.  et  de  no- 
stris  comitatibus.  castellis!  et  ómnibus  mandationibus. 
eciam  et  de  familia,  et  de  uniuersis  terrarum  spaciis.  ad 
habitandum  uel  populandum  usque  in  presentem  diem 
uenerunt.  statuentes  eos  esse  libertos  atque  inienuos 
omnem  eorum  successionem  et  originem.  cum  facultati- 
bus   et  suis  hercditatibus  ubique  post  partem  eiusdem 


62  APÉNDICES 


sedis  absque  omni  repeticione  et  nostri  procuratoris  uel 
siiccessorum  nostrorum.  uel  cuislibet  uiolente  potestatis 
eos  inde  abstraeré  ultra  uolentis.  uel  qaidlibet  iuris  in 
eis  inctus  uel  extra  deinceps  possidere  cupientis.  nulli 
reddentes  dominium  uel  patrocinium.  nisi  soli  deo  et 
bto.  iacobo  apostólo,  et  liuius  sedis  pontifici  et  suis  cleri- 
cis  sicut  ceteri  ingenui.  ut  intercessionibus  et  meritis 
eiusdeni  apostoli  et  orationibus  clericorum  huius  loci  in 
die  iudicii  audiamus  uocem  domini  dicentis.  Venite  be- 
nedicti  patris  mei  percipite  regnum  uobis  ab  origine 
mundi  preparatum.  Ad  cuius  beatitudinem  intrantes 
gaudeanius  et  letemur  sine  fine  in  sécula  seculorum 
amen. 

Addimus  quidem  et  istis  talem  consuetudineni  sicut 
priores  illi  ab  auis  et  parentibus  nostris  habuerunt.  id  est 
ñeque  dent  fossatariam  de  se  nec  de  suis  hereditatibus. 
nec  lüctuosam.  non  offercionem  pro  suis  filiabus  casare 
uel  descasare,  non  caritele.  ñeque  decretum  maius  quam 
de  solidis  .V.  in  fossatum  non  eant.  nisi  ut  eant  una  die 
et  reuertantur.  malefactores  lionoris  sci.  iacobi  de- 
struant.  salones  raptores  uel  malefactores  super  se  mini- 
me  suscipiant.  deo  et  seo.  iacobo  et  suis  clericis  sicut  in- 
genui seruiant. 

Qui  uero  hanc  scripturam  testamenti  et  nostre  deuo- 
tionis  donum  inrumpere  aliquando  uoluerit.  seu  rex. 
comes,  etc..  canónica  sententia  damnatus...  pariet  om- 
nia  que  auferre  temptauerit  uel  calumniatus  fuerit:  du- 
pliciter  uel  tripliciter.  et  desuper  auri  talenta  .V.  episco- 
po  et  clericis  liuius  loci  et  lioc  factum  semper  sit  firmum. 

Facta  confirmatione  X'VIII.  kls.  ienuarii. 

Era  .I.C.X'III. 


Raimundus  comes  conf. 
Urraca  regina  conf. 
Petrus  frolaci  comes  conf. 
Froila  didaci  comes  cont. 
Suarius  uermudiz  comes  coní. 


APÉNDICES  63 


Petrus  lucensis  eps.  conf. 

Didacus  auriensis  eps.  conf. 

Adeíbnsus  tudensis  eps.  conf. 

Muninus  pelaiz  conf. 

Muninus  uelaz  conf. 

Johannes  ramiriz  conf. 

Petrus  legionensis  eps.  conf. 

Pelagius  asturicensis  eps.  conf. 

Rudericus  froilaz  conf. 

Suarius  froilaz  conf. 

Petrus  gudesteiz  conf. 

Bernaldus  toletanus  archieps.  conf. 

Giraldus  bracarensis  metropolitanus  conf. 

lohannes  uistruarici  ts. 

Hordonius  desteriquici  ts. 

Pelagius  saluatorici  ts. 

Petrus  pelaici  ts. 

Arias  ts. 

Pelagius  ueremudici  ts. 

Martinus  gundesindiz  ts. 

Petrus  martinz  ts. 

Muninus  ruderiquici  ts. 

Gundesindus  ts. 

Erus  armentariz  maiorinus  conf. 

Johannes  didaci  conf. 

Arias  nunici  conf. 

Guntadus  didaci  conf. 

Petrus  danielci  iudex  conf. 


(Inédito.  Tumbo  A,  Ibl.  2ü). 


C4  APÉNDICES 


NUMERO  XX 


Aclaración  sobre  quienes  han  sido  los   Mártires   que  trajo 
D.  Diego  Gelmírez  de  Portugal  á  Compostela. 

Habiendo  expuesto  en  el  texto  la  traslación  de  San 
Fructuoso  y  deroás  santos  que  trajo  Gelmírez  de  Portu- 
gal, resta  ahora  que  averigüemos  quienes  eran  estos 
Santos,  en  qué  tiempo  vivieron,  y  cómo  fué  su  fín  dicho- 
so. Sobre  San  Fructuoso  no  puede  ocurrir  duda.  Es  el 
insigne  Metropolitano  de  Braga,  que  ocupó  esta  Sede 
desde  el  año  656  hasta  el  de  665  (1).  Su  glorioso  tránsito 
se  celebra  el  16  de  Abril. 

La  identificación  de  los  otros  tres  Santos  Silvestre, 
Cucufate  y  Susana  no  es  tan  fácil.  Para  identificarlos 
sólo  se  atendió  al  nombre;  y  este  medio  por  si  sólo  resul- 
ta muy  ineficaz,  y  es  muy  ocasionado  á  confusiones.  La 
Compostela7ta  indica  que  fueron  mártires;  y  éste  es  un 
dato,  que  debemos  aprovechar  en  nuestra  investigación. 
Comencemos  por  San  Silvestre.  Ningún  mártir  figura  con 
este  nombre  en  el  Martirologio;  por  consiguiente  nues- 
tro San  Silvestre,  no  puede,  ni  debe  ser  confundido  con 
los  de  este  nombre  registrados  en  tan  autorizado  catálo- 
go. Es  distinto. 

Cucufate  hay  un  mártir  muy  famoso,  que  padeció  en 
Barcelona  bajo  Diocleciano.  Este  no  puede  ser  el  nues- 
tro; pues  su  cuerpo  se  conserva  en  el  Monasterio  de  San 
Culgat  del  Valles. 


(l)  El  discurrir  sobre  hus  virtudes  y  sus  trabajos  apostólicos  en  (rali- 
cia  y  aún  en  nuestra  Diócesis,  nos  llevaría  demasiado  lejos.  Nos  contenta- 
remos con  remitir  al  benévolo  lector  al  tomo  XV  de  la  España  Sagrada, 
página3  141-158  y  Apéndice  IV. 


APÉNDICES  Go 


Susanas  mártires  cita  tres  el  Martirologio;  dos  que 
padecieron  en  el  Oriente,  y  la  tercera  el  11  de  Agosto, 
en  Roma,  bajo  Diocleciano.  x\venturado  sería  identificar 
á  nuestra  Santa  Susana  con  cualquiera  de  las  dos  de  la 
Iglesia  Griega.  Tampoco  es  verosímil,  en  nuestra  opi- 
nión, que  la  Santa  Susana  de  Compostela  sea  la  misma 
que  la  de  Roma,  cuyo  sepulcro  se  conserva  en  la  iglesia 
que  lleva  su  título. 

¿Quiénes  fueron,  pues,  nuestros  Mártires;  en  c^ué 
tiempo  vivieron,  con  qué  ocasión  padecieron  el  martirio? 
Al  tratar  el  P.  Yepes  (1)  de  la  gloriosa  muerte  de  San 
Vicente,  Abad  de  San  Claudio  de  León,  inserta  unos  pá- 
rrafos tomados  de  la  Historia  Eclesiástica  de  España,  que 
liabía  dejado  manuscrita  el  muy  erudito  agustiniano 
Fr.  Jerónimo  Román;  los  cuales  párrafos  á  la  letra  dicen 
así:  «Si  Remizmundo  murió  arriano,  ó  no,  yo  no  lo  se;  no 
lo  dizen  los  autores,  antes  quedan  tan  mancas  las  histo- 
rias y  tan  cortas  que  de  a(^ui  adelante  no  ay  memoria  de 
mas  Reyes  Suevos  hasta  los  años  de  567,  que  hallamos  á 
Teodomii'o;  porque  nuestros  autores  acaban  aquí  por  los 
años  de  475;  por  donde  parece  que  faltan  Reyes  Suevos 
por  espacio  de  cien  años.  Mas  porque  esta  es  vna  conoci- 
da falta,  y  podría  notarse  por  gran  descuido  el  no  auer 
continuación  destos  Reyes,  y  la  que  hubo  en  espacio  de 
tantos  años,  quiero  yo  aquí  suplir  algo  de  lo  que  falta  lo 
mejor  que  pudiere  y  supiere.  Andando  por  diuersas 
partes,  buscando  lo  que  hazía  a  mi  intento,  acaeció  que 
llegado  en  León,  fuy  al  Monasterio  de  San  Claudio,  que 
corrompidamente  se  llama  San  Clodio,  Conuento  de  la 
Orden  del  padre  San  Benito;  aquí  entre  otros  papeles 
que  hallé,  fué  vn  quaderno  de  letra  casi  Gótica,  en  el 
qual  principalmente  estaba  la  vida  de  San  Vicente 
Abad  que  fué  desto  Monasterio  y  después  martyr,  según 
se  tiene  por  constante  verdad.  Aqui  continuando  las 
cosas   de   los   Suevos,  que  señoreauan  toda  esta  tierra, 


(1)     Coronica  gen.  de  la  Orden  de  San  Benito,  tomo  I,  al  año  554.  cap.  II. 
Tomo  III. -5. 


')()  APÉNDICES 


por  los  años  del  Señor  de  480  reynaua  Remizmundo  (de 
quien  se  hizo  mención  poco  ha).  Este  por  su  muerte  dexo 
por  heredero  de  su  Reyno  a  Hermenerico,  segundo  de 
los  así  llamados,  el  qual  fué  notablemente  Arriano;  y  de 
tal  manera  persiguió  la  Yglesia  católica  por  las  tierras 
que  señoreaua,  que  pocos  pueblos  poderosos  tuuo  que  no 
faessen  consagrados  con  la  sangre  de  los  constantes  mar- 
tyres  de  Christo.  Dio  asimismo  tras  los  Santos  Obispos, 
personas  de  letras  y  de  buen  zelo,  porque  halló  que  estos 
le  resistían;  y  porque  no  quedase  cosa  santa,  en  que  él  no 
pusiesse  las  manos  sacrilegas,  mandó  derribar  muchas 
Yglesias  y  lugares  piadosos  y  deuotos.  De  los  que  passa- 
ron  por  corona  de  martyrio  fueron  estos  agora;  en 
Orense  que  fué  ciudad  que  ellos  fundaron,  murieron  las 
Santas  Vírgenes  Marina  y  Eufemia;  en  Astorga  Santa 
Marta  Virgen;  en  Braga  donde  estos  Reyes  tenían  su 
corte  San  Slluestre,  Cucufas  y  Susano  (sin  duda,  Susana), 
y  otros  muchos  de  los  quales  liablaremos  después  lo  que 
conuenga. »  Hasta  aquí  el  P.  Román,  a  quien  su  herma- 
no de  hábito  Fr.  Luís  de  León  llamaba  devorador  de  anti- 
giledades. 

En  esta  narración,  fundada  en  el  cuaderno  casi 
gótico  de  San  Claudio,  podrá  haber  algunas  circunstan- 
cias, como  las  que  se  refieren  á  la  Cronología  de  los 
Reyes  Suevos,  que  ofrezcan  lugar  á  duda  ó  á  discu- 
sión (1);  pero  en  lo  substancial  nada  se  halla  que  no  sea 
más  que  verosímil  y  probable. 


(1)  El  P.  Eisco  {Esp.  Sag.,  tom.  XXXIV,  pág.  oG3),  qae  no  podía  ha- 
llarse bien  con  esta  narración,  porque  echaba  por  tierra  alguna  de  las  te- 
sis por  él  sustentadas,  como  la  de  la  independencia  de  la  ciudad  de  León  en 
tiempo  de  los  Suevos  (loe.  cit.,  pág.  3G7),  para  desvirtuar  su  crédito  supuso 
que  tanto  el  P.  Yepes,  como  el  P.  Román,  habían  bebido  en  una  misma  y 
única  fuente.  Mas  esta  suposición  es  gratuita.  Yepes  (tom.  I,  íbl.  175  vuelto 
cita  un  libro  antiquhimo,  que  sería  el  Leccionario  de  donde  tomó  Risco  las 
lecciones  que  i)u])]i(;ó  en  el  Apéndice  VI;  Román  cita  un  quaderno  de  letra 
cxsi  gálica,  en  el  qual  prtncipalnicule  eslaba  la  vida  de.  San  Vicente. 


APÉNDICES 


67 


Según  la  Coni'postelana,  los  sepulcros  en  que  se  halla- 
ban depositados  los  cuerpos  de  San  Silvestre  y  San  Cu- 
cufate,  eran  muy  toscos  fm conven ientihiis  sarccpJtor/ís)  (1). 
Tales  debían  de  ser  los  sepulcros  labrados  á  fines  del  si- 
glo V  ó  principios  del  siglo  VI,  (]ue  fué  cuando  debieron 
padecer  martirio  nuestros  Santos. 


NUMERO    XXI 


Bula    de    Pascual    11    dirigida    á    D.    Diego    Gelmírez. 


Didíaco  Compostellano  archiepiscopo  (2). 


Et  fratrum  relationé  accepimus  et  gestorum  veterum 
lectionem  cognovimus,  (¡uoniam  fernandi  regis  filius 
(irarsias  cum  rogatus  a  (rallecie  episcopis  Bracharensem 
urbcm  restaurare  disponeret,  clericis  sancti  Jacobi,  qui 
predecessoris  sui  Ordonii  llegis  donatione  partem  Bra- 
chare,  tune  desoíate  susceperant,  pro  eadem  parte  coida- 
rium  monastei'ium  commutatione  concossit.  Post  oxi- 
guum  tempus  idom  (íarsias  a  tratre  Sancio  captus  Bra- 
cliai'am  reparare  non  valuit,  sed  ingruente  dissidio 
regnuní  amsit.  Porro  sancti  lacobi  episcopus,    secularis 


(1)  Lib.  I,  cap.  XV,  pá«r.  38.— De  la  forma  de  el  de  Santa  Susana, 
nada  indica  la  Compostelana;  probablemente  sería  como  la  do  los  otros  dos 
sepulcros. 

(2)  Léase,  ciriscopn,  coni<> ya  <orriírió  el  P.  Fita 


GS  APÉNDICES 


potentia  nisus,  et  cordarium  tenuit  et  Brachare  portio- 
nem  non  iure  pertenuit;  que  videlicet  pars  sancti  Victo- 
ris  et  sancti  fructuosi  vocabulis  nuncupatur. 

Nunc  per  omnipotentis  Dei  gratiam  Bracliarensi  urbe 
in  metropolitane  dignitatis  gioriam  restituta,  fraternita- 
ti  tue  mandamus  ut  commutationis  iure  servato,  partem 
illam  Bracliarensis  urbis  in  ius  metropolitani  debita  ca- 
ritate restituas;  nec  enim  decet  ecclesias  vel  ecclesiasti- 
cos  viros  in  dolis  aut  violentia  se  invicem  circumvonire; 
de  ceteris,  que  in  Bracliarensi  parrochia  ecclesia  beati 
lacobi  fidelium  quorumlibet  donatione  possidet,  reten- 
to dominii  iure,  quod  solum  qui  possidebant  daré  potue- 
runt.  cetera  episcopalis  iustitie  officia,  sive  in  clericorum 
ordinationibus  atque  iudiciis,  sive  in  decimis  aliisque 
oblationibus,  eidem  episcopo  et  integra  et  quieta  di- 
mi  tt  as. 

(Boletín  de  la  Beal  Academia  de  la  Historia,  tom.  XXIV,  pág.  220). 


APÉNDICES  69 


NUMERO  XXII. 


ERA  MCXLV.  SaníicKjo,  Año  de  C.  1107. 

17  de  Marzo. 


El  Conde  de  Galicia,  D.  Ramón,  cambia  con  el  Obispo  compos< 
telano  la  mitad  de  la  villa  de  Villar  por  la  de  Frexenario. 


Quandoquiclem  mundus  ab  inperatoribus  secundario 
regitur:  ergo  possibile  est  ut  per  eorum  prouidentiam 
mundane  res  conmutentur.  Quocirca  ego  comes  dns.  rai- 
miindus  totius  gallecie  imperator  seu  adefonsi  toUetani 
principis  gener.  una  cum  coniugo  mea  infanta  dna.  urra- 
ca, oiusdem  adefonsi  toh^tani  pi'incipis  filia,  liuius  scri- 
pture  textum  fieri  mando:  uobis  dno.  didaco  ecclesie 
bti.  iacobi  secundo  epo.  uestrisque  successoribus  de  uilla 
media  pernominata  uillar.  iuxta  castellum  de  oneste  adia- 
cente:  in  ripa  uUe,  per  suos  términos  scilicet  per  insu- 
lana capraríam  et  per  illam  mamolam  de  asarco,  et  per 
pratos  de  pcpi  ex  alia  enim  parte  inter  nílJarelíum  et  uil- 
lar, quomodo  currit  ipsa  aqua  que  uliccm  intrat.  et  ost 
diuisa  per  suas  diuisiones.  uidelicet  inter  uillam  molde?' 
et  ahnlnam.  Quam  supradictam  uillam  campio  pro  uilla 
frexenario  inter  dicos  pontes  adiaQente.  per  suos  términos 
et  diuisionesí  sicut  est  in  illo  testamento,  quod  dedit  co- 
mitissa  donna  uelasquida  bto.  iacobo.  Illam  enim  super 
nominatam  uillam  cura  ómnibus  rebus  sibi  pertinenti- 
bus.  libere  ego  comes  rainumdus  et  uxor  mea,  concedi- 
mus  uobis  prodicto  pontifici  uestrisque  successoribus:  ut 


70  APÉNDICES 


ele  ea  uelle  uestrum  faciatis.  Set  si  quislibet  homo  etc.... 
Facta  scriptura  cambicionis.  Era  .I.C.X'V.  et  quo- 
tum  .XVI.  kls.  aprilis. 

RaimundiTs  comes  conf.  Arias  nuiíici  conf. 

Urraca  infanta  conf.  Veremudus  petriz  conf. 

Froila  menendici  conf.  Grudesteus  fernandiz  conf. 

Pelagius  gudesteiz  conf.  Martinus  pelaici  conf. 

(Inédito.  Tumbo  A,  íol.  29  vuelto). 


NUMERO  XXni 


KRA  MXLV.  Smúiacjo.  Año  de  C.  1107. 

14  tío  ]VI.a\o. 


Diploma  de  D.  Alfonso  Vi  acerca  de  la  Casa  de  moneda 

de   Santiago. 


Sub  xpi.  nomine  ego  adefonsns  dei  gratia  toletani 
imperii  rex  et  magnificas  triumpliator.  una  cum  dile- 
ctissima  uxore  mea  helisabet  regina,  licet  multa  pecca- 
torum  mole  grauatus  de  dei  tamen  omnipotentis  miseri- 
cordia confisus.  quia  cupio  pro  terrenis  celestia  et  pro 
perituris  eterna  adquirereí  fació  lianc  testamenti  seriem 
ecclesie  bti.  iacobi  apli.  cuius  uenerabile  corpus  atque 
patrocinium  ab  uniuersis  mundi  partibus  in  co7ipostelIa 
requiritur.  et  innumeris  signorum  mirabilibus  illic  uera- 


APÉNDICES  71 


citer  esse  eonprobatur:  de  integra  moneta  que  ibi  fabri- 
catur.  ciim  omni  profectu  qui  ad  eam  pertinet.  unde 
possit  perfici  et  consumari  ceptuní  opus  apostolice  eccle- 
sie.  et  postea  iii  oinnes  usus  atque  necessitates  illius 
conuerti.  absque  ulla  laicali  uel  seculari  participatione 
aud  pressura.  Sicut  ego  libere  et  integre  liabui  absque 
ulla  diuisione.  aud  praua  consuetudine.  sic  do  atque 
concedo  supradicte  ecclesie  usibus  per  manum  atque 
cooperationem  uenerabilis  epi.  donni  didaci  secundi. 
eiusque  canonicorum  ut  prout  ipsis  melius  placuerit. 
aud  ex  ea  magis  impetrare  potuerint,  studeant  subleua- 
re  necessitates  cepti  operis.  et  post  eius  consumationemí 
in  ornamentis  atque  conposicionibus  eiusdem  ecclesie 
omnia  illius  lucra  perseuerent  expenderé  usque  in  sem- 
piternum.  et  quia  omnes  íalsificatores  monetarum  mee 
patrie  crimen  falsitatis  super  conposfeUe  monetarios  sem- 
per  solent  obicereí  si  episcopo  eiusdem  lobi  cum  consilio 
canonicorum  placuerit.  et  pi'ofectum.  maiusquc^  lucrum 
sue  ecclesie  in  hoc  esse  cognouerint.  uolo  ut  mutent 
cuneorum  suorum  litteras  et  de  illo  unde  magis  impe- 
trauerint  faciant  sue  monete  prepositum.  et  semper  he- 
reditario iure  ad  usus  supra  soripte  eaclesie  possideant. 

Si  uero  non  tantum  lucrum  sibi  in  commutione  fcoin- 
mutatione'f'J  litterature  cunc^orum  cognouerint.  quantum 
in  omnium  mearum  monetarum  communitate.  timendo 
communis  monete  falsitatem.  mando  ut  prepositus  om- 
nium mearum  monetarum  de  iure  uestro  teneat  et  legi- 
time custodiat.  et  tam  magnum  uobis  lucrum  tribuat  de 
uestra.  sicut  miclii  dederit  de  una  ex  melioribus  mone- 
tis  mee  patrie:  et  sic  uobis  de  uestra!  sicut  miclii  ex  una 
de  meis  melioribus  conplaceat.  et  in  ómnibus  satisfaciat. 

Et  uolo  ut  ab  hodierno  die  et  deinceps  in  iure  om- 
nium apostolici  loci  episcoporum  moneta  pre dicta  ñrnii- 
ter  et  integre  contirmata  consistat.  absque  ulla  inquie- 
tudine  mee  stirpis  aud  aliorum  concupiscentium:  (|uati- 
nus  scm.  iacobum,  cuius  ecclesie  necessitatibus  compás- 
sus  subuenio  in  terris.  piam  et  propicium  mercar  habe- 


72  APÉNDICES 


re  in  celis.  eiiisque  consorcio  perfruar  per  onmia  sécula 
seculorum  amen.  Si  quis,  tamen  etc.. 

Facta  autem  hac  confirmationis  carta,  serieque  te- 
stamenti  in  Era  .I.C.X'I.  et  noto  die  .III.''  feria  que 
fuit  .II.  idus  madii.  quando  rex  de  burgis  egressus.  cum 
sola  castellanorum  expeditione.  super  uascones  et  ara- 
gonenses'  iter  direxit. 

.  Adefonsus  imperator  conf. 

Helisabet  regina  conf. 

Reimundus  (regni  totnis  galleck)  comes  frerjisque  gener) 
conf. 

Urraca  regis  filia  (reiynundiqíie  comitis  iixor)  conf. 

Sancius  fpiierj  filius  regis  (regniim  elediis  patrifactmn) 
conf. 

Henrricus  fporüigalensis  provinciej  comes  (regisqíie  ge- 
ner) cf. 

Tarasia  regis  filia  conf. 

Bernaldus  toletani  (imperii  mxliieps,  et  romane  Ecclesie 
legatiis)  cf. 

Petrus  legionensis  sedis  eps.  conf. 

Pelagius  astoricen.  sedis  eps.  cf. 

Raimundus  palont.  sedis  eps.  cf. 

Garcia  burgensis  s(^dis  eps.  conf. 

(jarcia  ordonici  comes  conf. 

Gómez  guncaluiz  comes  cf. 

Rudericus  moninz  comes  conf. 

Martinus  flainiz  comes  conf. 

Petrus  froilaz  comes  conf. 

Suarius  uermudici  comes  conf. 

Pelagius  ruderiquiz  maiordomus  regis  conf. 

Garcia  aluariz  armiger  regis  conf. 

Gómez  martinci  filius  comitis  conf. 

Martinus  moninz  filius  comitis  conf. 

Johannes  ruderiíjuiz  archidiaconus  conf. 

Arias  ciprianez  archidiaconus  conf. 

Gaufrediis  arcliidiaconús  conf. 


APÉNDICES  73 


Petriis  danielz  iudex  conf. 
Pelagius  gudesteiz  iudex  conf. 
Pelagius  didaci  testis. 
Petrus  astrarici  ts. 
Moninus  alfonso  tesaurarius  ts. 
Monio  golmiriz  tesaurarius  ts. 
Gundesindus  canonice  prior  ts. 
Oduarius  archidiaconus  ts. 

Lo  que  va  entre  paréntesis,  está  tomado  de  una  copia  que  trae 
el  Tumho  T,  al  fol.  219,  con  la  fecha  del  ano  1077. 


(Inédito.  Tumho  A,  fol.  27  vuelto). 


NUMERO   XXIY 


ERA  MCXLV.  Santiar/o.  Año  de  0.1107 

13  (le  Septiembre. 


El  Conde   de   Galicia    D.   Ramón    dona    á    la   Santa    Iglesia 
de  Santiago  el  Monasterio  de  San  Mamed  de  Piñeiro. 


Si  omnia  que  nostro  dominatui  subiecta  sunt  ab 
auctore  omnium  creantur  et  dominantur.  ergo  dignmn 
ualde  est  ut  de  suis  robus  aliquid  deo  offerre  curiMnur. 
non  ideo  quod  indigeat  nostro  numere.  Set  ut  nostram 
bonam  animi  intentionom  ex  alto  prospiciensí  per  pre- 
sentia  hic  bene  distributa,  eterna  nobis  preparet  Iia- 
bitarula.  Per  hoc  (^tenini  quisque  indeficientia  cons(^qui- 


74  APÉNDICES 


tur  gandía  per  quod  toto  cordis  affectu  presentía  digne 
díspensat.  Domino  asserente.  Date  et  dabítur  uobís.  Qao- 
círca  ego  cónsul  domnus  raímundus  totíus  galletíe  prin- 
ceps et  piissimi  regis  dni.  adefonsi  toleto  regnantis  ge- 
ner  una  cum  uxore  mea  infanta  dna.  urrraca  prefati 
imperatoris  filia,  scriptum  perpetuo  robore  roboratum 
ecclesie  bti.  iacobi  et  uobis  dno.  didaco  eiusdem  ecclesie 
diuino  spiramine  episcopo  secundo,  et  clericis  predi- 
cte  ecclesie  tam  presentibus  quam  futuris  fieri  de- 
cernimus.  de  omni  liereditate  abbatis  arie  scilicet  seo.  má- 
mete et  de  alus  ecclesiis  et  hereditatibus  suis  cum  suis 
apendiciis  ómnibus  per  diuersa  terrarum  spacia  consi- 
stentibus  ea  ratione  seraata  quatinus  dominium  illud 
quod  super  liis  liominibus  haberemus  abbate  aria  uiuente 
ecclesia  bti.  iacobi  et  uos  supradicti  obtineatis.  Mortuo 
uero  abbate  predicta  omnia  eiusdem.  ueluti  ipse  regi 
dno.  adefonso  legitimo  scripto  contulit.  uos  et  ecclesia 
uestra  perpetualiter  possideatis.  Qaod  si  aliquis  no- 
strum  etc.. 

Facto  scripto  sub  Era  .I.C.X'V.  die  idus  septembris. 

Raimundus  comes  conf. 
Urraca  eius  uxor  conf. 
Petrus  froilaci  comes  conf. 
Suarius  comes  conf. 
Oduarius  ordoniz  conf. 
Veremudus  petriz  conf. 
Herus  armentariz  conf. 
Albertus  de  monteroso  conf. 
Froila  menendici  conf. 
Suarius  frolaz  conf. 
Petrus  didaci  conf. 


(Inédito.  Tamho  A,  fol.  30). 


APÉNDICES  75 


nitmp:tío  XXV 


ERA  MCXLV.  Santiago,  Año  de  C.  1107. 

13  de  Diciembre. 


La  Infanta  D.^  Urracaí  señora  de  Ibda  Galiciai  dona  á  la  San- 
ta Iglesia  de  Santiago  el  Monasterio  de  San  Andrés  de 
Trobe  y  todo  cuanto  á  ella  pertenecía  entre  los  ríos  Uila 
y  Tambre. 


Quandoquidem  salomone  asserente  didicimus  quati- 
nus  dum  in  hac  fragilitate  positi  sumus.  bona  operari 
desudemus.  quia  neo  scientiam  ñeque  sapienciam  esse 
apud  inferes  legimus.  ergo  diim  corporali  mole  detine- 
mur  solum  modo  operari  possumus.  Qua  propter  ego  in- 
fanta dna.  urraca  adefonsi  imperatoris  filia,  et  totius 
gallecie  domina,  dum  tempus  est  operandi.  operari  totis 
uiribus  cupiens:  ecclesie  bti.  iacobi  et  uobis  dno.  didaco 
eiusdem  ecclesie  diuino  nutu  secundo  epo.  et  clericis 
uestre  ecclesie.  tam  presentibus  quam  eisdem  succedenti- 
bus.  scripturam  firmitatis  fieri  procuro,  pro  mee  anime 
et  meorum  auorum  etiam  et  remissione  et  parentum  et 
illorum  omnium  ex  quorum  linea  descendo.  de  lieredita- 
tibus  et  ecclesiis.  et  uillis  inferius  denotatis.  scilicet  mo- 
nasterio sci.  andree  uocitato  talohre  cum  omni  suo  debitu 
et  creatione.  et  suis  ómnibus  adiunctionibus  ubique. 
paiisata  cum  suis  liominibus  et  apendiciis  que  est  sita  in 
ripa  ulíe  hereditatem  omnem  de  froila  didaci  tam  solia. 
quam  domos  Ínter  uliam  et  tanmr  consistentem.  et  om- 
nem hereditatem  et  domos  de  niaiore  didaci.  inter  dúo 
predicta  Üumina  iacentem.  et  omnes  homines  quos  uice 


i  G  At»ENDICES 


minduniensis  ecclesie  possideo  in  montesacro.  etiam  et  oiii- 
nes  liomines.  et  omnem  hereditatem  quam  habeo  in 
pestomarcos  de  regalengo  etinfantatico.  et  de  omni  uoce. 
et  etiam  illud  quod  ibi  est  de  dominio  cellenoiie.  mosonzo, 
et  superati  non  dissimiliter  dono.  Qae  omnia  ueluti  su- 
perius  sunt  scriptaí  tali  ratione  ecclesie.  sci.  iacobi  et  su- 
pradicto  episcopo  et  clericis  conferoí  ut  omni  mee  uite 
spatio  ea  possideam.  ad  obitnm  uero  meum  quieta  et 
cum  omni  tranquilitate  predicte  ecclesie  conferam. 
Quod  si  ego  infanta  seu  aliquis  etc.. 

Facto  scripto  die  idus  decembris.  Sub  Era   .I.C.X'V» 
Ego  infanta  dna.  urraca  conf. 

Petrus  froilaci  comes  conf. 
Comes  suarius  uermudiz   conf. 
Herus  armentarici  conf. 
Albertus  de  monteroso  conf. 
Froila  menendici  conf. 
Suarius  froilaci  conf. 
Rudericus  froilaci  conf. 
Didacus  auriensis  eps.  conf. 
Petrus  lucensis  eps.  conf. 
Adefonsus  tudensis  eps.  conf. 
Gundisaluus  minduniensis  eps.  conf. 
Petrus  abbas  céllenoue  conf. 
Petrus  abbas  antealtarts  conf. 

(Inédito.  Tumbo  A,  fol.  .'iO). 


APÉNDICES  r  Y 


NUMERO  XXVI 


Santicif/o.  Año  de  C.  iiiU. 

Ül  de  Abril. 


Bula  del  Papa  Pascual  II  por  la  cual  confirma  las  posesiones 

de  esta  Santa  Iglesia. 


Pasclialis  eps.  servus  servorum  Doi,  ven.  fratri  Dida- 
co  compost.  Ecclesiae  epo.  eiusque  successoribus  canoni- 
ce promovendis  in  perpetuum.  Sicut  iniusta  poscentibus 
nullus  est  tribuendus  effectus,  sic  legitima  desideranti- 
bus  non  est  differenda  patitio.  Tuis  ergo,  frater  in  Chri- 
sto  charissime,  petitionibus  annuentes,  quas  per  fideles 
Ecclesiae  vestrae  filios  Gaiifridum  Ecclesiae  vestrae  ar- 
chidiaconum  et  Petrum  presbyterum  capcllanum  sug- 
gessistis  ad  perpetuam  Scae.  Compost.  Ecclesiae  pacem 
ac  stabilitatem  sancimus,  ut  universa  quae  ad  eiusdem 
bti.  lacobi  Apostoli  p]cclesiam,  in  qua  nimirum  eius  cor- 
pus  rcíjuiescere  creditur,  proprietario  iure  intra  vestram 
parocliiam  pertinent,  sicut  ex  supradictorum  t'ratrum 
relatione  didicimus,  quieta  omnino  et  integra  vobis  vc- 
strisque  successoribus  in  perpetuum  conserventur,  videli- 
cet  térra  de  Supéralo,  Dormlana,  Barerjium,  Coronaium, 
Mercia,  arel npresbijter alus  sci.  Pcla<iii  de  CirciteUo,  Mons  sa- 
cer,  Tal>er¿olus,  térra  Montium  usque  ad  Avímn,  Morracium, 
Sahiiense,  térra  Termarmn,  térra  de  Arcnhus,  Iriense,  Pisto- 
viarcus,  Amaheae  et  allí  montes,  Prucios,  Lovacengos,  Arros, 
Xemítos,  P)isayicos,  térra  de  Faro,  Coporos,  Célticos,  Ihrran- 
tinos,  in  montanis  dúo  archipreshiiteratus,  Duhria,  Barcala, 


78  APÉNDICES 


Salagia,  Gentines,  et  cetera  usque  ad  Oceanum,  sicut  in 
scriptis  eiiisdem  Ecclesiae  continentur.  Confirmamus 
etiam  vobis  quae  a  rege  memoriae  nobilis  Ildefonso  et 
a  soroi'ibus  eius  Geloyra  videlicet,  atque  Urraca  et  a 
supradicti  Eegis  genero  comité  Raimundo  et  eius  coniu- 
ge  Urraca  eiusdem  Regis  filia  bto.  lacobo  et  eius  Eccle- 
siae chirographis  seu  testamentis  legitimis  oblata  sunt, 
videlicet  monetam  compost.  civitatis,  monasteria  Piío' 
ninm  et  Branderiznim,  ecclesia  sci.  Mametis  cum  ómnibus 
pertinentiis  eorum,  domus  in  civitate  compostelana. 
Confirmamus  etiam  vobis  oppida,  seu  praedia,  quae  a 
superioribus  hispanorum  regibus  data  sunt,  videlicet 
HonestuMy  Farum,  castellum  Scae,  Mariae  de  Lanciata,  cum 
pertinentiis  eorum,  Ecclesiae  SS.  Victoris  et  Fructuosi 
et  villam  Cornelianam  in  Portugalensi  pago  cum  perti- 
nentiis suis.  Decernimus  itaque  ut  nulli  et  omnino  lio- 
minum  liceat  eamdem  Ecclesiam  temeré  perturba- 
re, etc 

Datum  Laterani  per  manum  loannis  S.  Rom.  Eccle- 
siae diaconi  cardinalis  ac  bibliothecarii  XI  kal.  maii, 
Indict.  III.,  Incarnationis  dominicae  anno  MCX.  Ponti- 
ficatus  autem  dni.  Paschalis  II.  Papae  anno  XI. 


(Hist.  Comp.^  tom.  I,  cap.  XXXVI). 


APÉNDICES  79 


NUMERO  XXVJI 


EKA  MCL.  Santiago.  Año  de  C.  i  112. 

14  de  Mayo. 


La  Reina  D."*  Urraca  confirma  á  esta  Santa  Iglesia  la  dona- 
ción que  le  había  hecho  en  13  de  Diciembre  de  1107  al  tiem- 
po de  la  muerte  de  su  esposo  D.  Ramón. 


Ego  urraca  totius  yspanie  regina  faeio  cartaiii  et 
testamentum  ecclesie  bti.  iacobi  et  epo.  dno.  didaco  et 
canonicis  eiusdem  ecclesie  de  toto  illo  regalengo  et  in- 
fantatico  quod  habeo  inter  uliam  et  tamar  pernominato 
de  talohre  cum  suis  liominibiis  et  ómnibus  suis  aiuntioni- 
bus.  et  de  ómnibus  illis  hominibus  quos  mindiiniensis 
ecclesia  liabebat  inter  uliam  et  tamar  et  de  pausada  cum 
hominibus  et  aiuntionibus  suis.  et  de  ómnibus  illi¿}  ho- 
minibus et  hereditatibus  quas  habeo  in  pístomarcos  et  in 
ñola  et  in  conpostella  regalem  curtem.  et  sobrados  et 
kasas  terrenas  quas  íncartauit  gundisaluus  aloitici  et 
eius  frater  didacus  aloitici.  et  habuerunt  eas  de  gundi- 
saluo  alfonso. 

Do  eciam  uobis  omnes  illos  subrados  et  kasas  terrenas, 
et  omnes  illas  hereditates  que  fuerunt  de  froila  didaci. 

Do  et  concedo  ego  regina  dna.  urraca  uobis  iam  di- 
ctis  et  ecclesie  sci.  iacobi  totum  illud  quod  habeo  inter 
uliam  et  tamar  cum  toto  quod  liabco  ibi  de  sobrado.  Sic 
dono  et  confii*mo  uobis.  sicut  uobis  iam  dedi  in  morte 
uiri  mei  comitis  dni.  raimundi.  et  sicut  filius  meus  rex 
dnnnus  alf'onsus  uobis  (h'dit  et  confirmauit  quando  eum 
w^leegistis  regem  in  ecclesia  ucstra.  habeatis  nos  et  suc- 


80  APÉNDICES . 


cossores  uestri  hec  omnia  super  scripta  usque  in  perpo- 
tuum. 

Adicio  eciam  uobis  totas  illas  liereditates  et  kasas 
ot  superatos  que  f  aerunt  de  maior  didazi  inter  iam  dicta 
tíumina  scilicet  uliam  et  tamar.  Illa  uero  omnia  que  in 
niorte  uiri  mei  comitis  raimundi  et  in  presentía  patris 
mei  regis  domni  adefonsi  per  testamentum  ecclesi  bti. 
iacobi  contulií  confirmo  et  omnia  que  eidem  ecclesie 
contuli  et  impresenti  adicioí  similiter  confirmo. 

Et  extra  iam  dicta  fiumina  habeatis  totum  suum  di- 
rectum:  de  ipsis  iam  dictis  uillis  per  ubicumque  potueri- 
tis  eum  inuenire. 

Adliuc  etenim  concedo  et  autorizo  ut  si  aliquis  arma- 
ta  manu  aliquid  uiolenter  ab  isso  usque  ad  mare.  et  a 
tamare  usque  idiam  rapuerit  uel  abstuleriti  VI.  mille  so- 
lidos episcopo  sci.  iacobi  et  eius  canonicis  exsoluat.  Et  si 
quisquam  aliquid  in  honore  sci.  iacobi  sine  sagione  pi- 
gnorauerití  episcopo  et  ecclesie  sci.  iacobi  canonicis  D  si. 
peitet.  et  pignus  in  duplum  restituat.  Et  si  aliquis  homo 
hoc  regium  donum  quod  ego  regina  dna.  Vrraca  do  ec- 
clesie sci.  iacobi  et  confirmo,  sicut  antea  dederam  et 
postea  filius  meus  rex  domnus  adefonsus  dedit  et  confir- 
mauit,  frangere  ausus  fuerit  etc.. 

Facto  testamento  sub  Era  .I.C.L.  et  quotum  pridie 
idus  maii. 

Urraca  regina  et  filius  rex   domnus  adefonsus  quod 
fieri  mandauerunt  proprio  robore  conf. 
Outer  fernandiz  maiordomus  conf. 
Comes  petrus  frolaz  conf. 
Comes  guter  de  monteroso  conf*. 
Muninus  pelaici  conf. 
Martinus  pelaiz  conf. 

(Turnio  A,  fol.  31.) 


APÉNDICES 


81 


NUMERO  XXVIII 


ERA  MCL.  Año  de  C.  1112. 

Mayo. 


Donación  que   hizo  la   Reina  D."*   Urraca  al   Conde   de   Traba, 

D.  Pedro  Froilaz. 


Ego  vrraca  totius  yspanie  regina  simul  cum  filio 
meo  dno.  alfonso.  fació  kartam  uobis  comiti  dno.  Petro 
froylaz  et  uxori  nestre  comitisse  dne.  Maiori  roderici  de 
varzena  per  suos  coutos  uidelicet  per  illam  aquaní  de 
(lozon  et  per  aquaní  de  deza.  et  per  aquaní  de  arciego  et 
per  términos  de  cusanca  et  de  quantum  liabet  uarcena 
extra  illum  cautum  scilicet  in  deza  et  in  Camba  et  in 
castella  et  in  cusanca.  et  in  montes  et  in  Saines,  et  de  toto 
suo  directo  tam  de  ominibus  quam  de  hereditatibus  et 
de  ecc'lesiis  et  de  testacionibus  per  ubicumque  potueritis 
inuenire. 

Et  in  térra  de  trasancos  do  uobis  Son.  Saturnínum  que 
est  in  Riparjauia  per  suos  cautos  cum  suis  hereditatibus 
et  suis  hominibus  et  ecclesiis  et  cum  quantum  ad  me 
pertinez.  Et  in  térra  de  Neyídos  do  etiam  uobis  illum  ca- 
stellum  de  kyro  cum  suis  hominibus  (^t  cum  suo  karitel(\ 
et  alias  hereditates  quas.  ibi  inuenire  potueritis  per  ter- 
minus  de  spelunca  et  per  rama  longa  ot  per  termines  de 
montanos  et  pergalo  et  inde  per  términos  de  faro  et 
per  illam  carreriam  do  singraes  usque  in  merum  et  inde 
quo  modo  currit  ot  forit  in  maro  et  do  alia  ])arte  por 
illam  aquam  do  iuncarias  usque  in  maro. 

Dono  ot  concedo  ogo  iam  diota  regina  dna.  Urraca 
a  supra   scriptis    comiti    dno.  Potro  ot  comitisse   dne. 

Tomo  III.-H. 


82 


APÉNDICES 


Maiori  illas  superius  iiominatas  uillas  et  ecclesias  et 
castellum  sicut  iam  dixi  ab  omni  inte(^7^ritate,  ideo  quod 
pater  meus  rex  dns.  alfonsus  uos  criauit  et  nutriuit.  et 
pro  fideli  seruitio  uestro  quod  de  vobis  cognoui  usque  in 
huno  diem  et  quod  criastis  et  nutristis  filium  meum 
regem  dnm.  alfonsum,  habeatis  eas  pro  hereditate  uos  et 
filii  uestri  et  omnis  posteritas  uestra.  et  in  uita  et  in 
morte  faciatis  totam  uestram  uoluntatem  inde.  Et  si 
aliquis  homo  etc.... 

Facta  carta.  Sub  Era  .I.C.L.  et  qt.  maii. 

Eo  tempore  gutier  fernandiz  maiordomus  in  Curia 
Regine  conf. 

Comes  rodericus  eo  tempore  in  Castella  cf. 

Comes  petrus  ansuriz  in  Saldania  cf. 

et  Comes  froyla  didaz  in  aquilar  cf. 

et  Comes  guter  uermiz  in  monte  nigro  cf. 

Nunio  minduniensis  ecclesie  electus  cf. 

Petrus  lucensis  episcopus  cf. 

Didacus  auriensis  eps.  cf. 

Abbas  de  cellanoua  cf. 

Afonsus  tudensis  eps.  cf. 

Petrus  abbas  antealtaris  cf. 

Nunio  pelagii  sénior  de  monteroso  cf. 

Rudericus  uelaz  sénior  de  sarra  cf. 

alfonsus  muniz  dominans  in  lymia  cf. 

Veremundus  petri  dominans  in  alúa  cf. 

Johannes  martini  maiorinus  Regine  cf. 

Pelagius  vermaniz  cf. 

Johannes  vistruariz  cf. 

Pelagius  martini  cf. 

Stephanus  mgr.  cf. 

Didacus  ecclesie  Sci.  Jacobi  eps.  cf.  XI.  anno  sui  pon- 
tificatus. 

Petrus  prior  canonie  Sci.  jacobi,  cf. 

Pelagius  Rci.  Jacobi  iudex  cf. 

Petrus  astruariz  el. 


APÉNDICES 


83 


Petrus  ecclesie  Sci.  Jacobi  iudex  cf. 

Oduarius  Sci.  Jacobi  arcliidcns.  cf. 

de  Compostella  Etita  petri  cf. 

Martinus  ecclesie  sci.  Jacobi  canonicus.  et  eo  tempore 
in  Curia  regine  dne.  urrace  cancellarius  quod  per  com- 
mendamentum  regine  scripsit. 

(Tumbo  C,  fol.  118  vuelto). 


NÚMERO  XXIX 


El  Cardenal  de  Roma  Gregorio,   del  título   de  San  Cr¡sógonO| 
dedica  á  D.  Diego  Gelmírez  su  colección  canónica. 


Incipit  prologiis  Gregorii  cardinalis  presbyteri  tituli 
S.  Grysogoni  ad  Didacum  ecclesie  S.  lacobi   episcopum. 

Dilecto  domino  Didaco  S.  lacobi  ecclesie  pontificali  Ín- 
fula digne  decorato  Oregorius  presbyterorum  Inimilimus 
salutem.  Petistis  iamdudum  et  lioc  sepe,  ut  opus  arduum 
et  supra  vires  meas  aggrederer,  Librum  canonicum  sci- 
licet  ex  romanorum  pontiñcum  decretis,  aliorum(|ue 
sanctorum  patrum  auctoritatibus,  atque  diuersis  conci- 
liis  autenticis  utiliora  sumens,  sediatim  componerem.  Id 
uero  non  iccirco  a  me  inscio  placuit  requirere,  ut,  aut 
uestra  excellens  sapiontia  huic  labori,  uel  quam  multo 
grauiori  non  sufficeret,  aut  plures  ad  hoc  magis  idóneos 
ac  prudentiores  uoluntarie  obsecundari  preceptioni  sue 
non  liaberet,  sed  ut  in  lioc  magno  diu  exorcitatus  ad 
alia  maiora  iniuncta  instructio  (inslnictns?)  et  paratio 
fparatnsO  efücerer,  seu  etiam  si  in  aliquo  prauitas   in- 


84  APÉNDICES 


genii  mei  deficeret,  prudentia  uestra  miclii  magistra  et 
auxiliatrix  manus  frnanum?)  extenderet.  Cui  inquisitio- 
ni,  etsi  altius  ingenium  expeteret  et  meis  uiribus  mini- 
me  conueniret,  et,  ne  temerarium  a  quibusdam  iudica- 
retur,  timerem,  tamen,  ne  tantum  ac  talem  uirum  recu- 
satione  offenderem,  acquieui.  Atque  tándem  hac  máxime 
fiducia,  ut  uestra  auctlioritate  interposita  a  detrahen- 
tium  morsibus  defenderer,  uestre  iussioni  parui.  Sicut 
enim  olim  in  ecclesia,  et  quotidie  negociis  negocia  uarie 
snccedunt,  atque  multarum  causarum  pro  temporis  cuen- 
tu  actiones  succrescunt,  sic  sub  titulis  unicuique  con- 
gruentia  capitula  auctorum.  tempere  perspecto  plurima 
connexui,  et  octo  librorum  distinctionibus  uolumini 
compendióse  finem  imposui.  Cui  ex  ratione  compositio- 
nis  a  nominis  auctlioritate  sumpta  Policarpus  nomen 
conuenienter  indidi.  Quod  uestram  obnixe  deprecor  in- 
dustriam,  ut  compositionem  et  compositum  perpiciat 
atque  perspiciendo  si  quid  deesse,  si  quid  uero  magis 
quam  deceat  (inesse)  cognouerit,  cauta  consideratione, 
quod  decens  est  compleat,  quodque  indecens  est,  remo- 
ueat.  Approbandum  uero  ad  laudem  uestram,  et  ad  obe- 
dientiam  uestre  iussionis  augendam  moder atiene  habita 
comprobor.  Preterea  ne  per  libri  seriem  lectoris  rei  in- 
distinctam  turbar  et,  hujus  operis  títulos  preponere  pla- 
cuit,  ut  suis  locis  exigere  possit,  quod  sub  numero  com- 
petenti  predictum  esse  cognoscit. 


Citan  al  Policarpus^  como  advierte  el  Sr.  Villaamil  y  Cas- 
tro, los  Editores  romanos  del  Decreto  de  Graciano  en  el  si- 
glo XVI.  El  único  ejemplar  que  conocían  es  el  Codex  Vati- 
canas,  núm.  1354,  mencionado  también  por  Tlieiner  y  Balle- 
rini.  Arévalo,  en  la  edición  de  las  obras  de  San  Isidoro,  tom.  II, 
página  327,  cita  otros  dos  Códices  de  la  Reina  Cristina  de  Suecia 
(Cocí.  Vatic,  números  987  y  1026).  Pérez  Bayer  vio  en  1667,  en  la 
Bihlioteca  Ricardiana,  de  Florencia,  otro  MS.  al  (]ue  faltaban  los 
libros  Vil  y  VIH  y  parte  del  VI  (I^íic.  xlntonio,  JjíhUoth.  vct.,  to- 


APÉNDICES  85 


mo  II,  pág.  28).  Además,  Doujart  y  Oadin  describen  dos  Códices 
Colbertinos  Bihliot.  nao.  de  París^  fondo  Colbert,  números  3381  y 
3382).  El  último,  en  folio  del  siglo  XV,  parece  de  escaso  valor;  en 
cambio  el  primero  es  el  mejor  de  cuantos  se  conocen. 

Se  divide  en  ocho  libros,  y  cada  libro  en  varios  títulos.  En  el 
libro  primero  se  trata  del  primado  de  San  Pedro  y  de  la  Iglesia 
Romana;  en  el  segundo,  de  los  Prelados  y  del  uso  del  palio;  en  el 
tercero,  de  las  iglesias,  diezmos,  sacramentos,  etc.;  en  el  cuarto, 
de  la  manera  de  leer  la  Sagrada  Escritura  y  atribuciones  de  los 
Obispos  y  Abades;  en  el  quinto,  de  los  procedimientos  judiciales; 
en  el  sexto,  de  las  potestades  civiles  y  del  matrimonio;  en  el  sépti- 
mo, de  las  penas  eclesiásticas,  y  en  el  octavo,  de  lo  que  espera  al 
hombre  después  de  esta  vida. 

El  Cardenal  Grregorio  figura  en  varios  documentos  de  lili  á 
1113,  y  entre  ellos,  en  la  protesta  del  Sínodo  de  Letrán  contra  las 
concesiones  de  Pascual  II  á  Enrique  V.  Es  interpolación  una  de- 
cretal de  Calixto  II  que  ^e  halla  ú.nicamente  en  el  ejemplar  vatica- 
no, libro  III,  tít.  IX.— Hüffer. — Beitráge  zur  Geschichte  der  Quel- 
len  des  Kirchenrechts  und  des  romischen  Rechts  im  mittelalter, 
—  Münster  1862. 


86  APÉNDICES 


NUMERO    XXX 


ERA  MCL.  Concilio  Compostelano.     Año  de  C.  1112? 


Incipiunt  decreta  Didaci  Ecclesiae  bti.  lacobi  II  episcopi  ad  protegendos 

pauperes. 

Divina  disponente  clementia  ego  Didacns  II  Eccle- 
sii  bti.  lacobi  epi.  cum  eiusdem  Sedis  canonicorum  indi- 
cio, ceterorum  qne  nobiliorum  virornm  consilio,  praede- 
cessorum  statnm  relegendo,  ad  protegendum  popnlum, 
ad  exhibendam  iustitiae  normam  in  toto  honore  bti.  la- 
cobi, excepta  compostellana  nrbe,  omnibusque  bnrgis, 
quo  advenae  aliiqni  complnres  confluentes  statuta  nulla- 
tenus  observare  valeret,  liuinscemodi  decreta  constituo 
et  constituendo  confirmo. 

I. — De  Ecdesiis. 

A  capite  igitur  exordium  sumentes  praecipimus,  ne 
quis  ecclesiae  términos  irrrumpat,  aut  violenter  ingre- 
diatur.  Si  quis  vero  intra  ecclesiae  términos  quidpiam  ca- 
pere,  aut  sibi  praesigillare  existente  iustitia  et  exigente 
voluerit,  Pontificis  vicarium,  ut  licentiam  sibi  dari  prius 
expostulet. 

II. — De  domihus  nobüium  et  ignobilium,  de  pigneribus  et  de  perpetratts 

calumni'is. 

In  domibus  nobilium,  seu  ubicumque  corum  uxores, 
autfilii,  inermes  faerint,  vicariis,  etquibusque  alus  pigne- 


APÉNDICES  87 


randi  licentiam  resecamus.  In  ceterorum  quoque  domi- 
bus  id  ipsum  observare  praecipimus,  excepto  si  furti,  aut 
homicidii,  aut  violentae  mulieris  violationis,  quod  vulgo 
raptum  dicitur,  aut  quadragessimalis  tributi  causa  exti- 
terit. 

Quod  si  extra  domos  rusticanas  armenta,  ceterave 
liuiusmodi  quae  pro  perpetrata  calumnia,  inventa  mini- 
me  fuerint,  vicarius  admotis  vicinis  et  legitimis  testibus 
domum  praesigillet,  vel  inde  pignus  abstrahat.  Qaidquid 
ut  predictum  est,  pigneratum  faerit,  quousque  VIII  dies 
compleantur,  integrum  conservetur,  et  vicinis  reservan- 
dus  commendetur,  et  usque  ad  praefinitum  terminum 
illaesum,  et  ab  omni  usu  liberum  maneat;  si  fuerint  et 
animalia  exercendi  operis  studio  adhibenda,  totius  labo- 
ris  expertia  serventur.  Tándem  si  calumniae  perpetra- 
tor  praefinito  tempore  ad  examinandam  iustitiam  veni- 
re  neglexerit,  nisi  necessaria  detentus  causa  fuerit,  ius- 
titiae  examinatores  pro  calumniae  quantitate  pigneris 
partem  detineant.   Cetera   dominis   suis  referantur. 

Si  qui«  iniuste  vel  absque  domini  sui  petita  licentia 
quempiam  pignerare  praesumpserit,  duplum  restituat, 
et  LX.  solidos  Pontifici  persolvat.  Verumtamen  quisquís 
prius,  requisita  iustitia,  corana  idoneis  testibus  cum  vica- 
rio pigneraverit,  duplum  minime  restituat. 

III. — De  iiulicibus. 

Hereditatum  et  ecclesiarum  causae  non  nisi  ab  opti- 
matibus  et  Apostolicae  Sedis  iudicibus  difñniantur.  Ca- 
lumniae fideiussariae  indicia,  more  antecessorum  nostro- 
rum,  posthabitis  in  lionore  bti.  lacobi  alus  iudicibus, 
Apostolicae  Sedis  iudicibus  referantur. 

IV,— De  calumniis  pauperum. 

Pauperes  et  imbecilles  misericorditer  calumnias  com- 
pleant,  ut  benoficiis  suis  penitus  non  priventur. 


88  APÉNDICES 


Y.— De  proditor ihus  et  latronihus. 

Proditores  et  latrones  nenio  protegeré,  iiemo  defen- 
deré praesumat.  Sane  eorum  protectores  damna  vel  ca- 
lumnias, quae  illi  sustinere  meruerint,  sustineant. 

VI. — De  furihus. 

Fur  postquam  tertio  farti  reus  convictu?,  comprehen- 
susve,  fuerit,  principibus  terrae  atque  iustitiae  exami- 
natoribus  tradatur.  Qui,  dictante  iustitia,  pro  meritis 
ultionem  in  eum  exerceant,  sibique  dati  giadii  causam 
animadvertant;  noverint  enim  quia  qui  percutit  malos 
in  eo  quod  mali  sunt,  minister  Dei  est,  et  alibi:  Puniré 
malos  non  est  effusio  sanguinis. 

VII. — Be  caracterUms. 

Caracteres  coram  totius  ecclesiae  conventu  sive  pu- 
blico concilio  fiori  iubemus;  aliter  factos  valere  inlii- 
bemus. 

VIII.— De  fosataria  et  luctuosa. 

His  qui  servilis  conditionis  iugum  sustinent,  vel  qui 
quadragesimalia  tributa  persolvunt,  redditus  solitos,  qui 
fosataria  et  luctuosa  nuncupantur,  relaxamus,  si  patrum 
parentumve  suorum  hereditates  incolunt. 

IX. — De  die  dominica. 

In  dominica  die  ruricolas  ad  civitatem  negotiatum 
iré  prohibemus. 


APÉNDICES 


89 


X. — De  placitis  et  ceteris  scriptís. 

Placita  et  cetera  huiíismodi  scripta  ab  autenticis  cle- 
ricis  sicut  a  iudicibus,  vel  ab  archidiácono,  sive  ab  ipsius 
loci  archipresbytero  fiant.  Sin  autem,  cassa  liabeantur. 

XI.— De  causis  pauperum. 

Si  quis  potentum  iudicii  causam  tractare  adversas 
pauperem,  vel  diffinire  habuerit,  similem  personam  in- 
troducat,  quae  per  se  causam  definiat,  ne  forte  cuius- 
piam  maiestate  pauperis  iustitia  suffocetur. 

XIL—De  quadragesima. 

Diebus  quadragesimae  caracteres  fieri,  calumniarum 
causas  diffiniri,  indicia  exerceri,  fossatariam  dari,  nisi 
magna  expeditionis  necessitas  ingruerit,  (nostris  quidem 
non  extrañéis,  qui  pro  dominorum  suorum  velle  tracta- 
buntur)  excepta  furti,  rausi,  liomicidii,  quadragesimalis 
tributi  causa,  removemus. 

XTII. —  Ut  halumniarum  caiisae  inkalendis  discatiantur . 


Die  kalendarum,  archipresbyteri,  presbyteri,  milites, 
rustici,  in  kalendarum,  antecessorum  more,  conveniant; 
tune  si  quid  querelae  vel  iniuriae  obortum  fuerit  ab  ar- 
chipresbytero, ceterisque  discretis  vii'is  veraciter  perqui- 
ratur  et  emendetur;  quod  si  diffinire  nequiverit,  soquen- 
ti  die  super  illius  negotii  causa  vera  indagine  facta, 
Pontifici,  atque  Apostolice  Sedis  prima tibus  referatur  et 
determinetur. 


90  APÉNDICES 


XIV. — De  causis  agendis  in  VI  feria. 

Uniuscuiusque  hebdomadae  sexta  feria  pontificalis 
palatii  ianuis  reseratis,  quidquid  querelae,  quidquid 
iniuriae  fuerit,  in  praesentia  Pontificis,  iudicum,  et  ca- 
nonicorum  intimetur  et  diffiniatur. 

XV.— De  lupis  exagitandis. 

In  unoqueqne  sabbato  (excepto  Paschae  et  Pente- 
costés) presbyteri,  milites,  rustici,  cuiusque  negó  ti  i  im- 
munes,  lupos  exagitantes  persequantur,  et  eis  praeoipi- 
cia,  quod  vulgus  fogios  vocat  praeparent.  Qiiaeqae  etiam 
ecclesia  VII  férreas  cannas  persolvat.  Ad  hoc  negotium 
quisquis  iré  distulerit,  si  sit  sacerdos,  nisi  infirmorum  vi- 
sitatione  detineatur,  vel  miles  V  solidos;  rusticus  vero 
ovem,  vel  solidum  persolvat. 

XVI. — De  vicariis. 

Milites  et  quicumque  principatu  praeminent,  villica- 
tionibus  suis  tales  vicarios  statuant,  qui  si  quid  contra 
decretorum  iustitiam  egerint,  calumniarum  causas  unde 
compleant,  habeant:  sin  autem,  eorum  domini  perpetra- 
ti  damni  et  iustitiae  calumnias  sustineant. 

XVII.— De  latronihus. 

Quicumque  latronem  comprelienderit,  eum  villico 
terrae  tradat,  et  quaecumque  villicus  ab  eo  abstraxerit, 
horum  tertiam  partem  habeat.  Sic  et  de  proditoribus. 


APÉIÍ  DICES  91 


XVIII.— ^e  qíiis  res  mortuorum  diripiat  aut  inquietet, 

Quoties  quis  naturae  iura  persolverit,  illius  heredita- 
tes,  ceteraque  beneficia,  usque  ad  X  (1)  dies  integra,  nul- 
laque  inquietatione  labefacta,  qualiter  ille  dimiserit, 
consistant.  Finitis  autem  X  (X')  diebus,  possesionibus,  ce- 
terisque  beneficiis  sub  eodera.  iure,  sub  quo  mortis  spi- 
culo  ceciderit,  qualiterve  dimiserit,  existentibus,  si  qua 
calnmniarum  schismata  super  his  f  aerint  ab  Apostolicae 
Sedis  iudicibus  ceterisque  dissertis  viris  diffiniantur. 
Ceterum  ne  quis  here dipeta,  ne  quis  sicoplianta  usurpa- 
tive  accedat,  iustitiae  argumentis  plenius  indagetur. 

XIX. — Ne  in  dominica  saioues  liceniiam  haheant  pigverandi. 

Ab  hora  nona  sabbati  usque  in  feria  secunda  hora 
prima,  nullus  saio  habeat  licentiam  pignerandi,  nisi  ho- 
micidas, hitrones,  scilicet,  violatores  virginum,  per  vim 
raptores,  et  proditores:  et  si  aliquis  de  extranea  patria 
iustitiam  postulaverit,  infra  supradictum  tempus,  iusti- 
tiam  sumat. 

XX. — Ne  conventus  alternantium  fiat  in  ecclesia. 

Saionum  concilium,  vel  militum  conventus  in  eccle- 
sia si  ve  terminis  eius,  fieri  proliibomus. 

XXI. — Ne  clerici  fiant  laicorum  víUíci,  aut  pedagogi. 

Clerici  ñeque  laicorum  villici  efficiantur,  noque  filio- 
rum  illorum  nutritores,  ñeque  a  laica  persona  delione- 
stentur,  vel  eorum  bona  capiantur.  Qui  aliter  egerit,  ca- 


(1)     XL  en  el  ejemplar  manuscrito  de  la  Santa  Iglesia. 


92  APÉNDICES 


nonicam  institutionem  eomponat,  et  excommunicatus 
a  conventu  fidelium  sequestretur. 

XXII.— De  rehus  captivaforum. 

Bona  eorum  qui  capiuntur  a  mauris  usque  ad  aiiiium 
plenum  intemerata  et  integra  conserventur,  ut  si  forte 
íbrtuitu  captum  potuerint  redimere,  redimant:  sin  au- 
tem  completo  anno  iuxta  arbitrum  propinquorum  eorum 
bona  distribuantur. 

XXIII. — De  mercatorihus  et  peregrinis. 

Mercatores,  romarii,  et  peregrini  non  pignerentur;  et 
qui  aliter  egerit,  duplet  quae  tulerit,  et  sit  excommuni- 
catus, et  solidos  LX  persolvat  Domino  illius  lionoris. 

XXIV.— De  clericis. 

Clerici  fossatariam  non  dent.  Abbates  et  clericos  ve- 
nientes ad  synodum,  vel  votum  aut  tertias  afferentes, 
pignerari  vetamus. 

XXV. — De  mensuris. 

Omnes  alias  ih>,  (talegas)  nisi  admensuram  illius  petrae, 
quae  stat  in  campo  Compostellae,  tam  in  hac  civitate, 
quam  extra  venderé  vel  emere  prohibemus;  et  qui  aliter 
egerit  excommunicatus  LX.  solidos  solvat,  doñee  resi- 
piscat. 

•   (Hist.  Comp.;  Esp.  Sag.,  tom.  20,  pág.  17G). 


APÉNDICES  93 


NUMERO    XXXI 


ERA  MCLii.  Concilio  Compostelctno.    Año  de  C.  1114. 

17  de  Noviembre. 


Nos  divina  dispensatione  Ecclesiae  Dei  ministri,  Di- 
dacus  compostellanae  Sedis,  Aflfonsiis)  tudensis,  Munio 
vallibriensis,  Petrus  lucensis,  Didacus  auriensis,  Hugo 
portugalensis ,  nutu  domni  Bernardi  toletanae  Sedis 
archiepi.  et  S.  R.  Ec.  legati  XV  kals.  decembris  Com- 
postellae  convenimiis,  et  cum  abbatibus  monasteriorum 
Gallaeciae,  ceterisque  religiosis  praelatis  concilium  cele- 
bravimus,  Domino  annuente.  In  quo  equidem  concilio 
comités  et  ceteros  terrae  optimates,  qui  ad  concilium 
legionense  iré  non  potuerunt,  commonere  fecimus,  ut 
decreta,  quae  in  eodem  concilio  sancita  íüerant,  inviola- 
bili  observatione  custodirent. 

I.  Ut  in  eclesiis  Dei  et  earum  rebus  et  ministris  nul- 
lus  laicus  violentiam  aliquam  faceré  praesumat;  et  liere- 
ditates  et  testamenta  eisdem  ecclesiis  integre  restituan- 
tur,  quae  iniusto  ab  eis  ablata  sunt. 

II.  Ut  nuUus  laicus  aliquam  haboat  potestatem 
intra  sacrarium  Ecclesiae,  quod  vulgariter  passaks  vel 
dextros  appellamus. 

III.  Quod  nuUus  laicus  decimas  ecclesiarum,  vel 
primitias,  seu  oblationes  vivorum  vel  mortuorum  nec 
accipere,  ñeque  tangere  audeat:  et  quod  nullus  ordinatus 
a  manu  laica  ecclesiam  suscipiat. 

IV.  Ut  negotiatores,  et  peregrini,  et  laboratores  in 
pac(»  aint,  et  securi  per  térras  eant.  ut  nemo  in  eos  vel 
oorum  ros  manus  mittat. 


94  APÉNDICES 


V.  Ut  legitimum  coniugium  nullo  modo  violetur, 
et  qui  in  consanguinitate,  vel  parentela  coniuncti  suiít, 
omnino  separentiir,  aut  communione  priventur: 

VI.  Ut  proditores  et  manifesti  periuri  et  eorum 
testimonia  a  nullo  suscipiantur,  quia  infames  sunt. 

VII.  Ut  nulla  persona  ecclesiam  vendat  vel  compa- 
ret,  seu  alicui  laico  incartet,  quia  simoniacum  est. 

VIII.  Ut  nuil  as  clericus  mulierem  in  domo  sua  ha- 
beat,  praeter  eas  quas  cañones  consentiunt. 

IX.  Ut  monachi,  vel  clerici,  qui  reliquerunt  liabi- 
tum,  communione  priventur,  doñee  resipiscant. 

X.  Ut  monachi  sub  manu  Abbatis  vivant,  et  pro- 
prietatem  non  habeant,  et  publica  officia,  ut  parochiani 
presbyteri  non  faciant. 

Qui  vero  haec  decreta  secundum  dispositionem  Epi- 
scoporum  suorum  observare  et  complere  studuerint,  gra- 
tiam  Dei  Omnipotentis  habere  mereantur:  illi  autem, 
qui  neglexerint,  tam  in  Campis,  et  in  Castella,  quam  in 
Portugali  et  in  Gallaetia,  necnon  in  Extremitatibus  et 
Aragonia  anathemati  subiacebunt,  et  in  eorum  térra  vel 
dominatione  officium  divinum  nullatenus  celebrabitur, 
praeter  poenitentiam,  et  baptisterium. 

Confraternitatem  etiam  inter  nos  fecimus,  ut  alius 
alium  diligat,  et  alius  alii,  si  necesse  fuerit,  pro  posse 
suo  subveniat,  et  mutuam  cliaritatem  invicem  liabea- 
mus.  Et  quando  aliquis  nostrum  obibit,  eius  animae 
alii  unanimiter  succurrant  eleemosynis,  orationibus,  sa- 
crificiis,  ([uatenus  ad  aeternam  beatitudinem  pervenire 
possit.  Ad  hanc  autem  confraternitatem  confirmandam 
statuimus,  ut  unoquoque  anno  mediante  quadragesima 
Compostellae  conveniamus,  et  corrigamus  malefac^ta, 
quae  ad  audientiam  nostram  venerint. 


{Hist.  Comp.,  lib.  I,  cap.  101;  Esp.  Sag.,  tom.  20). 


APÉNDICES  95 


NUMERO    XXXII 


ERA  MCLiii.  Santiago.  Año  de  C.  1115. 

3  de  Enero. 


La  Reina  D.^  Urraca  dona  á  esta  Santa  Iglesia  el  Monasterio 
de  Camonzo  y  otras  varias  posesiones  cerca  del  Ulla. 


Sicut  ea  que  rata  esse  uolumus  nec  litteris  nec  uiro- 
rum  testimonio  afirmamus:  sic  ea  que  firma  esse  uolu- 
mus. ut  succedenti  euo  clarescant.  tam  uirorum  testimo- 
nio quam  nostrarum  litterarum  auctoritate  firmamus. 
Quamobrem  ego  urraca  gratia  dei  hispanie  regina  una 
cum  filio  meo  dno.  adefonso  in  regni  fastigia  iam  bene- 
dicto et  consecratoí  or  remedium  anime  mee  et  paren- 
tum  meorum  fació  scripturam  firmitatis  ecclesie  bti. 
iacobi  et  tibi  dno.  didaco  eiusdem  ecclesie  secundo  epi- 
scopo.  michi  et  filio  meo  in  omibus  fidelissimo.  de  qui- 
busdam  hereditatibus  et  ecclesiis.  uidelicet  camanzo  cum 
suo  monasterio,  sic  infantaticum  quomodo  et  regalen- 
gum.  et  Diercia  similiter  sic  infantaticum  quomodo  rega- 
lengum  cum  suis  hominibus  debito  et  foro,  et  ómnibus 
bonis  suis  que  ad  easdem  uillas  pertinent.  Do  eciam  ec- 
clesias  .VI.  circa  castriim  hiti  et  fiumen  ulie:  cum  suo 
saione  et  debito  et  foro.  Et  dono  adhuc  medietatem.  il- 
lam  de  montibus  quam  ueremudus  suarici  de  me  obtine- 
bat.  cum  suo  saione  et  debito  et  foro,  has  siquidem  uillas 
Ji'amanzwn  uidelicet  merciam  et  ecclesias  tam  de  castro  hiti 
quam  de  montUms.  cum  tali  debito  et  foro  ecclesie  beati 
iacobi  confero  sicuti  ego  actenus  iuri  meo  obtinui. 
Ab  isto  uero  die  hec  omnia  de  iure  meo  ablata  in  domi- 


96  APÉNDICES 


iiiuin  sci.  iacobi  sint  traditaí  et  confirinata.  Si  uero  etc.. 

Facta  scriptura  palentie  .III.  nonas  ienuarii  sub 
Era  .I.C.L.III. 

Hec  sunt  nomina  ecclesiaruní  de  castro  hit  i  quas 
obliuiosa  manus  scriptoris  pretermisit.  uidelicet  sci.  mar- 
tini  de  dómelas,  sce.  marie  de  rio  malo,  sci.  saluatoris  de 
rio  malo,  sci.  michaelis  de  castro,  sci.  eulalie  de  cira.  sci. 
petri  de  orado,  cum  hominibus  et  karacteribas  suis. 

Ego  urraca  gratia  dei  liyspanie  regina  lianc  cartaní 
quam  fieri  iussi  proprio  robore  et  manu  conf. 
Adefonsus  filias  eius  conf. 
Petras  palencie  episcopas  conf. 
Didacas  legionensis  eps.  conf. 
Pelagias  astorice  eps.  conf. 
Abbas  sci.  facandi  conf. 

Petras  bernaldas  palencie  arcliidiaconus  conf. 
Pontias  g  ai  tardas  archidiaconas  conf. 
Comes  potras  ansariz  conf. 
Comes  petras  gansaluiz  conf. 
Comes  íroila  didaz  conf. 
Comes  saarias  vermadiz  conf. 
Petras  lopiz  conf. 
Petras  pelaiz  scazha  conf. 
Exemeno  lopiz  conf. 
Yermadas  petriz  conf. 
Fernandas  petriz  notarlas  conf. 
Pelagias  saarici  conf. 
Aloitas  maninz  conf. 

(Tumho  A,  ful.  31  vuelto). 


APÉNDICES  97 


NUMERO  XXXIII 


ERA  MCLiii.  San  Martin  rinario.    Año  de  C.  1115. 

15  de  Abril. 


Privilegio  de  D.  Diego  Geimfrez  á  este  Monasterio  (!)• 


Antiqua  priorum  Patrum  íacta  vel  scriptis  vel  nar- 
rantium  relatione  cognita  (a)  successoribus  bona  inten- 
tionis  devotione,  satis  videtur  esse  lionestum  ad  memo- 
riam  revocan.  Plerumque  enim  divina  auxiliante  cle- 
mentia  ad  animarum  profectum  et  corporis  proficuum 
inde  audientibus  vitale  tribuitiir  exemplum.  Postquam 
vero  Teodomiro  reverendissimo  iriensi  episcopo  beatis- 
simo  (heatisshni)  lacobi  apostoli  sacratissima  revelatio 
et  sancti  (sandaj  tumulatio  apud  Compostellam,  tempo- 
re  principis  domini  Adefonsi  Casti,  qui  post  Sarraceno- 
rum  ingressum  construxit  Ovetum,  liis  diebus  quibus 
Carolus  Magnus  Francie  dominabatur,  tune  dignis  illu- 
strium  episcoporum  testimoniis,  cognita  et  reporta,  pre- 
sente oodem  principe,  lionorifice  consecratur  et  ubique 
divulgatur,  communi  consensu  utile  visum  fait,  ut  irien- 
se  filliense)  episcopium  ad  liunc  apostolicum  transferre- 


(1)  Publicó  este  diploma  el  P.  Yepes  en  el  tomo  IV,  núm.  XII  de  los 
Apéndices,  déla  Coránica  general  de  San  Benito.  Lo  que  va  en  cursivo,  en- 
tre paréntesis,  son  variantes  ú  adiciones  tomadas  en  una  copia  que  se  sacó  del 
original  en  el  siglo  pasado  i)ara  j)resentar  en  el  famoso  pleito  con  el  Duque 
de  Arcos. 

Tomo  III.-7 


98  APÉNDICES 

tur  locum,  ubi  antistites  post  Teodomirum,  Ataulfus  et 
Ítem  Ataulfus  sanctam  duxere  vitam;  post  quos  Sisnan- 
dus  quartos  a  primo,  vir  religiosus,  scientia  plenus, 
eloquio  clarus,  dignitate  summus,  annuente  Domino,  in 
apostoli  lacobi  Sede  invictus  (invitus)  eligitur  sacerdos 
(qui  tantae  sanctitatís  fiiit,  qiwd  a  Romano  Pontífice  Johannes 
Missae  secreta  recípere  nohiít  scriptís  et  niinciis..,  tari  in  Eccle- 
sia,  nlsi  quantum  Dominus  Jestis  in  Coena  proiorio  ore  discípu- 
los docuit). 

Hic  basilicam  beatissimi  lacobi  apostoli  pro  pos- 
se  suo  mirabiliter  a  fundamento  edificavit,  auxiliante 
rege  domino  Adefonso  et  Scemena  regina  et  filiis  suis 
Garsea.  Ordonio,  Froila,  Ranemiro  et  Gundisalvo  diáco- 
no, et  vocatis  fconvocatisj  de  diversis  sedibus  pontificibus, 
universo  et  Hispanie  et  Galletie  populo,  secundo  con- 
secravit.  Iste  prior  ordinavit  familias  et  decanias,  unam- 
quamque  suo  servitio  congruam  ad  lionorem  et  excellen- 
tiam  clericorum  intra  tam  dignam  deservientium  aulam; 
ita  ut  qui  postea  relicta  dignitatis  potentia,  tantum 
Deo  secretior  fsecretiusj  vellet  (vellent)  famulari,  unus- 
quisque  secundum  sui  gradus  officium  haberet  et  quietis 
ocium;  majoribus  monasterium  Antealtare  cum  titulo 
sancti  Petri  sub  abbate  Ataúlfo;  secundis  et  equalibus 
arcisterium  de  Pignario  cum  sancta  Maria  et  sancto 
Stephano  ac  sancta  Columba  sub  abbate  Guto;  ac  si  mi- 
noribus  Lovium,  verum  etiam  minimis  turrim  compe- 
tentibus  edificavit  locis,  et  de  sue  Ecclesie  bonis  partem 
tribuit;  et  bone  actionis  initium   fuit. 

Crescente  itaque  sanctis  operibus  famulorum  Dei  nu- 
mero sub  monacliali  habitu  decursi  (decurso)  multi  (multo) 
intervallo  temporis,  quia  grave  erat  monachis  ad  san- 
ctum  lacobum,  vel  ad  proprium  titulum  sánete  Marie  de 
Cortecella  quotidie  confiuere,  cuidam  Petro  episcopo, 
viro  religiosissimo  et  dominis  sancti  lacobi  placuit  intra 
Pinarii  claustrum  fabricari  (fabricare)  liabitaculum  Dei 
])arvulum  in  lionorem  sancti  Martini  episcopi,  et  conñ^s- 
boris  Christi,  regnante  Veromundo  principe  et  Volasqui- 


APÉNDICES  99 

ta  regina,  quod  stetit  fconstructiimj  usque  ad  imperium 
principis  et  totius  Hispanie  imperatoris  domini  Adefonsi 
dive  memorie  reminiscendi.  Tune  quidom  dejecto  ab  epi- 
scopatu  Didaco  priori,  cumque  Adulfus  abbas,  sanctus 
vir  et  bonus,  videret  augeri  sub  se  servos  Dei  et  in  illo 
minimo  habitáculo  non  posse  (condlgne)  congregan,  peni- 
tus  diruit  et  magis  majus  satisque  congruum  et  vastum 
a  fundamento  condere  cepit.  Sed  quia  vitam  citius  fini- 
vit,  imperfectvim  reliquit,  cujus  successor  Leovegildus  ab- 
bas, ejus  consobrinus,  vir  nimium  prudens,  sanctitate  et 
moribus  probus,  largo  pecuniarum  dispendio  fusus  tán- 
dem cum  summo  labore,  Deo  juvante  et  multorum  adju- 
torio  ceptum  ecclesie  opus,  ut  modo  patet  (paret),  fortiter 
ad  effectum  perduxit.  Et,  sicut  superius  dictum  est,  mo- 
nasterium  hoc  habuit  initium  sub  monachorum  regula 
semper  manens,  usque  ad  nostrum  tempus  absque  alicu- 
jus  hominis  dominatione  vel  hereditario  jure;  nulli  da- 
mus  licentiam  serviendi  nisi  soli  Deo  et  regule  beati  Be- 
nedicti  abbatis  et  beato  (teatl)  Martino  (Martini)  et  alio- 
rum  sanctorum,  quorum  reliquie  sunt  in  ipso  monasterio 
Pinario.  Quibus  itaque  per  ordinem  cognitis,  placuit  cun- 
etas, ut  hoc  cenobium  Pinarii,  quod  jam  per  longam 
(Ion (ja)  regum  et  episcopórum  témpora,  tam  canonnm  af- 
firmatione,  quam  tricennali  legnm  authoritate,  nulli 
subjectum,  sed  liberum  in  Dei  servitio  et  monachorum 
congi'egatione  permanserat,  ego  Didacus  Dei  misericor- 
dia secundus  episcopus  cum  omni  canonicorum  sancti  la- 
cobi  collegio  affirmarem  et  locum  sanctitatis  consecra- 
rem, sicut  fecimus  nos  et  dominus  Didacus  auriensis  epi- 
scopus; id  est,  consecravimus  altaria  (altare)  monasterii 
in  lionorem  sancti  Martini,  et  sánete  Marie  et  san- 
cti Nicholai,  aliorumque  sanctorum ,  vivente  abbate 
domino  Leovegildo.  Et  quia  antequam  omnia  com- 
plerentur  humane  necessitati  debitum  solvit,  peten- 
tibus  monachis  instanter,  et  ómnibus  qui  aderant 
hunc  virum  probum  et  moribus  bonis  instructum,  et 
sui    Ordinis   regula  ac  beatum    (educataw)    nomine  Pe- 


100  APÉNDICES 


trum  Gundisalvum,   predecessoris   nepotem,  in    ejus  lo- 
cum  abbatem,  Deo  volente,   ordinavimus. 

Qaocirca  ego  Didacus  sancti  lacobi  apostoli  secundas 
(seilís)  episcopus  cum  ómnibus  dominis  et  senioribus  Loci 
sancti,  quondam  celébrala  hujus  monasterii  consecratio- 
nis  festivitate,  tibi  abbati  Petro  venerando  viro  et  succes- 
soribus  tuis  fació  hanc  scripturam  confirmationis,  ut  lioc 
monasterium  sanpti  Martini,  sine  alicujus  extranei  (ex- 
traneae)  potestatis  dominio  cum  ómnibus  suis  rebus  sibi 
debitis  semper  maneat  monachis  libera  potestate  subje- 
ctum  tibi,  aliisque  successoribus  post  te.  Imprimis  confir- 
mamus  vobis,  ut  diximus,  totum  illud  monasterium  cum 
suis  domibus,  et  servis  (senris),  et  cum  cunctis,  que  vide- 
tur  habere  intra  humiliatoria  beati  lacobi  Apostoli, 
etiam  et  ecclesiam  sánete  Marie  de  Cortecella  cum  suis 
altaribus  et  suis  bonis  et  domibus  et  officinis  in  circuitu 
cum  sua  familia,  secundum  dominus  Didacus  episcopus 
antecessor  noster  obtinuit,  et  vobis  consignavimus  cum 
sua  sepultura  in  toto  gyro  per  circuitum  ipsius  ecclesie 
sánete  Marie  de  Cortecella  et  cum  tertio  et  (de)  toto  illo 
de  décimo  (de)  gyro  beati  lacobi  et  similiter  cum  décimo 
Palatii  integro  et  monasteria  sanctorum  Sebastiani  et 
Laurentii  martyrum  cum  suo  Montesacro,  cum  suis  te- 
stationibus  ómnibus,  et  rebus  et  familia  (et)  libera  ab  om- 
ni  censu  et  debito  nostre  Ecclesie  et  cum  duabus  parti- 
bus  de  illo  voto  et  clamoribus  et  cum  suo  cauto  in  omni 
gyro;  sanctum  lulianum  de  Inno  fimio)  cum  suis  tertiis 
et  cum  omni  censu  et  debito  nostre  ecclesie ;  san- 
ctum Georgium  de  Velegia  cum  suis  tertiis  et  cum 
omni  censu  et  debito  nostre  ecclesie  ;  sanctum  Vin- 
centium  de  Ogrove  cum  suis  tertiis  et  cum  omni  cen- 
su et  debito  nostre  ecclesie;  Arautiam  (Aroicciam)  cum 
suis  salinis,  et  ecclesiam  liberam  ab  omni  debito  et 
censu  nostre  ecclesie  et  cum  suo  cauto;  integram  san- 
ctam  Eulaliam  de  Arenalonga  et  sanctum  Cristophorum 
quem  nuncupant  de  Alobri  (Álohre)  cum  suis  bonis  et 
tertiis  liberam  ab  omni  censu  et  debito  nostre  ecclesie  et 


APÉNDICES 


101 


cum  suo  cauto.  Has  tertias  et  ista  debita  alii  mei  prede- 
cessores  vestro  monnasterio  cartiilerunt.  Similiter  et  in- 
sulam  de  Cortegatam  integram  cum  omni  debito  nostre 
ecclesie  et  cum  suo  cauto.  Similiter  sanctam  Christinam 
de  Campania  cum  suis  adjunctionibus,  et  cum  suis  ter- 
tiis,  cum  omni  debito  et  censu  nostre  sánete  ecclesie  cum 
suo  cauto  per  suos  terminus;  et  pro  anima  nostra, 
et  illorum,  qui  bona  sua  nostre  sedi  traddiderunt  ad  au- 
xilium  vite  nostre,  damus  illam  quintam,  quam  illic  so- 
liti  eratis  daré  et  de  vestra  hereditate  et  de  vestris  homi- 
nibus,  qui  liabent  suas  liereditates  ibi  a  flumine  Ulie  (et 
inde  per  illum  atrütim  de...  iiide  per  Catlioaví  iisque  ferit  in...J 
et  inde  per  marcum  inter  Conditi  et  Cainpaniam  et  in- 
de per  Campum  rotundum  et  inde  per  terminum  de  Vil- 
laramo,  usque  ferit  in  presam  de  Fratres,  tam  istam 
(quintam)  quam  et  illud  talium  (allum)  quod  est  in  Fis- 
cain  (Fiscliaim)  in  ripa  Ulie  et  quartam  de  Villafroylam 
cum  suo  quadragessimali. 

Omnia  sunt  tradita  vobis  et  successoribus  vestris  et 
non  sit  ausus  vilicus  noster  vel  successorum  nostrorum 
quidquam  fquicquamj  de  eo  requirere  vel  capero.  Verum 
etiam  sic  confirmamus  vobis  medietatem  ecclesiarum 
sánete  Marie  et  sancti  Michaelis  de  Sanarici  et  sanctum 
Stephanum  de  Amala  (Amaee)  integra  (integram),  san- 
ctum loannem  de  Fecha  in  ripa  Tamaris,  sanctum  Cliri- 
stophorum  de  Jabestre,  sanctum  Ciprianum  de  Culis, 
integram,  sanctam  Mariam  de  Fratribus,  integram;  de 
sancta  Maria  de  Cruce  et  de  sancta  Maria  de  Daodro 
(Daogro)  quartas  singulas,  de  sancto  loanne  de  Laussa- 
me  medietate,  de  sancto  Martino  de  Isdesendi  (Ildesendi) 
quartas  tres,  de  sancta  Eulalia  de  Villacoba  medietatem 
et  alias  vestras  ecclesias  et  villas  et  homines  quocumque 
modo  habetis  et  in  vestris  scriptis  et  testamentis  nota- 
tum  est,  vel  cum  Dei  juvamine  adquisieritis.  cuneta,  ut 
supra  retulimus,  bona  volúntate  et  communi  consensu 
confirmamus  tibi  abbati  Potro,  religioso  viro,  et  tibi  suc- 
cedentibus  ad  Dei  servitium  faciendum,  et  regulam  san- 


102  APÉNDICES 


cti  Benedicti  abbatis  conservandam.  Similiter  confirma- 
mus  tibi,  et  successoribus  tuis,  sicut  supra  diximus,  inte- 
gTum  decimuín  pomarii  (;pomerii)  de  Pallatio. 

Qaod  si  de  cetero,  etc.. 

Noto  die  XVII  (XVI)  kalendas  maji.  Era  MCLIII. 

Ego  Didacus  sub  Christi  nomine  .11."^^  episcopus  hanc 
scriptaram  firmiter  permanere  et  tota  mentis  nostre  vo- 
lúntate omnia  supranotata  confirmo  anno  mei  pontifi- 
catus  XIV  divina  gratia  institutus. — (Signo). —  Verbo  IJo- 
mini  celi  firmati  sunt. 

Bernardus  toletanus  archiepiscopus  et  romanus  lega- 
tus  confirmo. 

Didacus  auriensis  presul  qui  huic  consecrationi  inter 
fui  confirmo. 

Ugo  portugalensis  antistes  conf. 

Adefonsus  tudensis  episcopus  conf. 

Munio  vallibrensis  episcopus  conf. 

Ego  Urraclia  Dei  gratia  totius  Hispanie  et  Galletie 
regina  conf. 

Ego  Adefonsus  hujus  Regine  filius  Hispanie  et  Galle- 
tie fet  Toletani  Imperatoris  Alfonsí  nepos). 

(Petrus  froiJaz  comes   GallecíeJ  regis  domini  Adefonsi 
Júnior is  alter  (altor)  conf. 

Munio  Pelaz  comes  de  Monteroso  coní. 

Rudericus  Velez  comes  de  Sarria  conf. 

Gutierre  Vermudiz  comes  de  Montenegro  conf. 

Petrus  Didaz  Subdiaconus  conf. 

Petrus  Arias  millos  de  Deza  conf. 

(II  COLUMNA) 

Petrus  abbas  Antealtaris  conf. 

Petrus  prior  canonice  sancti  lacobi  et  archidiaco- 
nus  conf. 

(llomanus  primiclerns  et  cardinalis  conf,) 
(Petrus  cardinalis  conf,) 


APÉNDICES  103 


fitem  Petrus  cardinalis  conf.) 

Petras  arcliidiaconus  conf. 

Munio  Gelmirici  (tliesaurius)  confirinat. 

(Erjo  Giincl...  tis  canon  ¿cus  BtL  Jacob  í  conf,) 

Martinus  Ecclesie  sancti  lacobi...  conf. 

Bernardas  Bernaldi  (Bernnldi)  Ecclesie  sancti  (Bti,)  la- 
cobi canónicas  conf. 

Arias  Crantariz  canónicas  Loci  Sancti  conf. 
.   Ego  Andalfas  Odoariz  et  majordomas  iriense  confirmo 
et  roborem  pono. 

Petras  sancti  lacobi  sabdiaconas  conf. 

Cresconias  Moniz  milles  conf. 

Gantadas  Didaz  milles  conf. 

(III    COLUMNA) 

Arrianas  (Arlas)  Cipriani  archidiaconas  conf. 

Petras  Anaia  riztarias  conf. 

Petras  Didacas...  (arcliidiaconus)  cardinalis  conf. 

Petras  Astraariz  diaconas  conf. 

Pelagias  Gadesteiz  (judex)  conf. 

Martinas...  (Peláis)  conf. 

Didacas  lladrigaiz  conf. 

Fernandas  Petras  Petriz  canónicas  beati  lacobi  et  no- 
tarlas Eegine  conf. 

Petras  Alvitriz  et  beati  lacobi  canónicas  et  decanas 
(diaconus)  conf. 

Adalfas  (Andidfus)  prime. 

Gantadas  Ordoniz  milles  conf. 

Petras  Danieliz  canónicas  et  jadex  pablicas  scripsi 
et  conf. 

Arias  Petras  milles  nobilis  (nohilís  miles J  conf. 

loannes  Ramici  (Ramirlci)  milles  conf. 

Fernandas  loannis  milles  conf. 


104 


APÉNDICES 


(IV  COLUMNA) 

Pelagius  Didaz  (Dklací)  conf. 

Alfonsus  Didaz  (Dídací)  subdiaconus  conf. 

Pelagius  Muniz  (Nuniz)  conf. 

Pelagius  testis  presbyter  conf. 


(Yepes,  tom.  IV,  Apénd.  núm.  XII). 


NUMERO  XXXIV 


ERA  MCLIII. 


Santiago, 


Año  de  C.  1115. 

26  de  Noviembre. 


La    Reina   D.^   Urraca    dona    á    esta    Santa    Iglesia   la    mitad 
de  la  villa  de  Caneda  y  la  del  Monasterio  de  Ledesma. 


In  dei  nomine  ego  urraca  dei  nutu  hispanie  regina, 
nobilissimi  regis  domni  adefonsi  constantieque  regine 
filia,  una  cum  filio  meo  dno.  Ildefonso  in  fastigia  regni 
iam  benedicto  et  consécrate,  fació  pro  remedio  anime 
mee  et  parentum  meorum  cartulam  firmitatis  ecclesie 
sci.  iacobi  de  medietate  de  uilla  que  dicitur  cañeta  et 
de  medietate  de  monasterio  de  Letesma  quod  situm  est 
in  ripa  fluminis  nlie  et  sunt  liee  uille  in  dominio  sci.  ia- 
cobi, quas  uillas  scilicet  canetam  et  letesmam  dono  ecclesie 
sci.  iacobi.  cum  ómnibus  uillis  et  ecclesiis  et  ómnibus 


APÉNDICES 


105 


bonis  et  adiuntionibus  sais  que  ad  eas  pertinent  ubicum- 
que  bona  earum  sunt.  sicuti  iuri  meo  actenus  manse- 
runt.  cum  tale  debito  et  foro  do  eas  seo.  iacobo.  ut  ipsa 
ecclesia  perpetualiter  liabeat  eas  absque  mea  et  mee 
propaginis  inquietadme,  ab  isto  uero  die  sint  de  iuri  meo 
ablate  et  in  iure  sci.  iacobi  habite,  quam  siquidem  eccle- 
siam  gubernat  et  regit  dns.  didacus  eps.  michi  in  ómni- 
bus et  per  omnia  fidelissimus.  in  cuis  fcuiusj  manus  et  per 
eius  iussionem  fació  scriptum  de  supradictis  hereditati- 
bus.  in  quo  habeo  magnam  fiduciam  ut  me  defendat  et 
amparet  ab  ómnibus  meis  inimicis.  Si  quis  tamen  aduer- 
sus  hoc  regale  donum  etc... 

Facta  scriptura  die  .VI.  kls.  decembrium.  Era  .I.C.L.III. 
in  castro  quod  dicitur  malgrado. 

Ego  urraca  gratia  dei  regina  hanc  cartam  quam  fieri 
iussi  tota  mentis  intentione  et  uoluntarie  signaui. 
Sancia  sóror  eius  conf. 
Geluira  similiter  conf. 
Froila  didaz  comes  conf. 
Suarius  uermudiz  comes  conf. 
Gómez  nuniz  comes  conf. 
Didacus  legionensis  eps.  conf. 
Fernandus  fernandiz  conf. 
Petrus  didaz  conf. 
Rudericus  didaci  conf. 
Pelagius  martinici  conf. 
Lopzan  gudesteiz  conf. 
Petrus  lopiz  conf. 
Lop  lopiz  conf. 
Garcia  enequici  conf. 
Guter  petriz  conf. 
lohannes  petriz  conf. 
Martinus  pelaiz  notarius. 

(Tumbo  A,  fol.  31  vuelto). 


106 


APÉNDICES 


NUMERO    XXXV. 


ERA  :mcliy. 


Cnntis, 


Año  de  C.  1116, 

18  de  Mayo. 


La  Reina  D.^^  Urraca  dona   al  Obispo  y  Cabildo  de  Santiago  la 
iglesia  de  San  Julián  de  Caldas  de  Cuntis. 


Ego  urraca  gratia  dei  liispanie  regina  piissimi  regis 
dni.  adefonsi  filia  uobis  dno.  didaco  ecclesie  sci.  iacobi 
secundo  epo.  et  ómnibus  canonicis  eiusdem  ecclesie.  Fa- 
ció scripturam  firmitatis  de  ecclesia  sci.  iuliani  de  caldas 
contines  cum  casa  de  abbate.  cum  testationibus  et  homi- 
nibus  et  hereditate  que  ad  ipsam  casara  abbatengam 
pertinet.  extra  ecclesias  sce.  marie  casa  de  moñacos,  et 
sci.  uincentii  cum  liereditatibus  et  debitis  suis.  que  sunt 
auolentie  et  iuris  abbatis  petri  et  gundesindi  iudicis  et 
eorum  heredes  quas  eis  relinquimus  absolutas  iure  here- 
ditario. Ipsam  autem  prefatam  casam  de  abbate  cum 
ecclesia  sci.  iuliani  et  debitis  suis  et  cauto  ecclesie  sci.  ia- 
cobi perpetuo  seruituram.  Si  quis  vero  etc.. 

Facta  carta  donationis  Era  .I.C.L.IIII.  et  qt.  XII. 
kls.  iunii. 

Ego  urraca  regina  conf. 
Munio  uallibriensis  eps.  conf. 
Adefonsus  tudensis  eps.  conf. 
Didacus  auriensis  eps.  conf. 
Comes  petrus  froilaz  conf. 
Comes  munio  polaiz  conf. 


APÉNDICES  107 


Comes  rudericus  uelaz  conf. 
Feí'nandus  iohannes  conf. 
Joliannes  didaz  conf. 
Guntadus  didaz  conf. 
Fernandas  petriz  notarius  conf. 


(Inédito.  Tumbo  A,  fol.  32). 


NUMERO  XXXVI. 


ERA  MCLVii.  Año  de  C.  1119. 

26  de  Septiembre. 

Donación  hecha    por  D.  Alfonso  Vil    al    Monasterio    de    San 
Julián  de  Moraime  y  á  su  Abad  D.  Ordonio. 


...Omnia  que  nostro  regimini  subiecta  sunt  ab  aucto- 
re  omnium  creantur  et  dominantur,  ergo  dignum  valde 
est  ut  rebus  aliquid  Deo  offerre  curemus,  non  ideo  quod 
indigeat  nostro  muñere,  s(?d  ut  nostram  bonaní  animi 
intentionem  ex  alto  prospiciens  per  presentia  hic  bene 
distributa  eterna  nobis  preparent  habitacula.  Per  hoc 
etenim  quisque  indeficientia  consequitur  gaudia,  per 
quod,  toto  cordis  affectu  presentia  digne  dispensat,  Do- 
mino asserente:  <(¡ate  e¿  (kü)ítur  vohis*  Quocirca  ego  Rex 
Dominus  Adeíonsus  Ilispanie  ducis  Domini  Reimundi 
et  regine  Domine  Urrace  filius  una  consensu  Domini 
Petri  Galecie  comitis  fieri  elegí  scripturam  testamenti, 


108  APÉNDICES 


sicuti  et  fació,  Ecclesie  sánete  Beati  Juliani  Martyris  et 
monasterio  Moriames,  quod  situm  est  in  térra  de  Traba 
territorio  Nemanchos  et  litore  maris  de  hominibus  impe- 
rii  mei  regalengo  meo  pertinentibus,  tam  viros  quam 
mulieres,  quanti  hodie  sunt  morantes  in  ipso  cauto,  ut 
ipsi  cum  generatione  sua  et  hereditatibus  et  cuncto  re- 
gali  foro  serviant  prefato  monasterio  et  Abbati  Domi- 
no Ordonio  et  subcesssoribus  eius  et  monachis  ibidem 
vitam  sanctam  ducentibus  pro  remedio  anime  mee  ac 
parentum  nostrorum,  et  pro  honesto  servitio,  quod  in 
nostra  adolescentia  et  tempore  guerre  ipse  Ordonius  me- 
morati  monasterii  Abbas  mihi  diligenter  exhibuit,  sic 
quippe  hunc  cautum  ego  confirmo  quomodo  et  avus 
meus  pie  memorie  Rex  Dominus  Adefonsus  cum  prefato 
comité  Domino  Petro  et  baronibus  eiusdem  terre  olim 
determinavit,  liac  ego  intentione  et  ratione  hoc  faciens, 
scilicet,  ad  restaurationem  ipsius  cenobii,  quod  nostris 
temporibus  destructum  est  a  Sarracenis,  et  ut  proficiat 
ad  victum  et  substentationem  monachorum,  pauperum 
et  hospitum  seu  peregrinorum  advenientium.  Quod  si 
ego  seu  aliquis  subcessorum  meorum  huic  mee  institutio- 
nis  pagine  obviare  seu  contraire  presumpserit  etc.,  Hec 
scriptura  supra  dicto  modo  nostra  auctoritate  sancita  et 
presentium  episcoporum  atque  nobilium  terre  laudatione 
confirmata  omni  tempore  maneat  inconvulsa. 

Facta  pagina  testamenti  seu  cauti  liuius  in  Sidman- 
cas.  Era  MCLVII  omne  fsicj  quod  VI  kls.  Octobris. 

Ego  Adefonsus  Hispanie  Rex  huius  cauti  cartam 
quam  in  presentia  multorum  terre  nobilium  fieri  iussi, 
confirmo. 

Didacus  Dei  gratiaCompostelanus  Archiepiscopus  conf. 

Didacus  legionensis  episcopus  conf. 

Pelagius  ovetensis  episcopus  conf. 

Petrus  lucensis  episcopus  conf. 

Didacus  auriensis  episcopus  conf. 

Petrus  Froilaz  comes  Gallecie  conf. 


APÉNDICES  109 


Comes  dominus  Suarius  de  Dunia  coní. 
Comes  dominus  Fernandus  de  Campos  conf. 
Petrus  Didacus  de  legione  conf. 
Rudericus  Petriz,  Alferiz  Regis  coní. 
Erus  Armentaris  maiordomus  Regis  conf. 
Martinus  Bernaldus  conf. 
Qui  presentes  fuerunt,  Pelagius  testis. 

Petrus  testis. 

Martinus  testis. 

Didacus  testis. 

Munio  testis. 

Et  ego  Pelagius  Petriz  iussu  Martini  Pelaiz  curialis 
et  Regis  cancelarii  notarius  et  conf. 

(Archivo  del  Seminario  Central  Compostelano). 


lio  APÉNDICES 


NUMERO  XXXVII 


ERA  MCLViii.  Santiago,  Año  de  C.  1120. 

13  de  Junio. 


La  Reina  D.'*^  Urraca  concede  á  esta  Santa  Iglesia  la  tierra 
de  Dorinea  y  exime  de  pagar  portazgo  á  todos  los  vecinos 
de  Compostela. 


Quoniam  ad  tumulum  bmi.  iacobi  apostoli  multe 
uirtutes  fiunt.  siciiti  ego  ipsa  sepius  persensií  dignum 
est  ut  eiusdem  apostoli  ecclesiam  nostris  muneribus  de- 
coremus.  Quocirca  ego  urraca  hyspanie  regina  regis 
adefonsi  regineque  constantie  filia,  pro  remedio  anime 
mee  et  parentum  meorum.  per  presentís  scripture  se- 
riem.  ob  honorem  eiusdem  apostoli  tibi  didaco  prefate 
ecclesie  .ii.  episcopo  et  ómnibus  canonicis  tam  presenti- 
bus  quam  succedentibus.  et  uoci  uestre  dono  et  offero 
terram  de  dormiana  cuna  liominibus  et  caractere  et  ómni- 
bus suis  debitis  integram.  necnon  eciam  insulam  de  lao- 
nio  ab  integro  cum  liominibus  et  caractere  et  ómnibus 
debitis  et  foris  suis.  sicuti  diuiditur  inter  tuiriz  et  eccle- 
siam sci.  andree  de  ualentino.  per  dúo  flumina  ulíam  uide- 
licet  et  arnegmn. 

Dono  eciam  karacterem  et  homines  in  loson  per 
aquam  de  deza  et  per  aquam  de  rkw  maiiri  et  per  monte 
de  karrion.  et  per  campum  uel  castrum  de  camposancos. 
usque  in  fiuuium  arnegitm,  ab  integro  ueluti  ego  actenus 
possedi. 

Et  quia  in  catalogis  et  scriptis  eiusdem  sedis  per 
XX.IIII  miliaria  ab  auis.  proauis.  et  atauis  meis.  predi- 
cta  sedis  cantata  esse  dignoscitur.  propter  inminentia  be- 


APÉNDICES  111 


lia.  sic  a  flumine  ísso.  sicuti  diuiditur  per  términos  de  su- 
'perato  et  inter  uliam  et  tamarum  usque  ad  mare  firmiter 
cautatam  esse  uolo.  ut  quicvimque  infra  líos  términos  sine 
sagione  pontificis.  et  canonicorum  ecclesie  bti.  iacobi  de 
foris  ueniens  aliquid  pignorauerit  .VI.  milia  solidorum 
eiusdem  ecclesie  pontifici.  atque  canonicis  siue  eorum 
uoci  persoluat.  et  si  non  liabuerit  unde  ad  plenum  per- 
soluere  possit.  eius  persona  cum  liis  que  liabuerit.  perpe- 
tué seruituti  iam  dicte  ecclesie  subiciatur.  Si  autem  in- 
fra líos  terminus  conmorans  sine  sagione  prcfate  ecclesie 
pignorare  presunserit.  si  miles  fuerit  D.  solidos,  si  rusti- 
cus  .LX.  persoluat.  et  duplum  rei  domino  restituere  co- 
gatur. 

Adicio  eciam  ut  quicumque  homines  in  predictis 
terris  et  infra  supra  scriptos  términos  ad  presens  liabi- 
tant.  siue  deinceps  de  meis  mandationibus  aduenien- 
tes  habitauerint.  a  nullo  regio  dominis  repetantur.  De- 
bitum  uero  meum  quod  uulgo  portaticum  dicitur.  ne 
per  totam  regni  mei  latitudinem  ulterius  exigaturi  óm- 
nibus compostellane  urbis  ciuibus.  clericis  et  laicis  omni- 
no  concedo.  Qui  autem  illud  contra  lioc  meum  scriptum 
temerario  usu  acceperit:  quod  abstulerit  in  duplum  re- 
stituat.  et  D  solidos  patienti  iniuriam  pariat.  Si  quis 
uero  etc.. 

Noto  die  idus  iunii  Era  .I.C.L.VIII. 

Ego  urraca  regina  conf. 
Arias  petriz  conf. 
Joliannes  didaci  conf. 
Vermudus  suariz  conf. 
Pelagius  martinz  conf. 
Fernandus  ioliannes  conf. 
p]xemenus  lopiz  conf. 
Petrus  uermudiz  conf. 
Guter  petriz  conf. 
Dominicus  fcxlconis  coní. 
Martinus  didaz  conf. 
Vela  petrici  conf. 


112  APÉNDICES 


Qui  presentes  fuerunt.  Petrus  ts. 

Pelagius  ts. 
Didacus  ts. 
Rodericus  ts. 
Arias  ts. 
Martinus  ts. 
Petrus  ts. 

Ego  iterum  urraca  regina  precipio  et  concedo,  quod 
si  quis  de  foris  infra  iam  nominatos  términos  sine  sagione 
pontificis  ecclesie  bti.  iacobi  pignorauerití  et  illic  in- 
terfectus  fuerit.  nichil  pro  eius  interfectione  ab  inter- 
fectore  exigatur. 
Petrus  uincentii  ts. 

(Inédito.  Tumbo  A,  fol.  32).  ^ 


APÉNDICES  113 


NUMERO  XXXVIII. 


La  Iglesia  de  Santiago  de  Compostela  y  la  de  San  Saturnino 

de  Tolosa  (I). 


La  gran  analogía  que  se  nota  entre  nuestra  Basílica 
compostelana  y  la  de  San  Saturnino  de  Tolosa  —  á  la 
cual  Mr.  Anthyme  Saint-Paul  califica  de  la  más  impor- 
tante de  las  Iglesias  románicas  que  nos  quedan  (2)  — 
hizo  concluir  á  algunos  insignes  Arqueólogos,  que  la 
primera  era  una  imitación  directa,  ó  más  bien  una  co- 
pia ó  repetición  de  la  primera.  Mas  como  por  otra  parte 
tenían  que  admitir  que  la  Iglesia  compostelana,  si  no  se 
había  comenzado  antes,  se  había  terminado  primero 
({ue  la  tolosana,  se  vieron  precisados  á  idear  varias  hi- 
pótesis para  explicar  cónao  la  compostelana,  á  pesar  de 
ser  simple  copia  de  la  de  Tolosa,  pudo  concluirse  antes 
que  el  original.  Foiniuló  dichas  hipótesis  con  toda  pre- 
cisión Mr.  Anthyme  Saint-Paul  en  los  siguientes  térmi- 


(1)  Aunque  en  varios  pasajes  del  capítulo  III  del  presente  tomo 
hemos  ya  apuntado  algunas  de  las  analogías  que  se  advierten  entre  ambas 
iglesias,  creemos  oportuno  insistir  en  este  punto,  que  en  realidad  es  capital 
para  la  Historia  del  Arte  en  nuestra  Península,  y  lijar  el  puesto  que 
corresponde  á  nuestra  Basílica  en  el  desenvolvimiento  artístico,  no  solo  de 
España,  sino  de  buena  parte  de  Europa.  No  en  vano  el  Abate  Pardiac  con- 
sagró el  último  capítulo  de  su  Histoire  de  Saint-Jacques  le  Majeur,  k  de- 
mostrar la  influencia  del  culto  de  Santiago  en  el  Arte  cristiano. 

('2)  Aujourd'  liui  la  plus  importante  des  églises  romanes.  (Alfmm  des 
nwnamcuts  rl  ,h-  /'  tirf  ancicn  dn  Midi  de  la  Frange;  lum.  I,  pág.  73;  Toiu- 
sa,  1897). 

Tomo  UI.-H. 


114:  APÉNDICES 


nos:  «Y  sin  embargo,  San  Saturnino  tiene  su  alta  perso- 
nalidad, que  sin  hacer  de  él  un  edificio  completamente 
aparte,  le  asegura  el  puesto  más  elevado  en  la  escuela 
de  Languedoc,  y  en  especial,  en  un  grupo  más  íntimo 
en  el  que  á  su  lado  figuran,  como  punto  de  partida,  la 
iglesia  de  Santa  Fe  de  Conques,  y,  como  término,  la  fa- 
mosa Basílica  de  Santiago  de  Compostela.  El  gran  San- 
tuario español,  por  una  rara  coincidencia  que  cede  toda 
en  honor  del  Santuario  tolosano,  es,  en  efecto,  una  imi- 
tación directa,  ó  más  bien  una  repetición  de  éste.  Ha- 
biendo comenzado  la  Catedral  de  Santiago  en  1082  (1), 
y  no  habiendo  podido  ser  asentada  la  primera  piedra 
de  San  Saturnino  antes  de  esta  fecha,  podría  preguntar- 
se, no  sin  inquietud,  cuál  de  las  dos  iglesias  es  el  mode- 
lo, y  cuál  la  repetición.  Mas  la  vacilación  no  podría 
durar  mucho  tiempo.  San  Saturnino  dice  tan  bien  en  su 
sitio,  de  tal  modo  es  un  producto  del  suelo,  sin  que  por 
eso  deje  de  distinguirse  profundamente  de  cuanto  lo  ro- 
dea, que  para  él  no  hay  que  pensar  en  influencia  ex- 
tranjera. ¿Cómo,  por  otra  parte,  podría  venir  esta  in- 
fluencia de  España,  país  que  en  la  época  románica 
recibía,  y  nada  daba?  El  movimiento  partió,  pues,  de 
Francia  á  Galicia;  pero,  ¿de  qué  modo?  El  monumento 
español  no  pudo  ser  precisamente  una  imitación  del  mo- 
numento francés,  por  cuanto  éste  apenas  estaba  visible 
á  flor  de  tierra  cuando  se  emprendió  la  construcción  de 
aquel.  Réstanos,  pues,  un  campo  de  suposiciones  dema- 
siado vasto  para  que  nos  creamos  en  el  caso  de  recorrer- 
las todas;  de  estas  hipótesis  sólo  retendremos  dos,  como 
las  más  plausibles:  ó  el  maestro  de  la  obra  de  San  Sa- 
turnino se  desprendió  del  más  hábil  de  sus  oficiales,  del 
más  íntimo  confidente  de  su  pensamiento,  y  lo  envió, 
con  algunos  de  los  mejores  obreros,  á  ponerse  á  disposi- 
ción del  Cabildo  de  Santiago;  ó  bien  éste  envió  á  Tolosa 


(1)     En  el  cap.  II,  pág.  41,  hemos  demostrado  que  la  portada  del  S.  se 
terminó  en    el  año  1078.  y  que  el  «'«bside^sc  liaría  comenzado  antes. 


APÉNDICES  116 


á  algún  Monje,  á  algún  práctico,  para  que,  al  lado  de 
constructores  de  talento,  adquiriese  la  educación  artísti- 
ca suficiente  liasta  volver  á  su  patria  con  un  tipo  origi- 
nal y  grandioso»  (1). 

Esto  escribía  Mr.  Anthyme  Saint-Paul  en  189G.  Más 
tarde  hubo  de  reconocer  que  el  monumento  de  Compos- 
tela  se  terminó  primero  que  el  de  Tolosa;  y  que,  por  lo 
tanto,  las  hipótesis  propuestas  no  herían  en  lo  vivo  de 
la  cuestión.  En  su  vista,  y  acaso  para  desvanecer  la  in- 
quietud producida  por  la  duda  de  cuál  sería  de  los  dos 
monumentos  el  que  hubiese  servido  de  modelo,  en  un  in- 
teresante artículo  que  publicó  en  el  BuUetin  Arclwohgique 
del  año  1899  (2),  insinuó  otra  hipótesis  que  expuso  en  la 
siguiente  forma:  «El  primer  Arquitecto  (de  San  Satur- 
nino), después  de  haber  trazado  la  planta  de  toda  la 
iglesia,  y  de  haber  comenzado  la  obra  del  coro,  fué  lla- 
mado á  Santiago  de  Compostela;  y  al  partir  dejó  enco- 
mendada la  dirección  de  los  trabajos  á  un  discípulo  bien 
enterado  de  sus  proyectos,  y  apto  para  reemplazarlo  en 
sus  ausencias;  el  cual  discípulo  pudo  muy  bien  ser  San 
Raimundo.  No  pudiendo  continuar  por  mucho  tiempo 
en  estas  idas  y  venidas,  con  grave  molestia  para  su  per- 
sona y  detrimento  para  las  construcciones  que  le  esta- 
ban confiadas,  y  viendo  en  Rainmndo  un  hombre  bien 
dispuesto  á  recoger  su  sucesión,  optó  por  el  Santuario 
español.  Desde  entonces  comienza  la  verdadera  obra  de 
Raimundo  Gayrard. 

>La  traza  primitiva  no  fué  modificada  en  Santiago: 
en  donde  la  construcción  caminó  más  de  prisa  (8):  lo  que 


(1)  Álbum  cit.,  págs.  87-88. 

(2)  De  este  artículo  intitulado  Note  archéolog'uiue  sur  Saint-Sernin  de 
Toulouse,  se  hizo  una  tirada  aparte;  París,  Imprenta  Nacional,  1000. 

-  (3)  «Estaba  todo  terminado  hacia  el  año  1128  salvo  algunas  modifica- 
ciones y  mejoras  que  medio  siglo  después  so  hicieron  en  los  pórticos. >  (No- 
ta do  Mr.  Auth3'me  Saint-Paul,  <|uo  citaá  Stroot,  Some  Account  of  goihic 
Architecture  in  Spaiv,  pág.  114). 


116  APÉNDICES 

no  permitió  copiar  á  San  Saturnino  hasta  en  su  quintu- 
ple  nave»  (1). 

Respecto  de  las  fechas  en  que  fueron  llevados  á  cabo 
los  diversos  miembros  de  la  iglesia  tolosana,  en  la  Note, 
en  la  cual  Mr.  Anthyme  Saint-Paul  no  hizo  más  que  re- 
sumir las  observaciones  hechas  durante  estos  últimos 
años,  por  sí  mismo  y  por  otros  distinguidos  Arqueólogos 
como  Lahondés,  Douais,  Malafosse  y  Lasteyrie,  no  mo- 
difica las  conclusiones  expuestas  en  la  Memoria  leída 
ante  el  Congreso  de  Sociedades  científicas  que  se  reunió 
en  Tolosa  el  año  pasado  de  1899,  y  que  hemos  extracta- 
do en  el  capítulo  III,  páginas  65  y  QQ  del  presente 
tomo.  De  todo  lo  cual  resulta  que  el  Arquitecto  tolosa- 
no  (caso  de  que  hubiese  sido  llamado  á  nuestra  ciudad), 
si  trazó  y  desarrolló  algún  plan  de  Basílica,  fué  en  San- 
tiago, antes  que  en  su  patria,  en  donde  lo  realizó  y  llevó 
á  cabo.  Y  tanto  es  así,  que  el  ábside,  que  fué  por  donde 
en  ambas  iglesias  se  comenzó  la  edificación,  en  Santiago 
estaba  concluido  antes  del  año  1078,  y  en  San  Saturni- 
no, según  Mr.  Anthyme  Saint-Paul  (2),  en  el  lustro 
de  1085  á  1090,  si  bien  después,  entre  los  años  1130  y 
1140,  hubo  que  rehacerlo  de  nuevo  (3).  Mientras,  por 
tanto,  la  prioridad  de  tiempo  sea  condición  indispensa- 
ble para  distinguir  á  toda  copia  de  su  modelo,  habrá 
que  admitir  que,  si  entre  las  dos  iglesias  hubo  copia  y 
hubo  modelo,  á  la  Iglesia  de  Santiago  es  á  la  que  corres- 
ponde este  último  dictado. 

Pero,  ¿las  analogías  que  se  advierten  entre  las  dos 


(1)  La  Catedral  compostelana  estaba  terminada,  por  lo  menos,  en  el 
año  1117;  como  lo  demuestra  el  hecho  de  convertirla  los  rebeldes  composte- 
lanos  en  fortaleza  y  en  depósito  para  guardar  su  ajuar  y  sus  haberes.  Un 
edificio  en  construcción  era  muy  poco  á  propósito  para  dichos  objetos.  En 
dicha  fecha  estaban  ya  levantados  nada  menos  que  los  primeros  cuerpos  de 
las  torres  de  la  fachada  occidental. 

(2)  Note...,  pág.  11. 

(3)  Note.,.,  pág.  M. 


APÉNDICES 


117 


iglesias  son  tan  claras  y  manifiestas,  que  acusen  en  la 
de  Santiago  una  flagrante  copla  de  la  de  San  Saturni- 
no? (1)  Muy  lejos  de  eso.  Es  cierto  que  en  las  líneas  ge- 
nerales la  analogía  es  patente;  mas  en  muchos  detalles 
las  discrepancias  son  tales,  que  denuncian  diverso  estilo, 
diversa  escuela,  distinta  inspiración.  En  San  Saturni- 
no todos  los  pilares  son  cruciformes  y  carecen  de  colum- 
nas empotradas,  ó  cuando  más,  sólo  las  tienen  por  uno  ó 
dos  lados.  En  Santiago  alternan  rigurosamente  los  pila- 
res de  planta  cuadrada  con  los  de  planta  cuadrifolia,  y 
todos  tienen  columnas  empotradas  por  los  cuatro  lados. 

Las  impostas  de  las  columnas  de  Santiago  no  dañan 
á  la  esbeltez  de  los  capiteles;  las  de  San  Saturnino  son 
altas  y  pesadas  (2).  Las  columnas  que  dicen  á  la  nave 
mayor  en  Santiago,  todas  son  anilladas;  en  San  Satur- 
nino están  desprovistas  de  este  adorno. 

Las  torres  de  la  Basílica  compostelana  eran  nueve, 
contando  con  la  torre  central;  las  de  la  Basílica  tolosa- 
na,  cinco.  A  la  Basílica  de  Santiago  daban  entrada  ca- 
torce puertas;  á  la  de  Tolosa  ocho. 

El  sistema  de  contrafuertes  era,  como  hemos  visto, 
especial  de  Santiago. 

La  galería  no  está  precisamente  interrumpida  en 
San  Saturnino  alrededor  del  ábside;  pero  se  continúa 
por  un  corredor  estrecho  y  obscuro,  hoy  incomunicado 
con  el  presbiterio. 

Las  seis  puertas  de  las  tres  fachadas  en  San  Satur- 
nino carecían  de  tímpanos;  las  de  Santiago  los  tenían 
maravillosamente  esculpidos. 

Muchos  de  estos  miembros,  como  los  pilares,  las  to- 
rres, las  puertas  y  los  contrafuertes,  debían  entrar  en  el 
primitivo  trazado  de  la  planta;  por  consiguiente,  alejan 
en  ambas  iglesias  la  idea  de  mera  repetición  ó  copia 
servil. 


(1)  Copie  flagrante,  dice  Mr.  Anthyme  Saint-Paul  en  la  Note,  pág.    5. 

(2)  íls  sont  peut-étre  im  peu  lourds.  (Álbum...,  pág.  83). 


ii8  APÉNDICES 


En  la  página  19  de  la  Note,  expone  Mr.  Anthyme 
Saint-Paul  una  teoría,  que  explica  cómo  dos  ó  más  igle- 
sias pueden  guardar  entro  sí  notable  semejanza,  sin  que 
sus  respectivos  constructores  hayan  pretendido  copiarse. 
Hallada  hacia  el  año  lOOO,  según  Quicherat,  la  fórmula 
románica,  ó  probablemente  antes,  como  quiere  Mr.  An- 
thyme Saint-Paul,  se  fué  extendiendo  entre  los  maestros 
de  obras  hasta  constituir  un  fondo  común  en  muchos  de 
los  países  del  Occidente  de  Europa.  De  este  fondo  común 
cada  Arquitecto,  ó  cada  demandante,  tomaba  lo  que 
mejor  le  parecía,  pero  siempre  dentro  de  la  fórmula 
usual  y  corriente.  Esto  no  quita  que  á  veces  los  maes- 
tros, al  trazar  los  planos,  consultasen  las  formas  y  la  es- 
tructura de  algún  edificio  que  con  preferencia  le  agra- 
dase. Esto  hizo,  sin  duda,  el  Arquitecto  de  la  célebre 
iglesia  de  San  Martín  de  Tours,  la  cual,  como  se  lee  en 
el  libro  V  del  Códice  Callxtlno,  se  fabricaba  á  semejanza 
de  la  Iglesia  de  Santiago  (ad  slmílitudínem  Ecclesiae  Btí,  Ja- 
cóbi)  (1).  Lo  mismo  podríamos  decir  acaso  de  la  Catedral 
Vieja  de  Coimbra,  que  tantos  puntos  de  semejanza  ofre- 
ce con  la  de  Santiago. 

Pero  volviendo  á  San  Saturnino,  hay  un  dato  que 
parece  demostrar  que  alguno  de  los  constructores  de 
dicha  Basílica  conocía  á  la  de  Santiago,  y  que  aún  se 
propuso  imitarla  en  algunos  detalles.  La  puerta  de  Mié- 
geville,  abierta  en  el  centro  del  muro  meridional  del 
cuerpo  de  la  iglesia,  de  todas  las  de  San  Saturnino,  es 
la  labrada  con  mayor  esmero  (la  mieux  soignée).  Labróse 
entre  los  años  1185  y  1160  (2).  En  el  tímpano  está  re- 
presentada, de  relieve,  la  Ascensión  del  Señor;  en  el  din- 
tel los  doce  Apóstoles  acompañados  de  dos  Angeles.  A 
los  lados  de  las  archivoltas,  hay  dos  estatuas,  una  de 


(1)  El  coro  de  San  Martín  de  Tours  rfe  terminó  en  1 125. 

(2)  Mr.  Anthyme  Saint-Paul,  en  el  Álbum  des  monuments,  etc. ..,tom.  I, 
pá,g.  86,  coloca  esta  puerta  hacia  el  año  1135.  En  la  Note,  pág.  16,  retrasa 
au  construcción  hasta  el  año  1150  ó  1160, 


APÉNDICES  119 


San  Pedro  y  otra  de  Santiago.  Esta  vese,  como  en  la 
pórtala,  conapostelana  de  las  Platerías,  entre  dos  nudosos 
cipreses  (1).  Esto  es  demasiado  significativo  para  que 
insistamos  en  ello;  y  por  lo  mismo,  nos  abstendremos  de 
extender  el  paralelo  á  otros  detalles  labrados  en  la  mis- 
ma puerta.  En  ninguna  de  las  de  Santiago  consta  que 
estuviese  representada  la  imagen  de  San  Saturnino  (2). 


II 


En  la  Revue  de  París  (número  de  1."  de  Septiembre 
do  1895,  pág.  220),  decía  Mr.  Emilio  Male:  «Es  en  el  Me- 
diodía en  donde  la  escultura  románica  llegó  á  su  más  al- 
ta perfección.  La  escuela  del  Sudoeste  fué,  sin  duda,  la 
más  rica  de  todas.  Tolosa  fué  la  maravilla  del  siglo  XII.» 
Por  su  parte  Mr.  Anth3aiie  Saint-Paul  en  la  Note  (pági- 
nas 19-20),  sienta:  «que  la  escuela  tolosana  puede  erguir 
ufana  su  cabeza  ante  la  escuela  de  Auvernia,  porque  lo 
que  pueda  perder  en  lo  que  se  refiere  á  la  estructura, 
lo  desquita  con  exceso  en  la  escultura  monumental. » 
Mas  cuando  en  concreto  se  propone  Mr.  Anthyme 
Saint-Paul  precisar  las  excelencias  escultóricas  de  San 


(1)  Véase  la  lámina  XXIX  del  Álbum. — El  escultor  tolosano  inter- 
pretó mal  los  cipreses.  En  vez  de  árboles,  puso  como  en  Santiago  dos  grue- 
sos y  nudosos  bastones,  pero  transformó  la  copa  en  una  enorme  cabeza  de 
león. 

(2)  Respecto  de  la  iglesia  de  Santa  Fe  de  Conques,  que  fué  considerada 
como  germen  del  tipo  que  recibió  su  líltimo  complemento  en  Santiago,  dire- 
mos que,  á  nuestro  juicio,  no  se  han  alegado  pruebas  suficientes  para  tal 
pretensión.  Viollet-le-Duc  atribuye  esta  iglesia  al  siglo  XII;  3^  aunque 
alguno  ha  afirmado  que  debió  construirse  hacia  el  año  1065,  ó  antes,  dos 
eruditos  Escritores  Mrs.  A.  Bouillet  y  L.  Servieres  en  la  interesantísima 
historia  de  este  Monasterio,  intitulada:  Savtte  Foy,  Vierge  et  Martyre, 
publicada  en  Rodezen  el  presente  año,  confiesan  (pág.  151),  que  el  coro  y 
aún  parte  del  transepto  debieron  ser  reedificados  cuando  ya  las  obras  d© 
San  Saturnino  se  hallaban  bastante  adelantadas. 


120  APÉNDICES 


Saturnino,  entonces  se  expresa  de  esta  manera:  «En  la 
hábil  combinación  de  las  líneas  y  en  su  multiplicación, 
más  bien  que  en  la  abundancia  de  la  escultura,  buscó 
los  efectos  estéticos  el  Maestro  de  San  Saturnino.  La 
escultura  en  el  interior  es  rara,  como  que  casi  está  limi- 
tada á  sólo  los  capiteles,  los  cuales  tampoco  están  pro- 
digados, por  cuanto  las  columnas  se  ven  empleadas  con 
cierta  discreción»  (1).  En  Santiago  todos  los  pilares,  sin 
excepción,  tienen  empotradas  cuatro  columnas  con  sus 
correspondientes  capiteles.  Todas  las  ventanas  de  la 
planta  baja,  tanto  interior,  como  exteriormente,  apare- 
cen inscriptas  en  un  cuerpo  arquitectónico  compuesto 
de  columnas,  capiteles  y  archivoltas  tóricas. 

Pero  en  el  exterior  es  en  donde  resalta  más  la  infe- 
rioridad escultórica  de  San  Saturnino,  respecto  de  la 
Basílica  de  Santiago.  Como  ya  hemos  dicho,  las  seis 
puertas  de  las  fachadas  de  San  Saturnino  carecían  de 
tímpano;  las  de  las  tres  fachadas  de  Santiago  estaban 
cubiertas  de  esculturas  de  cuyo  relevante  mérito  pode- 
mos juzgar  por  los  restos  que  aún  nos  quedan  (2).  Si  á 
pesar  de  esto  se  pretende  que  en  el  siglo  XII  era  Tolosa 
una  maravilla  en  escultura,  ¿que  no  deberá  decirse  de 
Santiago? 

(1)  Álbum  des  monuments,  etc....,  tom.  I,  pág.  83.— Véase  también  la 
lámina  XXX. — Como  ya  hemos  visto,  en  los  pilares  de  San  Saturnino  no 
hay  uniformidad,  como  en  Santiago.  Unos  tienen  una  sola  columna  empo- 
trada, otros  dos,  y  otros  carecen  de  tan  importante  miembro  ornamental. 
En  la  Catedral  corapostelana  tal  es  la  unidad,  tal  la  armonía,  tal  la  compe- 
netración de  unas  partes  en  otras,  que  se  diría  que  el  Arquitecto  conforme 
iba  dibujando  la  traza  del  monumento,  así  iba  haciendo  el  despiezo  de  todos 
y  cada  uno  de  los  miembros. 

(2)  Basta  comparar  la  puerta  de  MügeviUe  con  la  de  las  Platerías. 


LAUS  DEO 


ElUSQUE 

EXIMIO  APOSTÓLO  BTO.  I A  COBO.    ' 


IlsTIDiaE 


Pá  ginas 


C.APÍTrr.o  I. — Continúa  el  Pontificado  de  D.  Diego  Peláez. 
— Reformas  que  introdujo  en  su  Iglesia. — Donaciones 

de  las  Infantas  D.*  Urraca  y  D.*  Elvira 7 

Cap.  II. — Emprende  D.  Diego  Peláez  la  construcción  de 
la  actual  Basílica  compostelana.  —Concordia  con  San 
Fagildo,  Abad  de  Antealtares. — Muerte  de  este  santo 

Abad  en  el  año  1084 19 

Cap.  III. — Descripción  de  la  Bisílioa  trazada  y  comen- 
zada á  edificar  en  tiempo  de  D.  Diego  Peláez.    .     ,     .  47 

vj.  I.  —Preliminar 49 

vj.  II. — La  planta 58 

§.  III. — El  Crucero  ó  transepto 64 

§.  IV.  — Las  bóvedas 69 

§.  V. — Pilares. — Columnas  anilladas.— Bases.    ...  73 

§.  VI.— Capiteles 77 

§.  VIL -Canecillos.— Billetes 82 

§.  VIII.— Galería 86 

§.  IX.— Contrafuertes 90 

§.  X.— Torres 94 

§.  XI.  —La  portada  del  Mediodía  ó  de  las  Platerías.    .  96 

§.  XII.  — La  portada  del  Norte  ó  de  la  Azabachería .     .  115 

J:^.  XIII. — La  fachada  occidental 121 

§.  XIV.— Puertas  menores  y  ventanas 124 

§.  XV. — La  cabecera  de  la  iglesia  vista  exteriormente.  133 

vj.  XVI.  -Altares  y  coro  de  la  Basílica 137 

§.  XVII. — Pavimento  y  tejado  de  la  iglesia 140 

§.  XVIII. -El   claustro 141 

§.  XIX.— Signos  lapidarios 143 

§.  XX.— Mobiliario 145 

§.  XXL—  Conclusión 147 


122  ÍNDICE 

Páginas. 

Cap.  IV.— Prisión  y  anticanónica  deposición  de  D.  Diego 
Peláez  en  el  Conaiiio  de  Husillos.— Intrusión  de  Don 
Pedro,  Abad  de  Cárdena 151 

Cap.  V. — Nombra  D.  Alfonso  VI  Condes  y  Señores  de  Ga- 
licia á  la  Infanta  D.*  Urraca  y  á  su  esposo  D.  fíimón 
de  Borgoña. — Concilio  de  Santiago  en  que  fué  electo 
Administrador  de  la  Diócesis  D.  Diego  Grelmírez,   .     .       169 

Cap.  VI. — Elección  canónica  de  D.  Dalmacio  para  Obispo 
de  Compostela.—  La  Iglesia  de  Santiago  es  declarada 
inmediatamente  sujeta  á  la  Santa  Sede 181 

Cap.  VII.  -  Segunda  prepositura  de  D.  Diego  Gelmírez.  — 
Donaciones  de  D.  Enrique  de  Portugal,  D.  Pedro  I  de 
Aragón  y  D.  Alfonso  VI. — Bulas  de  Pascual  II  acer- 
ca de  la  provisión  de  la  Mitra   compostelana.     ...       191 

Cap.  VIII. — Elección  y  consagración  de  D.  Diego  Gelmí- 
rez. ^-Concilio  nacional  de  Palencia  del  año  1100.    .     .       203 

Cap.  IX. — Cómo  D.  Diego  Gelmírez  inauguró  su  Ponti- 
ficado  217 

Cap.  X. — El  Cabildo  compostelano  en  tiempo  de  Gelmí- 
rez.— Pleito  con  el  Obispo  de  Mondoñedo  sobre  los 
Arciprestazgos  de  Seaya,  Besoucos,  Trasancos,  Laba- 
cengos  y  Arros.  — Segundo  viaje  de  Gelmírez  á  Boma. 
—  Obtiene  de  Pascual  II  la  dignidad  del  Palio.    .     .     .       249 

Cap.  XI. — Franquicias  otorgadas  por  D.  Alfonso  VI  á  la 
Casa  de  moneda  compostelana. — Reconoce  el  Conde 
D.  llamón,  y  consigna  en  un  Diploma  los  fueros  otor- 
gados á  los  ciudadanos  de  Santiago 277 

Cap.  XII.— Pompa  y  esplendor  con  que  se  celebraban  las 
fiestas  en  la  Catedral  compostelana. — Gestiones  de 
Gelmírez  para  obtener  el  título  de  Metropolitano.  .     .       301 

Cap.  XIII. -Fallecimiento  de  D.Alfonso  VI.— El  Conde 
de  Traba  hace  proclamar  Rey  de  Galicia  á  D.  Alfon- 
so VII 317 

Cap.  XIV.  — Invasión  de  D.  Alfonso  de  Aragón  en  Galicia. 
— El  Papa  Pascual  II  declara  nulo  el  matrimonio  cele- 
brado entre  D.  Alfonso  y  D.*  Urraca. — Prisión  de 


ÍNDICE  12B 

Páginas. 

D.  Diego  Gelmírez  y  del  Príncipe  D.  Alfonso  en  Cás- 
trelo de  Miño. — Coronación  de  D.  Alfonso  en  Santia- 
go.—Batalla  de  Viadangos 333 

Cap.  XV. — Espantosa  anarquía  que  en  los  Estados  cris- 
tianos se  siguió  á  la  ilícita  unión  de  D.*  Urraca  con 
D.  Alfonso  de  Aragón. — Actitud  de  Gelmírez  en  tan 
terrible  crisis 369 

Cap.  XVI.  Actitud  de  la  Iglesia  ante  los  trastornos  y 
calamidades  que  sufrió  España  durante  este  período. 
— Concilios  de  Burgos,  Falencia,  León  y  Santiago. — 
Creciente  prestigio  de  D.  Diego  Gelmírez  en  esta  épo- 
ca.— Consagración  de  los  Obispos  deMondoñedo,Opor- 
to  y  Lugo 423 

Cap.  XVII.  -  Es  declarado  D.  Alfonso  VII  de  mayor  edad 
en  la  Basílica  compostelana,  y  reconocido  como  Rey 
de  Galicia. — Guerra  civil  en  Galicia  entre  los  partida- 
rios de  D.  Alfonso  y  los  de  D.*  Urraca. — Sublevación 
en  Santiago  contra  D.*  Urraca  y  D.  Diego  Gelmírez.  .       447 

Cap.  XVIII.  —Prosiguen  los  hechos  deD.  Diego  Gelmírez. 
— Sus  líl timas  gestiones  hasta  obtener  para  su  Iglesia 
la  dignidad  Metropolítica 497 


N."— Años  de  C.  PApinas. 

I. — 1077. — Concordia  del  Obispo  D.  Diego  Peláez  con  el 

Abad  de  Antealtares,  San  Fagildo 3 

II. — Capítulos  IX,  X  y  XI  del  libro  V  del  Códice  de 
Calixto  II,  que  contiene  la  descripción  de  la  ciudad  é 
Iglesia  de  Santiago 8 

III.  — 1087.-  La  Infanta  D.*^  Elvira  dona  á  la  Santa  Igle- 
sia de  Santiago  el  Monasterio  de  Pilono 2o 

IV.— 1087. — La  Infanta  D.*  Urraca  dona  á  la  Santa  Igle- 
sia de  Santiago  varias  propiedades  cerca  de  Toro.  .     .         28 


1*24:  ÍNDICE 

N.»— Años  de  C.  Páginas. 

V.— 1090. —Privilegio  de  D.  Alfonso  VI  en   favor   del 

Monasterio  de  Picosagro 31 

VI.  — 1092.— Fundación  de  la  iglesia  de  San   Isidro   de 

Callobre 34 

VII. — 1095.  -Salvoconducto  del  Conde  D.  Ramón    á  los 

mercaderes  de  Santiago 36 

VIII. — 1095. —D.  Alfonso  VI  confirma  el  salvoconducto 
anterior  y  además  el  fuero  de  que  gozaban  los   ciuda-  ' 
danos  de  no  ser  juzgados  más  que  por  los  Jueces    de 
su  ciudad 38 

IX. — 1097. — La  Infanta  D.^  Elvira  dona  á  Celanova    un 

cortijo  en  Compostela 40 

X. — 1097. — Privilegio  concedido  por  D.  Enrique,    Conde 

de  Portugal,  á  los  habitantes  de  Corneliana.   ....         41 

XI. — 1098.— D.  Pedro  I  de  Aragón  dona  a  la  Santa  Igle- 
sia de  Santiago   unas  casas  en  Huesca 43 

XII.—  1099. — D.  Pedro  I  de  Aragón  dona  á  la  Santa 
Iglesia  de  Santiago  unas  heredades  en  términos  de 
Barbastro 44 

XIII.  —1100? — Subscripciones  de  un  Diploma   otorgado 

al  Monasterio  de  Ante-Altares  por  D.  Alfonso  VI.     .         45 

XIV. — 1100. — D.  Alfonso  VI  dona  á  la  Santa  Iglesia  de 
Santiago  la  mitad  de  los  Monasterios  de  Pilono  y 
Brandariz 47 

XV. — 1100. — La  Infanta  D.*  Elvira  estando   para  morir 

hace  varias  donaciones  á  la  Santa  Iglesia  de  Santiago.         50 

XVI. — 1101? — Privilegio  de  D.  Diego  Gelmírez  á  la  igle- 
sia de  San  Esteban  de  Piadela 52 

XVII. — 1103.  — D.  Alfonso  VI  dona  á  Santiago  el    burfjo 

de  Trabadelo. 54 

XVIII.— 1105.— Donación  de  D.  Pedro  Fróilaz  al  Monas- 
terio de  Santo  Tomé  de  Nemeño 56 

XIX. — 1105.— El  Conde  de  Galicia,  D.  llamón,    confirma 

los  antiguos  fueros  de  Santiago 61 

XX. —   »  — Aclaración  sobre  los  Santos  Susana,  Silvestre 

y  Cucufate,  cuyos  cuerpos  trajo  Gelmírez  de  Portugal.         64 


ÍNDICE  125 

N." — Años  de  C.  Páginas. 

XXI. — ■   »  — Bula  de  Pascual  II   á  D.  Diego  Gelmírez.    ,         67 

XXII.— 1107. — El  Conde  de  Galicia  permuta  con  Gel- 
mírez la  mitad  de  la  villa  de  Villar 69 

XXIII.— 1107. -Diploma  de  D.  Alfonso  VI  acerca  de  la 

Casa  de  moneda  de  Santiago 70 

XXIV. — 1107. — El  Conde  de  Galicia  dona  á  Santiago  el 

Monasterio  de  San  Mamed  de  Piñeiro 73 

XXV.  — 1107. — La  Infanta   D.""   Urraca  dona  á  Santiago 

el  Monasterio  de  San  Andrés  de  Trobe 75 

XXVI. — 1110.— Bula  de  Pascual  II  por  la  cual  confirma 

las  posesiones  de  la  Iglesia  de  Santiago 77 

XXVII.— 1112.— La  Eeina  D.*  Urraca  dona  á  Santiago 

lo  de  realengo  é  infantazgo  entre  el  Ulla  y  el  Tambre.         79 

XXVIII. — 1112. — Donación  que  hizo  D.*  Urraca  al  Con- 
de de  Traba 81 

XXIX. —  »  — El  Cardenal  Gregorio  dedica  á   Gelmírez 

su  Colección  canónica 83 

XXX.— 1113— Concilio  compostelano  VI 86 

XXXI.— 1114.- Concilio  compostelano  VII 93 

XXXII.  — 1115. — D.*  Urraca  dona  á  Santiago  el  Monas- 
terio de  Camanzo  y  otras  posesiones  cerca  del  LTlla.    .         96 

XXXIII.- 11 15.— Privilegio  de    D.   Diego    Gelmírez   al 

Monasterio  de  San  Martín  Pinario 97 

XXXIV. — 1115. — D.*  Urraca  dona  á  Santiago  la   mitad 

de  la  villa  de  Caneda  y  la  del  Monasterio  de  Ledesma.       104 

XXXV. — 1116. — D.*  Urraca  dona  á  Santiago  la  iglesia  de 

San  Julián  de  Cuntís 106 

XXXVI.— 1119.-Donación  hecha  por  D.  Alfonso  VII  al 

Monasterio   de  San  Julián  de   Moraime 107 

XXXVII.— 1120.— Eenueva  D.*  Urraca  el  Privilegio  otor- 
gado en  14  de  Mayo  de  1112,  y  hace  nuevas  donaciones 
á  Santiago 110 

XXXVIII. —  »  — La  Iglesia  de  Santiago  de  Compostela  y 

la  de  San  Saturnino  de  To losa 113 


ERRATAS  MAS  NOTABLES. 


Pág.  Lin.  Dice.  Lóase. 


407 

19 

512 

última 

528 

14 

no  tuvo,  en  efecto,  cosa  no  tuvo  en  efecto  cosa 
Lib.  III  Lib.  II 

nueva  mera 

APÉNDICES 


11         7, 8,  o           Ad   unumquodque  haben-  Ad  unumquodque   altare, 

tur  (1).  In  celum  uero  basilice  quod  est  in  corona,  tres  ha- 

circa  bti.  lacobi  altare  quod  bentur  (1).  In  celum  uero  ba- 

est  in  corona  tres  altare  quin-  silice  circa  bti.  lacobi  altare 

que  fenestre  quinqué  fenestre 

perlustiatur  perlustratur 

filicus  filius 

sucessoribus  successoribus 

denotus  deuotus 

ecclesi  ecclesie 

Doujart  Doujat 

Era  MCL 1112?  Era  MCLI 1113 

Camonzo  Camanzo 

Dorinea  Dormeá 

terminus  términos 

^  regio  dominis  regio  dominio 


11 

10 

27 

12 

39 

7 

47 

20 

80 

7 

85 

1 

86 

2 

95 

5 

no 

5 

111 

10 

» 

17 

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DP 
402- 
.S236 
L6 

Whitehill 

V.3 

IMS 


López  Ferreirc, 

Antonio  ,    1837-1910. 

Historia  de  la  Santa 
a  .m. ^ iglesia  de 
Santiago  de  Compostela. 


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PARK 

Canadá 


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